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Abismo

 

Para contar lo que supuso para mí el 11 de marzo de 2004 tengo, necesariamente, que partir del día anterior. El día 10 de de marzo de 2004 acudí al médico: llevaba unos cuantos días cansadísimo, sin ganas de comer y con unos picores tremendos por todo el cuerpo. La madrugada de ese día, me encontraba en la orilla del río sacando de paseo al perro. Estaba tan cansado con el esfuerzo de andar unos pocos metros que me puse a llorar desconsoladamente.

En la consulta, una hora más tarde, la médico empezó a anotar mis síntomas. Se levantó. Me miró la cara y los ojos y me dijo: “Estás amarillo”. Acto seguido, me dio un informe para los médicos de urgencias y me dijo que aprovechase para pasar por casa y coger unas cuantas cosas porque iba a pasar unos cuantos días en el hospital.

En urgencias me hicieron unas cuantas pruebas. Me dijeron que tenía algo que ver con el hígado y que, como estaba previsto, me tenían que realizar más pruebas ya hospitalizado. Acto seguido, fueron llegando más médicos. La primera entrevista, ya en planta, duró más de una hora. Noté que mi vida empezada a ser diseccionada pregunta tras pregunta. Se descartaba una hepatitis vírica y todo apuntaba a algo peor. El rastreo por todas las pruebas en los análisis indicaba algo sumamente anormal, con niveles de bilirrubina tan disparados que asustaban. Al final de todo, parece que el diagnóstico se inclinaba por una hepatitis tóxica causada por medicamentos. Varios días más tarde descubriría que era uno de los pocos gilipollas a los que algún medicamento le podía destrozar el hígado. No se podía hacer más que esperar. Esa misma tarde, tuve una pausada conversación con el médico que me presentó de forma suave y delicada un complicadísimo panorama de posibilidades. Desde ese momento, decidí que solo yo iba a tener una información totalmente directa de todos los pormenores. Solo otra persona de mi entorno llegó a hablar con el médico directamente (y tengo que estar eternamente agradecido por todo el interés mostrado), pero asumí de forma consciente que yo mismo me iba a encargar de filtrar todas las informaciones y que yo también iba a ser el que recibiría las noticias (y posibles decisiones) de forma directa.

A eso de las ocho de la tarde del día 10 de marzo de 2004, volvía a la habitación con un panorama vital totalmente diferente. Tan diferente como para mirar a la vida con otros ojos. Desde el 20 de noviembre de 2003, día en el que defendí la tesis doctoral y tras el cual pensaba dar nuevos impulsos a mi vida, me había encontrado en un sueño en el que todo iba bien. Muy pocos meses después, me encontraba con el dolor, la desesperación, la incertidumbre. Después de cenar, fui incapaz de leer ni una línea. Me acosté en una cama de colchón fluctuante e incómodo y tardé una eternidad en dormirme, en plena divagación mental en torno a lo que podría no ser el futuro. El picor extremo (e interno) me impulsaba a rascarme haciéndome heridas.

Al final, el cansancio venció al miedo. Dormí unas pocas horas.  Al despertar, el revuelo de los análisis de sangre, del desayuno, de la toma de tensión y la temperatura. Encendí la radio. Y comprendí que los desastres, en este mundo, son una suma de desgracias personales.  Solo los minutos, las horas, los días me demostraron hasta qué punto.

(Imagen de Vandalised.)

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El problema de la vida es que vives y, cuanta más vida gastas, menos disfrutas y más te empachas. Los minutos se atragantan tanto que te quedas sin aire y, si hay mucha suerte, te limitarás a encontrar a algún samaritano que te haga la maniobra de Heimlich y te devuelva el hálito de vida sin tropezones hasta la próxima. El problema de la vida es que, con toda probabilidad, el problema no es suyo. Que la vida es una cosa que no se comprende sin seres que la cuenten, que la sientan. Que la padecen.

¿Cómo comprender una civilización occidental que ha vivido en el ensueño falaz del retorno a Ítaca, sea con el divino Odiseo, sea con el bello poema de Kavafis de mis cojones? No hay retorno porque nuestros caminos son lineales y unidireccionales. Sólo la mágica naturaleza, de la que nos hemos excluido, penetra en el misterio de la espiral, del eterno retorno. Sólo las montañas de asombro  provocan que nos miremos en los jardines de nieve que restan tras los aludes, que permanecen por encima de la sensación de que los seres humanos somos unos extraños para otros, para nos-otros.

