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Ficción

Seeds

Nuestras vidas son los ríos narrados que van a dar al mar, que es contar nuestro sentido al final. O, lo que es lo mismo, nuestra vida es la vida única e irrepetible del argumento ya contado. Lo decía Borges en el cuento titulado “Los cuatro ciclos”: “Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda seguiremos narrándolas, transformadas.” A nosotros, los que habíamos nacido en el siglo del cine, parecía aguardarnos la esperanza de que fuera distinto, pero es lo mismo. Siempre lo mismo. Jordí Balló y Xavier Pérez escribieron La semilla inmortal, en la que devolvían a nuestros corazones toda la historia del cine y, por lo tanto, toda nuestra historia, amarrada a un número muy reducido de argumentos que eran modernos porque son clásicos. Siempre hemos buscado tesoros; hemos tenido un hogar (interno o externo) al que intentar retornar; nos hemos esforzado por crear nuevas patrias o impelidos a extendernos por nuevos territorios. Y nos hemos topado tanto con benefactores desconocidos como con malignos destructores, que nos han tentado y con los que -a veces- hemos pactado. Hemos buscado la venganza templada o sedienta de humores sanguíneos con tanta fuerza como la que hemos derrochado buscando en el amor la sensación prohibida, el sentimiento que nos redime o la seducción incansable. Ebrios de poder, intentamos desdoblarnos en múltiples seres, pero también conocernos a nosotros mismos. En el camino, hemos intentado crear vidas desde la humanidad o desde el artificio. Y lo mismo nos da por escalar hacia el cielo que nos empecinamos en descender a los nuestros infiernos.

Mira que lo decía Platón en un bello pasaje del Fedro, del que Balló y Pérez extraen el título de su libro: “se plantan y se siembran en ella [en el alma] discursos unidos al conocimiento; discursos capaces de defenderse a sí mismos y a su sembrador, que no son estériles, sino que tienen una simiente de la que en otros caracteres germinan otros discursos capaces de transmitir siempre esa semilla de un modo inmortal, haciendo feliz a su poseedor en el más alto grado que le es posible al hombre.” (Platón, Fedro, 276e-277a). Algunos científicos se enorgullecen de haber logrado que germine una semilla de palmera de hace 2.000 años. Pobres incautos. No saben que esa semilla, como nuestras vidas, germinó en el momento de ser contada. Del brote, de los frutos, todavía no sabemos nada. Somos una historia ya contada. Pero hay una pequeña pega: al final, no sabemos cómo va acabar.

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Rama Nieb

“Porque sueño no lo estoy. Porque sueño, sueño. Porque me abandono por las noches a mis sueños antes de que me deje el día. Porque no amo. Porque me asusta amar. Ya no sueño. Ya no sueño. A ti la dama, la audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar… te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de la mentira, que tú misma, me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad.”

Este es el fragmento talismán de Léolo, la película (podéis leer una interesante crítica aquí) de ese genio canadiense llamado Jean-Claude Lauzon (fallecido en un accidente de aviación a los cuarenta y cuatro años: ¡lo que le hubiese quedado por contar a este hombre!. Mira que la vida es perra). Porque sueño, yo no estoy loco…

El sueño nos priva de la locura, que es tanto como decir que nos aleja de esos ríos infernales, del que Leteo es muestra y paradigma. Quevedo se negó a cruzar el río del olvido aceptando las leyes del olvido para emprender ese viaje de vuelta imposible (“nadar sabe mi llama el agua fría / y perder el respeto a ley severa”), mientras Baudelaire estaba más que tentado a darse un chapuzón en esas aguas que borran la memoria (“¡Quiero dormir! ¡Dormir antes que vivir! /En un sueño tan dulce como la muerte”. La confusión metafórica de la muerte con el sueño engaña nuestra existencia, la bordea del símbolo de la mentira. Convierte el sueño en algo pasivo, quieto y sin sentido. El ensueño (palabra que, paradógicamente, procede de insomnio) de la vigilia, el dulce sueño alejado de la pesadilla, el pálpito que nos regala nuestra dura cabecita cuando se niega a pensar que su función sea pensar y pensar, nos alejan de la locura porque nos sumergen en ella.

