— Verba volant

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Contrastes

Hay señales de que los espejos desfiguraron nuestros rostros, de que nos dijeron palabras para esconder los hechos evidentes, de que las miradas al tendido cuentan con el peligro de un ojo peligroso, sesgado y acechante. Hay indicios claros de que el cielo es menos azul de lo que dicen los mapas, de que las carreteras desmenuzan el asfalto en partículas diminutas que socavan las esperanzas de un trayecto rectilíneo y uniformemente acelerado. Hay pequeñas pistas que nos dicen que de algunos laberintos no se sale indemne, ni aunque uno lleve todos los ovillos de lana, que nos insinúan que el terror permanece, también, más arriba de la hoja de la guillotina, que nos muestran la verdad puesta al sol durante tanto tiempo que se reseca en algo de textura similar a la mojama.

Hay visos de que seguimos bajo el yugo de la vigilancia exhaustiva, de que la única especie en riesgo de extinción es la única que no nos esperamos, de que alguien piensa que la única manera de perder el tiempo es comenzar siempre y cada vez desde el kilómetro cero. Hay posibilidades de que esto no sea sino una broma macabra con la que alguien se está riendo sin batir mandíbulas.

Hay señales. Con eso basta.

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La entrada de hoy parte como una reflexión de la realidad que vivo cada día entre mis alumnos de 3.º de Comunicación Audiovisual. Aunque la asignatura que imparto es la de “Análisis del lenguaje publicitario”, los anuncios televisivos y la propia deriva de las clases conducen en muchas ocasiones a realizar algunos comentarios relacionados con películas. Mi sorpresa es mayúscula al comprobar que son una minoría los alumnos que han visto filmes esenciales en la historia del cine. Bien es cierto que esa minoría suele estar bien nutrida de conocimientos y es la que aglutina la visión –no me gusta nada la palabra visionado– de esas películas. Vista la situación, esta entrada surge como una reflexión general y no como una carga de pruebas contra nadie. Que quede claro.

En primer lugar, es importante tener en cuenta el menosprecio académico al mundo del cine. Los alumnos, mal que bien –más lo primero que lo segundo– han oído hablar de algunas obras fundamentales de la historia del arte gracias a las asignaturas de ciencias sociales, lo mismo que reconocen, aunque sea de oídas, el nombre de algunos autores importantes de la literatura. Seguro que ese conocimiento carece de la fortaleza de hace años. Seguro que en muchas ocasiones son revisiones superficiales que evitan el análisis y, por desgracia, anecdóticas. Sin embargo, un alumno puede recorrer toda la enseñanza primaria y la enseñanza secundaria obligatoria sin haber oído hablar de cine y sin haber visto más películas que las que algún profesor les ha puesto en alguna de sus asignaturas o cuando les ha entretenido con alguna muestra en las horas de tutoria. Es cierto que el conocimiento estructurado no tiene por qué garantizar una fortaleza en el saber, pero me parece contradictorio que el cine esté marginado de la senda curricular. Parto de la base de que la presencia en la enseñanza básica del cine no tiene por qué ser filtrada por los datos y el conocimiento sesudo. Parto de la base de que a todas las artes (quizá a todas las asignaturas) se accede por la vía de la pasión. Y el cine sería muy fácilmente apasionado y apasionante por la vía del contagio.

En segundo lugar, la estructura misma de la programación televisiva y la abundancia de una oferta –que se contradice, paradójicamente con una cicatería en la variedad– no han favorecido esa transmisión. Ahora las grandes películas de la historia del cine se proyectan en horarios marginales y los cantos de sirena de otros productos mediáticos hacen que los televidentes se ahoguen en el nado de otros mares. Todos nosotros, además, hemos incrementado nuestro tiempo de ocio con la conexión a internet y con los videojuegos. En definitiva, parece que queda muy poco espacio para darse cuenta de que uno se está perdiendo algo fundamental.

