— Verba Volant

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Laberintos

Cada uno es como es. Empiezo esta entrada con un topicazo de carácter universal. Esto nos incluye a cada uno de nosotros, con cosas buenas y malas. Y aquí entramos en otro tópico. Y seguimos con otro, como el ese “Nadie es perfecto”. Podríamos seguir así hasta un demasiado extenso, inabarcable, infinito. Creo que me explico y, sobre todo, creo que me entendéis.

La cosa trata hoy sobre esto, pero distinto. Se trata de personas a las que se ajusta la quinta acepción del DLE. Y no tanto por lo que tienen ellos, en sí, sino por lo que tienen con nosotros. Para mí, un zoquete es alguien que tarda en comprenderme y, a la vez, alguien con el que yo no me comprendo… ni me entiendo. No hablo de personas buenas o malas. Y tampoco de personas con las que “no me comprendo” (ni viceversa). Simplemente, son personas muy ajenas a mi modo de ver las cosas y a mis intereses y que, de manera recíproca, les ocurre –casi con total seguridad– lo mismo para la inversa.

Con un zoquete es difícil sacar adelante un proyecto común. Casi cualquier cosa que hagas, digas o pienses será muy diferente al modelo ideal y esperado que tengan ellos en mente. De entre todos, lo que menos puedo aguantar es un zoquete con falta de educación. Conozco a malas personas, sinvergüenzas, hijosdelagrán (también por supuesto, a buenas y buenísimas personas, pero la cosa hoy no va de ellos). A personas con las que, por la razón que sea, he dejado de entenderme o de llevarme bien. Lo asumo y lo sobrellevo o lo llevo, aunque sea mal. El mundo no es perfecto. Ni mucho menos espero tampoco que esté hecho a mi imagen y semejanza. Pero no soporto la mala educación. Ni las maneras rudas.

Así que hoy, como no puedo más, os quería hablar de mi concepción, probablemente errónea y tergiversada, de lo que es un zoquete.

Y como la red está llena de susceptibles, puedo jurar que, si estáis leyendo esta entrada, no os tenéis que dar por aludidos. En este blog son bienvenidos todos, amigos y enemigos, cercanos y distantes. Todos, menos los zoquetes.

(La imagen procede de mi galería de Flickr)

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Estamos rodeados del mierda. Hasta el cuello y subiendo peligrosamente, en avance lento pero implacable, hacia la comisura de los labios.

Estamos rodeados de mierda por todas partes y en todos los sentidos. Por donde quiera que uno mire, se acerca una avalancha de mierda dispuesta a inquietarnos. Como esas mareas crecientes que ocurren cuando uno pasea por la playa: caminamos confiados, pero, a veces, el mar puede más que nosotros y la ola, inexorablemente, se acerca para derribarnos.

Miramos hacia abajo y vemos mierda. Hacia arriba, cae mierda de las galerías celestiales. Mierda a diestro y siniestro, para dar y regalar. En ocasiones, hay tanta mierda que daría para repartir con gusto, en un alarde de bondad exquisita y armonía universal. Estamos tan rodeados de mierda que podríamos pensar que la hierba es marrón y marrones los cielos, marrón el aliento de la vida. Pero no.

A día de hoy, me consuela que la piel no sea tan permeable como para que la inmundicia penetre y llegue a los órganos vitales. Y el entrenamiento pertinaz nos enseña a cerrar bien la boca, a contener la respiración lo suficiente para que lleguen momentos espléndidos en los que podamos respirar a pulmón abierto. El azul del cielo gana al marrón por goleada y el color avellana de nuestras miradas es mucho más que un modo de ver: es una manera de estar en un mundo compartido, pero único. Intransferible. El olor fresco y dulce de una vida desgajada en momentos vale más  que toda la porquería rociada por el mundo. Y cuando parece que todo será un desagüe que desembocará en un río que desembocará en un mar, el tiempo se congela en cristales perfectos e infinitos. Y su reflejo vale más que un todo que, como sabe quien sabe, es mucho menos que la suma de las partes.

(Imagen de Brandon Warren).

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1.

Entre los dedos lo siento, lo noto por todas partes. Escrito en el viento, volando hacia el interior. Y me alegro por poder contar, a la manera de Benedetti. Viendo siempre tu rostro cuando cierro los ojos y sintiendo en ti todo lo que necesito. Así que, si realmente me quieres, deja que te vea.

