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Laberintos

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Hace un año, el dolor de mi vivir fue un poco más intenso. Se fue uno de los que no era cercano, pero uno de los más próximos. Se fue mi Poeta. Todos los aficionados a la literatura tenemos uno al que preferimos por encima de todos los demás, al que queremos por encima de sus defectos y más allá de sus virtudes. Al que queremos por ser el que ha expresado con mejores palabras aquello que nosotros desearíamos haber dicho. No suelo mostrar mi sentimentalidad con excesos de cara a la galería, pero reconozco que ese día lloré con las lágrimas conocedoras de lo que la vida nunca nos va a devolver. Hoy, leyendo el periódico, vuelvo a encontrarme con él. Y me entero de unas últimas palabras suyas que suenan a verso de poema. Dicen que, internado en el hospital, la tarde previa a su muerte decía a todos sus amigos: “No es nada grave. Mañana nos vemos”. Y, con enero en plena cuesta, no se me ha ocurrido nada mejor que esto, con débil música de Art Pepper de fondo y una imagen de autor destonocido:

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Esto no es un blogólogo interior, pero casi. Y me ha salido porque sí. Llego a casa cabreado, por lo de casi siempre. Sólo. Solo. Y he escuchado una canción: “Sur le fil”, de Yann Tiersen. Y he pensado que me hubiese gustado tomarme una cerveza. Abrir la lata como la espita de un explosivo. Y beber hasta que el líquido resbalase por mis mejillas hasta llegar a mis clavículas. No bebiendo por beber, sin dejar gota, sino bebiendo a mansalva por olvidar los episodios de mi vida. He escuchado una canción, decía. Y me he acordado del puto contraste de vivir en el filo, palabra amiga cuando es prefijo. Me he acordado del puto contraste -decía- con los bonitas presentaciones adjuntas. Del PowerPoint ese. La fotografía de un amanecer y una frase de Tagore. La linda cara de un niño y una sentencia de Coehllo (no pienso mirar cómo se escribe). Una gran cascada (de las de agua) y un proverbio chino. Una niña con un perro y su madre (la de la niña y la del perro, en igualdad de condiciones). La primera vez, he escuchado la versión del piano, que seguro que encontráis en el yutube si sois listos, y luego la más desgarrada al violín, porque es en directo. Y he pensado escribir sin repasar, tal y como hacía mi padre, que en esto (y muchas otras cosas) era sabio. Del corazón a la cabeza, pasando por el teclado, la pantalla sin nadie que lo enmiende. He pensado lo agradable que tiene que ser ver a un ser humano rendido, sin ánimo para respirar si no es a borbotones, sin testigos inocentes que no juzguen, ni valoren, ni sentencien. Seguro que es bonito escribir una frase bonita. Iba a poner una, pero no se me ocurre. Seguro que es lindo apreciar los matices sonoros de las palabras y los matices coloristas de los sonidos.  Sin quererlo, he pensado en mis censores, atentos para que las palabras no vuelen como los langostinos por estas fechas. Luego el piano me ha perseguido con Schubert, una improvisación no improvisada. Como la vida. Y he pensado en descorchar una botella de vino del apellido familiar para que el tapón suene con estruendo. Y arrastrar las gotas de vino sobre la copa como hacen mis pies sobre el asfalto. Llegan unas bonitas fechas, de frases armoniosas. Seguro que un día de estos recibo un cibermensaje. Seguro. Y seguro que lo abro. Veré un amanecer, la sonrisa de un niño, unos árboles y cuatro perros.  Os voy a enseñar yo lo que es la vida. Lo juro por mis muertos

He faltado a mi palabra: he borrado una frase.

Hoy, sin foto.

