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Enseñanza

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Una entrada reciente de Pedro Ojeda en La acequia sobre la lectura en las aulas me ha animado a escribir este post con ideas que ya he ido esparciendo por ahí y que ahora quiero recoger aquí y ahora. Advierto de antemano que voy a ser muy claro y directo, puede que incluso duro, pero creo que el asunto de la lectura en clase está lleno de trampas que provocan que ésta se aleje cada vez más de los libros y la auténtica literatura para ser cobijo de biempensantes de salón, de seres políticamente correctos y de voluntaristas con cartulina y chinchetas en mano.

He titulado la entrada “Lectura en clase: el plan” al modo de las sagas de las malas películas. Ésta lo es, porque el final no puede ser más decepcionante: la clara y palpable realidad es que la mengua de afición por la lectura es creciente. Tampoco vamos a engañarnos falseando nuestro pasado. Es muy posible que pudiésemos encontrar textos apocalípticos centenarios sobre el declive por la afición lectora. También es cierto que el entorno de nuestros niños y jóvenes tiene muchos reclamos que sustraen su atención hacia la página escrita de un libro. No deja de ser verdad que la prédica con el ejemplo de los padres deja mucho que desear… Todos ellos –y muchos otros– son factores que conviene no olvidar.

Sin embargo, hoy hablamos del papel directo que tienen los centros educutivos en las clases para estimular la lectura. Desde hace años, son preceptivos en colegios e institutos los denominados “Planes de fomento de la lectura”. Las administraciones educativas, sabedores del mal, intentan poner una venda para curarlo. El propósito es loable pero ineficaz porque esos planes son más un lavado de cara que una desinfección de la herida. La culpa puede tenerla cualquier nivel al que queramos acudir. Uno de ellos, el más evidente, es el sistema educativo mismo: en un proceso de sinrazón e incoherencia, se reconoce la necesidad de la literatura a la vez que se le priva a esta disciplina de auténtica relevancia. El siguiente escalón es el del currículo, con temarios imposibles y una mezcla poco conveniente entre la lengua y la literatura. Un servidor es filólogo hispánico y pertenece al área de Lengua española en la Universidad de Burgos, así que no acuda nadie ofendido con un cuchillo por lo que voy a decir: la lengua es un elemento vehicular imprescindible para la formación de nuestros alumnos, pero queda bastante alejada, en general, de la afición y vocación de nuestros alumnos. Su unión indisoluble con la liteatura establece un paralelismo bastante peligroso. Si los temarios ya son de por sí inabarcables y plantean la literatura con pacatería y restricción, más de un profesor tramposo y amargado va eliminando de sus clases el tratamiento literario para cubrirse las espaldas ante el preocupante nivel de conocimientos morfológicos y –sobre todo– sintácticos de sus alumnos, cuando no un desconocimiento lastimoso de la ortografía y la redacción. La cosa no se soluciona echando las culpas de uno a otro, y así hasta llegar al maestro armero. Cada profesor tiene algo de rienda para soltar o recoger y es imperdonable que algunos alumnos se queden, por ejemplo, sin haber visto en su puñetera vida nada de nuestro teatro áureo, por poner un ejemplo real y que conozco bien.

Creo que una buena práctica docente de la literatura puede enderezar algo el placer por la lectura. Pero aquí nos topamos con las lecturas en clase de las que hablaba Pedro con el buen sentido y rigor del que siempre hace gala. Los mismos centros educativos y los mismos profesores empezamos a entramparnos con el concepto de “fomento de la lectura” hasta quitarle todo su sentido. Uno, de tantos años de mili, tiene el culo pelado y sabe –tristemente– mucho de esto. Desde los niveles inferiores hasta segundo de Bachillerato es muy frecuente que nos encontremos con un catálogo de buenas intenciones que pasan por barrabasadas varias. Por ejemplo, hacer de los planes de fomento de la lectura un circo sin ser muy conscientes de que, al final, nuestros enanos crecerán… pero no leerán. ¿De qué sirve ese frecuente acercamiento al libro que no lo es? ¿De qué sirve la demagogia? Otro de los peligros es la mezcla en plan olla podrida de cosas que no son literatura. Ahora la literatura está cercenada por múltiples enemigos que suelen tener las caras de atención a la diversidad, la pacatería o la mojigatería. Sé de profesores que han abandonado las versiones reales de los cuentos tradicionales, quitándoles todo atisbo de sangre, rapto o asesinato cuando se sientan, muy enrollados, a “contar cuentos”. Sé de profesores que estimulan desde sus clases de tutorías auténticas bazofias literarias adornadas de tintes multirraciales y solidarios. Conozo a más de un fulano que no ha leído nada que se pueda calificar de potable y que se enfrasca deleitado en los libros que nos lanzan las editoriales para bajar el listón más bajo de lo que ya está.

