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Malos

Hoy la cosa va de espías. No sé qué tienen los espías, que nos atrapan: será por su doble vida (ser una persona y la contraria, qué maravilla), el secreto (el suyo, oculto; y el de los demás, siempre desvelado), el doblez (personajes sencillos siendo complejos y complejos siendo simples). Y la tensión, dios, la tensión. El espía cumple a la perfección la máxima de que los malos son los mejores (de hecho, esta entrada me sirve para recuperar aquella serie de entradas que escribí hace ya mucho tiempo) porque, a mí por lo menos, no me gustan nada los espías buenos, sino los del lado contrario y, más todavía, los que descubren en un momento determinado que ya no tienen bando ni más bandera que la de unos principios básicos que son cuestionados y cuestionables.

Me encantan las series de espías. De hecho, ahora mismo estoy viendo tres de forma simultánea: The Americans, Oficina de infiltrados y El mismo cielo. The Americans es una de mis preferidas. Nada menos que una pareja de espías rusos viviendo en los Estados Unidos de la Guerra Fría, viviendo durante años como estadounidenses, con hijos ya norteamericanos y con un agente de la CIA como vecino y amigo. ¿Se puede pedir más? Sí, porque, desde le primer momento, nos ponemos de su parte. De hecho, incluso nos rebelamos ante la mayor frialdad y crueldad de Elizabeth. Dudamos a veces del bando en el que está Philip, más vulnerable, hasta que, pasadas las temporadas, todos (y muy especialmente los secundarios, rusos y norteamericanos) empiezan a colocarse en los ángulos incorrectos. El mismo cielo (The Same Sky) es una serie de factura alemana con una pinta magnífica: para mí, no acaba más que empezar (solo he visto dos capítulos), pero ya apunta maneras. Un espía de la RDA en la Alemania aliada. Cara dulce y aniñada en apariencia pero un fondo oscuro que no sabemos adónde nos llevará. Todo lo que pasa más acá y más allá del muro, con un túnel subterráneo en construcción y unas vidas en proceso de destrucción. ¿Podemos pedir más? Oficina de infiltrados (Le Bureau des Légendes) es una serie francesa de espías ambientada en la actualidad. Podría ser porque habla de islamismo radical y todos sus vértices, pero lo es más porque nos gusta su protagonista, Malotru, un personaje que, aparentando serenidad y profesionalidad, oculta un torrente de emociones que le llevan a tomar decisiones. Y hasta aquí puedo escribir.

El año pasado, ya nos dejábamos cautivar por El infiltrado (The Night Manager), con un Hugh Laurie que no hace de bueno cabrón sino de cabrón y malo y traficante de armas, y un Tom Hiddleston que hace de un impecable Jonathan Pine. Y también por Deutschland 83, otra serie alemana con jovencito de la Stasi infiltrado en la Alemania Federal. Nos pone en tensión, nos cautiva y, por el mismo precio, nos acompaña con una genial banda sonora de la música de aquellos años, que no son un descubrimiento para nosotros, pero sí lo son para Martin Rauch, su protagonista. Y no hablaré de 24, porque ya lo hice en su momento. No la considero una serie de espías,  como tal, pero nos hace replantearnos mil y una veces quiénes son los malos. ¿Seguro que lo sabemos? Solo por el formato, ya les tenían que haber hecho un monumento.

Sí, la vida es un toma y daca entre lo que sabemos y los secretos de los demás. Por eso nos gustan los espías. Entre las películas de espías, hay mil. Por supuesto, Con la muerte en los talones (North by Northwest), porque, por muy a salvo que estemos, un día podemos convertirnos en George Kaplan cuando nos creemos que somos el de siempre. Pero, para mí, nunca ha habido un espía como el de Operación Cicerón (5 Fingers). Porque la dirigió  Mankiewicz. Porque el espía es James Mason. Y porque siempre hay alguien que consigue su sueño… aunque no seamos nosotros.

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Esta entrada está dedicada al equilibrio emocional de los que tenían un complejo de culpa por alegrarse de la desgracia ajena. Mina Cikara y Susan T. Fiske, de la Universidad de Princeton, están ahí para no quitar nada a nuestras alegrías y restar gravedad a nuestras penas.