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Dexter

Tenía muy abandonada mi serie “Los malos son los mejores” en Verba volant y la retomo una vez más con Dexter (podeís ver aquí otras entradas del blog sobre esta serie).  A los enamorados de los serial killers, no nos ha gustado nunca reconocer en voz alta la fresca sensación que nos ofrecen los asesinos en las páginas de una novela o embobados ante una pantalla, mejor grande que pequeña. De hecho, cuando alguien empieza a ver los primeros capítulos de la primera temporada de Dexter siente una repulsión primigenia que se va convirtiendo pausada y paulatinamente en comprensión. Y no es una comprensión procedente de la fascinación por lo macabro y sanguinolento: es una comprensión que procede de la asunción de nuestro lado oscuro. En esta serie de este “malo”, al que no acabamos viendo como tal,  se encuentra nuestra misma historia: la génesis de nuestra personalidad, la voz de nuestra conciencia, la contemplación de nuestras emociones, de nuestros sentimientos y sus carencias. Nos gusta Dexter Morgan porque nosotros somos él, abocados a enfrentarnos a un mundo en el que tenemos que actuar, en el que vemos todo lo externo como un escenario y a nosotros mismos como un personaje que tenemos que representar. Vemos lo afectivo brotando desde fuera hacia dentro, y no a la inversa. Esto nos provoca estupefacción, quizá porque no nos atrevemos a asumir nuestras propias debilidades. Dexter es un perfeccionista que no tiene muchos de los atributos de los héroes, pero que por eso tiene también muchas de las virtudes infrahumanas. Siendo imperfecto, no querríamos identificarnos mucho con él, porque siempre parecemos demasiado feos en un espejo. Y sí, somos Dexter. Quizá el niño que no gustaría nunca a su papá. Quizá el papá que nunca seremos.

Estoy viendo la tercera temporada de Dexter casi al mismo ritmo que el de los televidentes en Estados Unidos. Y sólo me falta el capítulo final. Seguro que será una revelación y seguro que, gracias a él, me conoceré mejor a mí mismo. Al fin. De momento, dos citas que pertenecen, respectivamente, a los capítulos décimo y undécimo de la que será la última temporada:

“Espero que nos veamos otra vez. Me gustaría conocerte mejor. Pero, ¿cuánto se puede conocer realmente a una persona?, ¿cuánto se está dispuesto realmente a conocer?”

“Si el hogar se encuentra donde tienes el corazón, ¿dónde vas cuando no tienes corazón?”

Esperaré ansiosamente las pocas horas que me faltan. Amén.

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nieve, hierba

Clara, distinta, extraña. Mirada ausente. A la deriva, Clara no tuvo suerte al elegir la puerta de salida. En brazos de otra soledad, Clara permanece abandonada. Esperaba hacer amigos por la nieve, abrigada por otra lucidez, anhelaba descubrir mundos donde nunca llueve. Deseaba escapar una y otra vez. Para navegar, achicaba penas. Por sus venas recorrieron el firmamento estrellas negras. Nadie quiso preguntar. Clara se vio atrapada, abandonó el trabajo hasta calar con sus huesos en el abismo. Perdida en un camino de ansiedades, en la senda de las ambrosías, Clara languidecía. Clara no dijo nada… y un día desapareció. Dicen que la vieron recorriendo aceras, ajustando el paso a los demás. Dicen que intentaba cualquier cosa por dinero para hincarse fuego una vez más. Esta madrugada, Clara naufragó, tenía el mar de miedo en la mirada, las ropas empapadas, el suelo por almohada. Lentamente, amaneció.

Hoy ha muerto Joan Baptista Humet, que nos ofreció breves pero intensos momentos de música y de pensar en el destino de nuestras ideas. Aunque mi espíritu se siente plenamente identificado con los estados de ánimo de esta humilde prosificación de la letra de Clara, no quiero que penséis que no soy un tipo duro de pelar, así que aquí os dejo otra prosa de una canción a la que tendremos que agarrarnos. Que ya vamos quedando menos.

