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Felicidad

La felicidad no entiende de perseverancia ni de voluntades.
La dicha es un estado pasajero.
Se levanta cuando empieza el día y, minuto a minuto, los hechos se disocian de nuestras ilusiones.
Se tambalea a medida que reflexionamos, que pensamos fríamente
Cae al atardecer, como el sol.
Y nos dormimos con el miedo y con la ilusión de volver a despertar. Quizás.

(Imagen de Víctor Nuño.)

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No soy muy amigo de las teorías psicológicas que yo denomino “iluminadas”, pero hay ciertas corrientes bastante serias en la actualidad de la denominada psicología positiva, que tiene a Martin Seligman como uno de sus representantes más destacados (también contamos, en el ámbito español, con Luis Rojas Marcos). En el ámbito español, pese a ser muy divulgativas, me encantan las intervenciones de Elsa Punset en El Hormiguero. En uno de estos programas, Elsa Punset hace unas reflexiones muy generales pero muy apropiadas en torno a la búsqueda de la felicidad y se afirman cosas como que, cuando estamos tristes, nos obcecamos en ver solo una parte mísera de la realidad pero olvidamos otras cosas positivas que hay a nuestro alrededor porque, en el fondo, quizás no vemos las cosas como son realmente, sino como el cerebro nos dice que son (somos muy obstinados en nuestras percepciones). En ese mismo programa Elsa Punset nos brinda un consejo muy simple para “educar” a nuestro cerebro a ver las cosas buenas de la vida poniéndonos a la tarea de hacer una lista diaria con las cosas positivas que nos han sucedido a lo largo del día.

Esto es lo que me propongo hacer explícitamente en el blog de vez en cuando. Empezamos con cosas que me han sucedido entre ayer y hoy. Son pequeños detalles, pero quizá mi cerebro empiece, paulatinamente, en percibir los colores y no sólo el blanco y, sobre todo, el negro.

  1. Entre un tumulto de obsesiones y pensamientos tristes, se me ha ocurrido un chiste muy malo con el que me he reído a mandíbula batiente.
  2. He presenciado una pequeña conversación en torno a cuestiones importantes de la Universidad y he visto que el mundo, al menos de momento, sigue funcionando.
  3. He salido a correr y, pese a una temperatura gélida, he disfrutado con un sol temprano que iluminaba el camino y con el que las ramas de los árboles hacían formas maravillosas.
  4. Pensando en mi salud, he comprobado que últimamente las cosas van sobre ruedas, sin ninguna lesión a la vista.
  5. Me ha gustado detenerme en preparar a mi hijo el desayuno: leche caliente con cacao y galletas. Hoy no me lo he tomado como una obligación, sino como un regalo.
  6. Pese a tener mucho trabajo acumulado durante estos días, me senté frente a la televisión para disfrutar de un capítulo de Fringe.
  7. Pensando en esta serie, tengo que dar las gracias a las personas que me aconsejaron insistentemente para que no me la perdiese.
  8. Tuve la suerte de relacionar unas cuantas ideas que tenía perdidas para un trabajo de investigación que tengo pendiente.
  9. Disfruté cenando una ensalada y un plátano, y no me asaltó la necesidad compulsiva de empapuzarme después con miles de galletas.
  10. Fue cerrando los ojos paulatinamente, dejándome vender por el cansancio más que por las preocupaciones. La pasada noche no hubo monstruos.

(Imagen de Elisa Deljanin.)

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adusto

Una presa en el saco de la ignominia, una huida hacia delante. La seriedad como arma y como escudo. El gesto adusto, la mirada angulosa y angulada. Un mohín de reprobación en el semblante. Aquí nadie se ríe, que la vida es muy seria y no está el horno para bollos. Y lo digo yo, que soy el que manda. Las cosas no son lo que parecen, todo es grave siendo ingrávido; todo es volátil, pero pesa, como las consecuencias de nuestros actos. Por eso, él se decidió a no tolerar la risa, ni la broma, ni el labio curvado fácil. Padecía gelotofobia y no lo sabía. Por si acaso.

(Entrada dedicada a todos los intolerantes y poco sonrientes con los que nos toca vivir. Imagen de ViaMoi.)

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conferencia

Si la gripe (común, que para eso uno es muy vulgar) no lo impide (o remedia), el próximo jueves, 12 de noviembre, daré una charleta en el interClub de Caja de Burgos. Por aquello de meterme en camisas de once varas, he elegido como tema la felicidad, un asunto que me apasiona y que nos toca más la piel que una camiseta de Abanderado de las de tirantes y caladitos. Se titula “¿Es posible un mundo feliz?”. Como su propio nombre indica a los avispados, quizá la pregunta tenga trampa. Quizá no.

El interClub está situado en la calle Jesús María Ordoño, números 9-11 (es una calle paralela a la calle Vitoria y que finaliza en el edificio de Hacienda). Estáis invitados, si no preguntáis mucho.

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risa

¿Quién dijo miedo? ¿Qué es eso del valle de lágrimas? ¿Cómo se come la vida sino comiendo(la)? Hoy la cosa va de sonrisas internas sacadas hacia fuera, de labios en curva que no son rictus, de sonrisas llenas de sonido pero vacías de sonoras carcajadas. Hoy la cosa va de ser feliz, de vivir con la suficiente presteza como para no obnubilarse, como para no agobiarse, como para no rebajarse al nivel de las aceras. Nada de medida en tazas pequeñas, nada de cálculos, de obsesiones y de compulsiones. Hoy la cosa va darse cuenta de que esto no es un ensayo general de la gran obra, sino de la gran obra que ahora se representa y que, necesariamente, es comedia, aunque a veces tenga mucho de tragicómica. Hoy la cosa va de contactos frecuentes, de roces sin fricciones, de agitamientos sin convulsiones. De la vida como intervalo, y no como principio, y no como final. De vestirse de gala para la fiesta a la que uno está invitado. De vestirse de gala para la fiesta a la que uno no está invitado, pero se cuela. De llorar sólo si se tiene ganas y si no se puede esquivar la lágrima, y de fruncir el ceño solamente con las bromas.