Reflexión rara surgida a raíz de varios momentos de House –S07E08– e In Treatment –S03E14: “Mi vida es una resaca repugnante”, dice Frances. Y, Paul Weston, más tarde: “Ese sentimiento de desilusión viene de ti. ¿Tienes miedo […] de que no haya hogar al que volver? ¿Qué hay, o qué no hay, en el interior, dentro de ti?”. Y Gregory House: “El problema es que cuando no encontramos una respuesta lógica damos una respuesta estúpida”. En definitiva, reflexión rara de alguien a quien la lógica le mata lúcida pero inexorablemente. Con fotografía de Alberto Urbina.

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Embalaje

Iba a escribir una entrada con este tema hace unos días que entroncaba con otra, titulada “¿Mueren nuestros sueños?”. En ella pensaba extenderme sobre el asunto de la muerte de los grandes actores, que dejan huérfana la vida de nuestros sueños. El pasado 29 de septiembre se nos iba Toni Curtis y, con él, se apagaba, una vez más, la posibilidad de ver repetido el sueño de Hollywood. Como tantas otras veces, podremos repetir y repetir los grandes momentos que vivimos no sólo con Con faldas y a lo loco, sino con El estrangulador de Boston, La carrera del siglo,  Espartaco, Los vikingos o Trapecio.

La ventaja que tienen los actores, para nosotros, que no somos próximos a ellos, es que podemos verles renacer en sus trabajos. Podemos volver a soñar en el presente gracias al pasado. Pero hay otros acontecimientos vitales acaecidos en las últimas semanas que me han obligado a escribir esta entrada con otro signo muy distinto. Conozco lo que es vivir de cerca la muerte de los seres queridos. Desgraciadamente, el espanto de la muerte me tocó cuando tenía doce años y he pasado, además, por la muerte de mis padres. Es la muerte vivida de cerca (nunca en primera persona, porque esa será la nuestra). Pero decía que en las últimas semanas la muerte se ha cebado con familias amigas. Pese a la edad (o a consecuencia de ella), se nos fue primero el padre de uno de mis mejores amigos. Luego se nos fue Ángel, que era algo más que alguien cercano, porque no pertenecía a mi sangre pero es lo que más cerca está a ella. Los dos eran personas que habían vivido y, por lo tanto, tienen todo el rédito de la experiencia que dejaron en el mundo. A los dos los conocí hace muchísimos años y, por lo tanto, uno tiene el derecho de considerarlos como algo suyo. En las muertes reales sólo cabe el recurso a la memoria y, por supuesto, a la huella profunda que dejaron en la vida de los que vivieron con ellos.

Otra muerte, de la que me he enterado esta misma mañana, es la de una chica jovencísima, que sufrió su enfermedad con un aplomo digno de encomio. Vivía con la ilusión de superarse y no se resignaba a nada. Exprimía su vida con ilusión y no decaía en el empeño de seguir.  En este caso, la prontitud de la muerte desgarra por su injusticia y su adelanto a la lógica interna de nuestro reloj definitivo.

La muerte se empeña en demostrarnos en que somos mortales, pese a quien pese y pase a quien pase. Y, ante ella, cuando no hay sueños, sólo nos quedan los recuerdos. Va por ellos.

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Nacho se ha levantado y ya está cansado. No es que haya dormido pocas horas, ni que ayer se acostase tarde, ni que hoy madrugase. Probablemente, las horas de sueño no han sido reparadoras. Probablemente, la cabeza de Nacho no está a lo que tenía que estar –dormir, descansar–, sino que la preocupación que tiene desde hace meses no hace más que darle vueltas. Nacho ha encontrado un testigo palpable de esa agitación, esas sábanas endiabladamente retorcidas que evidencian agitación, nerviosismo a flor de arruga. Son las once de la mañana y, como ya va siendo habitual, Nacho ha optado por no hacer la cama. Últimamente, le agrada más deshacer cosas que rehacerlas. Nacho piensa que la cama es un designio de vida y de muerte, una especie de metáfora difícil de definir, y prefiere dejar las cosas de lado. Si se profundizara en su interior, probablemente llegaríamos a la conclusión de que se ve incapacitado para determinar el término real de esa metáfora, así que del término imagen es mejor no hablar.

