Por Raúl, hace 5 horas y 58 minutos

Dando vueltas

Tendedero

No sabía yo que la vida no es cíclica, como creían los griegos (la naturaleza manda); ni lineal, como querían los cristianos medievales (Dios dispone); ni siquiera es una mezcla de espiral y rizoma, como me gusta a mí que sean los laberintos, tan presentes en Verba volant. Al hacer la foto de este tendedero, me di cuenta de que la vida es así: un conjunto estructurado de cuerdas donde colgamos las cosas más íntimas y las más superficiales, blancas, negras y de colores intensos; las prendas que nos arropan, nos cobijan, nos embellecen, nos distinguen o nos enmarcan. Una vez hemos lavado nuestros trapitos de la vida, los sujetamos fielmente con la pinza del cariño o del corsé. A veces, queda una arruga. Es cuestión de gustos: hay quien prefiere tender rápido y planchar con más vigor (o, simplemente, no hacerlo). La minucia y el detenimiento nos alejarán de largas sesiones de plancha, a riesgo de mayor tiempo a la intemperie. No es infrecuente que se nos escape de las manos ese calcetín díscolo que nos obligará a tener un par huérfano o, lo que es peor, motivará la visita de la vecina que nos devuelva el honor perdido. En esto del tender, como en la vida, también hay diferencia de sexos: los hombres caemos en la despreocupación de exhibir lo más íntimo mezclado con lo externo; las mujeres, en cambio, protegen sus secretos parapetándolos de guarniciones amplias y poderosas. Siempre dejamos lo difícil para el final, el acceso a esas cuerdas que nos obligan a las puntillas, al riego de caer, al miedo al vacío. A veces, como en la vida, dejamos las cosas en el tendedero para que se sequen. Pero muchas veces tendemos, salimos a la vida y se pone a llover. Intentamos rescatar la ropa con rápidos impulsos, pero ya es demasiado tarde. Resignados, dejamos la ropa tendida un rato más. Hasta que ya no nos queda más remedio, como me ha pasado a mí esta tarde. Esto es la vida, amigos, esto es la vida.

Por Raúl, hace 1 día

Ventanas redondas

Ojo de buey

Las cosas son como son y como somos, en matrimonio canónico e indisoluble. No hay nada mejor para ver la realidad que contemplarla por la ventana adecuada. Lo decía con muchísimo ingenio Henry James en el prólogo a Retrato de una dama: en la casa de la ficción no hay una ventana, sino innumerables, con diferentes formas, de colores diversos y situadas a distintas alturas. Miramos por esos resquicios y, recíprocamente, somos observados. Espiamos con descaro la vida y ésta, en injusta reciprocidad, se atreve a meterse en el ambigú de nuestra alma mirando al trasluz del de ese cristal de ida y vuelta («Nos miran», decía un personaje de Los otros -no tiene nada que ver con la película de Amenábar, aunque fueron casi contemporáneas- la inquietante novela de Javier García Sánchez: Ediciones B, 1998). Así que no nos resta sino elegir la altura, la forma y el color del vano por donde miraremos al mundo. Yo, me quedo con la propuesta de Sophie en el capítulo tercero de In Treatment: -que empieza a ser mi  manual vital de supervivencia: «Tienes que hacer una ventana redonda al exterior. Así te podrás sentir como en un barco.» Mola.

 (Para aquellos que no saben cómo pueden ver estas series, algunas no emitidas aún en España, este enlace les va a ser el hilo que unirá la ficción con sus mentes de manera provechosa y fecunda.)

(La imagen es de Bruno Girin)

Por Raúl, hace 2 días

Cuando los ángeles críen sexo

 