Todo parte de una bonita palabra alemana, Schadenfreude,  que es precisamente eso, el sentir placer ante el dolor ajeno. Y se puede demostrar científicamente: lo delatan los músculos de nuestras mejillas, ya que sonreímos ante situaciones de desgracia o malestar ajeno. Por lo tanto, dejamos de lado nuestra empatía cuando se trata de ver al rival pasándolas canutas. Porque no somos malos y crueles de forma discriminada, sino que este sentimiento se produce, ante todo, ante personas a las que envidiamos. En ese grupo, por supuesto, encontramos a los ricos, que provocan de forma unánime nuestra hilaridad. Hasta tal punto, que estaríamos dispuestos a darles una pequeña descarga eléctrica para que espabilen. Lo podemos trasladar también al terreno deportivo: en uno de los experimentos, se demuestra lo que ya sabíamos por malvada experiencia: no solo nos alegra que gane nuestro equipo favorito, sino que también nos hace mucha gracia que pierda nuestro rival más denostado.

Como somos muy humanos –es decir, muy biológicos y muy sociales–, queremos que a la gente “bien” le vaya bonito mientras nosotros estemos allí cerca, con pleno beneficio. Eso sí, en cuanto las cosas pintan mal, nos alegramos de sus males a base de bien. ¿Que el país va bien? Pues alabamos a los políticos. Pero, en el momento en el que la cosa se pone chunga, se pueden ir preparando. Y ahí está el interrogante de si es bueno establecer un sistema en una organización o en una empresa. Sí, mientras todo vaya bien. Es decir, hasta que encontramos a nuestro envidiado de turno teniendo que pasarlas canutas.

Las investigadoras se preguntan si esto es una patología. Y dicen, con razón, que no. Que, simplemente, somos humanos. Para eso tenemos mejillas y sonrisa. Como las hienas.

(Imagen de José García)

Referencias bibliográficas:

  • Información obtenida en el Princeton Journal Watch.
  • Cikara, M., & Fiske, S. T. (2013). Their Pain, our Pleasure: Stereotype content and Schadenfreude. Annals of the New York Academy of Sciences , 1299, 52-59. El resumen del artículo puede consultarse aquí.
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Siempre me lamento de no ser “más malo”, que no peor. Me queda el gusanillo dentro. Mi serie de “Los malos son los mejores” me resarce de mis carencias, me pone a tono con el mundo y me equipara a lo malo-malísimo que nos ampara más para fuera, pero también para nuestro interior, que acecha sin que nos demos cuenta. Ser malo nos protege de las inclemencias, de los temperamentos. Si son buenos, para que se jodan; si son malos, para ganar la carrera de la perversidad.

En mi todavía reducida cuenta de modelos dignos de elogio, me había olvidado yo de la femme fatale, esta mujer que le mira al protagonistas de las novelas y las películas de cine negro un poco de través, entre peligrosa, inocente y astuta, y de la que el sujeto se enamorará hasta las trancas. Mujeres que son malas pero que no lo parecen, o que lo parecen y lo son, pero siempre definidas por la belleza, por la elegancia y por ser muchísimo más astutas que los hombres, tan incautos ellos, que se dejan engañar, que quieren ser engañados o, simplemente, que las contemplan como las vacas al ver pasar el tren.

El otro día revisité Perdición, una película de las épocas añoradas en las que el Cine se escribía sin mayúsculas y le volví a dar un par de vueltas al asunto. Walter Neff (Fred MacMurray) se las da de listo para buscar el modelo de asesinato más rentable, mientras Phyllips (Barbara Stanwyck) ya le había dado las vueltas por anticipado para dárselas a Neff con queso. Pero querría hoy recordar a una mala-malísima que recupera la esencia de la femme fatale hasta las últimas consecuencias. Se trata, cómo no, de Jessica, la bellísima dibu de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? tiene una de las mejores frases de la historia del cine, para mi gusto: “Yo no soy mala, es que me han dibujado así” (tiene otra más sicalíptica, que recordamos al lado cerdete de los lectores del blog: “¿Tienes un conejo escondido en la gabardina o es que te alegras de verme?”).

