— Verba Volant

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Ciencias y letras

94-58-92

No, no va de coña, lo digo muy en serio. Entre otras cosas, porque es un pleonasmo como la copa de un pico (el que quiera saber qué quiere decir pleonasmo, quizás tendría que saber algo de latín o griego, pero eso no importa). Digo que defender esto es de cajón de madera de pino: todo el mundo sabe que las Matemáticas están más vivas que nunca, sobre todo aplicadas a la Economía. A fin de cuentas, las crisis se hacen con números de esos que se borran con la goma del lapicero. El Latín, todo el mundo lo sabe, es una lengua muerta. Y el Griego, una auténtica cochinada.

Por eso, entiendo perfectamente las voces que gritan más o menos [actualización: en Gaussianos no se habla nada en contra del Latín, sino de acudir, también, al sentido común] agudamente contra una de las felonías de la nueva ley educativa: que ahora un alumno en el nuevo Bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales tiene como asignatura sí o sí el Latín, pero puede no elegir las Matemáticas. Todos alzan la voz con el mismo y evidente ejemplo: ¿Cómo es posible que un alumno de Económicas, ADE y grados afines pueda empezar su periplo universitario sin haber dado esa asignatura en el Bachillerato? No es solo una barbaridad, es una mierda, una cagada como la copa de un pino. (Aunque me llama mucho la atención una cosa que ocurría con el Bachillerato “de Ciencias” y que, si mi conocimiento de la estructura del Bachillerato no se ha oxidado, también ocurría/ocurre: un alumnos de Ciencias de la rama biosanitaria de los de toda la vida podía pasar por 2.º de Bachillerato… sin cursar Matemáticas II. Pero esa es otra historia.). Yo, desde luego, no lo pongo en duda.

Sin embargo, me llama poderosamente la atención que, durante ya muchos años, demasiados, ocurra lo mismo con los alumnos que acceden a otros grados (esos que Wert desaconseja estudiar, porque no sirven para nada) de las llamadas Humanidades podían llegar sin tener ni zorra de Latín. Ni zorra idea, oigan. Las Matemáticas, aunque en niveles muy bajos, se han dado siempre. El Latín podía no darse nunca. Nadie chillaba, gritaba por la injusticia y la estulticia. También es cierto que las estructuras antiguas y actuales de los bachilleratos de Humanidades no se lo han puesto fácil a los alumnos: eran opciones tan arriesgadas y cerraban que asustaban al más pintado. Del Griego ya no vamos a hablar, recordemos lo dicho más arriba y que su práctica está desaconsejada, especialmente en países árabes o en Rusia.

Lo lógico y lo normal es que los que vayan a hacer Económicas estudien Matemáticas y los que vayan a hacer un grado relacionado con las Humanidades hagan Latín. Y, los que hagan Derecho, elijan entre la importancia indudable de la Economía o la no menos dudosa del Derecho Romano. Y los que hagan Periodismo, que lo mediten. O, si no, que se lo jueguen a cara o cruz.

Ah, se me olvidaba algo, solo una minucia. Un pequeño detalle. El alumno que quiere estudiar un grado relacionado con la Economía y decida no escoger Matemáticas es imbécil. Y uno que decida estudiar un grado de Español y no coja Latín es idiota. (Y, sí, está el término medio, importante, el de los indecisos. Para ellos, más allá del sentido común, deberían hacerse las leyes.)

(La imagen es de Chicho Valentino.)

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Por azares del destino, he acabado reflexionando mucho sobre la norma, la norma lingüística y la norma y regulación ortográfica. He de confesar que jamás lo intuí, nunca lo pretendí. Mi formación en el terreno de la Lingüística me llevaba a tomar cualquier tipo de variante como rasgo digno de ser analizado dentro del sistema y a no pensar directamente en su (in)corrección.

A lo largo de los años, fui notando la percepción que, desde fuera, se tenía de todo aquel que hubiera estudiado Filología Hispánica: en el fondo, todo se resumía a preguntar y repreguntar sobre lo que estaba bien dicho y lo que no, lo que estaba bien o no escrito. Todo ello suponía olvidar un principio esencial: que la La lengua no es de nadie, y mucho menos de los filólogos. La lengua es de todos. Y ese es su principal privilegio. Lo malo es que, con ser de todos, acaba por no ser de nadie: suma de descuidos, ignorancias y vacíos.