Y llegamos al tema de las editoriales. Nosotros mismos, los profesores,  hemos caído en la trampa de alejar a nuestros alumnos de la literatura para acercarles a algo que no lo es: productos de muy escasa calidad y con fines estrictamente comerciales. Insisto: muchas veces somos los profesores los que perdemos el culo para recomendar algo que nunca debería de ser recomendable ni recomendado. Además, siempre está presente un trasunto de Ionesco: “Seis profesores en busca de autor”. Nos doblegamos a los propósitos editoriales para traer a autores pagados, a la postre, por los alumnos que adquieren sus libros estimulados por sus profesores. En mi pueblo, a eso se le llama pescadilla que se muerde la cola. Hay honrosas excepciones, pero la mayor parte de las veces esos autores no tienen nada interesante que decir. Y, desde luego, no ayudan en nada a que los chicos lean después, que es de lo que se trata. También se arrastra a los alumnos a representaciones teatrales infumables, hechas por grupos que no tienen otro modo de ganarse las habichuelas… o nacidos precisamente para ese bajo propósito.

Mientras tanto, las bibliotecas escolares permanecen vacías de unos fondos y unas actividades auténticamente estimulantes para la lectura. Mientras tanto, no conseguimos aumentar el número de usuarios de las bibliotecas públicas (el número de alumnos socios de las mismas es alarmantemente bajo). Mientras tanto, las librerías se autofagocitan con la misma literatura que no lo es. Y, mientras tanto, los centros educativos y los profesores nos pensamos que somos la de Dios, que valemos un huevo y que hacemos que nuestros alumnos lean… y lo conseguimos, a pesar de la lectura misma: autores sin talento, libros mediocres, nivel muy bajo, intereses económicos de por medio. Olvidando –insisto– el auténtico meollo del asunto: crear a buenos lectores en el futuro.

Yo se lo he dicho muchas veces a mis compañeros: paso de esto como de la mierda. Me niego. Punto. En mis clases y en toda mi actividad docente voy a intentar por todos los medios que mis alumnos se acerquen a la buena literatura, pero no voy a fomentar en ningún caso que sea la literatura la que se acerque a ellos. Sería un engaño para ellos y para mí. Quizá la sociedad, la legislación, el currículo, las políticas de centro me lo pongan muy difícil. Pero me pagan para eso.

No sería del todo justo si no acabase defendiendo a algunos profesores que se escapan de la quema. Lástima que queden pocos. Y, desde luego, respetar a todos los alumnos que llegan a disfrutar de un placer de por vida y que tiene una recompensa que vale más que cualquier tesoro. Lo han logrado pese a las trampas que les hemos puesto en el camino. Salud y libros, amigos. Salud y libros.

Espero que nadie se sienta ofendido. Yo, lo que es meterme, nunca me meto con nadie. :)

(La imagen es de florian.b)

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Blackboard

Alguna vez he hablado aquí de alumnos. Y he dicho (y lo mantengo) que lo mejor que tiene un profesor en su trabajo son sus alumnos: sin ningún género de dudas. Hoy me veo obligado a matizar parcialmente mis palabras, ya que los alumnos actuales son un auténtico lujo, pero es un lujo todavía mayor la relación (y la influencia mutua) que se acaba estableciendo con los ex-alumnos.

