Por Raúl, hace 1 mes y 29 días

¿Tanquam tabula rasa?

Cartel

Durante mucho tiempo se ha venido asociando como más «modernos» a todos aquellos que pensaban que nuestro conocimiento procede integramente de la experiencia. Parece que eso de que nuestro cerebro «tuviese cosas» anteriores a la experiencia (las famosas ideas innatas de Platón, de Descartes...) era algo así como un exabrupto intelectual. A cualquiera que tenga dos centímetros cúbicos de sesera no se le escapará la obviedad de que nuestro cerebro viene equipado con cierto cupo de capacidades «de serie»que luego se complementarán y desarrollarán en un sentido o en otro gracias a los avatares de la vida. Aconsejo vivamente la lectura de la entrevista a Pinker (del que ya hemos hablado en otra ocasión) en la revista Muy Interesante. Nuestro talento tiene mucho que ver con la genética. Nuestra suerte, por contra, tiene mucho que ver con la Lotería. Que lo disfrutéis en estos momentos de crisis.

Por Raúl, hace 3 meses y 5 días

Politesse

 Clochard

Politesse es una bonita palabra francesa que, como todas las palabras francesas que son bonitas (es decir, casi todas), es muy difícil de traducir con idéntico significado cultural. Si decimos que significa 'educación', 'cortesía' o algo parecido, estamos en lo cierto, pero no en lo profundo de su significado en el contexto vital. Como no hay otra manera de entender las palabras de otros idiomas que vivirlas, os voy a contar lo que significa politesse. Fue en esa temporadita mágica en la que tuve la suerte de estudiar en París.  Me encontraba en una parada de metro en Clichy -una ciudad dormitorio de las afueras, en la que tenía mi apartamento- y un grupo de adolescentes descerebrados se reían de un vagabundo (clochard, otra bonita palabra francesa entre las bonitas palabras francesas). Se encontraban todos en el andén de enfrente, así que podía ver todo el espectáculo a mitad de camino entre la pantalla panorámica y las luces de bambalinas -esta vez, fluorescentes- del escenario. El vagabundo se irguió en toda su majestad,  miró a los jovenzuelos con ojos penetrantes y les señaló con un dedo admonitorio. No puede decirse que estuviese encolerizado ni fuera de sí. Estaba indignado. Y les espetó: «La politesse, avant tout». En Francia, ni un mendigo, carente de todo y lleno probablemente de etéreos efluvios de vino barato, puede admitir que se rompan las reglas de la cortesía. La educación y la cortesía, ante todo. Es lo que nos queda a los seres humanos para tener algo. Un punto de referencia. Para poder andar con el mundo con los bolsillos vacíos, pero con toda la entidad y dignidad humana llena, limpia. Egregia.

Eso ayudará, probablemente, a entender el enfado de Sarkozy en los preliminares de una intervención televisiva ante la omisión de un saludo de un técnico y una maquilladora. Y mira que me cae mal, el tío. Pero me encanta la grandeur francesa. Sobre todo, vista a la luz de los ojos ebrios de un mendigo. Porque a veces, en los idiomas, las palabras bonitas son más que palabras.

Por Raúl, hace 3 meses y 27 días

Con suspense

Petanca2

- Todo nuestro trabajo consiste en evitar la palabra que nos liberaría de tantas obligaciones.

- ¿Y qué palabra es ésa?

- Etcétera.

(Fragmento de El enigma de París, de Pablo de Santis)

Siempre que se habla de palabras se está hablando de maneras de concebir y comprender el mundo. Decir etcétera presupone una anticipación del universo como un advenimiento de lo sabido, cerrado en un paquete cuyo contenido conocemos (la palabra etcétera procede del latín et caetera, que viene a significar «y todo lo demás»). Es la manera de dar por abreviado nuestro destino, dibujado ya entre las estrellas, Si de reflejar sentidos vitales se trata, a mí me son mucho más simpáticos los puntos suspensivos, signos tan polígamos y libertinos como para dejar abiertas las enumeraciones al ordenado caos de lo incognoscible desde la duda, la insapiencia o la pereza de un comunicante que deja al oyente libertad para construir un final abierto, distinto e inesperado. Decir etcétera convertiría tristemente nuestra vida en resignación -a no ser que rompamos su lógica con etcéteras infinitos-. Pero esos puntos aliados en el número mágico de la perfección nos recuerdan que el porvenir se llama así porque no llega nunca. Y cuando llega, es para echarse a temblar: es la única verdad que encierra ese etcétera que cercena nuestro futuro.

