— Verba volant

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Contrastes

Instructions

Si es por aprender, todo se aprende: se coge una sonrisa y se transforma en rictus. Se coge una camiseta y se convierte en trapos. Se coge una canción y se escucha, mientras entra por un oído y sale por la oreja. Se coge el futuro y se transforma en una taza de café para despertarse a la nueva vida del nuevo día. Se cogen las ilusiones y se meten en la lavadora para que encojan. Se empieza a escribir y salen, al fin, frases hechas. Se entra en un oasis y se sale en un bar de moda. Se coge un libro y se avanza por sus líneas como la obligación del sol de la mañana. Se coge un papel y se fotocopia para que no le salgan más los colores. Se encienden las mejillas para que no vuelvan a recobrar el color. Se recoge una muestra de terror del mundo y revierte en el juego de las cuatro esquinas que tienen nuestras almas (y nuestras camas). Se coge una porción del cielo y se vende una postal. Se retratan todas las palabras y se regurgitan en identidades falsas. Se coge el nacimiento. Y se le embalsama.

(Imagen de Duane Romanell.)

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Hoy cumplo 44 años que, sin serlo, se asemejan bastante a una cantidad redonda, por aquello de la repetición de dígitos. Nunca he aprovechado un 29 de abril para hacer un balance de cuentas, pero creo que la situación de la economía mundial está necesitada de no olvidar el cashflow y cuánto dinerito vital queda en el bolsillo.

Por lo tanto, haré para mí (y para quien quiera acompañarme) un pequeño balance global.

  1. Vivir durante 44 años supone haber pasado en este mundo más de 16.000 días, aunque el primer millar casi no cuenta para eso de la memoria, ya que no guardo ningún recuerdo por debajo de los tres años (puestos a ser estrictos, creo que muchos de los que creo tener posteriores –algunos muy recientes– son inventados).
  2. Dieciséis mil días dan para una valoración global: si ponemos la cosa al 50% y recapacito, creo que al menos ocho mil días han dado  de sí lo justo como para decir que ha merecido la pena vivirlos.
  3. En el polo negativo, diré que estos años me han castigado con tres muertes espantosas. Las dos últimas –las de mis padres_ no dejan de ser lógicas, aunque tristes. A fin de cuentas, mis padres tuvieron el privilegio de sobrepasar los ochenta años y, por lo tanto, brindarnos muchísimas alegrías, aunque su fallecimiento sea un mazazo del que, a unos pocos años vista, todavía no he logrado recuperarme del todo. La primera fue la de mi hermano, con una vida quebrada a los 19 años cuando yo tenía 12. Sin comentarios.
  4. Mi vida académica fue creciendo año a año y mi vida laboral también, aunque bifurcada en dos senderos bien distintos y con satisfacción desigual. He sudado tinta para mejorar y he sacrificado muchos años para conseguir llegar hasta aquí. El currículum, desde mi punto de vista, se hace por medio del esfuerzo y no por medio del mangoneo, el tráfico de influencias, las lamidas de culo ni la puñalada trapera. He sufrido, pero el sufrimiento se ha visto, en mayor o menor medida, recompensado. En cuanto al trabajo, me complace que sea mejor acogido por quienes más estima merecen para mí.
  5. En lo personal, he acogido puntos de felicidad con muchos otros de catástrofe. A lo largo de los años, me he dado cuenta de que la vida escuece más cuantas más llagas tienes.
  6. Cuento con amigos fieles. Sé que los tengo ahí, aunque muchas veces me olvide de ellos y no les frecuente como ellos se merecen.
  7. Desde hace ya unos cuantos años, mi conciliación con todos los elementos que tengo que abarcar a lo largo del día me desborda. He llegado a un punto en el que he tenido que abandonarme y, siendo como soy, el abandono me hace zozobrar todavía más.
  8. En el polo de lo positivo, he visto hechos realidad algunos de mis sueños. He visitado lugares mágicos. Unos cuantos países rodeados de calles que me han hecho deambular por mi existencia y han ampliado mi vida en muchos miles de kilómetros cuadrados. En concreto, haber tenido el privilegio de volver una y mil veces a París y haber disfrutado de su luz y de su lluvia merecen, para mí, toda una vida.
  9. Tengo una familia maravillosa. Existe, y eso es decir ya suficiente. Están ahí, y eso es decir mucho. Nos necesitamos mutuamente, y eso es ya como para estar contento.
  10. Entre los vinculados a mi sangre,  tengo un hijo, lo que equivale a decirlo todo. No hay nada mejor en este mundo que haber engendrado algo tuyo pero distinto, algo dependientemente independiente.
  11. Podría decir muchas cosas más, dulces y amargas. Pero sólo diré lo último: a día de hoy, creo que mi vida oscila entre los dos polos: uno, el de cumplir tantos días vividos como para ser suficientes; otro, el de no tener tantos como para esperar que vengan más. Entre estas dos cosas me ubico y me debato. En mi agenda, los 29 de abril, me recuerdo siempre: “Felicidades, amigo. Ya va quedando menos…”, no siendo esta una frase desesperanzada.