Como uno ya es viejo en este oficio, tiene ex de todas las edades, clases y colores. Es un auténtico placer ir a mil y un lugares para encontrarte con ellos. A algunos, los encuentras en la cola del cine, con otros quedas para tomar un café, o una caña, o lo que se tercie (todavía hay alguno –se lo recuerdo desde aquí– que me debe un trozo de tarta para celebrar su puesto de funcionario-para-siempre-jamás), con otros te encuentras cuando vas a un comercio, o a un banco. Es un placer encontrarte con ellos, porque eso te sirve para encontrarte con su presente y con el tuyo, y con los recuerdos mutuos. Con los contrastes y las diferencias. Como pocas veces he salido tarifando con ellos, el encuentro es cordial, sonriente, nada artificial. Me gusta encontrármelos en los sitios habituales y en situaciones inesperadas, con todo el tiempo del mundo o con el ajetreo del día a día. Con miles de obligaciones o con la tarde por delante. Muchos van ya empujando sus carritos de nene, con aquel chico, con aquella compañera con la que congeniaron ya desde la enseñanza media. Los has visto evolucionar, crecer, madurar, enamorarse y desenamorarse, llorar y reír. Y sientes, de algún modo, que ellos son parte importante de tu vida y, de una forma un poco egoísta, piensas también que ellos también tienen una parte tuya.

Hoy he querido hablar de mis ex y, como los toreros, se lo quiero dedicar. En este caso, a dos personas. A Andrea, que lee este blog entrada a entrada y que fue alumna hace muchísimo tiempo: tiene una de las sonrisas más bonitas del mundo entero. Y a María, a la que un coche se la llevó por delante hace unos años y que ahora se recupera poquito a poco. Hace tiempo que no nos vemos, pero nos mandamos correos. El otro día vi a su padre y dice que siempre tiene el nombre de tres de sus profesores en la boca. Uno es el mío, y es uno de los mejores regalos que me han hecho en este mundo. Lo juro.

Os quiero a todos. De verdad. Y ya sabéis que digo lo que pienso y no me ando con tonterías. Mariconadas, las justas.

(Imagen de Steve Hanna)

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cuaderno

Ayer me apetecía tomarme todo a coña. Me parecía una buena forma de dar la bienvenida a los que se acerquen por primera vez a esto de los blogs, para que no se lo tomen todo en serio. Y, desde luego, para que no me tomen en serio a mí, aunque esto de escribir un blog sea algo tan serio como para ser cachondo y tan cachondo como para ser serio. Prometo que alguna de las anécdotas que contaba eran ciertas, aunque lamento que las Red Foxes no hayan cantado todas a una el himno de la Burgosfera. Pero todo se andará, hermanos cibernéticos. Todo se andará.

Acababa la entrada de ayer cagándome en los muertos de Rafael Ansón y es de justicia que, ya que me bajaba los pantalones para tan loable tarea, justifique mi posición, ángulo y marca de papel higiénico. Decía el lumbreras -lo repito- que “En los colegios e institutos no hay un solo profesor de alimentación o nutrición, pero es mil veces más importante saber comer que conocer la historia de la Edad Media”. Le voy a decir varias cosas al tiparraco ese.

Por ejemplo, le diría que es de buena educación tener las uñas moderadamente cortas y, sobre todo, limpias. Queda muy feo un dedo meñique manchado de cerumen, un índice impregnado de mucosidades al abrigo de un semáforo o un pulgar grasiendo después de haber apretado tuercas durante el turno de mañana. Todos estaremos de acuerdo en la importancia de la pulcritud en las escamas de nuestros bellos apéndices. Mucho más que los avatares de Al-Hakan II allí por no-sé-qué-siglo. Propongo, por lo tanto, un profesor de higiene ungular en todos los centros escolares.

Le diría, por ejemplo, que es de importancia supina saber atarse los cordones de los zapatos. Que, si nos ponemos en plan técnico, podemos decidir por un amplio elenco de posibilidades “atatorias”. Que si en aspa, que si para pies pronadores, que si patatín o patatán. Y que hay diferentes tipos de lazadas. O que, en plan selecto y estilista, quizá no sea de buen gusto que zapatos y calcetines no vayan a juego. Es mucho más importante  esto que todo el proceso de Repoblación (antes llamado, de forma errónea, Reconquista). Propongo, por lo tanto, dos profesores, uno de habilidades de lazadas y ataduras de cordones y otro de armonización de los colores en la alternancia zapato-calcetín.

Por ejemplo, le diría que los fuegos y luces son cosa muy usada en hogares, fábricas y oficinas. Y que si estás desprevenido y no te fías de tu madre, te quemarás si pegas tu mano a la cocina vitrocerámica. O que si te dejas las luces dadas pagas un recibo de luz que te cagas. Es todo ello más reseñable que el Renacimiento Carolingio, así que echemos de las aulas a los profesores de historia y sustituyámoslos por todo un equipo de prevención de riesgos ígneo-lumínicos que nos ilumine las mentes y caliente nuestros corazones con su conocimiento.

