Por Raúl, hace 1 año

Lo que hay que oír

¡Firmes!

No sé por qué, pero últimamente no escribo más que sobre la enseñanza. No me gusta mucho dar vueltas a estos temas con los que convivo en el día a día, pero últimamente la patata de la educación anda tan caliente que hay que atreverse a meter la mano en las brasas.

Hoy quiero hablar del debate existente en la sociedad sobre la pérdida de respeto a los profesores y la merma de su autoridad. Obviamente, estos dos asuntos son tan serios como para no tomarlos a la ligera. El papel del profesor en la actualidad está viviendo horas bajas, eso nadie lo duda. Los medios de comunicación y la experiencia personal alumbran unos cuantos casos y es un fenómeno que se extiende desde la educación primaria hasta la universitaria. Sin embargo, no me gustan nada las medidas que algunos proponen para solucionar el problema «a la francesa». ¿De verdad el tratar de usted a los profesores o el ponerse en pie cuando ellos entren en clase es una muestra del respeto de los alumnos y de la autoridad de los profesores? Eso me recuerda a los padres que contaban que tenían que tratar a los padres de usted. ¿Eran aquellos mejores padres e hijos? ¿Se solucionaría el problema con la implantación de una ley marcial, con alineaciones --y alienaciones-- de los alumnos en el patio a golpe de silbato?

Quizá el problema del respeto y la autoridad no sea tan sólo algo de nuestro presente; quizá obedezca a todos los presentes de la historia de la educación. Mi padre nació en 1925 y se educó en colegios de Miranda de Ebro y de Vitoria. Recuerdo muchas de las anécdotas que contaba de esos años de colegio, pero la que más me impresionaba era cuando contaba que, el último día de curso, todos los alumnos cogían los tinteros y los estampaban contra la fachada del edificio. ¿Os imagináis el revuelo mediático si ocurriera algo similar en la actualidad?

Tengo la suerte de haber sido respetado por la casi totalidad de mis alumnos en los veinte años que llevo dando clase. También creo tener autoridad en el aula y fuera de ella. Compagino ambas con un trato más que afable con mis alumnos, entre bromas mutuas y en un ambiente distendido, que creo que es el óptimo para aprender. Eso no significa nunca que no sepamos en qué lado estamos profesor y alumno. No hemos perdido en ningún momento la vertical ni la horizontal. El que los alumnos se levanten al unísono cuando yo entro en clase no añadiría ni quitaría ninguna autoridad. El profesor de esa inquietante película que es La ola consigue de sus alumnos esa y otras muchas cosas y, sin embargo, los derroteros llevan hacia otro lado, un autoritarismo de laboratorio.

Es cierto que hay que establecer mecanismos para que no haya faltas de respeto ni de disciplina. Es cierto que hay que crear una conciencia social de lo importante y respetable que es el oficio de enseñar. Es cierto que muchos profesores han pasado por experiencias desagradables que no están incluidas en el título que obtuvo ni en el sueldo que le pagan. Es cierto que tenemos que fomentar el trabajo serio y responsable. En este contexto, un usted y un «A sus órdenes, Mein Herr» son detalles irrelevantes que no conducen a nada.

Y otra cosa, que justifica el título de la entrada: no soy oyente habitual de la radio vespertina, pero el otro día tuve la ocasión de escuchar un programa en el que se hablaba de este tema. Hablaba un fulano que, con voz rasgada y compungida, decía que conocía personalmente a muchas personas que habían tenido que abandonar la enseñanza por culpa de los alumnos. Puede estar en lo cierto, no conozco el contexto. En mi caso, conozco también a compañeros de diferentes latitudes que han acabado de baja y que han abandonado la enseñanza. En esos ejemplos que conozco, se habían dado también otras malas prácticas que no partían de la parte baja del árbol, sino que estaban en la copa. Malos modos, gritos, menoscabo del trabajo de cada uno, insultos, puñaladas por la espalda. Porque --no lo olvidemos-- las faltas de respeto y los problemas de autoridad están en todos los sitios. Buscar sólo en un sitio es errar el tiro.

(La fotografía es de Merak)

Por Raúl, hace 1 año

Los malos son los mejores #8... y otras cuestiones

jessicarabbit

Siempre me lamento de no ser «más malo», que no peor. Me queda el gusanillo dentro. Mi serie de «Los malos son los mejores» me resarce de mis carencias, me pone a tono con el mundo y me equipara a lo malo-malísimo que nos ampara más para fuera, pero también para nuestro interior, que acecha sin que nos demos cuenta. Ser malo nos protege de las inclemencias, de los temperamentos. Si son buenos, para que se jodan; si son malos, para ganar la carrera de la perversidad.

