Por Raúl, hace 1 mes y 24 días

La vuelta al mundo en 80 libros... y más

 Libros

Radio Nacional ha realizado un conjunto de programas radiofónicos (que también se pueden escuchar en línea) en los que se realiza una interesante visión de la lectura a partir de 80 libros. Por otro lado, cien escritores en español escogen los libros que han cambiado su vida (aquí la lista completa; por cierto, con errores muy graves de transcripción). El verano es la estación del año de la playa y de la sombrilla, de la piscina y de las gafas de sol, de la radio y del apartamento en la costa. De la horchata, del helado de combinaciones imposibles (y no me refiero a esto) y del granizado de limón. Pondría que del café con hielo, pero soy de una rara estirpe de elegidos que odia el café (sí, también su olor) y que prolonga su infancia a base de Cola Cao. El verano también es, una vez más, el tiempo de la música escuchada con más reposo y más hondura... y de la lectura. En la sombrilla, en el solaz del apartamento, con una horchata a mano. El verano es -también- la estación mágica que nos acerca a la ficción. A la vida.

Por Raúl, hace 2 meses y 20 días

Por qué escribimos historias

Wordle K

Decíamos que las palabras forman nubes. La lectura es nuestra manera de acumular palabras y experiencias en esas nubes que, henchidas de términos, acaban por pesar tanto en nuestra cabeza como para que un día decidamos que se derramen por nuestras manos hacia la pluma, hacia el lápiz o hacia el teclado. Se transforman, entonces, en formaciones nebulosas dirigidas hacia el papel o hacia la pantalla. Surgidas de nuestro universo, de nuestros miedos, de nuestras alegrías, de nuestras emociones. Con todos los defectos y virtudes de haberlas bebido, deglutido y expulsado. Con el inmenso placer -teñido de vergüenza- de que sean compartidas con otros. Con la ilusión de pulsar la a, la m, la o y la r y que alguien adivine que hablamos de sentimientos y con la intención e pulsar la o, la d, la i y la o y que alguien piense que hablamos desde la frustración y del rencor. Con la ingenuidad de que las crean nuestras y exclusivas, o con la excesiva condescendencia de pensar que son prestadas y totalmente ajenas. Recibimos las palabras para ordenarlas en un nuevo caos. Contamos las mismas historias de siempre con nuevos medios para convertir los mismos argumentos en la piel de nuestro relato. Con la impotencia de no ser Shakespeare y con la altivez de pensar que somos diferentes. Con la debida cautela y el factor de protección necesario y con la temeridad de estar demasiado expuestos al sol, que cuartea el cutis de nuestras frases. Contamos las historias de nuestra soledad para no sentirnos solos. Y contamos las historias de nuestra felicidad para crear ficciones. La ficción de que los demás crean que somos felices.

(La imagen procede de la libertad que me he tomado de hacer con Wordle la nube de palabras del Sr. K, ejemplo de cómo se escriben historias)

Por Raúl, hace 5 meses y 15 días

Leer, leer y leer (y X): anécdotas, coda y silencio

Tablarasa

Voy a cometer el pecado de ser poco original y escribir la entrada que no debería en el día que no quiero escribirla, pero mi cerebro es tan asquerosamente cuadriculado que no es capaz de resistir este acto de deliberada decisión o deliberación decisiva (sin poder resistir, además, a la tentación de acabar esta serie de Verba volant con el número perfecto). Menos mal que voy a intentar escribirla en toda su anarquía, desorden y desenfreno. Tal y como salga de mi cabecita enferma.

Una de las anécdotas. Mi hijo, con diez años, no tendrá mañana su libro de regalo por una sencilla razón: no se lo ha merecido. Y no ha sido un castigo, sino una privación por protestar, criticar, encabritarse y un sinfín de cosas más que suceden en una librería, en el acto de la elección, y en voz baja. La lectura es un privilegio y él no contará con él mañana. A él le preocupa y a mí no, porque tendrá siempre un libro cuando quiera. Afortunadamente, los libros que quiera. Cuando se lo merezca.

