— Verba Volant

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espejos

Jeux de miroirs

No sé por qué, esta pasada noche me he acordado de uno de los ritos que se realizan durante el Shiva dentro de la religión judía. En los siete días después del entierro de un ser querido, la familia y los amigos íntimos se reúnen para, de alguna manera, recordar al fallecido y establecer unos momentos de convivencia y empatía en su recuerdo.

El rito en cuestión consiste tapar todos los espejos de la casa. Existen muy diferentes versiones para explicar los orígenes de esta costumbre y yo soy un ignorante absoluto en lo que al judaísmo se refiere, pero me gusta aquella que afirma que necesitamos un momento de oscuridad, de reflexión. De no mirarnos desde ningún sitio externo para vernos desde el ángulo de nuestro corazón. De olvidarnos de formas para contemplarnos, por fin, a la luz de lo que somos y no de lo que parecemos.

Y creo que, en efecto, nos falta eso a todos. Nos pensamos que somos nuestro reflejo y ahora convivimos con muchos más espejos que distorsionan nuestras esencias. Nos creemos que somos lo que nos dicen, lo que decimos de nosotros mismos en permanente alabanza, lo que contemplamos bajo esa perspectiva afable y condescendiente con nosotros mismos que ahora recibe la palabra postureo. Y las pantallas nos devuelven, a modo de reflejo, la gran mentira de lo que no somos.

Quizás siete días sean muchos, pero no estaría de más prescindir de nuestros reflejos, que solo brillan como las lentejuelas en una permanente verbena sensorial de querernos demasiado intensamente sin contemplarnos más por dentro.

Decía que no sabía por qué me he acordado de este rito, pero ahora reflexiono y me doy cuenta de que tal día como hoy, hace ya unos cuantos años, fallecía mi padre en el antiguo hospital General Yagüe. Pese a sus más de ochenta años, murió en la única planta que le faltó visitar como enfermo (excepción hecha de la obstetricia, claro) y quizás la que más le convenía por su carácter. Durante muchos años yo vi mi reflejo en sus ojos azules y me sentía la persona más dichosas del mundo. En un momento terrible, sus ojos no me miraban. Y, desde entonces, creo que vivo en el permanente luto de un recuerdo entre los reflejos que ya no existen.

Imagen de Bérenger ZYLA.

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Para este sexto día hablando de libros, me decanto por uno de los que más me gustó en esa época de infancia en el que se el niño tantea el universo y lo expande e intensifica gracias a las novelas de aventuras.

Hubiese podido escoger otras novelas de Julio Verne. Sin duda, mi favorita es 20 000 leguas de viaje submarino. Por muchas razones, pero, sobre todo, por el maravilloso personaje del capitán Nemo, digno de un análisis mucho más pormenorizado y que apareció también en La isla misteriosa. Pero la novela de aventuras marinas llegó más tarde que la de las estepas siberianas, así que elijo esta y no aquella. O, mejor, elijo las dos, pero solo hablo de una.

Miguel Strogoff, el correo del zar, que tiene el reto de recorrer el camino que dista entre Moscú e Irkutsk en Siberia, lleno de amenazas y de peligros. Y, en su contra, un malo-malísimo antagonista: el malvado y rencoroso Ivan Ogareff. Como es posible que algunos visitantes de este blog no hayan leído la novela, no puedo hablar de ese momento crítico de la obra, donde al correo del zar le privan de algo fundamental para seguir con su misión. La manera de narrar las adversidades, el talante de Miguel para enfrentarse a ellas, la compañía de Nadia en su viaje…

Para mí, Irkutsk fue el símbolo de lo remoto, lejano e inalcanzable. Como anécdota, diré que, en uno de mis viajes a Rusia por motivos académicos, conocí a dos profesoras que eran de esa localidad siberiana. Me parecía imposible estar en sesiones de ponencias y comiendo o tomando un café con personas del otro confín del mundo, ese al que tuvo que llegar Strogoff para cumplir su misión.

