— Verba volant

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Abismo

URB 015

Sigo viendo Californication (tercera temporada en Estados Unidos y en mi disco duro multimedia). Como todas las cosas, no es lo que parece. Es una serie que parece que trata de sexo y trata del amor. Y, cuando crees que trata sobre el amor, ves que trata sobre las relaciones humanas. Y cuando crees que trata sobre las relaciones humanas, vas y descubres que trata sobre la vida. Compruebas que el humor no es una excusa, pese a ser una serie endiabladamente divertida. Compruebas que la risa es el vehículo del buen humor, pero también de un dolor curado a medias y con un único antídoto.

Por eso, hoy al deleitarme con el noveno capítulo, me he sentido Hank Moody diciendo: “I suffer very loudly”. Sufrir a todo volumen, que es una manera de afirmar que el dolor, expelido a los cuatro vientos, es una forma de sanar. O, lo que es lo mismo, de cómo la tragedia se convierte en humor y de constatar que el humor, en el fondo, esconde muchas tragedias.

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URB 028

Siempre quise escribir y empezar por el final, por la princesa triste que se encuentra con un poeta de historias múltiples. Como uno no escribe lo que quiere sino lo que puede, como uno no escribe lo que no quiere sino lo que no puede, hoy he empezado esta historia por ningún sitio. Vivo en una ciudad en obras, con rotondas interminables (por aquello de que no se acaban nunca), con paseos que cambian su devenir para no conducir a ningún sito, con edificios estomagantes que se me atragantas hasta las amígdalas. Por dentro, vivo en un cuerpo desastrado, lleno de melancolías y el contraste con la broma estridente: una obra inconclusa e imperfecta que concluirá flagrantemente. Levanto los ojos y no veo nada. Los cierro y sólo contemplo mis pesadillas. ¿Dónde se fueron nuestros sueños, nuestras ansias, nuestras ilusiones? ¿Dónde las tiernas palabras? ¿Dónde las cinco personas jugando a las cuatro esquinas? ¿Dónde las piruletas que conferían a nuestra lengua un color aún más escarlata? Juego a no jugar. Siempre pierdo. Pido descender del mundo. Que es una puta mierda, aunque sea de colores. Intento pasar las páginas de un libro que no he escrito. Intento rellenar vacíos con la pulsión desenfrenada de una música dance, pero la bailo a ritmo de tango. ¿Quién me negó la posibilidad de girar bajo las lunas de agosto? ¿Quién me plantó en las cuatro y diez de la calle melancolía? ¿Quién impulsó a la luz asesina para negar la existencia de todas las cosas evidentes? Siempre quise escribir y empezar por el final. Pero vivimos en una espiral de aluviones de nieve en la que nos sepultamos. En la que nos hundimos. Hasta que –un día– nos vayamos (la ciudad y yo) a tomar por el saco.

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URB 004-1

Hace casi seis años, me decían que tenía el bazo un poco grande. Era un “efecto colateral” de otras cosas mayores, así que no le di importancia. Sin ser consciente de ello, siempre he sentido las consecuencias de la poesía, del arte y la realidad en el estado de ánimo, que tiende a la brutal oscilación. Los médicos grecolatinos decían que el bazo, según la teoría hipocrática de los humores, se pone a producir bilis negra a base de bien en las personas melancólicas. Así que uno puede estar de buen humor, de mala baba, arisco o triste según se compensen los liquidillos del cuerpo. Mi cuerpo debe de estar muy bien dotado –entiéndaseme bien–, dado que le doy a cada cosa varias veces en distintos momentos del día. Sin embargo, parece que el bazo se me hincha más de lo debido. Contemplo la realidad con el filtro triste del desengaño. Miro hacia el mundo y no veo nada. Me intento concentrar y el cielo me devuelve pajaritas que tiritan entre las nubes. La realidad cada vez me gusta menos, y eso que yo no pertenecía a los apocalípticos sino a los integrados de Eco. No sé. Me levanto tonto y me acuesto tonto. Lo que pasa a lo largo del día, lo podéis adivinar. Tardo tiempo en concentrarme que no llego a tiempo de compadecerme a mí mismo (aunque alguna vez se me escapa el ego por los resquicios).  En fin, que me exploro ese órgano linfático percutiendo a partir del cuarto espacio intercostal y la cosa suena a spleen, que es una palabra bella, aunque yo no sea Baudelaire.

