Hoy me he levantado soñando con números y, nada más desperezarme, he cogido un plato, una taza, una caja de leche, una cucharilla, una naranja, un cuchillo, un tarro de mermelada, un envase de margarina y un poco de paciencia. Mientras desayunaba, he pensado en estas nueve unidades. Animado, las he elevado al cuadrado. Ahora espero que llegue, al fin, algún día de suerte.
(Os recomiendo que cojáis la calculadora y hagáis la operación. Yo la he recordado gracias a Ciencia en el XXI . La imagen es de Ansik)
La anécdota es bien conocida: dos comensales sentados a una mesa adornada con una tarta enorme y suculenta en una habitación aislada. Uno de los comensales es goloso. El otro, prefiere lo salado y se ha puesto hasta las patas de marisco. El ansioso del azúcar se empieza a meter trozos de tarta entre pecho y espalda a dentelladas mientras el partidario de lo sabroso en la tercera acepción de la RAE mira indolente a su compañero pensando: «Es que a mi las tartas, ni fu ni fa». Una vez acabada la comida y vacía la sala, un experto en estadística extraerá la siguiente conclusión: cada uno de los manducantes se habrá comido el cincuenta por ciento del pastel.
Y sí, esto va de moda... pero de la moda de la estadística. Me gustaría hacer uso de la desambiguación, pero los amigos de Verba volant son ya conscientes de lo bonito que es para este que escribe no ser nunca demasiado claro (lo cual no es sinónimo de ser un señor oscuro). Yo no sé mucho de medias, medianas ni modas. Sé lo que he visto y lo que me han contado. Pero lo que veo no lo entiendo. Por ejemplo, no entiendo la moda de encuestas indiscriminadas y chorras: «¿Te gustaría viajar al espacio?». Pues claro, no te jode... Y si es gratis (que no lo es), mejor. «¿Cuántos idiomas hablas?»¿Cuálo? (sin embargo, la mayor parte de los encuestados -35%- dice saber tres). Veo hoy en El Paísuna sobre tatuajes. El 44% de los que responden (voluntaria y activamente, claro) dice tenerlo. Voy a ir esta mañana privando de camisa o prendas más íntimas a los viandantes para comprobar si aparece el amor de madre, la víbora hortera o las siglas de Fu Manchú en brazos, antebrazos, glúteos o punta del níspero. La curiosidad me abruma (por los resultados, no por la morbidez de las carnes. Que conste).
Otra encuesta rezaba: «¿Se guía de los anuncios a la hora de elegir un artículo?» El resultado, abrumador: el 86% afirma rotundamente que no y -lo más sorprendente para mí- tan sólo un 1% dice no saber y, por ende, no contestar (es gracioso también esto: en las encuestas es posible contestar «no contesta». ¿No sería más fiable calcular el número de personas que entra en la página y contar a los que no han votado?). Si la pregunta hubiese sido «¿Se guían los demás a la hora de elegir sus compras?», el resultado hubiese sería igual... pero a la inversa. Los expertos en publicidad y técnicas de mercado saben bien cómo las marcas están grabadas (y gravadas) en nuestro cerebro a través de la conciencia de marca (brand awareness) y el top-of-mind. Intentad hacer un recuento de marcas que tengan que ver con cosas que hayáis hecho desde que os despertáis hasta que salís de vuestra casa. ¿Seguro que la publicidad nunca ha influido en estas prioridades? ¿Requeteseguro? Ahora que la publicidad -como siempre- está en crisis, quizás seamos seres libres e independientes que elegimos lo que nos viene en gana sin que haya ningún tipo de mediación ni intermediario más o menos interesado.
Javier Capitán dedicaba hace unos días una entrada a un fenómeno curioso: durante la huelga de 24 horas en Telemadrid, se registró una audiencia media del 0,7%. Una audiencia muy distinta a los días gloriosos de Canal+ emitiendo con señal televisiva codificada las películas porno, cuando un conjunto de guarretes se dedicaba a ver «entre líneas» los movimientos y estiramientos lúbricos de las estrellas sin pagar un duro y con la imaginación tan enaltecida como... la punta del níspero.
Con su habitual gracejo, Hernán Casciari dedicaba otro post sobre las encuestas en el sublime Orsai. ¿Qué pasa con los que nos negamos a contestar a las encuestas, nos comemos la tarta... o la punta del níspero (con perdón para los lectores del blog y, sobre todo, para nuestras laceradas costillas)? Si queréis, vamos al cincuenta por ciento.