En mi todavía reducida cuenta de modelos dignos de elogio, me había olvidado yo de la femme fatale, esta mujer que le mira al protagonistas de las novelas y las películas de cine negro un poco de través, entre peligrosa, inocente y astuta, y de la que el sujeto se enamorará hasta las trancas. Mujeres que son malas pero que no lo parecen, o que lo parecen y lo son, pero siempre definidas por la belleza, por la elegancia y por ser muchísimo más astutas que los hombres, tan incautos ellos, que se dejan engañar, que quieren ser engañados o, simplemente, que las contemplan como las vacas al ver pasar el tren.

El otro día revisité Perdición, una película de las épocas añoradas en las que el Cine se escribía sin mayúsculas y le volví a dar un par de vueltas al asunto. Walter Neff (Fred MacMurray) se las da de listo para buscar el modelo de asesinato más rentable, mientras Phyllips (Barbara Stanwyck) ya le había dado las vueltas por anticipado para dárselas a Neff con queso. Pero querría hoy recordar a una mala-malísima que recupera la esencia de la femme fatale hasta las últimas consecuencias. Se trata, cómo no, de Jessica, la bellísima dibu de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? tiene una de las mejores frases de la historia del cine, para mi gusto: «Yo no soy mala, es que me han dibujado así» (tiene otra más sicalíptica, que recordamos al lado cerdete de los lectores del blog: «¿Tienes un conejo escondido en la gabardina o es que te alegras de verme?»).

Y el «es que me han dibujado así» me lleva a enlazar con las «otras cuestiones». La identidad de Chipirón Negro ha sido atribuida a diferentes personas. Se han establecido cotejos, análisis psicológicos, evidencias, marcas de nacimiento y --casi, casi-- análisis genéticos. Ante ellos, creo que ya dije en una ocasión que yo poco podía decir que no hubiese dicho Flaubert. Cuando al escritor francés le preguntaron quién era madame Bovary, no dudó en contestar: «Madame Bovary soy yo». Y sí, Chipirón Negro soy yo en la medida en la que yo filtro sus mensajes, la pongo en una entrada y no en otra, omito muchas cosas que dice y otras las cambio de orden. Es mi obligación como autor y --casi siempre-- narrador de este blog. Para los chipironnegroescépticos, vuelvo a repetir que tiene una existencia real y efectiva que está fuera de mí mismo. Lo que ya no sé es si tiene veinticuatro u ochenta y tres años, si es analista financiera, diseñadora gráfica o, simplemente, es un viajante de géneros textiles de Sabadell.

Si mi opinión vale de algo --y, en este caso, es tan válida como la de cualquiera--, creo que Chipirón es una mujer. Coincido con Yago en que tiene pinta de ser lista o, por lo menos, muy observadora de pequeños detalles. Y no sé nada más, ni nada menos.

Por lo tanto, yo me he encargado de «dibujar» a este personaje, que tiene su trasunto en el mundo real (o todo lo real que es el mundo cibernético). Y, por último, os preguntaréis por qué hablar de Chipirón al hablar de las femmes fatales, y yo sólo puedo decir que no lo sé, la dibujé así. Pero tiene pinta de tener un lado oscuro, que es el que saca a pasear en/con este blog. Pero seguro que, más allá del código binario, tiene un corazoncito que late al mismo ritmo que el del resto de los mortales... y una sonrisa pícara que piense: «Garbanzo negro, siempre estás equivocado».

(La ilustración pertenece a Tim O'Brien, vía Pasa la vida)

Por Raúl, hace 1 año y 2 meses

Sonrisa con trampa

Tiburón

A veces me pongo triste: lo sé. Pero que conste que «me pongo triste», pero no creo serlo. Como algunos, con buen criterio, me recrimináis esa tendencia a la melancolía, hago una entrada con «sonrisa». La tenéis aquí, en esta bonita foto que ilustra la entrada. Una sonrisa mirando a la cámara, enseñando bien los dientes, como Cachuli en sus buenos tiempos con la Pantoja. Rodeados de amigos.