Y el “es que me han dibujado así” me lleva a enlazar con las “otras cuestiones”. La identidad de Chipirón Negro ha sido atribuida a diferentes personas. Se han establecido cotejos, análisis psicológicos, evidencias, marcas de nacimiento y –casi, casi– análisis genéticos. Ante ellos, creo que ya dije en una ocasión que yo poco podía decir que no hubiese dicho Flaubert. Cuando al escritor francés le preguntaron quién era madame Bovary, no dudó en contestar: “Madame Bovary soy yo”. Y sí, Chipirón Negro soy yo en la medida en la que yo filtro sus mensajes, la pongo en una entrada y no en otra, omito muchas cosas que dice y otras las cambio de orden. Es mi obligación como autor y –casi siempre– narrador de este blog. Para los chipironnegroescépticos, vuelvo a repetir que tiene una existencia real y efectiva que está fuera de mí mismo. Lo que ya no sé es si tiene veinticuatro u ochenta y tres años, si es analista financiera, diseñadora gráfica o, simplemente, es un viajante de géneros textiles de Sabadell.

Si mi opinión vale de algo –y, en este caso, es tan válida como la de cualquiera–, creo que Chipirón es una mujer. Coincido con Yago en que tiene pinta de ser lista o, por lo menos, muy observadora de pequeños detalles. Y no sé nada más, ni nada menos.

Por lo tanto, yo me he encargado de “dibujar” a este personaje, que tiene su trasunto en el mundo real (o todo lo real que es el mundo cibernético). Y, por último, os preguntaréis por qué hablar de Chipirón al hablar de las femmes fatales, y yo sólo puedo decir que no lo sé, la dibujé así. Pero tiene pinta de tener un lado oscuro, que es el que saca a pasear en/con este blog. Pero seguro que, más allá del código binario, tiene un corazoncito que late al mismo ritmo que el del resto de los mortales… y una sonrisa pícara que piense: “Garbanzo negro, siempre estás equivocado”.

(La ilustración pertenece a Tim O’Brien, vía Pasa la vida)

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Compilación 

Pars pro toto. Totum pro parte. Dos maneras de representar las cosas y las ideas. Sinécdoque: prodigioso mecanismo (nada artificial, por cierto) para decir cosas diciendo otras. Hoy no hablaré del todo, porque hablaré de las partes. Si hablamos de la falta de nobleza de espíritu, máxime si éste es diminuto. Si hablamos de falta de lo necesario, siendo esto lo que quiera que sea que nos falte. Si hablamos de desdicha, desgracia e infelicidad, dichas de modo más bien negativo, encontraremos algo más que la suma de esas partes: la palabra que engloba y la palabra que define a muchos seres y a personas. En los días en los que sería fácil pulsar teclas con ligereza excesiva, las partes expresan el mundo. La retórica “dice el mundo”. Las consecuencias las marca la filosofía.

 

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Blood Nose, de Steve Kay

A vuelto la moda de la sangre (si es que alguna vez había dejado de estar presente). La sangre es un símbolo de muchas cosas pero, por encima de todas, es imagen pura y nítida de la vida, por serlo también de la muerte. El personaje que mejor encarna este imaginario de la sangre es el vampiro, un no-muerto que vive a perpetuidad si no hay estaca a mano que lo remedie. El relato vampírico suele estar lleno de elementos mesiánicos y sexuales entremezclados con el anhelo de trascendencia y ha estado presente desde hace siglos en muchas culturas. Tuvo su investidura en la categoría de mito cultural con el Drácula de Bram Stoker (nunca hubo una novela más moderna, con todos los adelantos de la época mezclados con la atávica sociedad anclada en el Medievo), aunque existen magníficos precedentes, que pueden deleitarnos en la magnífica antología que Círculo de Lectores editó hace ya unos años. La literatura y el cine, desde muy pronto, siguieron el reguero de esta sangre maldita con mayor o menor fortuna, pero también con mayor o menor distorsión del mito original. La deformación ha llegado hasta tal punto que casi todos creemos saber muchas cosas sobre el Drácula auténtico (el Drácula “auténtico” que conocemos, no Vlad Tepes, el Drácula auténtico, héroe nacional por su lucha contra la invasión otomana: un buen ejemplo de que a veces es más auténtica la ficción que la realidad) pero siempre descubrimos ángulos originales si volvemos al noble valaco de Stoker.

Me gustan los vampiros, aunque nunca haya sido mucho del género del terror por el terror, del mismo modo que me ha gustado 007, aunque no me suelen gustar esas películas de acción que agitan demasiado el Martini en los cócteles del efecto especial. Y he seguido los relatos de vampiros con interés, aunque no con exceso de preitesía. Lo he seguido desde las grandes obras maestras hasta obras menores y he encontrado cosas interesantes incluso en éstas últimas. Me seduce, por ejemplo, la ducha sangrienta del inicio de la saga de Blade, aunque no creo que aporte mucho más al género. He leído algunas cosas de Anne Rice y viendo algunas secuencias de la película Entrevista con el vampiro sentí que podía haber sido una obra maestra, aunque le faltó un poco. Me gustó ver de lejos la crueldad de la condesa húngara Erzsébet Bathory leyendo la biografía novelada (Ella, Drácula) de Javier García Sánchez.

