— Verba Volant

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Amistad

Pilar es una compañera con la que he trabajado intensamente durante seis años. Ahora se jubila y va a dejar entre nosotros un vacío enorme. Digo que Pilar se jubila y a todos nos va a costar asumirlo. No solo por su inmensa capacidad de trabajo, no solo por su eficacia, sino –sobre todo y ante todo– por sus ideas y sus iniciativas, por su ilusión y generosidad.

Yo no sé qué hubiese sido de mí sin tener a Pilar al lado. Estaba siempre dispuesta a echar una mano, a solucionar los problemas y que no se fuesen amontonando. A poner una buena dosis de cordura a lo más volátil y una gran dosis de fantasía a los asuntos más pegados a la obligación y a la rutina. Pilar apaciguaba los ánimos cuando era necesario y es una persona cabal que, cuando da una opinión  sabes que hay que tenerla en cuenta.

Pilar no solo es una compañera, sino una amiga. Se ha ido haciendo querer desde el principio. Tenía un carácter calmado cuando yo estaba nervioso y poseía el nervio que a mí me hacía falta cuando estaba demasiado relajado. En suma, el complemento perfecto.

El otro día entraba en su despacho. Todavía se veían por allí algunas de sus cosas, pero ella ya no lo llenaba con su presencia. Y, en ese momento, me di cuenta de que todos íbamos a estar un poco más solos. Ahora a Pilar le toca disfrutar de la vida en muchas otras dimensiones. Estoy seguro de que escuchará música a todas horas y acudirá a todas las representaciones de ópera que pueda. Pero estoy seguro –también– de que Pilar siempre va a tener una chispa especial en la mirada cuando piense en nuestra querida Universidad de Burgos. Y esa chispa es la que tenemos todos que recordar cuando tengamos alguna duda, algún problema, alguna inquietud. Mil gracias, Pilar. Mil gracias.

Imagen de Fougerouse Arnaud.

 

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La experiencia nos dice que, a lo largo de la vida, nos encontraremos con unos cuantos profesores nefastos y unos cuantos profesores buenos, pero solo un reducidísimo número de profesores imprescindibles. De los nefastos, guardaremos malos hábitos, una visión estrecha y lo mejor que puede pasarnos es que caigan en el olvido. Gracias a los buenos, habremos comprendido cosas que, de otro modo, nos hubiesen resultado incomprensibles y habremos ganado peso en nuestra formación como alumnos y como seres humanos. Los profesores imprescindibles son algo muy distinto.

Considero que he tenido tres profesores que han marcado mi vida: uno de ellos, en 3.º de BUP (el actual 1.º de Bach) y los otros dos, bien distribuidos en mi carrera de Filología Hispánica en primer curso y en cuarto. Es cierto que el primero tardó en llegar demasiado tiempo, pero mereció la pena. Y las circunstancias que figuran más abajo explicarán que hoy hable de él en esta entrada.

Se llama Manolo y, como decía más arriba, me dio clase cuando yo tenía 17 años. Pese a ser un ávido lector y una persona muy interesada en algunos temas culturales, me resbalaba el ámbito académico. Son los años en los que es frecuente que uno piense en otras cosas y yo ponía todo mi empeño en dedicarles mi tiempo y mis atenciones ajenas a la vida académica. Entonces, llegó él. Me dio clase de Filosofía y de Literatura (por aquel entonces no se daba la mezcla habitual de Lengua y Literatura, sino que estas se separaban por cursos).

En Filosofía, me enseñó a ser riguroso con los conceptos y, sobre todo, conmigo mismo. Me hizo dar con las claves del análisis y de la síntesis y me enseñó los misterios de la Lógica, de la Psicología y de la Metafísica. En Literatura, descubrí que el análisis de los textos literarios podía revelar en los textos una profundidad y una riqueza que yo hasta entonces desconocía. Gracias a él, descubrí algo que, desde ese momento, siempre he tenido presente: que lo difícil es más fácil de lo que parece y, sobre todo, que lo fácil es mucho más difícil de lo que aparenta. En vez de dar un recorrido superficial por las obras literarias, siempre insistió en leerlas con devoción y profundidad, como si nos fuera la vida en ello.