Hablando de Julio Verne, aprovecho para mencionar El castillo de los Cárpatos, una novela muy representativa de la narrativa de fines del XIX, en el que, pasado el realismo, se vuelve al interés por lo fantástico. Aquí tenemos una historia con un malo lleno de secretos y una obsesión: una cantante de ópera, que muere aterrorizada en el escenario. A partir de ahí, la narración se desplaza a los Cárpatos, en Transilvania (nada menos). Y, con un toque de obsesión casi vampírica, asistiremos a un submundo de espíritus y apariciones, de melodías y figuras enigmáticas. Los personajes, de algún modo, se han de reconocer a sí mismos en un mundo de espejos.

En suma, me resulta una novela muy interesante por esa recreación de lo misterioso y lo romántico, mezclado con lo moderno de un modo que solamente podremos entender una vez que hayamos acabado el libro.

Y, ya que la cosa va de obsesiones, de personajes enigmáticos y cantantes de ópera, el extra no podía ser otro que El fantasma de la Ópera, de Gaston Leroux. La historia es muy conocida por sus versiones cinematográficas y el musical de éxito continuado, pero aconsejo vivamente leer la novela: tiene algunas variantes, matices y derivas en la historia que son bastante diferentes a lo que sucede en las versiones fílmicas y teatrales.

A veces, uno no sabe los misterios que habitan en el subsuelo de sus vidas, pero la literatura está ahí, muy atenta, para desvelarlos.

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Después de dos días de novelas, cambiamos al teatro. Siete días no dan para mucho, aunque haga alguna trampa, así que tengo que hablar necesariamente de Shakespeare. Proust, Shakespeare y Cervantes forman la tríada de mis autores favoritos, si es que es posible elegir, preferir, escalar y escalonar en algo tan íntimo como el ámbito de la pasión literaria.

Llegué a Shakespeare, en general, de manera bastante azarosa. A eso de los 13 años, mi madre accedió a comprarme una colección de cien libros que iban saliendo en los kioskos con una selección de clásicos (en principio, destinados a los jóvenes, pero con títulos que creo que excedían o ampliaban ese marbete). Recuerdo muy bien que, un día, tendría yo 14 años, abrí uno de esos volúmenes multicolores. Este era amarillo y contenía, creo recordar, tres obras: Hamlet, Macbeth y Romeo y Julieta. Empecé por este último, que me gustó mucho. Las otras dos obras las leí en circunstancias muy raras para mí. Yo, que era amigo de encerrarme en mi habitación, alejado de todo gracias a un larguísimo pasillo que separaba mi mundo de todo lo demás, salí a la calle un día de primavera con el libro en la mano. Fui al paseo de la Isla y, en un banco y al calor dulce de un sol que empezaba a florecer, me puse a leer. Entendía muy poco, casi nada, pero me llamaba mucho la atención la manera que tenía Shakespeare de contar esas historias. Había frases crípticas, casi sentencias, que para mí no tenían otro sentido que la belleza. Había pasajes que leía y releía porque me gustaban, conversaciones que encerraban grandes secretos de la naturaleza humana. Pero Shakespeare, por aquel entonces, no pasó de esas sensaciones, que para mí como lector no me habían llenado por completo porque no había llegado a entender hasta las últimas circunstancias, pero que ahora, vistas con perspectiva, eran más que suficientes. A fin de cuentas, las obras de Shakespeare son, entre otras muchas cosas, sensaciones.

Volví a Shakespeare años después, creo que con 16, en una época en la que creo que era muy fácil sentirse identificado y comprender a Hamlet. Tipo contradictorio con muchos problemas existenciales, marcado por una tarea que no sabe muy bien cómo encarrilar, estigmatizado por una locura que no se sabe hasta qué punto es intencionada, teatralizada, estratégica. Con un amor que acaba mal, enfados, traiciones, secretos y revelaciones. Y, por dentro y por fuera, mucho teatro.

Nunca he visto Hamlet representada en un teatro. Sí la vi en la televisión, en la aclamada versión de Laurence Olivier de 1948. Y, aunque a mucha gente no le guste nada, me interesó muchísimo la versión de Kenneth Branagh que disfruté en el cine en su versión íntegra de cuatro horas. Ese Hamlet atemporal e intemporal, que pertenece a todas las épocas y que asume muchas variantes, con hallazgos inteligentes, como ese maravilloso juego de espejos que tanto juego da en el filme. Y con todos los interrogantes de la obra puestos de manifiesto. Ya había disfrutado de otras adaptaciones y versiones cinematográficas de este director.

