— Verba volant

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Palabras

Autorretrato retratando

Escribir por el placer de hacerlo. Sin obligación y sin impulso. Por el deseo renacido entre las hojas de colores, por la transcendencia de la hoja que no es caduca, que no se desliza entre suspiros hacia ninguna parte. Enfilar las palabras con bocanadas de aire sin dejar que el cerebro las medite demasiado, utilizando esa dimensión plástica y maravillosa que nos reconcilia con el yo meditabundo. Escribir ladrando porque sí, no por ninguna razón ajena al mundo del lenguaje, que es el de los sentimientos, que es el de los acordes de lo vivido y el sin vivir. El mundo está lleno de mierda, nosotros mismos enfangados hasta las rodillas y sin katiuskas. Enfrentados en algún lugar entre el cielo y el infierno. Con ritmos desenfrenados que nos llevan a todos los sitios entre chorros de vapor y el principio de Arquímides en el aire. Demasiados protegidos en nuestros bólidos, abrigados por cuatro colchones de aire que nos frenan el movimiento uniformemente acelerado. De repente, igual que antes, igual que nunca, toda la vida abandonados entre olvidos y recuerdos mutilados. Ignotos cobayas de un melocotón, fruta de verano, que se pudre entre los escombros de las aceras. Cada vez es más numeroso, por frecuente, el deseo de vivir. Hubo un día en el que no nombramos nuestros deseos, demasiado prohibidos en este mundo de locos. Escribir bebiendo la vida a chorros, atragantados por la presión del agua y de los impulsos. Hoy tocaba escribir dejando fluir las palabras. Sin sentido. A solas. Sin testigo.

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mailing

Hace un año, el dolor de mi vivir fue un poco más intenso. Se fue uno de los que no era cercano, pero uno de los más próximos. Se fue mi Poeta. Todos los aficionados a la literatura tenemos uno al que preferimos por encima de todos los demás, al que queremos por encima de sus defectos y más allá de sus virtudes. Al que queremos por ser el que ha expresado con mejores palabras aquello que nosotros desearíamos haber dicho. No suelo mostrar mi sentimentalidad con excesos de cara a la galería, pero reconozco que ese día lloré con las lágrimas conocedoras de lo que la vida nunca nos va a devolver. Hoy, leyendo el periódico, vuelvo a encontrarme con él. Y me entero de unas últimas palabras suyas que suenan a verso de poema. Dicen que, internado en el hospital, la tarde previa a su muerte decía a todos sus amigos: “No es nada grave. Mañana nos vemos”. Y, con enero en plena cuesta, no se me ha ocurrido nada mejor que esto, con débil música de Art Pepper de fondo y una imagen de autor destonocido:

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parole, parole, parole

Hoy, no sé por qué, las palabras caen de sus sentidos. Por primera vez, los vocablos carecen de acepciones. O se mezclan. O desaparecen. Escuchaba por la calle a un amable anciano farfullando la expresión “Soy el rey del mundo” dirigiéndose a un pájaro que, helado de frío, respondió en perfecto hebreo: ” Waw“. Así, a secas. Una linda chicuela que se cruzaba en ese momento les reconvino severamente: “Honrosos son los colores de las desdichas”, sin darse cuenta de que su novio estaba detrás, a punto de taparle los ojos con las manos para darle una sorpresa de tránsito hacia los párpados fríos. No podía dar crédito a lo que había escuchado, así que cogió inmediatamente el móvil, llamó al 911, olvidándose de que no estaba en una película norteamericana. Una telefonista coreana respondió casi cantando: “Knowledge, Wissenchaft, de aquí en adelante. Apriete tuercas en farolas”. Un niño se enredaba con el diábolo y lo lanzaba muy alto, a la basura. Del contenedor saltó el gemido de un falso vagabundo, harto de ser calificado como sin-techo y propaló una profecía: “Esgrimir, dirimir, hervir y resurgir. Círculos de la mugre de dos en dos”. Y empezó a amontonarse toda la gente, que portaba en sus bolsos y mochilas las palabras que había olvidado, o los términos que un día pensó y que nunca había dicho. La multitud empezó a agolparse mientras cada uno sacaba las suyas. Decían: “La vida es imposible sin cruzarte en la línea del horizonte de las personas”. “Nunca te había dicho que te quiero”. “Este mundo es absurdo, pero me gusta”. “El latido de mi corazón acompasa tus lágrimas”. “Derrotemos a todos los derrotados para parecernos a ellos”. “No hables si no estás seguro de que, simultáneamente, puedes ver las estrellas en mitad del día”. “Hoy es un día perfecto para morir, para vivir y para ir a merendar al campo”.

