Por Raúl, hace 1 mes y 6 días

Porque el laberinto es el espejo del mundo

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Porque el laberinto es signo y representación, porque es metáfora y contiene dentro el término real y el imagen. Porque no sólo unas rectas paralelas conducen al infinito ni acogen, por lo tanto, mayor evidencia de finitud. Porque te buscas para no encontrarte o te encuentras porque no te buscas. Porque decides entrar para probar, para ver qué pasa. Porque el mundo es menos bello sin el acoso del Minotauro, sin la ayuda delicada de los hilos de oro. Porque el error y el acierto pueden esperar, agazapados, tras el próximo seto, tras el muro inminente, tras el vericueto suicida. Porque la vida no es sencilla, ni unívoca, ni tenemos el cuerpo preparado para los paraísos unidireccionales.

Porque entras, o te meten. Porque sales, o te sacan. Porque depende de ti y depende de los otros.

Y porque la arquitectura del caos complicado es aún más bella.

Laberinto de la imagen (e imagen del laberinto): Arkville Maze Maquette (Michael Ayrton, 1968). Cortesía Jacob E. Nyenhuis, Michigan, en la web del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (aquí el artículo de El País sobre la exposición).



Por Raúl, hace 2 meses y 20 días

Por qué se demoran las entradas de Verba volant. Cine, series, cine. Sentido.

Pozo

Alguno de vosotros, seguidores y amigos de Verba volant, os habréis preguntado qué ha motivado esa lentitud en el ritmo de publicación de las entradas. Y aunque no todo tiene en esta vida explicación y sentido, ya que no es sino laberinto, en este caso hay unas cuantas causas. Os advierto que, pese al comienzo más o menos lúdico, la cosa va en serio. Así que os animo a leer hasta el final (¡y no valen lecturas en diagonal!).

La primera es la explicación más explicable: estamos a final de curso y a las montañas de obligaciones se acumulan fuertes precipitaciones en forma de exámenes, correcciones y trabajos. Pero como en esta viña del Señor no todo es trabajo, la cinematografía tiene también la culpa para bien y para mal.

Aunque muy tarde, he empezado a descubrir Lost. Vi algunos capítulos sueltos allá por los inicios de la historia (y hace muchos años de esto) y, por aquello de la fragmentación, no me gustó. Ahora que todo el mundo la ha visto, me ha picado el gusanillo y en ello estoy. Temporada 1. Por otra parte, Breaking bad ha llegado al final de la tercera temporada y he cada vez estoy más convencido que estamos ante una de las grandes entre las grandes. La historia, lejos de empobrecerse, sigue creciendo y, con la última secuencia, uno permanece unos cuantos segundos ante el televisor un poco atontado esperando que nos den un poco más. Este cierre podría suponer un respiro, pero ya ha llegado la tercera temporada de True blood y Californication está al caer, así que la realidad de mis ficciones va a colmarse de sexo, sentimientos y pasiones al límite, horror profundo y sonrisas no solamente ligeras.

Por lo tanto, el trabajo y el vicio (a partes iguales) han ralentizado estas palabras volantes y voladoras. Pero decía que hay otro motivo, que vamos a asociar también con el cine. A los que no hayan visto la película Mujer blanca soltera busca... les será difícil manejar el paralelismo. Y como es mejor contemplar el horror que vivirlo, les diré que circunstancias ajenas a mí pero internas a este blog han vuelto a extender el desánimo. Si hace mucho tiempo había determinadas personas que buscaban y rebuscaban en este blog para verse representados (cuestión que creo superada, o al menos eso creo), desde hace un tiempo percibo (y no son delirios paranoides) algunos gestos nada sanos en algunos lugares. Ya dije en alguna entrada perdida que cada uno tiene su estilo, para bien y para mal. También es obvio que el estilo de cada cual tiene influencias múltiples y variadas, más o menos conscientes. Pero tengo el horror de contemplar que hay quien ha empezado a bucear por la blogosfera por los mares exactos por los que navego; tengo el espanto de percibir que mis palabras, mi estilo y mes querencias frecuentan de manera demasiado aproximada las palabras que tendrían que ser de otros. Me siento desdoblado sin quererlo, dividido en un Dr. Jekyll y Mr. Hyde sin haber pasado por la ingestión de la pócima tramposa. Me encuentro con alusiones y réplicas veladas que yo no he pedido y que no he querido. El mundo es abierto y ancho y libre, y cada cual es amo de sus actos y de sus palabras, pero a mí me gustaría ser amo y señor de las más que modestas líneas que tengo a bien escribir porque me da la gana y que vosotros leéis porque sois buena gente y queréis pasar un rato con ellas. Me gustaría escribir aviesa amargura –por citar una cita inexistente y, por lo tanto, ejemplificatioria– y no encontrarme al cabo de poco con ese pensamiento y palabras estampados en el reflejo de otra pantalla para querer decir no-sé-qué. No creo que mi mundo y sus expresiones sean dignos de tantos seguimientos, apéndices y réplicas. Creo que ni las he pedido ni las he estimulado. Por si fuera poco (y sin que tenga que ver con lo anterior), mi correo se ha visto incomodado por mentes pertinaces que no aceptaban un silencio. Hasta se han permitido el lujo de sentirse ofendidas por no ocupar el lugar de Chipirón, sin tener en cuenta el pequeño detalle de que soy yo el que decido en mi blog el lugar que ocupa cada uno. Para eso es mío.

