Por Raúl, hace 1 mes y 16 días

Otra

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Me enteré de que ella había vuelto. Deambulé como loco, de un lado a otro. Conocida su afición por los lugares de paso, ávida por ver pasar ante sus ojos la materia viva del paseante meditabundo, me sumergí por todas las calles, por todos los recovecos, por todas las esquinas. La busqué luego por los grandes lugares de tránsito, aquellos que gustan de remontar el vuelo de los sueños y de las personas, desde MAD hasta CIA, pero no vi claras las huellas serenas de sus pasos. Enseguida fui consciente, tuve la seguridad que sólo se puede manifestar con las expresiones literales, de que estaba jugando al escondite. Intenté buscar hacia fuera, consciente de mi error, sabedor de que todas las búsquedas de nuestro mundo han de partir de nuestro yo profundo. Cansado de los miles de kilómetros hacia arriba, hacia abajo, en un periplo de miles de lugares, de miles de organismos digitales, de miles de sueños concentrados en unos ojos que pudiesen devolverme la mirada, me puse a callejear por esos senderos eternos en los que las rúas brillan con decadencias y huelen con esplendores. Sentí, por un momento, que estaba barriendo todos los recovecos del ancho mundo con mis pasos atorados, cual aprendiz de escritor de post embebecido por la mentira de los enlaces. De repente, sin ser muy consciente del cuándo suspendido con los segundos tranquilos ni del cómo de los azares que no o son, me la encontré. Sus ojos paralelos sosteniendo mi mirada, su boca esbozada en la más bonita de las sonrisas del mundo. Me estrechó su mano estrictamente, me acompañó un centenar de pasos, me susurró unas palabras que en mis oídos sonaron al bisbiseo de las cosquillas. Me invitó a entrar en su casa y me presentó a su amiga.

Por Raúl, hace 1 mes y 24 días

Esto yo ya lo conozco

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Visitar una ciudad se ha convertido en un proceso de reconocimiento más que de descubrimiento. Vemos lo ya visto, con una diferencia: ahora somos nosotros los que nos ponemos en la foto. En una ocasión, la creación de Adán se desveló ante mis ojos de manera palpable, rigurosa y cercana: se trataba de un póster de tamaño gigantesco. En la Capilla Sixtina, por ejemplo, lo magnífico queda apagado por una soledad acompañada de cientos de personas, unos guías insistiendo en que cese el alboroto de manera rutinaria y baldía, y una sensación exagerada de que eso -el Génesis- está muy lejos. Estamos rodeados de todo por todas partes, incapaces de deglutir y comprender todo lo que nos circunda, ansiosos por atacar una sala más, un cuadro más, por tener las narices cerca de otra obra maestra. Es lo que sucede por visitar ciudades como Roma: lo tenemos bien merecido. Cuando pasa esto, cuando te das cuenta de que ya lo has visto todo, sucede el milagro. Las nubes, prietas, se cierran, las gotas de lluvia empiezan a caer mientras caminas por el Trastévere y percibes, aprecias, -entonces- que deambular por las calles mojadas de Roma, disfrutar de unas gotas de agua caídas del Cielo, tiene en esta bendita ciudad un sabor distinto que te cambia la mirada. Alzas los ojos al cielo y sonríes. Sabes que detrás de todo esto tiene que estar Miguel Ángel o Rafael... o uno de esos que salen en los libros con muchas fotos.