— Verba Volant

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Poesía

Bufanda de Juan Pablo Mejía

y te levantas dispuesto
a descubrir los poros de la lluvia
las medias verdades en las ráfagas de ese
viento Frío

y te despiertas del todo
contemplando la forma de cada gota
que supura el hastío sobre una cazadora
demasiado Vieja

avanzas con la esperanza
de un favor cumplido
del roce trémulo en la comisura
tus Labios

detienes y respiras
aire y decenas de rayos
de luz filtrados
por las Nubes

te sientas en un banco
para mojarte de forma radical
y definitiva
empapado de Vivir

y notas el aire, la lluvia que se cuelan
en los pliegues de tu Bufanda

(Esta entrada pertenece a mi poemario Cuestión de principios. Imagen de Juan Pablo Mejía.)

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no me separo de ella

permanece en contacto

con mi piel me acaricia con la dulzura de los tejidos esponjosos con

la benevolencia del azul la holgura del rojo tirando

a rosado

con la contundencia del amarillo limón

no me separo de ella

la

necesito

me sirve para aliviarme de los esfuerzos y de las penas

pienso en ella para enjugar las lágrimas

cuento con ella desde que entro hasta que salgo

la toalla

la toalla ese espejo opaco que contempla

mi rubor y refleja mis

ilusiones más limpias

mis deseos más oscuros

(Esta entrada pertenece a mi poemario Cuestión de principios)

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Una cosa es que los poetas existan, otra que los conozcamos y otra que los descubramos. Por muchas y tristes razones, a veces no se dan ninguna de esas tres cosas. Pero hoy, un día después de los 50 años de la muerte de Luis Cernuda, quiero hablar del descubrimiento.

Cernuda existía, qué duda acabe, aunque muriese tres años antes de que yo naciese. Y lo conocía, pero poco. Solo había leído unos poquitos poemas suyos, gracias a la buena elección de textos que nos brindaban aquellos magníficos libros escolares a cargo de Fernando Lázaro y Vicente Correa. Pero fueron unas lecturas en clase, rápidas y desganadas por parte de un profesor que poco tenía que decir(nos) de la auténtica literatura, fuera de cuatro fechas y un elenco de cuestiones generales.

Pero mi auténtico descubrimiento de Luis Cernuda se produjo en el área de Traumatología de un hospital. Tenía yo 17 años y un tendón rotuliano maltrecho. Estaba esperando mi cita con el traumatólogo y me llevé un libro. No sé por qué fue aquel en concreto. Era una antología poética de Luis Cernuda de la editorial Alianza. Como el sistema de citas en aquellos tiempos era caótico, la espera se prolongó: nunca he agradecido más una tardanza. Abrí el libro de Cernuda y leí una poesía. Me produjo una sensación desconcertante. Leí otra y me pareció sobrecogedora. Fue leyendo, en orden y en desorden, releí y subrayé versos (todavía tengo esa edición guardada y muchas veces vuelvo a ella). Nunca había experimentado nada igual. Luis Cernuda, de alguna manera, se convirtió en el primer poeta, en mi primer poeta. Existían otros y los conocía, pero no los había descubierto (afortunadamente, los años y la experiencia me llevaron a descubrir a unos cuantos más. Nunca muchos: no es bueno descubrir a demasiados).

Cernuda me pareció más moderno que ninguno. Alguien que había muerto antes de que yo naciese y, pese a todo, radicalmente contemporáneo, actual para un joven que leía. No conocía nada de sus circunstancias personales, solo descubría a un poeta en permanente estado de lucha, de contradicción. De querer una cosa y encontrarse a diario lo contrario. Los dos planos en los que vivimos y en en los que soñamos. Alguno pensará que digo una barbaridad cuando siento que Cernuda es más actual que Lorca para nosotros, hoy. No digo mejor, no digo peor: digo más actual.

Luego llegó la lectura entera de La realidad y el deseo. Y más tarde el estudiar Filología. Y analizar a Cernuda (me hace mucha gracia ver por internet un incipiente comentario mío sobre uno de sus poemas, sobre uno de mis preferidos. Y disfrutar conociendo más.

Los poetas existen. Los conocemos. Pero yo descubrí a Cernuda durante una larga y maravillosa tarde. En el área de Traumatología.

