— Verba volant

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Laberintos

Y sientes que la vida es difícil de sujetar. Y te dicen lo que es aplicable a otras cosas: que la tienes que sujetar como si fuese un pájaro: tan firmemente como para que no se escape, tan suavemente para que no se aplaste. Y piensas que la teoría nunca fue tan difícil de aplicar a la práctica. Y hace tiempo que llevas haciendo ejercicios. Y lo intentas. Una, dos, tres veces. Y ves que no la estropeas más, pero que tampoco la arreglas. Intuyes que la vida está ahí, pero tú no la ves. Y piensas en que la es algo así como meterse en un jardín, cuando literalmente tú no tienes ninguno, cuando metafóricamente y cognitivamente es así y punto. Y te hablan del alma de las cosas cuando tú solo percibes contornos. Y te aseguran que las cosas tienen muchas dimensiones, muchos matices, muchos ángulos de visión, pero tú le das una vuelta y otra y siempre te quedan las mismas sensaciones. Intentas vencer las nostalgias, procuras no marcarte demasiados objetivos. Vuelves a entrenar y, para practicar, coges un plato, firme y suavemente. Y, cuando te despistas un segundo, lo ves roto en el suelo, con la matemática exactitud de tus intuiciones.

(La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

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Hoy, siguiendo la tradición, he vuelto a ver ¡Qué bello es vivir! Si la película la hubiese dirigido cualquier otro que no fuese Frank Capra, la cosa hubiese tan empalagosa que no hubiese habido quien se la tragase. Pero Capra es el maestro de controlar hasta el límite la emotividad de sus películas. Este filme es un derroche de emociones controladas porque está enmarcado en la forma de un cuento tradicional, con un malo muy malo y un mundo idealizado envuelto en la amenaza del capital. Vista a día de hoy, puede ser muchas cosas, pero una muy obvia: una defensa del ser humano por encima de los intereses y las especulaciones. Obviamente, también contiene altas dosis de la moralina típica de muchas películas del Hollywood de la época. Todo un ejemplo de individuos marcados por un destino siempre positivo, pase lo que pase.

A día de hoy, he escrito ya unas cuantas entradas de Nochebuena. Hoy vamos a dejarlo con esta película, con George Bailey, en Bedford Falls, esa localidad inexistente tan cercana a Buffalo. Dejémoslo anclados a las 22.00 de un 24 de diciembre, conscientes de que los ángeles no existen. Y, si existen, nunca tuvieron alas.

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ÉL. La vida es más triste que el ritmo de un bolero.

ELLA. ¿Pero qué dices?

ÉL. Eso. Lo tuiteé esta tarde. Es una verdad que intuían, ya, muchas personas. Y ahora la han visto escrita para quitarse la venda de los ojos.

ELLA. ¿Estás bien?

ÉL. Nunca he estado mejor, si a lo que te refieres a estar lúcido y sereno. Estar bien no es vivir engañado sobre el mundo, sobre sus circunstancias.

ELLA. Tienes ojeras. Parece también que has estado llorando. ¿Qué te pasa? Dime.

ÉL. No me pasa nada.

ELLA. ¿No comprendes que tienes que desahogarte, que necesitas quitarte esa costra de dureza? No puedes vivir toda tu vida en la dureza, en la ironía cruel, en el escepticismo. Tienes que creer en algo. Estas temblando.

ÉL. La ironía cruel, como tú la llamas, es algo así como mi segunda piel, más todavía. Impide que se desprendan las escamas. La compré afilando las frases y apuntando a matar con mis pensamientos. Olvidaba que las armas de pensar tienen también retroceso.

ELLA. Vamos a un sitio más apartado. No te puedes quedar ahí. Venga, levántate.

ÉL. Abrázame. Tengo frío.

(Imagen de La Dama del Leño.)

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¿Nos perdimos el momento mágico en el que brotan las palabras? ¿Dejamos, en algún instante, de accionar la palanca de los hechos? ¿Nos olvidamos del momento mágico que supone tomar algo dulce y espolvoreado con un poquito de canela? ¿Continuaremos pensando que le otoño es una estación triste sin propósito de enmienda? ¿Seguiremos pensando que el mundo está recogido solo en las ficciones? ¿Esperaremos, en  el último momento, a solicitar la devolución del importe de lo vivido en el libro de reclamaciones? Y, sobre todo, ¿llegaremos a tiempo de descubrir dónde se aloja la llave de todos los misterios?

(Imagen de Milos Milosevic.)

