In eterno
Un día, decidimos que nuestro destino es tan claro como para marcarlo por las paredes, anunciando a todo el mundo la voz de los deseos. Las letras forman parte de la comparsa de nuestro corazón, que se inspira en un instinto de supervivencia, en un querer formar parte de la eternidad montada sobre los garabatos de nuestros iguales, de otros que han pasado por aquí, que han soñado y que se marchan con la esperanza intacta de que las cosas serán como siempre. Llegamos al muro perfecto para inmiscuirnos en sus poros y sus rendijas, insistentes en la ilusión de lo que es, de lo que permanece. No está mal pensado: escribimos sobre el presente para contar el pasado y esperar -pronosticar- el futuro. Y el mañana nos devuelve unas letras perdidas, con nombres desprovistos de significado. No obstante, es bonito: todos ansiamos que el cielo ronde nuestras cabezas, a partes iguales y enamoradas, por los siglos y los siglos. Y todo eso es cierto. Hasta que chocamos contra un muro terrible que conmociona las palabras y las priva de sentido. La eternidad sólo es cierta si la contamos desde los miles, los millones de minutos superpuestos en el presente. Y así, por los siglos de los siglos, por los siglos de las palabras, por los siglos de nuestros labios, que un día fueron besados y no renuncian nunca a buscar su complemento en forma de rotulador sobre el muro de nuestros sueños.