Hamlet no solo ha acompañado mi vida como lector, sino que podría decirse que ha acompañado también a muchos jóvenes lectores que pasaron por mis clases. Llegó a ellas casi por azar, a raíz de algo que ocurrió con una lectura del Quijote, y lo hizo para quedarse. Un Hamlet acompañado, leído y comentado, discutido y e interpretado, resulta una auténtica maravilla. Creo que no dejó indiferente a casi nadie y a mí, desde un punto de vista personal, me sirvió para leerlo y releerlo en más de veinte ocasiones. Es, por lo tanto, una de las obras que he tenido más pegadas a mi evolución como lector y como ser humano. Ha cambiado conmigo, y también me ha ayudado a situarme, a comprenderme y a entender mejor esa mezcla de teatro y realidad que reviste nuestras vidas, esos desafíos que no sabemos cómo afrontar si no es con mezclas no conocidas de locura, audacia e ímpetu juvenil.

Sería injusto hacer referencia a las tragedias de Shakespeare y no comentar brevemente a una comedia que incorpora una anécdota muy importante en mi vida y que solo comentaré a medias. Se trata de El sueño de una noche de verano. Es una obra que nunca he leído y he visto representada solamente una vez. Vi algo de su magia en El club de los poetas muertos, en la que el gusto por la representación y el poso de comedia e ilusión juvenil se mezcla casi inmediatamente por la tragedia.

Tuve la suerte, como digo, de ver esta comedia de Shakespeare representada en Burgos en una larguísima representación llena de magia, plagada de sueños e irreales realidades, con el teatro dentro del teatro, con árboles, bosques y hadas. El telón se cerró. Era una noche de verano. Y hasta ahí puedo contar.

En suma, la vida es puro teatro.

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Sven Years Bad Luck

Creo que todos, más o menos, conocemos el estado catastrófico de las inversiones públicas en la universidad española desde hace años. Mientras las matrículas han subido de precio para el alumnado, las contrataciones y la situación del profesorado cada vez son más precarias, las instalaciones cada vez tienen peor mantenimiento, los equipos y la dotación tecnológica es cada vez más anticuada… En mi universidad, los estudios de radio y televisión de los estudiantes de Comunicación Audiovisual se caen a pedazos y ya solo se pueden utilizar, con pinzas, para dar clase. Los equipos informáticos son obsoletos: tengo compañeros que se pasan media mañana para que les arranque un ordenador, mientras que otros profesores asociados ni siquiera tienen uno y se ven obligados a llevarse el portátil de casa. Algunos tienen que esperar días para tener un despacho en condiciones y, cuando disponen de él, tienen que albergar paciencia infinita para tener mesa y silla propias. El otro día entré en el mío y me encontré con unos nada apacibles 14 grados que no subieron en toda la mañana. En nuestro edificio, de nueva dotación, han pasado semanas hasta que hemos podido tener jabón y toallas de papel en los lavabos y todavía estamos esperando espejos, algo obligatorio según la normativa vigente.

Por las tardes, doy clase en otra facultad y siempre espero con intriga si el monitor, uno de esos de culo profundo que ya no se ven por ninguna parte, se encenderá y, si lo hace, si permanecerá iluminado y en condiciones durante toda la clase. Creo que todavía podemos encontrar unos cuantos de ese tipo en esta facultad y en alguna otra, agónicos y anticuados. Y aquí es donde entra la cuestión de la que quería hablar. Tengo dos monitores (en perfectísimo estado)   en casa y ofrecí uno para lo que fuera menester. Por ejemplo, para poder sustituirlo por esas antiguallas que ya no me funcionan. Recibí una contestación llena de lógica en el fondo y relativa en la forma. Se me dijo que la universidad no necesitaba donativos, sino mejores dotaciones. Es cierto. Las cosas mejorarán cuando las administraciones se den cuenta del papel que ejerce y puede (y debe)  tener la universidad en la sociedad. Pero, mientras esperamos que llegue esa justicia social, yo pensaba en otros países con muy buenos sistemas universitarios y con (todavía) peores condiciones económicas que las nuestras, en los que saben aprovecharse de todos los recursos para salir a flote cada día. Y pensé, también que, en esa espera, quizás pueda haber cosas que puedan mejorar entre todos. Y pensé en la palabra donativo. Yo la hubiese cambiado por donación. En algunas universidades de las que hablo, tienen equipos audiovisuales gracias a esas donaciones. O aumentan sus fondos bibliográficos gracias a ellas. Todo podría ser mejor y, ante todo, más justo, y eso no lo niega nadie. Mientras tanto, llegará un día en que, cuando encienda uno de esos monitores de culo prominente, este dirá basta, hasta aquí hemos llegado. Y, entonces, no sé todavía lo que pasará.