Lo leía hace ya unos cuantos días en un titular de lo más sugerente: «Vago, a letras; empollón, a ciencias». Sea la presión familiar, sean los estereotipos, sean -esto es lo más probable- chorras en vinagre, parece que estamos abocados a las etiquetas. Dicen que yo soy de Letras. Al menos, eso pone en mi título. Yo no llego a creerme estas distinciones y creo que mi título dice una cosa, pero mi cerebro puede decir otra cosa muy distinta. Ahora bien: yo sería, según el marbete del artículo citado, sociable, simpático y abierto, pero vago, incapaz, despreocupado e indeciso. Y, por contra, no soy ni inteligente, ni serio, ni responsable, pero tampoco individualista, insociable, aburrido y materialista. Además, parece que pertenezco más al lado de las chicas (cuando os cuente en otra entrada una pequeña anécdota que me ocurrió el otro día en el concierto de Fangoria, os vais a partir), porque eso de las letras es muy femenino, mientras que los números son para las masculinas cabezas cuadradas de ciencias.
Creo que acabamos creyéndonos las cosas a base de repetirlas y repetirlas, así que yo, por mi parte, propongo varias cosas: una, realizar un ensayo clínico en plan doble ciego para comprobar si son ciertas esas afirmaciones apriorísticas; otra, dejar de mirarnos el ombligo y sacudirnos los galones con los que nosotros mismos nos condecoramos: conozco a una subnormal profunda -con perdón para todos los discapacitados mentales- que piensa que, por saber algo de números, líquidos varios y esas cosas y hacer una carrera de fondo (tardó lo que no sabe nadie para acabar una carrera «de Ciencias») se cree la bomba; pero también conozco a algún que otro engreído «de letras» que abomina de las ciencias hasta enciscarse en la palabra misma y convertirse en el adalid de la culturageneral. Como ya sabéis que yo soy alguien seriamente incapacitado para entender las cosas -y lo digo totalmente en serio-, no sé todavía muy bien qué son las Ciencias y qué son las Letras. Y llego a sospechar que -quizá- estas separaciones cada vez son más oblicuas fuera del mundo académico. Y puede que también lo sean dentro del mismo.
Casi para acabar, tampoco estaría de más que dejásemos a nuestros chicos -nuestro futuro- elegir con prudencia y cabeza, pero alejados de extrañas presiones familiares y sociales, escondidas o por esconder. Los prejuicios son doblemente malos en el caso de las familias, que quieren un proyecto de hijo más que un proyecto de persona. Me ha contado un pajarito que a un adolescente un día le dio por decir que él de mayor quería ser notario. Si hemos de ser sinceros, no puedo llegar a creerme que un jovencito quiera ser notario (millonario directamente, quizá; pero nunca un aburrido notario) si no es porque dentro de ese deseo subyace el de una familia con ideales triviales y vagamente «selectos».
En todo caso, hay casos de vagos en todas partes. Y también de tramposos. Quizás también de sinvergüenzas. Pero si auténticamente queréis saber cuál es el papel de las letras y de las ciencias, leed este artículo de Juan Cueto. Os aseguro que, pese a estar firmado en 2005, será una auténtica lección de actualidad. Para los de Letras y para los de Ciencias. Para saber, de una puta vez, que el mundo que nos toca vivir no es el que era. A ver si nos enteramos los de «Letras» y los de «Ciencias».
Pues sí, el sarcasmo, esa bonita palabra de avieso significado, esa burla o esa ironía escoltadas por unos adjetivos fieles y políticamente incorrectos (sangrienta, mordaz, cruel) está alojado en el parahipocampo y se accede a él vía resonancia magnética, tal y como ha investigado la doctora Katherine Rankin. Yo no lo sabía, pero rebuscando por ahí me entero de que la etimología del sarcasmo no es menos bella: tiene su origen en una palabra griega que llevaría a pensar que el sarcasmo es algo así como cortar un pedazo de carne de una persona a la que tengamos entre ceja y ceja. Me gusta saber también -reconozco mi sarcástica monstruosidad- que el sarcasmo es todo un compendio de habilidades sociales cogidas por el envés, dado que uno no puede ser sarcástico sin tener un perfecto conocimiento de la manera de dañar a los demás por la vía oral para llegar hasta el vericueto más intrincado del corazón agraviado. Los que somos así no dejamos de serlo por un sereno arrepentimiento moral, sino por encontrarnos en un preocupante proceso de regresión frontotemporal. No deja de ser curioso también que el hipocampo albergue muchas de las más importantes funciones de la memoria episódica y nuestras habilidades espaciales (lo que es equivalente a afirmar que el sarcasmo es menos una intención de palabras que una expresión de los espacios): parecemos pergeñar nuestros dardos verbales con un tinte de reminiscencia malamalísima a golpe de GPS para asestar el golpe de gracia en el más justo centro. O sea que, tal y como dicen los investigadores, nuestra capacidad lingüística se aloja en el hemisferio cerebral izquierdo pero el lenguaje no literal requiere la activa participación del hemisferio derecho. Los sarcasmos serían, por lo tanto, ganchos de izquierda rematados por derechazos directos a la mandíbula. Algunos intentan ser sarcásticos a golpe de manual, pero creo que el sarcasmo es un don de la malvada naturaleza. Y es el hermano mayor de otros grandes aportes de la humanidad: el cinismo y la ironía. No nos miréis mal, gentes de bien: no somos salvajes. Somos, simplemente, divertidamente malos.
