— Verba volant

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Cartas

 

Esta entrada está ideada para escucharla leyendo el texto. Después, obviamente, cada lector hace lo que le venga en gana.

Llamaba para decirte

Perdona que te llame a estas horas, cuando las calles todavía no existen, cuando los árboles no son más que sombras que amenazan, cuando el cielo es una incógnita. Perdona si secuestro tu sueño y lo intercambio por unas palabras sin coherencia. Solo llamaba para decir que me gusta que los bocetos de nuestras acciones sean un cuadro de Escher para que la vida imposible tenga una posibilidad. Llamaba para decirte que me gustan los paseos dibujados por las calles de París, que me gusta planear mi aterrizaje en Nueva York con más datos que los de la intuición. Que, una noche, degusté los sonetos de Sabina y que ahora he recuperado sus canciones, si es que alguna vez las perdí entre la memoria de lo demasiado conocido. Llamaba para decirte que el universo, sus miserias y sus alternativas es ahora más explícito después de leerlo en las palabras de Saramago. Llamaba para decirte que los secretos de la magia son, nada más y nada menos, los misterios de nuestra imaginación, que los registros de la memoria son más explícitos si se reúnen sobre los actos de los demás. Toda la vida, si se piensa, puede intentar sentirse con una fragancia más agradable que procure invadir los poros de la piel. Perdona que te llame a estar horas, cuando las calles no existen, cuando ni siquiera existen voces que no sean sino náufragos de la madrugada. Llamaba para decirte eso, nada más. Que pases buena noche, que los sueños se acompasen con los latidos de tu corazón.

(La imagen es de Plenty R.)

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Buzón

Acaba de salir un libro que promete ser interesante: Enviar. Manual de estilo del correo electrónico, de David Shipley y Wil Schwalbe (Taurus). Aunque, de hecho, la red está inundada de páginas en las que se nos proporcionan reglas para escribir estos documentos. Si hace unos cuantos años se daban por muertos los mensajes escritos en forma de cartas, sus hermanos pequeños (SMS y otros) y los más creciditos emilios (¡qué ingenio tenemos los españoles para crear y adaptar palabras, frente al soso y acomodaticio e-mail!) han recuperado e intensificado la comunicación interpersonal escrita, aunque sea por medio de otros cauces, con otros estilos y con diferentes variantes. La belleza de la carta manuscrita, el arte de escribir pausadamente las señas y el remite en el sobre y el ritual del pegado de sello casi han desaparecido, pero las palabras son palabras, aunque escondan detrás unos y ceros. Parafraseando a Quevedo, diríamos que serán unos y ceros, pero con sentido. El arte de escribir cartas era muy conocido por los retóricos medievales. Tanto, que originó un género denominado artes dictaminis o ars dictandi. Por razones profesionales, he tenido que meterme entre pecho y espalda (y no ha sido, a la postre, tanto una obligación como una tarea gozosa) las teorizaciones de muchos de estos tratados escritos en latín. Y Alberico de Montecassino, en el siglo XII, es el maestro que nos enseñó las partes de composición de una carta, las formas de comenzar a escribirla, las reglas que rigen los saludos y las despedidas, las mejores maneras de llegar hacia el lector de nuestras misivas… Como para todo en este mundo, hay que tener arte. Y nuestras comunicaciones por correo electrónico deberían de suplir el cuidado en los trazos por las letras por el cuidado de formas, tiempos y modos. No invadir nuestros buzones, elegir bien los destinatarios. Y apretar las teclas con mucho amor. Quizás, así, nos salgan mensajes más bellos.

(A título de anécdota curiosa, os comentaré que mi familia regentaba la librería de la Sociedad General Española de Librería en Burgos. Se encontraba en la calle Laín Calvo y hasta hace muy pocos años el cartel primitivo se adivinaba tras otro letrero más nuevo de una tienda ahora desaparecida. Decía mi padre que muchos soldados que estaban haciendo la mili en nuestra ciudad, casi analfabetos, se acercaban timoratos al mostrador preguntándole si tenían libros con modelos para escribir cartas. Mi padre, en vez de venderles el librito de turno (los había) y sacarse unas perras, cogía un papel, humedecía el lápiz con la lengua y, con sonrisa cómplice, le preguntaba: “A ver, ¿cómo se llama tu novia?” Y luego, tras el esbozo de gesto de agradecimiento del muchacho le decía: “No te preocupes. Ya verás, seguro que también ella te quiere. Y seguro que ella también te echa de menos”. Nunca repetía una carta. Siempre escribía unas líneas originales para los mismos sentimientos.Y es que las fórmulas, a veces, son el papel carbón de nuestro corazón.)

(Imagen de kiknok)

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