Me gustan los tiburones; siempre me han gustado (de hecho, creo que reanudaré una serie que tengo un poco abandona en el blog). Pero una noticia que he leído esta mañana me ha decepcionado, porque los pone a nuestro nivel humano: «Los tiburones blancos cazan como los psicópatas». Yo creía que este ser malos hasta decir basta con selección, intención y sin propósito de enmienda. Todo psicópate trabaja utilizando un patrón. Y, donde hay patrón, no manda marinero.

(Mafi --sobre todo tú--, perdóname: sé que no te gustan los malos y se que que querías que pusiese una sonrisa en esta entrada. Lo he hecho: si le quitamos alguna cosilla, puede ser gracioso)

(Imagen de g-na)

Por Raúl, hace 1 año y 8 meses

Los malos son los mejores #7: Dexter, de nuevo

Dexter

Tenía muy abandonada mi serie «Los malos son los mejores» en Verba volant y la retomo una vez más con Dexter (podeís ver aquí otras entradas del blog sobre esta serie).  A los enamorados de los serial killers, no nos ha gustado nunca reconocer en voz alta la fresca sensación que nos ofrecen los asesinos en las páginas de una novela o embobados ante una pantalla, mejor grande que pequeña. De hecho, cuando alguien empieza a ver los primeros capítulos de la primera temporada de Dexter siente una repulsión primigenia que se va convirtiendo pausada y paulatinamente en comprensión. Y no es una comprensión procedente de la fascinación por lo macabro y sanguinolento: es una comprensión que procede de la asunción de nuestro lado oscuro. En esta serie de este «malo», al que no acabamos viendo como tal,  se encuentra nuestra misma historia: la génesis de nuestra personalidad, la voz de nuestra conciencia, la contemplación de nuestras emociones, de nuestros sentimientos y sus carencias. Nos gusta Dexter Morgan porque nosotros somos él, abocados a enfrentarnos a un mundo en el que tenemos que actuar, en el que vemos todo lo externo como un escenario y a nosotros mismos como un personaje que tenemos que representar. Vemos lo afectivo brotando desde fuera hacia dentro, y no a la inversa. Esto nos provoca estupefacción, quizá porque no nos atrevemos a asumir nuestras propias debilidades. Dexter es un perfeccionista que no tiene muchos de los atributos de los héroes, pero que por eso tiene también muchas de las virtudes infrahumanas. Siendo imperfecto, no querríamos identificarnos mucho con él, porque siempre parecemos demasiado feos en un espejo. Y sí, somos Dexter. Quizá el niño que no gustaría nunca a su papá. Quizá el papá que nunca seremos.

Estoy viendo la tercera temporada de Dexter casi al mismo ritmo que el de los televidentes en Estados Unidos. Y sólo me falta el capítulo final. Seguro que será una revelación y seguro que, gracias a él, me conoceré mejor a mí mismo. Al fin. De momento, dos citas que pertenecen, respectivamente, a los capítulos décimo y undécimo de la que será la última temporada:

«Espero que nos veamos otra vez. Me gustaría conocerte mejor. Pero, ¿cuánto se puede conocer realmente a una persona?, ¿cuánto se está dispuesto realmente a conocer?»

«Si el hogar se encuentra donde tienes el corazón, ¿dónde vas cuando no tienes corazón?»

Esperaré ansiosamente las pocas horas que me faltan. Amén.

Por Raúl, hace 2 años y 3 meses

Triple salto mortal

Acrobatics

Nena, se acabaron las elecciones a ser lo más. [Los enemigos de los hipervínculos, podéis perfectamente realizar la lectura de la entrada sin tener que ir a salto de mata. Los fanáticos del salto hipertextual, acudiréis a un homenaje autocomplaciente.] Se acabó parecer más fuerte para luego dar un traspiés. Se acabaron los días oscuros sin novedad. Se acabó no tener ni siquiera un hueco para mi felicidad. Se han acabado las excusas y se acabó llorar. Se acabó parar el tiempo como un mísero niñato a lo Peter Pan. Porque cada vez que hablabas, cada vez que me ignorabas, cada vez que te reías gustándote como sólo tú sabes gustarte cuando te ríes, yo ensayaba algún intrépido final: mi triple salto mortal. Se acabaron las medias tintas al hablar. Se acabó buscar refugio para esa seguridad, que corre el peligro de volverse cíclica y crónica. Se han acabado mis delirios de inmortalidad. Se acabó ser el primero en escapar a la voz de «maricón el útlimo». Se acabaron los líos, las prisas, la mediocridad. Se acabó soñar en todo para nunca despertar. Ya estoy harto de esperar: quiero más. Ten en cuenta, nena, que cada vez que hablabas, cada vez que me ignorabas y cada vez que te reías de todo en general y de mí en particular, gustándote con perfidia, yo ensayaba algún intrépido final: mi triple salto mortal.

