Por Raúl, hace 4 días

Aeroembolismo agudo en un lugar que se llamaba alma

pez

Un día, buceando en lo que sería probablemente una apacible y sosegada mañana de una tarde de verano, me encontraba sumergido en el día a día. Buceaba requebrando las dificultades, en lo más hondo de mi vida y con la mirada atenta y pendular del que quiere verlo todo a través de ese cristal. Me había pertrechado con todo el material necesario en una tienda especializada llamada Filosofía, sentido y dimensión existencial. Había otra tienda en frente, mucho más barata, que se llamaba Moralidades vacuas y autoayudas, pero me habían dicho que los productos eran de peor realidad y que, al final, amortizabas tu compra si ponías de tu parte un poco más de sacrificio. Estaba tranquilo viendo un espécimen ignoto, de colores vivos y mirada fija, cuando el manómetro me indicó una presión elevada y el profundímetro atestiguaba que había llegado demasiado lejos. Justo entonces, el regulador vital me empezó a fallar y mi desasosiego e imprudencia me hicieron olvidar todas las tablas de descompresión y ascendí demasiado rápido. Tenía una sensación angustiada y una necesidad imperante de abrir la boca y respirar aire puro.

Cuando llegué a la superficie, me encontraba tan mal que tuve que acudir al especialista urgentemente. El terapeuta se sentó en un sillón, yo me puse en frente, en un cómodo sofá. Él me preguntó por lo que me había pasado y yo le conté con detalle los sucesos, uno a uno. Con un rostro que no quiso revelar nada, sólo dijo una palabra: aeroembolismo. Yo puse una cara muy extrañada, ni siquiera llegué a decir nada: una pequeña arruga torcida en la cara demostró que no llegaba a entender lo que me decía. Entonces, el médico me comentó: «Aeroembolismo. Es una enfermedad tristemente común entre vosotros, los que vais buceando por la vida. A veces, intentáis salir demasiado rápido a la superficie y la sangre se os llena de aire, como la gaseosa». Me preguntó si buceaba demasiado tiempo, o si en un mismo día me zambullía muchas veces. Yo le dije que sí, que me gustaba. Que en las profundidades me sentía feliz porque la presión oprimía el cráneo, pero sólo veía lo que deseaba ver, lo que deseaba entender». Él me dijo: «¿No será esto una manera de escapar?» Ni siquiera le contesté, porque la respuesta era obvia, pero sí hice una apostilla: «Lo extraño es que me gusta sumergirme, pero luego ansío volar. O me gusta bucear en agua gélida, y sigo y sigo hasta el agotamiento». Él entrelazó sus manos, movió la cabeza en un ademán casi imperceptible, puso una sonrisa que no lo era (yo creo que era una manera ambigua de señalar que me encontraba entre el diagnóstico de manual y una manera cariñosa de mostrar empatía), y me dijo: «Lo curioso es que los que padecéis aeroembolismo vital, de tanta agua, os deshidratáis. Vamos a hacer lo siguiente: te vamos a insuflar bien de oxígeno en botellas de a medio litro, te vamos a dibujar a mano alzada y con caricias el movimiento de tu corazón y, si eso no es suficiente, te introduciremos de lleno en una habitación llena de huríes que vaporicen de tus venas las burbujas de infelicidad. Te advierto que hay que ser realistas: este mal sólo se previene si limitas la profundidad de tu buceo, si alternas la inmersión con el ansia de despegar. Y, sobre todo, es fundamental que sigas con el protocolo convencional». Yo le dije que no, que paso, que bucearé lo que me dé la gana, que cuando sienta los síntomas me chuten bien de oxígeno, me invadan de caricias y las mil huríes, que me gusta pasar del frío al calor y del bien al mal, del abismo a lo estratosférico. Y que cuando sienta dolor en el alma mezclado mareos, confusión y tos severa me cure con mi pena o siga viviendo hasta reventar. Será como agitar una botella de gaseosa dentro de un profundo mar.