La entrada podría alargarse indefinidamente, así que voy a partir de algunas cuestiones personales. Alguna de ellas es compartida por mi generación  y alguna otra es propia de mis circunstancias. Nací en una época en la que, de niño, no había más que un canal (solo algo más tarde llegaría “el UHF” a Burgos). Aunque no eran películas propias de mi generación, tuve la suerte de ver en televisión alguno de esos clásicos imprescindibles. Luego me acompañó la pasión de mi padre por el buen cine. Además de sus buenas recomendaciones y su buen tino, me llevó durante muchos años a todas las películas que se proyectaban en la cartelera (y “autorizadas”, claro). (Y no tengo en cuenta las tardes de cine en el antiguo colegio de jesuitas de La Merced los domingos por la tarde o las sesiones de la Alhóndiga). Contando con que, por aquel entonces, el número de cine en Burgos era bastante elevado y la oferta variada (en algunos casos, con las mágicas sesiones continuas), vi algunas reposiciones de clásicos en pantalla grande y estuve al tanto de todo lo que ocurría en el cine de los años setenta, con todas sus grandezas y todas sus miserias. Luego la afición se fortalecería con la suerte de que llegasen a coincidir en mi ciudad, en algún momento, dos o tres cine-clubes (el universitario, el de Caja de Burgos –por aquel entonces Caja de Ahorros Municipal– y el breve recorrido del cine-club municipal) en los que proyectaban ciclos en los que se descubrían auténticas joyas marginales y se revisaban algunas obras maestras. Entre estas sesiones baratísimas y  el día del espectador, iba al cine unas tres o cuatro veces por semana. Luego llegó el vídeo. Además de ir gastando dinero en películas, me hacía una base de datos con todas las películas más o menos decentes que echaban en la televisión para luego grabarlas y contemplarlas de forma compulsiva. De ahí nació mi costumbre de ver las películas a trozos y el ver algunas de mis películas preferidas una vez tras otra, a veces (pero en contadas ocasiones) fotograma a fotograma. Eso no significa, por supuesto, que lo haya visto todo. Pero a mis cuarenta y cuatro años mis ojos han recorrido exhaustivamente gran parte de las ficciones más maravillosas de la historia de la humanidad. Ahora que el cine está, en líneas generales, en la cuerda floja, sigo mi afición con algunas de las series que han sabido recoger ese espíritu.

¿Por qué no se ven ya esas grandes películas? Ahora no cabe la excusa de esperar a que la proyecten o de gastarse fortunas en vídeos o en DVD. El buen cine se puede encontrar de forma casi gratuita o legal, o de forma totalmente gratuita y agradecida: en no pocas ocasiones, la única alternativa posible es la descarga. Pero, en cualquier caso, es muy difícil no acceder con relativa comodidad a todas esas películas. ¿Qué falta entonces? Lo he comentado más arriba: falta transmitir con pasión. En el momento en el que alguien las ha descubierto, no puede parar de verlas porque descubre que está ante algo grande y profundo, ante algo cercano y cotidiano pero que era, hasta entonces, inaprensible.

Y, para acabar, pongo otro ejemplo personal que enlaza con el argumento principal. Antes de dedicarme a la enseñanza univesitaria, tuve un tránsito profundo y gozoso en la enseñanza secundaria. Además de utilizar el cine como herramienta didáctica para todas mis asignaturas, en una de ellas pasaban cosas muy curiosas. La asignatura se llamaba “Introducción a los medios de información y comunicación”, se impartía en 4.º de la ESO y se matriculaban en ella de forma optativa los alumnos que querían. El batiburrillo hacía que conviviesen bajo la misma sala oscura alumnos de diversificación con alumnos que optaban de forma segura al bachillerato. Dedicaba un trimestre al cine y no se lo ponía fácil: comenzábamos comentando los logros de Meliès y casi siempre veíamos cine en blanco y negro. Los alumnos no duraban protestando ni tres clases. Había tres clásicos que una vez gozados y desmenuzados, siempre arrancaban los aplausos sinceros y emocionados cuando llegaba el final: eran Encadenados, de Hitchcock; Cantando bajo la lluvia, de Donen y Kelly; Laura, de Otto Preminger; Con faldas y a lo loco, de Wilder, Gilda, de Vidor, etc. Y de reconocer que, como docente, nunca fui más feliz que en aquellos momentos, cuando algunos alumnos empezaron ese glorioso proceso de emoción y descubrimiento. Es un ejemplo de que no hace falta establecer grandes niveles ni ahondar ni aburrir con dato para que se produzca el contagio.

¿Lograrán llegar a este punto esos alumnos de Comunicación Audiovisual?

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Podemos enfermar de la memoria, por supuesto. En la mayoría de las ocasiones, enfermamos por defecto, pero también existen trastornos por exceso. Recordar mucho puede ser un recurso beneficioso para los mnemonistas y para aquellos que poseen una memoria eidética. En cualquier caso, para que la memoria tenga beneficios y, sobre todo, para que tenga réditos para la inteligencia, necesita combinarse con el proceso psicológico de la imaginación, del que no tiene que andar muy separada (en ambas anida, quizás, el mismo germen). No obstante, recordar en exceso puede resultar una tortura. ¿Os imagináis lo que sería recordar las veces que uno se ha equivocado en la vida, poniendo fechas y horas? ¿No sería una tortura recordar los pasos en falso, las caídas, los rencores, los celos, los resquemores, los días aciagos y nefastos, los días en que la lluvia arruinó nuestros zapatos?