Nacho lleva años riéndose del mundo y de sí mismo. Ahora que han llegado los días en los que el mundo se ríe de él, se ve incapacitado para esbozar una sonrisa que no sea algo parecido a un rictus transitorio y superficial. Ayer por la noche, en el momento de cenar, sintió un vacío relleno de temblores que provocó una huida hacia el armario de las medicinas. Nacho, a veces, cree que la única paz posible se obtiene a base de comprimidos alojados debajo de la lengua. Nacho intenta meterse en sus pensamientos para salir de ellos, pero no llega a escapar de su laberinto. Piensa que, a lo mejor, la trampa radica en que no hay salida, o que está muy lejos, o que no tiene fuerzas para atrapar el quicio de una ventana por el que se escapa la luna.

Para Nacho, hoy la vida se tiñe un poco de oscuro, pese a que ha salido un sol que amenaza con no calentar nunca como antes. Nacho espera que todo salga bien, que las pruebas no definan el dolor con palabras terribles. Por ahora, esperar es lo único que le queda.

(«Nacho Espera» pertenece a la serie de Fragmentos para una teoría del caos.)

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Bed

Mónica sabe que cometía un error al meterse en la cama. Es perfectamente consciente de que el sueño no se puede inducir con los ojos como platos, los nervios exaltados y el cerebro en efervescencia. Pese a todo, lo intenta. Ocupa su lado de la cama de forma obediente. Hace fuerza en los párpados para mantenerlos cerrados, pero su mente empieza a recorrer todas las miserias de lo acontecido a lo largo del día. Los problemas con el trabajo la están matando. Mónica es una mujer plenamente consciente de las pequeñas miserias de su vida, pero intenta siempre esconderlas bajo una sonrisa muy explícita y con un brillo especial en los ojos. A lo largo de toda la jornada, ha intentado engañar su abatimiento con esos mismos gestos, pero un pelo algo menos peinado y unos movimientos más recurrentes y nerviosos la delatan. Mónica sigue pensando en sus cosas, pero la cama no le ayuda a contemplar las cosas desde una perspectiva vertical, que comprenda todos los estratos de las situaciones. La horizontalidad aplana su vista hasta obcecarse monográficamente en argumentos recurrentes que son ciertos, pero no suficientes, pero no únicos. Mónica se resiste a dar la primera vuelta sobre sí misma, del mismo modo que se obstina en intentar no sucumbir a ponerse bien la pernera del pijama, abigarrada en torno a la pantorrilla. Teme que las arrugas del pijama se mezclen con las arrugas de la vida y el lecho sea un terreno de batalla. Mónica siente pasar los segundos, pero sabe que tardarán mucho en convertirse en minutos y serán una eternidad transformados en horas. Mónica va repasando monólogo a monólogo todos los lados negativos y se ha olvidado de dibujar mentalmente una tabla de doble entrada que le sirva para la resolución de sus conflictos externos e internos. Antes lo hacía de forma explícita, en un viejo cuaderno de su época universitaria, con un papel reciclado pero con empaque. Ahora continúa con el sendero de la tabla única que, por lo tanto, no es su salvación. Mónica ha dejado de buscar una salida porque sabe que, en el fondo, la vida es un laberinto en el que es más fácil encontrarse con el Minotauro que con el hilo de Ariadna. Muchas veces ese hilo es tan frágil, tan transparente, que pasa a menudo por delante de sus narices sin que ella acierte a verlo. Y el toro es mitológico y fuerte y grande y temible. Y las pesadillas pesan más que los sueños bellos. Mónica sigue respirando fuerte, engañando a la vigilia. Cansada de todo sin descansar de nada, Mónica se ha levantado. Ha caminado a tientas entre su cansancio y la oscuridad. Se ha arropado con una manta de cuadros en el sofá. Y, casi sin quererlo, se ha olvidado por un momento de que tenía sueño y de que estaba preocupada. Ahora su respiración ficticia ya no es una ficción.

(Imagen de Javier L. Navarrete.)