Por Raúl, hace 6 meses y 27 días

En torno a lo grande y a lo pequeño

Lo grande y lo pequeño

Lo que tiene la realidad es que es grande y pequeña a la vez. En un día como hoy, valdría poner como ejemplo los resultados de las campañas electorales. Pero este es un blog que deja este tipo de análisis a personas más sesudas y capacitadas, y prefiere quedarse con algo más modesto: lo grande y lo pequeño. Sin más. Y una pequeña (o gran) casualidad ha hecho que en un mismo periódico destaquen como noticias cuestiones referentes a lo grande y a lo pequeño.

Empecemos por lo minúsculo. ¿Cabe una vida en seis palabras? Eso es lo que intenta explorar Smith, una revista electrónica en la que los lectores intentan desgajar sus vidas en seis palabrejas: «Naked is colder than I remember», dice uno. ¿Queda su vida representada de ese modo? El yo, la memoria, la desnudez y el frío. No está mal. Decir que una vida cabe en seis palabras es tanto como decir que cabe todo o que no cabe nada. Depende de lo grande que sea una vida y depende de lo grandes que sean las palabras, y viceversa. Yo no colaboraré con mi aportación, porque soy muy vago y porque Monterroso me parece un timo. A bote pronto, se me ocurre «Estoy hasta los cojones de todo», pero resultaría una boutade y un reflejo de un estado de ánimo deseablemente pasajero. «Me encantan las patatas fritas tostaditas» sería una banalidad muy propia de mi espíritu superficial e intranscente. «Temo al espejo que me juzga» sería una reiteración, porque lo digo constantemente, y un plagio, porque lo dijo ya Ramón Gómez de la Serna. Ese sí que era el maestro de lo breve con sus infantiles y profundas greguerías (¿acaso infantil y profundo no son palabras sinónimas?). «El beso es hambre de inmortalidad», decía Ramón. No está mal para contar una vida. Dicen que Wittgenstein, el genio de la filosofía del lenguaje (ingeniero, y lógico, y jardinero, y maestro de escuela, y escritor analítico en plena guerra, en las trincheras, y de Oxford, y de Cambridge. Todo encerrado en seis íes), acabó su participación en este cochino mundo con estas palabras: «Mi vida ha sido muy feliz». Y estas seis pequeñas palabras son tan grandes que lo mejor va a ser que pasemos a las cosas grandes.

Raul Vincent Enriquez se va al extremo opuesto, ya que se dedica a reflejar en grande lo pequeño. Este fotógrafo y vídeo-artista se ha puesto a la tarea de retratar en una pantalla gigante en pleno Manhattan a la gente corriente, monda y lironda con el lema I in the Sky. Yo no me he paseado por Times Square en mi puñetera vida (y mira que tengo ganas), así que no me hago la idea. Con lo grande no me manejo. Me dicen que el Universo tiene quince mil millones de años y siempre pido que me lo traduzcan. Pero una pequeña vida a lo grande es lo más. Es sentirse como la china que come bombones en Los Ángeles de Blade Runner en ese hipotético 2019. Ya me veo yo invitando a la gente a darse un garbeo por los orbes galácticos entre lluvia ácida, mundos decrépitos y replicantes más humanos que los humanos (Humano, demasiado humano....).

Y como no hay cosas grandes sin ser pequeño, escojo la foto que cerrará la entrada. Con seis palabras: «Qué guapo era yo de pequeño» (o qué chulito...). «La realidad, simultáneamente grande y pequeña». En seis palabras. Pero Jesulín, ya lo sabemos, era más listo: lo lograba en dos: «Im Prezionante».

