— Verba Volant

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Laberintos

Helena necesitaba poner distancia. Distancia de todo y de todos. A Helena no se le ha ocurrido nada mejor que materializar esa distancia en una dimensión real. Buscó en un sitio de viajes por internet y eligió un combinado de vuelo y hotel para 8 días. 8 000 kilómetros en un vuelo de 10 horas le ha parecido razonable. El lugar elegido le ha permitido poner espacio y kilómetros entre su día a día, pero también supone un cambio radical. Helena quiere permutar frío que siente su alma y que se materializa en el invierno gélido de su ciudad por la calidez de los veinticinco grados, la sensación de sentir el sol y la brisa del mar en la cara, descansar.

Helena llegó al hotel después de que un autobús fuese realizando la peregrinación desde el aeropuerto hasta los hoteles en los que se iban bajando todos los pasajeros. El vehículo estaba casi vacío cuando el autobús se detuvo, al fin, en un resort con nombre sugerente. Un empleado muy simpático y dispuesto recogió sus cosas y Helena se encaminó a una recepción que parecía un palacio. Después de realizar todos los trámites, una chica muy atenta le invitó a acercarse a una mesa donde había un pequeño cóctel de bienvenida. Helena se encuentra muy cansada y bebe rápidamente el brebaje exótico. Cuando se dirige hacia su habitación, empieza a sentir un calor húmedo, que se corta de forma abrupta cuando entra en una habitación inmensa, de iluminación difusa y elegante, con un aire acondicionado a una temperatura alarmantemente fría.

Helena lleva ya varios días en el complejo, saltando de la piscina a la playa, de la playa al restaurante (cada día uno diferente), del restaurante a una terraza donde toma una margarita. Allí conoce a Ralph y Gina, una pareja de recién casados que le invita un día a sentarse con ellos. Helena se muestra reticente en un principio, temerosa de molestar a los enamorados. Piensa que hay mucha distancia entre su soledad y su felicidad y, sobre todo, entre sus cuarenta y tantos y la exultante juventud de la pareja. Pero Ralph y Gina son tremendamente simpáticos. Helena se quita pronto ese complejo de eterna molestia para considerarlos auténticos amigos. Cansados los tres de estar repantigados al sol, sale con ellos a ver ciudades antiguas llenas de encanto e historia. Otro día, acuden a nadar a un lugar mágico. Helena salta desde lo que a ella le parece un precipicio hasta un pozo de agua cálida. Animada por Ralph y Gina, se enfunda unas gafas de buceo y unas aletas para explorar el fondo marino en una isla llena de corales. Helena, Ralph y Gina, hambrientos, comen langosta hasta reventar. Helena ríe cuando Gina cuenta anécdotas de su familia, llena de recovecos y extrañezas y estalla en alegría cuando Gina le obsequia con una pulsera preciosa que Ralph y ella le han comprado a un chico que va vendiendo bisutería en la playa. Para que no nos olvides nunca.

Gina y Ralph salen para su país al día siguiente de madrugada. Helena se ha levantado para darles el último abrazo. Tienes que venir a visitarnos, dicen Ralph y Gina. Estamos en contacto, dice Helena. Ya sabéis dónde estoy si venís a España.

Helena da un pequeño paseo por una playa que contempla un sol naciente esplendoroso. Se hace una foto con el móvil. Va a desayunar al restaurante. Café, tortitas y unos huevos revueltos. Un poquito después, ha contratado un paseo en barca. Mateo, el empleado del hotel, enciende el motor y va adentrándose en el mar hasta que, después, va siguiendo a mucha distancia la línea de la costa. Pasados diez minutos, Helena le pide que pare el motor. Mateo enciende un cigarrillo y se pone a mirar el móvil. Helena contempla el mar desde ese mar en calma. Y siente ganas de llorar.

