— Verba volant

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Nochebuena

Hoy, siguiendo la tradición, he vuelto a ver ¡Qué bello es vivir! Si la película la hubiese dirigido cualquier otro que no fuese Frank Capra, la cosa hubiese tan empalagosa que no hubiese habido quien se la tragase. Pero Capra es el maestro de controlar hasta el límite la emotividad de sus películas. Este filme es un derroche de emociones controladas porque está enmarcado en la forma de un cuento tradicional, con un malo muy malo y un mundo idealizado envuelto en la amenaza del capital. Vista a día de hoy, puede ser muchas cosas, pero una muy obvia: una defensa del ser humano por encima de los intereses y las especulaciones. Obviamente, también contiene altas dosis de la moralina típica de muchas películas del Hollywood de la época. Todo un ejemplo de individuos marcados por un destino siempre positivo, pase lo que pase.

A día de hoy, he escrito ya unas cuantas entradas de Nochebuena. Hoy vamos a dejarlo con esta película, con George Bailey, en Bedford Falls, esa localidad inexistente tan cercana a Buffalo. Dejémoslo anclados a las 22.00 de un 24 de diciembre, conscientes de que los ángeles no existen. Y, si existen, nunca tuvieron alas.

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La cena de Nochebuena

Finalizando ya los vericuetos de la Nochebuena (I y II), escribo el remate final. Mi propósito era haberlo hecho en tiempo real, pero la cosa se puso algo triste en la entrada anterior y creo que no era momento de caer en lo melodramático. A un tris he estado de borrar la entrada anterior, escrita con el corazón y con el impulso, con mucho de confesión impúdica. Pero ahí se va a quedar.

A medida que pasaba la noche, fui traicionando alguno de mis principios. Pero no todos.

  1. Pasé, en efecto, la noche solo. Y no busqué ni siquiera el refugio del móvil más que en un caso más que justificado: hablar con mi hijo. El recuerdo de los ausentes (con el cuerpo -mi padre- y con la memoria -mi madre-) fue muy doloroso. También lo fue estar separado de mi hijo, que es algo así como más de la mitad de mí. Pero también tuvo su parte de consuelo, como se tendrá ocasión de comprobar en el punto siguiente.
  2. Primera traición: abrí una lata de bonito… pero la mezclé en una ensaladilla. Congelada, eso sí. También mastiqué despacio. Y añadí algo que rondaba en el frigorífico: una sabrosísima carne guisada que estaba haciendo guardia desde la comida. Y ahí entró parte del consuelo: no tuve que ver manteles carísimos conjuntados con velas haciendo juego. No tuve que ver desfilando platos con nombres de cinco líneas (la chuminada esta de la nueva cocina, que ha recuperado la tradición de los larguísimos títulos de los libros del siglo XVIII). Me perdí -esa suerte tuve- conversaciones intrascendentes adornadas con pretensiones mil, alejadas de la naturalidad y del sentido común. Es decir, me ahorré la parafernalia. Es decir, cené bien.
  3. Vi la tele, pero sólo un poquito. Y no exactamente la tele, sino una película que tenía grabada. Tengo la costumbre de ver muchas películas en porciones, a veces muy pequeñas.
  4. Escogí el bonito y tradicional objeto navideño. Hasta le he dedicado una foto plagiada. Pero no lo exprimí hasta sus últimas consecuencias.
  5. Escuché mucha música. Y el iTunes en modo aleatorio me deparó maravillas (a veces hice trampa, y me salté alguna horterada). Así que, pese a estar solo, estuve acompañado por Wagner, Mozart, Bach, Diana Krall, Jean Michel Jarre, Miles Davis, Calamaro, Aute, Silvio, Sabina, Eartha Kitt, Gianna Nannini… Y, en efecto, escuché a Los Secretos: “Hoy he soñado con otra vida, con otro mundo. Pero a tu lado.” “Ya no persigo sueños rotos: los he cosido con el hilo de tus ojos.” “Ahora estoy solo y arrastro mi dolor.” ” Y mientras en la calle está lloviendo, una tormenta hay en mi corazón”. Pero el rey de la noche fue John Lennon. Y no pude tener mejor compañía. Escuché la maravilla navideña titulada “Happy Christmas (War is over)”. Y muchas otras. Repetidas y repetidas. Siempre diferentes.
  6. Me acordé de alguien. Para bien. Para mal. Como reconozco que no soy una hermanita de la caridad, me acordé para mal de unos cuantos. Y el tiempo me da la razón. Pero tampoco merecen muchas ideas ni muchas líneas. Ni en mi cabeza ni en este blog.
  7. No creí oportuno escribir una entrada en los minutos próximos a las doce de la noche. Quizá hubiese puesto cosas de las que me hubiese tenido que arrepentir. Hay mucho bicho por ahí suelto…
  8. No me fui a la cama leyendo a Rilke y sus Elegías de Duino. Pero sí me acordé a lo largo de la noche de algunos versos, que siempre guardo en algún lugar recóndito de mi memoria. Obviamente, no voy a cascarlas aquí todas. Así que el atrevido, que se atreva. Sólo abriré apetito a los sensibles con el principio: “Quién, si yo gritara, me escucharía entre los órdenes /angélicos?” “La belleza no es nada sino el principio de lo terrible”.
  9. Me fui a la cama. Y leí, como todos los días. Y dormí, como todos los días. Y esperé a que llegase un nuevo día, como todos los días.
  10. Y ese día, afortunadamente, llegó. Y, pese a la tristeza, también hubo felicidad (o, como le gusta decir a Rojas Marcos, “satisfacción con la vida en general”). Y de eso hablaremos: de felicidad y de resiliencia. Por extenso. Pero otro día.

