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Irina

Irina Sheik Intimissimi Winter 2010 lingerie-5

Irina ha vuelto. En el fondo, nunca se fue de forma explícita. Se negaba a agitar su brazo como despedida: sabía que volvería una y otra vez, como vuelven todos los meses de mayo a las hojas de los calendarios. Irina se ha rebelado contra el frío y las gotas espesas de lluvia que –ahora mismo– musitan tristeza detrás de mi ventana. Ella conoce el efecto balsámico de sus labios, el contacto de los pétalos frescos contra mi duro cuello, agarrotado de idas y venidas por el mundo, que es laberinto. Irina ha vuelto. Su figura se ha ido estilizando a medida que avanzaba por una calle de losas oscilantes. Me ha mirado con la dulzura más dulce del mundo, me ha sonreído a medias, sin llegar a arquear los labios más que dos milímetros exactos. Ha mantenido sus ojos fijos en mi mirada unos instantes breves. Ahora sé que la primavera no sólo florece con los grados centígrados. Irina ha vuelto en forma de deseo. Con esa forma extrañamente sabia de labios perfectos.

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Querida Irina:

Buscaba hoy una fotografía que no reflejase tus secretos más íntimos, que también son los más cercanos para el internauta ávido de deseo. Todas las imágenes devuelven el reflejo de la mujer que aparentas, perfecta en todas las perfecciones. Todos los reflejos devuelven las imágenes de un espejo que, contemplado, sólo resarce los destellos de quien se siente enfermo de amor. Ninguna, sin embargo , logra captar del todo la imagen de la Irina que yo conozco.

Recuerdo el día en que caminamos perdidos por una ciudad europea. Yo me acerqué a una mujer para preguntar el camino hacia el apartamento de esos amigos comunes. Mi pésimo alemán se mezcló con la timidez y el nerviosismo. La consecuencia de todo ello, el trastabillar hasta el extremo opuesto de un barrio demasiado lejano. Recalamos, ¿te acuerdas?, en un bareto de mala muerte, con unos vasos tan sucios que ofendían la claridad de tu mirada. Todo la clientela miraba tu refulgor entre las paredes con carteles ajados de grupos ya antiguos en los años ochenta. De repente, tras tomar el primer sorbo de cerveza de la botella, estallaste en una carcajada pertinaz que no dejaba lugar a la continencia ni a la moderación. Yo me quedé como un tonto con la botella en la mano, con la sensación de ridículo del que se siente el ser más desprotegido del mundo. Sin mediar palabra, te acercaste para besarme con tanta contundencia que me hiciste sangrar del labio superior. Después, volviste a sonreír y dijiste: «Eres tonto, ¿lo sabes?» Pronunciaste la interrogación con tanta ternura y con susurros tan delicados que tus palabras no sonaron a reproche, sino a requiebro juguetón y enamorado. Me invitaste cuatro veces a rondas de botellines de cerveza que compartíamos y tras los que apagábamos la sed con nuestros besos. Al salir, ya con la noche caída por la falda de las casas, me invitaste a preguntar de nuevo. En esta ocasión, la obnubilación de las cervezas me hizo fracasar en cualquier intento de comunicación inteligible. Tu sonrisa se convirtió en niebla cuando, en perfecto alemán, le preguntaste a un transeúnte por Wiener Straße. Me cogiste de la mano y apretaste fuerte. Volviendo a resurgir tu risa con elegancia, me dijiste: «Vamos. Yo te llevo».

