— Verba volant

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Fotografía

Él pone un gesto ambivalente, como si estuviese a medio camino entre asombrado y sorprendido. Estira mucho las mejillas, tensas entre una barbilla –casi quijada– culpable de esa boca inmensamente abierta. Sujeta entre sus manos un letrero, con el que apunta a su compañera. El cartelito reza, simplemente, “Tengo que decirte algo”. La mujer que está a su lado tiene unos auriculares Sony embutidos a ambos lados de la cabeza, un poco torcidos. Tuerce el morro hacia un lado. Por casualidad o causalidades de la vida, el morro está torcido hacia el lado contrario al de su amigo. Es una mueca graciosa, nada grotesca. El rostro pálido de la mujer quita aspereza a esa tensión. Se nota que la fotografía está sacada en un momento de descuido, en la antesala de lo que podría ser una fotografía preparada concienzudamente. En ese momento, se ve a la mujer esbozando el gesto de llevarse un dedo hacia la mitad de la boca, en el lugar exacto donde deberían estar los labios si permaneciesen encajados, en su sitio. Ahí, en esa imagen, están todas las respuestas.

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Iniciamos hoy una nueva serie en Verba volant: será el “Catálogo de fotos que no existen”, un conjunto de instantáneas que, juntas o por separado, compondrán un álbum de nuestra inexistente memoria de futuro. Por razones obvias y contradictorias –como la realidad misma–, estas entradas no tendrán acompañamiento gráfico. Al menos, no de momento.

La fotografía tiene como fondo un día en el que la bruma empaña el desierto. Dos cabezas, una masculina y otra femenina, angulan sus cuellos hasta darse la una con la otra dulcemente. Se nota la tensión en sus rostros. Es la tensión lógica de intentar ser natural ante la posteridad, agravada por el hecho de que el personaje de la derecha tiene el brazo izquierdo tenso, dado que es el el autor de ese retrato. El intento de captar los rostros enmarcados en una bella ciudad de color amarillento se ha conseguido sólo a medias. La torre del fondo, principal motivo argumental del entorno, ha quedado cortada y ligeramente descolocada. Tampoco se ha podido captar el trajín de las calles. Unas palabras aparecen impresas sobre la foto: “Hay tantos lugares que visitar…”. Parece una declaración de principios hecha realidad. Un sueño que ya no lo es, porque los cuerpos son capaces de viajar hacia el oasis de sus existencias a poco que los motores de un avión se lo propongan.

Pese a todo, el conjunto entre la frase y la instantánea es armónico. Las caras, fuera de esa tensión explicable por las circunstancias de la toma, muestran un indudable deseo de estar ahí, de disfrutar de lo que ha quedado en sus vidas. A la derecha de esa fotografía, de hecho, encontramos los rostros tan sólo unas décimas de segundos después, captadas por un disparo ultrarrápido. La sonrisa era más sincera y la curvatura de los músculos faciales menos abotargada. Parecían felices. Al menos, todo lo feliz que unos seres pueden serlo durante unas fracciones de segundo.

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Fotografiando

He vuelto ya de Roma e iré colgando en una galería de Flickr las fotos del viaje. Hoy he colgado algunas, pero si queréis ver más iré añadiendo otras muchas en días sucesivos. La fotografía es una de mis pasiones y, a la par, una de mis grandes frustraciones. Me gustaría saber más de lo que sé y tener más técnica de la que tengo… entre otras cosas, porque no sé nada y mi técnica es algo muy parecido al cero absoluto. Pero me apasiona coger entre mis manos mi réflex digital (sin duda, la mejor compra que he hecho en mucho tiempo), de esas en las que aún tienes que echar ojo al visor para tomar la foto, apuntar y creerme el amo y señor de lo que me rodea. Las cosas están ahí, pero la cámara las recoge como yo quiero y como ellas se dejan, a partes exactas e iguales de indefinición y, por lo tanto, de magia. Se dice que, en los primeros tiempos del arte fotográfico, muchas personas no se dejaban retratar porque pensaban que la imagen les arrebataría el alma. Lejos de ser una superchería, es la verdad más rotunda y sublime que he leído, pero con una salvedad: el alma de los seres, de las cosas, se estira de tal manera que ese trocito trasplantado a nuestra cámara se regenera de manera cauta inmediata a la causa de su reflejo. Camara en mano, el mundo es un poco más nuestro gracias a nuestra mirada. Mala -como es mi caso- pero insustituible.

(Aprovecho la ocasión para comentaros algunas cosas: las entradas publicadas recientemente fueron escritas a todo correr en los ratos que me dejaban las madrugadas y las conexiones del hotel y programadas para que fueran apareciendo en un par de días. Por lo tanto, no he podido leer vuestros comentarios con calma hasta hoy. En pleno proceso de deglución de decenas y decenas de correos que tienen que ver con el trabajo -cosa tristemente sagrada-, todavía no puedo contestaros, salvo unos pequeños apuntes. El hotel, perfecto para lo que yo quería: muy próximo a la Università di Roma Tre y a una boca de metro. Los zapatos de señora, hay para todas: rojos, verdes… El mundo sin internet, una evidencia de que soy adicto. Y muchas cosas más de museos, de compañías y soledades, y vivencias, y experiencias, con las que espero aburriros un rato. Besos y abrazos y muchas gracias a todos. Repartid todo como corresponda.)

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