— Verba volant

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Laberintos

Exprimir

Esta mañana me he levantado temprano pare exprimir ideas, pero no he sido capaz de sacar ninguna cosa brillante de la mollera. He pensado que no es posible exprimir los sesos sin tenerlos despiertos y alimentados, así que he subido las persianas hasta ese límite en el que se encasquillan, he abierto las ventanas de par en par, he insuflado todo el aire que he podido en mis pulmones hasta el punto de atragantarme -por avaricioso- y he empezado con el ritual del desayuno. Este ha sido el auténtico comienzo: abro el frigorífico y sólo queda una naranja en el habitáculo donde pernoctan frutas y verduras. Maldigo mi mala suerte: las naranjas de zumo sólo se exprimen en la unidad cuando son bien compartidas. En casos como el mío, la naranja necesita compañía. Disecciono con precisión y aprieto con ganas. Exprimida la naranja, soy incapaz de exprimir el cerebro sin exprimir el corazón. Intento apretarlo para sonsacarle toda la soledad que lleva dentro. Parece que se anima. Ahora, pertrechado ya de vitaminas, oligoelementos y palpitaciones vigorosas, paso a intentar exprimir lo que es mi vida.  Y no lo logro. Dejo pasar más de doce horas desde el primer intento. Hasta ahora, que me he dado cuenta de que estaba pensando en francés, recordando tiempos más felices. Y percibo que exprimir ideas no es lo mismo que expresarlas, del mismo modo que no se puede ignorar que expresar es algo que puede confundirse con la urgencia que uno tiene para decir y ser oído -y escuchado-. Pero con las ideas siempre pasa como en el zumo: las gotas más apetitosas se quedan dentro.

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Miguelon

Esta entrada va a resultar un tanto extraña, porque trata de algo que no he leído, un tema sobre el que no sé nada y unas conexiones sobre las que no puedo decir ni mu. En un repaso muy superficial al periódico de hoy, leo en un titular que la escuela suspende en emociones. No he leído el contenido, pero sé que trata de la inteligencia emocional, sobre la que no voy a hablar.  No voy a hablar sobre la enseñanza en general, ni sobre la enseñanza en particular, porque son temas sobre los que no sé nada y sobre los que tampoco puedo hablar. Me pillan fuera de mi capacidad y de mis funciones. Llevo dedicados dieciocho años de mi vida resueltos en un firme propósito: salir de casa para trabajar, asegurarme de que la puerta de casa esté bien cerrada (esta neurosis mía me juega malas pasadas), llegar a mi puesto de trabajo, sentarme a una mesa (diría que me siento en ella, cosa que también es cierta, pero tampoco lo puedo decir, porque si lo digo todo se sabe), desplegar el periódico que envuelve el bocadillo (es una forma de no darle lujo ni importancia al asunto: el papel de aluminio deslumbra; es una forma de optimización de recursos: siempre utilizo la página de los pasatiempos) y adiestrarme en la difícil tarea de masticar sin hacer ruido, mirando hacia el infinito de esa ventana por la que escapan nuestros sueños. Luego intento reprimir un leve eructo. Palmeteo mi camisa para liberarla de las migas. Y luego paseo. Para arriba, para abajo. Mirando alternativamente hacia el techo y hacia el suelo. Espero pacientemente, reloj en mano, a que pase la mañana dividida en segmentos. Y luego, para casa. Los días que siguen hago lo mismo. Con paciencia y perseverancia. Y así hasta llegar a fin de mes. Intento sin éxito no sonreír levemente cuando mi vista nunca cansada comprueba que, mes a mes, me convierto en millonario. Luego abandono todo exacerbo. Luego me repantingo o me repanchingo (todo en esta vida tiene su sinónimo, menos la muerte) en el sofá, delante de la tele. Mi sueño desencajado desenchufa también mi saliva, que fluye en un reguero desigual por la barbilla. Y alguna vez -sólo alguna- tengo pesadillas. Cada trabajo necesita un trabajador. Y yo tengo lo que me merezco.

Olvidé decir una cosa importante: el bocadillo era de mortadela con aceitunas o de chóped. Días alternos.