 

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Ya dediqué una entrada de este blog como declaración de principios para esta Nochebuena. Antes de comenzar, empezaré con una duda. No sé cuándo empieza la Nochebuena: ¿cuándo anochece?, ¿cuando se cena?, ¿cuando nos viene en gana? Yo he comenzado mi Nochebuena, arbitrariamente, cuando he salido a correr.

En Nochebuena, a correr...

Me ha parecido una buena manera de empezar. Como atestigua el cronómetro (las prendas, obviamente, representan el antes y el después), he corrido poco más de una hora. Y la calma en Fuentes Blancas era absoluta, salvo algunos inoportunos petardos que se oían lejanos. El número de zumbados que pasean por allí a esas horas este día es muy reducido, y todos volvían. En el momento que sigues y se difumina la luz de la última farola, te encuentras a medio camino entre el fin del mundo y la dicha absoluta. En contacto sólo con tus zapatillas, tu respiración y tu corazón.

Quizá a todo el que lea estas entradas dedicadas a la Nochebuena todo esto le suene a salida de pata de banco, a friki absoluto… No sé. Tengo motivos para que no me guste la Navidad. Presentes y pasados. Eso no me ha convertido en el típico gruñón con el discurso antinavideño al uso, ni me gusta ir por ahí desencantando a nadie. Es una historia personal.

Los primeros recuerdos que tengo de la Navidad, cuando era niño, son recuerdos de silencios. Mi padre atravesaba una depresión que duró años y en casa no se podía decir una palabra más alta que otra. Recuerdo como si fuera hoy a mi madre que decía: “Raúl, no hagas ruido, que papá tiene que descansar”. Y mis juegos, mis azares y mis ilusiones discurrieron así, en silencio. Eso, probablemente, me convirtió en un lector temprano. Quizá convendría apuntar aquí que no me considero un niño frustrado, ni ninguna otra chorrada parecida. No creo que tenga ningún trauma de infancia o adolescencia que me haya hundido en el abismo. Ni creo que mi personalidad sea debida a explicaciones facilonas de manual. Hoy no tengo ganas de hipervínculos, pero si tecleáis por ahí la palabra resiliencia, quizás entendáis mi manera de ser mucho mejor.

Bueno, lo de mi padre se pasó. Afortunadamente. Y mi infancia siguió discurriendo por su senda normal. Pero un día de abril, cuando tenía doce años, mi hermano (de diecinueve) murió en un accidente durante una travesía de montaña. Se cayó por un precipicio mientras esquiaba. No recuerdo cuánto tiempo estuve con pesadillas, con recuerdos mal asimilados, con un dolor profundo que un niño no puede explicar. Desde entonces, en mi casa las navidades fueron las de una familia rota por el dolor y por el recuerdo. El Vuelve a casa por Navidad de El Almendro se convirtió en la evidencia dolorosa de que la familia ya no será el hilo de nuestro futuro.

Tengo ahora, a dos metros y medio, una fotografía familiar. Y, no sin cierta angustia, noto ausencias obligadas. Mi hermano, que ya sólo aparece al fondo, en una foto. Mi padre, muerto hace menos de un año. Mi madre, con un alzheimer que corroe su memoria: ya no se acuerda de quién, soy y su mirada, cada vez más perdida, señala el vacío. Otras, son ausencias circunstanciales. La vida (y el azar) ponen las cosas en su sitio, aunque sea un sitio equivocado.

Este es el primer capítulo de mis “Cosas que hago esta Nochebuena”. Espero seguir con otro. En todo caso, no ha sido una mala manera de empezar.

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El árbol de Navidad en el Rockefeller Center. Qué bonito...

 

  1. Pasar esta noche mágica solo.
  2. Abrir una lata de bonito, servir su contenido en un plato y masticar despacio. Añadir algo más, lo que se tercie, lo que esté de guardia en el frigorífico.
  3. NO ver la tele.
  4. Escoger un bonito y tradicional objeto navideño. Por ejemplo, éste.
  5. Escuchar un poco de música. Al final, seguro que escucharé a Los Secretos. Primero escucharé ésta y luego, seguramente, esta otra. Y luego dejar iTunes en modo aleatorio.
  6. Acordarme de los muertos (perdón, ¿no se verá la tachadura?) de alguien. No todo van a ser buenos sentimientos…
  7. Intentar escribir una entrada de Verba volant en los minutos próximos a las doce de la noche para contar la experiencia.
  8. Irme a la cama leyendo en voy alta las Elegías de Duino de Rilke.
  9. Dormir, dormir y dormir. Esperando que llegue un nuevo día.

A ver si hay suerte.

 

(La foto es de picassina)

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