— Verba volant

Archive
Burlas

Siniestra 1 

Soy siniestro, pero no por parte de madre ni de padre, sino por parte de una cuestión cerebral cuyo origen y contenido se me escapa. Sólo de pensar en el término, como su propio nombre indica, me echo a temblar de miedo: ser siniestro tiene sus connotaciones, y ninguna es positiva. Nunca (nunca) he hecho una cosa “a derechas”, desde el día en el que me dio por arrebatar a mi madre la cuchara para tomarme la papilla con gesto autosuficiente. Luego llegarían las construcciones, los juguetes y las patadas al balón. Y luego mi primera frustración: en el cole, mientras dejaban a los más espabilados coger el bolígrafo, un servidor tenía que ser fiel servidor de un lapicero (desde aquel lejano y triste episodio digno de glosa en mi biografía, he odiado los lapiceros y utlizo los portaminas siempre que puedo). Eso de tener un defecto de serie te marca el devenir del resto de los días. Que si coges unas tijeras y te haces un daño que te mueres, que si siempre te ofrecen las cosas en el lado contrario, que si coges un destornillador y te las ves y te las deseas para hacer un gesto raro que deje bien prieto un tornillo… Una lata (abierta con todo el esfuerzo de tu mano derecha, a la que tienes que recurrir más de lo que tu trastorno cerebral te lo permite). Tampoco he sido nunca tan extravagante como para usar los artículos para zurdos. Lo que hacemos la mayor parte de los siniestros del mundo es jodernos y aguantarnos… aunque no con buena cara. Tampoco con paciencia. Contemplamos entre fastidiados y envidiosos a todos aquellos que han sabido colocarse a la derecha del Padre mientras a nosotros nos da toda la impresión de haber sido timados por los genes y por el destino. Sabemos que el mundo no es para nosotros, aunque algunos han conseguido escapar del estigma social de no poder escribir con pluma a no ser que pongamos maneras ridículas o escribamos en árabe (o dibujemos un cómic manga). Tuvimos la incomprensión anidada en nuestra mano izquierda desde la infancia; nos hemos sentido bichos raros desde que tenemos uso de razón; los menos afortunados –no es mi caso– sufrieron un bongage cultural estigmatizador y poco estimulante. Ahora, eso sí: jugamos al frontón que te cagas. 

Read More

URB iPhone 007-1

Iba a leer un breve artículo sobre la narcolepsia, pero me quedé dormido sobre la segunda página. Cuando me desperté, noté que mi moflete derecho quedaba aprisionado entre sujetos y predicados. Mi ojo izquierdo, mientras, perdía el cincuenta por ciento de su lucidez por culpa de las gafas, que estaban totalmente descolocadas, peligrosamente giradas hacia las cejas. Como si me hallase en mitad de un mal sueño, me levanté. La relajación muscular me provocó el ir dando tumbos por el pasillo. Cuando estaba a punto de alcanzar el dormitorio, un nuevo brote de sopor catapultó mi cabeza hacia la esquina del zapatero. La esquina se debió de apartar en el último momento, porque cuando volví en mí la sangre no chorreaba por ninguna parte. Llegué a la cocina y cogí de un armario demasiado alejado un comprimido de metilfenidato, que me dejó como una pera limonera. Las siguientes horas fueron de una hiperactividad terapéutica. Me acabé el artículo, navegué por todas las páginas médicas y llamé a dos primos lejanos para contarles lo que me pasaba. A medida que iba pasando el tiempo, fui pasando a territorios limítrofes, con el limbo inocente a un lado y el purgatorio en la otra punta. Empecé a preocuparme por mi enfermedad, pero también por su curación. La pregunta no era ya qué pasaría si no me curaba, sino, sobre todo, consistia en qué pasaría si me curaba. Igual me ponía tan sumamente bien que no volvería a dormir nunca más de los jamases. ¡Qué sueño! Después de un rato, empecé a escribir esta entrada. Pero mucho me temo que, a la mitad, me quedé dormido.