Sabemos que soñamos porque alguna vez estamos locos, sabemos que estamos tenazmente despiertos porque muchas veces nos asalta la locura. Mientras sueño, yo no lo estoy. A veces, me veo en el trance de dormirme y recorre mi cuerpo la parálisis del sueño: mis músculos se relajan y siento que caigo por el precipicio. Otras veces, sueño que me despierto y me encuentro con un asqueroso aparato tronando en mis manos. Hay ocasiones en las que me despierto en medio de la noche y, contradictoriamente, bebo para mear o meo para beber. Y, ahora mismo, en el cauce del día que lleva hacia la noche, no sé en qué lado de la orilla me encuentro. Estoy preparado para nadar y para sumergirme, para pensar y para soñar. En el caso de que me duerma, se ruega que nadie me moleste.

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Armario

Leo que un japonés encuentra a una mujer que vivía en su armario desde hace meses y lo primero que me viene a la cabeza es que el mismo Juan José Millás no daría crédito a sus ojos: por fin la ficción y la realidad, las vidas de los personajes y de las personas, unidas como esos cordeles enredados en el bolsillo de los que él suele hablar. En Ella imagina (y en otras obras de Millás) aparece la obsesión de este autor por los armarios (pueden leerse algunos extractos de la obra aquí) y allí nos decía que en los armarios de tres cuerpos se produce la preocupante sensación de que “apareciera dentro algo distinto a lo que esperábamos los de fuera” , armarios “tan oscuros como un pozo”. A veces, los armarios tienen unas dimensiones espaciales diferentes a las convencionales, ya que no se sabe “a dónde conducía el interior de este armario, pero desde luego no se acababa allí. A veces, tiraba piedras dentro y acercaba el oído, pero nunca las oía caer de profunda que era aquella tiniebla”. En un artículo de prensa, Millás llega a afirmar la distinta dimensión espacial de los armarios, en los que transcurre un “tiempo oscuro”.

Pero la vida armariada de Tatsuko creo que transgrede aún más los límites del espacio y del tiempo. Me la imagino los lunes, mecida por las camisas blancas y azules; los miércoles, agazapada en las chaquetas del lana; y los sábados, recostada entre la elegante suavidad de las corbatas de seda hechas a mano, enroscadas en su cuello como serpientes palpitantes. La noticia dice que vivió allí durante todo un año, pero no todo el tiempo. Yo no sé lo que quiere decir, probablemente sea que no vivió allí de continuo, pero también podría ser que ella permaneciese un año allí, y viviese a ratos. Los momentos de tiempo congelado, en la que ella engulle pañuelos para hibernar sus lágrimas del alma; los breves espacios de reposo y soledad, cuando abre el armario para cerrar el mundo, o cuando cierra el mundo para abrir el armario. Tatsuko respira el aire viciado del armario, mezclado con el olor de la naftalina, del mismo modo que el buzo sumergido en el agua respira mayor cantidad de nitrógeno cuanto más cae en los pozos abisales. Si piensa que ya es demasiado y cunde el pánico, ansía salir rápidamente a la superficie para respirar un aire que quizá ya no le pertenezca. El armario, ese mueble de los chistes zafios de cornudos o de los dimes y diretes homosexuales, se ha convertido en un espacio para la poesía, para la vida y la ficción. Tatsuko viviendo en el pozo sin fondo del tiempo y en el eterno deambular de los espacios llenos y oscuros. Tatsuko, tú sí que tienes que saber lo que hay en el fondo de la vida.

(La imagen es de Deniman)