2.

Lo oigo en la radio: están escribiendo canciones de amor, pero no son para mí. No puedo evitar el recuerdo de un beso que no es para mí.

Todo es así siempre. Las vidas, como las canciones de amor.

(Canción prosificada, traducida, adaptada y modificada a voluntad sobre las canciones “Love is Around” de Wet Wet Wet y “But not for me” de Chet Baker, con imagen de Santiago Nicolau).

 

 

 

 

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El gato de Schrödinger es una paradoja de la mecánica cuántica que forma parte, con sobrados méritos, de las cosas inexplicablemente explicables. Como ya sabe la mayoría de los lectores, lo que Schrödinger plantea es que, metido en una caja y sometido a unas circunstancias que podéis leer en el artículo vinculado, un gato puede estar vivo y muerto a la vez.

Me gustaría trasladar esta paradoja al campo de la felicidad. La imagen es ya típica: los optimistas ven el vaso medio lleno y los pesimistas, medio vacío: cuestión de perspectiva. Yo siempre he pensado que esto, más que una simplificación, es una mentira. Cuando un vaso tiene exactamente la mitad de líquido en su interior, no se puede (no se debe) ver el vaso medio lleno o medio vacío. El vaso, simple y llanamente, está medio lleno y medio vacío a la vez. Ignorar esta perogrullada, mucho más fácil de entender que los principios de la física cuántica, es de juzgado de guardia. Y luego nos pasa lo que nos pasa.

Por un lado, tenemos a los pesimistas convencidos e irredentos. Siempre contemplarán la realidad desde una óptica de la que es imposible recuperarse. Una inclinación a percibir el lado negativo de todo nos lleva, irreductiblemente, a la desesperación. Ver un vaso que tiene exactamente la mitad de líquido como medio vacío es ignorar la cantidad de líquido impulsor, creador o vivificante.

Por otro lado, tenemos a los optimistas de los mundos imposibles, ingenuos e iluminados, que prefieren ver la felicidad como un valor seguro. La inclinación que nos lleva a la risa floja, al beneplácito acomodaticio. Ver un vaso que tiene exactamente la mitad de líquido como medio lleno supone ignorar la cantidad de aire y de vacío que, a nada que uno se descuide, puede invadir una parcela de su vida, su vida entera o su media vida.

Nos quedan más posibilidades, claro. Porque quizás nos equivocamos al ver el líquido como el elemento positivo o el vacío como algo huero. Todos preferimos el aire mondo y lirondo al veneno refinado. Todos preferimos el agua fresca a un gas lleno de muerte parapetada.

Invito a los pesimistas a que se gradúen la vista de cerca y a los optimistas a que se supervisen su miopía. El vaso está medio vacío y medio lleno a la vez. Y la curiosidad (científica), que mató al gato, también sirve para salvarlo.

La imagen es de Bart.

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Estoy escuchando “Forever Young” de Alphaville y me llama la atención aquello de que “The music is for the sad men”. La música es para personas tristes. La música puede ser para todo, para todos, pero a mí no hay nada que me guste más que escuchar canciones tristes. Me llenan de vacíos, horadan mi plenitud y socavan plácidamente la poca autoestima que me queda en el bolsillo, aquel que se va descosiendo poco a poco cuando tiras de un hilo.

Cuánto tiempo sin escuchar esta canción. Cuánto tiempo para llegar a las contradicciones. En 1984 yo quería ser joven para siempre, pero no sabía nada de lo rápido que pasa la eternidad. No era consciente de que tenía que haber aprovechado para bailar hasta que no me quedasen fuerzas. En tiempos en los que la disyuntiva era morir joven o ser eterno. Épocas en los que se vivía con el impulso de no tener nada por delante. Cuando saltabas, llegabas a la luna.

Pasa un día, una semana, un año y, sin querer, llegas a otro extremo de la vida. La eternidad es ver pasar los días y sobrevivir entre cargas, pesos infinitos. Pensar en la agilidad con la que subes las escaleras, con la que corres y con la que vives… y no darte cuenta de la trampa: antes la agilidad venía de serie, igual que la sonrisa o la lágrima trágica que era sincera pero cándida.

