— Verba Volant

Archive
Laberintos

No me gustaría hacer de estas entradas una loa complaciente para todos aquellos que fueron o son sus protagonistas legítimos, autocomplaciente para mí. La enseñanza, con todo lo que supone convivir con personas jóvenes o adolescentes, tiene cientos de vertientes maravillosas, pero no es tampoco perfecta. Muchas veces falla por los profesores, por los alumnos, por las familias, por un sistema anquilosado. Me atrevería a decir que también, quizás, por el azar o por la casualidad. En definitiva, en el oficio de enseñar y formar a personas hay muchísimas cosas cosas que se nos escapan, a veces muchas más de las que tenemos controladas, asentadas.

Por esa razón, me ha venido a la cabeza hoy la historia de un chico del que ni siquiera recuerdo el nombre. Por mis aulas, en casi treinta años, han pasado miles de alumnos y es imposible guardar memoria de todos y cada uno de ellos, con sus nombres, caras y apellidos. Pero, aunque reconozco y veo ahora la cara de este chico, no soy capaz de saber cómo se llamaba. Y, por lo que adivinaréis muy pronto, hablar en esta historia de un chico sin nombre será especialmente significativo.

Le di clase de Educación Física un año y ni siquiera me acuerdo de si era buen o mal alumno. Le di clase de Filosofía en 3.º de BUP (el actual 1.º de bachillerato) y no recuerdo ninguna cosa relevante de él. Ninguna intervención en clase. Ninguna pregunta realizada o respondida. Ningún comportamiento fuera de lo normal. Ni siquiera recuerdo un comportamiento normal. Solo me viene a la memoria que se sentaba en clase y pasaba desapercibido y transparente hasta que llegaba la siguiente. Sí recuerdo sus notas, pero no sus exámenes. Sacaba siempre un notable alto, notas cercanas al ocho, lo que evidenciaba que tenía una capacidad para razonar y expresar muy bien lo que pensaba (de eso se trataba, a fin de cuentas, en Filosofía). Pero no recuerdo ninguna cosa que dejase escrita y a la que yo hubiese dado una relevancia especial. En suma, lo hubiese tenido por buen alumno si hubiese pensado más en él.

Ahí acabó mi historia con ese chico del que no recuerdo el nombre. Pasó luego por COU, pero yo no le di clase. Y fue luego a la Escuela Politécnica para hacer una de las que se denominaban entonces ingenierías técnicas, que se hacían en tres años. Creo que fue Ingeniaría Técnica Industrial, pero no estoy seguro, de eso me enteré más tarde.

Al parecer, el chico del que no recuerdo el nombre, estando en tercero, suspendió una asignatura por primera vez en su vida. Es preciso señalar que estas carreras eran bastante difíciles y no era frecuente que los alumnos las aprobasen a la primera y de un tirón. Se presentó en septiembre y la volvió a suspender. No estaba preparado para el fracaso y entró en un bucle de melancolía. Sus padres lograron con gran alivio que aceptase ir al pueblo durante el fin de semana para intentar olvidarse de todo. Un día, cuando la tarde empezaba a avanzar de forma inexorable, le dijo a su abuela que le hiciese una tortilla de patatas para cenar. Salió de casa. Fue a la orilla del río y, al parecer, se ató una piedra al cuerpo con una cuerda que había cogido en casa. Se tiró al río. Y desapareció de las vidas de todos, de su vida misma.

Puede pensarse que esta historia me toca solamente de modo marginal, pero, cuando nos enteramos en el instituto de la noticia en las primeras reuniones del curso, me afectó profundamente. Me pregunté cuántas vidas pasarían por la mía de puntillas siendo profesor. Cuántos pequeños (o grandes) detalles ignoro e ignoraré. Cuántas congojas, problemas o frustraciones pueden pasar por la vida de esos chicos sin que les demos importancia, sin que les prestemos atención. Cuántas personas han pasado por mi lado sin ser muy consciente de que hay algo mucho más profundo, mucho más hondo, que los circunda y, en ocasiones, les agobia, les ata hasta que se hunden. Puede que todo lo que le pasaba al chico fuese, simplemente inescrutable. Ni siquiera sabemos los detalles y los matices de lo que es, para mí, una vida ignorada. Pero el hecho de no haber sabido nada de él, de no haberle reconocido, el hecho de que ni siquiera recuerde su nombre es muy significativo.

Al encontrarme con algún exalumno de aquellos años por la calle, cuando me preguntan si me acuerdo de él, me pongo muy contento cuando veo esa cara, por la que han transcurrido los años y las experiencias, y me viene a la mente un nombre, un apellido, alguna evidencia de que, un día, estuvo conmigo.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Hefin Owen.


Read More

Después de la historia de ayer, digna del mejor de los sanvalentines, toca abordar otra mucho más… no sé cómo llamarla. Pongamos la palabra difícil.

Todos los que entráis aquí a leer esta serie ya os imagináis, porque a veces lo habéis vivido en vuestras propias carnes en ese instituto o en cualquier otro instituto de cualquiera de los mundos posibles aunque difícilmente imaginables, que hay historias que, aunque sean ciertas, parecen totalmente inverosímiles. Si añadiese yo algunas de las cosas que sé o que he visto en una obra de ficción, me tacharían de fantasioso o demasiado imaginativo. Pero la realidad es la que es, mucho más cercana a veces a nuestros mejores sueños, mucho más próxima otras muchas veces a la pesadilla que nos priva del aliento.

