Por Raúl, hace 2 años y 2 meses

202-205 ¡La Fiesta del Chipirón! (y III)

Cielo telegráfico

No, amigos. Esto del Chipirón no se acaba (espero). Pero sí se acaba esta fiestuqui que me he largado con tres entradas (podéis ver aquí la primera y la segunda) celebrando mi post número 202 en Verba volant.

Empecemos con una de las cosas que, como dije en la entrada anterior, me largó despiadadamente: «Garbanzo negro, ¿por qué haces siempre las preguntas equivocadas? ¿No te da miedo que una pregunta equivocada acabe encontrando, para tus miedos y tus alergias, una respuesta acertada? ¿No te das cuenta de que las preguntas no interrogan sobre nada, sino que afirman, ponen en duda, valoran o niegan? ¿No te das cuenta -tú, que eres tan listo- de que preguntar tan desatinadamente es lo mismo que responder ya al mismo interrogante que es la vida? Pardillo. Que eres un pardillo. ¿Eres tonto, o te lo haces».

Como hay tantas preguntas en su mensaje -y como puede que su deseo, precisamente, es que caiga en la trampa de responder (que, en el fondo es lo que estoy haciendo)-, no atino a dar una respuesta. Primero tendría que entender las preguntas. Pero sí he de deciros, amigos, que por primera vez he tendido una trampa a Chipirón Negro y ella ha caído en la red soltando su sobresalto y un enfado entreverado. Se ha mostrado muy ofendida por las fotos que han encabezado las dos entradas anteriores de esta Fiesta del Chipirón: «¿Uno empieza una Fiesta encabezándola con el Infierno, uno la continúa con una mirada desprendida hacia la devastación, hacia la guerra? Garbanzo negro, creo que has provocado las metáforas hasta privarlas de todo su sinsentido. Las metáforas no existen, porque son realidades atadas a todos los vapores de la vida». ¿De verdad crees con estas fotografías demostrarnos a todos esos infiernos personales y el contraste entre la vida y la depauperación?» Mi querida Bipolar, en uno de sus comentarios, ha dado con la respuesta: era un cebo tendido a Chipirón. Y ya lo ves, querida: parece que todos tenemos nuestro orgullo... y nuestro corazoncito.

Pero vayamos continuando con la Fiesta. Esta es una Fiesta de las entradas y de los comentarios. Empecemos por los últimos. Dije en la entrada festiva anterior que este blog tiene pocos comentaristas, pero selectos. Algunos arrancan desde casi los inicios de estas palabras voladoras y otros se han ido enganchando hace bien poco. Tengo que darles las gracias a todos y también ofrecerles una explicación: frente a la sana costumbre de muchos de mis compañeros, es frecuente que no conteste a estos comentarios. La primera razón -muy poco cortés, lo reconozco- es la vagancia. Pero hay otra razón más profunda: muchas veces creo que los comentarios ya han añadido todo lo que había que añadir y yo, rematando la entrada, no haría más que estropearla. Las entradas son vuestras, para vuestro deleite o vuestro rechazo, para una valoración acorde a la mía o totalmente disonante y, probablemente, más verdadera. En conclusión: la entrada la escribo yo. Y vosotros la rematáis con vuestro silencio o con vuestras palabras. Chipirón Negro ha realizado muchas observaciones elogiosas sobre los comentaristas (también alguna negativa sobre algún particular, para qué vamos a esconderlo), pero os vais a quedar con las ganas... de momento.

En cuanto a otros blogs amigos, Chipirón, para mi sorpresa, los conoce bastante bien. No entiendo muy bien por qué no actúa con ellos de la misma manera que lo hace conmigo, porque no me lo ha dicho. Ni yo se lo pregunto desde aquí, porque cada uno en esta vida hace lo que le viene en gana. Como esto es una Fiesta, sólo reseño los comentarios que me ha hecho sobre los que a ella le parecen los mejores, ciñéndonos (de momento) a los integrantes de la Burgosfera:

«Caminando en el desierto. ¡Vaya blog! Me preocupaba la situación del pueblo saharaui, pero luego la ves escrita desde tan cerca y -sobre todo- con tanta pasión y tan bien elaborada que te aproximas más hacia la arena de sus sinsabores».

