Por Raúl, hace 12 días

La vida en tres frases de El secreto de sus ojos

El Secreto De Sus Ojos

Como las vidas son cine y el cine es vida. Como la correspondencia es perfectamente asimétrica, como lo son el cine y la vida. Como las imágenes plasman nuestras imágenes y nuestras palabras pasan a ser el guión. Como todo empieza y todo a cada a ritmo de títulos de crédito a los que no todo el mundo sabe esperar. Como nunca hay una tristeza más grande que una lágrima a pantalla grande ni nunca una carcajada suena más sincera cuando sale desde el plano hacia afuera. Como somos deleitosos y diletantes esclavos en una caverna que no es la Platón, llena de reflejos y destellos de verdad. Como los que no tenemos vida intentamos reflejarnos en las historias vividas por los demás. Como todo es Uno y Uno es nada si no son tres, creo que estos tres fragmentos de El secreto de sus ojos que pueden servir de hoja de ruta:

«Me vi cenando solo y no me gusté».

«¿Cómo se hace para vivir una vida vacía? ¿Cómo se hace para vivir una vida llena de nada?».

«Mi vida entera fue mirar para delante. Atrás no es mi jurisdicción; me declaro incompetente.»

(En otro orden de cosas y con respecto a la peli en cuestión, digo lo siguiente: que es una obra interesante, pero que dista de ser una obra maestra; y que me hace gracia que ahora que gana un Oscar la hagamos nuestra –española– por participar en la financiación. Me hubiese gustado saber qué hubiera pasado si un filme español hubiera competido este año en la misma categoría. Es una notable película argentina. Como sigamos así, vamos a acabar pareciendo franceses.)

Por Raúl, hace 13 días

Otro y el mismo día

Relojarena

Me he pasado gran parte del día pegado a pantallas de formatos diversos. En parte, ha sido por vicio (la tercera temporada de Damages lo merece; El secreto de sus ojos lo está mereciendo). En parte, ha sido un día de trabajo con pocas recompensas: apuntes colgados en mi sitio web con un servidor que se resistía de forma contumaz; correos que había que contestar de forma inminente; flecos varios. Definitivamente, el fin de semana se ha pasado sin haber hecho nada relevante, pero también ha impedido el paso de momentos totalmente agradables, excepcionales y extraordinarios.

Lo siento, pero he de decirlo: el trabajo de profesor tiene mucho de esos momentos ingratos, de horas robadas a las historias personales y que no conducen a ninguna parte. No todos los días se escribe un artículo genial. No todos los momentos aportan ideas de relevancia. No hay muchos minutos en los que sirvas realmente para mucho. Pocos instantes para preparar la clase definitiva. El trabajo se convierte en un suma y sigue sin final y sin mucho sentido que no sea el de la supervivencia. Además, es un trabajo que no se nota ni se siente. La mayor parte de la población mundial piensa que nos pasamos la existencia tocándonos la punta del níspero o el equivalente femenino. No hay nada de lo hecho hoy que justifique vehementemente el deber cumplido. No hay sueldo que lo pague. No hay nadie que lo sepa. No hay ninguna agencia de acreditación que valore estos pormenores.

Si uno hace balance, descubre una cantidad ingente de horas, de días y semanas con esfuerzos baldíos. Mientras todos nos imaginan entre vacaciones perpetuas, entre fines de semana interminables, entre días llenos de ocio y tiempo libre, la realidad nos ata muchas veces a una silla y un ordenador para intentar ser mejores en nuestro oficio, para que el engranaje por el que transmitimos conocimientos y competencias no se oxide.

Quizá mañana, al ver unas caras somnolientas, me anime pensando en las conciencias y consciencias que quedan todavía por despertar. Por eso, mañana –cada mañana– es siempre otro y el mismo día.

(Imagen de Iván Antúnez.)

