— Verba volant

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Abismo

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La vida duele. A veces, no pasa de ser un padrastro, que crece por no haber sabido cortarlo y con el que un mordisco te levanta hasta el alma. A veces, un juanete que incordia hasta que optas por llevar siempre sandalias, ahora que es tiempo de verano, y de vidas sin charcos que no sean de tormenta. A veces, un dolor en los dientes provocado por tomar las cosas como vienen, demasiado frías o demasiado calientes. A veces, un coscorrón en la piscina sin mayores consecuencias. La vida suele ir a mayores, con la nocturnidad de los años y la alevosía de las malas experiencias; con la saña del vivir con gusto y sin consecuencias. Un día te partes una falange, otro la tibia y el peroné –siempre hay un oponente que se anda sin contemplaciones en el campo de juego–, otro conmoción cerebral y pronóstico reservado. Un día te exploran las entrañas hasta llegar a la próstata sin tocarte los cojones y otro te embadurnan de gel para que la corriente eléctrica del corazón alumbre tus latidos inconstantes. La radiografía de contraste te menudea en negativo y el TAC te fotografía en filetes, como la mortadela.

De momento, no sabes de qué color es el territorio indoloro de la muerte. Pero estás vivo y duele. Y no tienes a mano, todavía, ningún puto analgésico.

(Ilustración de Jason Freeny, que es capaz de descubrirnos los vericuetos anatómicos de un oso de gominola o de un perro hecho con un globo, vía Pasa la vida.)

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¿Os cuento un secreto? Normalmente, utilizo ordenadores distintos según el tipo de entrada que escriba en el blog. A veces otras circunstancias obligan a cambiar, pero suelo utilizar para las entradas más íntimas el ordenador portátil, un MacBook precioso, agradable y cuyas dimensiones se ajustán más al ámbito de lo personal y lo privado.

Hoy escribo desde el Mac. Tengo mi ordenador de sobremesa a un metro, encendido, con su monitor de pantalla enorme esperándome, pero estoy reclinado, con la espalda vencida, hacia el blanco inmaculado de este bonito instrumento.

Como en demasiadas ocasiones en estos tiempos, escribo con el contrasentido de no tener nada especial que decir. Simplemente, me pongo a ello con una pequeña idea (o sin ninguna), con un estado de ánimo (bajo, normalmente) o con un chiste o burla (normalmente malo, o cruel, o ambos).

Hoy voy a ser tan repetitivo como para invitaros a dejar de leerme desde ahora mismo. Sin embargo, lo quiero hacer público. Es un secreto que sólo unos poquitos blogueros amigos de la Burgosfera –y nadie más– conoce: escribo muy de tarde en tarde un blog para mí mismo. Es el colmo de la estupidez y de la incongruencia con el mundo comunicativo que defiendo, pero necesito crear esa ilusión de comunicación externa conmigo mismo. Esta entrada, por lo tanto, cabría más allí que aquí, pero ha caído de este lado. Lo siento.

Lo he repetido hasta la saciedad. Uno de mis estados más enfermizos desde pequeño es creer que la ficción es verdad, aunque no en el sentido quijotesco. Cada vez estoy más convencido de que la ficción explica mejor la vida que la vida misma, de ahí mi pasión suprema por todo tipo de arte. Mis debilidades, que ya todo el mundo conoce, son la literatura y el cine. También mis seguidores más fervientes saben que, dentro del cine, creo que lo mejor de lo mejor, por regla general, se ha dado hace ya algún tiempo. Y soy capaz de ver, visitar y revisitar los maravillosos clásicos del cine americano. Una y otra vez, sin descanso, obnubilado por su perfección. Me gusta otro tipo de cine y no he quedado anclado en una época en la que no había ni nacido, pero en muchas de esos filmes he logrado atisbar gran parte de la Realidad que conozco.

Decía ayer a mis alumnos, y lo he repetido a todo aquel que me haya escuchado más de tres minutos seguidos, que el buen arte (el arte bueno) te cambia la vida. Ellos se sonreían cuando les decía que los cuadros de Mondrian cambiaron mi vida. Alguna chica muy espabilada y socarrona, que piensa que la pintura de Mondrian es estúpida, se me quedaba mirando, una vez más, como quien piensa que estoy de coña, o de exageración, o dándole muchos más pies al gato de los que en verdad tiene. Pero esta alumna sabe que a ella le pasa lo mismo con otras muchas cosas. Hay canciones que me han cambiado la vida. No porque estén asociadas con cosas buenas o malas que me hayan sucedido, sino porque son merecedoras por sí mismas de suponer un cambio en el estado de mis cosas. Me cambia la vida ver una fotografía inteligentemente compuesta y mirada con la sensibilidad del corazón.