Hoy voy a contar la historia de Manuel, un chico que llegó en el último curso al instituto. Era bastante frecuente que, en el centro donde trabajé, llegasen muchos alumnos en los últimos años de la enseñanza secundaria. En algunas ocasiones, por motivos evidentes: habían estado en otros centros concertados hasta un nivel determinado y acudían al nuestro para finalizar de manera gratuita. En otras ocasiones, llegaban rebotados de otros centros por diferentes razones. O, simplemente, llegaban al nuestro deseosos de un cambio de aires.

No sé cuál era el caso de Manuel porque no era su tutor, pero me lo imagino. Creo que era uno de esos chicos de colegio de pago que había patinado un poco con las notas y que había recalado en el instituto para ver si un cambio le ayudaba o le fortalecía. Y le vino bien, porque Manuel, sin ser una inteligencia desbordante, fue resolviendo sus cuestiones académicas de forma más que solvente en las dos materias que impartí yo ese año en su curso, Literatura del siglo XX e Historia de la Filosofía.

Como ya ha aparecido muchas veces aquí, es inevitable recordar su sonrisa. Bueno, más que su sonrisa, su carcajada, una risa desbordante y contagiosa en una cara muy agradable y simpática. Porque Manuel era un chico educado, sociable y encantador.

Un día estaba yo a la hora del café en un bar próximo y, como solía ocurrir con cierta frecuencia, me senté con alguno de los grupos de alumnos mayores que estaban por allí. Ahora que no nos escucha nadie, pasaba muy buenos ratos en esos momentos de charla distendida y ajena a todo lo académico. Allí estaba Manuel. Hablaba de una de sus aficiones deportivas (practicaba el taekwondo) y, en un momento, dentro de esa conversación normal y entre risas, soltó algo que a él le pareció totalmente normal y que al resto nos puso la carne de gallina. Comentaba que le daba vergüenza que le viesen las rodillas en el gimnasio o en las piscinas, que las tenía demasiado oscuras. Nunca he llegado a calibrar las tonalidades de las rodillas en contraste con otros lugares del cuerpo, pero me imagino que nunca sería tan grave como para ser causa de esa preocupación, que llegaba, según él, al trauma. Pero, como he adelantado en el título de la entrada, lo más preocupante no era el síntoma, sino el “tratamiento” que le daba a su “problema”: para quitar ese oscurecimiento, Manuel se lijaba las rodillas. El remedio, era mucho peor que la enfermedad, porque ese aclarado blanquecino inicial acababa en enrojecimiento y, con el tiempo, derivó en herida permanente. Pero, según me enteré algún día por motivos que no venían a cuento, Manuel prefería unas rodillas heridas, incluso vendadas, que unas rodillas sanas pero oscuras.

En ese momento en el bar, me vinieron mil interrogantes sobre los laberintos en los que nos perdemos los seres humanos. Cuando él se marchó, todos permanecimos un rato sentados. La situación era incómoda. Yo quería hablar, pero me había quedado sin palabras. Lo peor vino después. Sus compañeros no sabían todo el asunto de las rodillas, pero conocían manías mucho más preocupantes de Manuel. Al parecer, el chico tenía la costumbre de estar sentado en la mesa del bar con los amigos, con los compañeros y orinar debajo de la mesa. Con ellos ya lo había hecho varias veces. No se le escapa, sino que era un acto deliberado: se bajaba la bragueta y dejaba desparramar el líquido. Luego, con esa carcajada contagiosa de la que he hablado al principio, Pero no era una travesura ni una gamberrada que hiciese en silencio. Manuel les hacía partícipes de ese acto que le provocaba una risa intensa y desbordada como el orín que corría ya por el suelo.

Y creo que todos nos preguntamos ahora (yo lo sigo haciendo) qué le ocurría a Manuel. Yo aún no he encontrado la respuesta.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Cobeete.

Read More

Hoy es 14 de febrero, así que la historia que cuento hoy es la más apropiada. Es el día de la banda sonora de “Historias de amor” de OBK, no porque sea una canción que me guste (en realidad, la detesto), sino porque, probablemente, coincida en el tiempo con el hecho que voy a contaros. Si seguimos la letra de esa canción, probablemente podríamos rastrear muchos de los enamoramientos que acontecieron durante aquellos años.

Antes de empezar, es conveniente que diga que, en esta serie de historias, habrá, con toda probabilidad, muchas historias de amor. Llevar más de 25 años entre jóvenes y adolescentes supone haberlo vivido casi todo: parejas perfectas que duran un día, parejas imperfectas a los que veo ahora ya por segunda vez con un carrito de bebé, parejas destinadas a no conocerse que se conocieron (y vaya si se conocieron), parejas de ahora que ellos ni siquiera se pudieron imaginar entonces, rollos de una noche que duraron una noche y rollos de una noche que duraron cuatro años, parejas que no lo fueron y que, años después, se reencontraron y se amaron.

La historia que cuento hoy tiene algo de anécdota previa que narraré a medias, porque la cosa dará más de sí. Diré que conocí a Clara en 1.º de BUP (el actual 3.º de la ESO). Fui, en ese curso, su profesor de Educación Física. Clara era una chica que se alojaba en una residencia de monjas. No sé si exactamente era novicia, pero parece que su destino estaba enfocado a la vida religiosa. Era una estudiante extraordinaria y, como suele ser frecuente, no muy hábil en las cuestiones deportivas. Pero esa formará parte de otra historia (que podría titularse algo así como “La chica que sacó todo sobresalientes y a la que suspendí una evaluación de Educación Física”. Pero vayamos a la historia de hoy.

