— Verba volant

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2009 Yearly archive

Espejo

Todos perdemos gatos negros que se cruzan en nuestro deambular urbano. Todas las minúsculas porciones de sal vertidas en un mal trago de aderezo en la ensalada se desparraman por el mantel trocitos de angustia que ahora para por ser sabrosa. Las escaleras se empecinan por atravesar su triángulo entre nuestro ser callejero, de la misma manera que los espejos rotos se han mostrado proclives a deshacerse en añicos cuando nos vemos reflejados. Hay que contarle los botones de la camisa a todos los pelirrojos con los que nos tropecemos (y mira que son una especie en extinción). Tan somnolientos estamos en nuestro matutino despertar que no miramos siquiera con qué pie pisamos, aunque nuestras zapatillas se encuentren a años luz de nuestra cordura. La suerte es como la lluvia: siempre abrimos el paraguas cuando hace falta, aunque sea dentro de la mansión de nuestros sueños.

(Imagen de Haddhar.)

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Tejados

Casa. Tejado. Cara triste. El acento circunflejo es por un lado, el protector de la lluvia de palabras. Visto de otra manera, los dos costados por los que resbala el universo. Sobre la o, se acerca a lo divino. Por su categoría, el acento circunflejo suele decirnos la naturaleza de las vocales. En el francés, la lengua que amo, este acento revela, además, la omisión de una s. Por lo tanto, circunflejo es algo así como un secreto revelado o la omisión deliberada de algo que, en sí, está latente. En los emoticonos, esos ojitos risueños, que ignoran la avalancha del mundo que se les vendrá encima.

El acento circunflejo se protege de las inclemencias, nos acoge y nos conviene. Las vocales, pobres infelices, se han acostumbrado a recogerse debajo, sobre todo cuando llueve. Y, al final, nunca nos enteramos de que el sol ha salido. Porque mira que reluce, el muy jodido.

(Imagen de caravinagre.)

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URB Punta Cana 047-1

Nuestra vida, más que por las acciones, se entiende por las elisiones. Ni siquiera Dios escribe con renglones torcidos, sino que, simplemente, se limite a silenciar su más que probable inexistencia. Nuestros males se traducen en pequeños detalles, en pequeños signos de puntuación mucho más sugerentes que los puntos suspensivos. No sobreentendemos. No damos por sabido. No enumeramos ad infinitum. Con los años, nos vamos comiendo signos, hasta que nos atragantamos.

(En torno al apóstrofo. La foto es de Alberto.)

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Aguja

Salvados por la mínima. Ni una diminuta migaja de turrón. Ni una burbuja de champán del caro. Ni el ojo de una aguja. Nadie que moleste, nadie fuera de sitio. Encorsetados y esclavos de una mesa, de un ritual. De una locuacidad impostada. Absortos dentro del mundo que les corresponde. Todo es redondo en el cielo. De ahí para abajo, todo se desguaza como los pensamientos y como las esperanzas, como el nunca y el demasiado. Por eso, hoy es un día de brindar por lo que no se brinda. Hoy es un día para bailar en los pasos acompasados sin música. Hoy es un día para recordar que hay que olvidar y para olvidar el recuerdo, cosas ambas resbaladizas, contradictorias y feas. Felicidad para los importantes del mundo. Los demás, que se fastidien. Nuevamente. Por las orillas que no se tocan. A la deriva.

(Imagen de Raúl de Buenaposada.)

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Lune

Alberto se ha encaramado a un taburete para poner una estrella al árbol de navidad. Del árbol recargado de espumillón de su infancia sólo ha quedado el recuerdo. Alberto ha adoptado una estrategia restrictiva: cada año que pasa le va quitando cosas al abeto artificial. Primero fueron esas guirnaldas refulgentes. Luego los adornos en forma de campana, de trineo, de pipa. También desapareció un bambi, un papá noel pegado con celo para no revelar sus dos mitades. Después, las bolas multicolores fueron cediendo el paso a las rojas. Ahora, la estrella del árbol de navidad es una especie de alegoría de la desaparición, del transcurso de los años. Antes, era el colofón al ritual de la puesta del árbol de la navidad en casa. Ahora, la estrella es lo primero y lo último. Lo único de una especie que desentona y es contradictoria. Alberto siempre ha pensado que la navidad está cargada de significados y el árbol era la corriente eléctrica que los conectaba. Ahora, sólo saca el árbol de la caja por rutina. Alberto siente, sin embargo, que no poner el árbol sería algo así como estar abocado al final de su vida. El restablecimiento de la circularidad de los ciclos naturales. Alberto le da el último retoque a un proceso que dura demasiado. Sin embargo, pese a intentarlo, la estrella se resiste a colgar recta. Cuando parece que se enreda adecuadamente al culmen, cualquier movimiento la hace oscilar y caer hacia abajo. Al final, Alberto ha optado por resignarse. Se ha bajado del taburete y ha dado dos pasos hacia atrás, como el pintor deseoso de ver el panorama que ha intuido desde la cercanía. El resultado no le convence. Tampoco le deja de convencer. Alberto piensa, simplemente, que el resultado es tan soso como el que esperaba, pero tampoco se podían hacer maravillas.