Aunque no me gusta seguir el hilo de las modas, confieso haber descubierto hace pocos meses la tetralogía vampírica de Stephenie Meyer. Cuando escucho o leo la expresión “fenómeno literario” me echo a temblar, porque creo que los mayores fenómenos literarios son Cervantes, Shakespeare o Proust, por citar tres evidencias, que suelen calificarse de otras maneras más alejadas de las técnicas de mercado. No obstante, empecé Crepúsculo y su lectura me resultó entretenida, siempre que uno tenga sus neuronas adormiladas en tardes de diciembre. Ahora estoy con Luna nueva, y creo que hasta aquí hemos llegado. Este “fenómeno”, que ahora es mayor porque lo vemos en las pantallas de cine, es bastante representativo de lo que es la cultura mediática contemporánea. Los vampiros protagonistas de Meyer son vegetarianos. Y buenos. Y castos. Es decir, el sinónimo de lo poco atrayente de un vampiro y lo más lejano a su quintaesencia para aproximarse de forma ñoña al arquetipo (de la misma forma que, según escuché ayer en una radio escolar de nuestra ciudad, una profesora corregía a una niña de infantil por decir que el cazador mató al lobo en el cuento: parece que es mejor educar a los niños con la mentira que con la verdad, aunque sea cruel). A mí me gusta más lo vampíricamente correcto que el desvío pacato de los pilares de la maldad y sus vicisitudes.

Sin embargo, tenemos otro acercamiento al mundo del vampiro que guarda ciertos paralelismos con una “dulcificación” del vampiro pero que no lo eximen de su pasado glorioso. True Blood es una serie de televisión ambientada en el ambiente sureño estadounidense y esa “sangre verdadera” no es sino la imagen de marca de una sangre falsa (sintética, fabricada en Japón) y diferenciada en grupos sanguíneos que se sirve en los bares a temperatura ambiente (37 grados centígrados, claro está). El sur profundo de Bon Temps ya no lo es tanto de su pasado esclavista como de su presente anclado en el mismo pasado de siempre: el de las convenciones, los noches en el porche, la tartita de la abuela, los conocidos del pueblo siempre (al que no ha llegado todavía Starbucks) y la discriminación racial, ahora centrada en los no-muertos. Pero en True Blood vemos la autenticidad de las historias de vampiros de siempre: la autenticidad de la sangre, de la tensión, de la intriga, de la perversión, del sexo y de la violencia que emanan por encima de esos convencionalismos y se sublevan en ellos. Me gusta ver el poder de seducción de los vampiros y, llegado ya al ecuador de la serie, se me están poniendo los dientes largos.

Los vampiros han resucitado. ¡Vivan los vampiros!

(Imagen de Steve Kay)

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Dexter

Tenía muy abandonada mi serie “Los malos son los mejores” en Verba volant y la retomo una vez más con Dexter (podeís ver aquí otras entradas del blog sobre esta serie).  A los enamorados de los serial killers, no nos ha gustado nunca reconocer en voz alta la fresca sensación que nos ofrecen los asesinos en las páginas de una novela o embobados ante una pantalla, mejor grande que pequeña. De hecho, cuando alguien empieza a ver los primeros capítulos de la primera temporada de Dexter siente una repulsión primigenia que se va convirtiendo pausada y paulatinamente en comprensión. Y no es una comprensión procedente de la fascinación por lo macabro y sanguinolento: es una comprensión que procede de la asunción de nuestro lado oscuro. En esta serie de este “malo”, al que no acabamos viendo como tal,  se encuentra nuestra misma historia: la génesis de nuestra personalidad, la voz de nuestra conciencia, la contemplación de nuestras emociones, de nuestros sentimientos y sus carencias. Nos gusta Dexter Morgan porque nosotros somos él, abocados a enfrentarnos a un mundo en el que tenemos que actuar, en el que vemos todo lo externo como un escenario y a nosotros mismos como un personaje que tenemos que representar. Vemos lo afectivo brotando desde fuera hacia dentro, y no a la inversa. Esto nos provoca estupefacción, quizá porque no nos atrevemos a asumir nuestras propias debilidades. Dexter es un perfeccionista que no tiene muchos de los atributos de los héroes, pero que por eso tiene también muchas de las virtudes infrahumanas. Siendo imperfecto, no querríamos identificarnos mucho con él, porque siempre parecemos demasiado feos en un espejo. Y sí, somos Dexter. Quizá el niño que no gustaría nunca a su papá. Quizá el papá que nunca seremos.