Me reencontré con Clara en 3.º de BUP (1.º de bachillerato) como profesor de Filosofía. Olvidada ya la Educación Física, Clara era una de esas estudiantes ejemplares. Inteligente sin ser altiva, brillante sin visos de repelencia. Dedicada, en resumen, a aprender mucho, a no dejar nada en el tintero, a esforzarse por alcanzar mucho conocimiento con excelentes resultados. La asignatura de Filosofía ese primer año exigía tener un pensamiento ordenado, que relacionase conceptos para llevarlos siempre un poco más allá, y Clara lo hacía a las mil maravillas. Ese año, como era habitual en ella, sacó unas calificaciones magníficas.

Empezamos el curso de COU (2.º de bachillerato) y yo me estrenaba como tutor en ese curso (sustituía en esa función a uno de los profesores más veteranos, que no se tomó muy bien el cambio, pero eso es —también— otra historia). Asumía una responsabilidad muy grande para haber llegado hacía muy poco a la enseñanza e intentaba gestionar lo mejor posible todas las contingencias de una clase numerosísima.

Como sé que estáis esperando con intriga el episodio romántico y yo estoy, deliberadamente, dando vueltas y vueltas para postergarlo, lleguemos ya a él. Ese año, llegó a clase un chico nuevo. Decía en alguna entrada anterior que había dado clase en secundaria a chicos con una edad muy similar a la que tenía yo en esos años. Juan José (Juanjo) no llegaba a ser como yo, pero no andaba muy lejos. Como siempre en estos casos, había vivido circunstancias algo peculiares. La fundamental, en su caso, era que había pasado unos años viviendo en Irlanda. Había vuelto a España, a Burgos, y decidió finalizar los estudios para acceder a la universidad. Juanjo era un tipo simpático, de pensamiento ágil y maduro. Era un placer dar clase de Historia de la Filosofía a una mente con una persona con una cabeza tan bien asentada.

Juanjo se sentaba en la parte central de la clase, en la última fila. Uno de esos cambios azarosos que realizaba yo como tutor a lo largo del curso para que los alumnos no se anclaran a un sitio motivó que, en la segunda evaluación, Clara, que siempre era alumna de primeras filas por propia iniciativa, recalase en la última fila, a la derecha de Juanjo. Lo que al principio era distancia entre ellos se convirtió en colaboración. Lo que era solo cooperación, después se convirtió en compañerismo. Lo que era una buena relación entre compañeros, se convirtió en sintonía y simpatía. Yo me alegraba porque veía una evolución sana en Clara, que seguía centrada pero estaba más alegre, más madura, y en Juanjo, que, pese a ser “el nuevo” en la clase se interesaba más todavía en integrarse.

Un día, sonaron las señales de alarma. No las había detectado unas semanas antes. Y eso que atisbé en alguna ocasión una mirada rápida, una sonrisa cómplice entre ellos. Las atribuí, simplemente, a esa manera que tenían de ir conociéndose. Algunos profesores se quejaron de que el rendimiento de Clara había bajado sustancialmente. Uno de los profesores, en modo cotilla, murmuró algo como puesesqueyolaveotodoeldíahablandoconJuanjo. Hablé con ella y, con una cara luminosa y resplandenciente, me dijo que no le pasaba nada. Yo le dije que muy bien, que me alegraba de que no le pasase nada, pero que se pusiese las pilas. En definitiva, nada que no diga un tutor preocupado en esas circunstancias.

Unas semanas más tarde, el bajón de resultados se tradujo en un fracaso académico absoluto. Primero hablé con Clara, que me desveló lo que ya era un secreto a voces. Juanjo y ella, simplemente, se habían enamorado. Y yo, como tutor preocupado pero nada habituado a lidiar con esas contingencias, le dije algo así como que muy bien, que me alegraba… pero añadí que si se lo había pensado bien, que meditara… no sé muy bien qué más le dije ni qué más le tenía que decir.

Al día siguiente, hablé con los dos. Comprobé que la cosa iba muy en serio. A mí, por supuesto, no me importaba la historia en sí (es más, me alegraba), sino el hecho de que Clara no la llegaba a compaginar con su vertiente académica. Los años y los sentimientos le habían hecho cambiar de rumbo vital en un ángulo próximo a los 180 grados y yo lo comprendía, pero, como profesor, intentaba también que mantuviese el ritmo habitual para finalizar ese último curso y enfocar ya su vida como ella quisiese, como ellos deseasen.

Clara no aprobó ese curso. Perdí el rastro de Clara y Juanjo y no sé cómo acabó la historia. Pero todavía recuerdo esa sonrisa cómplice, cuando Juanjo y Clara descubrieron el amor.

(Pequeña observación: mientras escribía esta entrada, estaba escuchando una lista de reproducción de canciones románticas. Cuando escribía las últimas líneas —azares de la vida—, sonada “The Power of Love”, de Jennifer Rush. Acordándome de Clara y Juanjo, me han entrado ganas de llorar. ¡Feliz día de San Valentín, Clara, que sé que me estarás leyendo! Feliz día de San Valentín, amigos, ahora que me estáis leyendo).

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Nick.

Read More

Ahora que la adolescencia y la juventud son un septiembre demasiado lejano, lleno de sonrisas y esperanzas. Ahora que los años de estudiante se difuminan entre se difuminan entre amores, lecturas y trenes que acabaron en una vía muerta.

Ahora que aquellos tiempos evocan una playa o un mercado en África, los viajes interminables de autobús para jugar un partido que yo no ganaba, los ratos muertos en mi habitación para leer un Astérix o hacer flexiones hasta quedar sin aliento.