Y es lo que tienen las ficciones, amigos. Al final, se funden con la vida.

En definitiva, cada vez que me sentaba ante el ordenador en busca de enlazar una historia con palabras más o menos afortunadas, me asaltaba la obsesión de no querer encontrarme lo que iba a venir después. Así que tenía que explotar y contarlo a mis parroquianos, por aquello de aliviar un poco las penas. Pues eso. E insisto: no son figuraciones mías.

(La imagen es de Ignacio Conejo.)

Por Raúl, hace 3 meses

Mónica no ha podido dormir - Fragmentos #23

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Mónica sabe que cometía un error al meterse en la cama. Es perfectamente consciente de que el sueño no se puede inducir con los ojos como platos, los nervios exaltados y el cerebro en efervescencia. Pese a todo, lo intenta. Ocupa su lado de la cama de forma obediente. Hace fuerza en los párpados para mantenerlos cerrados, pero su mente empieza a recorrer todas las miserias de lo acontecido a lo largo del día. Los problemas con el trabajo la están matando. Mónica es una mujer plenamente consciente de las pequeñas miserias de su vida, pero intenta siempre esconderlas bajo una sonrisa muy explícita y con un brillo especial en los ojos. A lo largo de toda la jornada, ha intentado engañar su abatimiento con esos mismos gestos, pero un pelo algo menos peinado y unos movimientos más recurrentes y nerviosos la delatan. Mónica sigue pensando en sus cosas, pero la cama no le ayuda a contemplar las cosas desde una perspectiva vertical, que comprenda todos los estratos de las situaciones. La horizontalidad aplana su vista hasta obcecarse monográficamente en argumentos recurrentes que son ciertos, pero no suficientes, pero no únicos. Mónica se resiste a dar la primera vuelta sobre sí misma, del mismo modo que se obstina en intentar no sucumbir a ponerse bien la pernera del pijama, abigarrada en torno a la pantorrilla. Teme que las arrugas del pijama se mezclen con las arrugas de la vida y el lecho sea un terreno de batalla. Mónica siente pasar los segundos, pero sabe que tardarán mucho en convertirse en minutos y serán una eternidad transformados en horas. Mónica va repasando monólogo a monólogo todos los lados negativos y se ha olvidado de dibujar mentalmente una tabla de doble entrada que le sirva para la resolución de sus conflictos externos e internos. Antes lo hacía de forma explícita, en un viejo cuaderno de su época universitaria, con un papel reciclado pero con empaque. Ahora continúa con el sendero de la tabla única que, por lo tanto, no es su salvación. Mónica ha dejado de buscar una salida porque sabe que, en el fondo, la vida es un laberinto en el que es más fácil encontrarse con el Minotauro que con el hilo de Ariadna. Muchas veces ese hilo es tan frágil, tan transparente, que pasa a menudo por delante de sus narices sin que ella acierte a verlo. Y el toro es mitológico y fuerte y grande y temible. Y las pesadillas pesan más que los sueños bellos. Mónica sigue respirando fuerte, engañando a la vigilia. Cansada de todo sin descansar de nada, Mónica se ha levantado. Ha caminado a tientas entre su cansancio y la oscuridad. Se ha arropado con una manta de cuadros en el sofá. Y, casi sin quererlo, se ha olvidado por un momento de que tenía sueño y de que estaba preocupada. Ahora su respiración ficticia ya no es una ficción.