Irremediablemente, la policía llegó al lugar armada de porras, esposas (e hijos) y buenos deseos. Se olvidó de que el derecho de reunión y de asociación (pero no con banba armada) no había prescrito. Y se llevó a todos ellos en hileras e hileras de furgones hasta la ladera de un monte. En la cumbre estaba Dios, con el principio de los principios, que era la palabra. Pero como no asoció ésta con el Verbo, no se hizo carne. Y se limitó a decir a todos, en mitad de un sol radiante. “Adiós, amigos. Buenas noches”.

(Imagen de ::.Lk..::)

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Postit2

Cargo mi vida de post-it, de papeles arrancados, de bordes de periódicos, de sobres bancarios reutilizados. Apunto en ellos citas, expresiones, epifanías y, sobre todo, chorradas. Gracias a ese desorden en avalancha (eso sí que es una tormenta -un tormento- de ideas), he tenido aportaciones para artículos que  he escrito y que no escribiré, me han venido intuiciones para un poema, he tenido bosquejos para algunas de las entradas de este blog. Compruebo que encima de la mesa, debajo de la pantalla del ordenador, se había enquistado una de esas notas, que decía: “Voy a meterme en el palacio de tus sueños”. Me pareció una expresión bonita, que se me ocurrió no-sé-cuándo y que iba a utilizar en alguna ocasión. Hoy he decidido darle el día libre y soltarla al viento, sin ninguna conexión, sin nada más que la abrigue que la propia belleza de las palabras y el trasfondo de los significados. En sentido inverso a lo que es habitual, bautizo primero la expresión para dotarla luego de vida y experiencia. No es una realidad, ni es un deseo. Son ocho palabras fugadas de un cerebro, enlazadas con el hilo de la imaginación y cosidas en la piel ruda de nuestra existencia. “Voy a meterme en el palacio de tus sueños”. A ver qué pasa.

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URB 052b

Un día, decidimos que nuestro destino es tan claro como para marcarlo por las paredes, anunciando a todo el mundo la voz de los deseos. Las letras forman parte de la comparsa de nuestro corazón, que se inspira en un instinto de supervivencia, en un querer formar parte de la eternidad montada sobre los garabatos de nuestros iguales, de otros que han pasado por aquí, que han soñado y que se marchan con la esperanza intacta de que las cosas serán como siempre. Llegamos al muro perfecto para inmiscuirnos en sus poros y sus rendijas, insistentes en la ilusión de lo que es, de lo que permanece. No está mal pensado: escribimos sobre el presente para contar el pasado y esperar -pronosticar- el futuro. Y el mañana nos devuelve unas letras perdidas, con nombres desprovistos de significado. No obstante, es bonito: todos ansiamos que el cielo ronde nuestras cabezas, a partes iguales y enamoradas, por los siglos y los siglos. Y todo eso es cierto. Hasta que chocamos contra un muro terrible que conmociona las palabras y las priva de sentido. La eternidad sólo es cierta si la contamos desde los miles, los millones de minutos superpuestos en el presente. Y así, por los siglos de los siglos, por los siglos de las palabras, por los siglos de nuestros labios, que un día fueron besados y no renuncian nunca a buscar su complemento en forma de rotulador sobre el muro de nuestros sueños.