(Versión prosificada y levemente adaptada de Triple salto mortal, de La casa azul y con imagen de Flamsmark)

Por Raúl, hace 2 años y 5 meses

Sólo para adultos

Epi y Blas

Recupero una noticia aparecida ya hace tiempo en la que se nos informa de que los contenidos en DVD de Barrio Sésamo, el genial invento de Jim Henson, serán aptos sólo para adultos en Estados Unidos. Más o menos aquellas fechas, me enteraba de que los turcos tergiversan el bodrio de Heidi impidiendo que se le vean las bragas y, además, que a otro de sus personajes le dibujan con un velo en los libros turcos de Spyri. Hasta que no he visto con detenimiento enfermizo el vídeo, no me había percatado del exhibicionismo insano de la chiquilla en el columpio. Quizás sea esa la razón de que todos los hombres que nos hayamos encontrado a lo largo de nuestra infancia con el personaje tengamos esas tendencias obscenas y guarrindongas. Yo creía que Heidi me había marcado en mi infancia por otras razones, como la tendencia de Pedro a beber abriendo de manera desmesurada e irreal la boca, o por la maravillosísima señorita Rottenmeier, que seguramente engrosará algún día la serie de Verba volant titulada «Los malos son los mejores».

El caso de Sesame Street es aún mucho peor. No sé si la memoria me traiciona, pero creo que la serie tuvo su origen como complemento educativo de las clases norteamericanas desfavorecidas, más proclives al absentismo escolar y con muchas horas con el televisor por delante. Ahora resulta que el contenido -sobre todo, el original de Epi, Blas, Coco o el Monstruo de las galletas, no los bodrios añadidos con actores reales- de una las series que ha sabido educar divirtiendo y con presupuestos originalísimos no es apto para los pequeños. ¿Las razones? Una niña invita a un desconocido a su casa; Epi solicita a Blas que le pase el jabón en la ducha (y que no me venga ningún comentarista «original» a soltar la gracieta de la homosexualidad de ambos: creo que están tan pasados de rosca como a los censores que estamos criticando). Por cierto, al Monstruo de las galletas le han aplicado una dieta hipocalórica y ahora le da por engullir verduras.

Estamos haciendo a nuestros hijos hipersensibles. Y hemos llegado al extremo de que ya no nos importa tergiversar el pasado, el presente y el futuro. Yo propongo que, para no menoscabar su desarrollo sensitivo, borremos de los libros la existencia de las guerrras y cambiemos todas las fotos horrendas de los desastres bélicos por las sonrisas aprofidentadas de los actores de High School Musical. También sugiero que un grupo de artistas de una junta parroquial pase la brocha blanca por las pinturas negras de Goya para que Saturno pase a devorar un salmonete (el akelarre pasará a ser el ambigú de los pijos del Ferrero Rocher). Los hombres del tiempo (ahora subidos de categoría para pasar a ser meteorólogos), por su parte, tendrán que augurar un tiempo primaveral permanente (de hecho, esa es la presión continua de los hosteleros).

Y se me olvidaba lo más importante. Los padres estaremos de acuerdo con todas estas chuminadas, llevaremos a nuestros hijos a una escuela multideportiva para que muevan un poco el culo (aunque previamente les llevemos a todas partes en coche o les hayamos dejado tirados indiscriminadamente delante de una videoconsola, o les premiemos constantemente invitándoles a una hamburguesa triple en el Burger de la esquina), les anularemos totalmente su capacidad crítica, les protegeremos del mundo con la billetera abierta. Y, sobretodo, nos tiraremos en el sofá con la babilla caída para ver una mierda de programa, no leeremos un puto libro en nuestra vida, nos dejaremos resbalar por la mierda de la corrección política y jamás de los jamases nos enfrentaremos ante la realidad para explicársela tal y como es. En justa correspondencia, ellos acabarán disparando por ahí cuatro tiros a alguien cuando estén muy frustraditos o alguien les lleve la contraria. Por gilipollas.