Estoy escuchando a Alphaville y me doy cuenta de todo por lo que he pasado para querer seguir siempre joven de modo eterno. Y conformarme con que me quiten lo poco que he bailado.

 

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"Introspection" by Eddy Van 3000

Hacia mucho que no escribía tan poco. Ahora escribo más para dentro que hacia fuera. A veces, con la trampa de pensar que escribo cuando solo pienso. A veces, con la trampa de pensar que pienso cuando solo siento.

Es hora de buscar culpables, acuso a la introspección. Mirada que podría ser tramposa y ser manifestada, contada, narrada pero que quiero dejar muchas veces exclusivamente para mí. Es una retirada de la vida pública. Parcial, sí; no absoluta. He aprendido a convertir el silencio en valor relativo y a percibir las palabras en valor absoluto con tanto respeto como para no marearlas de significados, como para no malearlas en el escaparate del sinsentido. Compruebo también que en las redes sociales me he convertido en más informativo, lo que quiere decir menos personal y –quizá– muy poco necesario. Aunque casi prefiero informar que sentir en voz alta, sobre todo en el golpe inmediato de los 140 caracteres.

Esta entrada es, en sí misma, la evidencia más grande de las contradicciones. Pero es que retirarse no es renunciar. Dar dos pasos atrás no es escapar. Sigo siendo yo. Y estoy. Quizás encuentre muy pronto una forma de manifestarme contra todo y contra nadie. Quizás no.

Imagen de Eddy Van 3000.

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puntacanaflickr

Jueves, ocho de la tarde. Gilles Lipovetsky empieza el diálogo con Jesús Ruiz Mantilla. Van a hablar sobre el último libro del filósofo francés, De la ligereza. El español hace un guiño a la catedral de Burgos y califica el gótico como “pesado”. El francés lo niega. Califica el gótico como algo ligero, que alza el vuelo para que miremos el cielo. Y prosigue esta idea y la enlaza con un conjunto de ideas apasionantes.

Yo estoy escuchando y me voy sintiendo identificado (para mal). Me doy cuenta de que pienso (en) la vida como un conjunto de contrapesos que me llevan al fondo. Es una tendencia inevitable hacia el abismo. Por contra, hay una manera de ascender, lo veo. Quizá sea una manera menos trascendental, pero no accesoria. No supone renunciar a unos principios, sino a escalar sobre ellos para quedarse con la esencia. Lipovetsky sigue con su hipótesis. Siendo consecuente con sus obras anteriores, que tanto me han inspirado en años pasados para analizar algunos fenómenos del consumo, con esta obra da un paso más allá con un planteamiento –quizá– más optimista. En un momento, suelta la frase de Paul Valéry: “Hay que ser ligero como el pájaro, no como la pluma”. Y explica la idea de que la pluma es ligera pero queda siempre a merced de los vientos. No es “volante”, sino “volátil”. El pájaro, sin embargo, vuela teniendo el control sobre el viento. Y me doy cuenta de que, en el fondo del mar, ni siquiera era capaz de disfrutar de los bancos de peces, de la flora marina mecida por las aguas. Solo una presión insoportable que, si te descuidas, hace que te explote la cabeza.

Y sigo escuchando ideas sobre la muerte de las utopías sociales y el albur de algunas utopías que son sociales solo desde la individualidad. Peligrosas si son pesadas, estimulantes si son ligeras. Y pienso en lo bien que se puede estar despojado de capas, afilado como una punta de lanza. Hacia el cielo.

(Hace años, escribí una entrada que muestra esa tendencia a la pesadez: “Aeroembolismo en un lugar que se llama alma”. La imagen pertenece a mi galería de Flickr).

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Bob Dylan

Cada octubre me canso más. Llegan las noticias del nuevo premio nobel de literatura y, con ellas, las noticias infinitas, las opiniones sin fin. No me refiero a las opiniones de personas en general, sino de los “expertos”, porque tampoco está nada mal que, durante unos minutos, se hable de literatura, aunque sea de forma descafeinada y elevada a algo cercano a lo que no tiene que ver con el fenómeno literario y no con la literatura misma.