Hoy la cosa va de cosas etéreas pero reales, de bocados de vivir sazonados con el calor de lo circundante. De ver tres luces allí a lo lejos, en el puerto de una ciudad sin mar.

Jijí, jajá. No es ninguna broma. Porque la vida no sea un juego, aunque a veces se le parezca mucho.

(Imagen de Marind is waiting for les tambours de la pluie)

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Waterfigures

La felicidad es, quizá, el auténtico motivo conductor de nuestra vida. Todas nuestros actos intentan enfocarse hacia metas positivas. Esto no es nuevo: lo sabían muy bien todos los filósofos en todas las épocas, con Aristóteles a la cabeza. El problema radicaba, según este pensador, en la concepción de felicidad que tiene cada uno. Sea cual sea esta concepción, siempre que sea una meta alcanzable, nuestra felicidad depende de nosotros mismos, pero también depende de los demás. Por lo tanto, la felicidad es contagiosa. Un contexto de personas felices acentúa nuestro grado de felicidad. Como decía en la entrada anterior, uno de los grandes obstáculos a los que nos enfrentamos los seres humanos son los estados de indefensión aprendida postulados por Seligman. En efecto, hay muchas ocasiones en la vida en la que nos encontramos con un muro de dificultades casi imposible de escalar. La imagen que me viene en la cabeza es la de esas road movies americanas en las que el coche se estropea en mitad de un desierto, entre bifurcaciones de carreteras pedregosas y sin señales de vida. Aunque la felicidad tenga no pocos componentes genéticos, también es cierto que la felicidad se aprende. Es decir, que el camino se hace andando. Aunque se te estropee el coche. Aunque se estropee en medio del desierto. Aunque las bifurcaciones sean de carreteras pedregosas. Aunque ningún camino parezca bueno. En la película, siempre suele haber una cantimplora y unas gotas de agua.

(Imagen de Footpa, vía Pasa la vida)

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Adn

Después de unos cuantos días agotado y esperando que me llegara la inspiración, vuelvo a Verba volant sin que las musas me hayan complacido. No obstante, dado el grado de preocupación que me llega a través de los medios digitales -y esto es curioso: exclusivamente digitales-, escribo esta entrada para reconfortarme sobre todo a mí mismo diciendo que estoy vivo. No coleando, pero vivo. Desconectado casi del mundo, pero vivo. Y agradecido por todos los que os preocupáis por mí. El grado de mis dolencias ni yo mismo lo sé, pese a que me gusta estar informado de mí mismo. Esta es una entrada ligera. Iba a hacer otra un poco más profunda, pero no quería cansarme y cansaros. Pero es una entrada esencialmente médica e inherentemente filosófica. Creo que no valoramos en su justa medida las contribuciones de Hipócrates y Galeno a la medicina. La teoría de los cuatro humores no es cierta en sí misma, pero no deja de ser obvio que nuestro cuerpo tiende a un equilibrio entre determinados componentes. Si uno falla por escasez o demasía, se rompe el equilibrio que supone nuestra salud. Además, pensaban que nuestra salud no se debía a sortilegios, fuerzas sobrenaturales o espíritus malignos, sino que anidaba en nuestro cuerpo: en el ser humano está el problema y dentro de él la curación. La enfermedad supone pena y la pena extrema puede conducirnos a lo que Seligman denomina indefensión aprendida. Lo que tenga que ver esto con la felicidad, tendréis que comprobarlo en una entrada nueva, que llegará próximamente a vuestras pantallas.

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Mujer ante el mar

El mar y su mirada preguntaron por aquella luz que emergía entre las olas. Sus ojos oscuros se posaron sobre aquella espuma -rosa y gris- para alzarse luego ante un sol inexistente.
Abrió los ojos y respiró, creyendo que la duda entraría en sus pulmones; pero su pecho quedó solo, anegado por la muerte. Percibía los placeres y se interrogaba por ellos: frágiles desvaríos a cada instante. Su cuerpo insinuaba la curva de la espera, de la calma, de aquella brisa que indagó sus deseos y quedó convertida en simple viento.
Dime por qué. Su voz se alzó, quejumbrosa, buscando las palabras de quien era semejante, y, por ello, no pudo encontrar respuesta alguna. Apenas pudo atisbar la aporía en esa ola que se alzó y rompió su semblante.
Dime cómo. Su cara se inclinó, desafiante, buscando los orígenes de la ausencia de límites, sin hallar —por eso mismo— otra contestación que el bramido de la resaca en franca retirada.
Dime cuándo. Su dedo apuntó tembloroso a esa roca que era símbolo de muerte. Y no encontró sino una gaviota que alzaba el vuelo para nunca retornar. El tiempo no tenía sentido, porque ya no existía.
Dime de qué color es la felicidad. El mar devolvió una sonrisa sincera, y contestó: “El color puede ser blanco, puede no ser negro; mas nunca busques dicha ni respuesta en figuras imposibles, negras y de contornos amarillos. Busca, en todo caso, la alegría en mi color”.
Ella miró, alzó los brazos y, respirando hondamente, alzó su voz. Su dedo acabó posándose en una gota de agua y sal; la llevó a sus labios y desapareció convertida en niebla.

(La fotografía “Olas de Niebla” pertenece a Alejandro Medina)

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