Le diría muchas otras cosas, pero le recordaré solamente una más: es muy conveniente no tener las llaves dentro de casa cuando tú estás fuera, o que es muy pernicioso salir a la calle sin dinero (de esta manera, los chorizos no pueden robarte), o que la ropa hay que tenderla con pinzas, a ser posible. Conocimientos todos más dignos de mención que los trasuntos del Cid, héroe o mercenario, con Tizona (usaría la de verdad y no la de la exposición, imagino) dándole para el pelo a todos sus enemigos malos. Dejemos en paro a los doctos profesores de tan execrables disciplina y armonicemos un equipo docente con la tarea de  enseñar a recordar cosas y conocimientos domésticos básicos de parecida índole.

Le diría todas esas cosas. Y si este fuese un blog serio de alguien que supiese lo que es la enseñanza en sus propias carnes, le diría que no todas las cosas que hay que saber se han de enseñar en un colegio ni en un instituto. Que se aprende con el sentido común, con nuestros santos progenitores y hermanos, con los amigos, con los libros y con las revistas. Que no podemos aspirar a que los centros de enseñanza lo enseñen todo, que la enseñanza académica tiene que dar una estructura general de pensamiento, de conocimientos específicos e importantes, aunque no nos ganemos la vida nunca con ellos. Que enseñar para la vida no tiene necesariamente que ser equivalente a enseñar todas las cosas del día a día. Los alumnos sabrán lo que es una célula, un sintagma, una derivada, una fórmula o un movimiento artístico. Y eso es importante para su vida. Para no ser unos putos zoquetes. Y es cierto: no hay profesores de nutrición. Pero le diría al tiparraco que esas cosas que dice también se enseñan en los colegios en las clases de Ciencias Naturales y en charlas dentro del horario escolar.

Y una última cosa: le propongo que vaya él a los colegios a dar clase de nutrición treinta horas semanales, que les hable de las dietas disociadas y que puedan distinguir un Cariñena de un Rioja. Pero que luego se encargue de ir casa por casa y les diga a los sufridos adolescentes qué coño pasó en Europa desde que cayó el Imperio Romano hasta que los turcos tomaron Constantinopla. Y así con tadas las disciplinas que no son importantes.. A ver qué pasa.

(La imagen es de Alice Swanson)

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classroom

Desde la envidia consciente pero no combativa de mis 42 años, diré que uno de los mayores dones que he obtenido en los últimos diecinueve  ha sido el contacto constante con jovenzuelos que tienen entre las diecisiete primaveras y las veintitrés. No puedo soportar el resabiado discurso de que la juventud es decrépita y caprichosa y desmotivada y pasota y timorata y pusilánime. Si alguna vez es cierto lo anterior, no es culpa tanto de ellos como de sus padres, de sus profesores, de sus circunstancias. Idealizamos demasiado nuestra juventud haciéndola pasar por responsable, implicada e inserta en el orden cósmico con mil y una perfecciones. Me gusta estar con estos chicos. No creo que sea un complejo de Peter Pan con el que me niego a crecer (me niego a crecer por muchísimos otros motivos, pero nunca por este). Me gusta la chispa, la espontaneidad, la ruptura, la sonrisa que parece adivinar las cosas y no saberlas. Me gusta ver cómo se forman sus cuerpos y sus cabezas. Nunca los comparo con nada ni con nadie, porque ellos son ellos. Son el futuro de lo que nosotros fuimos y que ya nunca seremos. A nosotros nos adocena la vida, el coche de cinco puertas, el sueldo y la tarde de centro comercial, la hipoteca y la puta que lo parió, pero ellos tienen toda la vista puesta en algo que todavía no está. Lo mejor de un profesor son sus alumnos. Lo digo sin peloteo y sin que nadie me escuche, sólo vosotros. Todos los demás estamos para colaborar con ellos y educarlos, pero no para machacarlos, ni para contagiarles nuestros tics y nuestros defectos. Nunca más tendré veinte años, pero me gusta ver a mi alrededor a esos jovencillos. Aprendo todos los días con ellos. Y yo les enseño solamente mis pasados, mis miserias y los cuatro conocimientos de un cerebro oscuro. Va por ellos.