Últimamente, las series de televisión cambian mi vida. No todas, naturalmente. Muchos me preguntan de dónde salen esas series. Me dicen que no las echan por televisión. Algunas las ponen en canales de pago, que yo no veo.  Es más: casi no veo la televisión. Pero tengo un disco duro multimedia, unos traductores generosos y un grupo de amigos por todo el mundo con los que comparto cosas. Alguien en un lugar muy lejano piensa que una serie de televisión le cambia la vida y decide que lo mismo le puede ocurrir a alguien a miles de kilómetros.

Ahora estoy viendo la segunda temporada de In Treatment, una serie que me ha llenado de inspiración en algunos momentos del blog. Es una obra de arte que me llena y me desasosiega a partes iguales. Disfruto viéndola y, sin embargo, no puedo reprimir un regusto a sufrimiento y desesperanza. Estoy viendo la segunda temporada con otros ojos, porque he conocido la terapia por dentro y por fuera, pero también porque veo a un protagonista abocado a la soledad, al fracaso, a la miseria de intentar arreglar la vida a los demás cuando su propia vida está rota. Veo en sus acciones y omisiones, en sus palabras y en sus silencios todo el dolor de vivir, paso por paso, acción por acción.

Me he pasado ya casi media vida dando lecciones de lo que ignoro, intentando iluminar a otras personas mucho más jóvenes que yo para que encuentren, por sí mismas, el sentido de su existencia. Para que escojan un buen camino. Les intento hacer sonreír y casi siempre intento estar sonriente. Ellos no saben que mi estado de ánimo suele ser muy triste y que yo voy dando tumbos sin saber cuál es mi destino. Me siento como un falsificador de moneda, como un pintor de réplicas baratas, como un tahúr que enseña el póquer de ases a todos cuando esconde en la manga una mano de cartas sin ningún valor.

¿Qué se puede enseñar cuando no se sabe? ¿Qué destino se puede enseñar cuando uno no tiene mapas ni brújulas? ¿No engaño a los demás con una sonrisa cuando creo que el mundo está lleno de tinieblas?

En el capítulo quinto de esta serie, he apuntado tres frases. Ójala algún día algún alumno, algún amigo, alguien en la vida me las pueda explicar. “Quiero saber qué sentir”. “Ríete del caos de mi vida”. “El riesgo de ser feliz”.

Hoy no hay foto que valga. Mañana haré una mueca y estaré más contento.

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Hoy no ha hecho más que empezar. Y no estoy para nada ni para nadie. Estoy out, fuera, en el quinto coño. Fuera de la vista y de las miradas de todos, con catalejos o sin ellos, con gafas o sin ellas, con miradas idas o venidas. Estoy en el margen, en el límite. En la higuera. En el ojo del huracán. A la que salta. Al caer. Verde, negro, de más. Estoy en el infinito, más allá. En el quicio o fuera de él.

Ya han pasado cuatro minutos desde que empecé a escribir. Para escribir “Hoy no estoy” he tenido que ir a la RAE para ver estar. Que es como vivir sin vivir en mí. Una paradoja. Un oxímoron. Un no-sé-qué. Ha pasado otro minuto y sigo no estando. No veo mis dedos teclerar (por eso me equivoco al escribirlo, no os penséis). No veo la pantalla del ordenador, que centellea para no estar. O para estar en la oscuridad, que es lo mismo.

Llevo muchos días estando sin estar en el blog. Y no estoy cuando estoy. Hoy me he sentado para estar y no lo consigo. No me sumergo, no me involucro. No llego a la idea genial ni a la chorrada supina. Hoy no estoy porque estar supone permanecer y yo me resbalo a mí mismo entre las manos, como cuando te echas crema en las manos y luego coges una jarra de agua.

Hoy no estoy. Ni soy. Ni padezco. Estoy sin saber. Sin conocimiento ni causa. Hoy no estoy. Pero estaré. Y ese día –no muy lejano– volveremos a vernos las caras. Y prometo releer a H. G. Wells, para ver qué pasa.