(Imagen de Cristian. Esta entrada es el fragmento número 51 de la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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¿Te sientes confundido? ¿Tienes sensación de vértigo? ¿Te zumban los oídos? Quizás te duela la cabeza y te encuentres muy cansado. Si te fijas bien, tienes la piel enrojecida y con picores en la tripa y en la cara interna de los brazos y de las piernas. Ves de forma poco nítida, tienes la piel de gallina y, probablemente, sientas algún calambre y dolor en las articulaciones.

Si estás en casa y en el sofá, no tengo ni idea de lo que te ocurre. Seguro que tienes un serio problema que precisa de atención médica, así que llama al 112.

Si te has metido en el agua, padeces una hidrocución. Seguro que te ha dado el sol a base de bien, o que has realizado mucho ejercicio, o que has comido sin dejar nada en el plato y lo has regado con cerveza bien fresquita. A lo mejor tomas algún psicofármaco para recuperarte de lo tuyo. En ese caso, procura que alguien te saque de los grandes charcos en los que te metes, porque puede que tu corazón, ya entrado en años, no aguante la embestida.

Todo el mundo lo llama “corte de digestión”, pero no lo es. A veces uno confunde las cosas. Quizás porque no las entiende, quizás porque las entiende como quiere. Así que apúntate la palabra, a ti que te gusta hablar haciendo el pino.

Imagen de Óscar F. Hevia.

 

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Acabo de leer el libro Los Cinco y yo, de Antonio Orejudo. Es un libro magnífico, escrito en el sendero más interesante de la autoficción, que nos hace reflexionar sobre la lectura. Sin desvelar mucho del libro, nos hace reflexionar, en realidad, sobre la lectura en tres niveles y sobre la escritura en dos. Por supuesto, es un libro que va más allá de la metaliteratura: sus reflexiones sobre el pasado y sobre el presente, sobre el presente mediatizado por el pasado, sobre el pasado mediatizado por el futuro y otras muchas cosas más lo convierten, de por sí, en una obra merecedora de una lectura atenta. Pero esa triple reflexión sobre la lectura (y su materialización en dos niveles de escritura) es una de las bases de la construcción del libro de Orejudo.

Todos esos niveles están intercalados en un mismo plano de forma muy inteligente. El primer nivel y la base de todos los demás, son los libros de Los Cinco de Enid Blyton. Aunque más joven que Orejudo, pertenezco a esa generación lectora que se formó con los libros de Los Cinco. Escribí, hace ya mucho, una entrada, titulada Thaumasía en la isla Kirrin, en la que hablaba sobre la curiosidad y admiración que me provocaron las novelas juveniles de Blyton. En casa había un par de libros, que empecé por casualidad y, durante unos años, propicié que todos los regalos de cumpleaños y de Reyes fueran completando toda la saga. Nunca he realizado, como Orejudo, una revisión –ni crítica ni acrítica– sobre estas novelas, pero la lectura de Los Cinco y yo ha conseguido reavivar esa chispa lectora juvenil que mantuve durante aquellos años. Luego llegaron lecturas de más “calidad”, pero nunca las consideré “mejores”, sino una evolución lógica de lo que estaba empezado y ya no podría parar.

El segundo nivel de lectura (y el primero de escritura) lo supone una supuesta novela de Rafael Reig, After five. Rafael Reig es un escritor real, amigo de Antonio Orejudo. Todo forma parte del juego literario que establece Orejudo a raíz de esta novela apócrifa: su escrito es una reflexión sobre el libro de Reig, en el que se nos habla de la vida de Julián, Dick, Ana y Jorge después de las novelas: su evolución como adolescentes y su vida como adultos. Como digo, este es el primer nivel de escritura de Orejudo, como creador de esta primera cota sobre la que escala su narración sobre los Cinco. Y un segundo nivel de lectura que se intercala necesariamente sobre el primero: no se trata ya solamente de hablar de las novelas de Los Cinco, sino de hablar de esas conexiones entre pasados y presentes. Orejudo aprovecha para, partiendo de la infancia, hablar de su juventud, de sus inquietudes, de la vocación literaria de ese Toni que está, sin ser una equivalencia exacta, tan cerca de él y de Reig en sus años de universidad. Vemos ese registro del pasado que construye la juventud sobre los cimientos de la infancia. Los Cinco son aprovechados, en este nivel, como argamasa que conjunta la niñez y la juventud como premonición de lo que puede ser el futuro.

