El mundo se ha puesto en marcha
Mientras la noche empieza a ser un leve tejido que se despereza del sueño y mientras los párpados cansados se aventuran a romper la obstinación del ojo envuelto en legañas, todos los columpios de la ciudad han decidido de manera paritaria y espontánea poner al mundo en movimiento. Desean romper así con nuestros cuerpos acurrucados en las sombras de los recuerdos, desean mover -así- el eje de nuestros destinos para darle un nuevo ímpetu. Nadie sabe con precisión cuándo empiezan a oscilar sus cadenas ni cuándo la sospecha del aire como agente queda descartada para el resto de la eternidad. Esos columpios se mueven al ritmo de nuestros sueños para mecerlos, atentos a las reglas caóticas de la ciencia de los vaivenes; se mueven con la debilidad del transcurso del día o con la proyección de todas las fuerzas del mañana. En el momento justo en el que el sol recupera la hegemonía, los columpios -lentamente- paran. La misión callada de dar cuerda a nuestras vidas se ha vuelto a cumplir, como cada día. El mundo se ha puesto en marcha.