Read More

calligraphies

Un día, tuve una idea magnífica. Una idea como nunca había tenido. Me imaginé por un momento que la realidad era ficción y que la ficción era realidad. O mejor, me imaginé que los sueños eran verdad y la verdad sueño. O no: que yo existía sin existir y que no existía siendo. No sé, al final, me armé un lío. Pero la idea volvió a mi cabeza, una y otra vez, de manera nueva y recurrente. Mientras iba pedaleando, saltó desde la rama de un árbol –que estuvo a un tris de llevarme al suelo– y me la transmitió. Diría que la transmisión fue por ósmosis, si supiera lo que esta palabra significa. Pedaleé con brío, temeroso de que se me escapase entre el frío que azotaba mis mejillas. Llegué al portal de casa derrapando. Corrí hacia el ascensor. Las prisas motivaron que las llaves se me resbalasen de las manos dos veces. Abrí la puerta y me senté ante el ordenador que, por fortuna, estaba encendido. Abrí mi tablero de control para escribir la entrada más ocurrente de toda mi vida. Ávido de gloria, penetré en la tramoya donde se crean las historias. Me extrañó una cosa: en la esquina superior derecha, donde figuran mis borradores, encontré una entrada titulada “Casualidad exacta”, casualmente exacta a la que yo quería escribir.

Me estuve preguntando un rato, consciente de que las casualidades no existen.

(Imagen de Ryan Gallagher)

Read More

paradoja02

De “Haz y envés”, la entrada ha pasado a titularse como se titula. Más que nada, porque el fin justifica los medios, pero también justifica los principios. Darle la vuelta a las cosas supone ponerlas al revés. O poner a los opuestos tan juntos como para que las pescadillas se muerdan la cola y se conviertan en lo que mi madre llamaba cariocas, pero no a ritmo de samba. Darle a la vuelta a las cosas significa ponerlas en tela de juicio, en satén de juzgado con toga y corbata. También significa saltar con los significados al compás de la paradoja, que es la manera más adecuada para entender a la vida por dentro. Entenderla por fuera es no entenderla. Ni verla, ni olerla. El calor se acompaña hoy de frío, o el sol se disfraza al sotavento de un viento gélido de lo más jodido. Eso es poner las cosas, la climatología, patas arriba. Es como ir a un espectáculo de teatro para pagarlo y para no verlo. Es como llamar sin ser llamado. Ver sin ser visto. Escuchar sin ser escuchado. O las tres viceversas a una, dirigidas por Zubin Metha en las Termas de Caracalla. Hoy las páginas de los libros se han vuelto árabes y el inicio de las historias ha sido su final. La realidad se ha convertido en lo que tenía que ser (ficción). Y la ficción en la verdad más grande de todas las mentiras. Las contradicciones afirman sin que aparezcan dos veces. Ya no existen Digos porque los Diegos se han multiplicado a ritmos malthusianos y con proporciones siderales. Un astronauta ha salido volando y se ha dado la vuelta para permanecer igual. Iba buscando la tortilla: vuelta y vuelta. Sin quedar revuelta. La entrada de hoy no tiene ni pies ni cabeza, porque no tampoco hay que buscárselos al gato y se le buscan. Manías de la gente, que es muy de buscar y asustarse con lo que encuentra. Hoy el viento ha cambiado las orientaciones de la bandera. Tenía que haber cambiado sus colores, pero no se ha dejado, la muy nacionalista. Me gustaría dar la chapa a ritmo de refrán cambiante. Pero no tengo un lado sano de la cabeza. A mí me gustaría un día levantarme de la cama y asomarme a unas franjas verticales azules, rojas y blancas. Y cantar sin que me corten la cabeza. A mí gustaría un día levantarme sin la opresión de un puñal en el pecho y otro en la espalda. Tendría un sueño más conciliador para soñar con diablitos que mezcan mis pesadillas. Empezaré una película por el final y retrocederé a mis orígenes. Indagaré. Pensaré. Para no llegar a nada.

(Imagen levemente modificada de la fotografía de Visentico / Sento)