De pequeño, en San Sebastián

Por Raúl, hace 7 meses y 10 días

Palabras vacías no suben al cielo

Gaviota en San Sebastián

Recibo un nuevo correo de mi visitante adicta a los garbanzos negros. Siempre enigmática, comienza su mensaje: «Felicidades, moreno. Has llegado a tu entrada 103. Espero que rehogues tus guisos a partir de ahora con un buen coñac mejor que con un mal brandy». Ya sé un poco más de ella: firma como estoyalli, y lo explica: «No es cuestión de meterse en la lógica de Coco en Barrio Sésamo, pero no estoy aquí, donde estoy yo, sino allí, donde me necesitan. Soy una especie de demonio de la guarda, envuelta en llamas y rociada de la tinta del chipirón, por si me intentan atrapar». No dejo de sorprenderme de que alguien esté tan pendiente de este blog disperso. Y estoyalli se mantiene fiel y firme en su lectura de la misma manera que se mantiene fiel y firme en su propósito de no comentar dentro de Verba volant, pese a que no le disgustó que, sin su permiso (todo hay que decirlo) hablase aquí de sus confidencias en torno a lo que significa sentirse un garbanzo negro en esta vida: «No estoy de acuerdo con que alejes el color verde de tu vida, moreno. Recuerda que el potaje de garbanzos se hace con espinacas. Y no desesperes con la falta de sal de la existencia, porque este guiso lo adereza el bacalao». Todavía no he contestado a su correo, del que me salto muchas líneas, pero me gustaría decirle que el alias estoyalli es una utopía: uno no puede ubicarse en un sitio distinto del que se encuentra, se trataría de un oxímoron existencial. Aunque ella, sin conocer mis objeciones, parece tenerlo claro: «Y lo mismo ahora estoy allí como estoy aquí. Es lo mismo. No existe ni el antes ni después, ni arriba ni abajo, ni blanco ni negro. Todo se difumina en escalas de grises y paletas de colores, en la magia del hipervínculo y del enlace».

Acaba su correo con estas palabras: «Ahí va un regalo de cumple-entradas para que lo añadas en la tuya, garbanzo moreno. Y te dejo, ni más ni menos, que en manos de Shakespeare en Hamlet. Quiero, si puede ser, que lo pongas como fin de tu entrada 103. Me gustaría que lo comentaras. Y que me lo dediques, que me lo merezco. Un saludo».

Vuelan mis palabras, queda el pensamiento.

Palabras vacías no suben al cielo.

Pues nada, cumplo con sus deseos:

Me gustaría que estas palabras de Verba volant planeasen como la gaviota de la foto de la entrada, sin saber si remontarán definitivamente el vuelo o se enfrentarán en la eternidad al mar y sus paralelismos. Y volando hacia un horizonte siempre abierto, pero siempre difuso, en un día de nubes y neblina. Un saludo, chipirón negro (yo prefiero llamarte así, aunque estés aquí).

Por Raúl, hace 10 meses y 11 días

Y las palabras volaron..., pero de verdad

Perodico

Que no se me vuelva a ocurrir llamar a un blog Verba volant. Y tampoco sostener que los cuadernos de bitácora crecen hacia arriba. En algunas ocasiones, las palabras vuelan de verdad. Y los blogs ya no crecen, ni hacia arriba ni hacia abajo, sino que se pierden en no-sé-qué vacío ontológico. El cuaderno de bitácora se guarda muy cerca de la brújula: sin ella, el navegante pierde el norte. Gracias a la colaboración de los amigos y con el ímpetu que da la paciencia, he podido recuperar las palabras. Bienvenidas, palabras. Bienvenidas. No voléis para no volver. Ahora tengo un dilema: ¿sigo dejando que vuelen o las sostengo aferradas firmemente en mi mano? ¿Valen más unas pocas palabras encerradas en un puño o unas palabras esparcidas por los desórdenes angélicos cibernéticos? De momento, las apretaré como a un pajarillo: con la firmeza suficiente para que no escapen, con la suavidad necesaria para no aplastarlas.