Mañana iré a trabajar a mi facultad y, cuando vaya al aseo, me lavaré las manos y alzaré la vista, con la seguridad de que no podré contemplar ni siquiera un reflejo. Es el espejo donde nos miramos cada día.

La imagen es de Tim Sheerman-Chase.

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Lo primero que llama nuestra atención, al ver la imagen, es la duda: a simple vista, no puede saberse si se trata de una fotografía o de una pintura hiperrealista. El primer impulso, acostumbrado ya al asombro ante el detalle del que son capaces algunos pintores, es pensar que es la imagen de una pintura. Pero no. Un análisis más detenido me lleva a la certeza de que es una fotografía. En este caso concreto, me parece mucho más difícil reflejar el contenido por medio de una cámara de fotos que utilizando el pincel.

Una vez resuelta la duda, paso a la inquietud. ¿Cómo es posible sacar una fotografía como esta? La imagen refleja, ni más ni menos, la habitación de Las Meninas. Ahora puede entenderse la duda inicial, pues son muchas las variantes pictóricas sobre el cuadro de Velázquez; pero, en una foto, la cosa cambia. Lo que más llama la atención es la ausencia de personajes. La escena es un decorado perfecto. La curiosidad me lleva al ordenador para ver el original y contrastar que el fotógrafo, de modo deslumbrante, ha reproducido hasta el más mínimo detalle. Le ha tenido que llevar semanas ajustar el estudio con todos los detalles: puertas, espejos, ventanas, lienzo, suelo, lámpara… Incluso ha sabido reproducir, seguramente con focos magistralmente dispuestos, los ángulos de la luz sobre los objetos. Al no haber personajes, están ausentes las sombras. Me paso el día volviendo a coger la fotografía intentando jugar a ver las diferencias, pero no las encuentro. Obviamente, los contornos de los objetos son más duros, pero todo lo demás permanece exacto al cuadro original.

La ausencia de personajes es total: tampoco aparecen los reyes en el espejo, ni los cuadros superiores tienen figuras. No puedo evitar sentir desasosiego ante la materialidad total, la perfecta captación de la vida ausente. Podría parecer, en una primera visión apresurada, que el artista ha querido quitar toda figura (humana y animal) para plasmar el paso del tiempo, pero la escena permanece limpia, no está atravesada por el deseo de visión contrastiva entre el pasado y el futuro.

No obstante, creo que se me escapa algo, que la fotografía me supera y me traspasa. Por último, cuando ya creo que había agotado mis posibilidades de análisis, acabo cayendo en el último detalle, quizás el más trascendental, el que se procesa de forma inconsciente pero que se escapa a la observación. A la fotografía le falta el aire.