Bajado el pie del estribo, con células dispersas, disparadas, quizá sea buen momento de deciros que quizá haya que aprender de nuevo a andar, que quizá haya que volver a respirar. Quizá haya que alzar otra verdad, crear nuevas maneras, demoler barreras. Quizá tengamos que conseguir que nos dé tiempo para aventurarnos a soñar. Hay que vivir, amigo mío. Antes que nada, hay que vivir. Hoy estamos en diciembre, va haciendo frío, pero hay que burlar ese jodido futuro que empieza a hacerse muro en ti.

Sea.

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Hospital

Leo hoy una noticia que me ha dejado sin resuello: “la muerte se ha hecho más compleja: morir ya no es dejar de respirar o que el corazón deje de latir, sino perder la capacidad de hacerlo de forma autónoma. Una persona puede seguir respirando y manteniendo las funciones básicas de su cuerpo, y sin embargo estar muerta”. Mi corazón, de repente, se ha encogido de manera brusca, conteniendo la contracción, y todo mi sistema cardiovascular se ha quedado mudo. Por un momento, en ese paréntesis sin respiración y sin pulso, he creído que estaba muerto. El susto ha durado sólo unos instantes. Mis pulmones han vuelto a recibir el aire como el buceador después de segundos y segundos en apnea, mi corazón ha recobrado su fuerza con un latido tan fuerte que casi me perfora la sien derecha. Sin poder alcanzar a comprender los motivos, me ha venido a la cabeza una secuencia de Gattaca, esa maravilla cinematográfica de Andrew Niccol que trata de muchas cosas, pero que se gesta en torno a los corazones cansados. En una secuencia, Uma Thurman le dice a Ethan Hawke: “Tengo más suerte que muchos y menos suerte que otros”. En la era de la ingeniería genética, su corazón tiene una pequeña probabilidad de fallar. Ella no sabe que la persona a la que tiene en frente es Jerome, un superdotado intelectual y con vigora fogosidad muscular, pero también Vincent, un enclenque niño nacido por la vía natural cuyo corazón ya lleva encima unos miles latidos más de los previstos. Un poco más adelante, uno de ellos pregunta: ¿Qué problema tuviste tú en el corazón. A lo que alguien le contesta: “¿Alguna vez te rompieron el tuyo? Fue entonces cuando me di cuenta del corazón, de la respiración y de las enfermedades. Fue entonces cuando me di cuenta de que respiro y mi corazón late. Pero podría estar muerto. Autónomamente muerto.

(Imagen de ortizmj12)

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Disco

Nacho sale por las noches muy de cuando en cuando pero hoy es una de esas noches en las que lo hace con todas sus consecuencias. Sus costumbres, atávicas, metódicas. Después de unos devaneos con las cervezas colmadas por una servilleta enrollada, después de patear las aceras, el asfalto, de modo impenitente, sus amigos y él se dirigen a un bar con pista de baile. Música electrónica. Nacho, en sus días normales, es amante de la cocacola a secas, pero esas noches decide colmar su vaso y su cabeza con una mezcla a base de mucho güisqui y poco gas en sucesiones excesivas, en sucesiones interminables. Le agrada ir deslizando el líquido de forma rápida y contundente, sin que ni por un momento se aprecie un degustar de la bebida, sin ese chasquido del “hasta aquí hemos llegado”. Le gusta ir sincronizando los fuertes ritmos de la música con un corazón cada vez más acelerado, le gusta comprobar cómo las luces, los focos, van girando aleatoriamente. Sus ojos emprenden el camino de la hipnosis y van interiorizando los bamboleos de claridades multicolores. Sólo entonces, Nacho abre un paso desordenado hacia la zona de baile. Su estilo es nulo pero ecléctico. Con todo el alcohol atronando desde la cabeza al justo centro de las entrañas, empieza a dar vueltas. Nota su cabeza asintiendo y negando, animada por sus brazos por delante y por detrás. Ahora suena Moby. “Disco lies”: perfecto para bailar y perfecto para su cabeza atontada, el bar como símbolo de la música dance, la mentira como símbolo de la verdad. Nacho hace un alto en sus acometidas. Estira su cuello y lo gira. Ahora utiliza sus pies como un epicentro de peonza que gira y gira, brazos levemente estirados. Es una manera alocada de olvidar. Nacho ha llamado hoy por teléfono y ella no estaba en casa.