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URB 039

Dicen que los perros se parecen a sus amos y los amos a sus perros, que las casas se parecen a sus habitantes y los habitantes a sus casas,. Dicen que la cara es el espejo del alma, cuando el alma, todo el mundo lo sabe, no se refleja más que en algunos retratos con los ojos vidriosos y enrojecidos. Dicen que las mañanas de niebla auguran tardes de paseo, que el hábito no hace al monje, que el que la sigue la consigue. Dicen que no hay dos sin tres. Que no hay quinto malo. Que el verde es el color de la esperanza, aunque Mondrian lo desmienta. Dicen que los cuarenta son la mitad de una vida, que existe un veranillo en San Martín, menos para los cerdos. Dicen no sé qué de la cigüeña por San Blas. Dicen que de Madrid al cielo. Dicen que nuestra sustancia última pesa 21 gr, dicen que la venganza es un plato que se sirve frío. También dicen que si te sientas pacientamente a la orilla de un río, acabarás viendo como bajan por su corriente los cadáveres de todos tus enemigos. Dicen que en Dinamarca huele algo a podrido, aunque hay  cadáveres y traiciones en todas partes. Dicen que las comparaciones son odiosas y que todo acabará como el rosario de la aurora. Dicen que París bien vale una misa, que el tuerto es el rey, que en casa de herrero cuchillo de palo. Dicen lo que dicen, digan lo que quieran. Porque lo dijo Blas. Y punto redondo (y me cago en la puta. De oros, por supuesto).

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Hoy la cosa va de piedras y de canciones. Ayer me vino una de esas cuestas abajo interminables en las que ves el fondo del abismo como única respuesta. Frente a lo que suelo hacer otros días, no tuve fuerzas para remontar el vuelo. Me cobijé entre la manta del sofá del salón, presto a que unos momentos de televisión acompasasen mi desazón. Era uno de esos días en los que procuras la mirada alelada frente a una imagen que ves desde muy lejos, en un punto lejano entre el vacío y la nada. Conseguí mantenerme falsamente acompañado por el calor de mi cuerpo en posición casi fetal, pero los minutos pasaban como si no fueran los últimos. Eran los últimos minutos desesperantes pero imprescindibles. Eran unos minutos que no volverían a visitarme. Me hubiera gustado remontar el vuelo. Puestos a pensar, pensé en piedras.

Pensaba en las piedras en el camino e intenté ver el lado positivo. Tropiezas con una piedra en el camino, ves que tu destino es rodar y rodar e, inevitablemente, me entró la euforia de “El arriero” de Ángel Herminio Santos. Respiro hondo, falsamente eufórico: sigo siendo el rey. Después sigue la cuesta abajo. Interminable. La cuesta ajao en la que ves el fondo del abismo como única respuesta. Y piensas en los cantos rodados. Y te das cuenta de que Bob Dylan, una vez más, tiene razón. Amén.

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balls

Buscando cualquier excusa que pueda explicar esta ausencia de inspiración (y espiración), le pregunto a mi portera. Resulta que, cuando bajo a buscar contestación, me doy cuenta de que murió siendo yo aún mozalbete de armas tomar. Poco más tarde, me dirijo a un guardia urbano, de cuando los guardias urbanos tenían orinales por cascos, enquistado en el centro de una glorieta. Como lo hice el día de San Rafael o alguno de los días previos a la Navidad, me doy cuenta de que no me atiende, que no me escucha. Está obnubilado por el papel celofán que adorna los autobuses o esperando el aguinaldo. Llamo a voz en grito al sereno, para que me abra las puertas de la cordura. Pero, por más que doy palmas, sólo acude un flamencólogo casado a la manera pagana para recitarme sus cantares. Me pregunto a mí mismo, pero no me contesto: menudo yo, me mi, conmigo. Por último, obligo a la ciencia que me responda y, en efecto, hago que la Física me dé una razón. Y me la da: “Para cualquier objeto que se desplaza por el aire, la fuerza de la resistencia del aire aumenta en proporción directa al cuadrado de su velocidad”.

Pues eso. Espero que nos veamos pronto.

(Imagen de Tochis.)

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La imagen es un plano general. Por la luz, parece tomada en los momentos previos al declive del día. En el parque, o paseo, o conjunto ajardinado más o menos salvajemente se pueden apreciar perfectamente las leyes de fuga, con un punto final desdibujado por la distancia. En el tercio superior y entre esas líneas, un hombre. Tiene unos pantalones demasiado anchos, un jersey con las mangas demasiado largas. Todo apunta a la pista de la ropa obtenida en un contenedor, en un centro de caridad. El hombre, al que sólo vemos de espaldas, tiene la espalda ligeramente encorvada. En su mano derecha, arrastra una maleta de cuadros ayudado por una correa. La maleta parece trastabillearse hacia la derecha, casi a punto de zozobrar, pese a que el hombre intenta dominarla con pulso firme. Por lo que nos deja ver la fotografía, el hombre avanza a tientas, en algún punto entre la nada y el infinito.