Ángeles

Hoy es uno de esos días en los que a uno le apetece protestar contra todo y contra todos. Uno de esos días en que lo más confortable para el cuerpo es el inconformismo del alma. El día de los ángeles y de los demonios. Y de más cosas. Una de mis inspiraciones, lo reconozco, ha sido la visita de los dos sitios web del padre Fortea (1 y 2), sacerdote que exorciza y que me ha dejado entre anonadado y patidifuso. Pero hoy no hablaremos de eso. Decía que es el día de los ángeles y de los demonios, pero también de los fantasmas. Según se nos dice en una página de las web susodichas, los fantasmas son de lo más concurrido entre los exorcistas: se aparecen con forma humana, no dicen nada y tienen un carácter amenazante y terrorífico. Yo -de momento- no tengo nada de padre Karras, pero desde hace cosa de un año a esta parte conozco a unas cuantas personas que cumplen uno por uno todos los requisitos. Por si acaso, tengo que ir haciéndome con alguno de estos libros para documentarme. Y creo que esos fantasmas, demonios y demás son ajenos y no propios, pero ahora me asalta la duda. Mis padres siempre decían que era muy posesivo. Y ahora me encuentro con que hay gente y gente que no para de mirarme. ¿Tendré síntomas? Ira furiosa y pérdida de consciencia y amnesia, segunda personalidad con carácter maligno, músculos faciales en tensión y manos crispadas, voz henchida de odio y rabia... Fuera de esto, parecemos más o menos normales pero vemos sombras, sentimos sensaciones extrañas o crujidos en alguna parte del cuerpo: a mí me pasa mucho con los pies... Total, nada que no pueda confundirse con un desorden disociativo de andar por casa.

Fantasmas a mi alrededor, yo hecho un poco diablo. ¿Dónde queda sitio en esta vida para los ángeles? No sé. Yo llevo todo el día acordándome de unos versos de Lorca: «Asesinado por el cielo. / Entre las formas que van hacia la sierpe / y las formas que buscan el cristal, / dejaré crecer mis cabellos.» Que no intenten los entendidos del universo lorquiano encontrar tras estos versos un más que probable trasfondo homosexual aplicado a mi humilde persona, que no van por ahí los tiros. Otra posible interpretación sería la de la rebeldía obstinada del poeta ante el mundo que le ha tocado vivir, demasiado oscuro o demasiado claro, pero sin muchos matices. Me siento, como Lorca, asesinado por el cielo. Me siento el raro de turno, Pitufo gruñón contra todo lo que existe de estratosfera para abajo (lo de arriba, afortunadamente, lo ignoro. Y no conozco aún Google Sky). Estoy rodeado de gente tan infinitamente buena, tan infinitamente santa y tan infinitamente importante, que su estatura moral se aleja mucho de mi enanismo, que se cobija en las suelas de los zapatos (no sé si de los suyos o de los míos). ¿Fantasma? Con esas características que he mencionado, muy poco. ¿Demonio? Parece que mucho. ¿Ángel? Ni de coña. Por lo menos, hasta que los ángeles críen sexo. Como las ranas (¿o era pelo?).

(Imagen a partir de una fotografía de Manel)

Por Raúl, hace 4 días

Aeroembolismo agudo en un lugar que se llamaba alma

pez

Un día, buceando en lo que sería probablemente una apacible y sosegada mañana de una tarde de verano, me encontraba sumergido en el día a día. Buceaba requebrando las dificultades, en lo más hondo de mi vida y con la mirada atenta y pendular del que quiere verlo todo a través de ese cristal. Me había pertrechado con todo el material necesario en una tienda especializada llamada Filosofía, sentido y dimensión existencial. Había otra tienda en frente, mucho más barata, que se llamaba Moralidades vacuas y autoayudas, pero me habían dicho que los productos eran de peor realidad y que, al final, amortizabas tu compra si ponías de tu parte un poco más de sacrificio. Estaba tranquilo viendo un espécimen ignoto, de colores vivos y mirada fija, cuando el manómetro me indicó una presión elevada y el profundímetro atestiguaba que había llegado demasiado lejos. Justo entonces, el regulador vital me empezó a fallar y mi desasosiego e imprudencia me hicieron olvidar todas las tablas de descompresión y ascendí demasiado rápido. Tenía una sensación angustiada y una necesidad imperante de abrir la boca y respirar aire puro.