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El turista, al fin, ha cogido el coche de madrugada, ha escogido un disco de música que le permita escuchar su música favorita durante unas cuantas horas seguidas y se ha tomado todo el tiempo del mundo para ajustar el asiento y los espejos retrovisores. Ha metido la marcha atrás, ha respirado fuerte y ha visto en el navegador del coche un panorama de seis horas de conducción hasta su destino. No le cuesta conducir durante muchas horas. Al contrario, un viaje largo le ayuda a mirar la carretera de manera que su viaje no sea solo por el exterior sino que le permite indagar, un poco, en los recovecos que las prisas suelen dejar en la penumbra. La calma se la brinda, paradójicamente, una música escuchada a un volumen un poquito más alto del normal y con unas melodías que no se pueden imaginar ni siquiera los que piensan que le conocen bien. Aunque ahora ya no puede apretar tanto el acelerador como le gusta, no puede evitar sonreír a medida que el navegador va reduciendo sus expectativas de llegada. Tiene muy a mano una Coca Cola de la que se beneficia en las rectas, más bellas si son interminables. El turista sabe que, en el fondo, las huellas y los caminos, ahora con forma de carretera, son una forma de simbolizar el trazado de una vida. Ahora, con el volante a la altura perfecta, piensa y vuelve a sonreír. Quizá piense en todos los preludios, en todos los vaticinios de los amaneceres, cuando el sol todavía no amenaza con la crueldad de su luz, con la malicia de intentar conocer todas las cosas.

(Fotografía tomada de mi galería de Flickr.)

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Hay señales de que los espejos desfiguraron nuestros rostros, de que nos dijeron palabras para esconder los hechos evidentes, de que las miradas al tendido cuentan con el peligro de un ojo peligroso, sesgado y acechante. Hay indicios claros de que el cielo es menos azul de lo que dicen los mapas, de que las carreteras desmenuzan el asfalto en partículas diminutas que socavan las esperanzas de un trayecto rectilíneo y uniformemente acelerado. Hay pequeñas pistas que nos dicen que de algunos laberintos no se sale indemne, ni aunque uno lleve todos los ovillos de lana, que nos insinúan que el terror permanece, también, más arriba de la hoja de la guillotina, que nos muestran la verdad puesta al sol durante tanto tiempo que se reseca en algo de textura similar a la mojama.

Hay visos de que seguimos bajo el yugo de la vigilancia exhaustiva, de que la única especie en riesgo de extinción es la única que no nos esperamos, de que alguien piensa que la única manera de perder el tiempo es comenzar siempre y cada vez desde el kilómetro cero. Hay posibilidades de que esto no sea sino una broma macabra con la que alguien se está riendo sin batir mandíbulas.

Hay señales. Con eso basta.

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En la entrada anterior, en la que prometía que la iba a liar parda, no contaba con algún desajuste técnico que me ha impedido cumplir esa promesa. No puedo adelantar nada, así que no lo haré. Sin embargo, creo que la entrada 700 de Verba volant merecía algo especial. No sé si para vosotros lo será, pero sí lo es para mí. Ahí va.)

Soy el buscador intuitivo de Google. Como sabéis, basta que empecéis a teclear en mi buscador para que yo os sugiera alguna de las miles de historias que me han contado y que yo me limito a devolver. Me impresionan vuestras confidencias, agazapadas en el anonimato imposible. Preguntándome, susurráis gritando al mundo vuestras preocupaciones y vuestros anhelos, vuestros miedos y alegrías. Podría contaros muchas de las historias que me contaron, pero me limitaré a aquellas que hacen referencia a la edad y todos sus espejos, todos sus reflejos.

Os presento a una chica, llamémosla Míriam. Me dice: «Tengo 14 años y quiero adelgazar». Aunque luego me va contando más datos, yo me quedo con la imagen de Míriam bajando del coche cuando su madre la deja en el colegio. Cuando enfila hacia la entrada del colegio, comprueba que dos chicas de su curso miran hacia donde está está ella y sonríen. Míriam, instintivamente, se ha colocado bien el jersey del uniforme, ahuecándolo por la cintura. Luego ha bajado un poco su falda de cuadros. Sin quererlo, ha caminado más deprisa. A la hora del recreo, ha ido al baño y se ha enfrentado con un espejo que le devuelve un cuerpo todavía por hacer. Desde hace unos meses, tira parte por el fregadero parte de la leche que le dan en el desayuno. Y se preocupa ella misma de abastecerse de galletas. Ha ido reduciendo tanto su ración que ha acabado por no comer ninguna. Carolina ahora está contenta porque muchas desconocidas buscan en el ordenador con las mismas ansias que las suyas y ya no cuenta con otra cosa que la obsesión por su figura. Ana y Mila le han dado muchos consejos: mucha agua mezclada con tabasco; una manzana cortadita en trozos muy pequeños. Carolina no sabe que ha comenzado a formar parte de la película que marcará su vida.