Premian a un escritor al que no conoce ni su padre y un experto no solo habla de toda su obra, sino de cómo lo conoció. Luego pasará al capítulo que más me gusta, que no es “el escritor premiado y yo”, sino “yo y el escritor premiado”, con un cúmulo de anécdotas. Un burro que no nos dejará ver el bosque.

Podemos dividir en dos la eterna aspiración de los críticos a ser nombrados seleccionador nacional en su categoría de premios. En primer lugar,  el que afirma que el premiado no lo merece para meterse pronto a establecer, como Uribarri en Eurovisión, toda una quiniela geopolítica que solo el conoce y digna de un programa de Iker Jiménez. Sacará a colación unos cuantos argumentos. Seguro que aparece que su prosa, su verso, no tiene la calidez y la calidad suficiente. Él, como profundo conocedor de todo y todos, sacará a colación aquello de “es que fulanito era mucho mejor que el premiado. Y mengano. Y zutano”. Por supuesto, transcribirá un pasaje de la obra del premiado y dirá que es una porquería infinita. Lo gracioso es que, en segundo lugar, estará  también el del polo opuesto y complementario: el que afirma que el premiado lo merece, que ya era hora, por dios, tantos años para llegar a lo obvio. Por supuesto, en perfecta contraposición con el anterior, dirá que su prosa, su verso, su lo que sea tiene una calidad sublime. Él es –también– profundo conocedor de todo y todos. Y sacará a colación un pasaje del premiado apreciando su estilo excelso, su dulzura, su arraigo a la tierra, qué sé yo.

Otro grupo, desgranado del sector crítico, es el de los comentaristas irónicos en las redes. Finas gracietas llenas de sarcasmo. Pues ya puestos, un día se lo van a dar a mi prima. Mi jefa ya va a pensar que es la siguiente. Uno de mis vecinos ya está preparando el discurso del año que viene. Hacen de menos sin hacer de más, aunque hacer de menos ya es desequilibrar una balanza de la que se desconoce cómo está calibrada y el sistema de medidas. Esa tendencia tan fácil a ponerse por encima de alguien siempre a no ser que se lo den a los dos autores (o diez, o cien) que haya leído.

Tenemos, claro está, al de los elogiadores profesionales. No conocían de nada al premiado pero –cosas de la civilización digital– en dos minutos y con Google Translate como instrumento tienen un criterio formado y justificado para alabar los méritos del premiado.

El último grupito del que voy a hablar es aquel, bien nutrido, que se dedica a vituperar a los premiados en años anteriores. Con mucha más razón si son de su propio país y todavía con más razón si había otro contemporáneo que les caía mejor. Como yo aquí hablo de todo y no hablo de nada, no pienso citar ni un solo nombre, pero los sufridos lectores estarán conmigo en que el asunto es difícil y tiene muchas aristas.

La taxonomía es, con total seguridad, mucho más amplia, pero ya digo que me cansa. ¿Que a Dylan le han dado el Nobel? Hay dos verdades simultáneas que pueden romper el sistema categorial de la metafísica desde Aristóteles, pero que son  verdades como puños. Sean (a) “Dylan se merece el Premio Nobel de Literatura” y  (b) “Dylan no se merece el Premio Nobel de Literatura”. Se lo merece aunque no haya escrito un libro en su vida (como si escribir “un libro” fuese algo consustancial al acto de escribir). Y no se lo merece porque seguro que otros escritores “de verdad” están esperando su turno.

Despojadas las razones de la carne, grasa, tendones, venas y arterias, la cosa no deja de ser graciosa. Que sí, que le ha tocado a Dylan, ese que estaba en las quinielas y no pertenece al clan (para bien y para mal). Escuchad a Dylan y disfrutad, que algo bueno tiene. Que sí, que le ha tocado a Dylan, ese que tendría que haber esperado a que se le pudriesen la guitarra y la armónica para haber entrado en el Parnaso. No lo escuches y ponte a leer a tu candidato eterno. Es tan fácil…

A mí, básicamente, todas las polémicas del Premio Nobel, cada año, tienen el mismo efecto en el organismo: me la soplan. Relativamente.

La imagen es de Simon Murphy.