Cuando llegué a la superficie, me encontraba tan mal que tuve que acudir al especialista urgentemente. El terapeuta se sentó en un sillón, yo me puse en frente, en un cómodo sofá. Él me preguntó por lo que me había pasado y yo le conté con detalle los sucesos, uno a uno. Con un rostro que no quiso revelar nada, sólo dijo una palabra: aeroembolismo. Yo puse una cara muy extrañada, ni siquiera llegué a decir nada: una pequeña arruga torcida en la cara demostró que no llegaba a entender lo que me decía. Entonces, el médico me comentó: «Aeroembolismo. Es una enfermedad tristemente común entre vosotros, los que vais buceando por la vida. A veces, intentáis salir demasiado rápido a la superficie y la sangre se os llena de aire, como la gaseosa». Me preguntó si buceaba demasiado tiempo, o si en un mismo día me zambullía muchas veces. Yo le dije que sí, que me gustaba. Que en las profundidades me sentía feliz porque la presión oprimía el cráneo, pero sólo veía lo que deseaba ver, lo que deseaba entender». Él me dijo: «¿No será esto una manera de escapar?» Ni siquiera le contesté, porque la respuesta era obvia, pero sí hice una apostilla: «Lo extraño es que me gusta sumergirme, pero luego ansío volar. O me gusta bucear en agua gélida, y sigo y sigo hasta el agotamiento». Él entrelazó sus manos, movió la cabeza en un ademán casi imperceptible, puso una sonrisa que no lo era (yo creo que era una manera ambigua de señalar que me encontraba entre el diagnóstico de manual y una manera cariñosa de mostrar empatía), y me dijo: «Lo curioso es que los que padecéis aeroembolismo vital, de tanta agua, os deshidratáis. Vamos a hacer lo siguiente: te vamos a insuflar bien de oxígeno en botellas de a medio litro, te vamos a dibujar a mano alzada y con caricias el movimiento de tu corazón y, si eso no es suficiente, te introduciremos de lleno en una habitación llena de huríes que vaporicen de tus venas las burbujas de infelicidad. Te advierto que hay que ser realistas: este mal sólo se previene si limitas la profundidad de tu buceo, si alternas la inmersión con el ansia de despegar. Y, sobre todo, es fundamental que sigas con el protocolo convencional». Yo le dije que no, que paso, que bucearé lo que me dé la gana, que cuando sienta los síntomas me chuten bien de oxígeno, me invadan de caricias y las mil huríes, que me gusta pasar del frío al calor y del bien al mal, del abismo a lo estratosférico. Y que cuando sienta dolor en el alma mezclado mareos, confusión y tos severa me cure con mi pena o siga viviendo hasta reventar. Será como agitar una botella de gaseosa dentro de un profundo mar.

(Versión totalmente libre de una epifanía vital revelada en el episodio 6 de In Treatment, -otra obra maestra de la HBO- entre Paul y Laura)

Por Raúl, hace 5 días

Fragmentos de una teoría del caos

Caos

El pasado abril, murió Edward N. Lorenz, el padre de la teoría del caos, uno de mis mentores espirituales. No por la teoría global en sí, sino por sus fragmentos. Yo soy muy de cosmos por fuera, pero también un partidario ferviente e inconsciente del caos del epitelio hacia dentro. El caos es mito -y, por lo tanto, real- y es ciencia -lo que lleva aparejada una fuerte dosis de imaginación y literatura. No me extraña que ese lleno de vacíos que inunda los huecos marque nuestras vidas y las complete con sinsentidos. Parece que lo impredecible se puede codificar, acodado por atractores y detractores, por lo continuo y por lo discreto, por la bilis amorfa que emerge desde el hígado hasta nuestro cerebro. Es una parálisis dinamizadora que nos pierde y que nos encuentra, que nos olvida y nos explica. El caos es símbolo de la arruga, pero también de la raya perfecta; del sol que ilumina y ciega, pero también de la noche que todo lo pierde y lo encuentra. Lo bueno de estos Fragmentos para una teoría del caos es que pueden servir de título tanto de un libro de poemas como para un artículo científico. Probablemente, ambos podrían ser el mismo y no seríamos capaces de encontrar la diferencia. Podría resultar bello encontrar predicciones meteorológicas en endecasílabos perfectos y oxímoros brutales cobijados por la curva de la integral indefinida, que no es sino otra expresión bella y caóticamente poética. Qué bello pero qué triste es el caos. Es como los estados hipnagógicos previos al sueño: se relajan los músculos, sueñas con la fatalidad de la caída, tus músculos se contraen... Y, sano y salvo, te despiertas para introducirte, una vez más, en el centro de la pesadilla.