He impartido bastantes cursos sobre estos temas: hace unos cuantos años, a funcionarios de la Junta de Castilla y León; desde hace poco, a profesores de secundaria. En todas estas jornadas de intercambio, he descubierto varias cosas: la primera, que no hay que dar nada por sabido, ni siquiera lo mínimo, lo aparentemente fácil; la segunda, que existe auténtico interés, verdadera inquietud para escribir bien, correctamente. El mejor ejemplo me lo puso un profesor de una prisión: según decía, los presos pedían cursos de formación de ortografía porque, según su percepción, ese era el primer peldaño para una buena formación, para subir el escalón cultural y, por lo tanto, ascender en el escalafón social.

Pero todo esto no nos tiene que llevar a ser optimistas. Solo están interesados en aprender aquellos que son conscientes de sus carencias. Incluso los formadores, los profesores, las tenemos. En mi caso, me paso el día mirando el diccionario, las gramáticas, reflexiono constantemente sobre el uso que se le da a la lengua y el que le doy yo, personalmente. Y cada día me surgen nuevas dudas, nuevas inquietudes. Y soy consciente de que soy el primero que me equivoco (o, a veces, no lo soy y, por ello, soy doblemente culpable).

Otro aspecto de mejora sería el de la formación de todas estas cuestiones desde los primeros años escolares. Sorprendentemente, seguimos con los mismos métodos, las mismas rutinas. Fórmulas redichas, que no son eficaces y que no debería creerse nadie. No nos extenderemos en este asunto, pero todavía nadie ha demostrado que hacer mil dictados lleve a mejorar la ortografía. Hay otras propuestas y otras metodologías, pero hay que conocerlas. Y nadie ha dicho que aprender cosas nuevas sea fácil, aunque sí puede ser divertido.

¿A qué viene todo esto, hoy? A la despreocupación que veo por parte de algunos responsables en el ámbito universitario por las cuestiones ortográficas, por la pulcritud en la expresión escrita. Somos culpables los profesores, porque perdonamos lo imperdonable y sacamos al mundo de los graduados a personas que no tienen la soltura necesaria. Son culpables las normativas y los reglamentos, porque deberían ser mucho más claros al respecto. Son culpables las autoridades académicas, cada una en su ámbito, porque no promueven planes de formación para el personal de administración y servicios ni para los cuerpos docentes. En los años que llevo dedicándome a esto, basta hacer un test sencillo para comprobar que (casi) nadie tiene los conocimientos deseables. Y luego pasa lo que pasa. Por ejemplo, que un gran colectivo de alumnos reciba, de forma institucional, un mensaje de correo plagado de faltas de ortografía.

Y luego, al final, del camino, lloramos.

(La imagen es de Daniela Hartmann.)

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Este semestre empezamos las asignaturas de Pragmática y de Semiótica en la universidad y, gracias a ellas, están surgiendo importantes temas de debate dentro y fuera de las clases a raíz del papel de estas disciplinas, relacionadas, entre otras, con la Lingüística, la Filosofía del Lenguaje, la Teoría de la Comunicación o la Teoría de la Literatura.

Uno de las cuestiones que aflora en estas conversaciones y debates es la sorpresa de muchos ante unas asignaturas tan técnicas como para ser “de Letras”. En nuestra sociedad, desde hace mucho tiempo, se ha utilizado incluso la valoración de las Humanidades para trivializarlas y, en el fondo, para negarles su sentido último. Se habla, por ejemplo, de la cultura general y de las Humanidades como argumento para la defensa de estas, cuando establecer las Humanidades como generalidad es una manera de dejar su estatus cultural y científico en el barniz. De este modo, parece que los estudios “de Letras” sirven, por ejemplo, para participar en concursos de televisión (siempre que se emitan en La 2) o, como mucho, como glorioso complemento (léase complemento en el sentido de una planta  o sección concreta de El Corte Inglés) de saberes más serios, por aquello de más útiles. Uno, por ejemplo, se dedica a estudiar ADE para prosperar en la vida y luego lee un anecdotario de historia para adornarse en las cenas familiares. Es obvio que la cultura general es eso, general y, por lo tanto, abarca tanto a la Música como a la Física, tanto al Arte como a la Biología. Saber cuatro cosas sobre Mozart no nos hace musicólogos, del mismo modo que tener algún conocimiento sobre cómo funciona una central nuclear nos convierte en un experto al que confiaríamos nuestra seguridad.

