— Verba volant

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Laberintos

URB 016b

Estamos en época de mudas. En las calles, las castañas deciden abandonar sus carcasas al ritmo frenético de la gravedad o del taconazo del niño con la ilusión de encontrar un tesoro. Los árboles están empecinados en desnudarse al viento y sus manos tienden a marchitarse y resquebrajarse en lo más hondo del suelo, abandonadas de esperanzas, esperando la muerte tras una escoba. La naturaleza toda es una transmutación de colores, alguno de los cuales se encamina inevitablemente hacia la sombra, hacia la nada. En algunas casas, los armarios mudan de ropa: las mangas cortas, como el aire caliente, tienden a subir hacia arriba, hacia los trasteros, hacia las partes superiores e inalcanzables. La horda de mangas, de cuellos altos, de protecciones espesas contra los avatares centígrados campan a sus anchas en la parte central del mueble de tres cuerpos. Repartimos el ritmo frenético de la muda, previsores de los malos tiempos que se acercan, encasillamos nuestras necesidades al vaivén del relleno de los abrigos. Ansiamos proteger nuestros cuerpos con la coraza del cobertor, en el proceso inverso a esas castañas, desnudas e impúdicas, salpicando las aceras. Entre todos los cambios, entre todos los avatares, mi ser se encuentra perdido y desolado, sin cambios y sin mejoras, sin traslaciones ni rotaciones. El armario de tres cuerpos queda inmutable, incómodo, con puertas que se resisten al cierre y que, cerradas, tienden obstinadas a la apertura chirriante. Los cajones se desencajan, evitando un cierre ajustado y perfecto, impidiendo un reajuste de los calcetines y de las vidas. En pleno jardín de la improvisación, mis armarios son ajenos a las mudas, a la protección, a la salvaguarda. No tengo nada que cambiar, nada que proteger. Salvo la vida misma.

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URB_0927b

Tus sentidos atentos, tu cuerpo en lucha. Te dispones a cerrar los ojos y lo consigues, por fin . En seguida empiezas a notar cómo desfilan unas lucecitas blancas -minúsculas- que oscilan de un lado y de otro. Son pequeñas, pero poderosas. Por un momento, crees lo imposible. En vez de contemplar la oscuridad, ves luz. Demasiada luz que se escapa por los bordes de la mirada cerrada. Respiras dos veces profundamente y te revuelves, obstinado, sobre tu lecho de tortura. Tu cabeza siente una extraña opresión que no es dolor, sientes cómo la presión vital empuja tus huesos hacia dentro. Llegas a plantearte si llegarán hasta su justo centro.  Sientes esos huesos uno a uno. Incluso puedes delimitar sus crueles fronteras. Cambias de postura. Tus párpados se cierran cada vez más, pero la luz, esa luz incomprensible que no es vital, que es molesta, se acurruca otra vez en el interior de tus órbitas. El silencio no mejora las cosas. Notas tu cuerpo cansado, tan cansado como para no dormir, tan agotado que da la impresión de que no va a reposar jamás. Por un momento, otro más, la claridad cesa. Recorres un túnel por fin oscuro, avanzas con tu cabeza y tu cuerpo a ese lugar plácido que hará cesar por fin tu conciencia parcialmente. Entonces, vuelves a ver lo que ya has visto. A lo lejos, siempre dentro de tu campo visual acotado, vuelves a notarlos. Son unos ojos que te miran desde un lugar ignoto que esta más allá de todo. Y tienes miedo.

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URB_0924b

Mil hilos de sangre por encima de las casas. La noche llama temblando cauterios de luces blancas. Son fragmentos prosificados de un romance que acabo de crear. Lo de crear es un decir, porque los versos son de Lorca. Lo único que he hecho es entrar aquí (puedes crear a pelo un poema utilizando sus versos o ir escogiendo las combinaciones tú mismo). El resultado, todo lo malo que tiene el azar; todo lo bueno que tiene el destino.

Hoy, es cierto, mi noche ha temblado con cauterios de luces blancas. En medio de la noche, en la soledad del que se siente solo, mi cabeza y mi cuerpo se han volcado a la inercia de sufrir sin porqué. El cuerpo se agita al ritmo de la mente y la mente se agita a sí misma, en un vaivén complicado, inestable e incómodo que no ha mecido mis sueños sino mi desesperación. En la duermevela del que no está a un lado ni al otro de la frontera de la vida, la noche, por fin, ha cesado. He notado algún rayo de luz tras el que se podía adivinar el sentido. Cuando he subido la persiana para que se abalanzase sobre mí un chorro de claridad, cuando he abierto la ventana para que me azotase un hálito de aire del alisio de las ilusiones. Pero todo ha sido lo que no es. Sólo he visto mil hilos de sangre encima de las casas. Lorca, una vez más, me ha dado la razón.