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Montannarusa

El momento ha llegado, amigos de Verba volant, paseantes asiduos y discontinuos por este mazacote de palabras que a veces se aglutina y a veces se desguaza y, muy frecuentemente, se fragmenta y engorda al mismo tiempo en un son de acordes y desacuerdos con uno mismo y con los demás. No hablaré de septiembre. No hablaré de la vuelta de las vacaciones. No hablaré de síndromes, ni síndones, ni síncopas. Chipirón negro ha vuelto. Llevaba muchas veces sin aparecer por este blog, pero también muchas entradas sin aparecer por mi correo electrónico. Hace unos poquitos días, recibí un mensaje de lo más romántico: “Hola, Garbanzo negro. No sé de dónde procede tu fuente de inspiración, pero en el momento en el que te dejo solo un rato, parece que las musas se han escondido en los recovecos de la ramplonería. ¿Te prohíbes a ti mismo pensar en vacaciones? ¿Estás alicaido? ¿Un período de crisis creativa, quizás? ¿Dónde está todo aquello que justificaba que algunos visitásemos tu blog con la esperanza de encontrar para econtrarte y para encontrarnos?” Joder, según ella, sólo se salvan los blogólogos interiores (no es la única que lo piensa) y alguna foto… y poco más. “Eso sí, con tus autorretratos me parto de risa. Sólo imaginarme a un chinado con la cámara vuelta hacia sí mismo y chas, chas, chas me ha hecho curvar la boca en forma de sonrisa. Hay que tener mucho tiempo libre para coger una pelota de tenis y chas chas, una bolsa de naranjas y chas chas…” Es el momento de reconocer que todavía me falta una serie de fotos con una botella de agua y otras chuminadas más.

Pero en los últimos mensajes le ha dado por dos obsesiones. La primera, las montañas rusas. “¿Qué es tu vida? ¿Una balsa en un pantano, el agua en calma, a dos palmos de la orilla? ¿Un abismo sin fondo? Mira, Garbanzo. La vida es una montaña rusa. Subidas y bajadas. Pero con una diferencia: en la montaña rusa, las bajadas son bruscas, pero esperadas. Y te montas porque te da la gana. En la vida, te pagan el billete. Si te bajas en marcha, te pegas el morrazo padre. Y las bajadas llegan sin subidas previas. Y la suerte es más que no caer: la suerte es que el ajetreo no le haga a tu estómago bailar más de lo preciso. Si llega ese momento, no te queda otra: vomitar. Eso sí: cuidado con salpicar, que los ácidos se limpian fatal.”

Y la segunda, los cuentos. Ella cuenta que un día estaba oyendo en la playa a una madre que le contaba a su hijo el cuento de Garbancito. La madre decía con voz aflautada “A Garbancito no piséis…”. Y ha decidido convertirme en un héroe de cuento. Pequeño pero insistente, insignificante pero egregio: “Garban(cito), eres el héroe de todos los fracasos y el paladín de las palabras perdidas. Es hora de que te des cuenta, de que lo afrontes, de que lo asumas. Anota cada momento en el que tu vida se ha ido al traste, cada detalle que has convertido en herida, cada desliz que te ha hecho desear  que no has nacido. Y dale la vuelta. Conviértelo en tu fuerza, en tu cabina de la montaña rusa. Agárrate bien, y disfruta”.

Sólo queda otra de cuentos. Como veis por el título de la entrada, “Chipirón negro se viste de rojo”. Y también tiene que ver con otro cuento, según me cuenta: “Tú, que eres tan listo, sabrás que Caperucita roja se llama Le petit Chaperon Rouge en francés. Chaperon. Chipirón. Hoy he decidido liarme la capa a la cabeza y cambiar las motas negras de mis ojos por el rojo del vestido de fiesta. Lo hago por ti, Garban(cito). La fiesta, son tus 250 entradas y tu año largo de existencia [en efecto, mi primera entrada, todavía en Blogger, es de mediados de agosto de 2007]. Recuérdalo. El rojo es un vestido de gala. Pero Caperucita es una chica rebelde contra las normas de la vida. Y piensa quién es el malo en todos los cuentos. Sólo te doy una pista: el lobo no es el malo. Pero lo demás, lo tendrás que descubrir tú. Tú, que eres tan listo… apunta, apunta.”

Y, en esta ocasión, no entiendo nada de lo que me dice. Pero yo apunto. Ya estoy en plena feria. ¿Alguien me paga otro viaje?