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Serengeti sunset

Es un error imperdonable, una confusión intolerable. Tantos años de documentales, de clases de ciencias, de taxonomías sin fin, de cazadores y cazados. De animales veloces, bellos, esbeltos. Un guepardo, con andar pausado, divisando y oliendo a la presa. Comienza la carrera: el guepardo arranca, velocidad en estado puro. La sabana africana como marco, como contexto. Al otro lado, una gacela. Así, sin precisión: lo mismo da ocho que ochenta, no te fastidia. Una gacela, dices. Pero qué simplificación de la realidad, que es siempre compleja. Contemplas mi enfado, que pasa del enojo al enfurecimiento. ¿Una gacela? ¿Una gacela dices? Sí, una gacela, ¿no? ¿Así, sin más? Ah, no, ya. Y crees saber la respuesta. Ahí, en ese safari que es fotográfico pero en el que no hago una foto ni nada que se le parezca, incorporado a medias sobre el asiento, ávido de experiencias. Y tú, dispuesto a grabar todo y renunciando, por lo tanto, a vivir el momento presente, que tiene un valor incalculable. Que no tiene por qué estar en otro lugar que en el recuerdo, más vívido ahora. Sí, crees saber la respuesta y sonríes, agazapado en un conocimiento que es enciclopédico. Una gacela Thomson. Una gacela Thomson, dices, no te jode. Thomson. Mi favorita. Aquella cuya foto acariciaba en el primer tomo de Fauna de Félix Rodríguez de la Fuente. Con todas las características. Seguro que ahora estás mirando la Wikipedia, cacho inútil, idiota, incompetente. Qué vergüenza, madre mía. El guepardo todavía está en carrera, ya a punto de llegar cuando te digo qué cuánto crees que pesa el bicho. Y cuánto mide. Y tú dices que no sabes calcular, así, en caliente. Que está muy lejos y que te he arrancado literalmente los binoculares de las manos. Pero que crees que es un bicho relativamente grande. ¿Y entonces?, digo. Pues no sé qué quieres decir. Que si es grande o pequeña, mecagoentodo. No sé, dices. Más bien grande. Pues eso, más bien grande, claro. Como que esta puede pesar casi el doble que la gacela Thomson, indocumentado. Y el pelaje. ¿Ves el pelaje? Porque no te voy a poner a prueba con los cuernos, que parece que no jugaste de pequeño a los juegos de diferencias, de los siete errores, de lo que sea. El pelaje, vamos. ¿Falta algo? No, no lo veo. ¿Algún color? No color, así, color como tal, sin más ni más. La franja oscura. ¿Dónde está la franja oscura? Ah, la franja oscura. No hay. Pues eso. Estás viendo una gacela Grant. Para eso te vienes hasta el Serengeti. Lo mismo querías ver tigres. La gacela Thomson, mi favorita, pequeña y ligera, que guardo en el corazón de mi recuerdo. Si la hubiese visto, hubiese sido una persona muy feliz. Ahora mira cómo se merienda a la otra el guepardo, venga, disfruta y luego se lo cuentas a los amigos. Cometes errores imperdonables, my friend.

Con imagen de Anita Retenour.

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DJ, by Catrin Austin

Todo va bien cuando no piensas. Mejor no raspar mucho: ¡nada de espátulas! Te dejas llevar, cierras los ojos y pasas por la vida de puntillas, no vayas a dejar una huella demasiado profunda, identificable (indeleble, qué palabra). Aplastas el tedio por la vuelta de la esquina sin levantarte demasiado, sin esforzarte tampoco en dormir, esa bendita posición horizontal. Te limitas a respirar (no demasiado fuerte, intentando no sentir que te puedes ahogar, por fin). Toda va bien cuando te aíslas y no piensas más que en sentir las cosas por encima, resbalando por la rutina: la crueldad de un cielo siempre nublado, tempestuoso. Caminas hacia el terreno conocido, con una precisión digna del maldito GPS, que impide tu tendencia natural al extravío.

Pero hay días. Otras noches en las que todo se derrumba. Un atisbo de lucidez, un quicio de ternura, un encuentro, un giro, un autorreconocimiento en la ronda de sospechosos en la que tú eres el único, mil veces repetido. Entonces, solo entonces, encuentras la salvación. Allí, en la música disco.

Como música de fondo, por supuesto, “Last Night a DJ Saved My Live”, la historia del DJ que tantas veces me ha salvado (en todas sus versiones). Con imagen de Catrin Austin.

 

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