Parece que nuestra percepción de la belleza, nos guste o no, tiene un fuerte componente genético. Y empiezan a proliferar los estudios que así lo avalan: el médico Ulrich Renz ha publicado La ciencia de la belleza, la psicóloga Nancy Etcoff lleva muchos años dándole vueltas a estos asuntos (por ejemplo, en su libro Survival of the Prettiest. The Science of Beauty o su estudio La verdad acerca de la belleza) o VictorJohnston, eminente psicobiólogo que mantuvo una interesante entrevista con Eduardo Punset en Redes. El denominador común de muchos de estos estudios es que nuestra percepción de la belleza de los que nos rodean posee un denominador común más o menos universal, fundamentado en la reproducción y en la selección natural. ¿Dónde queda la belleza interior? Parece que en ningún sitio que no sea el de los constructos sociales. Frente a ellos, permanecen indelebles los elementos naturales de la belleza física externa. La belleza física, según Renz, rompe el principio de igualdad entre los seres humanos: el que nace bello parte con una significativa ventaja inicial en su relación amorosa -y social- con los otros. El interés que siempre ha tenido la belleza a lo largo de la historia de la humanidad (con el arte como su reflejo) se palpa de forma manifiesta en la avalancha de nuestro nuevo siglo por intensificarla falsificándola: los nuevos tratamientos quirúrgicos, gimnásticos, protésicos e inyectables se inclinan por la modificación de unos parámetros que nos vienen dados desde el momento de nacer. Las señales biológicas son esenciales en nuestra percepción de la belleza y nos conducen a los hombres a buscar rostros con bajos índices de testosterona y grandes niveles de estrógenos, escondidos en mandíbulas estrechas, labios grandes, pómulos marcados y proporciones matemáticas entre caderas y cintura. Todo ello en vías a la búsqueda de la fertilidad, uno de los parámetros que buscamos genéticamente los hombres tras una mujer bella. En el caso de las mujeres, se buscan inicialmente hombres con indicadores óptimos en su sistema inmunológico, en la búsqueda de un buen individuo con el que mezclar sus genes para que los hijos puedan tener grandes posibilidades de salud y supervivencia. Pero todavía es más curioso que la percepción de la belleza en las mujeres varía según su período de evolución: caras «masculinas» para buscar deslices, aventuras, en los momentos de alta posibilidad de embarazo, rostros más «femeninos», que aportan ternura y confianza en momentos en los que el embarazo es improbable. Por eso la belleza tiene tanta relación en los humanos como el amor: Helen Fisher, antropóloga estadounidense (que también intervino en el programa de Punset; es muy interesante, asimismo, la entrevista que mantuvo con El País), pone de manifiesto todas estas cuestiones en su libro Por qué amamos (Taurus, 2004) y aprecia las sensibles diferencias entre diferentes estadios amorosos porque estas diferentes etapas buscan objetivos distintos, como pueden ser la procreación y la conservación de la especie. Las famosas proporciones del «Hombre de Vitrubio» parecen tener correspondencias en todas las épocas y las culturas, pero también existen índices de estos indicadores equitativos en el resto de la naturaleza. Ahora tan sólo queda estudiar el interés cultural que tiene la transición de la consideración de la belleza a la ponderación de la fealdad (una vez más, Umberto Eco ha tenido la oportunidad teórica de hablar de estos elementos estéticos «opuestos» en libros que quedan separados por unos cuantos años). Va a resultar, al final, que el debate entre Apolo y Dionisio no es una lucha conceptual, filosófica, cultural, sino que hunde sus raíces en lo más íntimo que tenemos los seres humanos. Del desprecio y el «peligro» de los feos a la música de los Sírex, hay sólo un paso.
(La fotografía es de Alberto Ferarios, al que agradezco el permiso para su publicación en este blog)
Una buena parte de los ansiosos de pasar sus cálculos científicos del cerebro al papel son unos tíos muy precavidos que recurren fielmente al LaTeX. Es lo que tiene poseer una mente analítica. Los de letras, que son muy dispersos (es la palabra que no se atreven a emplear: ellos lo llaman «genio artístico») son más amigos del pimpampún, ras-ras o zaca-zaca. Por las bravas. Se plantan delante del asunto y dicen: «Es que soy alérgico al LaTeX», o «Me gusta más ir a lo primitivo. Es más divertido». Son unos inconscientes: si lo conociesen bien, verían que el LaTeX se ajusta también como la seda a sus atávicas necesidades de juntar, atar y organizar unas cuantas letras.