(Imagen de Javier L. Navarrete.)

Por Raúl, hace 3 meses y 14 días

Sueños de niño

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El abismo de acostarse, para no dormir quizas. Para no despertarse. Con un millón de notas de música agitada en la cabeza, como un vídeo de Lady Gaga a mil revoluciones, sin orden ni concierto. Con la venganza del amor, con los malos tragos de pasar por el quicio de la vida. Los auriculares enquistados en una cabeza atronada por múltiples percusiones sintetizadas. El caos de la música dance atragantado en la amígdala. Intentando darle un sentido a las rectas trazadas con tiralíneas. Y buscando desesperadamente un pijama de pantalones a rayas y camiseta azul para enfundarlo en el cuerpo cansado de los trotes y vapuleos de la vida. Los minutos pasan por los ojos cerrados a dieciocho fotogramas por segundo, que es la velocidad de las cosas mudas en este ensordecedor mundo de sombras. Hasta los mismísimos de encontrar tu estilo en otros sitios, sin saber si el estilo no es tuyo o es que otros se lo apropian. Sin saber dónde nos espera el próximo salto hacia el otro confín de un universo que se escribe sin mayúsculas. La necesidad como extremo y como contingencia. Los acordes fáciles de música pegadiza, pegajosa, que se acopla a tu cuerpo, con los vaivenes del ritmo y de la desesperación. Fashion, baby. Fashion, baby. ¿Hasta dónde llegan los vocablos que siempre debieron escribirse y, sobre todo, pronunciarse en francés? Un mal trago lo tiene cualquiera, pero el atragantón de la vida nos hace deglutir las voces procesadas por las líneas telefónicas. El sueño de la fama produce sombras, monstruos que revientan como la distribución cuerpo-alma, discutida en torno a la glándula pineal. ¿Mentiras del hipotálamo? Somos espejos convertidos en neuronas, plásticas hasta estirarse como los malos alimentos. La buena alimentación se traduce en migas, dicen. Tabla de salvación, afirmaría Hansel. Afirmaría Gretel. Las casas de chocolate son la grande y nutricia y falsa madre. Son la pista que nos lleva hacia el abismo, se tuerza hacia la derecha o hacia la izquierda. Hacia el centro nunca. Es muy obvio. Y anida el ansia de perfección, que es la última de nuestras imperfecciones. ¿Alguna vez fue verdadera la teoría triple de nuestro cerebro? ¿Se descompone en capas, como si de prospecciones arqueológicas hablásemos, meditásemos. Siempre hay quien visita yacimientos para ver las piernas de las mujeres. Es la finalidad última de las escaleras de vanos recortados. No me llames por los nombres que no tengo. Los cadáveres ya no habitan en los cementerios, sino en los armarios, llenos a rebosar de ropa fuera de temporada. ¿Por qué mi mini-mando no obedece a los dictados de la con(s)ciencia? Se habla de lo que no se sabe. De lo que no se siente. De lo que no se paladea con el velo de la vergüenza. La historia de nuestras vidas es una comedia musical que acaba con unas zapatillas y un albornoz en una plaza en una madrugada demasiado caliente para ser tratada con los tonos de la muerte. Necesito desesperadamente el azul turquesa para salvar al mundo de los colores tristes. A fuerza de credulidad, tendré que conformarme con lo que dicen. Aunque todavía me resulta difícil creer que alguien sea asesinado en frente de Central Park. El acto de escribir canciones. El acto de pensarlas. El acto de dibujarlas con las manos. Por eso el mundo es una constante espera de la mirada recibida. Del local brumoso y enloquecido en el que los cuerpos sólo están hechos para bailar y para beber a espuertas. ¿Son los sentimientos la llave de nuestros enojos? Una voz canta y la remezcla la repite como coro pertinaz, impertinente. El interrogante individual se convierte en la interrogación del mundo y, por ende, de la esencia. ¿Habitó alguna vez entre nosotros la partitura que no había de ser cantada, tocada, bailada? Qué maravilla pulsar una tecla y escuchar una voz repetida hasta la saciedad, hasta el hartazgo, hasta la penúltima escalera esculpida por el demiurgo que, de creer a Cioran, sólo puede ser aciago. A lo lejos oigo unas voces que me hablan para que retorne hacia el hilo que me entresaque del laberinto. Puta Ariadna. Ahora que estaba escuchando a las sirenas en forma de unos vecinos: los muy cabrones, siempre se olvidan de apagar el despertador.