Por Raúl, hace 1 mes y 2 días

Algún rincón del cielo

Torres

Y alzas la vista. Y lo ves todo demasiado alto. E intentas extender la mano y la perspectiva te engaña, haciéndote creer que puedes alcanzar algún rincón del cielo. Y el cristal te ciega. Y comprendes que la verticalidad es ontológica y la horizontalidad es existencial. Y comprendes que no cabes en el mundo ni lo a lo alto ni a lo ancho porque te queda demasiado grande, porque te queda demasiado estrecho. Y la belleza te ciega y la fealdad te abruma. Y no llegas a comprender el secreto del reino de los ángeles. Y miras hacia el suelo, que se cuartea y se resquebraja entre tus pies. Y procuras respirar hondo, pero te atragantas. Y, al final, respiras tan hondo que hiperventilas. Y el corazón te late a mil por hora. Y tu percepción de las cosas se te nubla. Y te arrodillas en el suelo. Y no lloras pero, sin saber por qué, las lagrimas afloran de tus ojos y resbalan sin medida. Y te incorporas por cojones (y porque te duelen las rodillas). Y odias vivir arrastrado, sin abrigo y sin medida. Y escuchas a María Callas y piensas que cuando llegará la diosa para realizar el sortilegio de los bosques. Y sientes con la razón. Y razonas con el corazón. Y te haces un lío, que a la vez es oxímoron, paralelismo y quiasmo. Y te invades de amargura. Y gritas basta porque el cielo te hace daño.

Por Raúl, hace 1 mes y 12 días

Objetivar la soledad

Montmartre1

La soledad. Desde el orgullo de la soledad independiente al oprobio de la soledad impuesta, los seres humanos nos encontramos solos. Vamos teniendo pequeñas dosis de soledad impuesta hasta que llega un día en el que nadie nos acompañará al cruzar nuestra última meta. La soledad ha sido enaltecida y envilecida hasta el extremo, pero --paradójicamente-- pocas veces se reflexiona sobre ella desde dentro. ¿Aislamiento o aislacionismo? ¿Hermetismo o nada? ¿Privaticidad o ausencia?

La soledad está colmada de pequeños ritos, guiños hacia el trastorno o la patología. Primero, unas palabras musitadas. Después, una reflexión en voz alta. Una conversación esquizofrénica, por último. El rito de hacerse compañía a uno mismo. El rito de la música y de la televisión, testigos fehacientes del eco que devuelve lo que es uno. El rito más terrible, el protocolo minucioso del sueño. Una cama demasiado grande hace más palpable estar solo que unos miles de kilómetros de desierto. La ausencia de la caricia, de que alguien duerme nuestra duermevela o que alguien vela nuestro respirar acompasado. No hay mayor sintonía que la de dos cuerpos que acompasan su sueño, después de la dura batalla.

En el universo de lo social, la soledad es el estigma. Meditar con uno mismo no es mejor que meditar con otros. Convivir con nuestras pequeñas obsesiones no es mejor que estamparse con los hábitos de los demás. La soledad es una de las cimas abisales de nuestra propia humanidad, quizá la más rotunda y la de más calado. Quizá nuestro laberinto más retorcidamente endiablado. Por eso, la soledad es la coraza que nos protege de la vida y, por eso mismo, la que nos hace zozobrar poco a poco.

(Imagen de John Althouse Cohen.)

Por Raúl, hace 1 mes y 21 días

Por los pelos

Verba volant está de capa caída. Ya nadie lo duda. O, por lo menos, yo no lo dudo. Tan de capa caída se encuentra, que hoy iba a publicar la entrada final. Es una entrada que tengo escrita hace ya tiempo y con la que me quería despedir cuando esto se acabe, porque las palabras, como las hojas, vuelan al impulso de las ráfagas de viento. Y, como ellas, llega un momento que se detienen para pudrirse en lo recóndito de las aceras hasta que alguien se las lleva en beneficio de la limpieza ciudadana.

Como uno le ha cogido cariño a esto, le ha estado dando vueltas durante unos cuantos días: el día que se ponga el punto no será como el adiós repetido de los toreros, ávidos de fama, de aplausos o del dinero de la vuelta al ruedo, sino un punto final bien gordo para pasar a otra cosa. Las razones para acabar eran de índole muy diversa. Me pongo ante la pantalla muchas veces sintiéndome un tahúr de los vocablos, enredándolos y haciendo trampa. Otras veces, no me pongo: he empezado a sentir que ya no me queda mucho por decir. Otras muchas (y de manera más frecuente y persistente), las palabras me han hecho sufrir. Es sabido que escribir ayuda a objetivizar tus problemas. Comunicándolos, pareces liberte de su carga negativa. Pero llegó un momento en el que cuando más orgulloso estaba de mis palabras más sufría con ellas. Hablo de sufrimiento del de verdad, nada  de ínfulas de poeta maldito. Cuando la ficción atropella la realidad, es momento de parar.