«Blogófago.  La esencia de un blog que pone las tildes, sin ponerlas, en la mirada nueva. La mirada fresca. La mirada pura del talento necesario para poner una imagen, un texto, una canción... y atinar siempre».

«La acequia.  Menos sus disoluciones, que no las entendía ni él [si tú supieras las gracietas que le hemos lanzado a este respecto, Chipirón], es un blog cimentado desde una escritura impoluta, un estilo elaborado y una ambición cultural atrevida para estos medios y, sin embargo, conseguida».

«No digas que fue un sueño. Me encanta eso de que la gente construya su vida construyendo narraciones. La vida narrada es siempre mucho más comprensible que la contada. Además, como te gusta decir a ti, Garbanzo negro -que te repites más que el susodicho- la ficción siempre es siempre más verdadera que la realidad, porque la cuenta desde la emoción y no desde el resbalón de los hechos».

«Sr. K. ¿Eso de llamarse Caín es así o es coña [Chipirón, creo que se llama Caín, de verdad]. No suelo salpicar mis decires con palabras gruesas, pero no puedo decir más que es el puto amo. Acierta desde la extrañeza y extraña desde el acierto. Su estilo es la mejor de las casas habitadas en el mejor de los mundos posibles, sabiendo que no hay mundos posibles ni casas dignas de habitar. Y eso de 'meter por meter / es hartazgo de follar' es lo mejor que he escuchado en mi vida. Te lo juro».

Bueno, amigos, pues hasta aquí la Fiesta. Espero que hayáis llegado a su final con agrado... aunque me temo que muchos de vosotros no hayáis podido soportar una entrada que rompe todos los límites de la extensión mínimamente cortés para los lectores de pantallas.

En los días de días próximos -aunque no sé si en las que seguirán a ésta de modo inmediato- insertaré sin aviso ni referencia alguna (así me lo ha pedido ella) una entrada que se titulará «La historia de la noche en que descubrí el miedo». Así Chipirón Negro tendrá, por una vez, sus palabras de tinta negra sin mancharlas con el agua caliente y salada precisa para aliviar la dureza de los garbanzos (los negros, no se ablandan ni por esas).

A mí, sólo me queda desearos felices Fiestas (del Chipirón, me refiero. Pero también de éstas).  Y la foto, que pertenece a mi serie cielos, interprétala tú Chipirón.

Por Raúl, hace 2 años y 2 meses

202-203 La Fiesta del Chipirón (II)

Beirut

«Garbanzo negro, cada vez que leo tus entradas serias me hago una pregunta: ¿escribes el blog para llenar un vacío o llenas el blog con la plenitud de la vida? ¿El blog te la vida, o se la prestas?» Eso me dice Chipirón negro, la muy descarada. Pues no sé por qué se escribe un blog. Probablemente, por las dos cosas. Pero sí que tengo una cosa clara: no me gusta el papel de los cuadernos de bitácora como elementos socializadores de los solitarios, ni me gusta tampoco que se confundan los desánimos del blog con exactos y estrictos desánimos del pensamiento. No escribo en mi blog para tener más amigos (es más: ya dije que me ha servido a veces, de manera paradójica, para tener menos), aunque no es menos cierto que he conocido gracias a él a personas con las que no me importaría nada tener más vinculación. De hecho, contestando a otra de sus preguntas («¿Eso de la Burgosfera qué es, una agrupación de amiguetes con los que se queda y eso?»), he tenido la suerte de conocer tanto de manera virtual como en carne y hueso a personas que merecen la pena y con las que me unen, creo, muchos vínculos e intereses. Me encantan los comentarios que hay en mi blog y los comentaristas, pero no me gustan nada los comentaristas del colegueo que veo en otros blogs, que comentan por comentar y que si dices que te duele la cabeza (por ejemplo), te aconsejan que descanses y tomes una aspirina. Si estoy muy triste y quiero que me compadezcan, llamo y doy la paliza a mi hermana (por ejemplo). El blog, para mí, es un desahogo cultural y artístico que me sirve para asaetar certeramente a mis obsesiones y demonios personales, pero no la ventana exacta por la que mi alma se asoma al mundo. Entre otras cosas, porque... ¿a quién coño le importa mi alma?La vida me la dan otras cosas. Personas, sobre todo. Cine y libros, muchas veces. El blog recoge la vida, me ayuda a intentar explicarla porque así, con un poco de suerte, consigo comprenderla. Ahora bien, una cosa sí es cierta: el blog es un elemento importante al que le dedico atención, tiempo... y cariño. ¿Qué bloguero que se precie, no pasea, lee, piensa... para su blog (a veces)?