Ahora que quedan tan lejos las jornadas intensas en la Escuela de Idiomas, las tardes y las noches en Valladolid buscando una buena conversación, una cerveza y unas bravas en la zona de Cantarranas. Ahora que se diluyen las cañas en dos vasos, el zurracapote y las chinchiminas, las sesiones de cineclub, la construcción de las vidas entre sueños.

Ahora que casi llego a fin de mes, que pago (más o menos) las facturas, que ya no escribo cartas ni correos. Ahora que cumplo más años que promesas, ahora que llego pronto a todos los sitos que no me importan.

Ahora que paso las noches de claro en claro y no logro dormir de un tirón, ahora que la noche es un rumor de risa ajena que se aleja por la calle y me congela el corazón.

Ahora que respiro a escondidas y que no me pierdo en las sábanas de la madrugada. Ahora que ya no encuentro en las radio las canciones que me inspiran, ahora que me miro en el espejo y me reconozco a duras penas.

Ahora que veo los telediarios pensando que reflejan un mundo en el que no vivo, ahora que los bares ya no son lugar de encuentro sino de reafirmación y de costumbres.

Ahora que, aunque no tenga edad, me gusta sentir cada momento y dejo que la lluvia me moje el rostro, las mejillas y las gotas se deslicen por el cuello. Ahora que reconozco en mis gestos las manías de mis padres, ahora que me desvisto entre la tormenta. Ahora que todo se vuelve verdad, cuando los palacios se derrumban y solo se adivina la hierba en sus solares.

Ahora que recuerdo un vaso que casi se desmenuza entre las manos, ahora que he aprendido a olvidar las reglas, ahora que respiro con 280 letras a las que le sumo los espacios.

Ahora que las noches sin luz me han enseñado a encontrar en las caracolas el sonido de todos los colores, la estridencia que se apaga entre esa incapacidad mía para distinguir el negro del blanco.

Ahora, en el momento en el que el otoño ilumina mis mañanas. Cuando dejo resbalar el reloj para dejar que el tiempo se detenga. Ahora, que cambio de razones y, como siempre, me niego a vestirme de domingo.

Este texto pertenece a la serie de Canciones prosificadas. Recoge dos canciones de Ismael Serrano, “Ahora” y “Ahora que te encuentro”, que sirven de base e inspiración pero que estas imbricadas y modificadas a voluntad. Imagen de Razi Machay

Read More

Os hablaba el otro día de Noemí —la chica que leía con la voz de Emma Thompson— y dije que tendría más historias que contar. Hoy toca hablaros de su hermana, Nerea.

Nerea tenía un talento natural para muchas cosas. Era de esas alumnas que combinaba la facilidad para las Matemáticas con una sensibilidad exquisita para el Arte y para la Literatura. He de reconocer que me agradan los alumnos que escogen las letras por convicción y no por salir corriendo al escuchar palabras relacionadas con las derivadas, las funciones o los ejes de de abscisas y ordenadas.

Cuando tuve a Nerea en clase, su manera de comportarse obedecía siempre a un esquema parecido a este: estaba sentada un poco de lado, con la cabeza hacia abajo escribiendo algo (o, probablemente dibujando). Pese a lo que pudiera parecer, siempre escuchaba muy atentamente. Cuando tenía que intervenir o le preguntabas algo, siempre tardaba unas décimas de segundo más de lo esperado para hablar. No se trataba de vestigios de un pensamiento lento, sino, paradójicamente, de todo lo contrario: prefería esperar un instante para que su cabeza diese con la expresión más precisa, el pensamiento más elaborado. No se trataba de responder a lo que el profesor esperaba, sino responder de manera adecuada. Alternaba la cara seria inicial con una sonrisa que se alargaba, primero de manera indecisa para ver si yo estaba de acuerdo con la respuesta, segundo de manera más confiada cuando yo buscaba alguna razón para vacilarla un poco.

(Me doy cuenta de que hablo mucho de las sonrisas de las alumnos. Cuando quiero acordarme de la sensación que me transmitieron, siempre evoco su sonrisa. Es un recurso que no me falla. ¡Qué de sonrisas he vivido y vivo como profesor y qué significativas son! Inevitablemente, será algo que tendré que tratar como monográfico un día).

Decía que Nerea era reflexiva, quizás un poco retraída al principio (y solo al principio). Que no hablase a bote pronto no significaba timidez, sino la búsqueda de un espacio. A veces, un espacio de reflexión. A veces, un espacio para sí misma. Porque era inevitable, como profesor, pensar en qué estaría pasando por la cabeza de Nerea cuando hacía esos trazos sobre el papel. Celoso de la privacidad, nunca me acerqué para indagar qué estaba haciendo. La curiosidad nunca tiene que servir para invadir una necesaria privacidad, que en Nerea era el espacio de su creatividad, de la mente que volaba por todos los espacios.