Míriam tiene 16 años, lo mismo que Mario. Son amigos desde hace unos meses. Sin darse cuenta, al estar delante del ordenador lo primero que hacen, al entrar en Tuenti, es mirar el perfil del otro, sus fotos. La última frase que escribió cada uno formó parte de un extraño complot en el que uno se dirigía al otro sin que el resto de sus amigos lo supiera. Mientras chatean, cada vez ignoran más el pitido del resto de sus conocidos. Viven en una nebulosa que se ha ido transformando en pequeños paseos juntos después del colegio, en ratos sentados tomando un helado. El viernes pasado fueron con todos sus amigos a beber coca-cola mezclada con el vino más barato del supermercado. Pese a no ser unos novatos en el ritual de la litrona, fueron bebiendo hasta que los brindis acababan por derramar más calimocho del que ingerían. No hacía falta: todo era ya demasiado. Mario se alejó del grupo para apoyarse en un árbol y Míriam lo acompañó. Mario se encontraba atontado y ella se acercó para mirarle muy de cerca. El resto fue parte de su beso apasionado que los convertía en pareja. Sin ellos saberlo, después de unos pocos días buscaron en mis entrañas la misma afirmación, llena de vacilaciones, llena de deseos de respuesta: «Tengo 16 años y quiero hacer el amor».

Olga y Luis son el caso contrario. Ambos tienen 18 años. Manifiestan su preocupación con una frase desnuda y llena de sinceridad: «Tengo 18 años y no tengo novia», dice él. «Tengo 18 años y no tengo novio», dice ella. Lo que ellos no saben es que suelen tener costumbres muy parecidas. Olga aprovecha la wifi gratuita del bar Carabás para consultar su correo y mirar alguna cosilla en la web desde su netbook azulón (un regalo de cumpleaños) mientras se toma un café con leche. Y Luis, en el mismo bar, maneja su portátil para distraerse mientras toma su café descafeinado de cafetera cuando acaba su sesión de clases vespertina. Con una sonrisa cargada de bites, compruebo que, en el momento de hacer la búsqueda, ambos se encuentran, simultáneamente, bajo la IP del mismo bar. El azar, esa batidora de casualidades llenas de causalidad, hará que Luis se levante a pedir otro café y se enganche con el asa de la bandolera de Olga. Los reductos del descafeinado harán el resto.

(Y así, amigos, comienza una nueva serie en el blog: Historias de Google. Espero que os guste. La imagen es de Richard Miles y, por razones muy difíciles de explicar, estaba escuchando esta canción cuando tecleaba algunas líneas: Don’t Write Me Off. Otra sorpresa: como ya ocurrió una vez, una de estas tres historias está escrita por Chipirón negro, que me regaló la idea.)

