— Verba Volant

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Comunicación

Los profesores de Lengua y de Lingüística nos encontramos en una situación incómoda:

Por un lado, como lingüístas, somos muy conscientes de que no existe nada que sea correcto o incorrecto. Nuestra tarea, en este sentido, es descriptiva o, como mucho, explicativa. Y cuando nos llega una variante rara, un fenómeno extraño, una forma peculiar, nos ponemos más contentos que un muchachito cateto cuando le notifican que ha sido seleccionado para Acapulco Shore. Es más, la mayor parte de la población mundial piensa que a lo largo de nuestros estudios universitarios no hemos hecho otra cosa que aprender a distinguir cosas correctas de engendros incorrectos, pero, afortunadamente, nos dedicamos a estudiar cosas más sugerentes o interesantes.

Por otro lado, como profesores de Lengua, nos encontramos en una posición privilegiada para abordar, con perspectiva, cuestiones sobre el uso del lenguaje en sociedad. Y podemos orientar y aconsejar a los demás –y aplicarnos el cuento– para realizar con éxito esa inserción en la sociedad por medio del lenguaje. En una cultura determinada, todos conocemos cuál es el protocolo para presentar a una persona y sabemos, ademas, ajustarlo a una situación determinada: parece obvio, por ejemplo, que no es lo mismo presentar a alguien en un ámbito formal que en un grupo informal de amistades. Las normas en la mesa también nos son de utilidad. Si asistimos a una comida muy protocolaria, nos ayudará sobremanera saber cómo tenemos qué sentarnos y cómo servirnos del utillaje que se encuentra a nuestra disposición. Como no nos gusta que nos pase como a Julia Roberts en Pretty Woman, es agradable y conveniente tener un consejero que nos enseñe qué copa utilizamos para el agua y cuál para el vino tinto, o qué tenedor nos viene bien para la carne y cuál para los entrantes. Asimismo, agradeceremos que nos hayan aconsejado no chupar la pala del pescado o cómo poner los cubiertos en el plato para indicar que hemos terminado o no. Lo absurdo sería pensar que todas las comidas son de postín y que estamos siempre de cena de rechupete con Isabel II en el palacio de Buckingham. Porque sería igual de incoherente estar de chuletada con amigotes (y amigotas) y menospreciar las chuletillas y el chorizo porque no nos han puesto un bajoplato y criticar la presencia de abundantes servilletas de papel, el porrón o los vasos de plástico. Y depende también de si estamos en China o en España para saber si sorber o no la sopa o cómo acercarnos la comida a la boca.

Esta –creo– es el cometido que debe de tener la ortografía en la sociedad. No para mirar por encima del hombro a nadie, no para menospreciar una variante sobre otra, no para formar parte de una élite (o elite 🙂 ). Se trata, por lo tanto, no de que impere el normativismo porque sí, sino que predomine y gane el sentido común. Como en todas las sociedades, tenemos personas apocalípticas e integradas, pro- y antisistema. Hay lingüistas punki y acomodaticios, modernos y de toda la vida. Personas que al oír la palabra RAE sufren de alteraciones del ritmo cardíaco, sudoración y arrobo, y amantes de la pleitesía extrema y de doblar el espinazo ante cualquier cosa porque la diga alguien con autoridad. La cosa, desde luego, es mucho más compleja y tiene más variantes, pero creo que sirve para esquematizar lo que quiero decir.

Es curioso que en esto de la ortografía seamos tan fieles a lo que nos han enseñado desde pequeños que nos negamos a aceptar cualquier cambio, sea o no razonable. La lengua nos la suda, pero nos negamos a admitir que guion no lleve tilde, por lógicas que sean las razones. O que, por fin, se resuelva la incoherencia que suponía que rió llevase tilde cuando río la lleva también. Que se defienda a capa y espada que las mayúsculas no llevan tilde porque algún profesor mal informado lo dijo en su momento. Tengo unos cuantos conocidos apellidados Saiz que se empecinan en poner tilde a su apellido del mismo que tengo a otros tantos próximos apellidados Díez que mantienen a capa y espada que su apellido lleva tilde. Lo importante, a mi juicio, es tener una base de educación común para saber qué hacer con las palabras y cómo escribirlas. No se trata, como digo, de denigrar al que no lo sabe, sino de que, poco a poco, todos nos podamos sentir cómodos en la escritura, que no es natural en los seres humanos como la palabra hablada y que puede no ser fácil. Como lingüistas, cada uno de nosotros puede ser fonetista, etimologista, encauzador del uso o una evolución o mezcla de todas esas cosas. A la sociedad, eso se la debe traer al pairo. Como profesores de lengua, podemos canalizara algunos conocimientos sencillos que ayuden a las personas cuando se sientan a la mesa del lenguaje escrito.