(La fotografía es de mi hijo Alberto. El objeto sacado en la foto no lo podríais adivinar ni aunque estuvieseis tres horas pensando…)

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URB 036-1 

No sé por qué, tengo una cabeza y un alma que no dejan de llevarse golpes. Decimos muy a menudo, en broma, que de pequeños nos dimos un golpe con la bici que justifica nuestro modo de ser extravagante y fuera del quicio de lo convencional.  Yo no me he dado nunca un golpe con la bici –me lo di con una moto, pero esa es otra historia que acabó con algo de piel quemada–, pero llevo ni-se-sabe-cuántos golpes en la cabeza. El último, ayer mismo. Con el borde de un lavabo. Todavía no sé si me caigo porque me mareo o me mareo porque me caigo, pero la cabeza ya tiene unos cuantos puntos de sutura, ahora mismo un chichón del tamaño de una mancuerna y las contusiones me han obsequiado con más arcos superciliares que los de un prehomínido.

De los golpes del alma, mejor no hablar, porque esto no es la consulta de un terapeuta. En cuanto a lo de la bici, ahora que caigo –nunca mejor dicho– igual tropecé un día. Y me caí. Y de ahí viene toda la sangre. Todo el sudor. Y todas las lágrimas. 

Lo mejor de todo es que luego te vuelves a levantar. Y así te puedes caer. Más alto, más veloz y más fuerte. En los juegos olímpicos del descalabro.

(La imagen pertenece a una de las fotografías que sacamos mi hijo Alberto y yo en la exposición “Voces y signos”, de Javier Pérez y Alberto Corazón, en la Catedral de Burgos)

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Cuando se mueren los actores, se mueren parte de nuestros sueños. Así lo creo y así lo dije, de hecho, en una entrada hará cosa de un año.  Hoy, la muerte de David Carradine me lo ha vuelto a corroborar. En este caso, no se han muerto tanto los sueños por un grandísimo intérprete (su padre,  John Carradine, sí lo fue), sino porque los que contemplábamos  –nunca mejor dicho– como niños la televisión de los primeros setenta vivimos algunos de nuestros momentos inolvidables gracias a Kung Fu.

Pero hoy no quería hablar de esto, porque ha sido, es y será contado durante estos días por miles de blogs de manera mucho más eficaz y brillante que la mía. Quería hablar hoy de algo que me ha llamado poderosamente la atención desde siempre: la complejísima personalidad de los actores (extensible a casi todos los que dedican sus vidas, de una u otra forma, a la creación). Para muestra, tres botones, que seguramente ampliaré en alguna entrada más en un futuro no muy lejano:

Empezando por el final del título de la entrada, vayamos a la muerte de David Carradine. Encontrado muerto en la habitación del hotel en Bankok a los setenta y dos años, desnudo y con una soga al cuello. Se trate de un suicidio o de una estimulación sexual a mayores con ausencia de oxígeno, su muerte evidencia el paso por lo extremo, poco afín a ese gusto por la cultura oriental que profesó a raíz del éxito de la serie televisiva. La imagen de un David Carradine con un tremendo éxito que, precisamente por eso, no le brindó las oportunidades de brillar en otra cosa que en el pasado, nos brinda ahora esa muerte extraña, un final no deseado, algo desajustado, para aquellos que deseamos ser como él jugando en el recreo y que ahora nos alejamos de la muerte del “pequeño saltamontes”. No es, desde luego, el caso más raro.

Otro ejemplo de vida con múltiples azares fue la de David Niven, el perfecto caballero inglés de la pantalla grande, cuya sonrisa, entre irónica y elegante, escondía más de un tenebroso secreto, entre los que se cuentan la violación siendo un niño; el descubrimiento de que no era hijo de su padre fallecido, sino del hombre con el que su madre se casó después; un suicidio frustrado y un firme propóstio de uxoricidio. El disparo fallido del que habla el título de la entrada fue el de una pistola que Niven, desesperado por la muerte de su mujer Primula. Para más inri, Primula murió en la casa de Tyron Power fugando al escondite. El gatillo del arma se encasquilló y Niven tuvo la suerte de seguir viviendo entre la bebida, las mujeres y las películas.