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En descenso, joder. Me di cuenta el otro día, 21 del corriente. Lugar: reunión de padres del colegio de mi hijo. Yo, tangencial, en una esquina, escuchando a medias. Sintonizando con interferencias lo que decía el tutor con mis turbios pensamientos. Una mirada al tendido, ciento ochenta grados. Todo a mi alrededor eran caras de adultos, más viejos que el carajo. Y me dije: joder. Qué viejos. Hice cálculos: algunos no iban a la reunión del primogénito, otros se casaron mayores… Otros –joder, pensé– eran como yo, que me miro al espejo cada día y no llego a ver palpables las diferencias del transcurrir.

Cascado. Estando a punto de pensar: hay muchos jóvenes con espíritu de viejos, hay muchos viejos con espíritu joven. Chorradas, refranes de cascado. Se es joven o adulto. Con kilómetros recorridos en la recámara de un cartucho cada vez con menos balas. Empiezo a comprender. Pelos en las orejas. Joder. Todavía suaves, pelusilla. Pelillos a la mar, que es el morir. Un pelo negro que pasa de sopetón por la escala de los 256 tonos para pasarse al enemigo.

Comprendo. Comprendo a Lester Burnham. Cada día más, hasta el fondo. Un día vas a vivir el primer día del resto de tu vida y la palmas, así, entre retornos al pasado, realidades y deseos encontrados. Joder, con una cara que no se estira ni a golpe de hidratación pertinaz, constante. Con la imaginación volando por el más lascivo de los deseos, con la realidad anclada en ningún puerto. Joder. Con la mirada embriagada por la miopía del que no sabe ver. A la deriva, por las orillas del recuerdo. Cada vez más fogonazos del pasado. Joder. Alguna día todos lloraremos de viejos, supurando por los ojos las heridas de cada batalla de nuestras vidas.

¿Algún Virgilio para acompañarme al descenso por los bajos de la vida? No tiene por qué quemar: joder, basta con ser errantes viajeros por las entrañas de la noche. Joder, las vueltas que da el día cuando oscurece. Aunque quizá seamos nosotros, nuestro eje que nos arroja la luz con los raudales de la fuerza centrípeta. Joder. Tan viejos como para no apurar los días en sus horas veinticuatro.

Por eso, hoy he imaginado una película que existe, pero no he visto. Todavía. La de unos cuarentones que deciden esquilmar la existencia a tragos de desenfreno. Es un after. Sí. Nuestra existencia. Apurando cada minuto a chorros destilados de la esencia que no vivimos. Es un después, que es un antes. Joder con las palabras. Joder qué lío.

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primitiva

La vida está llena de azares. Estamos bajo el arbitrio del no se sabe qué, no se sabe cuándo y no se sabe cómo. Si no, que se lo digan al peatón que falleció víctima de la caída de una mujer de cincuenta años cuando ésta decidió quitarse la vida. Todo está cortado bajo los patrones de la fortuna, que convierten a una suicida en homicida. Cuando uno está desesperado, conviene no subirse a la ventana, pero la falta de educación ha llegado a unos límites tan insolidarios que los amigos del final tenebroso no se asoman un poco para ver pasar a alguien. También puede que no sea una cuestión de falta de modales, sino de incultura. Quizás le quedan lejos las clases de física en la que se habla de cuerpos y de aceleraciones y de pesos y de distancias, por no hablar del rozamiento, a veces despreciable pero que, si roza mucho, cercena vidas.

De ahí pasaríamos al análisis de probabilidades. En principio, la estadística de suicidios efectivos va en contra de las mujeres, que tienen más probabilidades de anunciar que se quitan la vida que de intentarlo con efectividad y lograrlo. De entre todas las cosas que la vida nos puede arrojar encima, se encuentran las cagadas de aves de distintas especies, las migas del mantel ondeado al viento, las chispillas del agua filtrada de la cerámica de las plantas de las terrazas. Incluso una sábana oreada puede arrojar, mal que nos pese, un escuchimizado profiláctico, si nos ponemos en lo peor. No nos engañemos: ya no estamos en épocas del “agua va”, ni tampoco de tirar los muebles y –menos aún– de echar la casa por la ventana. Por lo tanto, no es difícil deducir que, dado que podemos morir por el que quiere quitarse la vida, también deberíamos intentar que la suerte caiga de nuestro lado. O mejor, que caiga un poco más lejos.

De momento, yo me voy a echar la primitiva, pero estaré muy atento a las alturas. Nunca llueve a gusto de todos.

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