(Imagen de @LupinThe3rd)

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mainblanche

Si me preguntáis cómo he llegado hasta el(los) tema(s) de la entrada de hoy, confieso que no podría dar cuenta de ello. Me pasa como cuando llegas a casa y no recuerdas haber cogido el coche ni tampoco una parte mínima del trayecto. He llegado a un mismo magacín en Internet (Slate), pero en dos ediciones distintas: la francesa y la estadounidense. En las dos aparecen dos artículos interesantes que tienen que ver con los hijos y los padres que paso a glosaros (a mi manera, claro). Dedicaré la entrad de hoy al primero de ellos.

Alan E. Kazdin (profesor de la Universidad de Yale), escribe un interesante artículo titulado “La lecture n’est pas élémentaire”  que trata sobre el eterno problema de incitar a nuestros tiernos infantes a la lectura. El artículo parte de presupuestos mínimos: la situación de la lectura en la escuela es tan preocupante que se trata ahora, al menos, de alcanzar unos mínimos sin los cuales es imposible comprender el mundo (si somos ambiciosos) y de comprender las materias que estudia y mejorar el acceso a determinados puestos de trabajo (si acudimos a los mínimos de los mínimos). Teniendo en cuenta que las estadísticas sobre la capacidad de leer correctamente (entendiendo lo que se lee, claro) son preocupantes, parece que no está de más incidir en las estrategias que puedan mitigar este gran problema social.

Aunque la comunicación por medio del lenguaje sea un aprendizaje natural en los seres humanos, la lectura y la escritura no lo son. Por lo tanto, el proceso de aprendizaje de ambos es más dificultoso que la comunicación oral. Leer no es sino un conjunto de capacidades espefícicas que se unifican en el acto global de la lectura. Por consiguiente, el conocimiento de todos esos componentes específicos va a aportarnos unas vías de solución más eficaces al problema. Estos componentes son: el vocabulario (conocer el sentido del mayor número de palabras), la comprensión (establecer vínculos entre la experiencia humana y lo que aparece en la página escrita), la conciencia fonológica (identificar y manipular las unidades del lenguaje oral como palabras, sílabas, juegos de sonidos, rimas); la descodificación (poder descomponer las palabras para encontrar los fonemas constituyentes y para reconocer las palabras que nunca se habían visto antes), y la soltura para leer de manera rápida, precisa y con la entonación adecuada.

¿El mecanismo para alcanzar todo esto? Para Kazdin, el juego y la implicación de la lectura con la vida cotidiana. Todas las competencias específicas básicas que pueda ir adquiriendo el niño desde que es un bebé son una responsabilidad que debe iniciarse en el seno familiar para luego desarrollarse y complementarse en la escuela. 

Leer a los niños en voz alta desde que son pequeños, dejar que los niños tengan libros al alcance de sus manos, vincular la lectura a una rutina que se repita a determinadas horas del día, escoger lecturas interesantes y dejar al niño poder escoger los libros que se van a leer, jugar con los sonidos y las rimas, cantar y jugar con palabras y frases inventadas…

Con el tiempo, la escritura será una aliada de la lectura. El error (ese mágico y despreciado don humano) le hará comprender las letras y los fonemas de cada palabra. Aunque el niño ya lea en el cole, los padres debemos seguir acompañándole en sus lecturas y tendremos que ser cómplices también de ejercicios de escritura divertidos. Podemos también hacerles partícipes de lo que estamos leyendo nosotros. Incitemos a nuestro hijo a seguir la lectura de una serie de libros o de tebeos con un mismo personaje o tema para que él mismo sea partícipe de su proceso de lectura y haremos de la lectura de nuestros hijos un proyecto a largo plazo.

¡Los diccionarios! ¿Cómo vamos a inculcar la necesidad de utilizarlos si los niños no nos ven hacerlo a nosotros? Tengamos siempre uno a mano y molestémonos en consultar con él los significados sobre los que recaiga alguna duda. Un poco más allá, podemos enzarzarnos con nuestros hijos en juegos en los que el diccionario sea protagonista de nuevas experiencias que vayan más allá de la lectura monda y lironda. Y, más allá todavía, juguemos con las palabras mismas, con sus sonidos, con sus rimas, con sus raíces… No hagamos de la lectura una lección (entre otras cosas, porque nosotros ni sabemos de eso ni es nuestra función), sino un momento de intimidad con las palabras y las páginas escritas.