Quizá los dos anteriores no sean ejemplos sublimes, sino ilustraciones de que la vida de los actores, esperablemente placida y abrigada por el dinero, no se aleja demasiado de las encrucijadas de los personajes a los que encarnaron. Por eso dejo para el final una de las muestras más representativas: Errol Flynn. Acusado por algunos de ser un espía al servicio de los nazis o ensalzado por todo lo contrario (fue firme defensor de la República en nuestra Guerra Civil), Flynn era un maniático del alcohol y del sexo. Obligado por contrato a no beber una gota de alcohol durante el rodaje de una de sus películas, Errol Flynn sorprendía a todos cada mañana con una cara saludablemente lúcida, cambiando la botella y el vaso por una naranja recién cortada a la que exprimía el jugo con sus dientes y sus labios. Lo que los productores no sabían era que el actor tenía en su caravana todo un surtido de naranjas a las que previamente inyectaba todo el vodka que cabía entre sus múltiples efluvios de vitaminas. El sexo era uno de sus puntos fuertes. Como contemplador o voyeur, Flynn acogía a todo un surtido elenco de amigos en su mansión, famosa por sus fiestas orgiásticas. Sus invitados no sabían que Flynn tenía un complejo de agujeros y espejos en cada habitación, gracias a los cuales contemplaba los pinitos sexuales de sus conocidos. Pero lo verdaderamente sorprendente para propios y extraños eran los grandes fines de fiesta, en los que un Errol Flynn totalmente cocido y desnudo obsequiaba a todos con unos conciertos de piano en los que no utilizaba las manos. Dejo a la imaginación del espectador los vericuetos de la interpretación pianística del actor. Flynn murió relativamente joven, creo que a los cincuenta años, bien exprimidos y bien tocados por todos sus jugos preferidos.

En suma, muchos actores pasan por sus vidas muy alejados de lo que aconseja el bienestar facilón y burgués. Se embarcan en vidas que, sin suyas lo son, o que lo son sin ser suyas. Toda su complejidad las hace difíciles, laberínticas, extremadas. Quizá sean los destellos de la excentricidad lo que les hizo diferentes. Quizá ser diferentes les hace ser excéntricos.

Mientras tanto, nosotros quizá nunca lleguemos a exprimir de ese modo esas medias naranjas, ni se nos encasquillará el gatillo, ni buscaremos el placer en apnea. Quizá seamos más felices. Pero nunca seremos diferentes.

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Garaje 

La vida es de lo más parecido a las casas y a los ascensores. Cada uno vive en un piso, pulsa un botón y el ascensor le catapulta hacia su sitio de forma inequívoca, con más o menos brusquedad, con más o menos vaivén. Una vez que sales de casa, lo llamas y viene. Más pronto o más tarde, viene. Alguna vez algún vecino, al que llamas cabrón –aunque no tenga la culpa– te lo quita. Simplemente, es más afortunado en el momento mágico de la llamada. Simplemente, es más brioso y con más reflejos. Rara vez pulsas otros botones que no sean los de siempre. Llamas al primer piso cuando se te cae un calcetín, porque es bueno recuperar las parejas, tú que te resistes a tirar la unidad impar. Subes al trastero cuando necesitas algo, aunque sepas que en ese cubículo mágico reina la sorpresa del desorden. 

Organizas tu vida a piñón a botón fijo. Y subes y bajas. Bajas y subes. Y no lo piensas. Cuando es cosa de coger el coche, le das al -1… hasta que piensas que bajas al sótano y que la vida, si te descuidas, no vuelve a remontar jamás.

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URB 008-1 Hay días en los que, camara en mano, busco algún ángulo de la realidad que se me escapa si tengo los ojos distraídos. La cosa fue fácil: sólo tuve que mirar por la ventana para degustar un magnífico cielo de nubes y claros, que simbolizaban muy bien lo que es la vida y nuestros destinos. Los cielos inmaculados son algo que tiende a ser extraño en la patria en la que vivimos, así que es conveniente aprovechar cuando hay pocas nubes y están bien avenidas. Ayer el cielo estaba así, con nubes de contornos preciosos. Todos los males que llevaba dentro hicieron el resto.

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Se acercan los tiempos de maleza. Ya no hay cerezas en esta habitación.

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Cortemos vientos y mareas, que un barco en la brea navega sin rumbo y sin timón.

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Gritemos hasta que el canto resucite el canto de la tripulación.

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Traguemos sapos y culebras, que la luz celebra su histórico apagón.

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Pongamos el dedo en la llaga. Toquemos fondo en la basura.

