— Verba volant

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Poesía

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todo es fácil si conoces

las medidas y desde luego la medida de tus posibilidades

te diriges a las pesas expuestas como en un muestrario y escoges

en mi caso cuatro de cinco dos de dos y medio y dos de uno

veinticinco

la barra el step y la colchoneta que librará

a tus lumbares de mayores

inconvenientes

lo dispondrás todo entre el barullo de gente que pugna por el mejor sitio ese junto al espejo

en el que una mirada de refilón te mostrará

el avance del rigor en tus bíceps o el perfil de esa pantorilla en plena

sentadilla

todo es como en una discoteca menos

el alcohol y las verdades a medias gritadas hacia una oreja

aquí todo

es orden sincronía sudor acumulado

utopía de lo que quieres y rigor de lo que

consigues

pasas por diez canciones desde el calentamiento hasta el estiramiento qué fea queda esa rima

interna en un verso

y descubres una manera muy sutil de encontrarte frente

a frente

con tus músculos y probablemente con tus miedos

 

(Imagen de Gabriel Porras. Esta entrada pertenece a mi poemario Cuestión de principios)

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a diferencia del chorizo hay
veces que es mejor mucho mejor no repetirse no
permanecer con los ojos abiertos durante
todas las largas madrugadas en vez de
doblarse hasta la sesuda
introspección
he decidido volverme mayúsculamente superficial si superficial y
no fijarme en el fondo
sino
en la forma sin fondo
sirva
esto como
declaración de principios

(Imagen de Alexandre Duret-Lutz. Esta entrada pertenece a mi poemario Cuestión de principios)

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La entrada de hoy surge de algunas cuestiones relacionadas con la enseñanza de la literatura y, más concretamente, de la poesía. Hace unos días, mi hijo recibió el encargo de realizar una actividad en la que tenía que buscar un poema relacionado con un tema y utilizar ese poema para dibujar los contornos de una imagen vinculada con el texto. Obviamente, en la asignatura en cuestión se estaban estudiando cuestiones que tenían que ver con la poesía visual y los caligramas.

En el momento en el que vi la tarea, le animé a no reproducir ningún texto previo con los contornos sino a crear entre los dos un caligrama desde cero. Nos pusimos de acuerdo en que trataría sobre el agua y empezamos a toquetear con las autoformas de Word para dibujar una botella. Yo le dije que podíamos trabajar con cilindros de diferentes tamaños y anchuras para dibujarla. Después de unos cuantos tanteos, conseguimos un botella medianamente decente. Después, decidimos estructurar el texto en tres partes: el tapón, la boca de la botella y el resto: pensamos en que se podía “dosificar” el texto en esas cuatro partes. Luego intentamos buscar efectos visuales con la tipografía en el ordenador:  triangulación en la boca y ondulación en las letras del fondo, con algún efecto de color. Luego llegó el texto, en el que jugamos con las palabras relacionadas con el agua y establecimos un paralelismo con las estaciones del año.

¿Para qué todo esto? Fundamentalmente, para pasar un buen rato y para ver que uno se podía divertir con el lenguaje, con los espacios. Y, por supuesto, para que una tarea no fuese eso precisamente, la elaboración de unos deberes con una rutina. Durante un buen rato, la obligación pasó a un segundo plano y el protagonismo se lo llevó el interés por la tarea misma. La respuesta del profesor es que no había que hacer eso. Es decir, no se podía pensar, crear y experimentar, sino que había que copiar, aclimatar y amoldar.

Y aquí es donde quería traer el tema de mi entrada de hoy. En principio,  está más que bien que los alumnos conozcan las tentativas que se han realizado a lo largo de muchos años para experimentar con las palabras y el espacio, para dibujar con el lenguaje y para elevar a la palabra poética y fundirla en otras dimensiones. El problema aparece cuando se hace una actividad y se valora más lo mimético que el trabajo auténticamente creativo. En el fondo, una actividad como la que se pedía está violando los principios mismos por los surgieron los caligramas y otras manifestaciones de poesía concreta y de poesía visual. Quizá un profesor pueda conformarse con la elaboración de una tarea rutinaria, si su propósito es la extraña paradoja de enseñar poesía con la rutina; pero no llego a entender que un alumno haga otra cosa mucho más relacionada en el fondo y en la forma con lo que se pide y le digan que no sirve, que haga lo que ya está hecho. ¿Por qué surgieron los caligramas de Apollinaire y las manifestaciones literarias creacionistas? ¿No surgieron en el embrión mismo de las vanguardias, asociadas e íntimamente ligadas a los avances en otras artes plásticas como la pintura?

Vaya por delante que lo que hicimos durante una hora mi hijo y yo no era, ni mucho menos, una obra maestra. Pero pensamos que experimentar con los moldes formales de un procesador de textos (insisto: juego con estructuras geométricas, color, tipografía, ondulaciones) era algo mucho más interesante que la tarea inicialmente propuesta. No me gustan las preguntas de “literatura ficción” del tipo: “¿Cómo hubiera escrito sus caligramas Apollinaire si los hubiese creado en el año 2011?” Pero seguro que aventurar una respuesta es, en este caso, más que pertinente.