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brokenheart

El 14 de febrero me ha servido en la entrada anterior para hacer una reflexión personal y derrotista. Hay muchas razones para ello, además de las evidentes, pero una ha sido -también- la de llevar la contraria, sentimiento negativo y «muy mío». En el día de hoy, pasados ya los fulgores románticos (y mercantiles), me ha gustado traer aquí la afirmación de Aute recordada en un comentario por Blogófago, según la cual «cada vez que te amo es un milagro». Mi primer impulso fue el de declararme agnóstico en cuestión de amores, pero, al pensarlo dos veces, he creído que las taquicardias existenciales que depara el amor bien valen una salida de límites y un ansia de ese  «suceso o cosa rara, extraña y maravillosa» que supone el milagro. Me gusta aconsejar el extraordinario libro de la antropóloga Helen Fisher titulado Por qué amamos (Madrid, Taurus, 2004). Es una buena pregunta y ahí aparecen muchas de las respuestas en diferentes vertientes. En cualquier caso, el amor tiene mucho de locura. No en vano el amor es una creencia tan fuerte como para romper con cualquier cosa. En la Celestina, Calisto no duda en afirmar, ante la pregunta de Sempronio de si no es cristiano: «Yo Melibeo soy y a Melibea adoro y en Melibea creo y a Melibea amo». Pero recordemos que Calisto ha enloquecido por amor y va a intentar llegar a consumarlo por todos los medios, naturales y sobrenaturales. Por lo tanto, el amor es locura y es milagro y es un sentimiento de orden superior pero ligado también a todos los instintos. Con todo lo bueno. Con todo lo malo. Y no seré yo, tan proclive al deseo, el que lo niegue tres veces. Hace ya muchos meses, en mi entrada «El deseo y la seducción. Músculos, órganos, glándulas» transcribía las palabras de Guillermo de Baskerville en la versión cinematográfica de El nombre de la rosa que nos sirven para saber algo del amor y de sus rincones: «Que pacifica sería la vida sin amor Adso. Qué segura. Qué tranquila. Y qué insulsa». Ay, Irina, Irina…

(Imagen de bored-now)

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The past is breaking through

El orden de los factores no altera el Producto:

Wilkinson. Bimbo. Cola Cao. Helios. Pascual. Cadena Ser. HBO. Fontvella. Alfaguara. Cátedra. Sony. Aiwa. Verbatim. El País. Zaapa. iTunes. iPhone. Apple y, sin embargo, Windows. Osram. Adolfo Domínguez. Massimo Dutti. La Sexta. Sfera. Flickr. El Galgo. Ikea. RAE. La Bella Easo. Google. Frudesa. Anagrama. Nintendo. Dro. Correos. Gmail. MRW. Coca Cola. Panamá Jack. WordPress. Springfield. Maax. Seat. HP. eBay. Telefónica. Asics. Movistar. El Hacendado y Bosque verde. Unigraf. Cune. Aspirina . El Mundo. La Palabra (Digital) y Diario de Burgos. Ondacero. Decathlon. Canon. 

¡La vida! Hay que joderse.

Imagen de Trois Têtes.

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Beirut

«Garbanzo negro, cada vez que leo tus entradas serias me hago una pregunta: ¿escribes el blog para llenar un vacío o llenas el blog con la plenitud de la vida? ¿El blog te la vida, o se la prestas?» Eso me dice Chipirón negro, la muy descarada. Pues no sé por qué se escribe un blog. Probablemente, por las dos cosas. Pero sí que tengo una cosa clara: no me gusta el papel de los cuadernos de bitácora como elementos socializadores de los solitarios, ni me gusta tampoco que se confundan los desánimos del blog con exactos y estrictos desánimos del pensamiento. No escribo en mi blog para tener más amigos (es más: ya dije que me ha servido a veces, de manera paradójica, para tener menos), aunque no es menos cierto que he conocido gracias a él a personas con las que no me importaría nada tener más vinculación. De hecho, contestando a otra de sus preguntas («¿Eso de la Burgosfera qué es, una agrupación de amiguetes con los que se queda y eso?»), he tenido la suerte de conocer tanto de manera virtual como en carne y hueso a personas que merecen la pena y con las que me unen, creo, muchos vínculos e intereses. Me encantan los comentarios que hay en mi blog y los comentaristas, pero no me gustan nada los comentaristas del colegueo que veo en otros blogs, que comentan por comentar y que si dices que te duele la cabeza (por ejemplo), te aconsejan que descanses y tomes una aspirina. Si estoy muy triste y quiero que me compadezcan, llamo y doy la paliza a mi hermana (por ejemplo). El blog, para mí, es un desahogo cultural y artístico que me sirve para asaetar certeramente a mis obsesiones y demonios personales, pero no la ventana exacta por la que mi alma se asoma al mundo. Entre otras cosas, porque… ¿a quién coño le importa mi alma?La vida me la dan otras cosas. Personas, sobre todo. Cine y libros, muchas veces. El blog recoge la vida, me ayuda a intentar explicarla porque así, con un poco de suerte, consigo comprenderla. Ahora bien, una cosa sí es cierta: el blog es un elemento importante al que le dedico atención, tiempo… y cariño. ¿Qué bloguero que se precie, no pasea, lee, piensa… para su blog (a veces)?