No tener en cuenta lo arriba apuntado supone que para la sociedad,  los que aprendemos y los que enseñamos (aquellos que Joubert afirmaba atinadamente que aprendemos dos veces) nos dedicamos durante cuatro año a tratar aspectos tan profundos que nos valdrían para triunfar sin paliativos en cualquier partida de Trivial. No dudamos ni un segundo de que un estudiante de Ingeniería dedica su magín a cosas de enjundia inalcanzable, mientras que un estudiante, por ejemplo, de un Grado en Español (la antigua Filología Hispánica), se dedicará a indagar un poquito de la vida de Lope de Vega, a estudiar el sujeto y el predicado y, sobre todo, a aprender si están bien o mal dichas todas las expresiones del mundo para resolver las dudas a aquellos que no se quieren molestar en mirar un diccionario.

Me preocupa mucho esta visión de las cosas no tanto por la valoración que se puede hacer de nuestro trabajo o de nuestro conocimiento –uno tiene el culo tan pelado que ha optado por la senda del estoicismo abnegado–, sino por el hecho de que, con estas concepciones, estamos intentado deslindar lo importante parcelándolo solamente en algunos campos y negando que cualquier cosa relacionada con las llamadas Humanidades pueda tener un interés útil para la vida. En definitiva, elevando a los estudios humanísticos a la dudosa categoría de florero, contenedor además de flores marchitas o, quizás, artificiales e impostadas.

Los que nos dedicamos al estudio e investigación en las Humanidades seríamos algo así como unos tahúres que dedican toda su vida a intentar dar gato por liebre o, como mucho, a dar una capa de betún a la realidad. Sin embargo, todo aquel que se ha molestado en conocer en profundidad algunas de estas disciplinas, no se sorprende al descubrir que tienen muchos más elementos aplicados y “científicos” de los que podrían esperar algunos. Y, sobre todo, que son útiles y de aplicación directa (o mediata, como muchos otros conocimientos “científicos) en nuestra vida cotidiana.

Muchos de los que vocean con mucho convencimiento y con poco seso, muchos de los que reniegan sin haber reflexionado detenidamente sobre muchos temas, muchos de los que creen que saben sin haber estudiado nada, muchos de los que creen que llegan al conocimiento por su grandísimas capacidades o, quizás, por ciencia infusa, se sorprenderían de lo que pueden llegar a descubrir si, alguna vez, su prepotencia les dejase ver lo que hay más allá del espejo. Y al otro lado.

(Imagen de K3stO.)

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galleta2punto0

La entrada de hoy sólo tiene la intención de apostillar de manera muy breve algunos aspectos de mi post anterior, así como glosar de forma libre algunos de vuestros comentarios. Defiendo la Enseñanza 2.0 con el mismo ahínco que defiendo cualquier Enseñanza que se escriba con mayúsculas. Y la Enseñanza 2.0 ha de contar con varios pilares: profesores 2.0, contenido 2.0, alumnos 2.0. No creáis que me olvido: también tecnología 2.0 (y presupuesto “2.0” y políticos 2.0). Manuel Andrés -un profesor de secundaria al que debo mi pasión por la Filosofía, un conocimiento más inicial pero riguroso del análisis literario y el descubrimiento de la carrera de Filología- me lo comentaba un día con precisión: del mismo modo que las técnicas quirúrgicas avanzan y nadie se sometería a una operación de menisco con las tácticas de hace treinta años, los profesores debemos también de utilizar las técnicas más avanzadas (cuando son mejores, sin dejar de lado los aspectos positivos de las antiguas). Los tiempos actuales son los que son (mejores, peores, iguales… ¡quién lo sabe!) pero tenemos que aprovecharnos del mundo que nos circunda y no renegar de él, como el judoka sabe que se combate mejor aprovechando la fuerza de su oponente. Necesitamos sacar lo mejor de nosotros mismos, estamos obligados a entresacar lo mejor de los contenidos (y enseñarlos y sugerirlos e incentivarlos y reforzarlos) y también estamos destinados a sacar lo mejor de nuestros alumnos. Que lo tienen. Y mucho.