(La imagen es de infelix)

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Sigo dándole vueltas a la suerte, aunque quizá la suerte sea un concepto al que no hay que darle tantas vueltas como al bombo de la lotería. La lotería también es suerte, pero es cierto que tienes que comprar un décimo. A mí es prácticamente imposible que me toque, porque no compro. También cabe la posibilidad de encontrarme un décimo perdido en la calle. Cogerlo. Y mirar si me ha tocado. Aún así, sería difícil que me tocase, porque no miro los resultados. Es decir, que puede que haya tenido mucha más suerte de la que creo en mi vida. Pero así son las loterías y los sorteos. Quizás la suerte sea otra cosa, pero yo no sé lo que es. No toco madera, no llevo patas de conejo, no cruzo los dedos y creo que los tréboles de cuatro hojas no existen. Aún así, quiero tener suerte. Y pruebo las cosas en las que confío. Por eso, hoy he entrado en Google y, he tecleado “voy a tener suerte” y, posteriormente he pulsado el botón de Voy a tener suerte. Bueno, no. Antes, me he dado cuenta de unas cuantas cosas. La primera, que existe la posibilidad de una búsqueda avanzada: “con todas las palabras”, “con la frase exacta, con alguna de las palabras”… incluso con la posibilidad de excluir también alguna palabra (¡qué ganas le entran a uno de poner nombres de persona…¡). Luego también se puede escoger el idioma y la región. Yo, por error y debido a la ansiedad, he leído religión, y me he empezado a crear una ensoñación en torno a la suerte y los yidis. Al final, he creído mucho más prudente no acotar la suerte a un terreno y una lengua, no sea que tener  suerte sea un término que sólo se conjugue en suajili. Ni siquiera he entrado en el menú Preferencias. Igual pedir preferencias a la suerte es mucho pedir. Bueno, que me he enrollo.  Que le he dado al botón. Que sí, que voy a tener suerte. Pero, al final, la suerte no se encuentra ni gugleando. Que, como todo el mundo sabe, es un término que significa algo así como hacer burbujas. Pero con la vida.

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autorretratos

 

 ”No hay espacio más grande que el que dista entre dos cabezas”

(Sabia afirmación, sostenida en algún capítulo de In Treatment)

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Contradictio in terminis

La vida -ya se sabe- es pura contradicción. Heráclito lo tenía muy claro: ríos que nunca son los mismos, la guerra como padre y rey de todas las cosas… Vives en el hoy y te encuentras con el mañana y, pensando en el futuro, te encuentras de morros con el ayer. En el presente es difícil hallarse y encontrarse, porque es una de las mayores patrañas de la historia de la humanidad. ¿Dónde está? Las cosas destilan sus matices como las pulpas de naranja supuran los vestigios del zumo en el exprimidor. Escucho ahora el Preludio y fuga en sí menor de Bach y veo cómo las notas son las mismas pero avanzan distintas por las teclas del clave (quién sabe si bien temperado siempre) hacia un destino singular y definitivo que es el silencio final de todas las músicas. Como no sé nada, se me ocurre teclear en Wikipedia el título de esta entrada. Me gusta que otros hagan el esfuerzo de explicar las cosas y ubicarlas en categorías. Una persona como yo, incapaz de dejar su cabeza siempre en el mismo sitio, sería incapaz siquiera de intentarlo. Y mi dicen que, si quiero saber más de la contradictio in terminis, tengo que echar un vistazo a la paradoja, el oxímoron o la contradicción y, si quiero ubicarla en su contexto, me he de marchar a las expresiones latinas de la lógica. Allí, al azar, me encuentro con una de mis favoritas, que tenía olvidada aunque casi cada año se la enseño a mis alumnos: la reductio ad absurdum. Afronta un problema: intenta un procedimiento para que no salga y, si no lo consigues, significa entonces que has encontrado la respuesta verdadera. Está bien eso. Quizá por eso las paradojas, los oxímoros y las contradicciones están cerca de nuestras vidas. Más de lo que pensamos. Y, si no, fijaos atentamente en la fotografía.