Alberto ha recogido el taburete y lo ha dejado en la despensa. Después, se ha sentado en la alfombra, mirando el árbol bajo la luz difusa de las farolas de la calle. En un momento, girando la cabeza, ha visto que la luna aderezaba el árbol con un adorno inesperado. Alberto lo ha contemplado unos segundos y se ha levantado. Al girarse hacia el cuarto de baño, ha esbozado una sonrisa.

(Imagen de Rodrigo Soldon.)

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URB 002-1

Quiero que toques música para mí. Que el cielo es mucho menos que la estratosfera de los mordiscos de vida que se arrancan a dentelladas. Quiero que toques mi canción favorita, porque el imperio de la noche invade los poros. Que la epidermis es mucho más que las caricias inexistentes. El universo se compone de cuatro acordes fantásticos. Quiero que cantes con voz desgarrada. Que la laringe y las cuerdas vocales son mucho más que los días y sus noches cargados a cuestas. Quiero oír la risa inapagada, los gorjeos de tu guitarra. Que mis pies son mucho más importantes que el camino que todavía queda por andar. Quiero que el silencio escuche al silencio. Que las bonitas aves marean de tanto dibujar trazos en el aire.

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Un teléfono sobre una mesa abarrotada de papeles. Unas líneas rasgadas más que escritas en un bloc de notas de cuadrículas grandes. Es una composición difícil porque rompe la armonía. Un fotógrafo experimentado hubiera elegido un encuadre en el que sólo apareciera el cuaderno, pero ha decidido incluir el artilugio electrónico por alguna razón que se nos escapa. El teléfono guarda una línea demasiado paralela a la de las notas escritas. Una opción más acertada podría haber sido haberlo situado encima de la página de la izquierda. A fuerza de ser sinceros, tenemos que reconocer que, sin embargo, el graduado de la escala de grises y el granulado ligero dota a la imagen de un empaque envidiable. Es una de esas fotos que, por alguna razón ignota, nos estremecen. El punto de atención del encuadre está en esas líneas escritas con prisa, en un ángulo que no permite su perfecta lectura. Se trata de una de esas letras de imprenta que arrastran los trazos con una personalidad vigorosa. Parece una nota dirigida a un destinatario cuyo nombre, por lo que se adivina, no aparece por ninguna parte. Entre lo difuso, se adivinan unas palabras de reproche. Después de contemplar la foto durante un período de tiempo que lo hace reflexivo, es imposible quitarse de encima un sentimiento de lástima, de complicidad compartida.

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Tobogán

La vida se desliza por los tubos de la obediencia, por la caía leve hacia el ordeno y el mando. Abismo infinito. Las puertas permanecen cerradas al campo, al aire pleno en los pulmones, al futuro orientado hacia la ilusión. Sigilosamente, se nos cuelan los años por el quicio de las obligaciones y al porvenir le quedan cada vez menos hojas en nuestro escueto calendario. Mientras tanto, una rampa inmaculada y blanca nos aguarda.

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Espada

Me resulta difícil escribir para ti, alguien que nunca leerá esta entrada porque bastante tiene con intentar entender lo básico. Nunca sabrás lo que es una carta de batalla, ni tampoco alcanzarás a entender la ironía que subyace en el nombre que heredaste de tu padre y cuya etimología nunca llegarás a conocer. Nunca el nombre de un ilustre y cultivado emperador romano quedó tan enmierdado como el día que el cura arrojó el agua bendita sobre tu cabecita. Por no saber, tampoco sabrás que tu apodo es muy ilustrativo de lo que eres, aunque nunca llegarás a su categoría mitológica.

Entre otras cosas, te digo que no tienes ni puta idea de mi vida privada, por mucho que te la hayan graznado tus amigos. Que no eres nadie para juzgarme. Que no eres nadie para condenarme. Todo el desprecio por los demás deberías revertirlo en ti mismo (no te cobres el contrarreembolso) por no saber las cuatro reglas elementales, que no radican en la aritmética sino en la cortesía y en la buena educación. Los que te conocemos, sabemos que no eres capaz de articular un pensamiento refinado, que tienes una mente embrutecida, que eres primitivo en el peor de los sentidos del término. Que no puedes expresarte con fluidez. Seguramente, no sabrás la indisolubilidad de vínculos entre la lengua y nuestro pensamiento. Si tu habla pudiera reflejarse en un espejo, verías la imagen de tu tremenda blasfemia.

En vez de ocuparte de los asuntos de los demás y de lo que no conoces (nadie sabe las verdades enteras si no conoce todas las versiones), preocúpate de tus asuntos. Intenta que tu imbecilidad, tu negligencia o tus chanchullos no te lleven a la cárcel. Quizá algún día supiste hacer la o con un canuto, de esos que te gustaron. No te creas que el dinero de una empresa heredada de un sector ahora en crisis te hace un ser espléndido. No te creas que tener cochecitos caros te hace ser un tipo importante, aunque te lo creas. Por preocuparte de algo importante, te invito a no atragantarte con los espumarajos que sueltas por tu boca. Bastante tienes con lo tuyo.

O sea, conocido del alma, que te metas tu desprecio por donde te quepa. Y procura decir la verdad cuando te hagan un test psicotécnico. Así que vale, que, por si no lo sabes, significa adiós en latín.

(Imagen de Purplemattfish.)

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