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Irina031

Para los que crean que estas entradas son un mero juego literario, les diré que, en efecto, lo son. Entre otras cosas, porque los juegos literarios no son sino los juegos de la vida y, por lo tanto, la vida misma. Y para muestra, un botón. La bilirrubina es una canción que me rondó en la mente y en el corazón durante seis largos meses de mi vida. Y no por las razones pegadizas por las que todo el mundo la recuerda, sino por mis propias circunstancias vitales. Por motivos que no vienen al caso aquí (pero tras los que se agazapa uno de los enemigos a los que más odio, la amoxicilina-clavulánico que, como los malvados, tiene un alias: “Augmentine”), sufrí una hepatitis tóxica hace cuatro años. Yo, que soy un tipo más bien sano, me cuido en todo, hago ejercicio, casi no bebo y que las peores empresas que acometo quedan en la imaginación, empecé a notarme extrañamente cansado, con un cansancio que no se puede expresar con palabras y comencé a tener unos picores que no procedían de la piel, sino que parecían surgir del propio infierno interior. Pasé unos días fatales en casa, pero fue en el trabajo donde me empezaron a decir que tenía muy mala pinta, que tenía un color raro… En uno de los episodios de House, éste le decía a un paciente con un caso parecido: “¿Qué me pasa, doctor?”. “Nada, que en su casa no le quieren… Tiene un color extrañísimo y no le han dicho nada, lo que significa que pasan de usted como de la mierda”. No sé yo si este era el caso, pero lo cierto es que en el hospital me diagnosticaron una hepatitis morrocotuda y yo acabé tan amarillo como sólo lo puede estar un Simpson hepático perdido o como alguien que tiene en la sangre cuarenta veces más bilirrubina que una persona normal, tal y como era mi caso. Mientras caminaba por el pasillo del hospital, arriba y abajo, amarillo-anaranjado hasta el blanco de los ojos, abajo y arriba, no hacía más que canturrear para mis adentros “Me sube la bilirrubina cuando te miro y no me miras”. Y, desde entonces, he asociado la bilirrubina al hígado (obviamente), al hígado metafórico y a la desesperanza, el cariño y al amor perdido. Hoy, totalmente curado de hepatitis y de espanto, miro, Irina, tus ojos; miro, Irina, tus labios; miro, Irina tus bonitas porciones y desórdenes de pelo, y no puedo evitar cantar, esta vez a pleno pulmón, esta vez desde el convencimiento, esta vez desde la seguridad de querer a lo que existe desde lo que se erige y se desvanece, que me inyectaron suero de colores, que me sacaron una radiografía. Que, a la postre, me diagnosticaron mal de amores al ver como latía mi corazón. Que me trastearon hasta el alma con rayos X, con cirugía. Pero la ciencia, Irina, no funciona. Sólo tus besos, vida mía. Inyéctame tu amor como insulina y dame vitamina de cariño. Porque me sube la bilirrubina cuando te miro y no me miras. Y no lo quita la aspirina, y mucho menos un suero con penicilina (la muy jodida, lo pone peor). Y todo esto, Irina, mientras escucho a Pedro (Guerra) y cuando te miro y tú no me miras. Y así, la bilirrubina tras la que vislumbré antaño la desesperanza, es hoy el amarillo más cercano al sol, que es nuestra fuente más cercana de alegría y de calor. Nunca he amado a nadie tanto como en estos días al transporte urbano.

(Chipirón negro, que nunca se ha ido, vuelve a atacar con saña. Lo advierto para sus partidarios y detractores. Mañana, los resultados.)

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Complu

Pospongo para las próximas entradas mi proyecto de hablar del interior y del exterior, porque un suceso imprevisto ha cambiado mi vida. Me he dado cuenta de que soy un hombre objeto. Así, sin comerlo ni beberlo, sin salir a buscarlo y con toda la modestia del mundo. Las cosas son así, amigos. Y lo he descubierto en el transcurso natural del día a día, leyendo. Si desciendo, evidencia a evidencia, me doy cuenta de que soy un ser humano y, por lo tanto, animal; animal y, por lo tanto, ser vivo; ser vivo y, por lo tanto, cosa, objeto. Me desmarco, pues, de las hienas, de los champiñones y de las abstracciones punto por punto y evolutivamente. Como dice Jesús Mosterín, “decir de algo o de alguien que es una cosa, lejos de ser un insulto, es un piropo ontológico. La alternativa a ser una cosa es ser un mero accidente, o una abstracción, o una ficción” (La naturaleza humana, Espasa-Calpe, 2007, pág. 54). Y no os podéis imaginar lo que me alegro de no ser una hiena (aunque sea un animal no carente de encanto y equivalente a unos cuantos humanos que conozco), de eludir el champiñón (aunque sea la exquisitez de las basuras, pero inevitablemente unido a la cocción junto con el insulso perejil) o de ser una abstracción (que se pierde en el ser no siendo nada). Eso, ser una cosa, es algo que yo nos lo decía Aristóteles con palabras más rimbombantes (sustancia, dicen los latinos y los traductores; ousía, decía él). Pero cosa está bien. Me gusta.

Ahora me miro al espejoSr. K, me gustas un huevo!) y, viéndome cosa, recupero mi dignidad. Me aprecio, me acerco y dejo de ver arrugas, canas, para contemplar laberintos, surcos de belleza enmarcada. Y me siento digno parternaire de las chicas de Intimissimi y de todo lo que se lleve por delante. Soy una cosa, amigos. Y sólo falta que una femme fatale (esta, por ejemplo) venga, se arroje a mis brazos y me diga: “Ven aquí, cosita mía” y así quedar plenamente reconciliado con el mundo y con sus moléculas.