Esto se vuelve a alargar, Chipirón. Así que terminamos con esas músicas que propones. «No sé por qué me da que eres de los fanáticos seguidores de John Lennon, Garbanzo negro. Si es así, te propongo un acto de resurrección. ¿Te acuerdas de «Real love», esa prueba de grabación de John Lennon que los tres Beatles restantes revivieron en el disco del 96? Escucha la canción, lee la letra. Y piensa: Todos mis pequeños planes, mis esquemas, descarriados como algunos sueños perdidos, parecen evidenciar que, realmente, lo que yo hacía era esperarte».

[goear]b6d085b[/goear]

«Pues vale -prosigue Chipirón-. Toma esa canción, si quieres, como punto de referencia, como alegoría. Y quédate con lo mejor de lo mejor del pasado. Pero sacude tus prejuicios y engánchate a los instintos. Y desciende al bailoteo loco de la fiesta de la vida. Con los mismos sentimientos, pero más instintos. Y moviendo el cuerpo hasta el frenesí, como Kylie Minogue, sin poder quitarte de mi cabeza («Can't get you out of my head»)

[goear]7b6e2cd[/goear]

«Por muy basura discotequera que te pueda parecer (que conste que a mí me van más otras cosas, como el flamenquito), su ritmo esconde cosas: Hay en mí un oscuro secreto. No me dejes enterrada en tu corazón. No pierdas la oportunidad de bailar al son del baile de la vida. Es un regalo que no se repite jamás. Así de duro, así de frívolo.»

(Imagen de Spencer Platt, tomada en Beirut y por la que obtuvo el premio Pulizter de fotografía en 2006.

Su ubicación en esta entrada, obviamente, es metafórica y no tiene nada que ver con la devastación bélica)

Por Raúl, hace 2 años y 2 meses

Miedos nocturnos

Niña jugando en La Concha

Los niños tienen problemas para conciliar el sueño, ansiosos de encontrar una luz en medio de la oscuridad. Se despiertan a media noche sobresaltados, sintiendo el miedo de estar solos entre la inquietud de la penumbra. Los niños tienen miedo a sus miedos. Les envidio y siento compasión: no quiero imaginar el día que descubran que nosotros no somos la luz y que todos nos encontraremos inmensamente solos en las situaciones más profundas. Hasta la muerte. ¡Qué envidia me dan en la vigilia, ajenos a la podredumbre del mundo! Pero siento compasión por ellos cuando un día, al irse a dormir, no tengan miedo a sus miedos y descubran el miedo real. A la vida. A la muerte. Al infierno. A la eternidad.

Por Raúl, hace 2 años y 2 meses

Marchando... una de piratas

 Cofresi2

Son bonitas las opiniones. Por lo variadas, lo sustanciosas o lo rocambolescas. Cuando uno opina, el otro también puede hacerlo con igual derecho, aunque con más razón... o con menos. Yo -bien lo saben los que me aguantan por la vía directa o cibernética- son un poco tarugo, así que no voy a opinar sobre opiniones. Sólo voy a exponer dos opiniones sobre dos cosas iguales porque son diferentes... o dos cosas diferentes porque son iguales. El tema es la piratería y ha venido a mi mente flaca gracias a una magnífica entrada del blog de Enrique Dans («¿Piratería? No me hagas reír») y en virtud de una interesante crítica de Enric González aparecida en El País sobre un libro de David Cordingly Life among the Pirates.