(Imagen de Roberto Castaño.)

Por Raúl, hace 5 meses y 26 días

La vida en tres frases de El secreto de sus ojos

El Secreto De Sus Ojos

Como las vidas son cine y el cine es vida. Como la correspondencia es perfectamente asimétrica, como lo son el cine y la vida. Como las imágenes plasman nuestras imágenes y nuestras palabras pasan a ser el guión. Como todo empieza y todo a cada a ritmo de títulos de crédito a los que no todo el mundo sabe esperar. Como nunca hay una tristeza más grande que una lágrima a pantalla grande ni nunca una carcajada suena más sincera cuando sale desde el plano hacia afuera. Como somos deleitosos y diletantes esclavos en una caverna que no es la Platón, llena de reflejos y destellos de verdad. Como los que no tenemos vida intentamos reflejarnos en las historias vividas por los demás. Como todo es Uno y Uno es nada si no son tres, creo que estos tres fragmentos de El secreto de sus ojos que pueden servir de hoja de ruta:

«Me vi cenando solo y no me gusté».

«¿Cómo se hace para vivir una vida vacía? ¿Cómo se hace para vivir una vida llena de nada?».

«Mi vida entera fue mirar para delante. Atrás no es mi jurisdicción; me declaro incompetente.»

(En otro orden de cosas y con respecto a la peli en cuestión, digo lo siguiente: que es una obra interesante, pero que dista de ser una obra maestra; y que me hace gracia que ahora que gana un Oscar la hagamos nuestra –española– por participar en la financiación. Me hubiese gustado saber qué hubiera pasado si un filme español hubiera competido este año en la misma categoría. Es una notable película argentina. Como sigamos así, vamos a acabar pareciendo franceses.)

Por Raúl, hace 5 meses y 27 días

Otro y el mismo día

Relojarena

Me he pasado gran parte del día pegado a pantallas de formatos diversos. En parte, ha sido por vicio (la tercera temporada de Damages lo merece; El secreto de sus ojos lo está mereciendo). En parte, ha sido un día de trabajo con pocas recompensas: apuntes colgados en mi sitio web con un servidor que se resistía de forma contumaz; correos que había que contestar de forma inminente; flecos varios. Definitivamente, el fin de semana se ha pasado sin haber hecho nada relevante, pero también ha impedido el paso de momentos totalmente agradables, excepcionales y extraordinarios.

Lo siento, pero he de decirlo: el trabajo de profesor tiene mucho de esos momentos ingratos, de horas robadas a las historias personales y que no conducen a ninguna parte. No todos los días se escribe un artículo genial. No todos los momentos aportan ideas de relevancia. No hay muchos minutos en los que sirvas realmente para mucho. Pocos instantes para preparar la clase definitiva. El trabajo se convierte en un suma y sigue sin final y sin mucho sentido que no sea el de la supervivencia. Además, es un trabajo que no se nota ni se siente. La mayor parte de la población mundial piensa que nos pasamos la existencia tocándonos la punta del níspero o el equivalente femenino. No hay nada de lo hecho hoy que justifique vehementemente el deber cumplido. No hay sueldo que lo pague. No hay nadie que lo sepa. No hay ninguna agencia de acreditación que valore estos pormenores.

Si uno hace balance, descubre una cantidad ingente de horas, de días y semanas con esfuerzos baldíos. Mientras todos nos imaginan entre vacaciones perpetuas, entre fines de semana interminables, entre días llenos de ocio y tiempo libre, la realidad nos ata muchas veces a una silla y un ordenador para intentar ser mejores en nuestro oficio, para que el engranaje por el que transmitimos conocimientos y competencias no se oxide.

Quizá mañana, al ver unas caras somnolientas, me anime pensando en las conciencias y consciencias que quedan todavía por despertar. Por eso, mañana –cada mañana– es siempre otro y el mismo día.

(Imagen de Iván Antúnez.)