(Versión totalmente libre de una epifanía vital revelada en el episodio 6 de In Treatment, -otra obra maestra de la HBO- entre Paul y Laura)

Por Raúl, hace 5 días

Fragmentos de una teoría del caos

Caos

El pasado abril, murió Edward N. Lorenz, el padre de la teoría del caos, uno de mis mentores espirituales. No por la teoría global en sí, sino por sus fragmentos. Yo soy muy de cosmos por fuera, pero también un partidario ferviente e inconsciente del caos del epitelio hacia dentro. El caos es mito -y, por lo tanto, real- y es ciencia -lo que lleva aparejada una fuerte dosis de imaginación y literatura. No me extraña que ese lleno de vacíos que inunda los huecos marque nuestras vidas y las complete con sinsentidos. Parece que lo impredecible se puede codificar, acodado por atractores y detractores, por lo continuo y por lo discreto, por la bilis amorfa que emerge desde el hígado hasta nuestro cerebro. Es una parálisis dinamizadora que nos pierde y que nos encuentra, que nos olvida y nos explica. El caos es símbolo de la arruga, pero también de la raya perfecta; del sol que ilumina y ciega, pero también de la noche que todo lo pierde y lo encuentra. Lo bueno de estos Fragmentos para una teoría del caos es que pueden servir de título tanto de un libro de poemas como para un artículo científico. Probablemente, ambos podrían ser el mismo y no seríamos capaces de encontrar la diferencia. Podría resultar bello encontrar predicciones meteorológicas en endecasílabos perfectos y oxímoros brutales cobijados por la curva de la integral indefinida, que no es sino otra expresión bella y caóticamente poética. Qué bello pero qué triste es el caos. Es como los estados hipnagógicos previos al sueño: se relajan los músculos, sueñas con la fatalidad de la caída, tus músculos se contraen... Y, sano y salvo, te despiertas para introducirte, una vez más, en el centro de la pesadilla.

(Imagen de Naccarato)

Por Raúl, hace 6 días

El peso de la lana

Lana

¿Cuánto cuesta un kilo de sueños? ¿Qué gramaje se canjea en la báscula por una sonrisa? ¿Qué longitud tenía el hilo de Ariadna para liberar a Teseo del engreído Minotauro? ¿Cuánta lana se necesita para tejer el laberinto de nuestro conocimiento? ¿Qué ocurre cuando se van cogiendo hebras de lana de colores infinitos, se dejan caer unas sobre otras hasta confundirse con todas las hebras de todos los colores del mundo? ¿Qué sucede cuando hay una mano tendida, que se agacha y recoge esas partículas del universo, sopla sobre ellas y siembra los días con la sombra del color y las noches con la luminosidad de los espectros convertidos en gestos? ¿Se pueden mezclar los colores y los sonidos en un concierto que comience por la síncopa del rojo y acabe por el grisáceo fado no escuchado?

Había prometido escribir entradas desde Covilhã (Portugal), pero el ajetreo de las jornadas y los pocos ratos libres con una conexión a mano me lo han impedido. Hablaré más sobre estos días intensos, llenos de retórica, argumentaciones y persuasiones. Pero hoy me gustaría destacar varias cosas: en lo profesional, que el grupo de investigación LABCOM tiene proyectos que pueden ser el modelo de referencia para cualquier grupo del mundo académico interesado en temas audiovisuales y, además, sabe sacar el máximo provecho de todos sus recursos materiales, tecnológicos y humanos. En lo personal, que el trato que nos han dado a los tres profesores que veníamos de fuera ha sido atento, delicado y exquisito. Este grupo portugués de profesores combina su sabiduría con su modestia, sus referentes académicos con su atinada sonrisa. Quizás sea conveniente explicar el título de la entrada. Parte de la Universidade da Beira Interior está construida sobre una antigua fábrica de lana, en una sabia combinación de funcionalidad y huida del derribo rápido e irreflexivo. La estancia en esta preciosa localidad, la coexistencia del conocimiento, de laboratorio y el ordenador con las antiguas máquinas me han hecho reconocer que el mundo es un ovillo de lana, que encierra en sí mismo los colores y las formas. Sólo falta que alguien sepa inventarlas, disponerlas y tejerlas.

Senti-me muito a gosto em minha estadia em Covilha. Sois bons professores e boas pessoas e, portanto, envidiables. Muito obrigado.

Para terminar, el que quiera conocer la dificultad del rojo y la facilidad del vermelho, la larga extensión y complejidad de nuestros vocablos sencillos y la sencillez de nuestros vocablos complejos, quien quiera sentirse fascinado y diluido en una sociedad que creemos conocer por medio del apartamiento y en una lengua que creemos entender por la vía de la ignorancia, que vaya a la Universidade da Beira Interior. Se sentirá parte de ese ovillo. A mí, me ha reconciliado con la palabra espantoso. No os la perdáis, en sus acepciones más significativas.

