— Verba Volant

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Desastre

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Es cierto: el mundo de los libros, del cine, de los discos, del periodismo y de otras industrias culturales se va al garete. ¿De quién es la culpa? No lo sé. Juro que no lo sé. Pero no estoy nada de acuerdo con la respuesta, casi unánime, que se da desde el mundo de la industria: la culpa es de la cultura del todo gratis y de las descargas ilegales. Parecemos olvidar que la industria estaba antes y las descargas ilegales después. También olvidamos que hubo un momento de vacilaciones y de decisiones equivocadas, que a veces perduran. No voy a hacer una entrada extensa, sino que voy a comentar algunos pocos ejemplos.

Empecemos por el cine. Los que hemos al cine durante toda una vida, sabemos que no hay nada comparable con ver una historia en pantalla grande (no olvidemos esto de las pantallas grandes: algunas salas de multisalas tienen una pantalla, en proporción, más pequeña que la de algunos televisores actuales). La costumbre de ir al cine se mantenía incluso en grupos de jóvenes que aprovechaban con deleite el día del espectador. En un momento determinado, se nos convenció de que ir al cine era acudir a un espectáculo carísimo por el que, además de las entradas, teníamos que ir avituallados por chocolatinas, palomitas y bebidas gigantescas. Comprar una película en vídeo primero o en DVD después no era nada barato. ¿Qué ocurrió? Qué la gente vio que podía ver una película gratis en su casa por… nada. No es que no se quiera ir al cine: las iniciativas recientes de abaratar durante unos días el precio de las entradas nos demuestran que seguimos queriendo ver el cine en pantalla grande. En cuanto a pagar por ver el cine en casa, la decisión inicial de hacer tanto negocio por las copias ha llevado al negocio hasta su destrucción. Cuando han querido reaccionar, ha sido demasiado tarde.

Podemos hablar del mundo de las series de televisión. Primero llegaron las iniciativas de los canales de televisión generalista, que acabaron con nuestra paciencia inundando de publicidad y alargando algo que podíamos ver descargado en menos de cuarenta y cinco minutos. Algunos de los aficionados descubrimos que podíamos ver una serie subtitulada al español traducida por un colectivo de personas de forma desinteresada justo al día siguiente de ser estrenadas en su país de origen. Una vez más, cuando se han visto con el agua al cuello, han intentado reaccionar, pero ya es tarde. En este caso concreto, yo estaría dispuesto a pagar de mil amores u a cantidad razonable por ver casa capítulo de mis series favoritas… o por una tarifa plana que me permita verlas todas. En otros países, ya es posible. Aquí no nos dejan.

En el mundo de la música, llegó un momento en el que comprar un disco costaba un ojo de la cara. Poco a poco, además, el concepto de disco se reducía en muchos casos a dos canciones decentes y diez mierdas de relleno. Cuando llegó el momento de pagar por los discos un precio razonable, alguien descubrió que se podía hacer gratis de forma rápida.

Vayamos a los periódicos. Las plataformas digitales mediante las que podemos leer periódicos nos ofrecen un producto viejo: el PDF poco mejorado del periódico que se puede leer en papel. Poco importa que hayas pagado religiosamente: no te enterarás de las novedades y, además, antes de entrar en cada periódico concreto te abrasarán con publicidad.

¿Los libros? Cuando me compré mi primer lector de libros electrónicos, estuve durante dos horas intentando comprar un libro determinado de forma legal. Me fue imposible. Durante el proceso, mi experiencia fue un auténtico tutorial en el que conocí de forma fácil y accesible plataformas que me lo ofrecían gratis. Además, en España somos doblemente imbéciles. El ejemplo de las imágenes de esta entrada es suficientemente ilustrativo: un libro no cuesta lo que nos dicen que cuesta, porque vemos que en Estados  Unidos los precios son otros. Y el desfase no se debe solo al IVA. Cuando la diferencia entre el precio de un libro en edición electrónica y la edición en papel sea justa, la gente comprará y no descargará libros. Bueno, me equivoco: habremos llegado demasiado tarde.

Para que no haya dudas de lo que escribo y no se interprete de forma errónea, diré que soy de los que paga. Me he gastado dinerales en todos esos productos y sigo pagando por muchos de ellos. En el caso de la prensa digital, ya me he hartado y me daré de baja de Kiosko y Más y Orbyt. En el caso de los libros electrónicos, me estoy cansando ante la injusticia de unos precios que no tienen sentido. Eso sí, no dudo ni un momento en comprar cuando tengo la sensación de no ser timado. ¿Música? Hay grupos excelentes que ponen a nuestra disposición de manera gratuita. En otros casos, pago por cada canción y no compró el reto de la porquería que ofrece el disco. En cuanto al cine, ya no voy. Me gusta ver el cine en versión original y lo busco donde me lo ofrecen. Y, en el caso de las series, las veo religiosamente el día después de ser estrenadas también en versión original. Algún idiota perdió la oportunidad de hacer negocio conmigo. Igual no es demasiado tarde. Pero, a lo mejor, los listos o los inadaptados, por querer ganar tan pronto, han perdido definitivamente la partida.