 

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Ayer (día 3 de noviembre) abro el buzón. Como de costumbre, propaganda, pero, también, una carta de mi entidad bancaria. Me extraña ver una, ya que recibo todas las notificaciones a través de la aplicación correspondiente por internet. Sin duda, algo importante, pienso. Y, en efecto, es importante: ¡una comunicación de descubierto! ¡Mi cuenta en números rojos! Solo leer el encabezamiento, me pongo al lado de Papandreu y estoy a punto de pedir el rescate y la benevolencia de Alemania y Francia. Sudo. Me enfrento duramente a mi destino: la cárcel, sin duda; el embargo; risas y miradas de través de los vecinos: “No, si ya decía yo que no parecía trigo limpio…”; el escándalo social.

Todo este sofoco lo vivo en la zona de buzones. Subo con dificultad las escaleras. Entro en caso y me pongo a leer más despacio. El crimen es de una semana: el descubierto es del día 7 octubre y la carta está fechada el día 14. Por lo tanto, la recibo más de quince días después. Y el monto del delito asciende a… ¡0,19 euros! (Y, por cierto, la situación la había regularizado yo hacía muuuuchos días, al verlo en internet).

Ignoro lo que ha costado el inicio del proceso, pero tengo por segura una cosa: no somos más tontos porque no queremos. Y, las entidades bancarias, ocupan un lugar destacado en la escala.

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Noto con profunda tristeza que Verba volant está de capa caída. Desde hace unas cuantas semanas (casi meses), hay algo que me preocupa muchísimo más que la falta de ideas: noto que me faltan las ganas de escribir o que, simplemenet, se me olvida el hecho de que tengo abierto ese vehículo de comunicación. Lo primero que se le ocurre a uno ante esta situación es que, quizá, vaya siendo el momento de dejarlo. Entre otras cosas, porque es bastante poco probable que el mundo explote ante tan relativo desastre. Sin embargo, me voy a esforzarme para que esto no ocurra. Y esta entrada va precisamente de eso, de las razones de mi escritura.

Cuando han llegado los momentos de pensar han dejarlo, he necesitado recuperar los momentos en los que empecé. Verba volant nació un bendito 19 de agosto de 2007. Crearlo fue, para mí (no hablo de la Humanidad, a la que le puede importar un bledo), una magnífica idea: creía que tenía algo que decir (aunque fuera para mí mismo); pensaba que tenía un proyecto creativo y cultural entre las manos y que podía ponerlo en práctica; estaba convencido de que, al margen de la calidad, de la cantidad o de la intensidad, era algo que necesitaba, viviendo casi siempre en el puñetero borde del abismo. Los principios fueron solitarios porque así era muy deseo. Al poco tiempo, la lectura del mismo se ampliaría con la amable y cordial acogida en la Burgosfera. Y, un poquito después, el blog siguió creciendo y creciendo con un número de lectores más o menos recurrentes que iba aumentando paulatinamente. Me consta que les gustaba a una, dos, tres, cuatro o cinco personas (y eso, para mí, era más que suficiente). Había un poquito de creación literaria, una miajita de experimentación, un incipiente interés por la fotografía, algo de reflexión teórica deliberadamente personalizada… Todo esto se ha mantenido con una inmensa ilusión, un no desdeñable esfuerzo (si pasásemos todo esto a papel, contaría con miles de páginas) y servía también como una auténtica terapia. Puestos a sufrir en este mundo, no estaba mal escribir sobre ese sufrimiento y, de paso, beneficiarme de la catarsis.

Como era un proyecto mío y muy personal, decidí escribir sobre lo que me daba la gana. Y con estas reflexiones en voz alta llegaron los problemas. Pensaba yo que, privado de todo como estaba, enjuiciado por la pequeña ciudad en la que vivo y sometido al arbitrio severo de encorsetados clanes, podría utilizar este pequeño espacio com lugar de libertad. La sorpresa vino en forma de ataques virulentos, enfados sublimes, acometidas e intentos de que parase. Cualquiera que haya seguido la trayectoria del blog, sabrá que no he sacado el cuchillo a pasear en demasiadas ocasiones. Todos los que saben leer entre líneas (es decir, todos los que saben leer) son perfectamente conscientes de dos cosas: una, que todo esto era un asunto mío; dos, que gritaba por no llorar y que los destinatarios no eran nunca los mismos. Por otro lado, quizá sea más o menos defendible que aquel que ha tenido que tener la boca bien cerrada durante tanto tiempo pudiese abrirla de vez en cuando, sobre todo cuando ha tenido que escuchar tanto disparate; sobre todo cuando un servidor tenía como abogado defensor tan solo a su espejo, que es feo, está manchado y tiene un reflejo contradictorio. Tuve que aguantar lo que nadie sabe. Las estadísticas mostraban diariamente que quienes me negaban el pan y la sal (y que nunca llegarán a saber las raíces de todas las cosas, de todos los males) entrasen de forma compulsiva al blog para darse por aludidos. Había otras veces en las que, después de haber sucedido algún hecho muy desagradable en el que yo era el agraviado de forma pública, mi respuesta literaria y, desde luego, carente de referencias concretas, se leía con lupa para que tuviese otro tipo de consecuencias.