El tercer nivel de lectura (y el segundo de escritura) es la novela Los Cinco y yo como tal. Es un nivel que, como los anteriores, asume y abarca los anteriores. Ahora se trata de cómo la lectura de los libros de Los Cinco y la necesidad narrativa que tiene el autor de hablar del libro After five de Reig le lleva a extender ese pasado y ese presente como reflexión intrapersonal, interpersonal y diría que generacional. Sin desvelar nada importante para posibles lectores de la novela, diremos que ese juego interno de narradores y lectores también los convierte, doblemente, en personajes. Y comprobaremos hasta qué punto pueden sus vidas combinarse, intercalarse, mezclarse y confundirse con las de Julián, Dick, Ana y Jorge.

Todos los lectores de Los Cinco tuvimos nuestra casa en la de tía Fanny y tío Quintín. Tuvimos experiencias gastronómicas de platos que nunca habíamos comido en nuestras casas. Tuvimos unas excursiones mágicas y llenas de peligros de la que nuestros cuerpos salieron ilesos, aunque nuestro corazón se agitó al ritmo trepidante de los acontecimientos Descubrimos que las islas y los tesoros estaban más cerca de lo que nos imaginábamos. Mientras aprendíamos a ser personas, supimos gracias a Los Cinco que la vida está llena de pasadizos secretos que servían como vasos comunicantes de nuestras experiencias adolescentes. Lo malo es que, ya de adultos, se nos olvidó todo y los pasadizos secretos los convertimos en laberintos. Pero ahí están las novelas de Los Cinco para recordarnos esa verdad y ahí está la novela de Orejudo para recordarnos que la realidad y la ficción están más unidas de lo que parece. Siempre.

 

 

 

(Esta entrada pertenece a la serie Sugerencias, que tenía muy abandonada. Por su tema, aparecerá también en mi blog académico, ScriptaManent.

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Como decía en la entrada anterior, estoy en un proceso de desaparición. Algo así como esa desaparición pixelada y difusa de algunos personajes en Deconstructing Harry, aunque más centrada en la forma que en el contenido. La realidad siempre se percibe mejor cuando va acompañada de la ficción y viceversa, algo que Woody Allen domina a la perfección.

Es un proceso (más una potencia que un acto total y absoluto) que procede del cansancio. No me canso de escribir. Sigo haciéndolo casi diariamente, aunque casi todo lo guardo para mí y para otros momentos. Tampoco me he cansado de VerbaVolant, aunque esté mucho menos presente que antes. Por encima de todas las cosas, me he cansado de las presencias insistentes y machaconas en las redes sociales. Siento que he perdido muchos momentos para dedicarme a otras cosas leyendo chuminadas (a veces, también participando yo en ellas). He profundizado en una ligereza que no me servía para ascender, sino para sobrevolar el fango a escasos milímetros del suelo. Y, de momento, no voy a seguir por esa senda. He reducido mucho mis visitas a Twitter, Facebook e Instagram. Recorro con mucha más presteza trinos, muros y fotos. Del primero, me quedo –fundamentalmente– con los contenidos, que a veces ofrecen un enlace estupendo, una reflexión actual, una noticia oportuna. Del segundo, no me borro porque me sirve para tener a tiro de tecla a muchos amigos y personas a las que aprecio. A veces es bueno saber algo de ellos, aunque no pienso estar presente en cada segundo de sus vidas. De los tres, el que más me cansa es Instagram. Entro de ciento en viento y, pese a que hay algún contenido de calidad, casi todo son oropeles y postureos. En conclusión, si la cosa no cambia y de momento, en Twitter me dedicaré a publicar cosas que entren en relación directa con mi trabajo e intentando aportar ese contenido que yo, como usuario, agradezco. Todo ese contenido se vuelca en Facebook como un espejo y así va a continuar porque puede tener cierta pertinencia. Si hago una foto maravillosa, la colgaré en Flickr, pero muy raramente en Instagram.