(Imagen de Naccarato)

Por Raúl, hace 6 días

El peso de la lana

Lana

¿Cuánto cuesta un kilo de sueños? ¿Qué gramaje se canjea en la báscula por una sonrisa? ¿Qué longitud tenía el hilo de Ariadna para liberar a Teseo del engreído Minotauro? ¿Cuánta lana se necesita para tejer el laberinto de nuestro conocimiento? ¿Qué ocurre cuando se van cogiendo hebras de lana de colores infinitos, se dejan caer unas sobre otras hasta confundirse con todas las hebras de todos los colores del mundo? ¿Qué sucede cuando hay una mano tendida, que se agacha y recoge esas partículas del universo, sopla sobre ellas y siembra los días con la sombra del color y las noches con la luminosidad de los espectros convertidos en gestos? ¿Se pueden mezclar los colores y los sonidos en un concierto que comience por la síncopa del rojo y acabe por el grisáceo fado no escuchado?

Había prometido escribir entradas desde Covilhã (Portugal), pero el ajetreo de las jornadas y los pocos ratos libres con una conexión a mano me lo han impedido. Hablaré más sobre estos días intensos, llenos de retórica, argumentaciones y persuasiones. Pero hoy me gustaría destacar varias cosas: en lo profesional, que el grupo de investigación LABCOM tiene proyectos que pueden ser el modelo de referencia para cualquier grupo del mundo académico interesado en temas audiovisuales y, además, sabe sacar el máximo provecho de todos sus recursos materiales, tecnológicos y humanos. En lo personal, que el trato que nos han dado a los tres profesores que veníamos de fuera ha sido atento, delicado y exquisito. Este grupo portugués de profesores combina su sabiduría con su modestia, sus referentes académicos con su atinada sonrisa. Quizás sea conveniente explicar el título de la entrada. Parte de la Universidade da Beira Interior está construida sobre una antigua fábrica de lana, en una sabia combinación de funcionalidad y huida del derribo rápido e irreflexivo. La estancia en esta preciosa localidad, la coexistencia del conocimiento, de laboratorio y el ordenador con las antiguas máquinas me han hecho reconocer que el mundo es un ovillo de lana, que encierra en sí mismo los colores y las formas. Sólo falta que alguien sepa inventarlas, disponerlas y tejerlas.

Senti-me muito a gosto em minha estadia em Covilha. Sois bons professores e boas pessoas e, portanto, envidiables. Muito obrigado.

Para terminar, el que quiera conocer la dificultad del rojo y la facilidad del vermelho, la larga extensión y complejidad de nuestros vocablos sencillos y la sencillez de nuestros vocablos complejos, quien quiera sentirse fascinado y diluido en una sociedad que creemos conocer por medio del apartamiento y en una lengua que creemos entender por la vía de la ignorancia, que vaya a la Universidade da Beira Interior. Se sentirá parte de ese ovillo. A mí, me ha reconciliado con la palabra espantoso. No os la perdáis, en sus acepciones más significativas.

 

(La imagen es de chatirygirl)

 

Por Raúl, hace 9 días

El camino de la pasión

De Burgos a Colviha

Por una vez, y sin que sirva de precedente, en Verba volant las palabras significarán lo que tengan que significar en su sentido más literal. Esta tarde emprendo «el camino emocional» de las pasiones. El grupo LABCOM, integrado en la Universidade da Beira Interior en Covilhã (Portugal), ha tenido la amabilidad de invitarme a unas jornadas sobre Retórica, donde hablaré a quien me quiera escuchar sobre «Emociones, publicidad y retórica de las pasiones». Es bonito hablar sobre emociones, es bello hablar sobre la manera de persuadir por medio de la pasión. A mí, la publicidad me gusta: es mi trabajo, es una de mis pasiones. Así que las próximas entradas del blog, hasta el miércoles, las escribiré desde Covilhã.

 