Regularidad más que ritmo acelarado lleno de frenadas que nos hagan desbarrar. Búsqueda de momentos apacibles y divertidos… Incidencia en la lectura en una lectura en voz alta habitual y amena, incidencia en la pronunciación para que los niños relacionen adecuadamente los sonidos.

Le lectura, qué duda cabe, es una de nuestras asignaturas más difíciles. Como padres y como seres humanos. Pero tiene una metas tan útiles, tan gratas y tan placenteras que merece la pena hacer un esfuerzo… siempre que sea un esfuerzo divertido y metódico. Muchas veces nos quejamos como padres de cosas de las que tendríamos que haber sido protagonistas. Cuando llega el momento de las quejas, quizá deberíamos volver la vista atrás, no vaya a ser que nos hayamos dejado alguna tarea pendiente…

(Imagen de Mainblanche)

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galleta2punto0

La entrada de hoy sólo tiene la intención de apostillar de manera muy breve algunos aspectos de mi post anterior, así como glosar de forma libre algunos de vuestros comentarios. Defiendo la Enseñanza 2.0 con el mismo ahínco que defiendo cualquier Enseñanza que se escriba con mayúsculas. Y la Enseñanza 2.0 ha de contar con varios pilares: profesores 2.0, contenido 2.0, alumnos 2.0. No creáis que me olvido: también tecnología 2.0 (y presupuesto “2.0″ y políticos 2.0). Manuel Andrés -un profesor de secundaria al que debo mi pasión por la Filosofía, un conocimiento más inicial pero riguroso del análisis literario y el descubrimiento de la carrera de Filología- me lo comentaba un día con precisión: del mismo modo que las técnicas quirúrgicas avanzan y nadie se sometería a una operación de menisco con las tácticas de hace treinta años, los profesores debemos también de utilizar las técnicas más avanzadas (cuando son mejores, sin dejar de lado los aspectos positivos de las antiguas). Los tiempos actuales son los que son (mejores, peores, iguales… ¡quién lo sabe!) pero tenemos que aprovecharnos del mundo que nos circunda y no renegar de él, como el judoka sabe que se combate mejor aprovechando la fuerza de su oponente. Necesitamos sacar lo mejor de nosotros mismos, estamos obligados a entresacar lo mejor de los contenidos (y enseñarlos y sugerirlos e incentivarlos y reforzarlos) y también estamos destinados a sacar lo mejor de nuestros alumnos. Que lo tienen. Y mucho.

Las Humanidades serán las que las circunstancias, el contexto y los políticos quieran, pero también lo que nosotros dejemos que sean. Hacemos poco favor a las Humanidades oponiéndolas de forma tonta a las Ciencias (conozco a algún profesor al que se le anega la boca de mala baba cuando ataca a los docentes de ciencias, mientras él mismo defiende su disciplina con la palabra ciencia por delante). Lo interesante no es oponer, porque nada es opuesto a nada (quizá), sino saber en qué lugar está cada uno, por qué y para qué.

Crear una Enseñanza (2.0) de las Humanidades 2.0 no garantiza nada (mejor ni peor), pero nos adentra en el mundo en el que vivimos, con la enseñanza dentro, que es lo que las Humanidades han intentado hacer siempre. Es una enseñanza que no desprecia nada, sino que acoge. Una enseñanza que no abomina, sino integra. Una enseñanza que tiene la obligación de asumir la interacción de las nuevas tecnologías porque eso -también- son las Humanidades de nuestra era.

