— Verba volant

Archive
Contrastes

pantallas

Los tiempos han cambiado y ahora vivimos pantallas. Los ritmos circadianos de nuestra cultura van saltando de pantalla en pantalla y aumentan o disminuyen al son de Mario Bross. La resolución del gran visor que es nuestra vida se decide al ritmo frenético de los pulgares en las videoconsolas. El latido de la ficción constrasta con la triste soledad de los paisajes en el DVD portátil. La letra impresa es un trasunto de unos y ceros espantados en pantalla panorámica. El contraluz del cielo es ahora el marco digital de una foto disuelta en Photoshop y los cataclismos son ahora más vivos -y, por ello, más ficticios- en la CNN que televisó la “primera guerra”. La letra se adelgaza hasta formar un anoréxico SMS y todo nuestro mapamundi se resume ahora por arriba, por abajo y por dentro en mapas híbridos y un trayecto perfecto. No es momento de llorar por lo perdido, porque ahora volvemos a escribir lacónicos mensajes de amor. Los mundos cambian y las pantallas y el papel no han de verse como enemigos. Son testigos perfectos de que el mundo viaja de un mundo hacia otro. Hacia ninguna parte, que es la forma más bella de definir el horizonte.

Read More

Hay partes del cuerpo mucho más valoradas que otras. Pero siempre el reconocimiento depende mucho del contexto. Por ejemplo, si yo digo que los pies están sobrevalorados vosotros me diréis que no, que no tanto. Todavía no se ha creado gran discriminación racial por tener un pie egipcio o griego, pero cuando hay veintidós tíos que sí dan pie y bolo, van y ganan una pasta. Los pies son los grandes abanderados del polvo de talco y las plantillas que devoran el olor, pero no tienen nada que ver con la sofisticación del cuidado de las manos. A no ser que vayas con sandalias (o Adidas “Jesucristo”; las Adidas “Moisés” son zapatillas de suela de cáñamo), la pedicura está muy atrás de la manicura y las citadas plantillas en nada pueden competir con las cremas con las que enfundamos nuestras manos.

En esto de las partes del cuerpo, la apreciación va por barrios, pero -sobre todo- por sexos. Las mujeres se fijan más en unas partes del cuerpo (eso dicen, al menos) y los hombres nos fijamos en otras. Bien es cierto que no todos los hombres somos iguales, pese a lo que diga el dicho, y no todos nos fijamos en lo mismo, porque en todo hay perspectivas, de frente o de espaldas. Lo dicho, dicho queda, así que no digo nada. Las orejas sólo son discriminadas cuando son muy grandes o muy peludas. Conozco a uno que lleva el mismo corte de pelo desde que era pequeño. Incluso tras sus esporádicas visitas al peluquero, se deja unas briznas de pelo que enfundan sus grandes orejas. Como somos de confianza, he de decir que yo las he visto. Y no destacan tanto por grandes como por dejar pasar la luz en tonos de pergamino. Milagroso.

Hay partes del cuerpo que sirven para exagerar. De las mujeres, la que no lleve relleno que tire la primera teta. En cuanto a los chicos, albergamos jocosas interpretaciones del sistema métrico a nuestro favor, pero en cuanto nos enseñan un vaso de tubo nos echamos a temblar. El pelo sirve para echarse mechas o para afeitarse, si estás calvo y quieres disimular. La nariz sólo puede disimularse con un pañuelo y catarro sempiterno o con un paseíto por el quirófano. Las piernas pueden ser largas o cortas, pero nunca curvas… a no ser que lleves un polo de la Martina para jugar al Polo de la competencia. El corazón es el gran socorrido, ahora que falta poco para San Valentín, pero aporta muchas más satisfacciones el estómago, a no ser que se esté en una varonil y decadente cuarentena. La espalda, todo un mito. Te puede hasta tocar la loteria con un buen frote ajeno, pero nada te exime por estar cachas, porque todo depende de las pr0porciones (“Ancho de espaldas y estrecho de culo, maricón seguro”). Los labios y mandíbulas, todo un poema. Si tienes labio leporino te toman por un zangolotino. Y si tienes la mandíbula invertida bebes gratis cuando llueve. 