Un día, Manolo –que era nuestro tutor– nos empezó a orientar sobre las alternativas que teníamos  cuando acabáramos el COU (el actual 2.º de Bach). Yo era de los que tenía en mente estudiar Psicología y Periodismo. Pero, gracias a él, descubrí que existía una cosa rara y misteriosa que se llamaba Filología Hispánica. No entendía ni el nombre, pero me empezó a desvelar su contenido en asignaturas y pensé que, por fin, se me abría el mundo. Desde entonces, me convertí en un más que aceptable estudiante, ilusionado con mi futuro.

El azar, que en este caso no solo fue casualidad sino también causalidad, hizo que, pocos años después, recién acabada la carrera, acabara dando clase en el mismo centro en el que Manolo me enseñara gran parte de los fundamentos de lo que he llegado a saber en mi vida. Y fui allí profesor de Filosofía y Literatura durante muchos años. Nunca intenté imitarle, pero sí procuré seguir sus principios. Por encima de todo, recordaba su metodología: las materias no son algo estático, sino que evolucionan como tales y, por lo tanto, es necesario renovar su forma de difundirlas. No vale con lo de siempre porque el mundo cambia y los alumnos no siempre los mismos.

El tiempo ha hecho que Manolo pasase de ser mi profesor a ser mi compañero, pero nunca dejó de ser mi maestro. En los tiempos en los que compartíamos días de Selectividad acompañando a nuestros alumnos, yo siempre procuraba escucharle atento. Cada vez que hablamos me aporta siempre una forma nueva de ver las cosas, un ángulo que yo no había contemplado desde ese punto de vista.

Hace poco, tuve incluso la suerte de contar con Manolo como alumno en un par de cursos de formación. No dejaba de ser paradójico: enseñar al que te lo ha enseñado todo. Porque Manolo me ha dado otras muchas lecciones. Entre ellas, la más importante es que la docencia es una profesión en la que, enseñando a los demás, te encuentras en un proceso permanente de aprendizaje. No es solo la formación continua, sino la virtud y la necesidad de ir un poco más allá. Y, además, contar con que un profesor es mucho más que un docente: un profesor como Manolo es un docente que habla y escucha, que imparte conocimiento con la generosidad del que es sabio.

Dentro de unos pocos días, Manolo se jubila. No diré que deja atrás una etapa, porque no se deja nunca de ser un profesor como lo es él. Yo tuve la suerte de descubrir muchas cosas con él y gracias a él.  Y le debo mucho de lo que soy hoy. Y todavía me quedan por aprender muchas cosas. Tantas…

(Imagen de Michael Davis-Burchat.)

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Esta entrada está dedicada al equilibrio emocional de los que tenían un complejo de culpa por alegrarse de la desgracia ajena. Mina Cikara y Susan T. Fiske, de la Universidad de Princeton, están ahí para no quitar nada a nuestras alegrías y restar gravedad a nuestras penas.

Todo parte de una bonita palabra alemana, Schadenfreude,  que es precisamente eso, el sentir placer ante el dolor ajeno. Y se puede demostrar científicamente: lo delatan los músculos de nuestras mejillas, ya que sonreímos ante situaciones de desgracia o malestar ajeno. Por lo tanto, dejamos de lado nuestra empatía cuando se trata de ver al rival pasándolas canutas. Porque no somos malos y crueles de forma discriminada, sino que este sentimiento se produce, ante todo, ante personas a las que envidiamos. En ese grupo, por supuesto, encontramos a los ricos, que provocan de forma unánime nuestra hilaridad. Hasta tal punto, que estaríamos dispuestos a darles una pequeña descarga eléctrica para que espabilen. Lo podemos trasladar también al terreno deportivo: en uno de los experimentos, se demuestra lo que ya sabíamos por malvada experiencia: no solo nos alegra que gane nuestro equipo favorito, sino que también nos hace mucha gracia que pierda nuestro rival más denostado.