 

(La imagen es de chatirygirl)

 

Por Raúl, hace 1 mes y 16 días

En defensa de un monarca

Camino

Frente a lo que puedan pensar los que me conocen bien, soy un firme defensor de un monarca que ha tenido una labor mucho más desapercibida que exacerbada, mucho más modesta que proclamada en voz alta. Desde luego, no entiendo ni entenderé a los defensores de la monarquía coyuntural: eso de que alguien lleve en su ADN los signos inequívocos de estar sobre otros y llevarse una partida de los presupuestos generales clama a las normas más elementales de la democracia. Intento comprender a los partidarios estructurales de un rey concreto en una circunstancia concreta, hábil y valioso para salvar a los países en situaciones comprometidas. Pero comprenderlos del todo es tanto como defender que esa estirpe se perpetúe, sean quienes sean sus sucesores. Y ahí entran, de nuevo, los presupuestos generales, y también las competiciones de vela, las cacerías de osos, las campechanías varias, los exabruptos del que debe guardar la compostura (no en vano, uno de los máximos argumentos entre los defensores de la institución es el de que los reyes en las democracias actuales han de erigirse en lo más granado de las lides diplomáticas). Como nosotros, los españoles, somos muy campechanos también -de hecho, somos capaces de votar a alguien para que vaya a concursos eurotelevisivos con una guitarrilla de juguete (bueno, eso es perdonable: el concurso también es de juguete, y tiene mucho más de televisivo que de musical)-, en aras de lo primero -la labor realizada en un momento vital- somos capaces de perdonar el resto, de defenderlo y de disculparlo. Puestos a elegir, no estaría mal eso de las monarquías electas que presenciamos en la Dinamarca contada por Shakespeare en Hamlet.

Pero esta entrada no va, en el fondo, de los reyes de verdad (porque son una ficción), sino de los reyes de ficción (porque son una realidad). Como estamos en fechas muy apropiadas para tal fin, por aquello de las salidas de pata de banco, hablaré de mi rey preferido. Es uno de los Reyes Magos. Me gustan los Reyes Magos -frente al regordete barbudo divulgado icónicamente por la Coca-Cola en los años treinta gracias a Haddon Sundblom- porque son más una leyenda de tradición popular (ese magnífico vehículo de las historias que nos apasionan) que una realidad puramente evangélica (los evangelios apócrifos decían más de ellos: Protoevangelio de Santiago: 21, 1-4). De hecho, los Reyes Magos (o, más estrictamente, sabios) aparecen sólo en el Evangelio de Mateo (2, 1-2; 2, 11) venidos de Oriente para preguntar por el rey de los judíos y postrados ante el niño para ofrecerles oro, incienso y mirra. Lo de Melchor, Baltasar y Gaspar, por ese orden, será cosa del Evangelio armenio de la infancia (5, 10), con su imagen representada, por primera vez, en un mosaico del siglo VI (después de Cristo, y no es un exabrupto: ahora es bien sabido que Cristo nació en el siglo I antes de Cristo, lo cual es un bonito contrasentido).

Me gusta eso de que unos personajes se dejen guiar por una estrella, interpreten los precisos pero mágicos movimientos del cielo para emprender un camino. Me gusta que sean tan sabios como para no arrodillarse ante sí mismos y su propia ciencia. Y me gusta, por último, la palabra epifanía, por lo que tienen detrás los sueños artísticos de revelación creativa.

Pero todavía no he hablado de mi rey mago favorito, de ese rey que, año tras año, me trae los regalos más exquisitos: se llama Artabán y se perdió en el camino. Y ya se sabe que el camino es la verdad (y la vida). Y la vida es un laberinto en el que hay que perderse. Si no, siempre corres el riesgo de llegar a la meta.

(Henry van Dyke escribió en 1896 un relato con las peripecias de Artabán: El rey mago que nunca llegó.)