Esta tarde iba a dar el paso. Todo estaba a golpe de clic. Sin embargo, hace cuestión de media hora he recibido en mi correo un mensaje de Chipirón negro, esa lectora anónima que ha insuflado vida a este blog en numerosas ocasiones. Hacía mucho tiempo que no enviaba sus aportaciones, siempre originales, ácidas y fuera de las convenciones. Su mensaje me ha hecho reconsiderar momentáneamente mi decisión. Entre otras cosas, porque me ha ofrecido el ángulo necesario para ver las cosas de otra manera: «Garbanzo negro, no sé qué voy a hacer contigo. Tus entradas parecen viejunas, ancladas en la autocomplacencia del triste. Estarás encantado de dar las vueltas y marearte de tanto rodar. ¿Te has fijado que tus Fragmentos para una teoría del caos se han convertido en una porquería chorreante? Los empezaste con pulso, con ambición, deseoso de contar las historias entrecruzadas de las personas de una forma diferente. Ahora los paseas como una forma de que los demás te vean triste. Ya no te leo todos los días, ahora que has pasado de ser el Garbanzo negro de la vida a ser el garbanzo negro de los blogs. Entre hiel y hiel, siempre lamías la esperanza. En el toma y daca eras inmisericorde, pero no cruel. En el terreno resbaladizo, siempre te deslizadas sin tropezar. Mostrabas tus angustias pero se veía, latente, una luz que era lo más importante para los que te leíamos».

Este fragmento, seguido de otras muchas cosas que no añado para no extenderme en exceso, parecía que apuntalaban la impresión que yo tenía de declive hacia la nada. Sin embargo, reconozco que me han salvado sus últimas palabras: «¿Te crees que entramos aquí para compadecerte? ¿Te crees el ombligo del mundo, más allá de las pelusas que, como agujeros negros, puedan habitar su interior? ¿Por qué te leemos, Garbanzo negro? Algunos no te leemos por ti, sino a pesar de ti. Te leemos-leíamos porque hacías algo con las palabras que nos identificaba. Nos hacía del club selecto de los desesperados que ya nunca miraremos el mundo con otros ojos que no sean los de las ojeras, pero también del selecto club de los que intentan descojonarse en su cara. En nuestra soledad radical, nos hacía sentirnos acompañados y cómplices. ¿Dónde queda esa sonrisa ácida, que aporta un poco de amargura al mundo pero que endulza nuestro paso por él? Te leemos (leíamos) porque eras socio de un club del que nunca quisiste formar parte. ¿Dónde quedan aquellas entradas curradas, en las que revertías y analizabas la realidad para darle otra vuelta de tuerca? Me gustaban porque creía que leía a Larra (en pequeño, no te creas) redivivo en el siglo XXI. No te pegues un tiro con las palabras, Garbanzo; no te acoses con tus miserias ni las vomites sin propósito. El devuelto salpica y nos devuelve a los demás las ganas de hacer lo propio. Sonríe de vez en cuando, joder, que la vida no es para tanto.»

Reconozco que no sé que decir. Sólo se me ocurre lo más fácil, que es continuar. Como en mucho de lo que dice tiene razón, intentaré unirme al club. Aunque no quiera nunca ser socio.

(El enlace al vídeo adjunto me lo ha mandado ella. No he llegado a entender su razón de ser. Pero --hoy-- ella manda. Así que, por el momento, no diré «adiós», sino hasta luego. Seguiré intentándolo. Y gracias...)

Por Raúl, hace 1 mes y 27 días

Burbujas

Bubles

¿Qué hace de nosotros seres metidos en la burbuja? El ser humano, social (por naturaleza y porque lo dicen manuales y libros de texto), se inclina hacia la incomunicación, hacia la soledad. ¿Por qué no disfrutamos de cada minuto de nuestra vida? ¿Por qué sufrir? ¿Por qué no convertir la burbuja de la soledad en la burbuja del brindis desenfrenado, la burbuja de la bañera compartida?

Las burbujas, que son paradigma de la fantasía, acaban explotándonos, con la vida, en toda la cara. Y, a diferencia de las pompas del chicle, no queda nada.

(Imagen de Carla Carvalho Tomás.)

Por Raúl, hace 2 meses y 8 días

Amor. Medias. Mañana

Medias

¿Inventaron el amor? ¿Lo descubrieron? La diferencia no es pequeña. En cualquier caso, ¿se ha inventado el concepto que tenemos nosotros del amor? Dicen que fueron los trovadores provenzales. Dicen que fue Petrarca. Ahora lo reivindican los publicitarios. Todo el mundo gira en torno al amor, a unas medias y al inexistente día de mañana.