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Huyamos de la propia huida. Ya no hay salida en este callejón.

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Saquemos fuerzas de flaqueza. De la imaginación, saquemos balas de belleza.

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Corren tiempos de vivir al paredón. Habrá que hacer de tripas corazón.

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Soñemos para estar despiertos. Para estar despiertos entre tantos muertos dispuestos a la acción.

 

(Composición creada a partir de la sublime canción de Aute “De tripas, corazón” y con imágenes de impactos de perdigones de Alan Sailer descubiertas gracias a Jordi Guzmán.)

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En una entrada de hace más de nueve meses, titulada La Vi(d)a láctea, explicaba una manera muy peculiar y totalmente real de medir mis tiempos. Pienso que hay dos maneras infalibles de medir el tiempo a medio y a largo plazo. Para el plazo medio, me guío por la caducidad de los yogures. Los yogures que esperan pacientemente en el frigo para ser deglutidos  tienen su fecha de caducidad el día 8 de abril: eso quiero decir que mi cumpleaños está próximo, pero todavía no es inminente. Para el largo plazo, me fío de la caducidad de la leche. En la despensa, aguardan unos tetrabrik que alargarán su vida de consumo recomendada hasta el día 3 de junio: eso quiere decir que el verano está casi ahí, aunque todavía no llega al tiro de piedra.

Bueno, os aburriría con todos esos cómputos míos, tan discutidos como indiscutibles. Hoy he visto otro marcador vital que me ha alarmado. 311 es el número de entradas de blogs que tengo pendientes de leer. El número me lo indica mi gran amigo Google Reader, un campañero tan fiel que, si no fuera digital, le adornaría con bellas flores de primavera entre sus páginas. El 311 me ha asustado porque es otro marcador vital sobre el tiempo y su escasez. Sé que, entre esas 311 entradas, muchas son prescindibles, pero sólo lo comprobaré después de leerlas. Y también sé que, a buen seguro, entre ese nutrido número aguarda escondida una joya, una gran intuición, una idea interesante. O muchas.

Una persona a la que conocí y ya no conozco, muy simple –pero nada sencilla– me decía que “Hay que trabajar para vivir y no vivir para trabajar”. Yo, como soy un tonto los cojones, me quedé callado, como hago casi siempre. Pensaba para mis adentros que igual hay fórmulas intermedias que no sean ni lo uno ni lo otro. Pensaba también que estoy seguro de que opinaría eso si tuviese que ganarme las perras en un trabajo horripilante de cargas severas en horario de seis a dos. Pero mi trabajo (al menos, parte de él) es apasionante, divertido y estimulante. Pero hay una pega: por muchas razones, tengo que trabajar como un cabrón. Los días se me pasan entre tareas y tareas que tengo que finalizar, con plazos que van acercando sus fríos y atenazados dedos a mi garganta ansiando la estrangulación. La vida académica e investigadora me ha dado tantas satisfaciones que me he ido olvidando de las horas de estudio, de los sacrificios y las penas. Pero siempre un nuevo horizonte más allá si se quieren escalar los peldaños de la superación personal.

311 es un número que significa todo el tiempo que no tengo para leer 311 entradas (y para otras muchas cosas que no cabe poner aquí). Todo el tiempo que no tengo para hacer las cosas como me gustaría. Para hacer otras. Para hacerlas mejor. Para cambiarlas. Para trastocarlas. Para convertirlas en éxitos y fracasos. Soy un bloguero muy poco hospitalario, que no contesta a sus encantadores y asiduos comentadores más que de ciento en viento. Que no da la honrosa bienvenida a los nuevos ni corresponde a los comentarios con otras observaciones que complementen aquello que quería decir y no dije.

311 es el número de la frontera, de la excusa, del agobio que los galenos me tienen severamente prohido. Otros me dirán que el 8 de abril, que el 3 de junio, que 311 no son más que fechas y números. Que sea feliz. Que me olvide de las cosas. Que no le dé tantas vueltas. Que 311 entradas no son nada. Pero en alguna de esas 311 estáis vosotros. Vuestras ideas, vuestras intuiciones y vuestras palabras. Y no quiero perdérmelas por nada del mundo.

¡Horror, cómo pasa el tiempo! Ahora son 318. Espero, en mi ansiedad, llegar al 8 de abril. El 3 de junio me pilla muy lejos.

 

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