Tuve a Nerea como alumna más de un curso, pero recuerdo de manera muy nítida las clases de Literatura Universal en bachillerato. La asignatura de Literatura Universal fue, durante unos años, un auténtico paraíso. Desde luego, lo fue para mí, pero creo que también lo fue para mis alumnos. Antes de que entrase como materia para las pruebas de acceso a la universidad, el profesor podía escoger a su antojo las lecturas que conformarían el programa. Entre esas lecturas, yo iba alternando unos libros fijos, que consideraba imprescindibles (Shakespeare, por ejemplo, siempre estaba presente). Y siempre sin libro de texto, por supuesto. El año de Nerea, decidí hacerles un regalo que consideraba único: la lectura de Moby Dick, que nunca habíamos abordado en la asignatura hasta entonces. Yo esperaba que disfrutasen hasta el infinito de la aventura interior y exterior que supone buscar enfermizamente un demonio fuera de uno mismo cuando ese demonio está alojado en nuestro interior. Pero el fracaso fue absoluto. Los alumnos siempre habían estado contentos con las lecturas elegidas, pero la montaña de mar y arpones se les hizo una galerna insalvable. Personalizo en Nerea ese “disgusto”, aunque, como digo, era extensivo a toda la clase. Ella fue la que se atrevió a decir eso que yo considero tan valiente cuando se habla de una obra maestra: “Es que es un coñazo, de verdad”. Yo estaba tan cegado buscando cachalotes en mi vida que no me daba cuenta de que —quizás— no era el momento de ser Ismael y dejar atrás la melancolía haciéndose a la mar y a la aventura. Lo intenté de todas las formas posibles, pero no hubo manera. Luego he leído en más de una ocasión que Moby Dick era una de esas novelas difíciles de digerir para muchos lectores… y ahí estaba yo, empecinándome en el error sin haber sido consciente de ello, sin haberlo previsto, yo que me las daba de listo.

Hablo de la obra de Melville y de la reacción de Nerea porque la considero muy significativa de su pensamiento: no aceptar nada por válido ni por establecido si no pasaba por su filtro de personal autoconvencimiento. Sin embargo, quizás fuese más significativa su pasión por Hamlet. Es una obra con la que siempre han disfrutado los alumnos, pero Nerea pienso que fue una de las personas que más jugo sacó a los personajes. En el fondo, Nerea siempre se ha tenido que debatir en esas dudas interminables, en esos debates interiores con los que comprenderse mejor a sí misma, con los que comprender mejor el mundo, con los que invitar y mostrar a ese mundo y a las personas que lo circundan cómo era ella y cómo se podía concebir el mundo de muchas maneras posibles de ficción y representación.

Nerea tuvo que pasar en esos años por dos trances horribles: la muerte de uno de sus seres más queridos y los problemas de salud de otra de las personas más cercanas de su familia y con la que Nerea mantenía vínculos indivisibles. Sin que ella lo esperase, en los años en los que hubiese podido echar a volar, a Nerea le tocó poner los pies en la tierra. Su madurez y su aplomo fueron admirables. No se resignó a vivir y conformarse con lo que había, sino que asumió perfectamente el papel que le tocaba. Estudió en la universidad una licenciatura propia relacionada con la Restauración (la artística, claro), curso y luego siguió con otros estudios relacionados con cuestiones artísticas y con la moda. Sin abandonar lo que le gustaba y le apasionaba, sí tuvo que madurar antes de tiempo y pautar sus pasiones para combinarlas con sus obligaciones.

A cualquier otra persona, esto le hubiese marcado para mal, pero Nerea es tan fuerte y tan inteligente que ha sabido construir una vida como le ha tocado vivirla. Para disfrutarla y sacarle el máximo jugo. Si la justicia divina hubiera existido, le hubiese ido estupendamente con una tienda de ropa online en la que vendía sus propios diseños, que eran originales y excelentes. Pero no hubo suerte. Nerea vive disfrutando de los viajes que le abren la cabeza y le insuflan aire nuevo y puro, de todas las notas musicales, personas y matices que ha descubierto en su trabajo actual, del afecto de todos los que le reconocen su esfuerzo y su valentía.

Iba a hablar del cariño inmenso que proceso a esa familia, a Noemí, a Nerea y a su madre, pero no va a ser hoy. Solo me gustaría acabar felicitando a Nerea por su reciente cumpleaños, que me ha chivado alguna de sus redes sociales. No le he mandado ningún mensaje porque quizás ella se acerque hasta el final de esta entrada para comprobar que no se me ha olvidado. Y espero que algún día se arme de paciencia, lea esta entrada que escribí hace un tiempo, coja Moby Dick y se lance de nuevo al mar de las palabras para vivir nuevas aventuras.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Elisabeth Tonglet

.

Read More

El primer curso que di clase de Filosofía en la educación secundaria fue un año mágico. Era mi segundo año en el instituto y ya conocía a la mayor parte de los alumnos por haberles dado clase de Educación Física. Como me informaron de que iba a impartir Filosofía con muy poco tiempo, me veía obligado a preparar las clases con poca antelación, de manera que trabajaba intensamente hasta bastante tarde o me levantaba de madrugada para intentar que todo saliese a la perfección. Nunca me he sentido más fresco y más vivo que en esa tensión tan placentera de prisa que no atenaza el cuerpo sino que lo vivifica.

Bueno, digo sensación placentera cuando pienso en las clases de Filosofía de 3.º de BUP (el equivalente a 1.º de bachillerato) y no tanto al rememorar el primer año de clase de Historia de la Filosofía en COU (equivalente a 2.º de bachillerato): mientras los grupos de tercero eran receptivos y estaban muy motivados, la primera clase que me tocó de alumnos de Historia de la Filosofía en el COU de Letras estuvo plagada de alumnos resabiados (y bastante poco preparados en general, todo hay que decirlo).

El caso es que llegaba como profesor novato, con todos los conocimientos teóricos y ninguna idea concreta de cómo llevarlos a la práctica que no fuera lo experimentado en aquel curso de adaptación pedagógica (el famoso CAP, transformado ahora en máster sacaperras y obligatorio para ejercer la profesión) que había realizado el curso anterior. Me empapé, eso sí, de libros sobre didáctica de la Filosofía, seguí el ejemplo, que he tenido siempre presente, el de Manolo, que fue mi profesor de Literatura y Filosofía cuando era estudiante (tendré que hablar alguna vez de él, claro) e intenté no hacer demasiado caso de algunos compañeros que me invitaban a ajustarme a lo establecido.