Vivo un momento en el que quiero que mi escritura se centre en un proyecto más grande. Todo lo que complemente o ayude a ese proyecto, estará en el blog. Todo lo que sea periférico y me guste, estará en el blog. Todo lo que me dé la gana, estará en el blog. Y el blog será ese lugar mío. Mucho más mío que esas redes sociales, en las que anunciaré las novedades de VerbaVolant porque ahora los lectores están mucho menos pendientes de las actualizaciones del blog desde que tiene una periodicidad incierta. Siento que las redes sociales, como decía arriba, me quitan tiempo para otras cosas y prefiero ahondar en mis pozos y laberintos que perderme por otros vericuetos.

También continuaré con el blog académico, ScriptaManent, y otros otros sitios web que mantengo relacionados también con mi trabajo. Como vía complementaria y más fresca que la actividad académica centrada en otras publicaciones, utilizaré ese blog siempre que tenga tiempo y ganas. Me prometo a mí mismo que seré más persistente, pero no me voy a obligar a nada.

Desde luego, no menosprecio ni un poco las presencias que cada uno decide y quiere mantener. Ni siquiera digo que, dentro de nada, me ponga yo otra vez a la tarea ligera y fútil. Pero, de momento, me he cansado. Y creo conveniente manifestarlo para que lo sepáis. Como ni el orbe ni el orden mundial no se pierde nada especial con ese desvanecimiento, desde ahora, desaparezco… aunque solo sea un poco.

Imagen de Ly. H.

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El otro día, en esos intermedios que deja el insomnio en medio de la noche, llegué a un podcast de una emisora de radio. Era un programa de conversaciones pausadas, emitido también en una madrugada de no hace mucho. La locutora enlazaba unas cuantas intervenciones de los oyentes sobre la soledad. Y llamó una mujer. No recuerdo cómo se llamaba. Creo que era Mónica, quizá Sofia… poco importa. O,  mejor dicho, importa mucho para los cercanos a esa Mónica, quizá Sofía. Hablaba de las relaciones de pareja, de los conformismos y acomodaciones, de la soledad o de la vida en compañía. En contra de lo que fue habitual en la conversación anterior (yo no escuché el programa entero, estaba ya empezado), era una voz cálida, sin atisbo de desesperación. Me llamó mucho la atención su postura, que no se podía tildar de resignada, sobre su deseo de no estar sola. No era acomodaticia, no era pragmática. Ni estoica ni escéptica. Es muy difícil de explicar, pero parecía toda una lección aprendida con la sabiduría de los años y de las experiencias. No necesariamente negativas, pero sí aleccionadoras. No dijo su edad, pero daba la impresión de que estaba por la década de los cuarenta. Con esos datos inexactos, hice la media de una voz que aparentaba menos años y unas palabras que aparentaban unos pocos más.

Yo no quiero estar sola, decía. Tengo pareja y no la cambiaría por otra. No pronunció la palabra amor. Tampoco ninguna otra que designase o se refiriese a un hecho que fuera más allá de la complicidad o la compañía. Quizás esas fueran suficientes. ¿Y la felicidad?, dice en un momento la locutora. A estas edades, no conozco a ninguna pareja que sea feliz, dice Mónica, quizá Sofía. De happy flower, solo las fotos en Instagram con una frase bonita. De puertas para adentro, un misterio. Bueno, no un misterio. Un misterio no, el paso del tiempo. ¿Qué haría yo con alguien distinto después de ese boom de enamoramiento súbito y repentino?