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Educ Coper

En el interesante artículo en el que se nos cuenta que los científico han “puesto cara” a Copérnico se da alguna que otra cosa por demasiado sentada. Por ejemplo, el principio: “Cualquier chaval sabe quién es Nicolás Copérnico”. Yo, sientiéndolo mucho, niego la mayor. Entremos en las escuelas y hagamos una de esas encuestas que están en boga y hagamos la preguntita mágica. Oye, chaval, ¿quién era Copérnico? Y, al margen de las honrosas excepciones que siempre existen, la respuesta puede hacernos temblar. O llorar. La cultura científica -que parece ser una necesaria redundancia- ha obligado a nuestros próceres a instaurar una asignatura en primero de bachillerato que se llama “Ciencias para el mundo contemporáneo” (¿por qué no hay una asignatura que se titule “Letras para el mundo contemporáneo”, o “Religión para el mundo contemporáneo?, o “GINASIA para el mundo contemporáneo”? “Latín para el mundo contemporáneo” molaría). Por algo será. Ahora, resulta que a nuestros gobernantes y legisladores les interesa el abandono escolar. Tanto como para que otro titular de hoy rece que “El abandono escolar lastra la economía española“. Un déficit educativo lastra a cualquier país a la larga, y parece que nadie ha puesto cara al problema. La solución no parece que pase porque se logre que se aprenda más y mejor, sino porque se apruebe más. Eso es muy fácil de conseguir. Si me dejan, yo arreglo el problema en un periquete: tengo encima de la mesa casi cien exámenes. Me basta con relajarme, sonreír y liarme a poner cincos.

Y encima, somos tan cínicos como para establecer el paralelismo entre educación-economía ahora, precisamente ahora, cuando aquélla nos importa un pepino y la otra nos está rascando los cojones. Oportunismo, le llaman. Los estudiantes universitarios están ahora en huelga y movilizaciones por lo de Bolonia, y están en su legítimo derecho. Pero unos estudiantes de secundaria se adherían a las movilizaciones y decían -lo juro- que protestaban por “lo de Polonia”. Seamos justos. En la educación hace falta una “revolución copernicana”. Para poner cara a Copérnico… y a todos nuestros problemas. Siempre podemos comenzar otra nueva guerra de historia contemporánea con Hitler invadiendo Bolonia.

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Tizas

Después de la entrada de ayer, sólo me queda -por ahora- descender a algunos pormenores. Por ejemplo, el hecho de que, como apuntaba Isabel Huete en uno de los comentarios, en la enseñanza hay un poco de todo. De hecho, no toda la tradición es mala ni toda la innovación buena. Seguro que algunos elementos de la enseñanza tradicional son buenos y algunas de las novedades de la novedad son vacías y nefastas. En cualquier caso, yo sigo alabando la labor de algunos compañeros que entregan generosamente su tiempo para agilizar la enseñanza adaptándola a los nuevos tiempos, compañeros que dedican sus esfuerzos a cambiar para bien el rumbo metodológico de la educación. Pondré dos ejemplos burgaleses que me vienen ahora mismo a la cabeza: Luis Oña, profesor del IES Félix Rodríguez de la Fuente de Burgos, que dedica sendos blogs a la enseñanza de la Geografía y de la Historia es un caso de entrega variada y pormenorizada. Y Luis Barriocanal, psicólogo y orientador, que lleva muchísimos años en el mundo de las aplicaciones informáticas enfocadas al mundo de la enseñanza (es un experto en Joomla), que imparte cursos para difundir sus enseñanzas y que colabora activamente en el diseño de muchos sitios web educativos. Me he querido detener hoy en el ámbito de la Enseñanza Secundaria. A veces tan tan despreciada, a veces tan olvidada. Y, para acabar, por si alguien no sabe lo que es afanarse en el mundo de la educación, recuerdo las siempre ilustrativas palabras del Diccionario académico: “Entregarse al trabajo con solicitud congojosa.- Hacer diligencias con vehemente anhelo para conseguir algo.- Trabajar corporalmente, como los jornaleros“. Eso es afanarse: nunca un verbo intransitivo tuvo un objeto más directo. Eso es afanarse. El resto es… otra cosa.