Por Raúl, hace 6 meses y 16 días

Algún rincón del cielo

Torres

Y alzas la vista. Y lo ves todo demasiado alto. E intentas extender la mano y la perspectiva te engaña, haciéndote creer que puedes alcanzar algún rincón del cielo. Y el cristal te ciega. Y comprendes que la verticalidad es ontológica y la horizontalidad es existencial. Y comprendes que no cabes en el mundo ni lo a lo alto ni a lo ancho porque te queda demasiado grande, porque te queda demasiado estrecho. Y la belleza te ciega y la fealdad te abruma. Y no llegas a comprender el secreto del reino de los ángeles. Y miras hacia el suelo, que se cuartea y se resquebraja entre tus pies. Y procuras respirar hondo, pero te atragantas. Y, al final, respiras tan hondo que hiperventilas. Y el corazón te late a mil por hora. Y tu percepción de las cosas se te nubla. Y te arrodillas en el suelo. Y no lloras pero, sin saber por qué, las lagrimas afloran de tus ojos y resbalan sin medida. Y te incorporas por cojones (y porque te duelen las rodillas). Y odias vivir arrastrado, sin abrigo y sin medida. Y escuchas a María Callas y piensas que cuando llegará la diosa para realizar el sortilegio de los bosques. Y sientes con la razón. Y razonas con el corazón. Y te haces un lío, que a la vez es oxímoron, paralelismo y quiasmo. Y te invades de amargura. Y gritas basta porque el cielo te hace daño.

Por Raúl, hace 6 meses y 26 días

Objetivar la soledad

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La soledad. Desde el orgullo de la soledad independiente al oprobio de la soledad impuesta, los seres humanos nos encontramos solos. Vamos teniendo pequeñas dosis de soledad impuesta hasta que llega un día en el que nadie nos acompañará al cruzar nuestra última meta. La soledad ha sido enaltecida y envilecida hasta el extremo, pero --paradójicamente-- pocas veces se reflexiona sobre ella desde dentro. ¿Aislamiento o aislacionismo? ¿Hermetismo o nada? ¿Privaticidad o ausencia?

La soledad está colmada de pequeños ritos, guiños hacia el trastorno o la patología. Primero, unas palabras musitadas. Después, una reflexión en voz alta. Una conversación esquizofrénica, por último. El rito de hacerse compañía a uno mismo. El rito de la música y de la televisión, testigos fehacientes del eco que devuelve lo que es uno. El rito más terrible, el protocolo minucioso del sueño. Una cama demasiado grande hace más palpable estar solo que unos miles de kilómetros de desierto. La ausencia de la caricia, de que alguien duerme nuestra duermevela o que alguien vela nuestro respirar acompasado. No hay mayor sintonía que la de dos cuerpos que acompasan su sueño, después de la dura batalla.

En el universo de lo social, la soledad es el estigma. Meditar con uno mismo no es mejor que meditar con otros. Convivir con nuestras pequeñas obsesiones no es mejor que estamparse con los hábitos de los demás. La soledad es una de las cimas abisales de nuestra propia humanidad, quizá la más rotunda y la de más calado. Quizá nuestro laberinto más retorcidamente endiablado. Por eso, la soledad es la coraza que nos protege de la vida y, por eso mismo, la que nos hace zozobrar poco a poco.

(Imagen de John Althouse Cohen.)

Por Raúl, hace 7 meses y 7 días

Por los pelos

Verba volant está de capa caída. Ya nadie lo duda. O, por lo menos, yo no lo dudo. Tan de capa caída se encuentra, que hoy iba a publicar la entrada final. Es una entrada que tengo escrita hace ya tiempo y con la que me quería despedir cuando esto se acabe, porque las palabras, como las hojas, vuelan al impulso de las ráfagas de viento. Y, como ellas, llega un momento que se detienen para pudrirse en lo recóndito de las aceras hasta que alguien se las lleva en beneficio de la limpieza ciudadana.

Como uno le ha cogido cariño a esto, le ha estado dando vueltas durante unos cuantos días: el día que se ponga el punto no será como el adiós repetido de los toreros, ávidos de fama, de aplausos o del dinero de la vuelta al ruedo, sino un punto final bien gordo para pasar a otra cosa. Las razones para acabar eran de índole muy diversa. Me pongo ante la pantalla muchas veces sintiéndome un tahúr de los vocablos, enredándolos y haciendo trampa. Otras veces, no me pongo: he empezado a sentir que ya no me queda mucho por decir. Otras muchas (y de manera más frecuente y persistente), las palabras me han hecho sufrir. Es sabido que escribir ayuda a objetivizar tus problemas. Comunicándolos, pareces liberte de su carga negativa. Pero llegó un momento en el que cuando más orgulloso estaba de mis palabras más sufría con ellas. Hablo de sufrimiento del de verdad, nada  de ínfulas de poeta maldito. Cuando la ficción atropella la realidad, es momento de parar.