Reconozco que me despisté un rato. No sé si se me fue el santo al cielo, si estaba pensando en algo que se dijo o me quedé un rato dormido. Mónica, quizá Sofía, hablaba ahora de su pareja. No recuerdo su nombre, Santi quizá. Dijo su nombre un par de veces. No lo hizo desde la admiración, pero tampoco desde la rutina. Como si todos los que escuchásemos supiésemos y conociésemos, como si fuese algo habitual. Quizás porque todos tengamos algo similar a unos metros. Hablaba ella de la familia: al parecer, la locutora había emprendido otro ángulo para completar la perspectiva. Se mencionó la palabra construcción. Construir una familia, creo que fue. No estoy muy seguro, porque esa tarde había estado viendo un capítulo de la segunda temporada de The Crown y no sé si era la expresión de Mónica, quizá Sofía, o algo que me había montado yo pensando en todo lo que se decía. En la serie, me daba la impresión de que el todo era mayor que las partes a cualquier precio, y no por tratarse de la supervivencia de la monarquía, sino también porque era una manera de sobrevivir persistiendo por parte de la reina Isabel, de esta sí recuerdo el nombre, claro. En los únicos momentos en los que la voz de Mónica, quizá Sofía, se ilumina, habla de los hijos. Me encantan los niños, hubiese tenido muchos más.

La conversación dura unos pocos minutos más. Percibo que la locutora se contamina con las palabras de Mónica, quizá Sofía. No llego a saber si es cosa del oficio, una falsa manera de sintonizar o de lo contrario, pero me da la impresión de que la conversación le afecta de verdad. Son ya las tres de la madrugada, dice (aunque yo estoy escuchando esto no sé muy bien a qué hora de la noche y otro día diferente), amigos oyentes. Esto ha sido todo por hoy. Un programa sobre la soledad con corazones solitarios. Hoy, con varios testimonios para afirmarla o para negarla, para afianzarse o sublevarse. Buenas noches y que tengáis unos sueños dulces. Ellos serán, al menos, los que os acompañen.

Con imagen de Flavio.

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Que la felicidad es una ficción lo saben todos los que pisan este estrecho mundo. Lo que pasa es que muchos disimulamos. Silbamos mirando hacia arriba como diciendo mira, yo no he sido. Y la vida silba mirando hacia abajo diciendo mira, yo tampoco. Empatados a sentirlo, como dirían esos dos mandatarios omnipotentes en la película de Kubrick, culpables ambos. La felicidad puede consistir, quizá, en ser conscientes de que no existe. De que pilla tan lejos como un horizonte que no se puede alcanzar. Porque la tierra no es plana. Tan sencillo como eso.

Que la felicidad no existe es tan obvio como mirar un amanecer con los ojos llenos de legañas. Como a todo lo que diga yo saldrá un feliz contraargumentando, diré que no los envidio. Que yo prefiero ir haciéndome la idea para que luego no haya sorpresas ni chascos ni nada, que es lo que hay al fin y sin postre. El cielo está sobre nuestras cabezas y se tambalea. Queda muy bien en las fotos. Y mejor aún si esas fotos son las de nuestro bienestar superficial retratado en nuestra piel, que ahora son las redes asociales. Y puede que digamos joder, qué paz interior se respira, quién pudiera. Nadie puede. Ni aquellos que lo piensan. Vasos medio llenos y medio vacíos, me dicen. Vasos que se rompen digo yo. Vasos comunicantes, me dicen. Y yo solo veo que, si nos ponemos por las malas, solo quedarán unas manos cóncavas intentando retener un poco de agua. Y cada uno beberá las gotas que queden hasta morir de asco y de sed y de mortal aburrimiento.

Que la felicidad es una quimera no creáis que significa que es un sueño producto de nuestra imaginación. Significa que es un monstruo fabuloso, es decir, de fábula y no intentéis agarrarme por ahí. Y cuando veáis a un bicho con la cabeza de león, el cuerpo de cabra y la cola de dragón me lo vais contando y luego hablamos. Y que es improbable se basa en el optimismo. Que es una óptica, una perspectiva y no una realidad. Que mira, que yo es que miro desde donde quiero. Sí, claro que miras desde donde quieres. Pero eso no significa que el otro lado no esté. Y hay que contarlo todo para no faltar a la verdad. ¿Verdad? Y, si le echas algo al blanco, no es blanco, es otra cosa.