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Cartel

Durante mucho tiempo se ha venido asociando como más “modernos” a todos aquellos que pensaban que nuestro conocimiento procede integramente de la experiencia. Parece que eso de que nuestro cerebro “tuviese cosas” anteriores a la experiencia (las famosas ideas innatas de Platón, de Descartes…) era algo así como un exabrupto intelectual. A cualquiera que tenga dos centímetros cúbicos de sesera no se le escapará la obviedad de que nuestro cerebro viene equipado con cierto cupo de capacidades “de serie”que luego se complementarán y desarrollarán en un sentido o en otro gracias a los avatares de la vida. Aconsejo vivamente la lectura de la entrevista a Pinker (del que ya hemos hablado en otra ocasión) en la revista Muy Interesante. Nuestro talento tiene mucho que ver con la genética. Nuestra suerte, por contra, tiene mucho que ver con la Lotería. Que lo disfrutéis en estos momentos de crisis.

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 Clochard

Politesse es una bonita palabra francesa que, como todas las palabras francesas que son bonitas (es decir, casi todas), es muy difícil de traducir con idéntico significado cultural. Si decimos que significa ‘educación’, ‘cortesía’ o algo parecido, estamos en lo cierto, pero no en lo profundo de su significado en el contexto vital. Como no hay otra manera de entender las palabras de otros idiomas que vivirlas, os voy a contar lo que significa politesse. Fue en esa temporadita mágica en la que tuve la suerte de estudiar en París.  Me encontraba en una parada de metro en Clichy -una ciudad dormitorio de las afueras, en la que tenía mi apartamento- y un grupo de adolescentes descerebrados se reían de un vagabundo (clochard, otra bonita palabra francesa entre las bonitas palabras francesas). Se encontraban todos en el andén de enfrente, así que podía ver todo el espectáculo a mitad de camino entre la pantalla panorámica y las luces de bambalinas -esta vez, fluorescentes- del escenario. El vagabundo se irguió en toda su majestad,  miró a los jovenzuelos con ojos penetrantes y les señaló con un dedo admonitorio. No puede decirse que estuviese encolerizado ni fuera de sí. Estaba indignado. Y les espetó: “La politesse, avant tout”. En Francia, ni un mendigo, carente de todo y lleno probablemente de etéreos efluvios de vino barato, puede admitir que se rompan las reglas de la cortesía. La educación y la cortesía, ante todo. Es lo que nos queda a los seres humanos para tener algo. Un punto de referencia. Para poder andar con el mundo con los bolsillos vacíos, pero con toda la entidad y dignidad humana llena, limpia. Egregia.

Eso ayudará, probablemente, a entender el enfado de Sarkozy en los preliminares de una intervención televisiva ante la omisión de un saludo de un técnico y una maquilladora. Y mira que me cae mal, el tío. Pero me encanta la grandeur francesa. Sobre todo, vista a la luz de los ojos ebrios de un mendigo. Porque a veces, en los idiomas, las palabras bonitas son más que palabras.

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Petanca2

- Todo nuestro trabajo consiste en evitar la palabra que nos liberaría de tantas obligaciones.

- ¿Y qué palabra es ésa?

- Etcétera.

(Fragmento de El enigma de París, de Pablo de Santis)

Siempre que se habla de palabras se está hablando de maneras de concebir y comprender el mundo. Decir etcétera presupone una anticipación del universo como un advenimiento de lo sabido, cerrado en un paquete cuyo contenido conocemos (la palabra etcétera procede del latín et caetera, que viene a significar “y todo lo demás”). Es la manera de dar por abreviado nuestro destino, dibujado ya entre las estrellas, Si de reflejar sentidos vitales se trata, a mí me son mucho más simpáticos los puntos suspensivos, signos tan polígamos y libertinos como para dejar abiertas las enumeraciones al ordenado caos de lo incognoscible desde la duda, la insapiencia o la pereza de un comunicante que deja al oyente libertad para construir un final abierto, distinto e inesperado. Decir etcétera convertiría tristemente nuestra vida en resignación -a no ser que rompamos su lógica con etcéteras infinitos-. Pero esos puntos aliados en el número mágico de la perfección nos recuerdan que el porvenir se llama así porque no llega nunca. Y cuando llega, es para echarse a temblar: es la única verdad que encierra ese etcétera que cercena nuestro futuro.