Read More

Fotografía de Jesús Javier Matías para DB

Lo que da de sí “salir en los papeles”… Salía de casa esta mañana y mi vecinita de enfrente, con sonrisa picarona, me ha saludado de manera especial. Un señor, al que sólo conozco de vista, se ha parado a dos metros de la boca del garaje cuando me ha reconocido (con casco y todo), me ha querido dar la mano y a punto he estado de estamparme con la bici. Nada más llegar a mi centro de trabajo, entre el silencio envidioso de algunos, que susurraban algo así como “Lo que hacen algunos para ser famosos…”, se han oído vítores y peticiones de vuelta al ruedo. Al salir, un nutrido conjunto de chicas en edad de merecer se han acercado vergonzosas con el periódico en la mano para que les firmase una foto y les presentase a mis colegas. He recibido doscientos cincuenta y tres correos electrónicos de lectores desconocidos que querían ser amigos míos. Un despistado, que sólo compra el periódico para mirar las esquelas, se ha equivocado de página y me ha mandado sus condolencias pensando que estaba muerto. Al llegar a casa, he encendido la televisión y una cadena de ámbito nacional empezaba el informativo con las Red Foxes, todas ellas coreografíadas, cantando: “Burgosfera, Burgosfera. Ra, ra, ra”. Al acento americano le ha dado un toque muy picantón, así que me he ido a refugiarme en las ondas de la radio. En la parrilla, todas las noticias giraban en torno a las palabras voladoras, como si se tratase de un reality de invasión marciana a lo Orson Welles.

He vuelto a leer el reportaje y me ha entrado la risa floja. En primer lugar, me he visto con la manera más ortopédica posible de agarrar un monitor para mostrarlo al público. En segundo lugar, lo da la morcilla me ha empezado a repetir, y eso que soy de Burgos. Y luego he pensado la imagen que se llevarían de mí los lectores que, por vez primera, traspasasen el umbral de este blog. Lo primero que destaqué en la entrevista fueron mis fracasos más que mis aciertos. Luego afirmo que encontré la clave de las cosas que quería contar. Cualquiera que se haya paseado por el blog, me verá como un pensador de carácter onanista, con ansias de poeta maldito, que se queja de todo para que las chicas se compadezcan y le pidan una cita y que se mete, en ocasiones, con todo bicho viviente para que todo dios le niegue la palabra y el saludo. Lo de cultural, se lo inventa él a base de enlaces y de mezclar las cosas del mundo con su propia vida. Misántropo, anacoreta y “tonto-los-güevos”, el autor de este blog se pasea por la red para contar lo que le da la gana, como le da la gana y pese a quien le pese. Le han dado hasta en el carnet de identidad, le miran con lupa cada palabra para sentirse insultados, le temen y le compadecen. Algunas buenas personas, hasta le aprecian y le quieren.

Mientras tanto, él se ríe de sí mismo, de su mundo y del mundo. De las palabras y de sus palabras. Y para que luego no digan que su blog no es cultural, se mete con todos los muertos de Rafael Ansón, ex-simio presidente de la Real Academia Española (de Gastronomía), que suelta perlas como ésta: “En los colegios e institutos no hay un solo profesor de alimentación o nutrición, pero es mil veces más importante saber comer que conocer la historia de la Edad Media”. Y yo, con mi inmenso bagaje cultural y mi delicado cuidado del lenguaje digo: “Hay que ver cuánto tonto-la-chorra anda suelto”.

He dicho. Bienvenidos. Pasen y vean. Y vuelvan, que el blog promete. Se lo digo yo. Y esta vez va en serio.

 

Read More

spring

Hoy ha olido a primavera en Burgos. El mercurio, acostumbrado a cobijarse en la parte baja del termómetro, ha decidido acompañar al sol y elevarse alto, con esas temperaturas que hacen que la gente salga a la calle y  que demuestra que Burgos es una ciudad con vida más allá del calor concentrado de los bares. Hacía falta calor en los cuerpos y en los corazones. Entre los descansos del trabajo, me he puesto a la tarea ingrata de pensar sobre nuestras vidas y he pensado en la mía. Dulcemente. Poco a poco. Debo de tener un síndrome, porque cada vez soy menos tolerante con las personas que me rodean (exceptuando un círculo cerrado de amigos, familia y gente a la que tengo un respeto sincero). Me molesta especialmente esa tendencia a ser “Maricón el último” y, mucho más que esto, me molesta esa tendencia victimista de los corderillos inocentes que aparentan no haber tirado ninguna piedra. Nunca. A nadie. El calor, esta tarde, ha provocado que mi sangre se encienda y se niegue a poner más mejillas de las que quepan en una cara normal y corriente. He pensado que cada cual es víctima de sus decisiones, de sus errores y de sus omisiones de auxilio y compañerismo. Los mofletes no están hechos para acalorarse a base de bofetadas, sino del sano calor tibio de estos días cercanos a la primavera. Lo digo como advertencia a los hijosdelagrán que andan por ahí sueltos. Que hace mucho tiempo que no sale a pasear mi tendencia cañera. Así que mariconadas, las justas.