Esta tarde iba a dar el paso. Todo estaba a golpe de clic. Sin embargo, hace cuestión de media hora he recibido en mi correo un mensaje de Chipirón negro, esa lectora anónima que ha insuflado vida a este blog en numerosas ocasiones. Hacía mucho tiempo que no enviaba sus aportaciones, siempre originales, ácidas y fuera de las convenciones. Su mensaje me ha hecho reconsiderar momentáneamente mi decisión. Entre otras cosas, porque me ha ofrecido el ángulo necesario para ver las cosas de otra manera: «Garbanzo negro, no sé qué voy a hacer contigo. Tus entradas parecen viejunas, ancladas en la autocomplacencia del triste. Estarás encantado de dar las vueltas y marearte de tanto rodar. ¿Te has fijado que tus Fragmentos para una teoría del caos se han convertido en una porquería chorreante? Los empezaste con pulso, con ambición, deseoso de contar las historias entrecruzadas de las personas de una forma diferente. Ahora los paseas como una forma de que los demás te vean triste. Ya no te leo todos los días, ahora que has pasado de ser el Garbanzo negro de la vida a ser el garbanzo negro de los blogs. Entre hiel y hiel, siempre lamías la esperanza. En el toma y daca eras inmisericorde, pero no cruel. En el terreno resbaladizo, siempre te deslizadas sin tropezar. Mostrabas tus angustias pero se veía, latente, una luz que era lo más importante para los que te leíamos».

Este fragmento, seguido de otras muchas cosas que no añado para no extenderme en exceso, parecía que apuntalaban la impresión que yo tenía de declive hacia la nada. Sin embargo, reconozco que me han salvado sus últimas palabras: «¿Te crees que entramos aquí para compadecerte? ¿Te crees el ombligo del mundo, más allá de las pelusas que, como agujeros negros, puedan habitar su interior? ¿Por qué te leemos, Garbanzo negro? Algunos no te leemos por ti, sino a pesar de ti. Te leemos-leíamos porque hacías algo con las palabras que nos identificaba. Nos hacía del club selecto de los desesperados que ya nunca miraremos el mundo con otros ojos que no sean los de las ojeras, pero también del selecto club de los que intentan descojonarse en su cara. En nuestra soledad radical, nos hacía sentirnos acompañados y cómplices. ¿Dónde queda esa sonrisa ácida, que aporta un poco de amargura al mundo pero que endulza nuestro paso por él? Te leemos (leíamos) porque eras socio de un club del que nunca quisiste formar parte. ¿Dónde quedan aquellas entradas curradas, en las que revertías y analizabas la realidad para darle otra vuelta de tuerca? Me gustaban porque creía que leía a Larra (en pequeño, no te creas) redivivo en el siglo XXI. No te pegues un tiro con las palabras, Garbanzo; no te acoses con tus miserias ni las vomites sin propósito. El devuelto salpica y nos devuelve a los demás las ganas de hacer lo propio. Sonríe de vez en cuando, joder, que la vida no es para tanto.»

Reconozco que no sé que decir. Sólo se me ocurre lo más fácil, que es continuar. Como en mucho de lo que dice tiene razón, intentaré unirme al club. Aunque no quiera nunca ser socio.

(El enlace al vídeo adjunto me lo ha mandado ella. No he llegado a entender su razón de ser. Pero --hoy-- ella manda. Así que, por el momento, no diré «adiós», sino hasta luego. Seguiré intentándolo. Y gracias...)

Por Raúl, hace 7 meses y 13 días

Burbujas

Bubles

¿Qué hace de nosotros seres metidos en la burbuja? El ser humano, social (por naturaleza y porque lo dicen manuales y libros de texto), se inclina hacia la incomunicación, hacia la soledad. ¿Por qué no disfrutamos de cada minuto de nuestra vida? ¿Por qué sufrir? ¿Por qué no convertir la burbuja de la soledad en la burbuja del brindis desenfrenado, la burbuja de la bañera compartida?

Las burbujas, que son paradigma de la fantasía, acaban explotándonos, con la vida, en toda la cara. Y, a diferencia de las pompas del chicle, no queda nada.

(Imagen de Carla Carvalho Tomás.)

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