— Verba volant

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Sentido

Y ahora, que puedo escribirte estas líneas, recuerdo cuando llegaste. Tus pasos, callados como el misterio de los sencillos. Tus ojos inquietos. Tu cuerpo altivo. La sonrisa de tus dedos llenó mis palabras, mis acordes, con cada letra y cada nota de tu nombre. Me es muy difícil recordar cuántas páginas y cuántos escenarios han vivido nuestra angustia por el hoy, nuestra alegría por el mañana. Quizá nuestra inquietud por un pasado que no existe. En la soledad o entre nuestros amigos, en la plaza o en un triste exilio más allá de donde el mar habla con las olas, nunca me ha faltado tu aliento. Y, si el azar te lleva lejos, que los dioses guarden tu camino. Que te acompañen los pájaros. Que te acaricien las estrellas. Y en un rincón de esta voz, de esta mano que te escribe, mientras pueda hacerla oír, siempre estará escondido tu sonido. Y tu nombre.

Laura

(Canción prosificada, adaptada y traducida con libertad de “Laura”, la maravillosa canción que Lluis Llach dedicó a la mujer que siempre le ha acompañado en los conciertos. Al parecer, un día le entregó la partitura de esta canción unos minutos antes de comenzar la actuación: Laura no sabía que el contenido iba dirigido a ella. Al descubrirlo, dentro de la actuación, dentro del escenario, tocando la música que era un homenaje, rompió a llorar. La imagen es de David Pons.)

Alguna vez habrá que reivindicar de verdad a los grandes.

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Cuando estás conmigo, la habitación no tiene paredes. Cuando estás a mi lado, el techo ya no existe. Podemos contemplar el cielo y nosotros estamos solos, abandonados, como si no hubiera nadie más en el mundo. La música suena para ti, para mí, en la inmensidad de nuestro cielo. El cielo.

Il infinito in una stanza

(Versión prosificada y modificada de “Il cielo in una stanza”, de Mina, que nos recuerda que siempre fueron bellas las canciones de amor. La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

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Sonia se ha levantado con la extraña sensación de haber dormido mucho, pero no lo suficiente. Sonia sabe que las horas de sueños perdidas por todas las preocupaciones de la semana no se recuperan estirando las horas de una noche de viernes. Después de concederse apenas un minuto para incorporarse de la cama, Sonia trastea con los pies hasta encontrar las zapatillas y se promete, una vez más, que las colocará de forma adecuada la próxima vez. Mientras camina hacia el salón, va poniéndose el albornoz y se ajusta el cinturón, dando el último apretón con decisión antes del nudo.

Sonia ha roto su rutina, que comienza con una taza de café, ansiosa por ver si la mañana amanece con la dulzura, la calma y la buena temperatura de los días pasados. Se acerca a la ventana, corre un poco la cortina y mira hacia el cielo, que le devuelve un panorama gris, corroborado, al bajar la vista, por unos papeles que obedecen al capricho de un viento que se antoja demasiado fuerte, desapacible. El propósito de Sonia, que era dar un vistazo rápido, de comprobación sucinta, de vamos a ver el día que hace hoy, se convierte en una deleitación, de embelesamiento. Se diría que Sonia se mantiene en una actitud casi hipnótica, en la que la mirada hacia fuera no deja de ser una metáfora de la mirada interior. De hecho, Sonia permanece un buen rato mirando en apariencia con atención todos los detalles, todos los movimientos caprichosos de las nubes, pero una reflexión atenta sobre su actitud nos obliga a bajar la vista a los labios, que, lejos de estar relajados, esconden una mandíbula que fija la presa de sus pensamientos con obstinación.

Sonia reacciona ante el vuelo bajo de un pájaro, que le saca la mirada del plano de visión para recuperar la consciencia del mundo real. Cierra las cortinas y se aleja de la ventana. Un vaso de café la espera para comenzar, esta vez sí, la rutina de la mañana del sábado.

(Imagen de Analissa Schianove.)

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David se ha despertado de repente en medio de la noche. Ha mirado el reloj de la mesilla: las 3:47 de la madrugada parpadeando en la pantalla digital. Se gira hacia la izquierda. Adivina un hombro parcialmente acogido por el borde de la sábana. Con esa luz débil del despertador, se fija de nuevo en la espalda, que revela una respiración pausada. David, de pronto, recobra algo más de conocimiento, algo más de consciencia mientras vuelve a darse la vuelta. Las 3:51. Se da cuenta de que una canción elegida hace mucho atronará en el amanecer a las 6:40. Cierra los ojos, sabiendo que el intento de dormir, a partir de este momento, será en vano. Se engaña intentando acoplarse con  la respiración acompasada a su lado. Se revuelve de nuevo. Por unos instantes, sus párpados siguen cerrados más por una persistencia más entendida que por utilidad. Las 3:57. Con mucho cuidado, se levanta de la cama. Coge el albornoz y, con toda la calma que le permiten las tinieblas, rodea la cama y se sienta en el borde, al lado de sus piernas encogidas. Un mechón de pelo desordenado cubre parcialmente su rostro. Sus ojos consiguen estar cerrados con la fragilidad que supone estar a mucha distancia de la vigilia. David no pierde detalle de toda esa lección de calma. Al taparse con el albornoz, David hace un poco de ruido. Ella reacciona, se acomoda, pasa ligeramente su mano por la nariz intentando evitar un picor inexistente.