Por Raúl, hace 10 días

Corazones y titanio

Titanio

Todavía tengo en mi recuerdo el tejido miocárdico apuntado con delicadeza por Blogófago, con la mezcla de la maravillosa composición de Sarah Illenbergen y la dulzura del «corazón coraza» de Benedetti. Pensé durante un instante que ese corazón podía ser el mío, pero un triste suceso acaecido hoy me ha devuelto a la más cruda realidad. Hace ya muchos años se me rompió el pulsómetro, ese aliado digital que atestigua los latidos de tu corazón y que te marca racionalmente la serenidad o el brío de tu correr. En la dicha del inconsciente, salía a corretear buscando la libre sensación de pararme cuando estaba cansado y de acelerar cuando tenía ganas. Pero ayer me compré otro de esos aparatejos, que te atan con cordura al ritmo de tu vida. Y hoy he salido a trotar con este aliado-enemigo buscando que me dijese lo que deseaba, que la falta de entrenamiento, la vagancia y el mucho comer habían ablandado mi corazón, lo habían convertido en humano, lo impulsaban a bombear con fuerza moderada pero ritmo rápido los sabores del devenir. Pero no, parece que sigue latiendo a ritmo pausado y constante, dando un impulso fuerte pero continuo, impetuoso pero lento a este cuerpo cuadriculado. He vivido unos largos minutos en el sinvivir de un trote que no subía de las 138 y en un cuerpo que ronda en su vida en reposo las 50 pulsaciones a ritmo de metrónomo. Esto, que podría ser el piropo adecuado para el cuarentón temeroso del infarto, no deja de ser para mí la constatación del cuerpo duro para la mente débil, el físico cuadrado que busca la cuadratura del círculo de su alma. Sólo me queda una esperanza: que sea como el titanio, resistente pero dúctil, tenaz, pero maleable. Y que, cuando salga el sol, refleje con vigor la fuerza de sus rayos y, nacida la noche, acoja con serenidad el brillo de las estrellas.

(Imagen de Andrea Micheloni)

Por Raúl, hace 12 días

Las dos aves de la melancolía

 

Sennales

Yo no quiero un amor civilizado, con recibos y escena de un sofá. Yo no quiero que viajes al pasado y vuelvas del mercado con ganas de llorar. Yo no quiero vecinas con pucheros, yo no quiero sembrar ni compartir, no quiero catorce de febrero ni cumpleaños feliz. Yo no quiero cargar con tus maletas, yo no quiero que elijas mi champú, yo no quiero mudarme de planeta, cortarme la coleta, brindar a tu salud. Yo no quiero domingos por la tarde, yo no quiero columpio en el jardín. Lo que quiero, corazón cobarde, es que mueras por mí. Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata porque amores que matan nunca mueren. Yo no quiero juntar para mañana: no me pidas llegar a fin de mes. Yo no quiero comerme una manzana dos veces por semana sin ganas de comer. Yo no quiero calor de invernadero, yo no quiero besar tu cicatriz, yo no quiero París con aguacero ni Venecia sin ti. No me esperes a las doce en el juzgado, no me digas «Volvamos a empezar», yo no quiero ni libre ni ocupado, ni carne ni pecado, ni orgullo ni piedad. Yo no quiero saber por qué lo hiciste, yo no quiero contigo ni sin ti. Lo que quiero, muchacha de ojos tristes, es que mueras por mí. Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata porque amores que matan nunca mueren.

Por eso, no escojas sólo una parte, tómame como me doy: entero y tal como soy. No vayas a equivocarte. Soy sinceramente tuyo, pero no quiero, mi amor, ir por tu vida de visita, vestido para la ocasión. Preferiría, con el tiempo, reconocerme sin rubor. Cuéntale a tu corazón que existe siempre una razón escondida en cada gesto. Del derecho y del revés, uno sólo es lo que es y anda siempre con lo puesto. Nunca es triste la verdad: lo que no tiene es remedio. Y no es prudente ir camuflado eternamente por ahí, ni por estar junto a ti, ni para ir a ningún lado. No me pidas que no piense en voz alta por mi bien, ni que me suba a un taburete (si quieres, probaré a crecer). Es insufrible ver que lloras y yo no tengo nada que hacer. Del derecho y del revés, uno sólo es lo que es. Y la verdad nunca es triste, pero lo que no tiene es remedio.

(Versiones superpuestas, prosificadas y sólo levemente adaptadas de «Contigo» de Sabina y «Sinceramente tuyo» de Sabina» de Serrat, en una tarde ante el ordenador y con Dos pájaros de un tiro de fondo. Qué grandes son, madre mía, qué grandes.)