Pues eso.

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Margaritas

La primavera ha explotado en las impensables mangas de camisa de un Burgos demasiado áspero, demasiado frío y, este año, demasiado lluvioso.  Como todo en esta vida tiene sus inconvenientes, el polen de las gramíneas nos hace arrugar la nariz y envilece el humor vítreo de nuestros ojos hasta provocar el estornudo, la irritación. Caminamos con los ojos entornados ante un sol que nos vivifica y que nos hace daño mientras la vida explota desde los pies hasta la cabeza hasta romper en el requiebro de un cielo demasiado explícito como para creérnoslo.

El bucle de la primavera ha vuelto a cumplir remolonamente el ciclo de las estaciones para llegar hasta nuestra frente. La primavera, que es la estación del renacer, nos ha encontrado hoy con una nueva arruga ante el espejo. Hemos mirado fijamente y nos hemos dado cuenta que renacer es ir muriendo. Y, todo lo demás, pamplinas.

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Stress

Vivimos deprisa. Tan deprisa como para hastiarnos si no mantenemos firme el pie en el acelerador. Tan rápido como para mantenernos en la nube de apresuramiento que no nos deja bajar la intensidad. Vivimos deprisa por dentro y por fuera. Hemos sido educados para la respuesta rápida, para avivar el ritmo, para ser productivos, para subir rápido. Vivimos tan deprisa como para no saber lo que es vivir de otro modo. Y, cuando nos apalancamos en esa nebulosa, llegan el estrés y la ansiedad (o la ansiedad y el estrés).

Siempre he pensado que es bueno vivir con cierta tensión. La tensión nos obliga a estar alerta, a no perder los reflejos. Nos ayuda a esquivar los golpes y nos enseña a canalizar el chute de adrenalina que necesitaremos en las situaciones salvajes de nuestra no tan civilizada vida. Quizá la clave no consista en evitar el estrés sino en aprender a vivir con él. La solución, en efecto, pasa por no conectar nuestro nervio vital con el pasado ni con el futuro. Pasa por superar los momentos del presente dosificando las dosis y aprendiendo a vivir el día a día acolchándolo con intervalos de calma.

Todavía recuerdo cuando, hace años, intentaba sentarme en semipenumbra en el suelo de mi habitación, con las piernas cruzadas e intentando pausar la respiración mientras cerraba los ojos. No conseguía dejar la mente en blanco ni un mísero minuto. Desde ese momento, me convencí de que algunas personas podían vivir con calma y otras no seríamos nunca capaces de vivir serenamente. Entre los motivos recónditos, probablemente anida un perfeccionismo más o menos insano y un autoanálisis inmisericorde.

Creo que es muy difícil vivir en el mundo actual sin estrés. Anular el estrés sería algo así como volver al mundo calmado de antaño, ese mismo mundo que perseguimos en los días de vacaciones, en los momentos de asueto. Vivir permanentemente en ese mundo no es posible en el mundo de hoy. Todo lo que nos queda es saber vivir con el aliento detrás de la nuca sabiendo que nunca será posible parar del todo, pero sabiendo que ese motor nos puede arrojar al vacío. De nosotros, de nuestro aprendizaje vital, depende que no caigamos en el precipicio.

(Es muy interesante el artículo de Inmaculada de la Fuente en El País, “Vivir en paz es posible”. La imagen es de Anna Gay.)

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Sombrerillo

Hoy he dedicado algo así como una hora a hacer el gamba (reconozco ser un experto). Así que he enfilado un sitio web en el que distraerme con alguna chorradilla y he recalado en éste para llegar a las siguientes conclusiones:

  • Pertenezco a ese grupo de hombres que ha ampliado, sustituido o desplazado las obsesiones propias de su sexo (excepción hecha de nuestra obsesión general y principal, en la que todos coincidimos), especialmente en el cuidado de su cuerpo.
  • Soy del club de los eternos inmaduros, que se niegan a crecer. Esta negación no es la de un espíritu joven, sino la de un puñetero crío.