En fin, esto se alarga más que los intestinos puestos en “recto”, así que acabo abogando por los grandes desconocidos. Entre todos, yo me quedo con el “tercer ojo”. Pero no seáis guarros, que me refiero a la glándula pineal, integradora, según Descartes de cuerpo y alma. Y perdón, pero es una noche de sábado. Todo sea por la filosofía. 

(Imagen de Nintoto)

Read More

Pero qué...

No me canso de mirar el cielo, siempre pasando el puente. Siempre desde el mismo sitio. A la hora mágica en que todavía empieza a no ser demasiado tarde, alzo mi vista bienaventurada para sorprenderme y nunca quedo defraudado. Un día, miré un cielo azul y limpio, adornado por las líneas incontroladas de dos aviones. Otro, atisbé el único rayo de luz que habitaba en mi mundo antes del crepúsculo. Al día siguiente, entre la lluvia, las nubes eran tan espesas y negras como el algodón de azúcar despreciado en una papelera a la vuelta de una feria. Ayer, el contraste entre los matices de luz y sombra era tan intenso que me clavé como un tonto en medio del camino. Me paré como el que se detiene a ver un cuadro. Pensé en los bellos atardeceres que voy contemplando día a día, tarde a tarde, cada año y que no me canso de contemplar. A los dos minutos, continué andando, defraudado conmigo mismo, consciente de la realidad. Dentro de cincuenta años, la intersección de oscuridad y luz estará con todo el mundo. Menos conmigo.

 

Read More

working-foot

No me atrevía, pero lo voy a hacer. Sacaré de mi negro interior una verdad que tenía metida entre los jugos gástricos y los higadillos. Daré pábulo a dimes y diretes, me atacarán por todos lados y me darán hasta el carnet de identidad. Pese a todo ello, lo voy a decir: soy clasista. Me gusta apreciar las diferencias entre los seres humanos, pero no sólo eso. Sin entrar en demagogias biempensantes, diré que, dentro de las diferencias humanas, no todas son igual de buenas. Así que empiezo.

No me gustan nada los que niegan o afirman con total rotundidad, obviando que entre el negro y el blanco habitan 256 matices. No me gustan nada las voces altisonantes, severas en sus juicios, con bocas que se retuercen en una mueca a la que llaman sonrisa. No me gustan los aprendices de dictadores. No me gustan los lacayos serviles, propensos a ocupar puestos elevados y que se niegan a admitir que las camarillas del poder siempre han hecho rodar cabezas, con o sin guillotina. No me gustan las personas importantes que no han hecho nada de importancia. No me gustan los que hablan de libros sin haberlos leído. Por principio, no me gustan las personas a las que no les gusta Mondrian. No me gusta el “crujiente de no-sé-qué-chorras”. No me gustan los profesores que cogen un libro de texto, mandan leer a un alumno y luego van deteniéndose para exhibirse en clases magistrales. No me gustan las personas que hablan para los tontos. No me gustan las personas que hablan para los listos. No me gusta la gente que tira la primera piedra. No me gusta la gente que dice: “El que venga detrás, que arree”. No me gustan ninguna de las profesiones en las que no se acuerdan de hablar de dinero cuando es suyo. No me gustan las personas que tienen que andar descalzas por el yate (en este punto -reconozcámoslo- hay un poco de envidia). No me gustan los meapilas. No me gustan nada todos aquellos que desearían que les enchufasen para hablar en una tertulia porque saben de todo. No me gustan las personas que no saben de nada. No me gustan las personas que no han probado el sabor de la arena y de la tierra. No me gustan los mimos. No me gustan los políticos (lo siento). No me gustan todos aquellos que piensan que son los más guapos. No me gustan nada todos aquellos que dicen que no quieren serlo. No me gustan todos aquellos que piensan más en el tener que en el ser. No me gustan las personas que sólo van al cine por los efectos especiales. No me gustan los que nunca han visto una película subtítulada porque dicen que no van al cine a leer. No me gustan los que sólo van al cine a ver películas iraníes. No me gustan los que dicen que el pisto, inevitablemente, lleva patata, ni aquellos que dicen que el pisto riojano no existe. No me gustan las personas a las que les gusta un sólo estilo de música. No me gustan los que nunca se han desmelenado. No me gustan los que nunca se han reprimido. 