Líneas surgidas a raíz de una secuencia de la magnífica Mad Men, que estoy revisitando (primera temporada, capítulo 1:

-- Se refiere al amor. Se refiere al relámpago en el corazón cuando no puede respirar y no puede trabajar y solamente puede escapar casándose y haciendo niños. El motivo por el que no lo ha sentido, es porque no existe. Lo que usted llama amor, fue inventado por tipos como yo para vender medias.

-- ¿Eso es cierto?

-- Estoy bastante seguro. Se nace solo y se muere solo y este mundo solamente te impone un montón de normas para hacerte olvidar esos hechos, pero yo nunca olvido. Vivo como si no hubiese mañana... Porque no lo hay.

(Imagen de Bielgrimalt en DeviantART.)

Por Raúl, hace 2 meses y 12 días

Fantasie, semblable et contraire


Tout notre raisonnement ce réduit à céder au sentiment. Mais la fantaisie est semblable et contraire au sentiment ; semblable, parce qu'elle ne raisonne point ; contraire, parce qu'elle est fausse : de sorte qu'il est bien difficile de distinguer entre ces contraires. L'un dit que mon sentiment est fantaisie : et j'en dis de même de mon côté. On aurait besoin d'une règle. La raison s'offre ; mais elle est pliable à tous sens ; et ainsi il n'y en a point (Pascal, Pensées).

Dar la vuelta a la razón y a la pasión. Hablar de las pasiones es hacer un  tratado anímico de las sinrazones y de las fantasías que habitan inútilmente bajo nuestros alerones, de en-verga-dura (palabra bonita, je) resuelta pero escasa. Y los pensamientos giran sobre la peonza de lo que no es pensable y, por lo tanto, son el sujeto más digno de reflexión. Nunca la autorreflexividad humana nos demostró que sólo se vive dos veces, cinco veces menos que los gatos y a la altura de James Bond. Mientras, alguien mira por nosotros y nuestras desazones, alguien vela por nuestros impulsos más secretos. Alguien otea por el horizonte de nuestros deseos. Todos los seres humano somos uno, lo que pasa es que uno distinto en su diversidad, en su complejidad, en su memez, en su originalidad apenas suficiente, en su silbido que junta las ovejas del rebaño.

Nunca fue más cierto que nuestras vidas giran en torno a una melodía de jazz, movida pero triste. Y que no podremos nunca pensar sobre lo que pensamos, a no ser que nos atrevamos a soñar.

Por Raúl, hace 2 meses y 23 días

Orillas

Aguja

Salvados por la mínima. Ni una diminuta migaja de turrón. Ni una burbuja de champán del caro. Ni el ojo de una aguja. Nadie que moleste, nadie fuera de sitio. Encorsetados y esclavos de una mesa, de un ritual. De una locuacidad impostada. Absortos dentro del mundo que les corresponde. Todo es redondo en el cielo. De ahí para abajo, todo se desguaza como los pensamientos y como las esperanzas, como el nunca y el demasiado. Por eso, hoy es un día de brindar por lo que no se brinda. Hoy es un día para bailar en los pasos acompasados sin música. Hoy es un día para recordar que hay que olvidar y para olvidar el recuerdo, cosas ambas resbaladizas, contradictorias y feas. Felicidad para los importantes del mundo. Los demás, que se fastidien. Nuevamente. Por las orillas que no se tocan. A la deriva.

(Imagen de Raúl de Buenaposada.)

Por Raúl, hace 2 meses y 24 días

Quiero

URB 002-1

Quiero que toques música para mí. Que el cielo es mucho menos que la estratosfera de los mordiscos de vida que se arrancan a dentelladas. Quiero que toques mi canción favorita, porque el imperio de la noche invade los poros. Que la epidermis es mucho más que las caricias inexistentes. El universo se compone de cuatro acordes fantásticos. Quiero que cantes con voz desgarrada. Que la laringe y las cuerdas vocales son mucho más que los días y sus noches cargados a cuestas. Quiero oír la risa inapagada, los gorjeos de tu guitarra. Que mis pies son mucho más importantes que el camino que todavía queda por andar. Quiero que el silencio escuche al silencio. Que las bonitas aves marean de tanto dibujar trazos en el aire.

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