Por Raúl, hace 2 años y 6 meses

Los malos son los mejores (VI): los sargentos

Sargento Hartman

Pues sí, los sargentos son los mejores. Por supuesto, si son sargentos chusqueros y amargados, mejor que mejor. Desde el sargento Emil Foley de Oficial y caballero, abrasando a Richard Gere a flexiones (se lo merece, por guaperas), hasta el magnífico Sargento de hierro (Tom Highway) interpretado por Clint Eastwood en una película llena de matices y de aciertos (como casi todas las dirigidas por Eastwood). En esta última, asistimos al cambio de camisetas de entrenamiento más ingenioso de la historia del cine. No obstante, si de elegir sargentos se trata, me quedo indiscutiblemente con el sargento Hartman de La chaqueta metálica . Frente a la opinión de muchos sobre el filme, prefiero sin lugar a dudas la primera parte de la película, con ese tiránico sargento pariendo exabruptos, poniendo motes (¡qué bella la era de lo políticamente incorrecto!), vejando al «recluta Patoso» a base de bien e intentando hacer la vida imposible a quienes tendrán la obligación de hacer la vida imposible a los enemigos de América. Bueno será recordar alguna secuencia: 1, y 2.

En torno a estas pelis, me gustaría acabar con tres pequeñas observaciones (y un colofón). La primera, que odio con todas mis fuerzas a Constantino Romero doblando con su espléndido vozarrón la voz mucho más rasgada de Eastwood. La segunda, que la traducción de la expresión chaqueta metálica no puede ser más desafortunada en español: ¿acaso los revestimientos de la munición se denominan chaquetas?. La tercera, que mi afición por lo castrense, afortunadamente no ha ido nunca más allá del cine. Mi único contacto con el ejército fue que me declarasen «inútil total»: el insulto me supo a gloria bendita.

(Y el colofón, que pese a que el gran Blogófago me obsequió con las indicaciones para que los vídeos se vean en una bonita pantalla emergente, todavía no he sido capaz de hacerlo como es debido. Debo de ser un «bloguero patoso»).

Por Raúl, hace 2 años y 6 meses

Coincidencias

La mirada

Ando entre desesperado e incrédulo. Una serie de misteriosas coincidencias empiezan a dominar mi vida y van a llegar a poder conmigo: es ya conocida por los asiduos parroquianos de Verba volant mi preferencia por los malos, a los que voy dedicando toda una serie titulada «Los malos son los mejores». Pero, últimamente, las cosas se ponen feas: hago un test de personalidad y se me diagnostica como triunfador con tendencias psicópatas y asesinas. Blogófago propone un meme como experimento divertido y, sin que medie ninguna otra voluntad que la del azar, a mí me sale una portada de disco cuyo grupo es Horror Conventions, el título del trabajo es «Otherwise they'll kill you» y la foto es una sombra acechante. Dedico una entrada a Dexter y tres personas, sin ninguna relación entre ellas, me dicen que, cuando ven la serie, les recuerda mucho la personalidad difusa y obtusa de Dexter Morgan a mi forma de ser (por lo visto, difusa y obtusa). Y no es menos cierto que tenía unas notas tomadas con unas reflexiones del angelito psicópata: «¿Soy bueno? ¿Soy malo? Dejé de preguntarme esas cosas. No tengo las respuestas. ¿Alguien las tiene?» y quería ilustrar esos pensamientos para reflejar mi manera de concebir el mundo. Yo creía que todos éramos así, pero se conoce que respondemos principalmente a estos parámetros la ficción (Dexter) y yo (¿realidad?).

Por cierto, un antiguo vecino mío lleva pasando a mi lado tres veces sin saludarme, con mirada displicente. Y yo, como Hannibal Lecter, no soporto la mala educación. Voy a tener que darle unas lecciones...

Por Raúl, hace 2 años y 7 meses

Los malos son los mejores (V): Dexter

Dexter

En fechas cercanas a mi tercera entrega de Los malos son los mejores, dedicada a Hannibal Lecter, Rosa Montero -siempre apasionada, para bien y para mal- se marcó un artículo furibundo en contra de la serie Dexter y lo que este tipo de ficción televisiva representa. Cuando ya tenía preparada una réplica a las líneas de la escritora, Hernán Casciari tuvo una aportación genial en su Espoiler titulada La abuelita de Rosa Montero. Es una entrada llena de inteligencia, sentido común y, sobre todo, conocimiento. Entre otras cosas, vincula lo que escribe Rosa Montero sobre la televisión actual contrastándolo con lo que hubiese podido escribir su abuela en lo que concierne a la literatura del XIX.