Las Humanidades serán las que las circunstancias, el contexto y los políticos quieran, pero también lo que nosotros dejemos que sean. Hacemos poco favor a las Humanidades oponiéndolas de forma tonta a las Ciencias (conozco a algún profesor al que se le anega la boca de mala baba cuando ataca a los docentes de ciencias, mientras él mismo defiende su disciplina con la palabra ciencia por delante). Lo interesante no es oponer, porque nada es opuesto a nada (quizá), sino saber en qué lugar está cada uno, por qué y para qué.

Crear una Enseñanza (2.0) de las Humanidades 2.0 no garantiza nada (mejor ni peor), pero nos adentra en el mundo en el que vivimos, con la enseñanza dentro, que es lo que las Humanidades han intentado hacer siempre. Es una enseñanza que no desprecia nada, sino que acoge. Una enseñanza que no abomina, sino integra. Una enseñanza que tiene la obligación de asumir la interacción de las nuevas tecnologías porque eso -también- son las Humanidades de nuestra era.

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Cielo con estela de avión

Ayer por la mañana se me ocurrió escribir una entrada. No quiero decir -claro- que en otras veces las entradas no se me ocurran y se escriban solas, pero sí es cierto que hay otras muchas ocasiones en que se me ocurren después de estar sentado ante la pantalla y (casi-casi) con las manos enganchadas en las teclas. Y se me han ocurrido muchas cosas para contar, lo que pasa es que ya estaban contadas de manera más precisa y contrastada por Pedro Ojeda (su análisis sobre la Universidad española es encomiable y digno de mención). Por lo tanto, me voy a permitir el lujo de comentar las cuestiones más diversas con relativo orden y concierto.

Lo primero sería hacerse una pregunta: ¿qué pintan las Humanidades en el mundo contemporáneo? La respuesta inmediata que me viene a la mente es “Todo”,  lo cual -bien es cierto- es una manera de decir “Nada”, máxime con que el no-sé-dónde firmante tiene un título en el que pone algo así como “Filosofía y Letras”. Algunas veces he comentado a quien me ha querido escuchar que me parece bastante inútil establecer una oposición demasiado maniquea entre las Ciencias y Letras. Entre otras cosas, porque no sabría yo dónde poner la palabra Cultura sino a caballo entre las unas y las otras. Con el bagaje de ser durante ya demasiados años profesor de Filosofía, tengo el culo más pelado que un mono. Para los científicos, la Filosofía es una divagación generalista; para los “letristas”, la Filosofía es una cosa más bien rara digna de aprenderse de memoria. Por si acaso.

Concibo la cultura y -como tal- las Humanidades como un estudio lo suficientemente específico como para apretar y lo medianamente amplio como para abarcar. Lejanos como estamos de ese conocimiento todo abarcado y abarcable por un solo hombre (si ello fue alguna vez posible, cosa que dudo), quizá nunca hemos estado más cerca. Desde la Enciclopedia francesa, como colofón de los más de mil y un intentos serios de abarcar el saber, nunca hemos estado más cerca del conocimiento generalista y especializado. Lo cual, como he dicho antes, también nos hace estar ubicados a muchos en el deseo relajado de no interesarnos por conocimiento alguno. Tenemos a golpe de clic la explicación visualizada de algún confín de la galaxia con el mismo detalle que el vientre de un insecto, aunque hay escandalosas lagunas en toda esta Red que no logra atrapar todos los peces. ¿De quién es la culpa? Ahí es donde entramos nosotros.

La Red supone -en su concepción de Red 2.0– un conocimiento y relación colaborativa. Los juglares, malabaristas, cómicos y saltimbamquis;  los trovadores, ilusionistas, concertistas y dramaturgos; los articulistas, (v-f-w)blogueros, periodistas y novelistas; los tenistas, atletas, baloncestistas y gimnastas; los técno-mercaderos, los empresarios, los mayoristas y libreros; … tienen aquí y ahora asido por el mando de la tecnología toda la sartén con el aceite hirviendo. Sólo queda echarle el huevo frito. Y -claro-, hacen falta gallos, gallinas, partos fallidos y cotidianos y frutos de todo ello.

