Por Raúl, hace 3 días

Otra

Urb 172b

Me enteré de que ella había vuelto. Deambulé como loco, de un lado a otro. Conocida su afición por los lugares de paso, ávida por ver pasar ante sus ojos la materia viva del paseante meditabundo, me sumergí por todas las calles, por todos los recovecos, por todas las esquinas. La busqué luego por los grandes lugares de tránsito, aquellos que gustan de remontar el vuelo de los sueños y de las personas, desde MAD hasta CIA, pero no vi claras las huellas serenas de sus pasos. Enseguida fui consciente, tuve la seguridad que sólo se puede manifestar con las expresiones literales, de que estaba jugando al escondite. Intenté buscar hacia fuera, consciente de mi error, sabedor de que todas las búsquedas de nuestro mundo han de partir de nuestro yo profundo. Cansado de los miles de kilómetros hacia arriba, hacia abajo, en un periplo de miles de lugares, de miles de organismos digitales, de miles de sueños concentrados en unos ojos que pudiesen devolverme la mirada, me puse a callejear por esos senderos eternos en los que las rúas brillan con decadencias y huelen con esplendores. Sentí, por un momento, que estaba barriendo todos los recovecos del ancho mundo con mis pasos atorados, cual aprendiz de escritor de post embebecido por la mentira de los enlaces. De repente, sin ser muy consciente del cuándo suspendido con los segundos tranquilos ni del cómo de los azares que no o son, me la encontré. Sus ojos paralelos sosteniendo mi mirada, su boca esbozada en la más bonita de las sonrisas del mundo. Me estrechó su mano estrictamente, me acompañó un centenar de pasos, me susurró unas palabras que en mis oídos sonaron al bisbiseo de las cosquillas. Me invitó a entrar en su casa y me presentó a su amiga.

Por Raúl, hace 14 días

Roman Holiday

Roman Hol2

Sí, soy más partidario de la Roma de William Wyler que la de Fellini, por mucho que éste último me guste mucho. Y ahora voy a tener la oportunidad -por fin- de visitarla, aunque sea por motivos de trabajo. Adoraba la magia de la visita de la ciudad a ritmo de Vespa. Y Audrey Hepburn -comparto pasión con los amigos y colegas- es lo más de lo más. De lo más bella, de lo más elegante, de lo más estilosa, de lo más... de lo más. Espero poder tener una conexión a internet a mano, para poder seguir dando la paliza a los parroquianos que se pasan de vez en cuando por aquí. Cuando esta entrada aparezca, ya estaré pisando esa bendita ciudad. Los viajes son pequeñas vidas concentradas en experiencias, en momentos y en intensidades. Estaré trabajando, pero intentaré escaparme algunos momentitos de la rutina. Lástima que ni la Vespa ni Audrey Hepburn me estén esperando.

Por Raúl, hace 17 días

Déclin

Castanno

Las estaciones son tránsitos de algo hacia otra cosa. La mella en nuestro corazón está a punto de tener lugar, dentro de poco, no sé tampoco muy bien cuándo (siempre he sido un poco panoli), no sé muy bien el porqué. Pero las castañas están lloviendo ya sobre el asfalto, sobre la tierra, sobre el alma áspera. Sería cruel  y excesivo decir que el otoño tiene la finalidad de llenar de hojas el suelo y de líneas los cuadernos de redacciones de los escolares, aplicados al tópico sempiterno. Pero los días se acortan, la línea del cielo hoy -a estas horas, a las ocho treinta de la tarde- cae sobre los perfiles de las casas y de las cosas. Tanto, que casi todo es contraluz o contrasombra. No sé muy bien la razón, no sé por qué todo cae. No sé por qué los suelos devienen bellas alfombras llenas de desechos bellos, pero hoy de mi corazón caen lágrimas, se estrellan en el suelo para abrirse en dos, para mostrar su interior secreto. Me he entretenido un poco entre línea y línea y los minutos se agolpan  en el reloj -esquina inferior derecha, ya sabéis-, especulaciones digitales sobre algo que antes afeitaba el rostro de las esferas. Ocho y treinta y siete, ya. La ciudad un poco más muerta, entre los estertores de un calor que empaña el frío de nuestro porvenir. Déclin-Decline-Gefälle. El ocaso de todas las cosas, en francés, es un poco más triste. Pero más bello.

