
Esta es una entrada inesperada en Verba volant, blog que pertenece con orgullo a la Burgosfera pero que no es un blog «de Burgos» sino «en Burgos». Es más, esta es la primera etiqueta en la que aparece mi ciudad. Y esto no se debe a que haya pretendido hacer un cuaderno de bitácora con un propósito cosmopolita (y mira que reconozco que me gusta el concepto), sino que, citando de memoria a Elías Canetti, pienso que la única patria, la verdadera, es uno mismo. No es esta una declaración de egolatría, de autosuficiencia ni de aislamiento -soy más bien propenso a un agrupamiento social bien entendido-, y ahí es donde voy al asunto de mi entrada. Nací en Burgos, me siento plenamente burgalés (aunque no es menos cierto que si hubiese nacido en Teruel me hubiese sentido plenamente turolense) y, salvo un pequeño paréntesis de mi vida por motivo de estudios, he vivido en Burgos toda mi vida. Me gusta Burgos (también me gustan otras ciudades), me gusta la Catedral (también me gusta la de León, y me gusta mucho más Nôtre Dame de París), me agradan las ciudades recogiditas para vivir (aunque me dan envidia ciudades un poco más grandes, con otros alcances…). En fin, que en Burgos se vive bien, hay calidad de vida, etcétera, etcétera, etcétera.
Pero los que somos de Burgos «de toda la vida» sabemos que esta puñetera ciudad también tiene sus inconvenientes: es muy difícil que un burgalés «de los de siempre», después de tres contactos, como mucho, no sepa la vida y milagros de otro burgalés «de los de siempre». También sabemos que esta es una ciudad de familias (también lo era de curas y militares, pero las circunstancias diversas los han ido, poco a poco, difuminando), de apellidos, de personas importantes con hijos importantes por ser hijos de personas importantes (esa pescadilla a la que le gusta morderse el rabo, perdón…, la cola). [Como esto lo leen personas de Burgos con estas características, diré con toda sinceridad que no me refiero a nadie en concreto: luego me lo reprochan y en este caso, de hacerlo, lo harán desde luego sin sentido ni juicio]. Una ciudad del rumor y del cuchicheo, de la tradición atávica mal emparejada con los tiempos. Una ciudad en la que es probable que a la gente la juzguen los que no saben por lo que no deben, en la que es posible que hablen de ti con nefandas intenciones y tergiversando a conciencia y conscientemente, en la que los hay muy amigos de arrojar piedras sin medir la fuerza de su brazo ni las consecuencias de la herida.
Bueno, pues, eso, Decía que el centro histórico es muy bonito y peatonal y eso, tenemos Atapuerca (los ancestros de Europa, a los que algunos se sienten tan apegados por aquello de la cercanía), la Cartuja y las Huelgas. Y todos paseamos por las mismas calles. Y miramos a la gente. Y la juzgamos sin tener ni puta idea. A los que nos gusta correr aunque no tengamos prisa, nos enfundamos mallas, camiseta y zapatillas, nos ponemos a correr por la Quinta hacia ninguna parte y, después de oxigenarnos, emprendemos el camino de vuelta esperando que el olor a rancio, a cerrado y vacío abandone los resquicios de algo que podría ser hermoso.