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Disco2

El abismo de acostarse, para no dormir quizas. Para no despertarse. Con un millón de notas de música agitada en la cabeza, como un vídeo de Lady Gaga a mil revoluciones, sin orden ni concierto. Con la venganza del amor, con los malos tragos de pasar por el quicio de la vida. Los auriculares enquistados en una cabeza atronada por múltiples percusiones sintetizadas. El caos de la música dance atragantado en la amígdala. Intentando darle un sentido a las rectas trazadas con tiralíneas. Y buscando desesperadamente un pijama de pantalones a rayas y camiseta azul para enfundarlo en el cuerpo cansado de los trotes y vapuleos de la vida. Los minutos pasan por los ojos cerrados a dieciocho fotogramas por segundo, que es la velocidad de las cosas mudas en este ensordecedor mundo de sombras. Hasta los mismísimos de encontrar tu estilo en otros sitios, sin saber si el estilo no es tuyo o es que otros se lo apropian. Sin saber dónde nos espera el próximo salto hacia el otro confín de un universo que se escribe sin mayúsculas. La necesidad como extremo y como contingencia. Los acordes fáciles de música pegadiza, pegajosa, que se acopla a tu cuerpo, con los vaivenes del ritmo y de la desesperación. Fashion, baby. Fashion, baby. ¿Hasta dónde llegan los vocablos que siempre debieron escribirse y, sobre todo, pronunciarse en francés? Un mal trago lo tiene cualquiera, pero el atragantón de la vida nos hace deglutir las voces procesadas por las líneas telefónicas. El sueño de la fama produce sombras, monstruos que revientan como la distribución cuerpo-alma, discutida en torno a la glándula pineal. ¿Mentiras del hipotálamo? Somos espejos convertidos en neuronas, plásticas hasta estirarse como los malos alimentos. La buena alimentación se traduce en migas, dicen. Tabla de salvación, afirmaría Hansel. Afirmaría Gretel. Las casas de chocolate son la grande y nutricia y falsa madre. Son la pista que nos lleva hacia el abismo, se tuerza hacia la derecha o hacia la izquierda. Hacia el centro nunca. Es muy obvio. Y anida el ansia de perfección, que es la última de nuestras imperfecciones. ¿Alguna vez fue verdadera la teoría triple de nuestro cerebro? ¿Se descompone en capas, como si de prospecciones arqueológicas hablásemos, meditásemos. Siempre hay quien visita yacimientos para ver las piernas de las mujeres. Es la finalidad última de las escaleras de vanos recortados. No me llames por los nombres que no tengo. Los cadáveres ya no habitan en los cementerios, sino en los armarios, llenos a rebosar de ropa fuera de temporada. ¿Por qué mi mini-mando no obedece a los dictados de la con(s)ciencia? Se habla de lo que no se sabe. De lo que no se siente. De lo que no se paladea con el velo de la vergüenza. La historia de nuestras vidas es una comedia musical que acaba con unas zapatillas y un albornoz en una plaza en una madrugada demasiado caliente para ser tratada con los tonos de la muerte. Necesito desesperadamente el azul turquesa para salvar al mundo de los colores tristes. A fuerza de credulidad, tendré que conformarme con lo que dicen. Aunque todavía me resulta difícil creer que alguien sea asesinado en frente de Central Park. El acto de escribir canciones. El acto de pensarlas. El acto de dibujarlas con las manos. Por eso el mundo es una constante espera de la mirada recibida. Del local brumoso y enloquecido en el que los cuerpos sólo están hechos para bailar y para beber a espuertas. ¿Son los sentimientos la llave de nuestros enojos? Una voz canta y la remezcla la repite como coro pertinaz, impertinente. El interrogante individual se convierte en la interrogación del mundo y, por ende, de la esencia. ¿Habitó alguna vez entre nosotros la partitura que no había de ser cantada, tocada, bailada? Qué maravilla pulsar una tecla y escuchar una voz repetida hasta la saciedad, hasta el hartazgo, hasta la penúltima escalera esculpida por el demiurgo que, de creer a Cioran, sólo puede ser aciago. A lo lejos oigo unas voces que me hablan para que retorne hacia el hilo que me entresaque del laberinto. Puta Ariadna. Ahora que estaba escuchando a las sirenas en forma de unos vecinos: los muy cabrones, siempre se olvidan de apagar el despertador.

(Imagen de Roberto Castaño.)

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Ansiedad

El conocimiento experimentado de la ansiedad, lejos de mejorar la situación del que la padece, la agrava aún más. El primer ataque de ansiedad se experimenta como una sensación agobiante con una muerte cierta: el que lo sufre no da crédito al desorden en cascada de todo su ordenamiento corporal, que parece hacer agua y motiva una pérdida de control sobre lo que nos ocurre. Lo primero que le viene a la mente al ansioso neófito es que está sufriendo un ataque al corazón. Duda de lo certero de sus sensaciones; no controla la respiración, que parece que se desboca; siente intervalos de frío y de calor. Cuando parece que la tormenta arrecia, padece un cansancio extremo que se combina un miedo atroz a quedarse dormido y no despertar.