Los encargados de difundir y enseñar cultura -los profesores, pero ahora también todos los ciudadanos- tenemos que asumir ese papel de forma activa. La Red tiene herramientas maravillosas que ahora están infrautilizadas. No se aprovechan bien los recursos. Por poner un paralelismo bastante gráfico, hagamos memoria de cómo eran antes los catálogos de las bibliotecas. Mis lectores más jovenzuelos no darán crédito si les decimos que se manejaban fichas ajadas, que había que “saber buscar” (y encontrar) la información, que lo más nuevo que había eran los periódicos y el BOE. Nada de novedades, nada de multimedia, nada de películas (los soportes no existían o no lo permitían)… Ahora las bibliotecas -las buenas y las malas- son centros con los fondos localizables (al menos en la pantalla) y el acceso a la información es más rápido. Y más barato. Mientras tanto, en las aulas los profesores hemos optado por varias posibilidades. Una, desempolvar cada año los mismos apuntes y leérselos a los alumnos. Dos, haber cogido esos apuntes desempolvados para pasarlos a un ordenador, imprimirlos y pasarlos a la fotocopista. Tres, haber cogido esos apuntes desempolvados, realizar unas rudimentarias transparencias y cascarlas en una proyección en clase. Cuatro, haber cogido esos apuntes desempolvados y sus correspondientes transparencias y haber hecho el esfuerzo modernizador de hacer un bonito PowerPoint y volvérselo a cascar a los alumnos como si nada. Creemos que estas cuatro soluciones son diferentes, pero son iguales en esencia. Ahora el conocimiento es tan accesible y tan rápido que cualquier avispado tiene a dos pantallas información tan actualizada como la que nosotros manejamos. El mundo de las Humanidades -creo- ha de adaptarse a los nuevos tiempos de manera radical, lo cual no significa renunciar a los grandes momentos que la enseñanza magistral tiene. Me gusta ese concepto etimológico de la enseñanza como pedagogía, que viene a tener a un enseñante-tutor casi junto a nuestros pies (pero no esclavizado, pero no servil, pero no ninguneado, pero no menospreciado) y manejar las herramientas que tenemos a nuestro alcance. 

Creo firmemente en la Cultura -si es que existe- y en las Humanidades -si es que no las hemos matado. La supervivencia, en mayor o menor medida, depende de nosotros, de nuestra participación en un mundo que debemos explicar. El conocimiento, como biblioteca, está ahí. Las estanterías están puestas. Pongámonos el traje de faena y llenemos los estantes. Entre todos. Ya.

(Y lo siento. Me he marcado un Rollo 1.0)

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Hace unos días, me dio un arrebato e hice lo que deseaba, que no era sino comprarme un iPhone. Me gusta porque hago cosas que realizaba antes de manera más costosa. Me gusta porque hago cosas que antes realizaba de otra manera. Me gusta porque hago cosas que antes no hacía. Sobre todas las cosas, me gusta porque es bello. Y desde ahora mismo me gusta mucho más. Ahora también me sirve para contar historias. Aunque sean las de siempre y yo sea el mismo con un nuevo apéndice en la mano.

(Como el aparato tiene muchas virtudes pero no se deja fotografiar a sí mismo, la foto está tomada de la pantalla, que oscurece la realidad y su esplendor.)

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Ábaco

Hoy me he levantado soñando con números y, nada más desperezarme, he cogido un plato, una taza, una caja de leche, una cucharilla, una naranja, un cuchillo, un tarro de mermelada, un envase de margarina y un poco de paciencia. Mientras desayunaba, he pensado en estas nueve unidades. Animado, las he elevado al cuadrado. Ahora espero que llegue, al fin, algún día de suerte.

(Os recomiendo que cojáis la calculadora y hagáis la operación. Yo la he recordado gracias a Ciencia en el XXI . La imagen es de Ansik)

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Mate

La anécdota es bien conocida: dos comensales sentados a una mesa adornada con una tarta enorme y suculenta en una habitación aislada. Uno de los comensales es goloso. El otro, prefiere lo salado y se ha puesto hasta las patas de marisco. El ansioso del azúcar se empieza a meter trozos de tarta entre pecho y espalda a dentelladas mientras el partidario de lo sabroso en la tercera acepción de la RAE mira indolente a su compañero pensando: “Es que a mi las tartas, ni fu ni fa”. Una vez acabada la comida y vacía la sala, un experto en estadística extraerá la siguiente conclusión: cada uno de los manducantes se habrá comido el cincuenta por ciento del pastel.