¿Llevaremos a la cárcel al que encabece un correo electrónico con la fórmula “Estimada colega” y ponga, después, una coma? Está claro que no. ¿Cadena perpetua para el que ponga mayúsculas a la primavera, a los sábados o las mañanas de abril? Ni hablar. ¿Pena de muerte por escribir mal un prefijo o un punto tras un símbolo? Ni de coña. Tomemos la ortografía como un juego de cartas. Expliquemos bien las reglas –que sean pocas y claras, por favor– y, sobre todo, animemos a la gente a jugar. Y también a juzgar y a insubordinarse. La ortografía no tiene que ser un porque sí, sino un algo razonado en su evolución. Pongo un ejemplo de regla absurda en un determinado contexto: nos ponemos a guasapear y, sin emplear ningún emoji, queremos poner la onomatopeya de una carcajada. La ortografía académica nos aconseja separar cada elemento y poner comas (ja, ja, ja, ja). Pero no olvidemos que estamos en el contexto de amigotes y chuletas. Cualquier persona sensata tirará la regla por la ventana y se reirá (jajajajaja). Es certero, eficaz y, sobre todo, rápido y práctico. Eso sí, las comas pueden salvar vidas, como nos recuerda José Antonio Millán en su libro Perdón imposible (nótese la diferencia que hay entre “Perdón imposible, que cumpla condena” y “Perdón, imposible que cumpla su condena”).

Desde hace ya unos años, puede detectarse un declive en el uso de una ortografía ajustada a las normas. Como decía más arriba, no me refiero a personas sin formación, sino a profesionales, profesores incluso, que trabajan con la palabra escrita de forma cotidiana. Lo importante, a nuestro juicio, es conocer las normas elementales de vestir. Y luego, cada cual que se vista como le dé la gana, sabiendo lo que eso representa. Si a nadie se le ocurre acudir a dar una charla a pecho descubierto o a la boda de su hermana en paños menores, estaría bien que supiera cómo puntuar de forma correcta un texto.

Imagen de Jef Safi.

Esta entrada es reproducción de la entrada con el mismo nombre en mi blog académico, ScriptaManent. Dado que su interés es general, he decidido incluirla también aquí.

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Libro de horas de Jean de Montauban

La cosa va de inventarte una historia. Se empieza por escoger un personaje. Que sea parecido a ti pero muy distinto. Sobre todo, y por encima de lo anterior, que sea reconocible para los demás, que sirva para que, de alguna manera, el que lo conozca se siente identificado. Las miserias de uno no son interesantes si son miserias de uno, pero sí lo son si cada uno las siente como suyas. Porque las ha pensado. Porque alguna vez han pasado por su cabeza en forma de anhelos, de deseos, de proyecciones. La vida, a fin de cuentas, es una mierda y todo el mundo lo sabe. El que no lo sabe es que no lo ha pensado detenida, firmemente. Una mierda. Pero luego viene alguien y te cuenta una historia. Y se te enciende una chispa. No es ilusión, es reconocimiento. No es esperanza, es un testamento notarial de que las cosas son así, de que serán así, pero que nosotros nos las podemos imaginar. Que, si el mundo contado es mejor que el real, a nosotros qué coño nos importa el mundo real. Si pasamos nuestras vidas soñando. Mejor soñar que otra cosa. Mejor soñar que rebañarse en la mierda y ahondar en nuestros laberintos.

La cosa va de inventarse una historia. Y se elige un escenario. Puede ser algo muy lejano. Exotismo, le llaman. Porque el que está en la cárcel sueña con paraísos, con imágenes de estrellas de cine que te servirán para escapar. Porque a nadie le gusta que se le caiga el jabón en la ducha, por mucho que le prometan la salvación eterna. O puede elegirse algo muy cercano. Que el nombre del río sea de una ciudad del terruño. Que el personaje se suba a un monte que no necesite el auxilio de Google Maps. Que no es que sea importante que sea de aquí. O sí, porque significa que lo cercano te importa, que partes de ello, que lo convierten en postulado artístico del realismo. Puedes uno irse a la Edad Media. O se inventa un tiempo. O se elige una fecha del futuro. Hay que elegir bien. Porque luego se pone “Los Ángeles, 2019” y el tiempo pasa muy rápido y los replicantes acechan. En realidad, acechan siempre. ¿Quién no se encontró alguna vez un búho que hace cosas raras con los ojos?