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Póster de Roman Holiday

A veces la ilusión de nuestras vidas es vivir. Sin más, simplemente. Con la magia y el encanto que tiene liberarse de las cadenas, de las obligaciones, de las acometidas de la rutina, esa bruja aburrida. Un día, ves la vida atropellarte con su paso rápido, a ritmo de Vespa sin control, sin saber pero consciente que la vida consiste en el pasar de la potencia al acto. Con todas las sorpresas, las sonrisas e imprevistos. Dejar que se te escapen los zapatos, que vuelen al albedrío de la patada liberadora, que puedas mostrar tu rebelión, tu abdicación, a ritmo de pelo por fin libre, por fin al viento. La vida es así. Y esa es nuestra ilusión. Luego, agachas la cabeza, te humillas al protocolo de las cadenas, las obligaciones y de la rutina. Y sueñas con que el sueño es posible. Ese día, ya no tienes tiempo. Y otro día, vete tú a saber cuándo, te mueres.

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Castanno

Las estaciones son tránsitos de algo hacia otra cosa. La mella en nuestro corazón está a punto de tener lugar, dentro de poco, no sé tampoco muy bien cuándo (siempre he sido un poco panoli), no sé muy bien el porqué. Pero las castañas están lloviendo ya sobre el asfalto, sobre la tierra, sobre el alma áspera. Sería cruel  y excesivo decir que el otoño tiene la finalidad de llenar de hojas el suelo y de líneas los cuadernos de redacciones de los escolares, aplicados al tópico sempiterno. Pero los días se acortan, la línea del cielo hoy -a estas horas, a las ocho treinta de la tarde- cae sobre los perfiles de las casas y de las cosas. Tanto, que casi todo es contraluz o contrasombra. No sé muy bien la razón, no sé por qué todo cae. No sé por qué los suelos devienen bellas alfombras llenas de desechos bellos, pero hoy de mi corazón caen lágrimas, se estrellan en el suelo para abrirse en dos, para mostrar su interior secreto. Me he entretenido un poco entre línea y línea y los minutos se agolpan  en el reloj -esquina inferior derecha, ya sabéis-, especulaciones digitales sobre algo que antes afeitaba el rostro de las esferas. Ocho y treinta y siete, ya. La ciudad un poco más muerta, entre los estertores de un calor que empaña el frío de nuestro porvenir. Déclin-Decline-Gefälle. El ocaso de todas las cosas, en francés, es un poco más triste. Pero más bello.

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Persiana

Las luces débiles de la noche tiritan aún sobre la piel del cielo y el reflejo madrugador de los coches impulsa ráfagas de color sobre el asfalto. Pronto será un nuevo día. Intentas revelarte al amanecer subiendo con pereza las persianas de tu casa, con el falso vigor de quien espera algo del acontecer de las horas. Te piensas a ti mismo, dentro de una hora escasa, de pie ante un auditorio que entrevera lo expectante y lo cansado. Te ves por dentro, sin mucho que contar y sin nada -absolutamente nada- que enseñar. El rictus de tu cara ante el espejo te proporciona hoy una arruga más, un sinsabor añadido, una lágrima extra. Sales de la ducha intentando calzar una nueva piel. Te vistes adornando la tristeza con atuendo alegre. Saldrás de casa. Y, cuando entres en escena, tu rigor facial se estirará y sonreirás, como si entre el mundo y tú no hubiera pasado nada. Como si vuestro desacuerdo no fuera absoluto, como si -ambos- no tuvierais que mantener la calma.

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Columpio2

Las cadenas se tensan, víctimas de la dureza del eslabón; se aflojan, víctimas del aire y del impulso. Un mundo vacío lleno de aire, un mundo lleno del tenaz propósito de no soltar amarras. Miré aquella tarde el parque, ausente de paseos y de voces, con mi conciencia como único testigo de un orbe que se redondea siendo inmensamente plano. Los días de viento recio y hojas caídas nos obsesionan con un suelo cada vez más inundado de materia antes viva. Hay que levantar la vista, siguiendo la órbita del columpio, aunque el cielo gris nos declare que vendrán días peores.

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Sansecont

Hoy es uno de esos días que no lo son, que son fronteras, uno de esos días en los que la confianza en ti mismo se viste de corto y sin mangas, ansiando que la vitamina D te golpee con fuerza y casi por última vez en una piel bien suministrada de sol para el resto del año. Uno de esos días en los que respiras hondo para inhalar bocanadas de aire todavía tibio, uno de esos días en lo que transpiras y destilas gotas de sudor todavía no encerradas y golpeadas hacia dentro. Hoy todavía confiarás en tu suerte, en la decidida calidez de tu rostro, en la seguridad del pie descubierto a medias, porque es uno de esos días que no lo son, que son fronteras. Uno de esos días que son límites entre el infinito y el cero, pero cercanos a eso tan terrorífico que es la indeterminación. En la plenitud del día, tu sonrisa todavía devolverá un haz de rayos limpios, luego empapados en nubes. Hoy es uno de esos días en los que todo se empieza a acabar, sin saber si el amanecer trajo algo ya empezado. Hoy es uno de esos días en los que nadie conocerá el mañana. Y un día caerán sobre nuestras cabezas gotas de lluvia. Y entonces, un día no muy lejano al día de mañana, el viento frío nos torcerá el rostro y el alma. Hoy es uno de estos últimos días en los que todavía hay esperanza. Hoy es uno de esos días,Y no va a ser cosa de desaprovecharlo.