Empecemos por los piratas que navegan en barco: parece que la imagen que tenemos sobre ellos se debe, más que a ninguna otra cosa, a la difusión de estereotipos literarios (y cinematográficos), amparados en su momento por algún que otro interés histórico. No eran tan fieros como los pintaban y los vemos; debían su éxito al número más que a la fuerza sanguinaria; abundaban en presas pequeñas, y no era infrecuente que trabajaran para los intereses de algún que otro estado. Eran más liberales que sus tiránicos oponentes: siendo muchos y menesterosos, siempre atrapaban a los ambiciosos intereses mercantiles marcados por «la cartera» y un buque cargado hasta los topes en su intento de ahorrarse en lo posible la mano de obra. Se reclutaba a la fuerza a quienes desempeñaban puestos cualificados, pero el resto de la tripulación pertenecía a marineros voluntarios, deseosos, en primer lugar, de tener más ventajas y poder trabajar menos que en los barcos mercantes y, en segundo lugar, por entrar en una dinámica mucho más participativa y democrática. El peligro real al que todos temían era la horca.

Si vamos ahora al lado de los piratas que navegan en mundos de silicio, parece que el hecho de que algunos compartan música no ha hecho menguar las ideas, sino que las ha pulido y abrillantado: se empobrece solamente aquél que se ha ido alejando de la onda de lo contemporáneo, anclado y bien sujeto a un modelo empresarial y comercial y obsoleto. La educación en la actualidad no consiste en moralinas facilonas de manual, sino que es un hecho complejo y que pasa por entender que también la educación se ha extendido a una gran formación tecnológica del que sabe y puede aprovecharse del intercambio de contenidos e ideas. Y la hipocresía de ansias legisladoras obedece más a intereses comerciales que a la ley de un mercado nuevo al que, necesariamente, hay que adaptarse.

Una vez leído esto, deglutido y asimilado todo esto, a un servidor, poco espabilado -como ya he dicho- sólo me quedan tres preguntas. ¿Si me diese por descargar  y grabar una sola vez en la vida el trabajo de músicos nigerianos de los años ochenta no editados en España -inencontrable por otras vías-, alguna parte del canon que he pagado por el disco podría ir destinado a la cuenta de un artista español (David Bustamante, por poner un caso)? ¿Me parece a mí, o la visión de los piratas del barco y las del silicio tienen sorprendentes parecidos desmitificadores? Y la última -y la más importante: ¿alguien sabe realmente lo que son los piratas?

(La imagen pertenece a las láminas de Cofresi utilizadas por la campaña publicitaria de Ron Orbucán)

[goear]cb03b18[/goear]

Por Raúl, hace 2 años y 2 meses

La semilla inmortal

Seeds

Nuestras vidas son los ríos narrados que van a dar al mar, que es contar nuestro sentido al final. O, lo que es lo mismo, nuestra vida es la vida única e irrepetible del argumento ya contado. Lo decía Borges en el cuento titulado «Los cuatro ciclos»: «Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda seguiremos narrándolas, transformadas.» A nosotros, los que habíamos nacido en el siglo del cine, parecía aguardarnos la esperanza de que fuera distinto, pero es lo mismo. Siempre lo mismo. Jordí Balló y Xavier Pérez escribieron La semilla inmortal, en la que devolvían a nuestros corazones toda la historia del cine y, por lo tanto, toda nuestra historia, amarrada a un número muy reducido de argumentos que eran modernos porque son clásicos. Siempre hemos buscado tesoros; hemos tenido un hogar (interno o externo) al que intentar retornar; nos hemos esforzado por crear nuevas patrias o impelidos a extendernos por nuevos territorios. Y nos hemos topado tanto con benefactores desconocidos como con malignos destructores, que nos han tentado y con los que -a veces- hemos pactado. Hemos buscado la venganza templada o sedienta de humores sanguíneos con tanta fuerza como la que hemos derrochado buscando en el amor la sensación prohibida, el sentimiento que nos redime o la seducción incansable. Ebrios de poder, intentamos desdoblarnos en múltiples seres, pero también conocernos a nosotros mismos. En el camino, hemos intentado crear vidas desde la humanidad o desde el artificio. Y lo mismo nos da por escalar hacia el cielo que nos empecinamos en descender a los nuestros infiernos.