 

 

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Por azares del destino, he acabado reflexionando mucho sobre la norma, la norma lingüística y la norma y regulación ortográfica. He de confesar que jamás lo intuí, nunca lo pretendí. Mi formación en el terreno de la Lingüística me llevaba a tomar cualquier tipo de variante como rasgo digno de ser analizado dentro del sistema y a no pensar directamente en su (in)corrección.

A lo largo de los años, fui notando la percepción que, desde fuera, se tenía de todo aquel que hubiera estudiado Filología Hispánica: en el fondo, todo se resumía a preguntar y repreguntar sobre lo que estaba bien dicho y lo que no, lo que estaba bien o no escrito. Todo ello suponía olvidar un principio esencial: que la La lengua no es de nadie, y mucho menos de los filólogos. La lengua es de todos. Y ese es su principal privilegio. Lo malo es que, con ser de todos, acaba por no ser de nadie: suma de descuidos, ignorancias y vacíos.

He impartido bastantes cursos sobre estos temas: hace unos cuantos años, a funcionarios de la Junta de Castilla y León; desde hace poco, a profesores de secundaria. En todas estas jornadas de intercambio, he descubierto varias cosas: la primera, que no hay que dar nada por sabido, ni siquiera lo mínimo, lo aparentemente fácil; la segunda, que existe auténtico interés, verdadera inquietud para escribir bien, correctamente. El mejor ejemplo me lo puso un profesor de una prisión: según decía, los presos pedían cursos de formación de ortografía porque, según su percepción, ese era el primer peldaño para una buena formación, para subir el escalón cultural y, por lo tanto, ascender en el escalafón social.

Pero todo esto no nos tiene que llevar a ser optimistas. Solo están interesados en aprender aquellos que son conscientes de sus carencias. Incluso los formadores, los profesores, las tenemos. En mi caso, me paso el día mirando el diccionario, las gramáticas, reflexiono constantemente sobre el uso que se le da a la lengua y el que le doy yo, personalmente. Y cada día me surgen nuevas dudas, nuevas inquietudes. Y soy consciente de que soy el primero que me equivoco (o, a veces, no lo soy y, por ello, soy doblemente culpable).

Otro aspecto de mejora sería el de la formación de todas estas cuestiones desde los primeros años escolares. Sorprendentemente, seguimos con los mismos métodos, las mismas rutinas. Fórmulas redichas, que no son eficaces y que no debería creerse nadie. No nos extenderemos en este asunto, pero todavía nadie ha demostrado que hacer mil dictados lleve a mejorar la ortografía. Hay otras propuestas y otras metodologías, pero hay que conocerlas. Y nadie ha dicho que aprender cosas nuevas sea fácil, aunque sí puede ser divertido.

¿A qué viene todo esto, hoy? A la despreocupación que veo por parte de algunos responsables en el ámbito universitario por las cuestiones ortográficas, por la pulcritud en la expresión escrita. Somos culpables los profesores, porque perdonamos lo imperdonable y sacamos al mundo de los graduados a personas que no tienen la soltura necesaria. Son culpables las normativas y los reglamentos, porque deberían ser mucho más claros al respecto. Son culpables las autoridades académicas, cada una en su ámbito, porque no promueven planes de formación para el personal de administración y servicios ni para los cuerpos docentes. En los años que llevo dedicándome a esto, basta hacer un test sencillo para comprobar que (casi) nadie tiene los conocimientos deseables. Y luego pasa lo que pasa. Por ejemplo, que un gran colectivo de alumnos reciba, de forma institucional, un mensaje de correo plagado de faltas de ortografía.

Y luego, al final, del camino, lloramos.

(La imagen es de Daniela Hartmann.)

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Nací en Burgos hace 44 años y he vivido en esta ciudad casi toda mi vida, con un paréntesis en Valladolid para estudiar la carrera. Soy burgalés sin serlo de bandera (porque nunca he sabido muy bien para qué sirven exactamente) y me siento tan orgulloso de sus encantos como como consciente de sus defectos. Sí, me gusta la Catedral y las Huelgas y la Cartuja. Sí, que si Atapuerca y que el Museo de la Evolución Humana. Sí, la morcilla y el queso. Y se me olvidaba el Cid. Que si las dos estaciones: el invierno y la del ferrocarril (un chiste que se ha quedado antiguo, ahora que la moderna estación nos la han mandado a tomar por el culo). Y también sé que es una ciudad provinciana (muy provinciana), entrampada en el estancamiento de todo tipo y deudora de un pasado más glorioso al que sus habitantes se agarran con mayor o menor ahínco.