Por Raúl, hace 1 mes y 18 días

El amor y los grados de discapacidad

El amor es ciego

Parece ser que el amor es ciego. Eso, que se sospechaba desde que el mundo es mundo, lo corrobora mucho después Mara Dierssen, una neurobióloa del Centro de Regulación Genómica de Barcelona. A mí me gusta que los científicos descubran (o inventen) cosas nuevas, no que nos corroboren cosas que ya sabemos. No me quiero ni imaginar que un día algún avispado descubra entre sus tubos de ensayo que No por mucho madrugar amanece más temprano, porque seguro que el grupo de investigación rival, ese que se chupa todas las subvenciones, demostrará que Al que madruga, Dios le ayuda. Los primeros, enfadados, realizarán un estudio de analogía entre personalidad y texturas para sostener que El hábito hace al monje, y sus ya enemigos declarados del laboratorio de referencia de la esquina efectuarán un análisis comparativo de materiales titulado Muestra de los resultados textiles de los gusanos Bombyx mori en las hembras de Pan Troglodytes: hacia una desmitificación de sus compatibilidades para concluir, al final, que Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

O sea, que el amor es ciego. Y la misma estimulación cerebral que nos lleva a amar obnubila nuestra capacidad de crítica respecto a la persona amada, lo que viene a significar que el el amor es una «adicción química entre dos personas», según Dierssen. En mi caso, prefiero esperar los resultados del centro que les lleve la contraria. Pero os adelanto los resultados: como el proyecto resultante tendrá una subvención de un ministerio (o dos), alguna conserjería de alguna comunidad autónoma (o dos, si se encuentra en zona fronteriza), seguro que descubren lo siguiente:

  1. El concepto «amor ciego» es terminológicamente inadecuado. Según investigaciones patrocinadas por la ONCE y el Instituto para el Uso No Discriminatorio del Lenguaje, es más ajustado afirmar que «El amor posee un grado de discapacidad visual total».
  2. Parece que se tiende a sopesar la teoría previa puede no ser definitiva. Otros estudios realizados por una subsección de investigadores afiliados a dicho centro, mantienen que El tuerto es el rey o Recuérdalo bien Mamerto, todo pirata no es tuerto.
  3. El Instituto para el Uso NO Discrimitariorio del Lenguaje está realizando una revisión terminológica de los documentos citados en el punto segundo.

Como yo no soy científico, no tengo respuestas. Soy tan soso y carente de talante evaluador, que lo único que se me ocurre siempre es hacerme alguna que otra pregunta: ¿se admiten casos de visión doble, astigmatismo, daltonismo o cataratas congénitas en la evaluación de nuestros sentimientos? ¿Se podrá uno presentar a las oposiciones?

(Post Scriptum, para echarse a templar: Mara Dierssen también ha descubierto que los hombres son más «sexuales» y las mujeres más «sensitivas». Para una visión más aproximada, no dejéis de entrar aquí.)

(Imagen de warmsunnydays)

Por Raúl, hace 1 mes y 26 días

Despertar en el infierno

Jay Dickman, premio Pulitzer

Hace ya unos cuantos días, publiqué una entrada titulada Desmayo en el cielo en la que mostraba mi voluntad firme y serena de no querer despertarme nunca más en el caso de que volviese a perder el conocimiento. No me pasa lo mismo cuando me meto en la cama, apago la luz e intento dormir. La sensación de que no voy a volver a despertar atenaza el descanso y lo revuelve en un mar de desesperación que acaba frecuentemente en una incorporación súbita y rebelde, con esos ojos completamente abiertos característicos del que teme no volver a ver nunca más. Cada vez es más frecuente que duerma abrazado al teléfono como el único corcho salvador de mi frágil vida y como único nexo de mi unión con el mundo. Ahora que el infierno vuelve a dejar de ser un estado de ánimo para convertirse en algo aterradoramente real, me niego a cerrar mis ojos voluntariamente temiendo lo que puedo encontrarme en el torbellino ígneo que adivino al final.

(La fotografía es de Jay Dickman y pertenece a la serie de instantáneas con las que ganó el Premio Pulitzer de Fotografía en 1983. El cráneo pertenece a una víctima de los Escuadrones de la Muerte en El Salvador)

Por Raúl, hace 2 meses y 19 días

Desmayo en el cielo

Fred Astaire y Ginger Rogers

Hace unos cuantos años, en el más amplio vacío de un paseo por el campo, sentí un ligero mareo inicial del que no guardo más recuerdo que sus consecuencias: un cuerpo desperezándose mojado de rocío, con una herida en la frente que destilaba sangre. No sé si ocurre en todos los casos, pero en mis desmayos soñaba. Ignoro si esos desvanecimientos duraban segundos u horas (me imagino que lo primero), pero eran sueños plácidos, de esos que el despertar interrumpe y te quedas sin saber lo más bello de la historia. Últimamente, no me desmayo. Pero solicito un deseo: si alguna vez me vuelve ocurrir, no quiero despertar: sólo quiero tener un sueño profundo, imaginando los delicados pasos de esta canción.