Como digo, fue un año magnífico, pleno en todos los sentidos. Las clases eran un territorio de retos y de debates, de ideas frescas que surgían cada día. El mérito, por supuesto, no era mío. Yo solo daba pie a provocar todas esas inquietudes que ellos tenían. Ese curso, quedé marcado para siempre por muchos alumnos que tengo grabados en la memoria. Habrá entradas más que curiosas dedicadas a un buen puñado de ellos. (Por cierto, yo que creía que esta serie iba a tener un recorrido relativamente corto, veo ahora que puede tener muchísima más extensión: a medida que voy escribiendo cada día, me vienen a la cabeza nombres que había olvidado, caras significativas, actitudes interesantes, anécdotas inolvidables. A todo ello —y a la ilusión con la que me leen muchas personas que participaron de aquellos tiempos o que participan de los actuales— es necesario darle salida).

Hoy voy a contar una historia relacionada con Juan Miguel, uno de mis alumnos más queridos. Es difícil olvidar esos ojos llenos de vida, esa voz llena de reflexiones pausadas, esos colores en las mejillas que demostraban que las ganas de vivir le sobraban a raudales, aunque a veces estuviese también cercenado por una extraña melancolía. Juan Miguel, dentro de una clase sobresalientemente participativa, siempre estaba dispuesto a dar un poco más, a elevar el nivel de reflexión, a discutir o matizar un concepto. Estaba en una clase de ciencias y tuvo pensado dedicarse a la ingeniería. De hecho, empezó los estudios de Ingeniería Técnica y, cuando estaba a punto de finalizarlos, decidió que no era lo suyo, que él quería dedicarse al mundo de las letras. Y, dando la vuelta a la inercia de aquellos tiempos y de estos, decidió estudiar Humanidades, donde coincidió con Anne, que también había sido alumna mía y creo también que con un famoso, apreciado y prestigioso escritor burgalés. Pero Anne tendrá su propia historia, y Anne y Juan Miguel tendrán su historia también.

Hoy toca escribir de Juan Miguel con la anécdota que adelanta el título de la entrada, pero la vida de Juan Miguel estaba entrecruzada con otros compañeros suyos, entre los que destaca Julio, que ahora es director de orquesta, y Octavio, que me ha solucionado mil y una veces problemas informáticos y del que adelanto que tenía un gato al que sacaba de paseo por la calle y que le seguía como un perrito diminuto. Tengo muchas ganas de contar una historia que me ocurrió con Julio y Juan Miguel, un día en el que estuvieron en mi casa para discutir cosas sobre el comentario de texto y en el que acabamos por diseccionar las canciones del último disco de Mecano (que, de hecho, fue el último disco de Mecano). Pero tendremos que esperar a otro momento.

Decía que Juan Miguel siempre destacaba en clase por reflexiones profundas y bastante poco previsibles. Su pensamiento era tremendamente original y no estaba mancillado por ideas preconcebidas. Por esa razón, alumbraba siempre los ángulos menos iluminados de lo que podría haber sido una clase llena de evidencias y de rutinas. Era, en suma, un motor generador de pensamiento fresco.

Un día, llegó a la sala de profesores el compañero de Matemáticas. Con una sonrisa autosuficiente, me comenta en plan confidencial que ha expulsado de clase a Juan Miguel. Yo quedé tremendamente extrañado porque Juan Miguel no era en modo alguno impertinente ni maleducado. Muy al contrario, siempre era respetuoso y calmado en sus intervenciones. El profe de Matemáticas me dijo, sin embargo, que era un listo, que siempre quería perder tiempo, que se ocupaba por preguntar por cosas inútiles. Como adelantaba en el título de la entrada, Juan Miguel lo único que hizo es levantar la mano en clase y preguntar por qué existían los números pares y los impares. Mi compañero, que estaba en el difícil trance de explicar las integrales, no podía siquiera imaginar lo genuino y auténtico que supone preguntarse por las cosas más simples.

De hecho, así recuerdo yo siempre a Juan Miguel, intentado comprender lo que otros nunca se han preguntado. Nunca creí que Juan Miguel fuese un listo. Muy al contrario, siempre he pensado que era muy listo. Y sensible.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Sean McEntee.

Read More

Pese a haber pasado lustros, recuerdo ese día como si fuese hoy. Estábamos en clase de Literatura en 2.º de BUP (equivalente a 4.º de la ESO) y creo no engañarme si en el aula reinaba una calma extraña y premonitoria. Andaba yo enredado en la explicación de los aspectos formales y métricos de la poesía del siglo XIV, antes de entrar en harina y leer las Coplas de Jorge Manrique y comentarlas. Estaba acabando ya esos preliminares cuando llamaron a la puerta de la clase. El conserje entró y pregunto: “¿Fernando Rodríguez?”. En ese momento, ese silencio extraño se tensó hasta el infinito y Fernando (todos le llamábamos Fer), que estaba hacia la mitad de la fila que yo tenía a la izquierda, soltó un “¡Joder!”, se levantó, recogió el libro y el cuaderno y puso rumbo al pasillo y siguió al conserje hasta que los perdí de vista al doblar la esquina.

