Por Raúl, hace 1 mes y 19 días

El palacio de tus sueños

Postit2

Cargo mi vida de post-it, de papeles arrancados, de bordes de periódicos, de sobres bancarios reutilizados. Apunto en ellos citas, expresiones, epifanías y, sobre todo, chorradas. Gracias a ese desorden en avalancha (eso sí que es una tormenta -un tormento- de ideas), he tenido aportaciones para artículos que  he escrito y que no escribiré, me han venido intuiciones para un poema, he tenido bosquejos para algunas de las entradas de este blog. Compruebo que encima de la mesa, debajo de la pantalla del ordenador, se había enquistado una de esas notas, que decía: «Voy a meterme en el palacio de tus sueños». Me pareció una expresión bonita, que se me ocurrió no-sé-cuándo y que iba a utilizar en alguna ocasión. Hoy he decidido darle el día libre y soltarla al viento, sin ninguna conexión, sin nada más que la abrigue que la propia belleza de las palabras y el trasfondo de los significados. En sentido inverso a lo que es habitual, bautizo primero la expresión para dotarla luego de vida y experiencia. No es una realidad, ni es un deseo. Son ocho palabras fugadas de un cerebro, enlazadas con el hilo de la imaginación y cosidas en la piel ruda de nuestra existencia. «Voy a meterme en el palacio de tus sueños». A ver qué pasa.

Por Raúl, hace 5 meses y 14 días

Palíndromo

Palindromo

Hoy he visto la vida desde el otro lado

Acostumbrado a que las cosas son palabras y las palabras son cosas, a que las cosas son imágenes y que las imágenes son cosas, a que nosotros mismos tenemos nuestro haz y nuestro envés, me he llevado la sorpresa de ver las cosas de nuevo y del revés y del revés y de nuevo.

Hemos visto la suerte en los capicúas -que podrían ser números, pero también serían unos perfectos aborígenes de alguna aldea en alguna parte-, pero los sinsuerte del mundo comprobamos que el mundo es reversible -como las camisetas- gracias a los palíndromos. Si digo «Vendedor de jabón» no digo nada, pero si lo traduce un finés dice saippuakauppias comprobamos la mezcla de alfa y omega, la superposición de la cara y el culo, dicho en bruto y con bruticie. Si el griego fuera hoy algo más que un yogur o una rima del cinco, sabríamos que tenemos que lavar también nuestros pecados y no sólo nuestra cara: Nipson onomemata me monon ospin. Para que las caras sean culos y los pecados caras. No sé: seguro que hay más y más. Con las palabras como juego. Pero los juegos, ya se sabe, son trasunto de la vida. Porque los juegos son la vida y la vida es un juego.

hoy he visto la muerte desde este lado

Y he sentido miedo.

(Debo el descubrimiento de la escritura especular a Edu en uno de sus Plurks. La imagen es de Resio)

Por Raúl, hace 7 meses y 22 días

Deseo, seducción

Irina

El deseo es una emoción, un impulso. Parte de alguien para llegar a nosotros o parte de nosotros para llegar a alguien. En ese intersticio, se provoca la tensión entre el deseante y el deseado, entre la imagen y su reflejo, entre la realidad y la imaginación. El deseo es también disputa o reñida compartición (1 y 2). El deseo es, también, una obsesión. Lo decía Avicena, en palabras de Umberto Eco: el amor es «un pensamiento fijo de carácter melancólico, que nace del hábito de pensar una y otra vez en las facciones, los gestos o las costumbres de una persona del sexo opuesto [...]: no empieza siendo una enfermedad, pero se vuelve enfermedad cuando, al o ser satisfecho, se convierte en un pensamiento obsesivo» (El nombre de la rosa). Ese pensamiento obsesivo nos recorre las entrañas al ver los hombros de Irina, sus labios y su mirada fija en nuestros ojos, convencidos destinatarios de su luz divina. Es un deseo de dentro, casi impuro, que paradójicamente se convierte también en algo puro y sereno, nacido de la convicción de la imposibilidad hecha realidad. No es Irina, no somos nosotros. Es Irina en nosotros. O ni siquiera eso. No es Irina, es lo que su reflejo nos deja ver. Es la obsesión del melancólico, decía Avicena. Hablaremos sobre los humores y sobre los temperamentos. Otro día. Pero los deseantes deseadores parecemos atrabiliarios, melancólicos, cuencos excedentes de bilis negra que desbordan la pasión.

Sólo tenemos una medicina, que es la seducción. Pero esa es arma poderosa, nuestra baza para la conquista. Y también hablaremos de ella otro día. No es bueno mostrar las armas (ni las bazas) a los «enemigos» co-deseantes, a no ser que ellos las elijan en un duelo.