Que la felicidad sea una apropiación de la satisfacción, del gozo y del disfrute no significa que os pertenezca en exclusiva. Que sí, que ya lo sé. Que puedo sostener un lapicero con la boca para mantener el rictus y engañar al cerebro. Que sí, que no es engañar, que es estimular, que es enseñar. Que a ser feliz se aprende. Y se desaprende a la misma velocidad que una neurona recorra unos cuantos millones de sinapsis.

A mí la felicidad me cansa tanto que, a veces, ni lo intento. Como daltónico, soy plenamente consciente de que no seré capaz nunca de captar algunos colores. Que intentaré vivir momentos dulces y caricias suaves y sonidos armoniosos. Pero que siempre los contemplaré fuera de tono. Porque habito en mi mundo, que tiene sus cosas buenas, pero mi mundo está dentro de una cabeza triste y terrible. Que percibe fantasmas que, surgiendo de la noche, perseveran para adentrarse en la madrugada.

La imagen es de Gabriela Barrientos.

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Hoy las palabras se han caído. Los sustantivos se han escapado y, mezclados, han formado un corrillo, siempre convencidos de su autosuficiencia. Los adjetivos se han alineado buscando ser sobradamente considerados (y considerables) sin ser cargantes. Los verbos han montado una sesión de terapia colectiva para que sus actos tengan consecuencias.

Drama, espina, fiebre, brillo, miedo, rutina, cristal, pared, palabra, corazón.

Perdido, llorosa, desbordada, exultante, vaporosa, entreverado, inmaculada, agua, cansado.

Imaginar, escudriñar, percibir, palpar, disfrutar, fisgar, golpear, vaciar, consolar.

El resultado, el que el lector quiera. Solo son palabras

Con imagen de Deana.

 

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Esther ha salido de fiesta con un grupo de amigos. La verdad es que no son tanto un grupo de amigos como un elenco de conocidos que han coincidido para picar algo. Lo de la fiesta ha surgido después, en una suerte improvisada de encuentro de rotos para descosidos. Esther ha entrado un poco rezagada,  con Miguel y Yolanda. El local está lleno de música, plagado de un ambiente que, en otras ocasiones, Esther hubiese tildado de adocenamiento de personas. Han dejado los abrigos en una mesa que está junto a la pared, donde esperan todos los demás. Yolanda ha levantado las manos y ha hecho un quiebro de cadera que ha sido secundado, de manera casi sincrónica, por Miguel. Esther les ha imitado y se han acercado todos al lugar donde tres chicos voluntariosos están armado un ruido muy apto para bailar.

Han arribado Dani y Santi para preguntar qué querían tomar. Yolanda ha decidido por todos: cerveza y vodka. Esther baila poseída por algo extraño, como una sensación de no querer estar ahí, pero, a la vez, necesitarlo. El camarero ha llegado con las bebidas, que ha dejado en la mesa en la que se habían apalancado los sosos del grupo. Cuando los vasitos de vodka estaban llenos, todos han brindado y han apurado el trago, tal y como parece que es obligación. A Esther le ha quedado un sabor raro en la boca. No le gusta mucho beber y hoy, más que una excepción, ha querido hacer una revolución. La revuelta se ha visto acompañada de dos pintas bebidas con ansia. Miguel ríe con risa floja y Dani parece ganarles a todos en casi todo. Yolanda y Esther siguen bailando y restriegan sus caderas en un ritmo frenético que los demás no pueden seguir. La música empequeñece y ensancha a la vez una cabeza necesitada de movimientos y ritmos desaforados. Esther, en una rémora de consciencia, disfruta como nunca de ese momento. Se acuerda de los tiempos en los que el tiempo corría y ella solo tenía motivos para soñar.