El caso es que la cosa va de inventarse una historia. Porque inventarla es lo que vale. No se puede llamar creación, porque nadie ha creado nada de la nada. O sí, porque imaginarse algo relativamente nuevo –si es que existe, si el mundo no es una convivencia con el estereotipo, con el molde, con algo que nadie se inventó porque ya era nuestro. De la humanidad, digo–. Se puede llamar como queramos que se llame. Pero es una historia que ensancha nuestro mundo. Ahora dicen que también ensancha nuestro cerebro. Que vivir ficciones sirve como si las viviésemos. Pero eso ya lo sabíamos cuando nos acurrucábamos en los días de invierno y Nemo nos raptaba lo mismo que a Aronnax, cuando Moonfleet nos cautivaba con sus contrabandistas o cuando alguien lucha contra alguien y puede ser su amigo, su hermano o su padre.

El caso es la cosa. Inventarse una historia. Y poder mandar todo a la puta mierda. Y decir que ya basta. Y dar un puñetazo en la mesa. Ese que no nos atrevemos a dar nunca para seguir con nuestra rutina asquerosa. Luego podremos engañarnos, hacer la flor de loto y elevar los dedos pulgar y corazón y hacer sonidos quejumbrosos. ¿Quién coño ha conseguido dejar la mente en blanco? Eso es imposible y todo el mundo lo sabe. Y lo podemos hacer de muchas maneras, pero esta es la única legal, la única aceptada. La única que nos permiten aunque a nosotros, en el fondo, nos dé igual. Nadie sabe lo que escriben para que otros lo lean. Lo que algunos leen para que otros lo escriban.

En eso consiste la cosa. En inventarse una historia. Y que todo nazca, perdure y muera. La rosa no es nada. Ni metáfora, ni símbolo. Ni emblema, ni escudo, ni nada. Y que todo gire en las ficciones. Que el mundo nos dé vueltas y que gire más allá de las órbitas. Porque no conoceremos más órbitas que las de los ojos que un día se perdieron en una ficción.

(La imagen pertenece al Libro de horas de Jean de Montauban, de la Biblioteca des Champs libres, en Rennes.)

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Ayer fue un día de orgullo para la Universidad de Burgos: por la mañana, recibía el doctorado honoris causa y, por la tarde, se celebraba un encuentro con Umberto Eco en el Teatro Principal. Desde el punto personal, fue un día feliz. Desde el punto de vista de la ficción, Eco es uno de los narradores más hábiles que conozco. Desde el punto de vista teórico, las investigaciones de Eco han acompañado mi vida académica en muchos sentidos: primero, como profesor de Semiótica en el Grado en Español de mi universidad; segundo, como investigador de la cultura medieval (mi tesis doctoral reflexionaba sobre aspectos lingüísticos y teórico literarios de la literatura del Medievo y dediqué, en su día, un extenso estudio –no publicado– a la filosofía de San Buenaventura, un filósofo franciscano del siglo XIII); tercero, como interesado en la indagación de los aspectos relativos a los mass media. De alguna manera, veo en Eco el reflejo de lo que me gustaría ser y el imposible de alcanzarlo.

En el encuentro arriba mencionado, los asistentes teníamos la posibilidad de hacer preguntas por escrito. Eco fue desgranando con acierto, inteligencia y gran sentido del humor todas las cuestiones que le plantearon. Las primeras palabras de Eco creo que impidieron que se le plantease mi pregunta. Umberto Eco empezó diciendo que había algunas preguntas tontas que siempre se le planteaban en este tipo de encuentros. Una de ellas era por qué había llamado así a su novela El nombre de la rosa, a lo que él mismo, con ironía, respondió: “Porque Pinocho estaba ya registrado”.

Mi pregunta podía sonar a algo parecido (puede que, por eso, los moderadores decidieron descartarla; puede también, que lo impidiese el tiempo y la cantidad de cuestiones que se le plantearon), pero no lo era en absoluto. Mi pregunta era: “¿De cuántas maneras puede considerarse la rosa en El nombre de la rosa? Me hubiese gustado mucho saber su opinión al respecto, porque no tiene fácil respuesta para un lector. La rosa se puede entender desde el nominalismo de Guillermo de Ockham, el genial filósofo del siglo XIV, desde la estética y los planteamientos teóricos sobre la belleza e, incluso, desde la reflexión metafísica sobre la esencia del ser y sus ejemplificaciones… Pero seguro que la respuesta de Eco hubiese sido iluminadora.