Por Raúl, hace 7 meses y 24 días

Soy, modestia aparte, un hombre objeto

Complu

Pospongo para las próximas entradas mi proyecto de hablar del interior y del exterior, porque un suceso imprevisto ha cambiado mi vida. Me he dado cuenta de que soy un hombre objeto. Así, sin comerlo ni beberlo, sin salir a buscarlo y con toda la modestia del mundo. Las cosas son así, amigos. Y lo he descubierto en el transcurso natural del día a día, leyendo. Si desciendo, evidencia a evidencia, me doy cuenta de que soy un ser humano y, por lo tanto, animal; animal y, por lo tanto, ser vivo; ser vivo y, por lo tanto, cosa, objeto. Me desmarco, pues, de las hienas, de los champiñones y de las abstracciones punto por punto y evolutivamente. Como dice Jesús Mosterín, «decir de algo o de alguien que es una cosa, lejos de ser un insulto, es un piropo ontológico. La alternativa a ser una cosa es ser un mero accidente, o una abstracción, o una ficción» (La naturaleza humana, Espasa-Calpe, 2007, pág. 54). Y no os podéis imaginar lo que me alegro de no ser una hiena (aunque sea un animal no carente de encanto y equivalente a unos cuantos humanos que conozco), de eludir el champiñón (aunque sea la exquisitez de las basuras, pero inevitablemente unido a la cocción junto con el insulso perejil) o de ser una abstracción (que se pierde en el ser no siendo nada). Eso, ser una cosa, es algo que yo nos lo decía Aristóteles con palabras más rimbombantes (sustancia, dicen los latinos y los traductores; ousía, decía él). Pero cosa está bien. Me gusta.

Ahora me miro al espejoSr. K, me gustas un huevo!) y, viéndome cosa, recupero mi dignidad. Me aprecio, me acerco y dejo de ver arrugas, canas, para contemplar laberintos, surcos de belleza enmarcada. Y me siento digno parternaire de las chicas de Intimissimi y de todo lo que se lleve por delante. Soy una cosa, amigos. Y sólo falta que una femme fatale (esta, por ejemplo) venga, se arroje a mis brazos y me diga: «Ven aquí, cosita mía» y así quedar plenamente reconciliado con el mundo y con sus moléculas.

Por Raúl, hace 10 meses y 17 días

A través del espejo... y lo que encontramos al otro lado

Entre espejos

Nunca hemos contemplado nuestro rostro directamente: sólo lo conocemos a través de los reflejos y las imágenes, lo que es lo mismo que decir que nos conocemos a nosotros mismos viendo algo que no somos. Jacques Lacan (y otros psicoanalistas) denominaba a este fenómeno el estadio del espejo. Esta puñetera paradoja hace que, mientras nos contemplamos, percibamos esa imagen como algo ajeno a nosotros mismos. Somos ante nuestro álter ego, entes ficticios. Lo curioso es que existe un test para comprobar cuándo un niño conoce su propia identidad (denominado, precisamente, el test del espejo), que funciona de la siguiente manera: se le mancha a un niño la cara con un poquito de tiza o de pintura. Si el peque se mira al espejo y hace por limpiarse, significa que el niño tiene propia conciencia de sí. Y ya la hemos vuelto a armar. ¿Cómo podemos reconocer nuestra propia identidad si nos estamos viendo al revés? Yo he vivido una experiencia muy dolorosa en sentido inverso: la última vez que mi madre bajó en un ascensor conmigo se puso a hablar muy afectuosamente con una señora en el ascensor: «¿Nos conocemos de algo?», le dijo. No se reconoció a sí misma. En ese momento comprendí, viéndola, que veía a las dos. Y que ninguna de las dos era auténticamente mi madre. Ella, Delia, (su mente, su conciencia), no se reflejaba ya en ningún espejo: había huido de su cuerpo hace tiempo. O quizá no, quizá se haya escondido en el interior de nosotros mismos.

Si cruzáramos el espejo, entraríamos en otro mundo, como Alicia. Y como es un mundo ficticio, nos sumergiríamos, por fin, de una maldita vez, en el mundo de verdad. Mientras tanto, seguimos mirando reflejos, nos acercamos, miramos nuestra cara, cada vez más exigente con el paso del tiempo. Y se nos olvida que estamos en la feria, que nos metemos por el laberinto de los espejos, que nos vemos desde todos los ángulos posibles... y que ninguno somos nosotros. Yo, al menos, no me reconozco. Tiene cojones la cosa.

Por Raúl, hace 11 meses y 5 días

Entre heridas y vahos

Nieb Bur

 Le gustaba erguirse, supurando las heridas, contra la niebla, con el sol aupando en su favor las briznas heladas. Se alza sobre sí misma, contra un cielo adverso y un destino harto de vaivenes nefandos. Y crecerá con el brío y el ímpetu del viento, el vaho sin contraste de un espejo en el que ya no refleja.

Por Raúl, hace 1 año y 1 mes

Los días y los días

Reflejos

Desde luego, me hubiese gustado que esto hubiese sido un autorretrete del Sr. K. (o alguno de los productos derivados), auténtico género con reglas a lo cine Dogma 95. Tristemente, es un estado de ánimo.

Hoy he pasado por la luz de la mañana
como el cubo por el brocal de las sombras.
Me he dirigido hacia mi rostro en el espejo
y me ha devuelto una imagen gastada
que no cesa de dar la razón al tiempo.

Mi comer inútil se ha detenido pausadamente
en la quinta patata frita que acompaña
al quinto bocado de un filete
poco hecho, como mi vida.

La tarde de letargo y siesta, la pantalla de un televisor,
la cena y el correo.

Una mirada por la ventana va percibiendo
el tránsito de la transparencia al espejo.
Otra vez el juez, el puñetero juez de mi cerebro.

Y el resultado final, ya lo sabéis.
Dormir un día más
aferrado firmemente
a la almohada y al mundo.
Para no caerme.
Para soñar.
Para esperar otro día, y un espejo nuevo.