En fin, queridos. Después de este post, me he quedado sin amigos. Tendré que abrir un nuevo blog con seudónimo y, a partir de hoy, tendré que ir por la calle con unas gafas de esas que llevan adheridos bigote, cejas y nariz prominante.

(Imagen de Bukutgirl)

Read More

dehydrated-1

Leo atento el periódico de hoy y no miento: debido al calor, nuestra salud corre serio peligro con la actividad física. Por encima de los 28 grados centígrados de temperatura, nuestro cuerpo empieza a perder líquidos a razón de hasta dos kilitos cada media hora. Evitaremos las horas de mayor calor del día si no queremos llegar al vómito o al desmayo. No es aconsejable esperar a beber cuando se tenga sed: lo sabremos si la orina es clara y diáfana. Comeremos hidratos de carbono y vestiremos colores claros.

Mientras, miro por la ventana y veo un día nublado y frío de cinco grados, con chubascos dispersos y un viento capaz de noquear las opulentas  ramas de los árboles más fieros. Como todo en esta vida, el tiempo va por barrios. Si queremos llegar a la deshidratación, tendremos que marchar a Buenos Aires.

(Imagen basada en un fotografía de David Reeves)

 

 

Read More

Vasos

Las fiestas de cumpleaños infantiles sirven para que la tarde de los niños se estire hasta merendar y jugar hasta que el cuerpo aguante (y aguanta siempre. Y mucho). Mientras tanto, a los adultos nos sirve para esperar. Y esperar. Y que el frío llegue hasta el tuétano de los huesos. Lo peor de todo es que el frío procede de ese viento insano de saber que nosotros ya nunca seremos como ellos.

Read More

On

¿Es más dura una quincena sin conectarse a Internet o una quincena de abstinencia sexual? Lo contaba hace ya tiempo Francis Pisani haciéndose eco de un blog norteamericano: en Estados Unidos, las mujeres que tienen entre 18 y 34 años están divididas (el 49% se decantan por el ciberespacio), mientras que la franja de edad que media entre los 35 y 55 aumenta su pasión por Internet a medida que desciende su lujuria (52%). En el caso de los hombres, el 39% de los que se encuentran entre los 18 y l0s 34 optan por el ciberespacio, porcentaje que decae al 23% entre los talluditos entre 35 y 55.

Ya sabéis que yo no tengo nunca seguridades sobre nada, pero sí estoy convencido de algunas cosas: soy español, tengo 42 años y durante la útima quincena no he dejado de conectarme a Internet ni un solo día. Entre la desesperación, el agobio y la vergüenza, confieso que no estoy para pensar, así que dejo a mis amables lectores que entresaquen sus propias conclusiones. Mientras tanto, sigo intentando seguir vuestro rastro, palomitas mías.

(Imagen de Guillermo)

 

Read More

Squared circles

Como soy un tipo serio, empezaré por una cita de Voltaire que nos recuerdan en Mirando con la mente:  “La ignorancia afirma o niega rotundamente; la ciencia duda”.

En los niveles de conocimiento, el mismo Platón dejaba muy claro que el nivel más bajo de conocimiento es el de la opinión (que abarcaba, a su vez, la creencia y la conjetura), mientras que el científico era el más elevado de los conocimientos, que intentaba buscar la auténtica realidad que podía atisbarse más allá del cambio. Como soy un tipo profundo, iba a dedicar una entrada a la manera atontada en la que algunos se mantienen en el y en el no, situando a estos por encima del no-sé (que, como decía el mismo Sócrates, era el pilar para saber algo). Como soy un tipo irascible, iba a cargar estas tintas de viernes en los que no se apean de las decisiones incorrectas, en los que mantienen su elevado estatus selecto de vaya usted a saber qué, en los bobos que siempre tienen el don de la palabra redicha. Como soy un tipo indeseable, iba a hablar con desprecio de los que se perpetúan traicionando, de los que se adornan y adornan con palabras, de los muertos de hambre a los que se les abre la puerta al futuro y luego te cierran la puerta en las narices.