Estoy viendo la tercera temporada de Dexter casi al mismo ritmo que el de los televidentes en Estados Unidos. Y sólo me falta el capítulo final. Seguro que será una revelación y seguro que, gracias a él, me conoceré mejor a mí mismo. Al fin. De momento, dos citas que pertenecen, respectivamente, a los capítulos décimo y undécimo de la que será la última temporada:

“Espero que nos veamos otra vez. Me gustaría conocerte mejor. Pero, ¿cuánto se puede conocer realmente a una persona?, ¿cuánto se está dispuesto realmente a conocer?”

“Si el hogar se encuentra donde tienes el corazón, ¿dónde vas cuando no tienes corazón?”

Esperaré ansiosamente las pocas horas que me faltan. Amén.

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Autorretrato04

Tengo tendencia -ya lo sabéis- al crimen y al desafuero, espero en las esquinas del alma para asaltar malos sentimientos. Me agazapo vigilante, expectante, aguardando con paciencia que las miserias de la vida salgan de su escondite. Un rayo de inquina cruza mi frente, sesgada por cuatro o cinco navajazos en una pelea callejera y autosuficiente por la dignidad humana que, como siempre, sale perdiendo en lucha desigual frente a la maldad, frente al dolor. Cual bucanero de los pasos descarriados, me apodero del botín íntimo de los incautos paseantes que ven trastabillar las monedas de oro, sus más hondos sentimientos, en un injusto pero implacable transvase hacia los bolsillos de mi corazón. Las heridas de todos los que se cruzan por mi camino supuran uno a uno todos los hálitos del vivir, que son esperanzas frustradas, desechadas por el ánimo de los mortales una a una. Soy el ladrón de vuestros sueños, el señor de la codicia, el mandamás del desafuero. Mi vista columbra todos vuestros gestos, todas vuestras inclinaciones, todo vuestro sinsabor. Espero quedarme con todo, acaparador de vuestro mundo, acumulador de esos pálpitos que un día -quizá muy próximo- no sean más que flores.

“Pero yo no he sido, y si he sido, de lo cual no estoy muy de acuerdo, sabe Dios cuánto lo siento. Ya veis que soy un pobre hombre que no ha hecho daño a nadie. Siempre he pensado en devolver las cosas… casi todas.” (“Yo no he sido”, de Fernando Pérez Álvarez, en el catálogo de la exposición Los sentidos del crimen, que puede visitarse en Burgos, del 5 al 28 de septiembre de 2008)

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Sargento Hartman

Pues sí, los sargentos son los mejores. Por supuesto, si son sargentos chusqueros y amargados, mejor que mejor. Desde el sargento Emil Foley de Oficial y caballero, abrasando a Richard Gere a flexiones (se lo merece, por guaperas), hasta el magnífico Sargento de hierro (Tom Highway) interpretado por Clint Eastwood en una película llena de matices y de aciertos (como casi todas las dirigidas por Eastwood). En esta última, asistimos al cambio de camisetas de entrenamiento más ingenioso de la historia del cine. No obstante, si de elegir sargentos se trata, me quedo indiscutiblemente con el sargento Hartman de La chaqueta metálica . Frente a la opinión de muchos sobre el filme, prefiero sin lugar a dudas la primera parte de la película, con ese tiránico sargento pariendo exabruptos, poniendo motes (¡qué bella la era de lo políticamente incorrecto!), vejando al “recluta Patoso” a base de bien e intentando hacer la vida imposible a quienes tendrán la obligación de hacer la vida imposible a los enemigos de América. Bueno será recordar alguna secuencia: 1, y 2.

En torno a estas pelis, me gustaría acabar con tres pequeñas observaciones (y un colofón). La primera, que odio con todas mis fuerzas a Constantino Romero doblando con su espléndido vozarrón la voz mucho más rasgada de Eastwood. La segunda, que la traducción de la expresión chaqueta metálica no puede ser más desafortunada en español: ¿acaso los revestimientos de la munición se denominan chaquetas?. La tercera, que mi afición por lo castrense, afortunadamente no ha ido nunca más allá del cine. Mi único contacto con el ejército fue que me declarasen “inútil total”: el insulto me supo a gloria bendita.