Todos sabíamos lo que significaba ese “¿Fernando Rodríguez”” y ese “Joder”. El padre de Fer estaba muy enfermo y se temía lo peor desde hace días. El momento había llegado y el respeto y el cariño que todos teníamos por el chaval nos hizo mantener unos segundos la clase en vilo, callada y estupefacta. Yo, que era el responsable natural de la clase, era el que tenía que dar el paso. Me recompuse en la silla y dije algo así como que el mejor homenaje que podíamos dar a Fer y a su padre era seguir con la clase. Eso fue lo mejor que se me ocurrió para salir del trance. Carraspeé, continué con una serie de vaguedades rápidas e inconexas sobre los ejes temáticos de las Coplas y llegaba el momento de empezar con la lectura. No quería dejar la responsabilidad de pasar por aquel trago a ninguno de sus compañeros y comencé con el “Recuerde el alma dormida”. No pasé del “Cómo se viene la muerte / tan callando”. Ahí tendría que haber parado la lectura para hablar de ese encabalgamiento tan magistral y significativo, pero me detuve porque no podía contener las lágrimas. Se me escapó un “Que le den por culo, este año no se leen las Coplas de Jorge Manrique” y pasamos a otros textos más livianos que nos liberaron de la congoja.

Cuando he contado esta anécdota, algunos listos me han dicho, a lo largo de los años, que hombre, pues qué mejor momento; que vaya, pero cómo va irse una clase sin ver a Manrique; que jolín, qué pena, qué angustia, podías haber dejado que lo leyera un compañero; que bueno, pues haber continuado cuando Fer volviese a clase pasados esos días. Pero yo no me arrepiento ni un solo minuto de haber dejado que el genial Jorge Manrique se escapase esa clase, ese año, de las vidas de esos chicos de 16 años, de esos compañeros y amigos que habían asistido al anuncio de la noticia fatal para su amigo.

No es difícil imaginar que siempre he tenido un aprecio especial por Fer. Tengo que contar otras historias de Fer y de sus compañeros, hasta llegar al día, muchos años después, en el que, entre compañeros, unas chuletillas y un poco de vino, hablamos de literatura. Otra vez. Pero eso tendrá que esperar para otro momento, en otra historia.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

Read More

Después de una semana escribiendo de forma motivada y causada por algo mucho más poderosa que el azar, esta tarde lo hago libre, sin ninguna razón, fuera de orden y medida. Que el cuerpo me pide quimera, ensueño y desvarío.

No te preocupes por los vaivenes de las cosas, no te preocupes por lo poco preocupante. Fíjate cuando tengas los nudillos blancos de tanto presionar con el alma todas las situaciones. Atiende a esas palmas sudorosas, que frotas de manera ansiosa cuando te pierden los nervios. Observa con distancia un dolor de cabeza que no es sino el reflejo de un hueco en tu corazón. No pierdas de vista los ojos cuando centellean o cuando se resecan, los párpados cuando caen sin sueño, las lágrimas cuando se derraman sin delirio. No busques donde no hay, no te resignes y no pienses demasiado. Lanza palabras mientras puedas, sonríe mientras lo permita tu habitual tristeza (mal disimulada casi siempre). No esperes a que la mierda te llegue hasta el cuello y empiece a invadir peligrosamente la comisura de los labios. Llegará un momento en el que tu cuello no admita más prolongaciones.

Siempre que quieras pelea, aprovecha para luchar contra tus vacíos, interminables. Intenta conquistar cada hueco de su corazón. Lanza los retos al cielo como un pañuelo vaporoso que cae despacio y mecido por los elementos. No esperes a medianoche para recoger las llamas encendidas del paraíso. Permanece cerca para estrechar una mano, para comenzar una guerra contra las puertas y las paredes. Respira hondo en los intervalos, aprovecha las mesas y ten cuidado con las pinturas. Encuentra tus fantasmas en su reverso, estalla en cada tormenta y no te detengas. Utiliza tus piernas, tus brazos. Puede que las estrellas sean una luz artificial y que, en el horizonte, el muro parezca de ladrillo. Pero queda el cabello enredado, la miel y la sonrisa.

Y, sobre todo y ante todo, pierde la compostura.

(Imagen de Kai C. Schwarzer).

Read More

Comenzaba ayer con una historia que acababa bien, pero, en la enseñanza, no todo es maravilloso ni los profesores somos ejemplos de hacer las cosas perfectamente. La historia de hoy es de las primeras que puedo contar como profesor de Literatura en 2.º de BUP. No era mi primer año como profesor en el centro, pero sí mi primera experiencia en una clase de Literatura (para todos aquellos que solo hayan vivido el sistema de la ESO y el Bachillerato, hay que recordar que durante el BUP y el COU la Lengua y la Literatura eran asignaturas independientes).

Entré en aquella clase por primera vez y, sin haber hecho yo nada relevante, tenía a Sandra, una chica de ojos claros y luminosos, entregada a la causa de la Literatura. Adoraba leer por encima de todas las cosas. Esta pasión era desaforada y desbordada, de manera que Sandra suspendía el resto de asignaturas y sacaba siempre sobresalientes en mi asignatura. Aquí fue cuando empecé a ver el lado oscuro de los claustros de profesores: los profesores “de toda la vida” y algunos de los que no eran de la vieja escuela por promoción, pero sí por devoción, no podían comprender que alguien no se enfrentase a una disciplina como materia, sino como pasión y que, por lo tanto, todo aquello que no le gustase se la traía al pairo. Tuve escuchar mil y una veces cosas como “No puede entenderse que alguien sea malo en todas las asignaturas y sea bueno en la tuya” (eso solo podía explicarse y aplicarse a las clases de Educación Física, por lo visto).