Lo más divertido, ha sido ponerme a hacer test en los que no creo. He hecho uno sobre mi esperanza de vida y otro sobre mi “edad interior”. Eso sí, juro que no he hecho trampa en las respuestas y he intentado todo lo sincero que se puede ser en un test. ¿Los resultados? Buenos y malos. Buenos, porque mi esperanza de vida es de 84 años, lo que indica que soy un tipo más o menos sano en sus hábitos (ya veréis lo que nos reímos mañana como se me caiga un pedrusco en la cabeza). Malos, porque tengo la edad interior de un ancianillo. El resultado del test no lo dice en clave negativo, ya que dice que en mi interior habita la sabiduría (si alguien quiere verla, que esté atenta al pedrusco. Si me da en plena cocorota, podrá ver la sabiduría en persona).

¿Conclusión? Que entre la esperanza de vida y la sabiduría de los cojones llevo vividos más años de los que tengo, por lo que me quedan menos de los que me dicen (pedrusco excluido). Y yo, preocupado.

(Imagen de J. Star.)

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URB 109-1

Ya he descubierto la razón de la sequía de entradas que sufre este blog últimamente.

De la nada, nada sale.

Desde hace unos cuantos días, he parado radicalmente cualquier tipo de actividad pseudoacadémica o pseudointelectural. No sólo lo necesitaba mi cabecita, sino también mi cuerpo. El ritmo enloquecido al que estoy atado desde hace ya años me ha ido provocando el trazado de una espiral en la que, poco a poco, me iba quedando sin salidas. La cosa –es cierto– tenía sus cosas buenas. El estado frenético de  intentar llegar a todo provocaba una vorágine de ideas efervescentes unas veces y latentes otras que llegaban desde muchos puntos a la vez y que estallaban en la pantalla o en el papel de una manera u otra.

Ahora me he obligado a parar. Lo debería de haber hecho hace mucho tiempo, pero cuando uno entra en la espiral acaba resbalándose por las curvas hasta llegar a un fondo infinito. Esta parada técnica, al contrario de lo que pensaba, no ha refrescado mi cabeza, sino que la ha vaciado más de lo que estaba (que ya es decir). Al contrario de lo que pensaba, la sensación resultante no es negativa en el plazo corto de unas vacaciones cortas.

Lo que queda ahora es el miedo de lo que pasará cuando cuerpo y mente decidan el retorno. Lo del cuerpo es una asignatura que he ido abandonando por muchas razones difíciles de explicar en pocas palabras sin entrar en detalles minuciosos. El deporte ha sido para mí uno de los elementos vitales. Me sostenía por dentro y por fuera. Lo de la mente es cosa del oficio. Tendré que buscar para mi profesión el equivalente al asiento con bolitas de los taxistas, feo pero efectivo.

Mientras tanto, seguiré intentando juntar palabras, aunque los esfuerzos sean baldíos.

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Payaso01

Que la sonrisa era beneficiosa para el estado de ánimo ya lo sabíamos. Que nos ayudaba también a fortalecer tropecientos músculos del rostro, también. Pero ahora vienen unos investigadores de la Universidad estatal de Wayne (con resultados publicados en la revista Psychological Science, según leo en Los Angeles Times) y nos dicen que, cuanto más larga (la sonrisa), más esperanza de vida tendremos. El estudio ha sido realizado utilizando imágenes de jugadores de béisbol y entre los rancios y los de sonrisa extra-XL hay ni más ni menos que siete años de diferencia.

Total, que vives más años y encima te lo pasas bien. Que le den por saco al payasete triste.

(Imagen de Oryctes.)

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URB 107-1

Del mismo modo que me gusta saber cosas sobre la vida de escritores y artistas, no creo más allá de lo razonable en las biografías. Me resulta muy difícil pensar que un conjunto de documentos, anécdotas, dimes y diretes lleguen a explicar la interioridad de las personas. Imaginemos por un momento que alguien decidiera escribir una biografía tras nuestra muerte. ¿De qué papeles se tendría que fiar? ¿De qué hechos relatados? ¿De qué personas?

Pensaba esto hoy cuando me he encontrado con el poema “Cuando leí el libro” del gran Walt Whitman:

Cuando leí el libro, la célebre biografía,
Me dije: “¿Es ésto entonces lo que el autor llama una vida de hombre?
¿Escribirá alguien así mi vida una vez muerto yo?
Como si algún hombre conociera realmente algo de mi vida,
Cuando de hecho a menudo yo mismo pienso que poco o nada sé de mi vida
Salvo vagas nociones, débiles y difusas imágenes,
Que persigo constantemente para poder exponer aquí”.

La foto que encabeza la entrada, un hueco de mi biografía.

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