Se acercan algunos rezagados de la mesa a esa pista casi improvisada para unirse a esos momentos de exploración de un camino que, no por trillado, deja de tener alguna incógnita pendiente de despejar. Sucede que a veces hay que echar cerrojos a los infiernos personales y refugiarse en los de los demás. Todos piden tres rondas más de todo. Yolanda, oportuna, aconseja acompañar esa marea con algo sólido. Hamburguesas, dice Dani. No va a ser mucho, pregunta Miguel. Las partimos por la mitad es la conclusión. Se acercan a la mesa que tenían invadida con los abrigos. Cuando una camarera llega con esa montaña de carne, Santi reparte con maña las mitades. A Esther le da le impresión de que la hamburguesa no va a caber en esa boca que empieza a estar un poco adormecida, pero aprieta con fuerza y prudencia el pan y el kétchup solo se desparrama por los dedos y no amenaza la camisa de Miguel. Cuando acaban, Yolanda y Dani pegan un grito muy agudo e invitan a los demás a seguir bailando. Esther se siente cansada. Se ha visto vencida por una noche demasiado llena y demasiado larga. En los ojos cansados de Esther se encuentra una fatiga que no es de hoy, sino que acumula muchos años de sinsabor. Si uno se fija más detenidamente, vemos las mellas que han hecho en la parte de su nariz unas gafas que Esther esconde de todo lo que no sea la intimidad de su casa. Esther coge el abrigo y, sin decir nada a nadie, sale del bar y pide un taxi, camino de su casa.

(Imagen de Mark Oakley. Esta entrada es el fragmento número 50 de la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

 

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Querido diario dos puntos

Hay días que cuestan, semanas que se levantan en rebeldía, años que se acumulan y sabes que me cuesta seguir con las rutinas. Lo dice una persona como yo, obsesiva en su adocenamiento. Pero ya te he contado muchas veces que luego sale esa vena, ese impulso, ese hastío. Cansancio de hacer lo que no quieres. Por facilidad, por inercia, qué se ya. La felicidad es bonita, pero no puede conseguirse levantando una esquina de la alfombra de la vida para olvidarme de toda la inmundicia. Eso no es felicidad, es máscara. Podía ser peor, sí. Todavía pueden verse los restos de esa eternidad que no se consigue más que en este mundo.

 La vida se hace una bola difícil de tragar. Sabes que me hago el firme propósito de no pensar demasiado. Pero es una terapia que, en días como hoy, se me hace imposible. Intentaré hacer las cosas en su debida secuencia, sí. Y la secuencia es premisa y la premisa lleva a una conclusión. Ni siquiera puedo ponerme a gritar: me limito a susurrar contigo mi desazón. Para que, sin encontrar nada más, este temporal me salve con algún resto de un naufragio. El ritmo para no perderme del todo, para que la noche no me conquiste hasta sus últimos recovecos.

¿Sabes un secreto? No he perdido la inspiración: lo que pasa es que escribir hasta las últimas consecuencias me deja sin fuerzas. Por eso, me quedo con la razón. Porque tengo miedo a tener siempre miedo. Porque tengo miedo de saciar el dolor con palabras, que no siempre vuelan.

Querido diario: hoy necesitaba poner un poco desorden en todo para revolver un poco mi corazón. Romper la inercia por un segundo, levantar la alfombra para que vuelen las motas de polvo escondidas y que brillen con la luz del atardecer.

 

 

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¿Os ha pasado? Escucháis una canción en bucle. La descubrís un día. Y la escucháis. No tiene nada de especial, pensáis. Estáis con Spotify y aguardáis hasta que queden solo unos segundos. Y apretáis el botón para que empiece otra vez. Os ponéis a hacer otra cosa y la tenéis como música de fondo. Y repetís. Luego os ponéis a trabajar y ya está instalada en vuestros auriculares. De forma tenaz y perseverante, va conquistando vuestro espacio y vuestra cabeza. Desde luego, hace ya unas cuantas reproducciones que está añadida en vuestra biblioteca musical. Os sorprendéis con ella cuando os laváis los dientes, cuando os ducháis. Comiendo un bocadillo de jamón. Y no se resigna a permanecer en la insistencia durante un día. Dura más, a veces tres días, a veces una semana. Es lo que me ha ocurrido a mí. Otra vez más. Pensáis que es una obsesión. Y tenéis razón. Toda la repetida, ritual y resistente.

Razón.

Imagen de Gabriel Fernández.

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