(Y el colofón, que pese a que el gran Blogófago me obsequió con las indicaciones para que los vídeos se vean en una bonita pantalla emergente, todavía no he sido capaz de hacerlo como es debido. Debo de ser un “bloguero patoso”).

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La mirada

Ando entre desesperado e incrédulo. Una serie de misteriosas coincidencias empiezan a dominar mi vida y van a llegar a poder conmigo: es ya conocida por los asiduos parroquianos de Verba volant mi preferencia por los malos, a los que voy dedicando toda una serie titulada “Los malos son los mejores”. Pero, últimamente, las cosas se ponen feas: hago un test de personalidad y se me diagnostica como triunfador con tendencias psicópatas y asesinas. Blogófago propone un meme como experimento divertido y, sin que medie ninguna otra voluntad que la del azar, a mí me sale una portada de disco cuyo grupo es Horror Conventions, el título del trabajo es “Otherwise they’ll kill you” y la foto es una sombra acechante. Dedico una entrada a Dexter y tres personas, sin ninguna relación entre ellas, me dicen que, cuando ven la serie, les recuerda mucho la personalidad difusa y obtusa de Dexter Morgan a mi forma de ser (por lo visto, difusa y obtusa). Y no es menos cierto que tenía unas notas tomadas con unas reflexiones del angelito psicópata: “¿Soy bueno? ¿Soy malo? Dejé de preguntarme esas cosas. No tengo las respuestas. ¿Alguien las tiene?” y quería ilustrar esos pensamientos para reflejar mi manera de concebir el mundo. Yo creía que todos éramos así, pero se conoce que respondemos principalmente a estos parámetros la ficción (Dexter) y yo (¿realidad?).

Por cierto, un antiguo vecino mío lleva pasando a mi lado tres veces sin saludarme, con mirada displicente. Y yo, como Hannibal Lecter, no soporto la mala educación. Voy a tener que darle unas lecciones…

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Dexter

En fechas cercanas a mi tercera entrega de Los malos son los mejores, dedicada a Hannibal Lecter, Rosa Montero -siempre apasionada, para bien y para mal- se marcó un artículo furibundo en contra de la serie Dexter y lo que este tipo de ficción televisiva representa. Cuando ya tenía preparada una réplica a las líneas de la escritora, Hernán Casciari tuvo una aportación genial en su Espoiler titulada La abuelita de Rosa Montero. Es una entrada llena de inteligencia, sentido común y, sobre todo, conocimiento. Entre otras cosas, vincula lo que escribe Rosa Montero sobre la televisión actual contrastándolo con lo que hubiese podido escribir su abuela en lo que concierne a la literatura del XIX.

Por aquel entonces, yo todavía no era la persona inmensamente afortunada que soy ahora, dado que he incorporado a mi imaginario cultural la primera temporada de Dexter (y con la segunda ya empezada…). Advierto a los descreídos que intenten emprender el camino que quizá en los dos o tres primeros capítulos sólo encuentren algunas obviedades sobre la maldad interna de los asesinos en serie. Pero, a medida que os vayáis impregnando en la sutil maldad de Dexter Morgan, las evidencias psicoanalíticas de manual empezarán a dar paso a una construcción de un ente ficticio de gran riqueza y complejidad. Dexter es malo y, en el fondo, nos gusta que lo sea. Y no por el código moral con que le alecciona su padre adoptivo sino, porque, en el fondo, todos somos Dexter, pero en fino y sin que gotee la sangre a nuestro alrededor. El cazador cazado, la caza por la caza, la muerte y los sentimientos, nuestros sentimientos de culpa (y la ausencia de la misma). en el fondo, todos somos un poco como él, nos guste (como a él) o no nos guste (como a Rosa Montero):

Soy Dexter y no sé lo que soy. Sólo supe que había algo malo en mí y lo oculté. No hablo de ello, pero ese pasajero oscuro se encuentra siempre ahí. Y cuando tengo el control me siento vivo, medio enfermo con el escalofrío de un completo error.

Maté a la única persona de la que no necesitaba escaparme. Y soy el único que llora su muerte. Soy suyo en sus sueños más sombríos.

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