Esto se vuelve a alargar, Chipirón. Así que terminamos con esas músicas que propones. «No sé por qué me da que eres de los fanáticos seguidores de John Lennon, Garbanzo negro. Si es así, te propongo un acto de resurrección. ¿Te acuerdas de «Real love», esa prueba de grabación de John Lennon que los tres Beatles restantes revivieron en el disco del 96? Escucha la canción, lee la letra. Y piensa: Todos mis pequeños planes, mis esquemas, descarriados como algunos sueños perdidos, parecen evidenciar que, realmente, lo que yo hacía era esperarte«.

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«Pues vale -prosigue Chipirón-. Toma esa canción, si quieres, como punto de referencia, como alegoría. Y quédate con lo mejor de lo mejor del pasado. Pero sacude tus prejuicios y engánchate a los instintos. Y desciende al bailoteo loco de la fiesta de la vida. Con los mismos sentimientos, pero más instintos. Y moviendo el cuerpo hasta el frenesí, como Kylie Minogue, sin poder quitarte de mi cabeza («Can’t get you out of my head»)

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«Por muy basura discotequera que te pueda parecer (que conste que a mí me van más otras cosas, como el flamenquito), su ritmo esconde cosas: Hay en mí un oscuro secreto. No me dejes enterrada en tu corazón. No pierdas la oportunidad de bailar al son del baile de la vida. Es un regalo que no se repite jamás. Así de duro, así de frívolo.»

(Imagen de Spencer Platt, tomada en Beirut y por la que obtuvo el premio Pulizter de fotografía en 2006.

Su ubicación en esta entrada, obviamente, es metafórica y no tiene nada que ver con la devastación bélica)

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Lakoff

Después de una entrada silente y su jornada de silencio correspondiente (uno cumple lo que promete), Verba volant renace de sus propias cenizas. Y lo hace a lo grande, con Chipirón negro como protagonista, como en las grandes ocasiones. Lo repito siempre y no lo iba a hacer ya, pero el cariño que tengo por Merche Pallarés, autora del blog Del sol y sus lunas y una visitante que nos honra con su presencia desde hace unas poquitas entradas, diré que Chipirón negro se ha convertido en alma máter, Deus ex machina, musa y no-sé-cuántas cosas de este blog de palabras voladoras: comenta cada entrada mandándome mensajes a mi correo privado, no revela su auténtica identidad, nunca espera que yo le conteste a esos mensajes en privado y la traigo de vez en cuando al frente con sus atinadas reflexiones sobre muchas cosas pero, sorprendentemente, también sobre mí mismo. Hemos labrado de manera implícita, nuestras propias reglas, a lo Dogma 95.

Tengo tantos mensajes suyos sin sacar a la luz desde la última entrada en la que apareció que no sé cómo empezar. Así que empezaré por donde salga y acabaré donde los hados dispongan [los vínculos a los que ella hace referencia los hago explícitos, para que la lectura tenga sentido] . «Garbanzo moreno, [el principio está al final, ya sabéis que los blogs crecen hacia arriba] parece que andamos chungos. ¿Dónde está la angustia con solera, el dolor con dignidad, el enfado de guante de boxeo? A fuerza de tanto callar, te vas a quedar afónico«. Me dice, por ejemplo, que el silencio es una actitud, pero nunca debería de ser una pose: «Creo que es mejor que no te calles, sino que grites; que el silencio lo acaten los que quieren que calles. ¿Te acuerdas de la dignidad socrática? ¿Esta dignidad era de juguete?»

