Por Raúl, hace 6 meses y 4 días

El silencio y la muerte

El triunfo de la muerte

Ayer fue un gran día. Una visita al Museo del Prado me permitió comprobar que hay ocasiones en que los museos son museos, que hay momentos en los que estos egregios edificios no son los parques temáticos en los que las administraciones, la sociedad, los individuos queremos convertirlos. La cola de la visita gratuita auguraba malos presagios pero, una vez diluida la multitud en la inmensidad, las dos horas de plácida visita me permitieron que las obras y yo nos mirásemos frente a frente, de tú a tú. Y tener una conversación privada con los maestros de tu imaginación es un lujo por el que hay que dar las gracias. Hacía mucho que no tenía el privilegio de que Velázquez me hablase de su aire con susurros siendo yo, pobre de mí, protagonista de su propia obra; Goya me explicó el expresionismo (y el impresionismo) diciéndome de que esos movimientos no son un invento del siglo XIX (llegó a confesarme que era una leyenda urbana); Ribera, que se puede dialogar con el contraste y la oscuridad en tensión magnífica. Pero reconozco que yo, cuando voy al Prado, mantengo las conversaciones más delicadas, de esas de las que fuera de un museo sólo se toman con una caña por delante, con El triunfo de la muerte de Brueghel el Viejo (pinchando sobre la imagen, podréis verla en su máxima resolución) . También es cierto que, siempre que lo veo, he tenido la suerte de mirar de nuevo la muerte en silencio. Como habrá que hacerlo cuando la muy puta invada nuestro destino.

(Esta entrada reconforta, después de un día horrible de julio, que me llevó a dudar de la existencia de las obras maestras)

Por Raúl, hace 8 meses y 3 días

Leer, leer y leer (VI): ¿crear, construir, fabricar?

Cardiff Library (Temporary building)

Noah Gordon escribía a finales del año pasado un artículo titulado «Anatomía de un best seller». La entradilla del artículo me pone los pelos de punta: «¿Hay alguna fórmula para escribir un libro que venda miles y miles de ejemplares». En el trasfondo de esta pregunta se encuentran agazapados los conceptos de fabricación, construcción y creación, y, en la capa más superficial, flota el concepto de venta, dinero y fama. Quiero dejar muy claro que a mí no me molesta que los creadores ganen dinero con sus obras: lo importante no se encuentra al final, sino al principio. En cualquier campo artístico podemos encontrar creadores que se ganan muy bien las alubias y que han contado con el aprecio directo de los receptores, sean éstos (o no) consumidores. Mejor para ellos. La tendencia a medir el éxito de un pintor por el precio de sus lienzos, el de un escritor por vender tropecientosmil libros o el de un cineasta por haber conseguido llevar al cine a nosécuántosmillones de espectadores que han dejado en taquilla muchos muchos miles de euros (sin contar las palomitas) no es sino un claro exponente de una sociedad que, en pleno urinario público, expone su miembro frente a su compañero de excreción para ver quién la tiene más grande. Con su pan se lo coman... siempre que se laven antes las manos.

Para mí, el problema radica en que una obra nazca con el propósito directo de vender ejemplares. Quizá tenga prejuicios, y quizá por ello no haya leído nunca un libro de Noah Gordon. Quizá tenga prejuicios, y quizá por ello me haya leído Los pilares de la tierra de Ken Follett hace muy poco tiempo. Pero, liberados los prejuicios, al leer la novela, lo hice enganchado a ella durante unos poquitos días de verano y me lo pasé bien... pero nada más. Con este juicio me habré ganado la animadversión de los pocos sufridos lectores que hayan llegado hasta aquí en el peregrinar de estas palabras volátiles. Y creo, además, que Ken Follett ha sido un excelente fabricante en esta obra. Construir bien una novela (creo) es otra cosa. Para no poner unos ejemplos con los que se me acuse de elitista, podemos mencionar El nombre de la rosa de Umberto Eco. El semiótico italiano sabía muy bien lo que se estaba haciendo al escribir esta novela, conocedor como pocos de la cultura de masas, de los procesos culturales y de los mecanismos y expectativas del receptor. Pero lo hizo con gran precisión, elegancia, inteligencia... y hasta sensibilidad. Y ganó mucho dinero, pero primero construyó una gran novela.