(Después de escribir este texto, me he encontrado en una red social con unas palabras que evidencian que hay algo mejor que descubrir a un poeta: ayudar a que otros, en este caso algunos de mis alumnos, lo descubran. Gracias por tus observaciones, Alberto. Sabes bien de lo que hablamos cuando hablamos de “¡Oh capitán, mi capitán!” La imagen es de Erwin Morales. )

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el movimiento se demuestra pedaleando piensas mientras te montas

en una bici futurista que no

avanza que no

tiene cadena

que no

tiene piñones ni platos rotos ni descascarillados

nada de

nada

te montas y te ajustas sillín manillar y le das vueltas a la ruleta

no por comodidad sino por

seguridad

y te acomodas al ritmo de la música

infernal para

subir

descomunal para

bajar

todos juntos y a ritmo es lo que tiene el spinning

o bike o ciclo indoor o yo que sé como lo llamen

te montas y reflexionas tu

profe de física no

tenía razón

hay velocidad hay tiempo pero

el espacio no existe

sino en tu cerebro

(Imagen de Marck Chadwick. Esta entrada pertenece a mi poemario Cuestión de principios)

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yo que era de los que leía

poesía social y novela comprometida que veía el telediario y escuchaba las noticias

por la radio

ahora me encuentro sin escuchar reflexivo las canciones de los canta

autores atento

a las notas violentas de la música dance que mueven mi cuerpo por

fuera y me conmueven por dentro

y me he encerrado en la torre de marfil que es la sala

acristalada número 4 de mi gimnasio

(Imagen de Temporalata. Esta entrada pertenece a mi poemario Cuestión de principios)

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todo es fácil si conoces

las medidas y desde luego la medida de tus posibilidades

te diriges a las pesas expuestas como en un muestrario y escoges

en mi caso cuatro de cinco dos de dos y medio y dos de uno

veinticinco

la barra el step y la colchoneta que librará

a tus lumbares de mayores

inconvenientes

lo dispondrás todo entre el barullo de gente que pugna por el mejor sitio ese junto al espejo

en el que una mirada de refilón te mostrará

el avance del rigor en tus bíceps o el perfil de esa pantorilla en plena

sentadilla

todo es como en una discoteca menos

el alcohol y las verdades a medias gritadas hacia una oreja

aquí todo

es orden sincronía sudor acumulado

utopía de lo que quieres y rigor de lo que

consigues

pasas por diez canciones desde el calentamiento hasta el estiramiento qué fea queda esa rima

interna en un verso

y descubres una manera muy sutil de encontrarte frente

a frente

con tus músculos y probablemente con tus miedos

 

(Imagen de Gabriel Porras. Esta entrada pertenece a mi poemario Cuestión de principios)

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a diferencia del chorizo hay
veces que es mejor mucho mejor no repetirse no
permanecer con los ojos abiertos durante
todas las largas madrugadas en vez de
doblarse hasta la sesuda
introspección
he decidido volverme mayúsculamente superficial si superficial y
no fijarme en el fondo
sino
en la forma sin fondo
sirva
esto como
declaración de principios

(Imagen de Alexandre Duret-Lutz. Esta entrada pertenece a mi poemario Cuestión de principios)

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La entrada de hoy surge de algunas cuestiones relacionadas con la enseñanza de la literatura y, más concretamente, de la poesía. Hace unos días, mi hijo recibió el encargo de realizar una actividad en la que tenía que buscar un poema relacionado con un tema y utilizar ese poema para dibujar los contornos de una imagen vinculada con el texto. Obviamente, en la asignatura en cuestión se estaban estudiando cuestiones que tenían que ver con la poesía visual y los caligramas.

En el momento en el que vi la tarea, le animé a no reproducir ningún texto previo con los contornos sino a crear entre los dos un caligrama desde cero. Nos pusimos de acuerdo en que trataría sobre el agua y empezamos a toquetear con las autoformas de Word para dibujar una botella. Yo le dije que podíamos trabajar con cilindros de diferentes tamaños y anchuras para dibujarla. Después de unos cuantos tanteos, conseguimos un botella medianamente decente. Después, decidimos estructurar el texto en tres partes: el tapón, la boca de la botella y el resto: pensamos en que se podía “dosificar” el texto en esas cuatro partes. Luego intentamos buscar efectos visuales con la tipografía en el ordenador:  triangulación en la boca y ondulación en las letras del fondo, con algún efecto de color. Luego llegó el texto, en el que jugamos con las palabras relacionadas con el agua y establecimos un paralelismo con las estaciones del año.

¿Para qué todo esto? Fundamentalmente, para pasar un buen rato y para ver que uno se podía divertir con el lenguaje, con los espacios. Y, por supuesto, para que una tarea no fuese eso precisamente, la elaboración de unos deberes con una rutina. Durante un buen rato, la obligación pasó a un segundo plano y el protagonismo se lo llevó el interés por la tarea misma. La respuesta del profesor es que no había que hacer eso. Es decir, no se podía pensar, crear y experimentar, sino que había que copiar, aclimatar y amoldar.

