
Hace unos cuantos años, en el más amplio vacío de un paseo por el campo, sentí un ligero mareo inicial del que no guardo más recuerdo que sus consecuencias: un cuerpo desperezándose mojado de rocío, con una herida en la frente que destilaba sangre. No sé si ocurre en todos los casos, pero en mis desmayos soñaba. Ignoro si esos desvanecimientos duraban segundos u horas (me imagino que lo primero), pero eran sueños plácidos, de esos que el despertar interrumpe y te quedas sin saber lo más bello de la historia. Últimamente, no me desmayo. Pero solicito un deseo: si alguna vez me vuelve ocurrir, no quiero despertar: sólo quiero tener un sueño profundo, imaginando los delicados pasos de esta canción.