(Imagen de Víctor Nuño)

Read More

Hay partes del cuerpo mucho más valoradas que otras. Pero siempre el reconocimiento depende mucho del contexto. Por ejemplo, si yo digo que los pies están sobrevalorados vosotros me diréis que no, que no tanto. Todavía no se ha creado gran discriminación racial por tener un pie egipcio o griego, pero cuando hay veintidós tíos que sí dan pie y bolo, van y ganan una pasta. Los pies son los grandes abanderados del polvo de talco y las plantillas que devoran el olor, pero no tienen nada que ver con la sofisticación del cuidado de las manos. A no ser que vayas con sandalias (o Adidas “Jesucristo”; las Adidas “Moisés” son zapatillas de suela de cáñamo), la pedicura está muy atrás de la manicura y las citadas plantillas en nada pueden competir con las cremas con las que enfundamos nuestras manos.

En esto de las partes del cuerpo, la apreciación va por barrios, pero -sobre todo- por sexos. Las mujeres se fijan más en unas partes del cuerpo (eso dicen, al menos) y los hombres nos fijamos en otras. Bien es cierto que no todos los hombres somos iguales, pese a lo que diga el dicho, y no todos nos fijamos en lo mismo, porque en todo hay perspectivas, de frente o de espaldas. Lo dicho, dicho queda, así que no digo nada. Las orejas sólo son discriminadas cuando son muy grandes o muy peludas. Conozco a uno que lleva el mismo corte de pelo desde que era pequeño. Incluso tras sus esporádicas visitas al peluquero, se deja unas briznas de pelo que enfundan sus grandes orejas. Como somos de confianza, he de decir que yo las he visto. Y no destacan tanto por grandes como por dejar pasar la luz en tonos de pergamino. Milagroso.

Hay partes del cuerpo que sirven para exagerar. De las mujeres, la que no lleve relleno que tire la primera teta. En cuanto a los chicos, albergamos jocosas interpretaciones del sistema métrico a nuestro favor, pero en cuanto nos enseñan un vaso de tubo nos echamos a temblar. El pelo sirve para echarse mechas o para afeitarse, si estás calvo y quieres disimular. La nariz sólo puede disimularse con un pañuelo y catarro sempiterno o con un paseíto por el quirófano. Las piernas pueden ser largas o cortas, pero nunca curvas… a no ser que lleves un polo de la Martina para jugar al Polo de la competencia. El corazón es el gran socorrido, ahora que falta poco para San Valentín, pero aporta muchas más satisfacciones el estómago, a no ser que se esté en una varonil y decadente cuarentena. La espalda, todo un mito. Te puede hasta tocar la loteria con un buen frote ajeno, pero nada te exime por estar cachas, porque todo depende de las pr0porciones (“Ancho de espaldas y estrecho de culo, maricón seguro”). Los labios y mandíbulas, todo un poema. Si tienes labio leporino te toman por un zangolotino. Y si tienes la mandíbula invertida bebes gratis cuando llueve. 

En fin, esto se alarga más que los intestinos puestos en “recto”, así que acabo abogando por los grandes desconocidos. Entre todos, yo me quedo con el “tercer ojo”. Pero no seáis guarros, que me refiero a la glándula pineal, integradora, según Descartes de cuerpo y alma. Y perdón, pero es una noche de sábado. Todo sea por la filosofía. 

(Imagen de Nintoto)

Read More

working-foot

No me atrevía, pero lo voy a hacer. Sacaré de mi negro interior una verdad que tenía metida entre los jugos gástricos y los higadillos. Daré pábulo a dimes y diretes, me atacarán por todos lados y me darán hasta el carnet de identidad. Pese a todo ello, lo voy a decir: soy clasista. Me gusta apreciar las diferencias entre los seres humanos, pero no sólo eso. Sin entrar en demagogias biempensantes, diré que, dentro de las diferencias humanas, no todas son igual de buenas. Así que empiezo.