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Forges y el Quijote

No iba comentar nada sobre el contenido del Quijote en fechas cercanas al Día del Libro, pero las interesantes y prometedoras reflexiones de Pedro Ojeda me han animado a recordar un pequeño -y justamente famoso- detalle que siempre me ha apasionado de esta novela. En el capítulo 44 de la primera parte, el barbero y don Quijote se enzarzan en una discusión. Mientras el barbero asegura que le robaron una bacía de latón, don Quijote se enfada por confundir con un utensilio tan vacuo el yelmo de Mambrino. Sancho opta por la solución más salomónica para acabar nominando el objeto de la disputa: “si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara muy bien…” El barbero, por oficio, es un experto en bacías, porque es un útil indispensable en su trabajo; Don Quijote, es un experto en yelmos, ya que su cabeza acapara y mezcla todas las historias caballerescas. Sancho, en una solución típicamente cervantina, no crea un neologismo, sino que logra el óptimo balance entre una realidad inventada y una ficción verdadera. Las cosas no son lo que uno piensa, ni lo que otros creen: la realidad es un revoltijo ordenado, un poliedro sin aristas en el que cabe todo, como en las palabras. Para eso sirven, por eso Cervantes es un maestro: ¿quién pone fronteras a lo que la realidad quiere que sea y lo que nosotros queremos hacer de ella? Por eso los baciyelmos nos sumergen en la fictiedad y la verdicción.

(Obviamente, la viñeta pertenece al genial Forges, al que pediré permiso… ¡Glup!)

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Cartel roto

Traducir es una de esas labores envidiables y necesarias a la par que mentirosas. Damos por supuesto que hemos leído un libro, una película, aunque hayamos recorrido el sendero de la ficción gracias a un sherpa, un sufrido y abnegado compañero de travesía que nunca suele salir en la foto y que pocas veces llega a clavar la banderita que atestigua que hemos llegado a la cima. La traducción es una de esas imposibilidades que han de materializarse para que nuestros viajes por la ficción alcancen mayor recorrido, gracias a la dulce alquimia de una tarea condenada al fracaso.

María Reimóndez es una de esos sherpas de palabras y de textos. Pero, harta quizá de que los autores se lleven todos los méritos, de que salgan en la foto guapos, retocados, rutilantes, ha decidido romper la barrera de lo que tiene que ser su abnegado oficio. Al traducir al gallego El curioso incidente del perro a medianoche, originalísima novela de Mark Haddon, Reimóndez rompe las reglas de juego honesto de la traducción para volcar sus obsesiones e ideas -en las que hoy no nos vamos a meter- sobre la discriminación sexual, esa cosa que los ignorantes confunden con el “género”. Amparándose en la ambigüedad genérica del inglés, la traductora opta sibilinamente por lo que ella quiere, opina o prefiere (mientras, el autor, consultado por la editorial, piensa que Raimóndez no tiene razón). Si me pongo a pensar en un experto en biología marina traduciendo Moby Dick o en un entomólogo que trasladase del alemán a nuestra lengua La metamorfosis, me pongo a temblar. Un trabajador social sería un paseante difícil por los Tiempos difíciles de Dickens y un parroquiano con prejuicios tendría solamente dos opciones ante Henry Miller: rendirse o mentir.

Me permito la osadía de introducir un hipertecnicismo utilizado en el ámbito de la teoría de la traducción, lo que se denomina invariante traductológica, para dejar más claro (o más oscuro) el asunto: si alguien se encarga de traducir un manual de instrucciones de una televisión del inglés al español, la regla básica consistiría en que todas las operaciones indicadas en el manual original pudiesen ser ejecutadas con idéntica o mayor facilidad leídas en el idioma de destino (algo, por desgracia, bastante poco frecuente…). Un traductor podría corregir, cambiar, optar. Pero la traducción debería de ser una manipulación silente. Todo lo demás son mapas trucados que impiden a los lectores llegar a su destino para perderse en el mapa conceptual de quien venía a servirnos y no a ser servido.