Pero soy humano y, como decía Terencio, “Homo sum, humani nihil a me alienum puto” -Soy humano y nada de lo humano me es ajeno. Y, como soy humano, pienso que los viernes abren las puertas a nuestras auténticas vidas, postergando la triste vigilia de peregrinación de lunes a viernes. Por lo tanto, creo que voy a dejar la palabra a otros pensamientos tan humanos como los anteriores y os invito a esto: “Hagamos algo superficial y vulgar, algo tonto que hayamos hecho ya”.

(Imagen de Leo Reynolds)

Read More

parole, parole, parole

Hoy, no sé por qué, las palabras caen de sus sentidos. Por primera vez, los vocablos carecen de acepciones. O se mezclan. O desaparecen. Escuchaba por la calle a un amable anciano farfullando la expresión “Soy el rey del mundo” dirigiéndose a un pájaro que, helado de frío, respondió en perfecto hebreo: ” Waw“. Así, a secas. Una linda chicuela que se cruzaba en ese momento les reconvino severamente: “Honrosos son los colores de las desdichas”, sin darse cuenta de que su novio estaba detrás, a punto de taparle los ojos con las manos para darle una sorpresa de tránsito hacia los párpados fríos. No podía dar crédito a lo que había escuchado, así que cogió inmediatamente el móvil, llamó al 911, olvidándose de que no estaba en una película norteamericana. Una telefonista coreana respondió casi cantando: “Knowledge, Wissenchaft, de aquí en adelante. Apriete tuercas en farolas”. Un niño se enredaba con el diábolo y lo lanzaba muy alto, a la basura. Del contenedor saltó el gemido de un falso vagabundo, harto de ser calificado como sin-techo y propaló una profecía: “Esgrimir, dirimir, hervir y resurgir. Círculos de la mugre de dos en dos”. Y empezó a amontonarse toda la gente, que portaba en sus bolsos y mochilas las palabras que había olvidado, o los términos que un día pensó y que nunca había dicho. La multitud empezó a agolparse mientras cada uno sacaba las suyas. Decían: “La vida es imposible sin cruzarte en la línea del horizonte de las personas”. “Nunca te había dicho que te quiero”. “Este mundo es absurdo, pero me gusta”. “El latido de mi corazón acompasa tus lágrimas”. “Derrotemos a todos los derrotados para parecernos a ellos”. “No hables si no estás seguro de que, simultáneamente, puedes ver las estrellas en mitad del día”. “Hoy es un día perfecto para morir, para vivir y para ir a merendar al campo”.

Irremediablemente, la policía llegó al lugar armada de porras, esposas (e hijos) y buenos deseos. Se olvidó de que el derecho de reunión y de asociación (pero no con banba armada) no había prescrito. Y se llevó a todos ellos en hileras e hileras de furgones hasta la ladera de un monte. En la cumbre estaba Dios, con el principio de los principios, que era la palabra. Pero como no asoció ésta con el Verbo, no se hizo carne. Y se limitó a decir a todos, en mitad de un sol radiante. “Adiós, amigos. Buenas noches”.

(Imagen de ::.Lk..::)

Read More

Blood Nose, de Steve Kay

A vuelto la moda de la sangre (si es que alguna vez había dejado de estar presente). La sangre es un símbolo de muchas cosas pero, por encima de todas, es imagen pura y nítida de la vida, por serlo también de la muerte. El personaje que mejor encarna este imaginario de la sangre es el vampiro, un no-muerto que vive a perpetuidad si no hay estaca a mano que lo remedie. El relato vampírico suele estar lleno de elementos mesiánicos y sexuales entremezclados con el anhelo de trascendencia y ha estado presente desde hace siglos en muchas culturas. Tuvo su investidura en la categoría de mito cultural con el Drácula de Bram Stoker (nunca hubo una novela más moderna, con todos los adelantos de la época mezclados con la atávica sociedad anclada en el Medievo), aunque existen magníficos precedentes, que pueden deleitarnos en la magnífica antología que Círculo de Lectores editó hace ya unos años. La literatura y el cine, desde muy pronto, siguieron el reguero de esta sangre maldita con mayor o menor fortuna, pero también con mayor o menor distorsión del mito original. La deformación ha llegado hasta tal punto que casi todos creemos saber muchas cosas sobre el Drácula auténtico (el Drácula “auténtico” que conocemos, no Vlad Tepes, el Drácula auténtico, héroe nacional por su lucha contra la invasión otomana: un buen ejemplo de que a veces es más auténtica la ficción que la realidad) pero siempre descubrimos ángulos originales si volvemos al noble valaco de Stoker.