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Lo grande y lo pequeño

Lo que tiene la realidad es que es grande y pequeña a la vez. En un día como hoy, valdría poner como ejemplo los resultados de las campañas electorales. Pero este es un blog que deja este tipo de análisis a personas más sesudas y capacitadas, y prefiere quedarse con algo más modesto: lo grande y lo pequeño. Sin más. Y una pequeña (o gran) casualidad ha hecho que en un mismo periódico destaquen como noticias cuestiones referentes a lo grande y a lo pequeño.

Empecemos por lo minúsculo. ¿Cabe una vida en seis palabras? Eso es lo que intenta explorar Smith, una revista electrónica en la que los lectores intentan desgajar sus vidas en seis palabrejas: “Naked is colder than I remember”, dice uno. ¿Queda su vida representada de ese modo? El yo, la memoria, la desnudez y el frío. No está mal. Decir que una vida cabe en seis palabras es tanto como decir que cabe todo o que no cabe nada. Depende de lo grande que sea una vida y depende de lo grandes que sean las palabras, y viceversa. Yo no colaboraré con mi aportación, porque soy muy vago y porque Monterroso me parece un timo. A bote pronto, se me ocurre “Estoy hasta los cojones de todo”, pero resultaría una boutade y un reflejo de un estado de ánimo deseablemente pasajero. “Me encantan las patatas fritas tostaditas” sería una banalidad muy propia de mi espíritu superficial e intranscente. “Temo al espejo que me juzga” sería una reiteración, porque lo digo constantemente, y un plagio, porque lo dijo ya Ramón Gómez de la Serna. Ese sí que era el maestro de lo breve con sus infantiles y profundas greguerías (¿acaso infantil y profundo no son palabras sinónimas?). “El beso es hambre de inmortalidad”, decía Ramón. No está mal para contar una vida. Dicen que Wittgenstein, el genio de la filosofía del lenguaje (ingeniero, y lógico, y jardinero, y maestro de escuela, y escritor analítico en plena guerra, en las trincheras, y de Oxford, y de Cambridge. Todo encerrado en seis íes), acabó su participación en este cochino mundo con estas palabras: “Mi vida ha sido muy feliz”. Y estas seis pequeñas palabras son tan grandes que lo mejor va a ser que pasemos a las cosas grandes.

Raul Vincent Enriquez se va al extremo opuesto, ya que se dedica a reflejar en grande lo pequeño. Este fotógrafo y vídeo-artista se ha puesto a la tarea de retratar en una pantalla gigante en pleno Manhattan a la gente corriente, monda y lironda con el lema I in the Sky. Yo no me he paseado por Times Square en mi puñetera vida (y mira que tengo ganas), así que no me hago la idea. Con lo grande no me manejo. Me dicen que el Universo tiene quince mil millones de años y siempre pido que me lo traduzcan. Pero una pequeña vida a lo grande es lo más. Es sentirse como la china que come bombones en Los Ángeles de Blade Runner en ese hipotético 2019. Ya me veo yo invitando a la gente a darse un garbeo por los orbes galácticos entre lluvia ácida, mundos decrépitos y replicantes más humanos que los humanos (Humano, demasiado humano….).

Y como no hay cosas grandes sin ser pequeño, escojo la foto que cerrará la entrada. Con seis palabras: “Qué guapo era yo de pequeño” (o qué chulito…). “La realidad, simultáneamente grande y pequeña”. En seis palabras. Pero Jesulín, ya lo sabemos, era más listo: lo lograba en dos: “Im Prezionante”.

De pequeño, en San Sebastián

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