Por Raúl, hace 18 días

A contrarreloj - Out of time

Meditando1

En los tiempos en los que quien no corre vuela, en los tiempos en los que el aliento de la prisa se revuelve hasta nuestra cogote mismo, en los tiempos que son rápidos porque es imposible detenerlos, viví el otro día una experiencia única. Una mujer calzada con hábito salía al exterior de un edificio y permanecía inmóvil, con el sol tibio de una mañana de septiembre. Brazos cruzados, cabeza baja. Minutos y minutos de calma. Por un momento, pensé que estaba dormida. Abrazaba un libro con la presión justa para no ahogarlo, con la presión justa para que no se deslizase por su regazo. Yo iba y venía, hacía y deshacía, y la mujer seguía congelando su presencia en el mundo. Me dieron ganas de gritar para que despertarse de su letargo, envidioso de ese dulce sosiego. «¿Pero no ves que el mundo va a mil por hora?». Abrí la ventana, moví los brazos en gesto de saludo. Nada. Al cabo del tiempo, pensé que el tiempo detenido se revolvía por dentro, apaciguaba las entrañas y hacía más lento mi corazón. Por unos breves instantes, pensé también que a mi cuerpo -alguna vez- podría inundarle esa calma,  la calma de ese mundo que ralentiza los segundos hasta detenerse en el preciso fotograma que nos permite vernos a nosotros mismos, que nos permite darle vueltas a nuestro espíritu a ritmo lento, para reconocernos por fin. El mundo -de repente- volvió a ponerse en marcha. Me  embutí la cinta de la cámara al cuello, apunté y apunté con el objetivo de mi Canon a ritmo frenético (paparazi-paparazzo de su interior externo), francotirador de su pensar calmo, invasor de sus resquicios de intimidad al compás de mi objetivo 18-200. Inmortalicé un momento que duró toda una vida. Y sonreí satisfecho, cada uno bien situado en el mundo que se merece. Ella siguió rezando.

Por Raúl, hace 19 días

Aspavientos

Molinos

Son muchos. Su postura básica es ésta: brazo izquierdo en jarras o mano en el bolsillo trasero del pantalón tejano. Hablan de pie y dan pequeños pasos para delante, para detrás, oscilando el cuerpo. Y su rasgo característico, marca de la casa: mueven y mueven su mano derecha acompañándola de palabras, palabras y palabras. Hablan muy pero que muy bien, pero con términos huecos (con veinte vocablos despachan lo que podían haber dicho en seis). Son vehementes. Y cultos-culturillas. Y extremos-extremados. A veces, congelan el tiempo y el espacio, se paran como mimos en el Retiro, alzan la mandíbula a un cielo que les pertenece y tuercen el gesto: no es fruto de la convulsión, sino una manera de demostrar que el mundo gira y gira en torno suyo. Son personas importantes sin haber hecho nada en la vida, grandes trabajadores que se pierden en las alharacas, prohombres que triunfan sobre el trabajo escondido de los demás. Son amigos de alzar la voz cuando están muy muy enfadados y de callar -muy poquitas veces- cuando el miedo atenaza su rostro. No son capaces de aguantar el dolor en silencio, de aguardar la calma de sus vidas con silencio, de pasar por la vida de puntillas. Son firmes porque son frágiles, son seguros porque son débiles. Pero como eso queda muy -pero que muy- adentro, los demás tenemos que soportar que el mundo gire y gire a su alrededor como su brazo. Son los rebeldes acólitos, los que vendan y venden a todo lo que no son ellos. Enhorabuena. Sois los putos amos de vuestro mundo.

(Imagen creada a partir de una foto de LSD13)

Por Raúl, hace 20 días

... casi todas

Autorretrato04

Tengo tendencia -ya lo sabéis- al crimen y al desafuero, espero en las esquinas del alma para asaltar malos sentimientos. Me agazapo vigilante, expectante, aguardando con paciencia que las miserias de la vida salgan de su escondite. Un rayo de inquina cruza mi frente, sesgada por cuatro o cinco navajazos en una pelea callejera y autosuficiente por la dignidad humana que, como siempre, sale perdiendo en lucha desigual frente a la maldad, frente al dolor. Cual bucanero de los pasos descarriados, me apodero del botín intimo de los incautos paseantes que ven trastabillar las monedas de oro, sus más hondos sentimientos, en un injusto pero implacable transvase hacia los bolsillos de mi corazón. Las heridas de todos los que se cruzan por mi camino supuran uno a uno todos los hálitos del vivir, que son esperanzas frustradas, desechadas por el ánimo de los mortales una a una. Soy el ladrón de vuestros sueños, el señor de la codicia, el mandamás del desafuero. Mi vista columbra todos vuestros gestos, todas vuestras inclinaciones, todo vuestro sinsabor. Espero quedarme con todo, acaparador de vuestro mundo, acumulador de esos pálpitos que un día -quizá muy próximo- no sean más que flores.

«Pero yo no he sido, y si he sido, de lo cual no estoy muy de acuerdo, sabe Dios cuánto lo siento. Ya veis que soy un pobre hombre que no ha hecho daño a nadie. Siempre he pensado en devolver las cosas... casi todas.» («Yo no he sido», de Fernando Pérez Álvarez, en el catálogo de la exposición Los sentidos del crimen, que puede visitarse en Burgos, del 5 al 28 de septiembre de 2008)

Por Raúl, hace 23 días

Un mundo vacío lleno de aire

Columpio2

Las cadenas se tensan, víctimas de la dureza del eslabón; se aflojan, víctimas del aire y del impulso. Un mundo vacío lleno de aire, un mundo lleno del tenaz propósito de no soltar amarras. Miré aquella tarde el parque, ausente de paseos y de voces, con mi conciencia como único testigo de un orbe que se redondea siendo inmensamente plano. Los días de viento recio y hojas caídas nos obsesionan con un suelo cada vez más inundado de materia antes viva. Hay que levantar la vista, siguiendo la órbita del columpio, aunque el cielo gris nos declare que vendrán días peores.