Como somos muy humanos –es decir, muy biológicos y muy sociales–, queremos que a la gente “bien” le vaya bonito mientras nosotros estemos allí cerca, con pleno beneficio. Eso sí, en cuanto las cosas pintan mal, nos alegramos de sus males a base de bien. ¿Que el país va bien? Pues alabamos a los políticos. Pero, en el momento en el que la cosa se pone chunga, se pueden ir preparando. Y ahí está el interrogante de si es bueno establecer un sistema en una organización o en una empresa. Sí, mientras todo vaya bien. Es decir, hasta que encontramos a nuestro envidiado de turno teniendo que pasarlas canutas.

Las investigadoras se preguntan si esto es una patología. Y dicen, con razón, que no. Que, simplemente, somos humanos. Para eso tenemos mejillas y sonrisa. Como las hienas.

(Imagen de José García)

Referencias bibliográficas:

  • Información obtenida en el Princeton Journal Watch.
  • Cikara, M., & Fiske, S. T. (2013). Their Pain, our Pleasure: Stereotype content and Schadenfreude. Annals of the New York Academy of Sciences , 1299, 52-59. El resumen del artículo puede consultarse aquí.
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Justforone

No sé, no sé. Resulta que Súper Coco, que tantas cosas elementales nos enseñó, no tenía razón cuando soltaba a la audiencia su prolegómeno (“Hola, amigos…”). Si no se tiene razón al principio, tampoco se tiene al final. Por eso, también estaba equivocado Porky en su tartamudeada despedida (“E… E… E… Esto es todo, amigos”). Y no digamos el bueno de Roberto Carlos, el cantante que tenía amigos sin fin. Tal y como afirma Robin Dunbar en The Times (aquí la noticia en El País), el número de amigos es limitado, al menos en Internet. Aunque la soledad lleve a muchos a extender las zarpas de la amistad por Internet recopilando amigos en las redes sociales, parece que nuestro cerebro no está capacitado para mantener dignamente más de 150 contactos en Internet. Lo gracioso es que, por muchas amistades que agreguemos, lo único que hacemos al final es pasar de ellos como la mierda (algo muy parecido a la vida real, pero con menos gente). En el interludio, hemos ganado un gran poder muscular en nuestras manos, entrenadas por gracia de darle a la ruedecita del ratón para viajar rápidamente por la pantalla y buscar a quien nos interesa.

En las redes sociales encontramos nuestras vidas pasadas, nuestro dudoso presente y todo el futuro de lo evanescente. Lo mismo que te encuentras en el bar con alguien que te da la palmada en la espalda, en Facebook nos topamos con quien no conocemos para que rece una plegaria por nuestra maltrecha alma, para que nos anime en los momentos difíciles, para que se ría de nuestras gracias. La Red magnifica lo insignificante a ráfagas de contactos que, por superficiales y paradójicos, se antojan profundos y duraderos. No me refiero al contacto sincero y afable que mantienen muchos, sino a esa tendencia perversa de pensar que las identidades digitales son idénticas a las personales. En el espacio virtual, todos somos unos tíos majetes, enrollados, serviciales, dispuestos, alegres. En la vida real, no pasamos del aprobado raspado. Por eso, en lo que a las amistades se refiere, en lo personal no pasamos de los cinco lobitos de la mano.

No lo olvidemos: Internet nos hace conocer a personas (y mundos) inabarcables en las restringidas dimensiones espacio-temporales. Favorece el contacto (que, a veces, conduce a un escalón más). Pero nos sobran los amigos. Al menos, en la Red. Y esto ha sido todo, Amigos.

