
Verba volant llega, con esta, a las 800 entradas. Esta celebración, precisamente, se me estaba atragantando en la cabeza y en los dedos, pasando por el corazón. A lo largo de estas vacaciones, me he encontrado con decenas de entradas que no quería escribir, con unas poquitas que intentaba evitar y, a la postre, con ninguna que celebrase el acontecimiento.
Entre las poquitas que quería evitar, se encuentran algunas en las que el blog se iba a abalanzar, como hace otras veces, contra lo divino y lo humano (más bien lo segundo que lo primero). Y, al final, no lo he hecho porque he pensado que no lo merecía la ocasión y, ante todo, porque por una vez en mi vida voy a permanecer calladito para no sacar a pasear mi connatural instinto asesino.
Poco diré también de las que no quería escribir. No quería ni recursos fáciles, ni poesía barata, ni análisis superficial, medio ni profundo, ni series. Punto.
La preocupación me ha ido viniendo a medida que pasaban los días con lo que sí quería escribir y no podía. Ni una idea más o menos brillante. Ni un contenido para asociar. Ni un recurso con el que enganchar. Y me preguntaba, a lo largo de muchos días y de muchos momentos, si esto no era barbecho sino desertificación y abandono. Me decía, constantemente, si 800 entradas no eran demasiadas. Si todo lo que quería decir estaba dicho. En definitiva, si ya no tenía nada que contar. Me intentaba convencer de que todavía quedaba mucho recorrido, pero el tiempo se empecinaba en demostrar otra cosa. Y cuanto más demoraba la escritura, menos ganas tenía de seguir escribiendo.
En muchas ocasiones, me he encontrado releyendo muchas entradas del blog de las que no guardaba ningún recuerdo. Entre hallazgos y decepciones, he visto algo que me agradaba por encima de muchas otras cosas: el título de algunas entradas, que me ha gustado por encima de las palabras que lo desarrollaban. Me he preguntado también por algún significado oculto, por algún matiz contextualizado y por otros muchos sacados de contexto, he pensado en las asociaciones entre imagen y texto.
También me he cuestionado el blog como herramienta de lectura. Me he ido alejando deliberadamente de algún tipo de receptores y, con mi nula pero deliberada interacción, he dejado escapar a muchos de los que buscaban aquí otra cosa que no eran, simplemente, palabras; de los que no buscaban aquí, simplemente, palabras mías. Desde el punto de vista de la recepción, las estadísticas me dicen que el blog es mucho más “universal” a medida que se alejaba del terruño del espacio que se alcanza a simple vista. He visto en esta “universalización” muchas cosas malas, pero también muchas cosas buenas o, por lo menos, regulares.
En definitiva, he escrito esta entrada número 800 para mí mismo más que para nadie en particular. La he escrito más porque yo necesitaba escribirla, en plenitud de creación onanista, más que porque alguno de vosotros necesitase leerla. A medida que la he ido pensando, componiendo y escribiendo, me he dado cuenta de que necesitaba seguir haciéndolo.
Y ahora solo me hace falta compañeros de viaje: viejos y nuevos, amigos y desconocidos. Nada tiene que volver a ser lo mismo. Como decía mi adorado Ángel González, “habrá palabras para la nueva historia / y es preciso encontrarlas antes de que sea demasiado tarde”.
(Como adelanto de algunas cosas, diré que seguiré diciendo.)
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