Por Raúl, hace 1 mes

Serendipia

Garbanchip

Unas veces, buscamos para encontrar; otras, encontramos sin buscar. Los caminos son laberintos que nos conducen a algún sitio, ya sea al camino de la nada, al camino de algo o al camino de nosotros mismos, encerrados para siempre en sus intersecciones. Otra cosa muy distinta es que el destino al que lleguemos sea el que nos habíamos propuesto a la hora de partir. La historia de la ciencia, la historia de los hombres y la historia de nuestras vidas está llena de esos vericuetos, lo que no hace sino demostrar que habitamos un mundo de vasos comunicantes en los que uno tira por allí y sale por allá, vaya usted a saber por dónde. Es apasionante contemplar la historia del mundo como la historia de las invenciones y de los descubrimientos: sin ir más lejos -y mira que traspasó el fin del mundo- Colón fue a las Indias, descubrió un Nuevo Mundo que era ya muy viejo y nosotros, posteriormente, nos inventamos otro mundo leyenda tras leyenda. Luego, algunos se inventan que otros descubrieron que la Tierra era redonda, algo sabido por los que tienen que saber, es decir, por los sabios que intentan descubrir el mundo hacia fuera inventándolo hacia dentro.

Caminamos como navegamos y navegamos como caminamos. Por eso, tras una mañana de navegación dura pero azarosa, con las velas al viento pero sin brújula, me he encontrado con la serendipia. Por azar, quizás. O por necesidad transcendental. Porque los caminos del Señor son inescrutables (Isaías, 55, 6), pero los caminos de los hombres sí se pueden escudriñar. Otra cosa muy distinta es que, con excesiva frecuencia, el tiro nos salga por la culata. En mi vida, nunca busco cuando encuentro (cómo si buscar y descubrir fueran parte de lo mismo). Pero lo cierto es que no me canso de buscar.

(Gracias a la serendipia, me he encontrado con la serendipia en este blog. Y la foto que he hecho con motivo de esta entrada se la debo a la inspiración de Mafaldia en un comentario a la entrada precedente. No está exprimida, pero hemos seripendiado el jugo. Gracias a ello, puede comprobarse que no todo es tan negro como lo pintan.)

Por Raúl, hace 1 mes y 1 día

Exprimir un retazo de vida (con urgencia)

Exprimir

Esta mañana me he levantado temprano pare exprimir ideas, pero no he sido capaz de sacar ninguna cosa brillante de la mollera. He pensado que no es posible exprimir los sesos sin tenerlos despiertos y alimentados, así que he subido las persianas hasta ese límite en el que se encasquillan, he abierto las ventanas de par en par, he insuflado todo el aire que he podido en mis pulmones hasta el punto de atragantarme -por avaricioso- y he empezado con el ritual del desayuno. Este ha sido el auténtico comienzo: abro el frigorífico y sólo queda una naranja en el habitáculo donde pernoctan frutas y verduras. Maldigo mi mala suerte: las naranjas de zumo sólo se exprimen en la unidad cuando son bien compartidas. En casos como el mío, la naranja necesita compañía. Disecciono con precisión y aprieto con ganas. Exprimida la naranja, soy incapaz de exprimir el cerebro sin exprimir el corazón. Intento apretarlo para sonsacarle toda la soledad que lleva dentro. Parece que se anima. Ahora, pertrechado ya de vitaminas, oligoelementos y palpitaciones vigorosas, paso a intentar exprimir lo que es mi vida.  Y no lo logro. Dejo pasar más de doce horas desde el primer intento. Hasta ahora, que me he dado cuenta de que estaba pensando en francés, recordando tiempos más felices. Y percibo que exprimir ideas no es lo mismo que expresarlas, del mismo modo que no se puede ignorar que expresar es algo que puede confundirse con la urgencia que uno tiene para decir y ser oído -y escuchado-. Pero con las ideas siempre pasa como en el zumo: las gotas más apetitosas se quedan dentro.

Por Raúl, hace 1 mes y 11 días

La pelota en el tejado

Tennisball

«Aquel que dijo 'Más vale tener suerte que talento', conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte. Asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control. En un partido, hay momentos en que la pelota golpea el borde de la red y, durante una fracción de segundo, puede seguir hacia delante o caer hacia atrás. Con un poco de suerte, sigue hacia delante y ganas, o no lo hace y pierdes.»

Así comienza Match Point, película dirigida por Woody Allen. Y se me ocurren varias cosas: la primera, que en los partidos de tenis el jugador afortunado que logra ganar un tanto gracias a este punto de suerte, pide disculpas a su rival. La segunda, se me insinuó cuando se acercaba el final de la película. Hay veces que la pelota cae de tu lado de la red; crees que has perdido el punto; lamentas y saboreas -somos un poco masoquistas- la derrota; y la vida -la suerte, el sino, el hado- pone la victoria de tu lado. Pero para eso hay que esperar al final. Del partido. De la vida. De la película.

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