(Imagen de Pensiero.)

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He estado un poco vago, lo lamento. No sé si las ideas no venían a mí o yo no iba a las ideas, pero me he mantenido en barbecho hasta hoy. Cuajado ya de sol entre las ventanas de casa, recuerdo con placer extremo el maravilloso día que pasamos en Duruelo, Castroviejo y Covaleda gracias a Miguel Simón, director de La Palabra de Burgos. El que suscribe, que es demasiado urbanita –y, por lo tanto, paleto— tuvo la oportunidad de disfrutar del maravilloso paisaje de los Pinares de Durelo de la Sierra, Castroviejo y Covaleda, y gozar con la compañía de compartir mantel, paseo y conversación con gente a la que todavía no conocía en persona.

En fin, que, tratándose de pinares y personas como éstas, siempre se puede decir que se pueden pasar sábados por todo lo alto.

(Podéis ver algunas fotos más aquí)

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Esquinas

Ayer, a las 11:25 de la mañana, viví una de esas situaciones en las que uno duda entre echar para delante o darse la media vuelta. A los pocos minutos y casi a la vuelta de la esquina, me iba a encontrar –como pocas veces lo había hecho en la vida– con mi pasado. Un pasado puro, duro y sin propósito de enmienda, un pasado que tenía la contundencia –por lo menos; ni más ni menos– de un cuarto de siglo. Se celebraban ayer los veinticinco años de que mi promoción del colegio atravesase por última vez la puerta de entrada del colegio para ser –ya definitivamente– la puerta de salida al mundo. A otro mundo. Como la vida, afortunadamente, suele dar la oportunidad de que el pasado sirva para algo, esa misma puerta de salida volvió a servir de entrada muchos años después. Ayer.

Cuando di la vuelta a esa esquina que tanto temía, me encontré con infinidad de caras que creía que iban a ser casi desconocidas. Pero, al instante, se me despejaron todas las dudas. Nosotros, los que ya no somos los mismos, éramos casi idénticos. Es verdad que fuimos unos jovenzuelos y ahora somos lo que un niño que nos viera por la calle, en su irreflenable sinceridad, definiría como “señores” (y “señoras”), pero no es menos cierto que, pese a haber cambiado tantas cosas en nuestras vidas, hemos cambiado poco. Relativamente. Hemos pasado de ser hijos a ser padres, de ser familia a tenerla, de ser el centro del juego a ser su periferia. De tener las caras surcadas por el acné a permanecer marcados por unas (pocas) arrugas, auténticos testigos de que el tiempo y sus inclemencias no han pasado en balde, testigos auténticos de que el sueño de la vida nos ha dejado las marcas de las sábanas que nos ha hecho despertar al sueño de nuestra experiencia.

Todo un conjunto de personas esperaban a la puerta del colegio como quien no se atreve a entrar en el surco de nuestro pasado. Pero llegó el momento de revisitar los lugares por los que nos iniciamos en esto de la vida, de los amigos y de los juegos. Cada palabra de nuestras conversaciones empezaba a diluir el tránsito de los años para convertirse en algo que habíamos retomado hacía poco, con la familiaridad del que sabe que la risa que se avecina no es forzada, sino que continúa el chiste que había silenciado nuestras bocas durante muchos (muchos) años. Como la vida es la vida y somos muy difíciles de cambiar, porque somos casi iguales, el despliegue de horas y minutos empezó a escoger conversaciones y personas con un estricto criterio de selección de las especies. Y empezábamos a sentirnos a gusto con las personas que siempre lo estuvimos, descubriendo que habíamos traicionado parte de nosotros mismos cuando olvidábamos las anécdotas y las vivencias que nos hicieron estar vivos durante tantos y tantos años.