Y aquí es donde quería traer el tema de mi entrada de hoy. En principio,  está más que bien que los alumnos conozcan las tentativas que se han realizado a lo largo de muchos años para experimentar con las palabras y el espacio, para dibujar con el lenguaje y para elevar a la palabra poética y fundirla en otras dimensiones. El problema aparece cuando se hace una actividad y se valora más lo mimético que el trabajo auténticamente creativo. En el fondo, una actividad como la que se pedía está violando los principios mismos por los surgieron los caligramas y otras manifestaciones de poesía concreta y de poesía visual. Quizá un profesor pueda conformarse con la elaboración de una tarea rutinaria, si su propósito es la extraña paradoja de enseñar poesía con la rutina; pero no llego a entender que un alumno haga otra cosa mucho más relacionada en el fondo y en la forma con lo que se pide y le digan que no sirve, que haga lo que ya está hecho. ¿Por qué surgieron los caligramas de Apollinaire y las manifestaciones literarias creacionistas? ¿No surgieron en el embrión mismo de las vanguardias, asociadas e íntimamente ligadas a los avances en otras artes plásticas como la pintura?

Vaya por delante que lo que hicimos durante una hora mi hijo y yo no era, ni mucho menos, una obra maestra. Pero pensamos que experimentar con los moldes formales de un procesador de textos (insisto: juego con estructuras geométricas, color, tipografía, ondulaciones) era algo mucho más interesante que la tarea inicialmente propuesta. No me gustan las preguntas de “literatura ficción” del tipo: “¿Cómo hubiera escrito sus caligramas Apollinaire si los hubiese creado en el año 2011?” Pero seguro que aventurar una respuesta es, en este caso, más que pertinente.

Mal vamos en la enseñanza si no dejamos un pequeño espacio para la iniciativa personal, si no abrimos la mente para alejarnos de lo de siempre, si no estimulamos en vez de penalizar la creatividad.

Porque, en el fondo de los fondos, está la eterna pregunta: ¿qué queremos que nuestros jóvenes aprendan?

(El caligrama que ilustra la entrada es de Guillaume Apollinaire.)

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No me gusta que los profesores hablemos de la muerte de los poetas. Parece que estamos ante la obligación de disculparnos, de mostrarnos fingidamente compungidos, de estar en la obligación serena de hacer nuestro trabajo, que es valorar a la poesía y a los poetas. De hecho, todos los días –más o menos– mueren personas más o menos trascendentales para la humanidad, por sus obras o por sus omisiones. De vez en cuando, mueren escritores, artistas, músicos. Y lo siento en lo más profundo del alma, por dos razones, todas ellas egoístas: por lo que supone el “ver morir” a alguien que ha sido un compañero de viaje por la vida; por lo que supone que nunca más va a hacer de guía de la interpretación profunda de lo que es la vida. Todos los días, de cuando en cuando, muere alguno, pero ahora se ha muerto Benedetti. Me da por el saco lo que digamos los profesores en nuestras clases, me da por el culo lo encumbrado que aparezca en los manuales de historia de la literatura, me la pela lo que digan los periódicos, siempre ditirámbicos con todas las muertes de las personas esenciales (“Yo le conocí”. “Qué buen tipo”. “Siempre comprometido con su causa”. “Perfecto en el fondo y en las formas”).

La muerte de Benedetti me ha sacado del momento extático del trabajo para refugiarme, con estas líneas, en un lloro sincero. Benedetti es uno de los pocos (que son muchos, pero no tantos). Es uno de los poetas que me decía cosas complejísimas con una sencillez apabullante. Uno de los pocos que enaltecía el verso haciéndolo fácil. Que decía lo que quería decir y lo que tú hubieses querido decir y no pudiste. Que se atrevió a convertir la tierra de los versos en terrenos fecundos y bellos. Él, que habló de la muerte, ha muerto. Y a diferencia de otros muchos, perfectamente permutables, nadie escribirá como él. Os lo aseguro.

Os dejo con un precioso poema titulado “Pasatiempo”. Todo una parábola de las palabras y de nuestra vida. Y, si no, al Tiempo.

(La fotografía está sacada de la página de El País)

 

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía
luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era océano
la muerte solamente
una palabra
ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros
ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.

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magnitic poetry

Heridlos, caballeros. Nuestras vidas. Los ríos. La color de vuestro gesto. Postrera sombra. Desotra parte.Que de noche le mataron. Estar furioso. Un sabio un día. Hipógrifo violento. Sueños son. Ésas. No volverán. Peludo. Algodón. Bañarse con harina. Estar enamorado de sí mismo. Boca de fresa. Columpio, golondiras y golontrinas. Acercaba su cuerpo interrogante. Asesinado por el cielo, sierpe y cristal. Panderos de la madrugada. Redondeamiento del esplendor. Como el toro, tu vientre. Paraíso en sombra… Y, todo eso, acabando hace muchas. Muchas palabras, que son -a veces- más que la vida. Y, naturalmente, continuará.

(Imagen de Surrealmuse)

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