No es bueno vivir con esa presión. Por fortuna, supe librarme de la obsesión de visitar la página de estadísticas para liberarme también de esa carga que, a mi pesar, sigue existiendo. Lo que es obvio, no lo era para algunos: este blog no era un lugar nacido de mi deseo de meterme con nadie, sino que era un lugar en el que, simplemente, el que hablaba era yo. Y al hablar, uno habla de muchas cosas: de las que le rodean y de las que no. Invito a cualquier sabiondo a vivir durante años privado de lo que más quiere, en condiciones lamentables, sufriendo ataques de ansiedad cada dos por tres. Y con otros males todavía peores acechando.

Como digo, no he superado la etapa del sufrimiento porque, desgraciadamente, creo que esto acechaba en mi temperamento y temo que no desaparezca por completo nunca. Sin embargo, el blog seguía sirviéndome para otras muchas cosas. Nacieron algunas series que me empujaron a la idea de escribir varios libros, animado por muchas personas que me lo aconsejaban en las líneas del blog y, sobre todo, en charlas con una cerveza entre las manos. Lo más duro era ver que las personas que más cerca podían haber estado de todo esto tomaban el blog como ese saco de inmundicias vomitorias. Jamás recibí un empujón amable. Jamás una palabra grata. Nada de esto parecía tener ningún mérito. Lo gracioso es que si esto hubiese sido idea de cualquier otro con un acento o un tono de voz diferente al mío, le hubieran puesto en los altares.

Y eso es precisamente lo que me ha llevado a escribir esta entrada, con un aviso para navegantes: el que firma esto va a seguir escribiendo de lo que se le salga en la punta del níspero. Voy a seguir siendo tan educado como algunos lo son conmigo. Voy a seguir utilizando mi cabecita para inventarme historias. Voy a intentar seguir algunos de los principios que me inculcaron y también voy a romper con muchos otros. Voy a procurar compartir con los demás algunas pequeñas habilidades que poseo y también a manifestar mi ignorancia de todo lo que no entiendo. Nada ni nadie va a hacer que me calle y solo yo decidiré sobre qué o sobre quién hablar.

Y otra cosa más: en estas líneas, estaré del lado de todos los que quieran acompañarme, de forma amable, tierna, benévola o crítica. Pero, en mi vida, solo voy a admitir a aquellos, que de acuerdo o no conmigo, decidan estar a mi lado. Porque, aunque no lo parezca, me gustaría que todos los días que configuren el resto de mi vida estén llenos de conversaciones, de guiños cómplices y de sonrisas. Y al que no le guste, que le den por los cuatro puntos cardinales.

(Imagen de Jorge Fabra.)

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Olga lleva ya seis horas en el puesto número 17 de la línea de cajas del hipermercado en el que lleva trabajando desde hace seis años. Olga estrenó su trabajo con ilusión, calzada con unos patines y con la tarea de controlar y comprobar los precios de las promociones y los códigos de barras defectuosos. Sus piernas tenían toda la fuerza, todo el vigor del que empieza con algo diferente en una vida. Olga había empezado la carrera de magisterio, pero un conjunto de azares negativos, las matemáticas y una asignatura de pedagogía se pusieron en medio del camino.

Olga ahora contempla cada día como una inmensa rutina. Los días, los meses y los años han ido apeando la sonrisa plácida con la que acompañaba los buenos días, las buenas tardes. El contacto visual con los clientes se ha ido disipando a medida que ha ido comprobando que estos no la diferenciaban demasiado de los estantes de la caja de las galletas y cereales. Hoy las cosas se están dando peor de lo previsto: problemas con el lector óptico, con la lectura de las tarjetas de crédito, con unos cambios que no llegan nunca. Parece que entre la caja central y la caja diecisiete media un abismo de kilómetros, que se extiende entre el tiempo y los gestos de unos clientes impacientes.

Olga levanta la vista y ve que la cola en su caja se hace cada vez más larga. Intenta no oír los comentarios cada vez más desabridos y elevados en el tono y en las maneras. Olga se ha puesto nerviosa y ese temblor de manos no le ayuda precisamente a pulsar la tecla adecuada. Por un momento, Olga desea con todas sus fuerzas soltar un grito, mandarlo todo a la mierda, arrancarse la tarjeta de identificación con un nombre que nunca ha pasado de ser más que eso. Olga intenta respirar con la suficiente hondura como para no ahogarse, pero con la suficiente dulzura como para pasar desapercibida. Levanta la cara y mira a la persona que aguarda. Cree que la conoce, pero Olga ha llegado a un punto en el que no llega a diferenciar si las personas que pasan por su caja son conocidas porque se cruzaron en algún momento de su vida o, si por el contrario, tan solo ha coincidido con ellas a la hora de ir cogiendo enseres de la cinta negra que le acerca los alimentos.