No me gustan nada los que niegan o afirman con total rotundidad, obviando que entre el negro y el blanco habitan 256 matices. No me gustan nada las voces altisonantes, severas en sus juicios, con bocas que se retuercen en una mueca a la que llaman sonrisa. No me gustan los aprendices de dictadores. No me gustan los lacayos serviles, propensos a ocupar puestos elevados y que se niegan a admitir que las camarillas del poder siempre han hecho rodar cabezas, con o sin guillotina. No me gustan las personas importantes que no han hecho nada de importancia. No me gustan los que hablan de libros sin haberlos leído. Por principio, no me gustan las personas a las que no les gusta Mondrian. No me gusta el “crujiente de no-sé-qué-chorras”. No me gustan los profesores que cogen un libro de texto, mandan leer a un alumno y luego van deteniéndose para exhibirse en clases magistrales. No me gustan las personas que hablan para los tontos. No me gustan las personas que hablan para los listos. No me gusta la gente que tira la primera piedra. No me gusta la gente que dice: “El que venga detrás, que arree”. No me gustan ninguna de las profesiones en las que no se acuerdan de hablar de dinero cuando es suyo. No me gustan las personas que tienen que andar descalzas por el yate (en este punto -reconozcámoslo- hay un poco de envidia). No me gustan los meapilas. No me gustan nada todos aquellos que desearían que les enchufasen para hablar en una tertulia porque saben de todo. No me gustan las personas que no saben de nada. No me gustan las personas que no han probado el sabor de la arena y de la tierra. No me gustan los mimos. No me gustan los políticos (lo siento). No me gustan todos aquellos que piensan que son los más guapos. No me gustan nada todos aquellos que dicen que no quieren serlo. No me gustan todos aquellos que piensan más en el tener que en el ser. No me gustan las personas que sólo van al cine por los efectos especiales. No me gustan los que nunca han visto una película subtítulada porque dicen que no van al cine a leer. No me gustan los que sólo van al cine a ver películas iraníes. No me gustan los que dicen que el pisto, inevitablemente, lleva patata, ni aquellos que dicen que el pisto riojano no existe. No me gustan las personas a las que les gusta un sólo estilo de música. No me gustan los que nunca se han desmelenado. No me gustan los que nunca se han reprimido. 

En fin, queridos. Después de este post, me he quedado sin amigos. Tendré que abrir un nuevo blog con seudónimo y, a partir de hoy, tendré que ir por la calle con unas gafas de esas que llevan adheridos bigote, cejas y nariz prominante.

(Imagen de Bukutgirl)

Read More

orgasme

Sí, amigos de Verbavolant, sí. Ha llegado la noticia que más temíamos los hombres. Lo intuíamos ya de jovencitos. Cuando teníamos a una niña cerca y paladeábamos un polo de fresa, siempre llegaba un atildado infante con un bombón helado. Cuando fuimos creciendo, nuestras primeras novietas nos abandonaban por “el de la moto”. Más adelante, nuestro coche de segunda mano no podía competir con el GSI o GTI, fuera de nuestra “competencia”. Y ahora viene esta triste noticia que nos dice lo que ya sabíamos: las mujeres tienen más orgasmos cuando el hombre tiene más dinerito en la cartera. Dicen que los hombres, en pelotas y salvando las “distancias” somos todos iguales, pero aquel que tuvo el bombón helado, y luego la moto, y luego el GSI o el GTI, y luego el yate, y luego no-sé-qué-más, parece que tiene un mando inalámbrico conectado a la punta del níspero y señalando a su billetera y sus cuentas en las Islas Caimán.

Sólo me queda un consuelo. Dicen que todas las mujeres han fingido un orgasmo alguna vez en su vida. Ojalá lo hayan fingido con los ricachones. Por cabrones y sinvergüenzas.

(Imagen de Tina|Raval)

Read More

On

¿Es más dura una quincena sin conectarse a Internet o una quincena de abstinencia sexual? Lo contaba hace ya tiempo Francis Pisani haciéndose eco de un blog norteamericano: en Estados Unidos, las mujeres que tienen entre 18 y 34 años están divididas (el 49% se decantan por el ciberespacio), mientras que la franja de edad que media entre los 35 y 55 aumenta su pasión por Internet a medida que desciende su lujuria (52%). En el caso de los hombres, el 39% de los que se encuentran entre los 18 y l0s 34 optan por el ciberespacio, porcentaje que decae al 23% entre los talluditos entre 35 y 55.

Ya sabéis que yo no tengo nunca seguridades sobre nada, pero sí estoy convencido de algunas cosas: soy español, tengo 42 años y durante la útima quincena no he dejado de conectarme a Internet ni un solo día. Entre la desesperación, el agobio y la vergüenza, confieso que no estoy para pensar, así que dejo a mis amables lectores que entresaquen sus propias conclusiones. Mientras tanto, sigo intentando seguir vuestro rastro, palomitas mías.

(Imagen de Guillermo)

 

Read More