A lo largo del día, doblamos todos juntos muchas otras esquinas, las de nuestros recuerdos y las de los lugares en los que nos perdíamos para intentar ser nosotros mismos. Doblamos esas esquinas sin miedo, acompañados por nuestros amigos de toda la vida. Después, a altas horas de la madrugada, cada uno de nosotros tuvo que girar a la izquierda o a la derecha, para seguir otra vez el camino. Nos separamos de nuevo, pero seguro que no tardaremos otros veinticinco años en vernos. Ni de coña.

(Imagen de p4nc0np4n)

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Manza

“Hablar contigo mismo, discutir contigo mismo, escribirte a ti mismo… me gustará ver cómo desarrollas todo esto. Un saludo”. Manzacosas aparecía en Verba volant por última vez un 14 de octubre y ayer me enteré de que ha muerto. Como les ocurría a algunos de mis compañeros de la Burgosfera, no lo conocía personalmente. Un 27 de enero comentaba por primera vez en mi blog. Curiosamente, mi madre acababa de morir y yo pedía a todos los visitantes del blog que dejasen un recuerdo de su madre, en un intento de que la muerte no cercenase los recuerdos. Su aportación fue ésta “El recuerdo de mi madre sigue conmigo desde hace 13 años. Tenía 93 cuando murió, y te pasará lo mismo, que seguirás recordándola siempre. Pero es bonito, es muy bonito este tipo de recuerdos. Un saludo”. Es muy bonito este tipo de recuerdos, Manza. Me gusta ese proceso de intercambio que hemos tenido gracias a ti, a tus entradas y a tus comentarios. Entraste en mi vida un día doloroso de muerte, aportaste un granito de arena para aliviar mi dolor y sales hoy de tus entradas para ingresar en el gran Blog, en la entrada suprema que es la muerte. Hoy Google Reader me decía que “MANZACOSAS no tiene elementos no leídos”, pero tenemos soluciones, Manza, podemos leer todos los elementos, podemos releer todos los comentarios y rellenar ilusionados esas aportaciones que ya no estarán. Como dice Pedro, que la tierra te sea leve, compañero. Te dejo presente en este blog como cuando llegaste -con el recuerdo-, te dejo presente como lo dejaste, hablando conmigo mismo y pensando en ti para desarrollarlo. Todos nosotros, por nuestra parte, pensaremos que nunca ha habido una causa más bella, nunca una mejor defendida que tu reivindicación repetida. Facultad de Medicina.

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Sé que lo que me has dicho hoy, sabiendo que estoy así, es un desafío, un loco desvarío, un capricho intolerable. No pretendas improvisar sentencias con que condenar pecados y vicios que aún no he cometido: es todo cuanto te pido. Así te sigo el juego, con la mano en el fuego. Me he quemado siempre por ti y ahora he renunciado al cielo y me arrastro por el suelo. Con la mano en el fuego, veremos lo que pasa en este futuro que nadie comprende. No lo hago sólo por mí y creo que tampoco me voy a arrepentir. Bien: dejemos el tiempo correr (¿o no?) pensando que no habrá otra vez, pensando que no eres mía, que no soy tan frío. ¡Esto es un abismo insoportable! No, no tengo motivos (¿o puede que sea al contrario?) y sí mucho que perder. Pero siento las llamas tan cerca, abrasándome… Te sigo el juego poniendo la mano en el fuego. Me he quemado siempre por ti, he renunciado al cielo y me arrastro como una vil alfombra por el suelo. Ya veremos lo que pasa luego: sigo pongo la mano en el fuego. No lo hago sólo por mí. Y no creo que me arrepienta. Otros habrá que tiemblen.

Versión prosificada y deliberadamente modificada de “La mano en el fuego” de Fangoria, dedicada a quien corresponda -se ruega que ningún allegado se sienta excluido-. Mil disculpas si la entrada es deficiente, ya que está escrita con una sola mano. Tenía la otra ocupada quitándome un puñal de la espalda.

(Imagen de abnelphoto.com)

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