Por aquel entonces, yo todavía no era la persona inmensamente afortunada que soy ahora, dado que he incorporado a mi imaginario cultural la primera temporada de Dexter (y con la segunda ya empezada...). Advierto a los descreídos que intenten emprender el camino que quizá en los dos o tres primeros capítulos sólo encuentren algunas obviedades sobre la maldad interna de los asesinos en serie. Pero, a medida que os vayáis impregnando en la sutil maldad de Dexter Morgan, las evidencias psicoanalíticas de manual empezarán a dar paso a una construcción de un ente ficticio de gran riqueza y complejidad. Dexter es malo y, en el fondo, nos gusta que lo sea. Y no por el código moral con que le alecciona su padre adoptivo sino, porque, en el fondo, todos somos Dexter, pero en fino y sin que gotee la sangre a nuestro alrededor. El cazador cazado, la caza por la caza, la muerte y los sentimientos, nuestros sentimientos de culpa (y la ausencia de la misma). en el fondo, todos somos un poco como él, nos guste (como a él) o no nos guste (como a Rosa Montero):

Soy Dexter y no sé lo que soy. Sólo supe que había algo malo en mí y lo oculté. No hablo de ello, pero ese pasajero oscuro se encuentra siempre ahí. Y cuando tengo el control me siento vivo, medio enfermo con el escalofrío de un completo error.

Maté a la única persona de la que no necesitaba escaparme. Y soy el único que llora su muerte. Soy suyo en sus sueños más sombríos.

Por Raúl, hace 2 años y 8 meses

Los malos son los mejores (IV): el ama de llaves de Rebeca

Mrs. Danvers, el ama de llaves de Rebeca

En una repaso reivindicativo a los malos de la ficción no puede faltar la malísima Mrs. Danvers, el ama de llaves de Rebeca, la genial película de Hitchcock. Si queremos meter en un mismo paquete arrogancia, cinismo, idolatría e -incluso- un lesbianismo inaudito para la época, este es nuestro personaje. Reconozco que no he leído la novela de Daphne Du Maurier, por lo que no puedo decir aquello de «la novela es mucho mejor que el libro». La actriz que le dio vida, Judith Anderson, era una de esas maravillas que perfilaban magistralmente a los personajes secundarios, como ocurrió también en Laura de Otto Preminger (película que esconde un personaje que se unirá a esta serie de «Los malos son los mejores» en cuanto el futuro lo depare) y que brindó sus dones interpretativos a lo largo de una larga carrera llena de reconocimiento, pero no de premios. Una de las mujeres que logran llenar la pantalla con su presencia con su porte y con su mirada más que con unos escasos ciento sesenta centímetros de altura.

Y si en la película el espíritu de Rebeca campa a sus anchas frente a la encogida Joan Fontaine, el mérito es de Mrs. Danvers. Rebeca ha abastecido al mundo de la moda con las rebequitas, esas chaquetas con las que la apócrifa y advenediza Sra. de Winter tiene que abrigarse el alma encogida y sobrecogida por el pánico escénico de saberse en el lugar equivocado e inadecuado. Pero, sobre todo, la película ha regalado el dicho que todos los que tenemos ya unos añitos encima hemos oído a nuestras madres: «Es más mala que el ama de llaves de Rebeca». En la foto que encabeza esta entrada, la vemos en la secuencia en la que presentan a la reciente esposa de Maxim al personal de servicio. Y allí aparece Mrs. Danvers, el ángel custodio de la casa y del espíritu de la que siempre será su señora. Demuestra su poder por contraste, incitando a la locura y al suicidio, con las malas artes de aconsejar el vestido más inapropiado para la fiesta, con la indelicadeza de hacer tocar las prendas más delicadas («¿Ha visto algo más delicado? Mire, ¡puede verse mi mano a su través!»), con la virtud de la omnipresencia física que mantiene la presencia viva de su señora, a la que tanto amaba. Con todo detalle. Con todo cuidado. Con tanta pasión... Y cuando pierde, pierde a lo grande, sin medias tintas y llevándose a todo por delante. Sin medias tintas ni ambages. Con dos cojones (el entendido en la película, me perdonará la grosería como licencia poética: ¿era el de la Sra. Danvers por su señora un amor espiritual?)

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