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Postal

Conviene empezar contando la historia del título de esta entrada. No estaba destinada a titularse así: inicialmente, estaba encabezada como “Postales desde otro mundo”. Hoy he cambiado de título dos veces: el nuevo era “Postales desde el infierno” y, a la postre, se ha quedado tal y como lo habéis podido leer. Todo lo anterior es totalmente necesario para comprender íntegro el sentido de este post.

El asunto comienza con un par de costumbres medianamente excéntricas que tenía mi padre. La primera, encargar a todos los amigos que salían al extranjero que enviasen desde todos esos destinos -cuanto más lejano y recóndito, mejor- cartas que él previamente les ha dado, destinadas a causar la sorpresa de sus destinatarios. Así, comprobaban que Jesús Urbina siempre era capaz de comunicarse desde todos los rincones del mundo con todas las personas que se proponía. Las líneas que escribía mantenían un periplo con los lugares y las personas y se convertían, por sí mismas, en una aventura.

La segunda era la manera que tenía de escribir las postales desde los diferentes lugares de veraneo. Convencido como estaba de que las postales mantienen un contacto más cercano al cariño o al protocolo que a la información estricta, escribía esas misivas antes de marcharse de vacaciones. Un día se sentaba ante la máquina de escribir -siempre escribía a máquina- y en unas hojas adhesivas que luego quedarían pegadas con precisión quirúrgica y sin resquicios escribía todos los tópicos habidos y por haber: “Está haciendo muy bueno”, “Nos lo estamos pasando estupendamente. Y estamos descansando”. No era infrecuente que algunos, incluso muy próximos, creyesen que era capaz de cargar con la máquina de escribir para aporrear las teclas a pie de playa.

Como veis, estas dos anécdotas explican y justifican el título inicial de “Postales desde otro mundo”. Y se pueden aplicar muy bien al mundo nuestro de la blogosfera: uno puede ir impulsando unas palabras para proyectarlas en un día, en una fecha determinada. Y esa entrada llegará a los destinatarios, tanto si el remitente está ahí como si no. Es una manera entrañable de romper las barreras del espacio y del tiempo.

Prometo mandaros un post desde el infierno. Y, tal y como anda el patio, no sé si voy a tardar mucho.

(Imagen de News Fedora)

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Garbanchip

Unas veces, buscamos para encontrar; otras, encontramos sin buscar. Los caminos son laberintos que nos conducen a algún sitio, ya sea al camino de la nada, al camino de algo o al camino de nosotros mismos, encerrados para siempre en sus intersecciones. Otra cosa muy distinta es que el destino al que lleguemos sea el que nos habíamos propuesto a la hora de partir. La historia de la ciencia, la historia de los hombres y la historia de nuestras vidas está llena de esos vericuetos, lo que no hace sino demostrar que habitamos un mundo de vasos comunicantes en los que uno tira por allí y sale por allá, vaya usted a saber por dónde. Es apasionante contemplar la historia del mundo como la historia de las invenciones y de los descubrimientos: sin ir más lejos -y mira que traspasó el fin del mundo- Colón fue a las Indias, descubrió un Nuevo Mundo que era ya muy viejo y nosotros, posteriormente, nos inventamos otro mundo leyenda tras leyenda. Luego, algunos se inventan que otros descubrieron que la Tierra era redonda, algo sabido por los que tienen que saber, es decir, por los sabios que intentan descubrir el mundo hacia fuera inventándolo hacia dentro.

Caminamos como navegamos y navegamos como caminamos. Por eso, tras una mañana de navegación dura pero azarosa, con las velas al viento pero sin brújula, me he encontrado con la serendipia. Por azar, quizás. O por necesidad transcendental. Porque los caminos del Señor son inescrutables (Isaías, 55, 6), pero los caminos de los hombres sí se pueden escudriñar. Otra cosa muy distinta es que, con excesiva frecuencia, el tiro nos salga por la culata. En mi vida, nunca busco cuando encuentro (cómo si buscar y descubrir fueran parte de lo mismo). Pero lo cierto es que no me canso de buscar.

(Gracias a la serendipia, me he encontrado con la serendipia en este blog. Y la foto que he hecho con motivo de esta entrada se la debo a la inspiración de Mafaldia en un comentario a la entrada precedente. No está exprimida, pero hemos seripendiado el jugo. Gracias a ello, puede comprobarse que no todo es tan negro como lo pintan.)

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