Una rosa es una rosa. Pero el signo ‘rosa’ tiene muchos vericuetos. Es casi un laberinto, más allá del nombre.

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Hoy será la última vez que el canal televisivo CNN+ emita su programación habitual en directo y, finalmente, cerrará definitivamente sus emisiones el día 31 de diciembre. Se ha hablado, escrito (y tuiteado) mucho y, en el fondo, todo el mundo parece coincidir en que era algo inevitable. Desde luego, la televisión más rentable no tiene por qué ser la mejor y, a la inversa, la mejor televisión no será nunca rentable (y por eso, en otros países, suele estar al abrigo de un canal de pago). En el caso de CNN+, es uno de los pasos más que sufriremos con la fusión de Cuatro y Telecinco: mucho me temo que Cuatro será, cada vez más (de hecho, ya se nota), un poco más Telecinco, y eso es una pésima noticia para la televisión, para la cultura, para la información y para el entretenimiento. Sí, es cierto, hasta el más tonto (y, a veces, el más listo) puede pasarse cinco minutos Sálvame. También puede estar viéndolo cinco horas, cinco días, cinco semanas. Si es pertinaz y aguanta, puede verlo durante cinco meses. Pero creo que cualquier mente sensata piensa que, pase lo que pase y sea lo que sea, los programas de ese tipo son prescindibles. Lo mismo ocurre con el resto de programas, porque el modelo televisivo de Telecinco tiende a repetirse con otros nombres y en todas partes: todos los programas, en el fondo, son lo mismo.

Para hacernos una idea de lo que supone la desaparición de CNN+ basta con coger el mando a distancia y zapear canal por canal de ese invento que es la TDT (que iba a ser la releche, decían; que iba a tener mil y una posibilidades, decían; que iba a aumentar la oferta, decían; que iba a estar en la vanguardia tecnológica, decían; que iba a subtitular e iba a dejar apreciar los idiomas originales, decían). Después de haber hecho el paso rápido de un canal a otro hasta el final del largo recorrido, ¿qué nos queda? ¿Cuántas propuestas merecen auténticamente la pena? Y, por esta ocasión, no vamos a frivolizar y hacer chistes fáciles con La 2. Los debates no son debates, sino lugares para el grito y la falta de respeto, cuando no un toma y dale ideológico que ruboriza a toda persona juiciosa. Los informativos, a los pocos minutos, se van acercando a la noticia tonta o a la crónica de sucesos, para después dedicar casi todo el pastel a una información deportiva cada vez más sesgada por los derechos de retransmisión de cada cadena. Las noches se convierten en un desfile de taumaturgos, adivinos, loteros y teletiendas. Casi han desaparecido las buenas películas (si las hay, siempre ponen las mismas). Nos tenemos que refugiar en los rincones de internet para ver las grandes series de televisión en su idioma original. Los programas y espacios musicales han desparecido (o, irónicamente, aparecen en algunas de las cadenas de telemierda a las seis de la mañana: lo juro).  Los canales autonómicos sirven para que cada paisano vaya teniendo la sensación de estar pagando impuestos para dar dinero al localismo sesgado, al programa reciclado y a los noticieros de saldo. Mientras en algunos canales van haciendo acopio personajes mediocres, incultos y de baja estofa para instaurarlos como modelo social, un conjunto de buenos (en algunos casos, excelentes; en unos pocos, insustituibles) profesionales tendrán que abrir sus paraguas para esperar ofertas para una salida laboral cada vez más difícil y casi imposible en la televisión.

Con este panorama, parece que CNN+ no tenía sitio en la parrilla televisiva. Si no fuese porque va a ser una verdad incontestable, parecería que estamos de cachondeo. Y, no, hoy no podremos decir eso de “CNN+ somos todos” porque, dentro de unos días, CNN+ no será nada. Ni nadie.

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En el programa 167 de Para todos La 2 de TVE se trató de la importancia de la comunicación no verbal. Dejo aquí el enlace del vídeo (empieza en 00:52:45 y acaba en 01:16:08). En la tertulia intervienen Imelda Rodríguez Escanciano y María Hernández Herrarte (autoras de libro Lenguaje no verbal: cómo gestionar una comunicación de éxito, La Coruña, Editorial Netibiblo, 2010), Juan Carlos Ruiz (subinspector del Cuerpo Nacional de Policía, profesor de criminalística e instructor de “judo verbal”) y Carme Bonet Angrarill (técnico en comunicación humana).

(Entrada escrita inicialmente para URBINAVOLANT.com. La imagen que ilustra la entrada es de Ko_An.)

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