Menos mal que en otros mensajes la cosa está más serena: «Tú, que eres tan listo, seguro que no sabes esto, así que te lo voy a regalar: en la lengua de la tribu australiana de los dyrbal, cada sustantivo va precedido de cuatro posibles palabras con las que se clasifica su significado. Una de ellas, balan, clasifica a las mujeres, el fuego, el agua y los objetos y animales peligrosos. ¿Has pensado que, desde que decidiste erigirte en un hombre objeto has convertido tu blog en el terreno del fuego pasional en forma de mujer?» Y comenta sobre los comentaristas: «Yo creo que estas entradas con la mujer como forma y fondo no las compones con intenciones traviesas, sino con hondura. Y el meollo está más allá de la epidermis, del psoas y de los higadillos. Y puede que en La acequia Pedro no ande descaminado en buscar en ella a Dulcinea. Pero esto va mucho más allá de una búsqueda de adolescente tardío en pos de la belleza y sus confines, moreno. ¿Tendrá razón Manzacosas y te habrás enamorado?» Yo ni digo, ni dejo de decir, porque la jornada de clausura y silencio me ha dejado las cuerdas vocales algo entumecidas y, como dice ella, me han dejado afónico de tanto callar. Pero tienes razón en una cosa, Chipirón negro: las entradas sobre Irina iban a acabar con una reflexión en plan sesudo y serio. ¿No son las modelos de hoy nuestras madonnas del ayer? ¿No reverenciamos sus cuerpos de la misma manera que antes reverenciábamos su fruto? La cultura audiovisual y la publicidad, ¿no ejercen en nosotros un poder de convocatoria y de lectura de imágenes similar a la del arte románico en la Edad Media?

De cualquier modo, prefiero acabar por hoy con otro regalo de mi chipirón predilecto: «Se dice que madre no hay más que una, pero hay madres adoptivas, madres biológicas, madres de alquiler, madres donantes, madrastras, madres trabajadoras… Con nosotras, las mujeres en general, puede que pase lo mismo. Somos Una, con mayúsculas, pero en ella estamos todas. Y, como en la lengua de los dyrbal, estamos agrupadas junto con el fuergo, junto con los animales peligrosos, junto con las cosas que retienen el peligro. Para acercarnos a vosotros, pobres machos sin poderío, animales mansos, rendidos a los pies de las auténticas reinas del mundo».

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Irina031

Para los que crean que estas entradas son un mero juego literario, les diré que, en efecto, lo son. Entre otras cosas, porque los juegos literarios no son sino los juegos de la vida y, por lo tanto, la vida misma. Y para muestra, un botón. La bilirrubina es una canción que me rondó en la mente y en el corazón durante seis largos meses de mi vida. Y no por las razones pegadizas por las que todo el mundo la recuerda, sino por mis propias circunstancias vitales. Por motivos que no vienen al caso aquí (pero tras los que se agazapa uno de los enemigos a los que más odio, la amoxicilina-clavulánico que, como los malvados, tiene un alias: «Augmentine»), sufrí una hepatitis tóxica hace cuatro años. Yo, que soy un tipo más bien sano, me cuido en todo, hago ejercicio, casi no bebo y que las peores empresas que acometo quedan en la imaginación, empecé a notarme extrañamente cansado, con un cansancio que no se puede expresar con palabras y comencé a tener unos picores que no procedían de la piel, sino que parecían surgir del propio infierno interior. Pasé unos días fatales en casa, pero fue en el trabajo donde me empezaron a decir que tenía muy mala pinta, que tenía un color raro… En uno de los episodios de House, éste le decía a un paciente con un caso parecido: «¿Qué me pasa, doctor?». «Nada, que en su casa no le quieren… Tiene un color extrañísimo y no le han dicho nada, lo que significa que pasan de usted como de la mierda». No sé yo si este era el caso, pero lo cierto es que en el hospital me diagnosticaron una hepatitis morrocotuda y yo acabé tan amarillo como sólo lo puede estar un Simpson hepático perdido o como alguien que tiene en la sangre cuarenta veces más bilirrubina que una persona normal, tal y como era mi caso. Mientras caminaba por el pasillo del hospital, arriba y abajo, amarillo-anaranjado hasta el blanco de los ojos, abajo y arriba, no hacía más que canturrear para mis adentros «Me sube la bilirrubina cuando te miro y no me miras». Y, desde entonces, he asociado la bilirrubina al hígado (obviamente), al hígado metafórico y a la desesperanza, el cariño y al amor perdido. Hoy, totalmente curado de hepatitis y de espanto, miro, Irina, tus ojos; miro, Irina, tus labios; miro, Irina tus bonitas porciones y desórdenes de pelo, y no puedo evitar cantar, esta vez a pleno pulmón, esta vez desde el convencimiento, esta vez desde la seguridad de querer a lo que existe desde lo que se erige y se desvanece, que me inyectaron suero de colores, que me sacaron una radiografía. Que, a la postre, me diagnosticaron mal de amores al ver como latía mi corazón. Que me trastearon hasta el alma con rayos X, con cirugía. Pero la ciencia, Irina, no funciona. Sólo tus besos, vida mía. Inyéctame tu amor como insulina y dame vitamina de cariño. Porque me sube la bilirrubina cuando te miro y no me miras. Y no lo quita la aspirina, y mucho menos un suero con penicilina (la muy jodida, lo pone peor). Y todo esto, Irina, mientras escucho a Pedro (Guerra) y cuando te miro y tú no me miras. Y así, la bilirrubina tras la que vislumbré antaño la desesperanza, es hoy el amarillo más cercano al sol, que es nuestra fuente más cercana de alegría y de calor. Nunca he amado a nadie tanto como en estos días al transporte urbano.