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Blackboard

Dos noticias complementarias -y contradictorias- con las nuevas tecnologías y la enseñanza asomaron ayer por El País. En la primera, el titular afirma que “La enseñanza fracasa porque está obsoleta”. Sostiene esta afirmación el colectivo de profesores IRES (Innovación y Renovación Escolar), autores del manifiesto No es verdad. , que también opina que la escuela tradicional es cualquier cosa menos tradicional: seguimos en la senda de “la transmisión directa de contenidos inconexos y no pocas veces desfasados e irrelevantes, en el aprendizaje mecánico y repetitivo, en la evaluación selectiva y sancionadora y en la prolongación de la jornada escolar con abundantes deberes”. En la segunda noticia, los profesores más imbuidos en las nuevas metodologías de enseñanza (las famosas TIC) se quejan del poco apoyo y reconocimiento de su labor. Por poner un ejemplo claro y evidente, los profesores que trabajan con nuevos soportes y elaboran nuevos materiales utilizando sitios web, blogs, etcétera, no obtienen ningún reconocimiento académico oficial. La razón, que no hay ningún ISBN o ISSN que “avale” un reconocimiento científico que sí puede obtener cualquier abrazafarolas que se publique a sí mismo un libro o tenga un buen padrino para que le agregue un artículo en una revista “especializada”.  Hace ya unos cuantos años, Sokal publicó un libro magnífico: Imposturas intelectuales (Paidós, 1998). En él cuenta la historia de cómo un sesudo artículo titulado “Transgresiendo los límites: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica” fue publicado en la revista Social Text. El escrito de marras no tuvo ningún problema para ser seleccionado y fue, desde luego alabado por su originalidad, que no era tal: era un artículo de coña, escrito con una abrumadora cantidad de notas a pie de página y sin ningún sentido externo ni interno. El trabajo de Sokal era broma, pero las novedades editoriales y las revistas especializadas están copadas de bromas verdaderas.

Ha habido enseñanza tradicional, buena y mala siempre. Entre otras cosas, porque siempre ha habido profesores renovadores. También hay que advertir que hay enseñanza novedosa mala. Entre otras cosas, porque siempre hay profesores que, a fuerza de estar a la última, se olvidad de lo fundamental. Pero lo cierto es que hay muchos que proyectan sus esfuerzos y desvelos para alcanzar una enseñanza moderna y profunda, renovadora y ambiciosa. Sinceramente, creo que las cosas van a tener que cambiar. Llevan cambiando desde hace mucho tiempo.

(Imagen de rich_w)

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Miguelon

Esta entrada va a resultar un tanto extraña, porque trata de algo que no he leído, un tema sobre el que no sé nada y unas conexiones sobre las que no puedo decir ni mu. En un repaso muy superficial al periódico de hoy, leo en un titular que la escuela suspende en emociones. No he leído el contenido, pero sé que trata de la inteligencia emocional, sobre la que no voy a hablar.  No voy a hablar sobre la enseñanza en general, ni sobre la enseñanza en particular, porque son temas sobre los que no sé nada y sobre los que tampoco puedo hablar. Me pillan fuera de mi capacidad y de mis funciones. Llevo dedicados dieciocho años de mi vida resueltos en un firme propósito: salir de casa para trabajar, asegurarme de que la puerta de casa esté bien cerrada (esta neurosis mía me juega malas pasadas), llegar a mi puesto de trabajo, sentarme a una mesa (diría que me siento en ella, cosa que también es cierta, pero tampoco lo puedo decir, porque si lo digo todo se sabe), desplegar el periódico que envuelve el bocadillo (es una forma de no darle lujo ni importancia al asunto: el papel de aluminio deslumbra; es una forma de optimización de recursos: siempre utilizo la página de los pasatiempos) y adiestrarme en la difícil tarea de masticar sin hacer ruido, mirando hacia el infinito de esa ventana por la que escapan nuestros sueños. Luego intento reprimir un leve eructo. Palmeteo mi camisa para liberarla de las migas. Y luego paseo. Para arriba, para abajo. Mirando alternativamente hacia el techo y hacia el suelo. Espero pacientemente, reloj en mano, a que pase la mañana dividida en segmentos. Y luego, para casa. Los días que siguen hago lo mismo. Con paciencia y perseverancia. Y así hasta llegar a fin de mes. Intento sin éxito no sonreír levemente cuando mi vista nunca cansada comprueba que, mes a mes, me convierto en millonario. Luego abandono todo exacerbo. Luego me repantingo o me repanchingo (todo en esta vida tiene su sinónimo, menos la muerte) en el sofá, delante de la tele. Mi sueño desencajado desenchufa también mi saliva, que fluye en un reguero desigual por la barbilla. Y alguna vez -sólo alguna- tengo pesadillas. Cada trabajo necesita un trabajador. Y yo tengo lo que me merezco.

Olvidé decir una cosa importante: el bocadillo era de mortadela con aceitunas o de chóped. Días alternos.

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