Ese traérsela todo al pairo, luego fui descubriéndolo, tenía un origen más profundo y complejo que nunca llegué a conocer con pelos y señales. Aquí nos encontramos ante la difícil frontera entre alumno y persona, persona y alumno, que a veces es difícil de matizar y de la que hablaré al final de la entrada. En una asignatura en la que se estudiaba la Literatura desde la Edad Media hasta el siglo XX, Sandra era la que hacía los comentarios más atinados, las observaciones más profundas, la que leía lo recomendado y todo lo demás. La que siempre traspasaba los límites de la materia para bien y los sublimaba. Ella quería por todos los medios sacar un diez redondo y yo bordeaba siempre sus anhelos y le ponía un más que injusto 9,75 alegando que nadie es perfecto. Lo cierto es que ella se acercaba a la perfección, pero, como profesor, creía que tenía que ponerle siempre una meta más exigente.

Naturalmente, yo intenté muchas veces que Sandra pudiese llegar a un equilibrio entre su gozo por la Literatura y su aprovechamiento académico. Me movía entre el profesor que goza con el placer de sus alumnos y el profesor que sufre y lucha para que los alumnos aprovechen sus años de formación y puedan salir adelante lo mejor posible.

En la tercera evaluación, llegamos a La Regenta. Quiero apuntar que hoy, quizá, pueda extrañarnos que se produjese algo similar en 4.º de la ESO, con la Literatura como reducto de unas pocas líneas de cada autor y escasa profundidad. Decía que estábamos leyendo fragmentos de la obra de Clarín. Le tocó leer a Sandra y llegamos al momento en el que Ana Ozores se ve necesitada de afecto, en el que se aprecian sus carencias afectivas, en el que se aprieta a la almohada para asirse a algo blando y que le aporte ternura. Sandra lo leyó con tanta sensibilidad que se creó un silencio sepulcral en la clase, en la que todos teníamos los pelos de punta. A más de uno le entraron ganas de llorar.

Podría contar muchas cosas más, pero no me quiero alargar en exceso. Como decía, algunas evidencias, comportamientos y cosas medio dichas daban a entender que Sandra pasaba por unos momentos muy difíciles desde el punto de vista personal. Era de Galicia y vivía en una residencia de monjas y, no sé por qué —o no lo quería saber—, ella no se encontraba feliz. Un día (yo vivía aún en casa de mis padres: era un pipiolo de 24 años), Sandra llamó al telefonillo de mi casa a todo llorar diciendo que bajase, que necesitaba consuelo, que tenía problemas y que precisaba de ayuda. El miedo a involucrarme más de la cuenta en una historia personal de una alumna me hizo contestar con cierta dureza. Le dije que yo era su profesor, no su amigo. Que no podía llegar a solucionar los problemas de todos porque me volvería loco. Ignoré sus lágrimas y su petición de ayuda y colgué.

No es necesario decir que, a partir de entonces, se rompió toda la magia. Sandra había vuelto a la triste realidad y comprobaba que la Literatura era una asignatura más, que yo era una persona más (o peor, la persona más arisca y menos comprensiva del universo). Y yo, ahora, tantos años después, sigo lamentándome casi de continuo por no haber respondido de forma adecuada a su petición de ayuda. Quizá, con un poco de suerte, lea esto y me pueda perdonar.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para salvaguardar el secreto profesional.

Read More

La vida tiene rotos y descosidos, fracturas y desgarros. ¿Quién no tiene el corazón hecho trizas por mil trescientas cuarenta y siete razones? Los adalides del optimismo sin reparos nos invitan al olvido o a la reparación perfecta, a la expiación sublime o a la reforma sin fisuras, pero los expertos en rotos, fracturas y desgarros sabemos que una restauración inmaculada no es posible lejos del país de la utopía.

Por eso, tenemos que tener en cuenta el kintsugi, una bellísima técnica japonesa para reparar los objetos de cerámica que se han roto y que, utilizada como metáfora, nos ha de ser muy útil para todos los aspectos de nuestra vida.

Cuando algo se rompe —cuando algo se nos rompe— tenemos la posibilidad de dejar los pedazos abandonados hasta que un arqueólogo de las cosas o de las almas los catalogue, podemos recoger esos restos y tirarlos a la basura. Habrá quien intente comprar un objeto nuevo. El manitas intentará arreglar el destrozo para que no se noten las consecuencias. Como nada (ni nadie) es ajeno a la segunda ley de la termodinámica, ninguno de estos métodos es perfecto. Porque lo abandonado no se recupera nunca del todo. Porque lo desechado nos persigue en el recuerdo. Porque lo nuevo no sustituye de forma perfecta. Porque no hay quien consiga el arreglo inmaculado.

El kintsugi, decíamos, aprovecha las grietas de las cosas y de la vida. Esta técnica artesanal japonesa consiste en reparar esas grietas y pedazos con un barniz de oro. La cicatriz, de este modo, permanece plenamente visible y manifiesta. Las cosas (y las almas) dejan bien a la vista de todos los destrozos del tiempo y los subliman. En nuestras vidas, lo imperfecto adquiere ahora el rango de perfección gracias al mejor ejemplo de resiliencia.

Como nos dicen en el artículo de El País, lo roto e imperfecto alcanza tal grado de belleza que es más buscado y cotizado que el objeto original, sin mancha pero menos completo. Porque las heridas de la vida y de las cosas quedan a la vista para enseñarnos que la cicatriz significa superación.

Nuestra naturaleza es frágil, nadie lo duda. Somos vulnerables, es evidente. Valorar lo que se (nos) rompe nos ayuda a saber que, en el fondo, somos irreemplazables. Eso sí, el kintsugi requiere un largo proceso para que todo encaje bajo ese nuevo prisma, para que la paciencia se haga sólida y brille. Más allá de lo nuevo, más allá de lo de antes.

La imagen es de Diego Mir.

Read More