Mal vamos en la enseñanza si no dejamos un pequeño espacio para la iniciativa personal, si no abrimos la mente para alejarnos de lo de siempre, si no estimulamos en vez de penalizar la creatividad.

Porque, en el fondo de los fondos, está la eterna pregunta: ¿qué queremos que nuestros jóvenes aprendan?

(El caligrama que ilustra la entrada es de Guillaume Apollinaire.)

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No me gusta que los profesores hablemos de la muerte de los poetas. Parece que estamos ante la obligación de disculparnos, de mostrarnos fingidamente compungidos, de estar en la obligación serena de hacer nuestro trabajo, que es valorar a la poesía y a los poetas. De hecho, todos los días –más o menos– mueren personas más o menos trascendentales para la humanidad, por sus obras o por sus omisiones. De vez en cuando, mueren escritores, artistas, músicos. Y lo siento en lo más profundo del alma, por dos razones, todas ellas egoístas: por lo que supone el “ver morir” a alguien que ha sido un compañero de viaje por la vida; por lo que supone que nunca más va a hacer de guía de la interpretación profunda de lo que es la vida. Todos los días, de cuando en cuando, muere alguno, pero ahora se ha muerto Benedetti. Me da por el saco lo que digamos los profesores en nuestras clases, me da por el culo lo encumbrado que aparezca en los manuales de historia de la literatura, me la pela lo que digan los periódicos, siempre ditirámbicos con todas las muertes de las personas esenciales (“Yo le conocí”. “Qué buen tipo”. “Siempre comprometido con su causa”. “Perfecto en el fondo y en las formas”).

La muerte de Benedetti me ha sacado del momento extático del trabajo para refugiarme, con estas líneas, en un lloro sincero. Benedetti es uno de los pocos (que son muchos, pero no tantos). Es uno de los poetas que me decía cosas complejísimas con una sencillez apabullante. Uno de los pocos que enaltecía el verso haciéndolo fácil. Que decía lo que quería decir y lo que tú hubieses querido decir y no pudiste. Que se atrevió a convertir la tierra de los versos en terrenos fecundos y bellos. Él, que habló de la muerte, ha muerto. Y a diferencia de otros muchos, perfectamente permutables, nadie escribirá como él. Os lo aseguro.

Os dejo con un precioso poema titulado “Pasatiempo”. Todo una parábola de las palabras y de nuestra vida. Y, si no, al Tiempo.

(La fotografía está sacada de la página de El País)

 

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía
luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era océano
la muerte solamente
una palabra
ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros
ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.

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magnitic poetry

Heridlos, caballeros. Nuestras vidas. Los ríos. La color de vuestro gesto. Postrera sombra. Desotra parte.Que de noche le mataron. Estar furioso. Un sabio un día. Hipógrifo violento. Sueños son. Ésas. No volverán. Peludo. Algodón. Bañarse con harina. Estar enamorado de sí mismo. Boca de fresa. Columpio, golondiras y golontrinas. Acercaba su cuerpo interrogante. Asesinado por el cielo, sierpe y cristal. Panderos de la madrugada. Redondeamiento del esplendor. Como el toro, tu vientre. Paraíso en sombra… Y, todo eso, acabando hace muchas. Muchas palabras, que son -a veces- más que la vida. Y, naturalmente, continuará.

(Imagen de Surrealmuse)

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Despertador

A las siete de la mañana,
inevitablemente,
sonará el despertador.
Me levantaré
y emprenderé la desordenada
ruta hacia el cuarto de baño;
enfilaré cinco metros
de un pasillo que desciende al infierno
y, entre sonido de ondas furiosas
que calientan el vaso de leche,
las tostadas emergerán de su obstinado escondite.
Las comeré con desgana. Me ducharé. Me vestiré.
Cogeré, ordenadamente,
las llaves de la bici, la cartera y las alforjas
para un azaroso viaje hacia el abismo.
Al final,
encontraré jóvenes rostros dormidos, mientras, dormido yo,
analizo un par de anuncios publicitarios.
Hambriento, emprenderé el retorno a Ítaca,
mientras en mi camino se cruza un gato… pardo.
Engulliré una comida descongelada en hornos técnicos
que no sospechaba Heráclito.
Concentrado en la pantalla,
leeré un post
(¿es el Sr. K el blogger más romántico?).
Meteré las narices en el
Réquiem de Pepe Hierro. Me emocionaré quizás.
Anhelaré lo absoluto y pretenderé contemplar
la belleza en su través.
Abandonaré mi ¿trabajo?
(¿Olvidaré apagar la luz?)
Enterraré mis ojos veinte segundos
-escasos-
en la contemplación mística
de dos tubos fluorescentes en la cocina.
Morderé con desgana unos trozos de fruta
y echaré una cucharada
y media de azúcar
en un yogur natural.
Frotaré mis dientes con afán, y, sobre todo,
con un poco de pasta de dientes.
Abriré despacio la cama. Apagaré la luz.
Y entonces,
con la luz entornada que brota entre la persiana,
recordaré de nuevo tu rostro,
la alegría en tu pausado respirar.
Quizá esto sea el impulso para dormir
para despertar un día más.