Es lo que lo que les pasa a los que paden hipertimesia (hyperthymesia; véase aquí un PDF de literatura científica de 2006), una terrible enfermedad de la que se han descrito muy pocos casos y que he descubierto gracias a House. Como dice la paciente en la serie, “Recordarlo todo no me hace más inteligente”, pero sí la convierte en un ser terriblemente desgraciado. Porque, a veces, es mejor olvidar. Y beberse los recuerdos hasta que se deslicen los horizontes. Hasta que no quede nada, que es lo más parecido a la muerte. Que es lo más parecido a haber vivido.

(Imagen de Stain-Girl.)

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Buena se ha montado entre Arcadi Espada y Javier Cercas. Tal y como nos cuentan en El País, un artículo de Cercas defendiendo a Francisco Rico de las críticas vertidas contra el ilustre filólogo por haber afirmado que él no ha fumado un cigarrillo en su vida en un escrito contra la ley antitabaco ha desencadenado una virulenta respuesta de Arcadi Espada en la que se insinúa la implicación de Cercas en un asunto relacionado con una trama de explotación sexual. Como de la lectura de los enlaces cada lector puede sacar las conclusiones oportunas de cada postura, yo solo me quedaré con mi visión, que no puede ser más que personal y poco transferible. Creo que todos ellos hacen mal y casi a partes iguales. Rico, porque ataca a la ley antitabaco como si el hecho de ser fumador no interfiriera de algún modo en los razonamientos (que, a no ser que sean demostraciones, están siempre impregnados de algo nuestro). Cercas, porque pone tanto énfasis en defender a Rico que llega a confundir a base de paralelismos el cariño que tiene de su maestro con el uso debido o indebido de la ironía o del humor en la práctica periodística (insisto: no es lo mismo atacar una ley desde el presupuesto del fumador del que no fuma. Además, no todos los lectores de un periódico tienen por qué conocer a Francisco Rico y, por lo tanto, quedan engañados y, por lo tanto, empañados, con su afirmación). Espada, porque se pasa veinte mil pueblos afilando hasta sacar demasiada punta al argumento de Cercas. No es cosa esta de bromas y veras o de ficciones para explicar verdades y verdades para explicar ficciones. Es, en el fondo, la puñetera manía que tenemos los seres humanos de salirnos siempre con la nuestra pensando que lo estamos haciendo de modo aséptico y, por ende, objetivo. Y, más en el fondo, todos razonamos con la mierda que hemos pisado bajo la suela de nuestros zapatos.

(Imagen de .Bambo.)

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El otro día estaba yo inmerso en una conversación sobre cuestiones de enseñanza (¡hay que ver lo aburrido que somos algunos!). He de decir que intervenía de modo pasivo, asintiendo cuatro o cinco veces, poniendo cara de circunstancias o sonriendo según se esperaba, ya que uno de los participantes tendía a acaparar la charla con opiniones demasiado extremas. Decía, en resumidas cuentas, que una cantidad de suspensos elevada era más indicadora de que un número de alumnos aprendía que lo contrario. Ni que decir tiene que era un profesor que tiende a suspender mucho (ergo sus alumnos aprenden…). Yo no decía ni mu porque, en muchas conversaciones, las opiniones no valen para mucho si no hay alguien dispuesto a escuchar ideas diferentes a las suyas. Pero como este es mi sitio y digo, más o menos, lo que quiero, diré aquí lo que pienso.

Creo que no es de recibo vincular el número de suspensos o de aprobados con el conocimiento de una determinada materia. No se puede afirmar que en las asignaturas en las que hay un elevado número de suspensos los que aprueban saben, del mismo modo que no se puede afirmar que en otras asignaturas en las que aprueban todos los alumnos todos y cada uno acaban con cimientos de saber sólidos. Por extraño que pueda parecer, no creo que la ecuación saberes y número de suspensos esté tan clara. Probablemente, hay profesores con los que solo demuestras algo si pasas la criba (que suele ser tremendamente cerrada). Probablemente, también existen profesores con los que hay más alumnos que aprueban y, “sin embargo”, aprueban. En el fondo, la cuestión es de ángulo y de procedimiento. El asunto radica en dónde ponemos la labor del profesor, si como mero intermediario transmisor entre el saber y los discentes, o como eje que proyecta un camino por el que el alumno va adquiriendo el conocimiento.