Ambas cosas, fabricación y construcción, llevan aparejadas muchas horas de trabajo. Y se fabrican y construyen merenderos para llevar a los amiguetes a asar chuletas, casetas para el perro, grandes mansiones horteras, catedrales góticas, museos de la evolución y muchas otras cosas. Todas estas cosas son más útiles (incluso algunas más útiles que otras, para qué engañarnos), pero tienen diferentes grados de construcción. ... Y, entre ellas, también, alguna vez, salta la chispa de la creación. La palabra crear suena a algo divino, y creo que en el fondo se merece el adjetivo, aunque se fundamente en el sudor conjugado con el talento. Y me quedo con la expresión «best seller vertical» (creo que aplicada por Carlos Bousoño a la poesía): me fío del criterio de los siglos, que ha aupado a escritores olvidados y ha envilecido a juntadores de letras muy famosos en su tiempo (lo cual no quiere decir que el destilar del tiempo no origine también sus obligadas injusticias). Y creo que Cervantes, Proust, Stendhal, Galdós, Lorca, Góngora, Valle, Dostoievsky, Homero, Dumas (sí, lo voy a poner: así se podrán criticar con más facilidad mis argumentos), Conrad, Dickens, Kafka, Stevenson, Rilke, etcétera, etcétera, etcétera, de fabricantes no tenían ni un dedo. Construían para crear. O creaban para construir. Y me gusta habitar bajo su mismo cielo.

Yo, para pasar la noche, puedo dormir en la caseta del perro o en el merendero de un amigo. Para vivir, me conformo con casi cualquier cosa. Para soñar, prefiero la quintaesencia de lo divino. ¿Elitista? No, exigente.

(La foto es de Arkadyevna)

Por Raúl, hace 10 meses y 2 días

Los malos son los mejores (III): Hannibal Lecter

La mirada de Hannibal Lecter

Vaya por delante una declaración de principios de la que ya hablé someramente en el primer artículo de la serie Los malos son los mejores dedicado al Coyote: me horroriza la violencia en nuestra vida cotidiana en cualquiera de sus manifestaciones. Y, aunque hace años la casquería tenía hasta un periódico propio (El Caso) y los casos de asesinatos siempre han sido muy del gusto del morbo popular, en la actualidad los programas de televisión y amplias secciones de los telediarios cuentan con una variada exposición de despojos humanos varios tan grande que me extraña que nos horroricemos de la mojigatería que tiene esta misma sociedad con respecto a los productos de ficción. Creo que el arte y la ficción nos sirven de cura, alivio y escape frente a nuestra dura, triste y monótona vida normal y que un poco de «maldad» en la ficción no nos hace más violentos, sino que nos resarce pacíficamente de ese impulso hacia el thánatos. Menos mal que no estoy solo cuando pienso en esto: Aristóteles en su Poética nos decía que la tragedia tenía la catarsis como componente esencial y que la visión de un caballo muerto puede ser desagradable en la realidad pero amena en la ficción.