Y sí, esto va de moda… pero de la moda de la estadística. Me gustaría hacer uso de la desambiguación,  pero los amigos de Verba volant son ya conscientes de lo bonito que es para este que escribe no ser nunca demasiado claro (lo cual no es sinónimo de ser un señor oscuro). Yo no sé mucho de medias, medianas ni modas. Sé lo que he visto y lo que me han contado. Pero lo que veo no lo entiendo. Por ejemplo, no entiendo la moda de encuestas indiscriminadas y chorras: “¿Te gustaría viajar al espacio?”. Pues claro, no te jode… Y si es gratis (que no lo es), mejor. “¿Cuántos idiomas hablas?”¿Cuálo? (sin embargo, la mayor parte de los encuestados -35%- dice saber tres). Veo hoy en El País una sobre tatuajes. El 44% de los que responden (voluntaria y activamente, claro) dice tenerlo. Voy a ir esta mañana privando de camisa o prendas más íntimas a los viandantes para comprobar si aparece el amor de madre, la víbora hortera o las siglas de Fu Manchú en brazos, antebrazos, glúteos o punta del níspero. La curiosidad me abruma (por los resultados, no por la morbidez de las carnes. Que conste).

Otra encuesta rezaba: “¿Se guía de los anuncios a la hora de elegir un artículo?” El resultado, abrumador: el 86% afirma rotundamente que no y -lo más sorprendente para mí- tan sólo un 1% dice no saber y, por ende, no contestar (es gracioso también esto: en las encuestas es posible contestar “no contesta”. ¿No sería más fiable calcular el número de personas que entra en la página y contar a los que no han votado?). Si la pregunta hubiese sido “¿Se guían los demás a la hora de elegir sus compras?”, el resultado hubiese sería igual… pero a la inversa. Los expertos en publicidad y técnicas de mercado saben bien cómo las marcas están grabadas (y gravadas) en nuestro cerebro a través de la conciencia de marca (brand awareness) y el top-of-mind. Intentad hacer un recuento de marcas que tengan que ver con cosas que hayáis hecho desde que os despertáis hasta que salís de vuestra casa. ¿Seguro que la publicidad nunca ha influido en estas prioridades? ¿Requeteseguro? Ahora que la publicidad -como siempre- está en crisis, quizás seamos seres libres e independientes que elegimos lo que nos viene en gana sin que haya ningún tipo de mediación ni intermediario más o menos interesado.

Javier Capitán dedicaba hace unos días una entrada a un fenómeno curioso:  durante la huelga de 24 horas en Telemadrid, se registró una audiencia media del 0,7%. Una audiencia muy distinta a los días gloriosos de Canal+ emitiendo con señal televisiva codificada las películas porno, cuando un conjunto de guarretes se dedicaba a ver “entre líneas” los movimientos y estiramientos lúbricos de las estrellas sin pagar un duro y con la imaginación tan enaltecida como… la punta del níspero.

Con su habitual gracejo, Hernán Casciari dedicaba otro post sobre las encuestas en el sublime Orsai. ¿Qué pasa con los que nos negamos a contestar a las encuestas, nos comemos la tarta… o la punta del níspero (con perdón para los lectores del blog y, sobre todo, para nuestras laceradas costillas)? Si queréis, vamos al cincuenta por ciento.

(Imagen de .meow.!)

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Retro

Lo leía hace ya unos cuantos días  en un titular de lo más sugerente: “Vago, a letras; empollón, a ciencias”.  Sea la presión familiar, sean los estereotipos, sean -esto es lo más probable- chorras en vinagre, parece que estamos abocados a las etiquetas. Dicen que yo soy de Letras. Al menos, eso pone en mi título. Yo no llego a creerme estas distinciones y creo que mi título dice una cosa, pero mi cerebro puede decir otra cosa muy distinta. Ahora bien: yo sería, según el marbete del artículo citado, sociable, simpático y abierto, pero vago, incapaz, despreocupado e indeciso. Y, por contra, no soy ni inteligente, ni serio, ni responsable, pero tampoco individualista, insociable, aburrido y materialista. Además, parece que pertenezco más al lado de las chicas (cuando os cuente en otra entrada una pequeña anécdota que me ocurrió el otro día en el concierto de Fangoria, os vais a partir), porque eso de las letras es muy femenino, mientras que los números son para las masculinas cabezas cuadradas de ciencias.