En cualquier caso, siempre me molestan las opiniones tajantes, esas del todo o nada. Yo nunca lo tengo tan claro. Como es evidente, he conocido profesores (como alumno y como profesor) de pelaje tan variado como para no poder saber a ciencia cierta de qué lado está la razón. Probablemente, porque la razón no le pertenece a ningún lado de forma exclusiva. Pero sí tengo una cosa bien clara: tiene mucho más mérito conseguir que tus alumnos aprendan con un número de aprobados alto que con un bajo porcentaje de éxitos. La fórmula mágica no está en el aprobar por aprobar o el suspender por  suspender, sino en tener clara toda una cadena de elementos didácticos en las que el aprobado y el suspenso no son un fin, sino solo un instrumento, de los muchos que los profesores tenemos a mano. Lo he dicho: ya me quedo tranquilo.

(Imagen de José Goulão.)

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Esta mañana he vivido un momento desagradable, que paso a detallar. Los vecinos del piso de arriba tienen la mala costumbre de hablar a gritos hasta altas horas de la noche y la mala suerte hace que tengan su salón encima del cuarto de mi hijo.  El pobre, desesperado, da algún golpe en la pared para hacerles saber que molestan: ellos suelen responder con risas y alzando todavía más la voz. El resultado es que, en muchas ocasiones, mi hijo se duerme casi dos horas más tarde de lo que debería de ser su hora habitual, con el consecuente cansancio que va acumulándose a medida que pasan los días.

Como no me gusta pecar de extremismos con los vecinos, solo he comentado con ellos el asunto un par de veces, ambas de manera pacífica. Uno de los días, subí a su casa y les pedí por favor y de muy buenas maneras que bajasen el volumen porque estaban molestando. Ellos contestaron de malas formas y, a los pocos minutos, el jaleo seguía establecido exactamente en los mismos decibelios, si no más.

Esta mañana, al volver de correr, me he encontrado con dos de los habitantes de la casa (en total, viven cuatro). Les he vuelto a reconvenir su actitud, esta vez de forma algo más contundente. Ellos me han contestado de forma mucho más explícita viendo a decir que hacen lo que les da la gana. Yo he hablado de cosas tales como buena vecindad, civismo y educación y ellos me han contestado diciendo que a ver si van a tener que ir por la vida y por su casa susurrando y andando de puntillas. Como entre el susurro y las puntillas y el vocerío y ruido molesto media un mundo, hemos seguido discutiendo.

Al final, la mujer me ha espetado: “Lo que pasa es que somos extranjeros, por eso protestas”. Reconozco que me he sentido tremendamente molesto, ya que en ningún caso, a lo largo de mucho tiempo, he pensado en ellos como algo diferente a lo que son en realidad: mis vecinos de arriba. Nunca he llegado a plantearme su nacionalidad para ningún asunto relacionado con ellos. En ninguna circunstancia he pensado que su nacionalidad podía ser un impedimento, un obstáculo para tomarlos en consideración. Pero también pensada que esto sucedería a la inversa. Un vecino es ruidoso y molesto al margen del lugar de nacimiento indicado en su pasaporte. Una persona es educada o no independientemente de su lengua materna.

Como, a lo largo de mi vida, he dado clase a unos cuantos alumnos del país de nacimiento de mis vecinos, me siento especialmente herido por esta circunstancia porque, desde el principio, he luchado para que se sintieran bien acogidos. En los años en los que di clase de ética, abandonábamos durante unos días el temario para que aquellos que llegaban casi sin conocimientos de nuestro idioma pudiesen sentirse como en su casa. Y luego les he visto prosperar y, en algunos casos, me he sentido inmensamente feliz de que acabasen sus estudios de secundaria y bachillerato y llegasen hasta la universidad, donde he vuelto a tenerlos como alumnos.

Una reciente campaña de Cruz Roja en contra del racismo se denomina “En realidad, no tiene gracia”. Y, precisamente, es lo que pienso: que no tiene ni pizca de gracia que una persona que vocifera y no respeta el descanso de los demás confunda los términos con otros. En realidad, no tiene ninguna gracia. Porque es mi vecina la que ha sido racista hasta el tuétano y no a la inversa. Lo siento, pero es así y de ninguna otra manera.

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