El primer ataque, cuando pasa, es concebido como una excepción anómala motivada por no-se-sabe-qué. Y, como tal excepción, se piensa que es único, irrepetible. No se concibe una repetición de un acto tan violento y tan cruel: los que te circundan piensan que es una reacción meramente psíquica y –creen ellos– carente de importancia real. Lo que no se comprende desde fuera es que la sensación real del que sufre de ansiedad permanece tan apegada a su conciencia como si fuera cierto. Es un sufrimiento, por tanto, que no sale gratis al que la padece. El mal fisiológico no es el que aparenta, sino otro. El cuerpo desencadena ese conjunto horrible de síntomas porque, de alguna manera, el sistema simpático recibe las señales equivocadas análogas a las de una sensación de gravísimo peligro. Y cuando desencadena estos síntomas, el sujeto los padece con la misma estructura de lo real. Esa conciencia dolorosa de una realidad extrema retuerce al sujeto. Desgraciadamente, es muy frecuente que los ataques de ansiedad visiten con mayor o frecuencia a los pacientes. ¿Lo peor? Saben que les ocurrirá, pero no saben cuándo, ni cómo, lo cual motiva un grandísimo desconcierto. No digamos ya si uno intenta indagar en el porqué.

Desde el punto de vista personal, la ansiedad me ataca por las noches: un poquito después de la cena. Me siento en el sofá y, de repente, llega el infierno. Desde hace unos años, los ataques los vivo y padezco en solitario. El sentimiento de desconcierto es total, porque a veces me encuentro tirado en el suelo, en posición fetal y llorando de miedo. En esos momentos, me siento la persona más desvalida del mundo. Cuando el sistema parasimpático establece el equilibrio perdido, me encuentro con la desorientación del que ha perdido totalmente el rumbo. Me siento como un despojo humano tan débil como para caer y tan fuerte como para no reventar. En una decisión probablemente equivocada, he intentado esquivar los medicamentos ansiolíticos. Me daba miedo pensar que mi equilibrio dependiese de una pastilla sublingual. En el fondo, la cuestión no es sino ésta: ¿pueden lograr los fármacos que el monstruo ataque de nuevo?

No sé cuándo atacará otro vez. He tenido días con más de tres ataques. He pasado semanas sin sufrir ninguno. Pero siempre tienes la certeza absoluta de que, en el momento más inesperado, volverán. Hoy he pasado por dos momentos horripilantes. Y, tras la tormenta, necesitaba objetivarlos. Me siento muy, muy cansado. El ataque ha pasado, pero sigo con todo el miedo del mundo alojado en el cuerpo.

(Imagen de Stathis_1980.)

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Cortocircuito

Mi ausencia en Verba volant llega ya a nivel de rotación trienal de cultivos (parece que éste toca barbecho). Quizá sea mejor calificarla de pájara monumental. El que haya experimentado una sabrá a lo que me refiero: vas corriendo (o en bici) y te encuentras muy bien, vas a ritmo o incluso aceleras un poquito con una media sonrisa. Disfrutas hasta del paisaje. De repente, las piernas se te agarrotan en perfecta consonancia con una cabeza que se atonta, que pierde la noción del tiempo y el espacio. Cuando llega la pájara, no hay nada que hacer. No puedes continuar con el ritmo y lo que queda es ir al trantrán con la mirada perdida pero con un único objetivo: llegar, a ser posible vivo.

Bueno, pues algo de esto me está ocurriendo. Cuando antes siempre acudían mil ideas en hilera, ahora no llegan ni metiendo el cubo en el pozo, que parece seco. Cuando antes juntabas cuatro palabras y dos igual hasta quedaban bonitas, ahora te sientas y miras la pantalla como una vaca viendo pasar el tren.

¿Qué se hace mientras se está blogológicamente muerto? Lees (poco). Te apalancas horas y horas en la televisión para sufrir una sobredosis de basura. Escuchas música, pero no toda la que querías. Miras por la ventana cómo pasa la vida por los cuerpos de los demás. Consumes unos días de tu tiempo en no hacer absolutamente nada, en el sentido más absoluto del término.