Creo que acabamos creyéndonos las cosas a base de repetirlas y repetirlas, así que yo, por mi parte, propongo varias cosas: una, realizar un ensayo clínico en plan doble ciego para comprobar si son ciertas esas afirmaciones apriorísticas; otra, dejar de mirarnos el ombligo y sacudirnos los galones con los que nosotros mismos nos condecoramos: conozco a una subnormal profunda -con perdón para todos los discapacitados mentales- que piensa que, por saber algo de números, líquidos varios y esas cosas y hacer una carrera de fondo (tardó lo que no sabe nadie para acabar una carrera “de Ciencias”) se cree la bomba; pero también conozco a algún que otro engreído “de letras” que abomina de las ciencias hasta enciscarse en la palabra misma y convertirse en el adalid de la culturageneral. Como ya sabéis que yo soy alguien seriamente incapacitado para entender las cosas -y lo digo totalmente en serio-, no sé todavía muy bien qué son las Ciencias y qué son las Letras. Y llego a sospechar que -quizá- estas separaciones cada vez son más oblicuas fuera del mundo académico. Y puede que también lo sean dentro del mismo.

Casi para acabar, tampoco estaría de más que dejásemos a nuestros chicos -nuestro futuro- elegir con prudencia y cabeza, pero alejados de extrañas presiones familiares y sociales, escondidas o por esconder. Los prejuicios son doblemente malos en el caso de las familias, que quieren un proyecto de hijo más que un proyecto de persona. Me ha contado un pajarito que a un adolescente un día le dio por decir que él de mayor quería ser notario. Si hemos de ser sinceros, no puedo llegar a creerme que un jovencito quiera ser notario (millonario directamente, quizá; pero nunca un aburrido notario) si no es porque dentro de ese deseo subyace el de una familia con ideales triviales y vagamente “selectos”.

En todo caso, hay casos de vagos en todas partes. Y también de tramposos.  Quizás también de sinvergüenzas. Pero si auténticamente queréis saber cuál es el papel de las letras y de las ciencias, leed este artículo de Juan Cueto. Os aseguro que, pese a estar firmado en 2005, será una auténtica lección de actualidad. Para los de Letras y para los de Ciencias. Para saber, de una puta vez, que el mundo que nos toca vivir no es el que era. A ver si nos enteramos los de “Letras” y los de “Ciencias”.

(Imagen de {Lucy})

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Cuentagotas

Pues sí, el sarcasmo, esa bonita palabra de avieso significado, esa burla o esa ironía escoltadas por unos adjetivos fieles y políticamente incorrectos (sangrienta, mordaz, cruel) está alojado en el parahipocampo y se accede a él vía resonancia magnética, tal y como ha investigado la doctora Katherine Rankin. Yo no lo sabía, pero rebuscando por ahí me entero de que la etimología del sarcasmo no es menos bella: tiene su origen en una palabra griega que llevaría a pensar que el sarcasmo es algo así como cortar un pedazo de carne de una persona a la que tengamos entre ceja y ceja. Me gusta saber también -reconozco mi sarcástica monstruosidad- que el sarcasmo es todo un compendio de habilidades sociales cogidas por el envés, dado que uno no puede ser sarcástico sin tener un perfecto conocimiento de la manera de dañar a los demás por la vía oral para llegar hasta el vericueto más intrincado del corazón agraviado. Los que somos así no dejamos de serlo por un sereno arrepentimiento moral, sino por encontrarnos en un preocupante proceso de regresión frontotemporal. No deja de ser curioso también que el hipocampo albergue muchas de las más importantes funciones de la memoria episódica y nuestras habilidades espaciales (lo que es equivalente a afirmar que el sarcasmo es menos una intención de palabras que una expresión de los espacios): parecemos pergeñar nuestros dardos verbales con un tinte de reminiscencia malamalísima a golpe de GPS para asestar el golpe de gracia en el más justo centro. O sea que, tal y como dicen los investigadores, nuestra capacidad lingüística se aloja en el hemisferio cerebral izquierdo pero el lenguaje no literal requiere la activa participación del hemisferio derecho. Los sarcasmos serían, por lo tanto, ganchos de izquierda rematados por derechazos directos a la mandíbula. Algunos intentan ser sarcásticos a golpe de manual, pero creo que el sarcasmo es un don de la malvada naturaleza. Y es el hermano mayor de otros grandes aportes de la humanidad: el cinismo y la ironía. No nos miréis mal, gentes de bien: no somos salvajes. Somos, simplemente, divertidamente malos.

 

(Imagen de Caliope)

 

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