Mira que lo decía Platón en un bello pasaje del Fedro, del que Balló y Pérez extraen el título de su libro: «se plantan y se siembran en ella [en el alma] discursos unidos al conocimiento; discursos capaces de defenderse a sí mismos y a su sembrador, que no son estériles, sino que tienen una simiente de la que en otros caracteres germinan otros discursos capaces de transmitir siempre esa semilla de un modo inmortal, haciendo feliz a su poseedor en el más alto grado que le es posible al hombre.» (Platón, Fedro, 276e-277a). Algunos científicos se enorgullecen de haber logrado que germine una semilla de palmera de hace 2.000 años. Pobres incautos. No saben que esa semilla, como nuestras vidas, germinó en el momento de ser contada. Del brote, de los frutos, todavía no sabemos nada. Somos una historia ya contada. Pero hay una pequeña pega: al final, no sabemos cómo va acabar.

Por Raúl, hace 2 años y 2 meses

Tres historias de éxitos con un final

Atmospheric Van

Luis Ángel Herrera fue un poeta cordobés pero educado en Granada. Después de una tentativa frustrada como crítico taurino -los toros eran su gran pasión-, Herrera decidió hacer caso a su amigo y novelista Andrés Cejudo y presentó una colección de poemas con el título Obsesiones sublimes al Premio Internacional de Poesía Guadamar. Contra todo pronóstico y gracias al interés de un miembro del jurado que no se dejó vencer por las presiones para conceder el premio a un autor ya consagrado, Luis Ángel Herrera obtuvo el galardón que le llevaría a ver publicada su obra, a la que seguirían Sombras y decires o Llamada en espera. Años después, un editor le propuso conmemorar su éxito con una antología de los textos que, a su juicio, constituirían lo más granado de su obra. Herrera revisó página por página, escrito por escrito, y llamó al famoso editor para comunicarle que, desgraciadamente, no tenía ningún poema digno de volver a ser leído y publicado.

Tras el nombre artístico de Mucambo Achele se esconde la historia de Gaspar Aguirre, un músico cubano obligado a vivir en el exilio permanente: ajeno a las nuevas trovas y la adhesión al régimen castrista por un lado, pero cada vez más distante de la obnubilación ideológica de la costa de Florida por otro, Achele residió durante casi una década en Nueva York. Allí depuró su técnica como cantante y libró mil batallas cantando en español en un estilo que suponía una mezcla entre son cubano y blues que los críticos denostarían pero que llegaría a darle la razón ante el público, el auténtico juez de su carrera. Sometido en los años ochenta a los vaivenes del gusto, hizo sus primeras incursiones en la música electrónica sabiamente dosificada con toques étnicos. La anécdota más famosa de su carrera le sobrevino en un concierto en el Palais Omnisport de Bercy: la demanda de entradas para el concierto único del día 6 de julio de 1993 fue tan grande que, sin que estuviese previsto y a instancias de los promotores, tuvo que realizar un nuevo concierto improvisado tras el recital programado a las ocho de la tarde. A principios de los años 2000, la compañía discográfica a la que permanecería fiel durante años le exigió que cumpliese el contrato y editase un disco con sus grandes éxitos. Consultó con su arreglista, Arcadio Rubio, con los músicos y con los amigos más perseverantes. Cuando les preguntó por alguna canción que mereciese salvarse de la inconsistencia de las modas y del tiempo cruel, nadie llegó a decir ni una palabra: no había ninguna.