Bueno, quizá esta entrada esté saliendo demasiado pretenciosa, pero la presencia del asesino en la ficción ha sido muy del gusto de lectores y espectadores. Es ya un tópico citar a Thomas De Quincey y su obra Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes -Alfred Hitchcock nos dio una extraordinaria lección vital y técnica de esa mezcla de arte, engreimiento y realidad en La soga utilizando este asunto-. De entre todos estos asesinos, uno de mis preferidos es Hannibal Lecter. Le conocí, como casi todos, en El silencio de los corderos, la magnífica película de Jonathan Demme, le seguí, animado ya como lector en las obras del creador del personaje, Thomas Harris, me siguió cautivando en Hannibal, dirigida por Ridley Scott, el director de Blade Runner, de la que un día habrá que hablar largamente... y me apeé en El dragón rojo, que me dejó indiferente. Y creo que no es difícil conservar en la memoria a Jodie Foster acercándose a la celda acristalada del asesino sociópata, la penetrante mirada de Anthony Hopkins que desnuda toda su interior en un vistazo, un olfateo y dos comentarios atinados. Hannibal no deja de ser elegante, aunque conozcamos sus pequeñas manías y aficiones destructoras (o vivificadoras: ¿tiene algo de personaje vampírico?). Y es capaz de asesinar salvajemente a un guardia pero quedar embebido por la belleza de un pasaje de música clásica. Es impecable en sus maneras, sea con un sombrero en una ciudad italiana o ataviado con el tosco mono carcelario en su celda de aislamiento. Y siendo abominable, abomina de la grosería, de la mala educación y de la simplicidad. Pintor, músico, humanista... brasea en vivo un apetitoso cerebro; colaborador interesado, maníaco, esnifador del aliento de Clarice Starling, pero implacable con la vulgaridad. Hannibal Lecter es uno de esos personajes que nos aterra y nos encandila a partes iguales, como ya ocurría con el Norman Bates de Psicosis, aunque Lecter lo haga desde la admiración y Norman Bates lo haga desde la compasión. Curiosamente, el apocado Bates y el psicópata transformista de la primera película de la serie tuvieron como inspiración probable un asesino real, Ed Gein. Probablemente, esto no hubiese sido posible sin la maestría del galés Anthony Hopkins, talento creativo que supo transformar una adolescencia difícil en una fuerza artística que no se detiene en la interpretación, sino que también alcanza a su labor como concertista de piano (el próximo año empieza una gira) y compositor. Pero qué malos son los malos, Dios mío. Y qué miedo y placer nos dan...

Por Raúl, hace 10 meses y 18 días

Discutiendo sobre obras maestras…

En el Louvre viendo la Gioconda...

 

¿Qué son los clásicos? ¿Qué son las obras maestras? ¿Existen o las «construimos»? ¿Las disfrutamos o las contemplamos como trofeos de caza de la humanidad devenidos en objetos de culto? Viene todo esto a una visita al Louvre este verano. El Louvre es un museo que me fascina por algunas cosas (evidentemente) pero que me espanta por otras muchas. He estado allí dentro muchas horas en mis viajes a París, que intento que sean frecuentes. Y siempre acabo fascinado y horrorizado a partes iguales. No me parece malo que un museo sea popular. Tampoco me parece demasiado horrible que se utilicen ciertas obras «fetiche» como guía para el paseante. Pero todo se convierte en estupor cuando nos damos cuenta de que nadie mira, nadie observa. ¿Alguien ha podido llegar a la Gioconda y gozarla con calma y serenidad? El visitante llega a la Gioconda, pero el cuadro no llega a él. La obsesión en el Louvre pasa por «hacer(se) una foto». Casi tengo que llegar a las manos con unos japoneses que, absolutamente enajenados, daban codazos a mi hijo (nueve años...) cuando contemplaba lo más plácidamente posible una esfinge. Todo por una foto. ¿Lo importante del arte es el arte? ¿Lo importante del arte somos nosotros-con-él? Le decía a mi hijo: «Alberto, si quieres ver la Mona Lisa, te compraré un póster»... Mirad la foto que da pie a la entrada y poned al lado vuestra propia experiencia.

El tema de los clásicos y las obras maestras es apasionante. Merece la pena invertir unas horas, que nunca serán baldías, en la lectura del libro colectivo ¿Qué es una obra maestra? (Crítica, 2002). ¿Existen las obras maestras desconocidas, como en el relato de Balzac? Y los clásicos, ¿existen los clásicos, aquellos de los que hablaba Italo Calvino y que, interpretando las sabias palabras de Dámaso Alonso, son los que «tienen algo que decir, y lo dicen todavía al corazón del hombre»? Alguna de estas cosas queda en el corazón. Pero me temo que no están en las salas más vistas del Louvre. Quizá las encontremos en los recovecos de la sala vacía de histéricos turistas, en el silencio ocioso de nuestra lectura, en la magnífica Silhouette de Kenny G, que tengo la inmensa fortuna de escuchar en estos momentos. Vayamos a los museos de paseo, enseñemos las fotos a nuestros amigos. Pero mantened el recuerdo de las obras en la memoria: es mucho más fiable que nuestro disco duro.