Otras anécdotas, revestidas de homenaje, dedicadas a mi paso por las bibliotecas. El blog de Burgotecarios es la máxima expresión de que la biblioteca es un sitio de encuentro, sano e incluso divertido. Y muy limpio por fuera y por dentro. También es cierto que, como en todos los sitios públicos, el polvo se entremete por los rincones, los lomos y las estanterías y el aire se vicia, pero las bibliotecas me han proporcionado muchas horas de tranquilidad, serenidad y sabiduría. Voy a poner tres ejemplos. Uno, la primera vez que pisé la biblioteca de la Facultad de Teología. A los dieciocho años, y con algún enchufe que otro, un bibliotecario reticente me dejó completamente solo en una sala que frecuenté durante semanas y semanas. Al principio, por investigar. Al final, por vicio. El vicio de navegar por historias, libros y vericuetos que me han llevado a tener este conocimiento disperso, raro y de una deficiencia endiablada que me ha conducido a querer saber todo y no abarcar nada de nada. Otro, la biblioteca de lo que era el Departamento Filología en la Universidad de Valladolid, ahora trasladada a otros parajes para mí ignotos. Tuve la suerte de obtener una beca con la que obtener un poco de dinerillo a cambio de trabajar en el Departamento unas horitas (Pedro, compañero, amigo, bloguero insigne, ya estaba por allí), pero el sueldecillo lo tenía que haber pagado yo: una llave a mi disposición y mediodías y mediodías encerrado solo entre libros que mejoraron mucho lo que yo debería de haber sabido. Y el último, la biblioteca del Centro Georges Pompidou de París. Otra beca, en este caso de una entidad de ahorro, me dio la posibilidad de realizar una estancia bastante detenida en París para realizar mi tesis doctoral: las horas que pasé en esa modernísima biblioteca, que difería tanto de las que disponíamos entonces a nuestro alcance en Burgos, los fondos especializados y el descubrimiento del francés como extensa lengua literaria me llevaron a vericuetos sin los cuales no sería lo que soy. Esta biblioteca me proporcionó anécdotas como la de La chica del Pompidou (algunos comentarios se me han hecho en privado sobre esta entrada: los escribiré en la continuación que desde ahora he prometido).

La coda, irá dedicada a lo obvio, a los libros. Y a mi relación con Cervantes, y a mi relación con Shakespeare, murieran en la fecha o en el día que murieran ambos, con un calendario u otro, y a mi relación con Proust. Si tuviese que sacrificar mis lecturas a tres autores, elegiría a Cervantes, Shakespeare y Proust sin dudarlo ni un segundo. No voy a cometer la osadía de hablar de ellos, sino de mi relación con ellos. A Proust lo empecé a degustar tarde, con veinte años. Lo empecé a leer en la traducción española, pero me regalaron todos los tomos de En busca del tiempo perdido en francés y quedé seducido para siempre por su estilo. Con Cervantes tuve problemas: una equivocada y temprana elección del Quijote a los doce años acabó en fracaso, pero la edición de Martín de Riquer, a los dieciséis, me permitió descubrir al maestro de lo simple en lo simple, de lo complicado en lo sencillo. Cervantes, además, me atrapó para siempre en una de sus obsesiones, que ya son mías: las fronteras inexistentes entre la realidad y la ficción. Shakespeare fue una maravilla temprana: la inconsciencia me arrastró a leer algunas de sus obras a los catorce años y ya no he parado desde entonces. Hamlet ha pasado por mis manos, mis ojos y mis sueños en todas las etapas de mi vida lectora. Siempre disfruto, siempre aprendo, siempre me arrodillo.

Y sólo nos queda el silencio. ¡Qué deliberado acopio de palabras malgastadas tiene esta entrada! Lo mejor, las páginas que nos quedan por leer, los libros que quedan por escribir, por descubrir. Y el sueño de poder conseguir decir las cosas mejores con las palabras más bellas. ¡Quién tuviera ese don, ese privilegio!

Por Raúl, hace 6 meses y 21 días

La letra sin fin

Pollock Blog 3: Down

Babelia, el suplemento cultural de El País, dedica todo un reportaje a la «Literatura sin papel». De especial interés para los aficionados al blog como nuevo medio de expresión cultural es el artículo de Edmundo Paz Soldán, titulado «El 'blog' y la literatura del siglo XXI». Así que nada, estudiantes y estudiosos del futuro: ¿analizaremos algunas manifestaciones de la Burgosfera como quien analiza el papel de las revistas literarias en el siglo XX? Las jornadas sobre literatura y periodismo de la UBU (Mutantes: las palabras en la Red) han sido una muestra de que la Universidad puede (y debe) estar atenta a las nuevas iniciativas culturales y literarias, y no sólo beber el agua del pasado.

 

(La fotografía es de sonojacker