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En el laberinto de los espejos

Escribo “Miércoles”. Pero es (casi) sábado.
Deseaba mentir, crear un estado de ánimo.
También escribo “El ilustrado contar
de los viejos rebeldes”.
Pero lo cierto es
que estoy en mi casa, delante del artefacto electrónico,
y que sólo escucho la voz
de los vecinos, siempre ruidosos.
Miento y escribo. Y a la vez hablo.
“La mirada de tu piel reverdece mi sonrisa”.
Y estoy solo. Me encuentro solo. Recordando.
“Y en la roca volaba espuma,
y un mar incestuoso brotaba por dentro”.
Y estoy tierra adentro, más solo que la una.
Soñando con un mar que no veo.
Esta mente mía es un caos (sinsustancia, me llamaba mi madre).
Me engaño a mí mismo: cojo un poema
que escribí hace diez años. Le cambio
dos palabras,
tres comas,
omito cuatro versos (malos, muy malos).
Y pulso al botón “enviar”. A ver qué pasa.

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Ángel González

Este iba a ser una entrada de celebración: Verba volant cumple cincuenta citas con vosotros. Iba a ser una alegría moderada: la de aquellos enamorados que celebran los seis meses desde que se conocieron mientras, a su alrededor, abundan las bodas de plata. Pero hoy no puede ser un día alegre. Cuando me he enterado de que se ha muerto Ángel González, siento que se ha ido mi poeta. Todos los aficionados a la literatura tenemos un poeta que nos cala por la piel hasta llegarnos al tuétano de los huesos para hacerlos más blandos, flexibles, moldeables. Para mí, Ángel era ese poeta. Lo descubrí tarde, con casi veinte años. Los primeros versos suyos que oí, recitados, decían: “Ayer fue miércoles toda la mañana. / Por la tarde cambió: / se puso casi lunes”. Descubrí que no se pueden decir las cosas mejor, con tanta hondura y tanta sencillez, al lado la una de la otra.

Luego fue toda una cadena: la antología de García Hortelano sobre el Grupo poético de los 50. A los dos días, su antología en Cátedra. Y no tardé ni un mes en atacar su poesía completa. Juro que no exagero: pocas veces me he sentido tan a gusto como leyendo a Ángel González. Las palabras con el significado justo sobre palabras bellas. Sencillez, armonía y caos. Todo junto. He tenido la suerte de conocer a unos cuantos autores más o menos importantes, pero nunca les había dado un libro para que me lo firmasen. Ángel fue la primera excepción: “Para Raúl, de su amigo Ángel González”. Lo guardo con veneración y nostalgia. Con la envidia de no haberle podido conocerlo más, con la satisfacción de conocerlo como pocos, palabra sobre palabra. No soy muy sensiblero, pero he llorado. No quiero exagerar: es cierto, seguiremos teniendo sus versos. Pero en el edificio de las palabras, Ángel no podrá -ya- levantar otro piso para alcanzar el cielo. Si acabáis de leer esta entrada, entenderéis mejor eso de “No conozco un invierno tan frío como este”.

Aunque no sin cierto rubor, podéis escuchar dos poesías de Ángel González: “Me basta así” y “Canción de amiga”. Al escucharlas, se comprende mejor todo.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

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Árbol en la noche

La nocturnidad era su latido. Descendió los escalones que lo separaban de la noche y su cuerpo encendió fulgores. Deambulada por las calles iluminadas y revolvía los rincones. Susurraba, murmuraba palabras dulces a damas de nombres infinitos. De su sonrisa irradiaba la felicidad que sonda lo absoluto. Luego, llegaba la calma. Un zigzag en la acera, un paso perdido en el quicio de la puerta del último bar, absorto en su amplitud y en su resonancia. Suerte y libertad de movimientos, flexibilidad y apertura de ideas. Después, llegó la auténtica noche. Luchó por sobrevivir. Y lo consiguió, a pesar de los bordes del abismo.

(La foto pertenece a mi reciente álbum de Valencia en Flickr)

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Reflejos

Desde luego, me hubiese gustado que esto hubiese sido un autorretrete del Sr. K. (o alguno de los productos derivados), auténtico género con reglas a lo cine Dogma 95. Tristemente, es un estado de ánimo.

Hoy he pasado por la luz de la mañana
como el cubo por el brocal de las sombras.
Me he dirigido hacia mi rostro en el espejo
y me ha devuelto una imagen gastada
que no cesa de dar la razón al tiempo.

Mi comer inútil se ha detenido pausadamente
en la quinta patata frita que acompaña
al quinto bocado de un filete
poco hecho, como mi vida.

La tarde de letargo y siesta, la pantalla de un televisor,
la cena y el correo.

Una mirada por la ventana va percibiendo
el tránsito de la transparencia al espejo.
Otra vez el juez, el puñetero juez de mi cerebro.

Y el resultado final, ya lo sabéis.
Dormir un día más
aferrado firmemente
a la almohada y al mundo.
Para no caerme.
Para soñar.
Para esperar otro día, y un espejo nuevo.

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