Digo todo esto antes de que algún burgalés de pro empiece a tirarme los trastos a la cabeza. Hablo desde dentro sin rencores, pero también sin tapujos. Pues bien, vamos al tajo. Las ciudades de provincias han tenido siempre el encanto: disfrazan o velan sus defectos con una vida más apacible, más cercana. Tienden puentes entre sus habitantes, que están enlazados por el conocimiento de las familias a nada que escarbes con tres observaciones, con dos preguntas. Desde hace ya unos cuantos años (al menos así lo percibo), Burgos se ha convertido en algo distinto.

Vivimos con un caos circulatorio digno de ciudades infinitamente más grandes. Coger el coche en hora punta se convierte en un acto temerario. Se ha confundido la necesaria peatonalización de algunas calles con una tortura en la que es francamente difícil que nuestro vehículo llegue más o menos directamente a su destino. Que conste que no soy un usuario obsesivo del coche: cojo la bicicleta siempre que puedo y me dejan, pero cualquiera que use la bici sabe que las cosas han mejorado tanto como se han entrampado. Los carriles para bicis son el reducto para casi todo y los usuarios de tan loable medio de transporte estamos poco menos que demonizados. El servicio de autobuses es pésimo. Para los que no son usuarios habituales de las líneas, coger un autobús en nuestra ciudad se convierte en un galimatías de casi imposible resolución. Los paneles informativos con las llegadas aproximadas de los autobuses son muy escasos y, además, muchas veces no funcionan. Menos mal que en las paradas siempre hay pasajeros informados que te dan una idea aproximada de lo que puede venir y a dónde te llevará.

Las obras están encanallando nuestra ciudad hasta tal punto de convertirlas en algo desagradable. Parece que queremos parecernos a otras ciudades que han convertido la obra pública en algo que está más allá de los ciudadanos. Se empiezan obras sin acabar otras. Sería muy divertido contarles a los foráneos las historias sucesivas de los puentes que cruzan nuestra ciudad. Se levantan los asfaltos de las calzadas y de las aceras vez tras vez sin que los burgaleses encontremos motivo suficiente que lo justifique. Si digo que una pequeña parte de la Plaza Mayor (junto a la Plaza de Santo Domingo de Guzmán) está otra vez levantada muchos pensarán que esto llega a la categoría de cachondeo. Se cierran calles, otras se estrechan, se desvía la circulación en el último momento sin nada que lo anuncie previamente (es muy divertido llegar a tener que dar rodeos por el barrio de Cortes porque no había ni una sola posibilidad de girar hacia algún sitio que no fuera la nada).

Estamos representados por unos representantes que no nos representan. Algunos parece que piensan o hacen pensando en la foto del día de la inauguración ficticia de algo que todavía no será hasta dentro de mucho tiempo. Son los mismos que han aumentado nuestro nivel demográfico a cargo de unas espantosas estatuas que empiezan a brotar como setas: la mayoría de nulo interés artístico; todas muy caras. Igual acaban dando a esos mamotretos derecho al voto para que siga este infierno.

Eso sí, tenemos uno de los más bellos otoños del universo, hasta que decidan llegar al Paseo de la Isla y joderlo punto por punto.

(Imagen de Uriarte de Izpikua.)

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Perodico

Que no se me vuelva a ocurrir llamar a un blog Verba volant. Y tampoco sostener que los cuadernos de bitácora crecen hacia arriba. En algunas ocasiones, las palabras vuelan de verdad. Y los blogs ya no crecen, ni hacia arriba ni hacia abajo, sino que se pierden en no-sé-qué vacío ontológico. El cuaderno de bitácora se guarda muy cerca de la brújula: sin ella, el navegante pierde el norte. Gracias a la colaboración de los amigos y con el ímpetu que da la paciencia, he podido recuperar las palabras. Bienvenidas, palabras. Bienvenidas. No voléis para no volver. Ahora tengo un dilema: ¿sigo dejando que vuelen o las sostengo aferradas firmemente en mi mano? ¿Valen más unas pocas palabras encerradas en un puño o unas palabras esparcidas por los desórdenes angélicos cibernéticos? De momento, las apretaré como a un pajarillo: con la firmeza suficiente para que no escapen, con la suavidad necesaria para no aplastarlas.

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