Esteban Preciado fue desde el inicio de su carrera un joven talento para la psiquiatría. Formado primero en Madrid y doctorado luego en Palo Alto (California), abandonó pronto su trabajo directo con los pacientes para dedicarse a sesudos estudios sobre nuevos fármacos aplicados al estudio de ciertos tipos de depresión. Sus avances en este campo llegaron a salvar cientos de vida de suicidas potenciales, pero Preciado debe su fama ulterior a la creación cibernética. En California tomó pronto contacto con un profesor experto en las nuevas formas de expresión artística. Él, que era un negado para coger un pincel y que jamás soñó con rellenar un lienzo con un mínimo de equilibrio, realizó las primeras experiencias de creación artística utilizando el ordenador. Comenzó por creaciones pictóricas a partir de las fotografías de su hija Sandra y llegó a los museos de arte contemporáneo con sus videocreaciones, en las que mezclaba conceptos musicales, arte abstracto multicambiante y secuencias cinematográficas dignas del expresionismo alemán más puro. Llegó a la frontera de los setenta años con su libro de memorias titulado Mi vida después de Cristo y antes de perder la paciencia. Una prestigiosa publicación española le propuso realizar cuatro entregas con lo más granado de sus afamadas creaciones, pero él contestó que no hay manera posible de que el arte se acopie y atrinchere en lo más excelso porque «lo que hace grande al arte es el apogeo del momento y no la evanescencia de la eternidad».

Esto sí que son historias. Reales como la vida misma.

(Imagen de Thokrates)

Por Raúl, hace 2 años y 3 meses

Los ladrones son (somos) gente honrada

Atrapa Lad

No, esta entrada no va de la obra de teatro del genial Jardiel Poncela, sino sobre la seria paradoja que encierra la antítesis entre los ladrones y la honradez. Lejos de hablar de quien roba por necesidad, en plan personaje de Dickens, lejos de mencionar a los altruistas que roban a los ricos para repartir y compartir los ciervos del bosque de Sherwod y los diezmos e impuestos varios en plan Robin Hood, hoy queremos hablar de esos ladrones que se permiten prestar dinero al interés máximo (el que pasa por la pérdida de la dignidad, la arrogancia desmedida y la incontinencia que sólo se sostiene por la vanidad), o de esos ladrones que secuestran rigurosamente su afabilidad en aras -o como contrapeso- de una mesa bien presentada y abastecida, o de esos que, hablando mal de ti, no aceptan ninguna mancilla en su expediente social, o de esas mentes biempensantes que siempre piensan mal de todo el mundo menos de sí mismos. Partiendo del hecho de que todos somos algo ladronzuelos y siendo conscientes de que nos gusta pasar ante los demás por la cremita amarilla de cualquier bollo (suizo o no) o producto pastelero al uso, a nosotros los vulgares rateros, a los choricillos que no tenemos ni donde caernos muertos, nos gustaría compartir con el resto de nuestros compañeros de profesión -con guante blanco y gesto adusto- un trato de igual a igual. Todos con la cabeza bien alta. Con respeto -como es debido- entre los compinches del gremio.

Por Raúl, hace 2 años y 6 meses

Crujiente de piel de garbanzos en salsa de chipirón

La deconstrucción de los garbanzos negros de hace un par de días tiene un ferviente admiradora privada, que ha contactado conmigo a través del correo electrónico para intercambiar recetas sobre los garbanzos y sobre la vida. Su correo empezaba: «El buen garbanzo y el buen ladrón, de Fuentesaúco son». Y seguía: «Me siento muy identificada con los garbanzos (negros), pero también con la (negra) tinta del chipirón, que salpica a veces mis ojos: verdes, marrones, a voluntad. Según cómo los quieras ver». Me cayó bien, la tía.

Garbanz Comp

Lo del buen garbanzo y el buen ladrón me pareció una buena receta de palabras en plena sintonía (sinfonía) con mis garbanzos negros, así que, siguiendo su consejo, emprendí la caza de nuevos ingredientes en esa contemplación de mí mismo como la eximia legumbre. El garbanzo picudo, arreviejudo y apanderado de culo no me servía. Mi lozanía y elegancia fingida se alejan (o, al menos, eso desean) de lo arreviejudo -me aplico diariamente una cremita con una chispita de protección solar en la cara- y el apanderamiento de glúteos lo intento evitar con el ejercicio intenso. Sí que es cierto que lo anguloso me delata, pero eso es cuestión de carácter... y es lo que tenemos los garbanzos negros. No obstante, he encontrado cierto consuelo en aquello de que No hay olla sin ningún garbanzo negro. La presencia inexcusable de uno mismo en el guirigay (no busquéis dobles sentidos, que os conozco...) del cocido atempera mi alma y la condimenta con el tocino (de veta) y lo multiétnico de la morcilla (la perseverancia de la cebolla, el cultivo en húmedo del arroz y la crueldad de la sangre... todo envuelto y hecho de tripas corazón).