Me gustan los vampiros, aunque nunca haya sido mucho del género del terror por el terror, del mismo modo que me ha gustado 007, aunque no me suelen gustar esas películas de acción que agitan demasiado el Martini en los cócteles del efecto especial. Y he seguido los relatos de vampiros con interés, aunque no con exceso de preitesía. Lo he seguido desde las grandes obras maestras hasta obras menores y he encontrado cosas interesantes incluso en éstas últimas. Me seduce, por ejemplo, la ducha sangrienta del inicio de la saga de Blade, aunque no creo que aporte mucho más al género. He leído algunas cosas de Anne Rice y viendo algunas secuencias de la película Entrevista con el vampiro sentí que podía haber sido una obra maestra, aunque le faltó un poco. Me gustó ver de lejos la crueldad de la condesa húngara Erzsébet Bathory leyendo la biografía novelada (Ella, Drácula) de Javier García Sánchez.

Aunque no me gusta seguir el hilo de las modas, confieso haber descubierto hace pocos meses la tetralogía vampírica de Stephenie Meyer. Cuando escucho o leo la expresión “fenómeno literario” me echo a temblar, porque creo que los mayores fenómenos literarios son Cervantes, Shakespeare o Proust, por citar tres evidencias, que suelen calificarse de otras maneras más alejadas de las técnicas de mercado. No obstante, empecé Crepúsculo y su lectura me resultó entretenida, siempre que uno tenga sus neuronas adormiladas en tardes de diciembre. Ahora estoy con Luna nueva, y creo que hasta aquí hemos llegado. Este “fenómeno”, que ahora es mayor porque lo vemos en las pantallas de cine, es bastante representativo de lo que es la cultura mediática contemporánea. Los vampiros protagonistas de Meyer son vegetarianos. Y buenos. Y castos. Es decir, el sinónimo de lo poco atrayente de un vampiro y lo más lejano a su quintaesencia para aproximarse de forma ñoña al arquetipo (de la misma forma que, según escuché ayer en una radio escolar de nuestra ciudad, una profesora corregía a una niña de infantil por decir que el cazador mató al lobo en el cuento: parece que es mejor educar a los niños con la mentira que con la verdad, aunque sea cruel). A mí me gusta más lo vampíricamente correcto que el desvío pacato de los pilares de la maldad y sus vicisitudes.

Sin embargo, tenemos otro acercamiento al mundo del vampiro que guarda ciertos paralelismos con una “dulcificación” del vampiro pero que no lo eximen de su pasado glorioso. True Blood es una serie de televisión ambientada en el ambiente sureño estadounidense y esa “sangre verdadera” no es sino la imagen de marca de una sangre falsa (sintética, fabricada en Japón) y diferenciada en grupos sanguíneos que se sirve en los bares a temperatura ambiente (37 grados centígrados, claro está). El sur profundo de Bon Temps ya no lo es tanto de su pasado esclavista como de su presente anclado en el mismo pasado de siempre: el de las convenciones, los noches en el porche, la tartita de la abuela, los conocidos del pueblo siempre (al que no ha llegado todavía Starbucks) y la discriminación racial, ahora centrada en los no-muertos. Pero en True Blood vemos la autenticidad de las historias de vampiros de siempre: la autenticidad de la sangre, de la tensión, de la intriga, de la perversión, del sexo y de la violencia que emanan por encima de esos convencionalismos y se sublevan en ellos. Me gusta ver el poder de seducción de los vampiros y, llegado ya al ecuador de la serie, se me están poniendo los dientes largos.

Los vampiros han resucitado. ¡Vivan los vampiros!

(Imagen de Steve Kay)

Read More