Ayer acabé de ver Battlestar Galactica. Tengo que escribir sobre esta serie, pero lo voy a dejar para otro día porque prefiero tamizar las emociones por el filtro de las horas. Pero no puedo dejar de lado la oportunidad de tratar un asunto del que he hablado con frecuencia pero sólo de manera tangencial. Por lo tanto, hoy hablaré, en general, de las series de televisión.
Sí, yo también pertenecía a ese grupo de enamorados del cine que se negaba a ver series de televisión. Era de los que había degustado las excelencias de las mejores películas, desde el cine clásico estadounidense hasta las más arduas y elaboradas excelencias de cine-club. Desde muy pronto, mi padre me llevaba a todas las películas que había en cartelera (y, por aquel entonces, eran muchas y, sobre todo, variadas) y, más adelante, llegaba a ver más de una película diaria entre días del espectador, días de paganini, sesiones cinéfilas, vídeo y –cada vez menos– televisión. En el televisor, por supuesto, me entretuve con las series de televisión teniéndolas siempre por un género menor e intranscendente.
Sin embargo, hace años que tuve la suerte de romper de una vez con ese prejuicio que había aparejado la maldición de haberme perdido alguna de las joyas más importantes del arte cinematográfico. Glorificar el cine y penalizar las series proviene de generalizar hasta el extremo con una perspectiva cicatera con la realidad. Creo que fue Winston Churchill el que, ante la pregunta sobre su opinión sobre los franceses, dijo: “No lo sé. No los conozco a todos”. En el caso que nos ocupa, decir que el cine es mejor que las series televisivas generaliza y, por lo tanto, miente: hay películas extraordinarias y filmes aberrantes, del mismo modo que existen series bazofiescas y otras magníficas.
Creo que una parte del prejuicio procede del que las series provengan de la televisión. Como aquí todo el mundo es de lo más culto y elevado, parece que denostar los productos televisivos proporciona puntos para entrar en el limbo de la cultura. “Es que no veo la televisión” es una expresión que muchos utilizan como azote contra los incultos. Sin embargo, esto no tiene por qué ser cierto. Existe una oferta de canales especializados de pago con prestigio bien ganado, pero, además, la moderna tecnología nos permite disfrutar de estas obras sin publicidad y sin tener que esperar a que sean dobladas al español (de eso hablaremos otro día).
No voy a extenderme mucho con más razonamientos. El que sabe de lo que hablo no necesita más palabrería y el que todavía no lo sabe no lo descubrirá hasta que aparque sus ideas preconcebidas. Sólo me limitaré a dar unas cuantas recomendaciones sin orden de preferencia. El que tenga ganas de descubrir productos culturales de elevadísima calidad, todavía está a tiempo:
- A dos metros bajo tierra. El sentimiento de la muerte visto desde casa.
- Dexter. De cómo un psicópata nos ayuda a entender nuestros propios actos.
- In Treatment. A veces una sala con un terapeuta y sus pacientes nos ayuda a proyectarnos en ellos y en él, que es una persona. Como todos.
- Battlestar Galactica. Los humanos buscando la humanidad y, mientras, tanto, perdidos de salto en salto por la galaxia sin saber si lo son. O no.
- True Blood. La sangre como vida y la discriminación “racial” en el profundo sur norteamericano.
- Los Soprano. Un mafioso en terapia y una manera de comprobar que las cosas no son siempre tan obvias como parecen, precisamente porque son obvias.
- Californication. Nunca ser un escritor en crisis y pervertido fue tan divertido para él y para nosotros.
- Breaking Bad. Una historia que surge del azar y la desgracia de la vida. Paradójicamente, empieza divertida. Paradójicamente, todo se complica.
- Mad Men. El mundo de la publicidad visto desde dentro de los sentimientos de los creadores de sueños.
- Rome. La historia de un Imperio acaba siendo la comprensión de un proceso bellamente contado más que un conjunto de datos.
- Weeds. Viuda, madre… y traficante de marihuana. Sin comentarios.
Después de ver todas estas y algunas más, creo que he descubierto nuevos mundos, personajes, personas y vivencias. Y, sobre todo, creo que he ganado en sabiduría.
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