(Chipirón negro, que nunca se ha ido, vuelve a atacar con saña. Lo advierto para sus partidarios y detractores. Mañana, los resultados.)

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Irina Psoas

Los músculos no deberían de erigirse en símbolo de fuerza, sino en trasunto de la cohesión. Asocian nuestra fea carcasa con el estimable propósito de impregnarla del ímpetu justo para afrontar la vida. Se estiran y contraen según la circunstancia y la necesidad, y recorren también toda nuestra espina dorsal exactamente del mismo modo que corretea también por ella el cosquilleo de nuestro amor convertido en pasión. Hay músculos con distintos renombres y fortunas, de los cuales no toca hablar. A mí me gusta el psoas. Sus vecinos abdominales están demasiado sobrevalorados y, entre todos ellos, este músculo es bello, modesto, funcional: no hay quien lleve una pierna hacia arriba sin su eficaz colaboración. Y que no se le olvide a nadie que Platón partía nuestra alma en tres, con la cabeza para la razón, el pecho para el deseo y el abdomen para la concupiscencia. Todos esos placeres bajos lo son por ubicación pero no por la estima que les tenemos y por la importancia que les concedemos en nuestra auténtica vida, que es la imaginación.

El psoas colabora tenazmente en la cantidad mínima del 90-60-90 (esa proporción áurea del imaginario masculino). Lo elevado de los extremos no es sino muestra de lo evidente, de lo procaz pero necesario. El pequeño número central es el contraste del número cuando n ansía tender a cero. El cuerpo es un lugar para perderse y, cuando empezamos el suave vaivén hacia el segundo perfecto, nos enfrentamos inevitable e inconscientemente al psoas y sus adláteres, sus secuaces en el camino del deseo. El legionario que protege los territorios más exiguos de nuestro cuerpo hecho nación, cual isla Perejil en el confín de la nada, en el conjunto de una soberanía muscular disputada, contraída y relajada.

Tenemos toda una vida para vivir. Todo un otoño, todo un invierno para soñar. La primavera, Irina, es el momento de la consumación del deseo lábil. Tu psoas es el músculo en el que quiero perderme. Y, como dijo Ortega y Gasset en una cita viciada del libro supremo, «Sólo el que se pierde se encontrará».