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Carta

26 de julio

Amiga del corazón:

Cercado por el polvo y el silencio, entre la reja y la ventana que se asoman poco a poco a mi pasado y a esta celda, me han traído tu carta, compañera. Asfixiante, trabajosa, amargamente sincera. Y lo entiendo, quiero que sepas que lo entiendo. Entiendo que en la calle y en la vida no hay lugar para la espera, que las entrañas te laten y necesitan otro que las desate. No te culpo, compañera. No tengo ya con qué. Ni siquiera puedo recordar muy claramente ni el portal de tu casa ni tu calle. Me viene así, de tarde en tarde, como una brisa descalza de tu boca, de tu boca callada y anhelante, de tu abrazo y de tu mano, de tu talle, de tu forma de amar, amante.

(Fragmento de “Amiga del corazón”, de Patxi Andion)

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Philadelph

El American Film Institute ha lanzado una lista con las cien mejores películas de la historia del cine divididas en diez categorías: el 10 Top 10, tal y como lo denomina esta institución. Entre los filmes elegidos como mejores comedias románticas se encuentran las excelentes Luces de la ciudad de Chaplin (1931), Annie Hall de Woody Allen (1977), Sucedió una noche de Capra (1934), Vacaciones en Roma deWyler (1957) o Historias de Filadelfia y La costilla de Adán, ambas de Cukor (1940 y 1949). Es una gloria bendita que el cine nos haya regalado tal cúmulo de sonrisas, tal cantidad de sentimientos agradables (y agridulces) y tal porción ingente de minutos en los que hemos conseguido vislumbrar una realidad poco frecuente en nuestras vidas pero perenne en las ansias de nuestro corazón. Un antiguo alumno y ahora amigo, tuvo unos desagradables episodios de transtornos obsesivo-compulsivos con poca fortuna en su tratamiento hasta que un psiquiatra le ofreció la píldora perfecta: comedias y musicales del mejor cine clásico. Una tarde relajada, una pantalla (si es posible de cine, mejor) y una de estas películas es el mejor cóctel de fármacos para superar nuestros laberintos, nuestros miedos. Algunos dirán que esto es evasión, pero no, amigos, no. Es inmersión. Inmersión en el mejor de los mundos posibles. El de la ficción. El de nuestra imaginación.

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Spam

El spam es nuestro compañero de viaje cibernético. Nos acompaña cada mañana con el correo saludando el nuevo día con promesas sugerentes: bonos gratuitos para jugar en un casino, píldoras variopintas y multicolores para satisfacer nuestros placeres y mitigar nuestras dolencias, réplicas más verdaderas que sus originales, promesas de actualización de datos bancarios y, sobre todo, insinuaciones elásticas de que el día sea más largo cuando nos miremos de canto en un espejo. Mola. Más que denostarlo, tendríamos que ver al correo no deseado como el más deseado de nuestros correos. Para algunos incautos, es un recurso muy útil con el que te engañan sin moverte de casa. Para los groseros, es una manera muy fácil de borrar de un plumazo y con energía parte de nuestra bandeja de entrada.

Los blogueros tenemos un eficaz vigía (Akismet) que nos protege someramente del comentario no deseado. ¡Con lo que agradecemos un comentario en los cálidos y fríos días de vacación estival! Nos perdemos recomendaciones farmacéuticas, sitios web la mar de guarrindongos y observaciones tan brillantes como ésta, que rescato por su interés para los aficionados a los laberínticos vericuetos de nuestro destino: “?????? ???????! ???? ??????????? ????????”. Lo malo de todo esto es que, a veces, se confunde lo verdadero con lo irreal. A mí me ocurrió cuando escribía el post anterior, Palíndromo (de hecho, tuve que borrar parte de lo escrito, porque se transformaba en algo ilegible), y a uno de mis más queridos comentaristas le ocurrió lo mismo. Así que si uno quiere ver el inverso de sí mismo, tiene que ir directamente a la web recomendada.

La conclusión de todo esto es que el spam es un palíndromo de nuestra existencia, porque acaba justo a la inversa de como empezó y, por ende, nos hace más inmortales, más rotundos, más vigorosos en la lucha contra un enemigo que somos nosotros mismos. El spam nos hace perder tiempo en el trabajo, ocupa algunos segundos de nuestras conversaciones y sale de forma recurrente en los telediarios.

Acabo de enterarme que el rey del spam ha muerto. ¿Quién me escribirá a mí mañana?

(Imagen de Mikonya Bence)

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