Por Raúl, hace 14 días

La salsa del Chipirón es oscuramente dulce

Chipis

Chipirón negro ha vuelto a Verba volant. Como siempre, a través de mensajes a mi correo electrónico. Como siempre, enigmática. Creo que ya he dicho mil veces que me comenta en privado (casi) cada entrada. Sabe que de vez en cuando aparece en el lugar que le corresponde. De hecho, me comenta con sorna: «Me siento la estrella de la fiesta. Me gusta. Me gustaría ser una de esas musas y heroínas decimonónicas, en plan Nicole Kidman en Moulin Rouge y eso, pero no va a poder ser, moreno: ella es enfermiza pero, sobre todo, muy blancucha. Y ya sabes que yo soy más morena que el Chipirón, aunque mis amigos, de coña, me llaman Rubia. Pero este blog es tuyo, garbanzo y yo soy estrella, pero estrellada e invitada». Ella no sabe (se entera ahora) que ha encontrado detractores furibundos, también privados. Una de ellas me decía que Chipirón negro parecía la maestra, que decía cuatro cosas y yo era su alumno escribiendo al dictado. Otro dice: «Vale, Chipirones, Garbanzos. ¿A mí qué cojones me importa? ¿Es que tenemos que ser espectadores de lo que diga la tipa esa?» No obstante, son los menos. Muchos, permanecen callados; otros, se sienten maravillados por la presencia enigmática que puede decirse que vertebra el blog. De hecho, me dice: «¿Sabías que todos tenemos algo que decir? Con seguridad, tú te mantenías callado. Pero ahora tus palabras son voladoras y tienes que dejar que salgan de tu dura cabecita para que los demás las escuchen. Si yo te ayudo a expulsarlas, me siento con la dicha de ser la feliz matrona de tus llenos y de tus vacuidades, de tus tonos grises, tristes -muy tristes-, de tus tonos amarillos -amargos, pero suaves- y de tus obsesiones. Que son muchas, garbanzo moreno. Porque unas veces parece que estás demasiado cuerdo y otras veces eres lo más parecido a una regadera encerrada en la acolchada habitación del espanto. Y recuérdalo, todo es malo. Menos las palabras.» Y sí, este blog no tiene ni trampa ni cartón: por eso dice las verdades por medio de la ficción y grita las mentiras por medio de la realidad baciyélmica.

En otro mensaje, Chipirón negro me dice: «En el mensaje de ayer te dije que estas palabras voladoras se escuchan, no se leen. Ahora, por tu culpa, mis vecinos pensarán que estoy majara, porque me pongo a leer tus entradas en voz alta. Significan distinto. Con cada voz, con cada matiz. Cuando más me gustan es cuando pongo una voz que no es la mía, más pausada, más grave. Rebaño las palabras con los tonos y los quebraderos de mi voz». Yo se lo agradezco con la foto que encabeza esta entrada, que se titula Expresionismo abstracto y que se la debo a Daquella manera. A mí también me gusta rebañar la tinta del chipirón, con esa salsa bien construida, a base de estar cocinada con paciencia. Y muevo el pan de manera juguetona, como en la foto, dejando los intersticios del negro impregnados en mis pupilas.

Y lo mejor ha venido hoy. En un alarde de generosidad, y sin poder saber cómo ha conocido mi fecha de cumpleaños, Chipirón negro se ha dejado el enigma por el camino para mostrar su vena más agradable, simpática y emotiva. Y ha adaptado el poema «Como siempre», de Benedetti, para mí. Gracias, Chipirón negro: que la salsa dulce y bien cocinada te acompañe para siempre. Seguirás en mi blog, naturalmente. Y desde hoy, un poco más en mi corazón.

Aunque hoy cumplas
quinientos cuatro meses
la matusalénica edad no se te nota cuando
en el instante en que vencen los crueles
entrás a averiguar la alegría del mundo
y mucho menos todavía se te nota
cuando volás gaviotamente sobre las fobias
o desarbolás los nudosos rencores
buena edad para cambiar estatutos y horóscopos
para que tu manantial mane amor sin miseria
para que te enfrentes al espejo que exige
y pienses que estás lindo
y estés lindo
casi no vale la pena desearte júbilos y lealtades
ya que te van a rodear como ángeles o veleros
es obvio y comprensible
que las manzanas y los jazmines
y los cuidadores de autos y los ciclistas
y las hijas de los villeros
y los cachorros extraviados
y los bichitos de san antonio
y las cajas de fósforo
te consideren una de los suyos
de modo que desearte un feliz cumpleaños
podría ser tan injusto con tus felices
cumpledías
acordate de esta ley de tu vida
si hace algún tiempo fuiste desgraciado
eso también ayuda a que hoy se afirme
tu bienaventuranza
de todos modos para vos no es novedad
que el mundo
y yo
te queremos de veras
pero yo siempre un poquito más que el mundo.

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