Por Raúl, hace 2 meses y 21 días

A través del espejo... y lo que encontramos al otro lado

Entre espejos

Nunca hemos contemplado nuestro rostro directamente: sólo lo conocemos a través de los reflejos y las imágenes, lo que es lo mismo que decir que nos conocemos a nosotros mismos viendo algo que no somos. Jacques Lacan (y otros psicoanalistas) denominaba a este fenómeno el estadio del espejo. Esta puñetera paradoja hace que, mientras nos contemplamos, percibamos esa imagen como algo ajeno a nosotros mismos. Somos ante nuestro álter ego, entes ficticios. Lo curioso es que existe un test para comprobar cuándo un niño conoce su propia identidad (denominado, precisamente, el test del espejo), que funciona de la siguiente manera: se le mancha a un niño la cara con un poquito de tiza o de pintura. Si el peque se mira al espejo y hace por limpiarse, significa que el niño tiene propia conciencia de sí. Y ya la hemos vuelto a armar. ¿Cómo podemos reconocer nuestra propia identidad si nos estamos viendo al revés? Yo he vivido una experiencia muy dolorosa en sentido inverso: la última vez que mi madre bajó en un ascensor conmigo se puso a hablar muy afectuosamente con una señora en el ascensor: «¿Nos conocemos de algo?», le dijo. No se reconoció a sí misma. En ese momento comprendí, viéndola, que veía a las dos. Y que ninguna de las dos era auténticamente mi madre. Ella, Delia, (su mente, su conciencia), no se reflejaba ya en ningún espejo: había huido de su cuerpo hace tiempo. O quizá no, quizá se haya escondido en el interior de nosotros mismos.

Si cruzáramos el espejo, entraríamos en otro mundo, como Alicia. Y como es un mundo ficticio, nos sumergiríamos, por fin, de una maldita vez, en el mundo de verdad. Mientras tanto, seguimos mirando reflejos, nos acercamos, miramos nuestra cara, cada vez más exigente con el paso del tiempo. Y se nos olvida que estamos en la feria, que nos metemos por el laberinto de los espejos, que nos vemos desde todos los ángulos posibles... y que ninguno somos nosotros. Yo, al menos, no me reconozco. Tiene cojones la cosa.

Por Raúl, hace 3 meses y 25 días

El reflejo de la contradicción

En el laberinto de los espejos

Escribo «Miércoles». Pero es (casi) sábado.
Deseaba mentir, crear un estado de ánimo.
También escribo «El ilustrado contar
de los viejos rebeldes».
Pero lo cierto es
que estoy en mi casa, delante del artefacto electrónico,
y que sólo escucho la voz
de los vecinos, siempre ruidosos.
Miento y escribo. Y a la vez hablo.
«La mirada de tu piel reverdece mi sonrisa».
Y estoy solo. Me encuentro solo. Recordando.
«Y en la roca volaba espuma,
y un mar incestuoso brotaba por dentro».
Y estoy tierra adentro, más solo que la una.
Soñando con un mar que no veo.
Esta mente mía es un caos (sinsustancia, me llamaba mi madre).
Me engaño a mí mismo: cojo un poema
que escribí hace diez años. Le cambio
dos palabras,
tres comas,
omito cuatro versos (malos, muy malos).
Y pulso al botón «enviar». A ver qué pasa.

Por Raúl, hace 4 meses y 2 días

Ni una palabra

Niebla II. Fotograrf

El torrente de significados catapultó al escritor a ese mundo donde la materia se desvanece entre la niebla del Arte. Mira, lector profundo, las heces de la letra devoran los blancos espacios. Sólo un murmullo fresco de ese viento fecundo, sólo un leve susurro de la espuma que fecundó la ola. Ahora mi mano se acerca a la palabra; sus párpados suaves caen ante lo insondable; la sonrisa y el llanto se debaten en lucha incesante de síntesis jamás logradas. Y el beso profundo, en búsqueda de aquel deseo vano, primitivo y oscuro que subyacía en mi pecho fue relajándose en puro elixir de lo que no existe, de lo místico y placentero que rebosa en el ser humano. Las mejillas apretadas ante un destino infeliz, manos luchando por buscar una meta, y tan sólo quedó de nuestro encuentro la Nada. Las ideas quebraron; quebró el llanto. Y de mis labios no pudo brotar tan siquiera una palabra.

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