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Amor ciego

Entelequia: cosa irreal. Esa es la primera línea del nuevo mensaje de Chipirón negro. Aprovecho la circunstancia y el mensaje para comentar una cosa que me ha ocurrido esta mañana. Algunos de los alumnos que siguen mi blog me han preguntado si Chipirón negro existía de verdad. Les he dicho que sí. También les he dicho que suele comentarme, en privado, entrada por entrada. Se han puesto a especular: que si es mujer o no (han concluido que, obviamente, tenía que ser una comentarista femenina), que si me conoce o no (han concluido que sí, pero han aceptado también que puede ser una persona especialmente perceptiva de las formas de ser y los estados de ánimo de quien escribe). Me han preguntado si yo le contesto a los mensajes y les he dicho que no. Si quiero decirle algo, se lo digo aquí, en primera página. Como ella se merece. Y, entonces, Yago ha comentado algo que me ha parecido importante: “Es que si la contestas, igual desaparece para siempre”. Veloz como el rayo, he apuntado esta observación: ya sabemos que los calamares sueltan tinta para huir de sus presas. Chipirón negro quizás haga lo mismo.

En cualquier caso, como si nos hubiera oído, esta tarde he recibido otro mensaje suyo con la definición que abre la entrada. Entelequia. Es una palabra bonita y una palabra con trampa. “Cosa irreal”, dice la tía. Una rápida consulta al diccionario os llevará a saber que también es una “realidad plena alcanzada por algo”. Yo creía que todas las palabras simples tenían un significado complicado (paz, por ejemplo) y que todas las palabras complicadas tenían un significado muy simple (a bote pronto, se me ocurre esternocleidomastoideo). Pero esta palabra es real e irreal a la vez. Esa sí que es una entelequia. Hace unas semanas, Chipirón negro me mandó un enlace a la foto que encabeza la entrada. Me decía: “¿Quién está más ciego de los dos, garbanzo negro? Uno, con la venda en los ojos, mirando al frente -es decir, a la nada-; la otra, mirando fijamente, complaciente al otro y, por eso, desdibujada. Qué vida, Garbanzo negro. Esto no lo entiendes ni tú, que te las das de listo”. Conectando estas palabras con el mensaje de hoy y sabiendo que uno de nuestros temas preferidos en Verba volant es el de la ficción como realidad y la realidad como ficción, descubrimos que todo son entelequias. El amor es real e irreal, el mundo es verdadero y ficticio y la mejor manera de bucear en el sentido último de la vida es alejarse lo más posible de ella para entenderla a través del arte, que lo explica mucho mejor que los documentales de La 2 (no hablemos de los informativos: son el paradigma de la ficción en prime time).

Y Chipirón negro acaba su mensaje de hoy: “¿Emociones o pasiones? ¿Conoces tú la diferencia? Yo te demuestro horizontal y verticalmente que existen las emociones, que todos las tenemos. Seguro que tú eres de los incautos que creen en la existencia de las pasiones. Y las pasiones, Garbanzo negro, son entelequias. Como todo el mundo sabe. Menos tú, que eres tan listo”.

Por mi parte, sólo tengo que decirte una cosa, Chipirón negro. Que tienes toda la razón: que las pasiones son entelequias (reales e irreales) que en la foto que encabeza la entrada chocan la realidad con la mentira (siendo la mentira verdad y verdadera la mentira). Y que todo es irreal como la vida misma. Menos tú, Chipirón negro. Y yo también tengo mi corazoncito encerrado en una urna de cristal. Para que las entelequias no lo coman en pedacitos. Y para que no lo ataquen las quimeras.

(Imagen reproducida con el permiso de Marcelo)

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Epi y Blas

Recupero una noticia aparecida ya hace tiempo en la que se nos informa de que los contenidos en DVD de Barrio Sésamo, el genial invento de Jim Henson, serán aptos sólo para adultos en Estados Unidos. Más o menos aquellas fechas, me enteraba de que los turcos tergiversan el bodrio de Heidi impidiendo que se le vean las bragas y, además, que a otro de sus personajes le dibujan con un velo en los libros turcos de Spyri. Hasta que no he visto con detenimiento enfermizo el vídeo, no me había percatado del exhibicionismo insano de la chiquilla en el columpio. Quizás sea esa la razón de que todos los hombres que nos hayamos encontrado a lo largo de nuestra infancia con el personaje tengamos esas tendencias obscenas y guarrindongas. Yo creía que Heidi me había marcado en mi infancia por otras razones, como la tendencia de Pedro a beber abriendo de manera desmesurada e irreal la boca, o por la maravillosísima señorita Rottenmeier, que seguramente engrosará algún día la serie de Verba volant titulada “Los malos son los mejores”.