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Intyscan 2801

Hoy voy a serenar mi alma enlazando mi propósito de hablar de lo interno y de lo externo con el deseo, que parece haber explotado en la primavera de la Red. Y hablaré de «las partes» de nuestro deseo. Los marranos y adláteres, pueden saltarse la entrada, porque no voy a hablar de evidentes zonas erógenas, ni siquiera de hormonas enfundadas en la necesidad del reciclaje homeostático y su ciclo piramidal. Es tradicional situar los sentimientos (el amor, el deseo) en el corazón. Los árboles con el músculo del corazón tatuado han abierto el pálpito de miles de navajas, han hecho florecer las ramas a ritmo de taquicardia y han sufrido la parada cardíaca del infarto de miocardio agudo que supone el fin de la relación. Pero no ha sido la única parte de nuestro cuerpo a la que se han vinculado los sentimientos. Según parece, el corazón no es la causa, sino la consecuencia, y es el hígado el que libera el deseo amoroso y el que conduce algunas hormonas al aceleramiento sentido de nuestro pecho. Así lo creían también muchos médicos griegos y árabes: ¡qué bonito hubiera sido ver los folletines del corazón convertidas sus páginas en finas láminas de hígado! Ahora vamos descubriendo que las riendas las tiene el cerebro. No como parte racional que gobierna, sino como parte integral que rige y manda. Así que nuestro deseo explota por los poros, por los músculos y por las glándulas pero tiene el detonante y el detonador en nuestra cabecita. Linda y complicada.

¿Qué extraño vericueto de nuestras mentes nos conduce a desear? ¿Cuál es el eje que une nuestra mente y nuestro cuerpo? ¿Qué mecanismo activa los interruptores de nuestro querer, de nuestro desear? Yo, Irina, no lo sé. Sólo pienso que el deseo oprime desde la necesidad y de la seducción desde la inteligencia, que somos pequeñas moléculas de nada, pero perseverantes granos de polvo enamorado, como decía Quevedo. Y que el deseo aflora desde lo más hondo para iluminar cada momento lejano del Universo. Y caemos rendidos a la seducción y al deseo, como alfombra que marca el camino hondo de nuestras vidas. Como decía Guillermo de Baskerville (esta vez en la versión cinematográfica de Annaud): «Que pacifica sería la vida sin amor Adso. Qué segura. Qué tranquila. Y qué insulsa». Ay, Irina: y eso que el alma, como la esencia de lo incorpóreo ya no existe. Está en el cerebro. O, lo que es lo mismo, en el hígado, en el corazón. Tu alma, Irina, mientras me escuchas con calma, se ha trasladado a mi sentimiento.

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Cuerpos Bell021

Amigos míos, es triste ver cómo se tergiversa el contenido sobre el cuerpo, sobre el alma y sobre el deseo hasta convertirlo en forma, manierismo en esta cochina impudicia que es el mundo de las nuevas tecnologías. Imágenes y fotografías de Irina robadas, iridiadas, fosforescentes y convertidas en espejos de lo que pretendéis ser. Y exhibida y comentada en enlaces y cadenas de la libido y del hipervínculo, si utilizamos esa abominable palabra que os gusta emplear. Habéis convertido su rostro y su cuerpo en vuestros rostros y en vuestros cuerpos; la habéis despojado de su atributo humano para hacerla carne. Os arrogáis propietarios de su mirada, exclusiva o compartida, pero ninguno de vosotros la conocéis. Yo la descubrí en un lejano febrero de 2006, en una revista griega y sus ojos atravesaron el papel de la revista para atravesarme el corazón. He utilizado todos los medios a mi alcance, todo mi ánimo escaso para seguir sus pasos, las curvas de un cuerpo quieto que se mueve sólo para mí. Un día, noté que sus labios se movían, se alzaban en una tierna sonrisa. Sus párpados bajaron hasta el nivel de quien no necesita reconocerse con la mirada. Y movió una onda de su pelo hasta dividir su rostro en dos mitades con su melena agitada, siempre oscura y cercana a los ecos de la respiración. Soy la potencia de su acto, la enseñanza de su acción, el motor primero que envuelve cada marca sinuosa de un cuerpo que invade el universo y lo restablece en la cálida armonía del caldo primitivo y primigenio. Soy la fuerza del volcán, el ímpetu supremo, la ascensión incesante. Ella, desprotegida, necesita un Pigmalión, un mentor en este mundo de sombras, en este mundo de depravados que la miráis con el deseo, con la negra concupiscencia. Blogófago, Pedro, Raúl… sois unos chicos muy pero que muy malos. Irina es mía, ella lo sabe. Buscad otros cuerpos en los que contemplaros. Estropead relojes para matar el tiempo, navegad o sumergíos en las acequias o haced que las palabras vuelen hasta que estallen, pero dejadla en paz.

(La imagen de la entrada pertenece a la segunda edición del manual Anatomy of the Human Body de Bell, 1804)

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