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Disco2

El abismo de acostarse, para no dormir quizas. Para no despertarse. Con un millón de notas de música agitada en la cabeza, como un vídeo de Lady Gaga a mil revoluciones, sin orden ni concierto. Con la venganza del amor, con los malos tragos de pasar por el quicio de la vida. Los auriculares enquistados en una cabeza atronada por múltiples percusiones sintetizadas. El caos de la música dance atragantado en la amígdala. Intentando darle un sentido a las rectas trazadas con tiralíneas. Y buscando desesperadamente un pijama de pantalones a rayas y camiseta azul para enfundarlo en el cuerpo cansado de los trotes y vapuleos de la vida. Los minutos pasan por los ojos cerrados a dieciocho fotogramas por segundo, que es la velocidad de las cosas mudas en este ensordecedor mundo de sombras. Hasta los mismísimos de encontrar tu estilo en otros sitios, sin saber si el estilo no es tuyo o es que otros se lo apropian. Sin saber dónde nos espera el próximo salto hacia el otro confín de un universo que se escribe sin mayúsculas. La necesidad como extremo y como contingencia. Los acordes fáciles de música pegadiza, pegajosa, que se acopla a tu cuerpo, con los vaivenes del ritmo y de la desesperación. Fashion, baby. Fashion, baby. ¿Hasta dónde llegan los vocablos que siempre debieron escribirse y, sobre todo, pronunciarse en francés? Un mal trago lo tiene cualquiera, pero el atragantón de la vida nos hace deglutir las voces procesadas por las líneas telefónicas. El sueño de la fama produce sombras, monstruos que revientan como la distribución cuerpo-alma, discutida en torno a la glándula pineal. ¿Mentiras del hipotálamo? Somos espejos convertidos en neuronas, plásticas hasta estirarse como los malos alimentos. La buena alimentación se traduce en migas, dicen. Tabla de salvación, afirmaría Hansel. Afirmaría Gretel. Las casas de chocolate son la grande y nutricia y falsa madre. Son la pista que nos lleva hacia el abismo, se tuerza hacia la derecha o hacia la izquierda. Hacia el centro nunca. Es muy obvio. Y anida el ansia de perfección, que es la última de nuestras imperfecciones. ¿Alguna vez fue verdadera la teoría triple de nuestro cerebro? ¿Se descompone en capas, como si de prospecciones arqueológicas hablásemos, meditásemos. Siempre hay quien visita yacimientos para ver las piernas de las mujeres. Es la finalidad última de las escaleras de vanos recortados. No me llames por los nombres que no tengo. Los cadáveres ya no habitan en los cementerios, sino en los armarios, llenos a rebosar de ropa fuera de temporada. ¿Por qué mi mini-mando no obedece a los dictados de la con(s)ciencia? Se habla de lo que no se sabe. De lo que no se siente. De lo que no se paladea con el velo de la vergüenza. La historia de nuestras vidas es una comedia musical que acaba con unas zapatillas y un albornoz en una plaza en una madrugada demasiado caliente para ser tratada con los tonos de la muerte. Necesito desesperadamente el azul turquesa para salvar al mundo de los colores tristes. A fuerza de credulidad, tendré que conformarme con lo que dicen. Aunque todavía me resulta difícil creer que alguien sea asesinado en frente de Central Park. El acto de escribir canciones. El acto de pensarlas. El acto de dibujarlas con las manos. Por eso el mundo es una constante espera de la mirada recibida. Del local brumoso y enloquecido en el que los cuerpos sólo están hechos para bailar y para beber a espuertas. ¿Son los sentimientos la llave de nuestros enojos? Una voz canta y la remezcla la repite como coro pertinaz, impertinente. El interrogante individual se convierte en la interrogación del mundo y, por ende, de la esencia. ¿Habitó alguna vez entre nosotros la partitura que no había de ser cantada, tocada, bailada? Qué maravilla pulsar una tecla y escuchar una voz repetida hasta la saciedad, hasta el hartazgo, hasta la penúltima escalera esculpida por el demiurgo que, de creer a Cioran, sólo puede ser aciago. A lo lejos oigo unas voces que me hablan para que retorne hacia el hilo que me entresaque del laberinto. Puta Ariadna. Ahora que estaba escuchando a las sirenas en forma de unos vecinos: los muy cabrones, siempre se olvidan de apagar el despertador.

(Imagen de Roberto Castaño.)

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Espejo

Todos perdemos gatos negros que se cruzan en nuestro deambular urbano. Todas las minúsculas porciones de sal vertidas en un mal trago de aderezo en la ensalada se desparraman por el mantel trocitos de angustia que ahora para por ser sabrosa. Las escaleras se empecinan por atravesar su triángulo entre nuestro ser callejero, de la misma manera que los espejos rotos se han mostrado proclives a deshacerse en añicos cuando nos vemos reflejados. Hay que contarle los botones de la camisa a todos los pelirrojos con los que nos tropecemos (y mira que son una especie en extinción). Tan somnolientos estamos en nuestro matutino despertar que no miramos siquiera con qué pie pisamos, aunque nuestras zapatillas se encuentren a años luz de nuestra cordura. La suerte es como la lluvia: siempre abrimos el paraguas cuando hace falta, aunque sea dentro de la mansión de nuestros sueños.

(Imagen de Haddhar.)

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