— Verba Volant

Las diferencias entre un donativo y una donación

Sven Years Bad Luck

Creo que todos, más o menos, conocemos el estado catastrófico de las inversiones públicas en la universidad española desde hace años. Mientras las matrículas han subido de precio para el alumnado, las contrataciones y la situación del profesorado cada vez son más precarias, las instalaciones cada vez tienen peor mantenimiento, los equipos y la dotación tecnológica es cada vez más anticuada… En mi universidad, los estudios de radio y televisión de los estudiantes de Comunicación Audiovisual se caen a pedazos y ya solo se pueden utilizar, con pinzas, para dar clase. Los equipos informáticos son obsoletos: tengo compañeros que se pasan media mañana para que les arranque un ordenador, mientras que otros profesores asociados ni siquiera tienen uno y se ven obligados a llevarse el portátil de casa. Algunos tienen que esperar días para tener un despacho en condiciones y, cuando disponen de él, tienen que albergar paciencia infinita para tener mesa y silla propias. El otro día entré en el mío y me encontré con unos nada apacibles 14 grados que no subieron en toda la mañana. En nuestro edificio, de nueva dotación, han pasado semanas hasta que hemos podido tener jabón y toallas de papel en los lavabos y todavía estamos esperando espejos, algo obligatorio según la normativa vigente.

Por las tardes, doy clase en otra facultad y siempre espero con intriga si el monitor, uno de esos de culo profundo que ya no se ven por ninguna parte, se encenderá y, si lo hace, si permanecerá iluminado y en condiciones durante toda la clase. Creo que todavía podemos encontrar unos cuantos de ese tipo en esta facultad y en alguna otra, agónicos y anticuados. Y aquí es donde entra la cuestión de la que quería hablar. Tengo dos monitores (en perfectísimo estado)   en casa y ofrecí uno para lo que fuera menester. Por ejemplo, para poder sustituirlo por esas antiguallas que ya no me funcionan. Recibí una contestación llena de lógica en el fondo y relativa en la forma. Se me dijo que la universidad no necesitaba donativos, sino mejores dotaciones. Es cierto. Las cosas mejorarán cuando las administraciones se den cuenta del papel que ejerce y puede (y debe)  tener la universidad en la sociedad. Pero, mientras esperamos que llegue esa justicia social, yo pensaba en otros países con muy buenos sistemas universitarios y con (todavía) peores condiciones económicas que las nuestras, en los que saben aprovecharse de todos los recursos para salir a flote cada día. Y pensé, también que, en esa espera, quizás pueda haber cosas que puedan mejorar entre todos. Y pensé en la palabra donativo. Yo la hubiese cambiado por donación. En algunas universidades de las que hablo, tienen equipos audiovisuales gracias a esas donaciones. O aumentan sus fondos bibliográficos gracias a ellas. Todo podría ser mejor y, ante todo, más justo, y eso no lo niega nadie. Mientras tanto, llegará un día en que, cuando encienda uno de esos monitores de culo prominente, este dirá basta, hasta aquí hemos llegado. Y, entonces, no sé todavía lo que pasará.

Mañana iré a trabajar a mi facultad y, cuando vaya al aseo, me lavaré las manos y alzaré la vista, con la seguridad de que no podré contemplar ni siquiera un reflejo. Es el espejo donde nos miramos cada día.

La imagen es de Tim Sheerman-Chase.

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