Olga presenta hoy algo en común con el resto de sus compañeras. Bajo la uniformidad de su atuendo, que no llega a ser elegante pero que pretende, al menos, ser discreto,  la cara de Olga está maquillada, los labios pintados de un color discreto, los ojos con una sombra del color del que será su vestido a la hora de la salida. Olga ha ido por la mañana a casa de su prima, que estudia un módulo de peluquería. Le ha dado unas mechas, le ha cortado las puntas, le ha dado cierto volumen a su pelo con el cepillo. Olga lleva ya casi recorrida su larga tarde de viernes y no ve el momento de llegar a la taquilla, cambiarse y salir a ver el cielo, por fin, oscuro, lejano por lo tanto a la blanca artificialidad que le altera los ritmos circadianos.

Unos minutos antes de acabar su jornada, Olga ha recibido un mensaje en su móvil: “lo siento wapa oi no voi a poder llegar a tiempo ke lo pases bien 1 bst”.  Lo que Julián no sabe es que Olga había cancelado todos sus compromisos con sus amigas, había dejado el resto de puertas abiertas para recibir esta noche tan especial como si fuese la última.

En el último rato libre que ha tenido libre en toda la tarde, Olga ha empezado a hacer recuento de los tiques de los clientes que han pagado con tarjeta.

(Imagen de Landahlauts.)

 

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Santi se ha despertado y, al segundo, tenía los ojos como platos. Santi es una de esas personas que, por regla general, concilia bien el tránsito del pensamiento al sueño y del sueño al despertar. Pero hoy, por encima del sonido del despertador, un pensamiento demasiado intenso pero fugaz le ha aturdido sin que Santi llegase a desentrañar exactamente su significado. Santi se ha levantado de la cama con una tranquilidad fingida, más para comprobar que todo va bien que con la confianza cotidiana. Ha pasado la revisión cotidiana ante el espejo, mirándose de cerca los ojos y, posteriormente, cerrándolos y llevando las puntas del dedo corazón a la nariz con el brazo semiflexionado. Por último, ha decidido dejar el afeitado hasta después del desayuno.

Santi ha encendido la radio y ha cambiado las noticias por la primera emisora de música girando el dial hasta conseguir una recepción perfecta. Una canción de James Morrison ha acompañado a Santi mientras permanecía sentado en una silla de la cocina con el brazo que sujetaba la taza de café apoyado en una pierna cruzada. Santi se ha levantado con aparente decisión, ha fregado la taza y, una vez más, ha jurado en hebreo por haber dado el agua del grifo con demasiada presión. Ha gestionado su correo electrónico mientras se enfrentaba a su dificultosa relación con los intestinos y, por último, ha dejado correr el agua de la ducha hasta que ha alcanzado la temperatura adecuada.

Santi ha salido de la ducha y se ha dado cuenta de que, una vez más, ha dejado la toalla fuera de su alcance. Intenta dejar pocas huellas de humedad en el corto viaje de ida y de retroceso. Hoy Santi ha cambiado el desodorante de aerosol por uno de barra, ya que últimamente sentía un picor muy molesto en las axilas. Se ha rociado desde una distancia prudente una colonia de olor tirando a fresco y agradable y se ha peinado con diligencia. Se ha enfundado unos pantalones vaqueros que necesitan urgentemente un recambio, una camisa de rayas, los calcetines negros y unos zapatos a los que ha tenido que pegar un repaso con una toallita ligeramente humedecida.

Cuando ha cogido las llaves y la cartera y ha llegado al portal, Santi es consciente, por primera vez en la mañana, de que no ha logrado pergeñar ni un solo pensamiento articulado. Santi se ha puesto a andar y ha empezado su jornada. Como todos los días.

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Quería hablar, muy brevemente, de tres palabras: pueden ser bicicleta, cuchara, manzana, aunque para nuestra familia fueron manzana, caballo, peseta. En cualquier caso, y en cualquiera de sus variantes, son tres palabras terribles. Su olvido es uno de los traumas más terribles: la constatación de que los pequeños olvidos dejan de ser accidentales para convertirse en algo de calado más hondo, más trágico. La convivencia se convierte en un proceso de pérdida de reconocimiento, de pérdida de identidad, de pérdida de lazos con todo lo que nos rodea.

Mi madre comenzó con este proceso hace ya muchos años. Dejó de recordar las cosas que sabía. Dejó de reconocer a su familia. Dejó de reconocer su propia identidad. Y, hace un par de años, dejó de estar en este mundo quebrado y quebradizo, de memorias y recuerdos. Felicidades, allí, en algún sitio, ahora que los destinos, quizá, nos protejan de la memoria.

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