El garbanzo para San Marcos, ni nacido ni en el saco... es el catálogo vital. San Marcos, día 25 de abril: yo nací cuatro días más tarde. Está visto que mi nacimiento es una historia sin cuento y sin sentido. Pero volvamos a mi amiga cibernética. Me dice: «Un garbanzo no hace puchero, pero ayuda al compañero. Me solidarizo contigo. Y te presto un poco de la tinta del chipirón, para que en tus ojos el negro enmascare tus lágrimas cuando llores». Me volvió a caer bien. Mejor todavía.

Y acababa su mensaje casi como empezaba:«El buen garbanzo y el buen ladrón, de Fuentesaúco son. Una cosa es segura: ni tú ni yo somos de Fuentesaúco. Bienvenido al cocido de los rotos y los descosidos, garbanzo negro». Me cayó bien, la tía de unos ojos verdes o marrones (según los quiera ver) salpicados del negro de la tinta del chipirón. Aunque no la haya visto nunca.

 

 


 

Por Raúl, hace 2 años y 6 meses

Deconstrucción de garbanzos negros en su contraste

Garbanzos

No, esto no es una receta de la Nouvelle cuisine chorra. Empleo la palabra deconstrucción en el sentido que se le ha dado en filosofía y la teoría artística (en especial la Teoría de la Literatura). Derrida, Paul de Man... Enchufo con el diccionario de la RAE y me encuentro que un garbanzo negro es una «Persona que se distingue entre las de su clase o grupo por sus malas condiciones morales o de carácter». Es muy frecuente que a uno le tengan por eso. A mí me pasa constantemente. De carácter, fatal. De moralidad, no digamos. Soy un bicho que se distingue por ser un bicho. Por eso, quizá mi futuro no sea muy distinto del que la familia abnegada le preparaba a Gregor Samsa en la Metamorfosis/Transformación (según con qué traducción nos quedemos). Es lo que le pasa a uno por ser eso, un garbanzo negro. Como ya no son horas de paseos por las calles, sigo paseando por los garbanzos del diccionario y me topo con la expresión tropezar en un garbanzo: «Ser muy propenso a hallar dificultad en todo, a enredarse en cualquier cosa, o a tomar motivo de cosas fútiles para enfadarse o hacer oposición». Vaya, pues también. Enredarse y, sobre todo, hacer oposición y cabrearme es otra de la marca de la casa. Si encima eres un garbanzo negro y te tropiezas con otro, empiezas a resbalarte, a echar los brazos para atrás, venga a hacer equilibrios y tienes todas las probabilidades del mundo de pegarte el golpe del siglo. Y ya se sabe: a la gente, cuando ve a alguien caerse, le entra la risa floja. Luego te miran con más detenimiento y, viéndote agarbanzado, se extrañan de esas extremidades, tan parecidas a las humanas y de que lamentes por el golpe. Los garbanzos no lloran: si se les mezcla con agua con sal, se ablandan. Y pasan a ser la pieza que engrosa el cocido. Y tienes que mezclarte con otros elementos de diferentes entidades, pero siempre hipercalóricas. Lo que pasa es que eso de distinguir garbanzos negros es cosa de expertos. Si no, que alguien mire la foto que encabeza esta entrada descabellada y que me diga cuáles son los garbanzos negros. Y si alguien los encuentra, le doy un premio.

(Aunque no venga mucho al caso, les comunicaré a los enamorados de la nueva cocina que me gusta probar nuevas cosas y que no niego una gran creatividad en algunos maestros. Ahora, tendréis que reconocer que hay cada gilipollas en torno a los fogones que causa espanto. ¿Soy un gran pecador, un analfabeto y un ser primitivo porque también me guste un buen chuletón, sin más?)

← Anterior 01 ... 07 08 09 10 11 Siguiente →