Eso sí, has revivido en otros gracias a las películas y las series que van enriqueciendo esa vida que no tienes. Has pensado de forma difusa y lateral, pensando en la plasticidad del cerebro. Al final, llegas a la conclusión de que el tuyo es más plastilina que plástico y que tus neuronas son más cristales llenos de mierda que otra cosa.

Escribes alguna cosilla en Twitter, porque es éste un medio de ráfagas y tienes todavía munición con la que disparar unos tiros aunque no valgan ni con mucho para ganar batallas. Y, de todas esas ideas escupidas, piensas que hay una que tiene más sentido que las demás: que estás haciendo una copia de seguridad de tu disco duro y que, cuando el volcado estaba en proceso, un corte de luz ha mandado todo a la mierda.

(Imagen de GONZOfoto.)

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Los días pesan como losas y las noches se abalanzan como demonios. La mente se embota con una fecha de caducidad ya caducada, mientras el cuerpo sufre un anquilosamiento por un peso mayor que el de los años, por un peso más severo que el de una gravedad demasiado grave. Hoy pienso lo que pensaba y en lo que me reafirmo. La vida produce demasiado sufrimiento.

Me he intentado engañar  contagiando una sonrisa a mi alrededor. Me ha intentado sostener extendiendo los brazos y abriendo las manos para ser más estable. He intentado respirar hondo mil y una veces, con la cara mirando hacia lo alto. Pero la vida produce sufrimiento.

He procurado fijarme en las cosas bellas. He intentado buscar las pequeñas esencias y delicias del Universo. He tentado los pequeños retazos de vapores positivos. La vida, sin embargo, produce demasiado sufrimiento.

He buscado la justicia divina y la de los hombres. Me he dicho a mí mismo que no existe el miedo. Y me han dicho muchas veces que tenía que mantenerme en pie, pero todavía no me han enseñado cómo se consigue. Me han dado argumentos racionales para referirse a las emociones. Han esgrimido sentimientos cuando debían convencer a la parte demasiado racional de mi cerebro. La vida, no le demos más vueltas, produce sufrimiento extremo.

He intentado llorar, mirar mi lado íntimo, buscar refugio entre las sombras. He intentado cobijarme de una tormenta que nunca cesa. Me siento solo hasta sentir dolor físico y no me consuela la soledad del resto de mis congéneres. Me siento tan vacío como lo pueda estar la nada en su negligente negritud. Me siento romántico en el más estricto sentido del término y también en el más dramático.

El ánimo se me cae a pedazos de una enfermedad que no puede ser sino la lepra de los sentimientos. No puedo dar un paso más y el abismo se me echa encima con una rotundidad que asusta. No es la primera vez que veo la muerte mirándome a los ojos. En el espejo de la consciencia, la veía con un color de ojos que no era el mío. La veía diluida en un contorno que no se me asemejaba. Se peinaba con un aspecto que me resultaba extraño. Sin embargo, ahora que compruebo que la vida produce sufrimiento sumo, veo a la muerte dibujarse y adaptarse extrañamente a mi silueta, la veo desde fuera y la veo ajustarse poco a poco en todos mis contornos.

Decían que la vida es bella. Eso aparecía en una película en la que, sobreviviendo en un juego demasiado serio, se ganaban puntos y se daban los buenos días con formas recurrentes, casuales, casi mágicas. Pero la vida es obtusa, cruel y puta. Cuando se empeña a perseguirte, lo hace hasta cortarte el aliento. Cuando se empeña en joderte, lo hace hasta que ya no puedes gritar “Basta”. Te enmudece con su mierda disfrazada de belleza.

Cuando caes y no te levantas, cuando después de caer descubres que el suelo es sólo una repisa más que conduce al sótano de lo hondo, cuando después de seguir cayendo no llegas a ver el fondo, descubres un abismo demasiado negro para ser cierto. La vida cansa y no me sostengo. La vida aprieta y ahoga, sin más pan bajo el brazo que el de la desesperación.

Pese a los intentos vanos, veo mi vida cerrada a cal y canto con un fin que cae en el abismo, en el choque violento, en la ingesta que conduzca a un sueño con el que no despierte. Lo peor de la vida es que, pese a los poetas, no es metáfora de nada. Ni es vehículo, ni tránsito.

Cada día intento insuflarme fuerzas, pero el aliento se acaba. No veo el momento de ver el final y las despedidas son siempre tristes. La vida es una broma en una fiesta a la que no nos invitaron. Y no tiene ni puta gracia.

(Imagen de Dalibor Levícek.)

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