(Puedes ir leyendo la secuencia de Fragmentos para una teoría del caos de forma ordenada pinchando aquí)

(Imagen de obo-bobolina)

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Life

Quinientas maneras de morir, quinientas formas de mantener la esperanza, quinientos saltos al vacío, quinientos saltos de alegría. Quinientas personas que te exasperan, quinientas personas que te motivan, quinientas personas que te resultan totalmente indiferentes. Quinientas formas de trabajo, quinientas formas de explotación, quinientas formas de salvar nuestro planeta.

Contadas una a una, quinientas es una cantidad considerable. Sé lo que me vas a decir: que si hay más, que si hay menos. Miradlo desde arriba, desde abajo y desde todas partes. Quinientos será un número de mierda, pero quinientas maneras de mirar el mundo no están nada mal. Para construirlo. O para destrozarlo.

(Imagen de SliceofNYC)

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Cry A

La vida es un caramelo, una perita en dulce, una utopía realizada. Te lanzas al mundo naciendo, en el divertido deslizar del tobogán de un parque acuático. Inhalas tus primeras bocanadas de aire puro, rodeado de una limpieza que es aséptica y te inicias en la existencia cobijado bajo el ala protectora de un beso, un abrazo, una caricia.

Cry B

El proceso continua, creces al compás de tus huesos, de tus pelos en las piernas, de tu ego instalado en el mundo. La espalda es tan recta como lo permiten tus engastadas vértebras, tu pecho te ensalza hasta el horizonte, tu sonrisa de predominio se alimenta de todos los yogures que te tragaste, de todas las piezas de fruta que ingeriste, de todos los chascarrillos que contaste.

Cry C

Tu madurez fue el éxito del trabajo, de la familia, del coche cada vez más grande. Tus pasos se contaban por zancadas, tu ambición por escalafones, tu responsabilidad por palmaditas en la espalda. Nunca el Universo fue tan tuyo, avalado por los años, por los esfuerzos, por las muescas que hiciste en la culata de tu arma.

Cry D

La vida es un caramelo que te hace sentirse ciudadano del mundo y ciudadano de ti mismo, de tu patria, de la de los demás. Urbanita en el campo y honrado campesino en el asfalto. La vida es un caramelo. Como todos los caramelos, se desgastan en la lengua. O los masticas. O algún hijo de la gran puta te los quita de la boca.

Las fotografías pertenecen a la serie End Times de  Jill Greenberg (las descubrí gracias a Pasa la vida). Como en la vida misma, las fotografías se realizaron quitándoles los caramelos a los niños. Qué cabrones. Qué realistas…

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URB 199b

Son días de tiniebla, noches prolongadas en la negrura de las farolas. Los hálitos de luz brillan agónicos entre destellos negros, desfilan como sombras del Paraíso por nuestra Tierra. Las bocas de los lobos no son ya de la meseta, se extienden profundas por los recovecos de las calles, por las esquinas, por las aceras. Llegan en la noche hasta esparcir su ciénaga hacia la derecha, hacia la izquierda. Nuestro centro más puro, nuestro centro incólume, ansía ver reflejos que le hagan conocer su propio rostro pero no hay espejo en el que comprobarse. No hay pupilas brillantes que devuelvan nuestra imagen, no hay una mano extendida que palpe nuestra carne para comprobar la tersura agrietada ni boca que exprima nuestros labios para vaciarlos de su sangre. Son días de tiniebla, noches prolongadas en la negrura de las farolas. Ha llegado la noche más oscura para que los destellos negros desfilen como sombras del Paraíso por nuestra Tierra. La carne ya se esparcido, la sangre queda derramada. El alma espera.

Para escuchar:Loreena McKennitt, adaptando al inglés a Juan de la Cruz. Ni más ni menos.

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