El caso de Sesame Street es aún mucho peor. No sé si la memoria me traiciona, pero creo que la serie tuvo su origen como complemento educativo de las clases norteamericanas desfavorecidas, más proclives al absentismo escolar y con muchas horas con el televisor por delante. Ahora resulta que el contenido -sobre todo, el original de Epi, Blas, Coco o el Monstruo de las galletas, no los bodrios añadidos con actores reales- de una las series que ha sabido educar divirtiendo y con presupuestos originalísimos no es apto para los pequeños. ¿Las razones? Una niña invita a un desconocido a su casa; Epi solicita a Blas que le pase el jabón en la ducha (y que no me venga ningún comentarista “original” a soltar la gracieta de la homosexualidad de ambos: creo que están tan pasados de rosca como a los censores que estamos criticando). Por cierto, al Monstruo de las galletas le han aplicado una dieta hipocalórica y ahora le da por engullir verduras.

Estamos haciendo a nuestros hijos hipersensibles. Y hemos llegado al extremo de que ya no nos importa tergiversar el pasado, el presente y el futuro. Yo propongo que, para no menoscabar su desarrollo sensitivo, borremos de los libros la existencia de las guerrras y cambiemos todas las fotos horrendas de los desastres bélicos por las sonrisas aprofidentadas de los actores de High School Musical. También sugiero que un grupo de artistas de una junta parroquial pase la brocha blanca por las pinturas negras de Goya para que Saturno pase a devorar un salmonete (el akelarre pasará a ser el ambigú de los pijos del Ferrero Rocher). Los hombres del tiempo (ahora subidos de categoría para pasar a ser meteorólogos), por su parte, tendrán que augurar un tiempo primaveral permanente (de hecho, esa es la presión continua de los hosteleros).

Y se me olvidaba lo más importante. Los padres estaremos de acuerdo con todas estas chuminadas, llevaremos a nuestros hijos a una escuela multideportiva para que muevan un poco el culo (aunque previamente les llevemos a todas partes en coche o les hayamos dejado tirados indiscriminadamente delante de una videoconsola, o les premiemos constantemente invitándoles a una hamburguesa triple en el Burger de la esquina), les anularemos totalmente su capacidad crítica, les protegeremos del mundo con la billetera abierta. Y, sobretodo, nos tiraremos en el sofá con la babilla caída para ver una mierda de programa, no leeremos un puto libro en nuestra vida, nos dejaremos resbalar por la mierda de la corrección política y jamás de los jamases nos enfrentaremos ante la realidad para explicársela tal y como es. En justa correspondencia, ellos acabarán disparando por ahí cuatro tiros a alguien cuando estén muy frustraditos o alguien les lleve la contraria. Por gilipollas.

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El triunfo de la muerte

Ayer fue un gran día. Una visita al Museo del Prado me permitió comprobar que hay ocasiones en que los museos son museos, que hay momentos en los que estos egregios edificios no son los parques temáticos en los que las administraciones, la sociedad, los individuos queremos convertirlos. La cola de la visita gratuita auguraba malos presagios pero, una vez diluida la multitud en la inmensidad, las dos horas de plácida visita me permitieron que las obras y yo nos mirásemos frente a frente, de tú a tú. Y tener una conversación privada con los maestros de tu imaginación es un lujo por el que hay que dar las gracias. Hacía mucho que no tenía el privilegio de que Velázquez me hablase de su aire con susurros siendo yo, pobre de mí, protagonista de su propia obra; Goya me explicó el expresionismo (y el impresionismo) diciéndome que esos movimientos no son un invento del siglo XIX (llegó a confesarme que era una leyenda urbana); Ribera, que se puede dialogar con el contraste y la oscuridad en tensión magnífica. Pero reconozco que yo, cuando voy al Prado, mantengo las conversaciones más delicadas, de esas de las que fuera de un museo sólo se toman con una caña por delante, con El triunfo de la muerte de Brueghel el Viejo (pinchando sobre la imagen, podréis verla en su máxima resolución) . También es cierto que, siempre que lo veo, he tenido la suerte de mirar de nuevo la muerte en silencio. Como habrá que hacerlo cuando la muy puta invada nuestro destino.

(Esta entrada reconforta, después de un día horrible de julio, que me llevó a dudar de la existencia de las obras maestras)

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