— Verba Volant

Profesores imprescindibles

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La experiencia nos dice que, a lo largo de la vida, nos encontraremos con unos cuantos profesores nefastos y unos cuantos profesores buenos, pero solo un reducidísimo número de profesores imprescindibles. De los nefastos, guardaremos malos hábitos, una visión estrecha y lo mejor que puede pasarnos es que caigan en el olvido. Gracias a los buenos, habremos comprendido cosas que, de otro modo, nos hubiesen resultado incomprensibles y habremos ganado peso en nuestra formación como alumnos y como seres humanos. Los profesores imprescindibles son algo muy distinto.

Considero que he tenido tres profesores que han marcado mi vida: uno de ellos, en 3.º de BUP (el actual 1.º de Bach) y los otros dos, bien distribuidos en mi carrera de Filología Hispánica en primer curso y en cuarto. Es cierto que el primero tardó en llegar demasiado tiempo, pero mereció la pena. Y las circunstancias que figuran más abajo explicarán que hoy hable de él en esta entrada.

Se llama Manolo y, como decía más arriba, me dio clase cuando yo tenía 17 años. Pese a ser un ávido lector y una persona muy interesada en algunos temas culturales, me resbalaba el ámbito académico. Son los años en los que es frecuente que uno piense en otras cosas y yo ponía todo mi empeño en dedicarles mi tiempo y mis atenciones ajenas a la vida académica. Entonces, llegó él. Me dio clase de Filosofía y de Literatura (por aquel entonces no se daba la mezcla habitual de Lengua y Literatura, sino que estas se separaban por cursos).

En Filosofía, me enseñó a ser riguroso con los conceptos y, sobre todo, conmigo mismo. Me hizo dar con las claves del análisis y de la síntesis y me enseñó los misterios de la Lógica, de la Psicología y de la Metafísica. En Literatura, descubrí que el análisis de los textos literarios podía revelar en los textos una profundidad y una riqueza que yo hasta entonces desconocía. Gracias a él, descubrí algo que, desde ese momento, siempre he tenido presente: que lo difícil es más fácil de lo que parece y, sobre todo, que lo fácil es mucho más difícil de lo que aparenta. En vez de dar un recorrido superficial por las obras literarias, siempre insistió en leerlas con devoción y profundidad, como si nos fuera la vida en ello.

Un día, Manolo –que era nuestro tutor– nos empezó a orientar sobre las alternativas que teníamos  cuando acabáramos el COU (el actual 2.º de Bach). Yo era de los que tenía en mente estudiar Psicología y Periodismo. Pero, gracias a él, descubrí que existía una cosa rara y misteriosa que se llamaba Filología Hispánica. No entendía ni el nombre, pero me empezó a desvelar su contenido en asignaturas y pensé que, por fin, se me abría el mundo. Desde entonces, me convertí en un más que aceptable estudiante, ilusionado con mi futuro.

El azar, que en este caso no solo fue casualidad sino también causalidad, hizo que, pocos años después, recién acabada la carrera, acabara dando clase en el mismo centro en el que Manolo me enseñara gran parte de los fundamentos de lo que he llegado a saber en mi vida. Y fui allí profesor de Filosofía y Literatura durante muchos años. Nunca intenté imitarle, pero sí procuré seguir sus principios. Por encima de todo, recordaba su metodología: las materias no son algo estático, sino que evolucionan como tales y, por lo tanto, es necesario renovar su forma de difundirlas. No vale con lo de siempre porque el mundo cambia y los alumnos no siempre los mismos.

El tiempo ha hecho que Manolo pasase de ser mi profesor a ser mi compañero, pero nunca dejó de ser mi maestro. En los tiempos en los que compartíamos días de Selectividad acompañando a nuestros alumnos, yo siempre procuraba escucharle atento. Cada vez que hablamos me aporta siempre una forma nueva de ver las cosas, un ángulo que yo no había contemplado desde ese punto de vista.

Hace poco, tuve incluso la suerte de contar con Manolo como alumno en un par de cursos de formación. No dejaba de ser paradójico: enseñar al que te lo ha enseñado todo. Porque Manolo me ha dado otras muchas lecciones. Entre ellas, la más importante es que la docencia es una profesión en la que, enseñando a los demás, te encuentras en un proceso permanente de aprendizaje. No es solo la formación continua, sino la virtud y la necesidad de ir un poco más allá. Y, además, contar con que un profesor es mucho más que un docente: un profesor como Manolo es un docente que habla y escucha, que imparte conocimiento con la generosidad del que es sabio.

Dentro de unos pocos días, Manolo se jubila. No diré que deja atrás una etapa, porque no se deja nunca de ser un profesor como lo es él. Yo tuve la suerte de descubrir muchas cosas con él y gracias a él.  Y le debo mucho de lo que soy hoy. Y todavía me quedan por aprender muchas cosas. Tantas…

(Imagen de Michael Davis-Burchat.)

2 comments
  1. Magdalena says: noviembre 28, 20138:24 pm

    Tienes muchísima razón. Yo tuve la suerte de tener muchos maestros y profesores buenos, pero hasta la universidad no descubrí la diferencia entre un profesor bueno y uno imprescindible, porque no tuve ninguno de los imprescindibles antes.

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