Crujiente de piel de garbanzos en salsa de chipirón
La deconstrucción de los garbanzos negros de hace un par de días tiene un ferviente admiradora privada, que ha contactado conmigo a través del correo electrónico para intercambiar recetas sobre los garbanzos y sobre la vida. Su correo empezaba: «El buen garbanzo y el buen ladrón, de Fuentesaúco son». Y seguía: «Me siento muy identificada con los garbanzos (negros), pero también con la (negra) tinta del chipirón, que salpica a veces mis ojos: verdes, marrones, a voluntad. Según cómo los quieras ver». Me cayó bien, la tía.

Lo del buen garbanzo y el buen ladrón me pareció una buena receta de palabras en plena sintonía (sinfonía) con mis garbanzos negros, así que, siguiendo su consejo, emprendí la caza de nuevos ingredientes en esa contemplación de mí mismo como la eximia legumbre. El garbanzo picudo, arreviejudo y apanderado de culo no me servía. Mi lozanía y elegancia fingida se alejan (o, al menos, eso desean) de lo arreviejudo -me aplico diariamente una cremita con una chispita de protección solar en la cara- y el apanderamiento de glúteos lo intento evitar con el ejercicio intenso. Sí que es cierto que lo anguloso me delata, pero eso es cuestión de carácter... y es lo que tenemos los garbanzos negros. No obstante, he encontrado cierto consuelo en aquello de que No hay olla sin ningún garbanzo negro. La presencia inexcusable de uno mismo en el guirigay (no busquéis dobles sentidos, que os conozco...) del cocido atempera mi alma y la condimenta con el tocino (de veta) y lo multiétnico de la morcilla (la perseverancia de la cebolla, el cultivo en húmedo del arroz y la crueldad de la sangre... todo envuelto y hecho de tripas corazón).
El garbanzo para San Marcos, ni nacido ni en el saco... es el catálogo vital. San Marcos, día 25 de abril: yo nací cuatro días más tarde. Está visto que mi nacimiento es una historia sin cuento y sin sentido. Pero volvamos a mi amiga cibernética. Me dice: «Un garbanzo no hace puchero, pero ayuda al compañero. Me solidarizo contigo. Y te presto un poco de la tinta del chipirón, para que en tus ojos el negro enmascare tus lágrimas cuando llores». Me volvió a caer bien. Mejor todavía.
Y acababa su mensaje casi como empezaba:«El buen garbanzo y el buen ladrón, de Fuentesaúco son. Una cosa es segura: ni tú ni yo somos de Fuentesaúco. Bienvenido al cocido de los rotos y los descosidos, garbanzo negro». Me cayó bien, la tía de unos ojos verdes o marrones (según los quiera ver) salpicados del negro de la tinta del chipirón. Aunque no la haya visto nunca.