David mira el despertador. Son las 4:22. No quiere romper ese momento dulce, pero se mueve un poco hacia delante. Extiende su mano y, con mucho cuidado, toca su hombro más con un movimiento de pequeño contacto más que con una caricia, que se queda en algo incipiente. Ella mueve otro poco la cabeza. Un nuevo roce hace que abra un poco los ojos. Se aparta el mechón de la cara, que ahora está inundada con una contorsión muscular. David comprueba que le mira y que, en un murmullo, dice “Hola, cariño. Buenos días” para volver a descender hacia el pozo del sueño.

David sonríe. El reloj marca las 4:26. Y piensa en que ella se irá para siempre. Cuando amanezca otra vez.

El Reloj

(Entrada que entrecruza uno de los Fragmentos para una teoría del caos con las Canciones prosificadas, construyendo un relato a partir de la canción “El reloj”, de Roberto Cantoral. La imagen es de Adrien Mogenet.)

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Hay momentos en los que no alcanzo a saber hacia dónde voy, pero estoy seguro de algunas cosas. Por ejemplo, sé que he utilizado las canciones del pasado para colgar mis intenciones, para dejar colgadas mis promesas. Estoy seguro, por ejemplo, de haber tomado la decisión de no perder más el tiempo. Y llego aquí, de nuevo, aunque siga buscando una respuesta que no llego a encontrar, aunque parezca que nunca llegue a encontrar lo que busco, lo que perdí. En estos momentos, solo pido tener fuerzas para continuar, para seguir caminando. Porque sé perfectamente lo que significa caminar a solas. Porque conozco con desesperada certeza lo que supone deambular por las calles de los sueños. Y llego aquí, de nuevo, trazando el único camino que conozco, aunque sea convertido en vagabundo. Con el tiempo, he llegado a la certeza de que nací para caminar solo. Por eso, solo por eso, ya no pierdo más el tiempo. Soy, solamente, un corazón más que necesita ser rescatado. Soy, solamente, un alma esperando la dulce, tierna y amarga caridad del amor. Y, pase lo que pase, aguantaré en cada momento de mi vida. Porque sé con tristeza serena lo que significa caminar por una calle vacía. Porque sé que las calles desiertas son una metáfora de los sueños. Y solo me queda una cosa: ser consciente de que estoy aquí de nuevo, caminando por el único sendero que conozco. Caminando hasta que me queden fuerzas, porque sé que las calles desiertas son la metáfora de los sueños.

(Versión prosificada y bastante modificada de “Here I go again, de Whitesnake”, un día que descubrí mi destino al amparo de un fin de capítulo de Californication, al que acompañaba esta canción. La foto pertenece a mi galería de Flickr)

Here I go again

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Enseñemos a los niños a seguir un buen camino, enseñemos a los niños todo el caudal de belleza que habita en su interior, démosles una buena dosis de autoestima para que recorran el camino de forma más fácil. A fin de cuentas, los niños son nuestro futuro y su risa nos devuelve en presente todos los días pasados, toda la felicidad de cuando éramos como ellos. Todos necesitamos un modelo, a alguien en el que reflejarse primero y proyectarse después.

Desgraciadamente, yo no tuve esa suerte: no tuve a nadie que me viese por dentro, que viese a través de mí todos los recovecos en los que proyectar luz. Me tuve que construir un lugar solitario en el que habitar, en el que aprender de mí. Por eso, decidí hace mucho tiempo que no caminaría nunca a la sombra de nadie. Si fallo o si tengo éxito, viviré –al menos– como creo que debo vivir, como creo que se debe construir una vida (mi vida). Podrán arrebatarme todo lo que poseo, pero no podrán nunca quitarme la dignidad. He aprendido, entre mis luces y mis sombras, que el amor más grande de todos me está pasando a mí. He logrado encontrar el amor más grande de todos en mí, aprendiendo a amarme con toda la dulzura de las caricias del universo.

Si, por los azares del destino, llegas a un sitio solitario y no al lugar con el que tanto has soñado, vuelve a apretar los puños y encuentra tu fuerza en el amor, ahora que sabes que es posible encontrar ese amor. El más grande de todos.

 (Versión prosificada y libremente modificada de “Greatest Love of All”, una canción de Whitney Houston de 1985. Ahora que Whitney se nos ha ido, ahora que somos conscientes de que todo lo que le faltaba nos faltará a nosotros.)

Greatest Love of All

 

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¿Correr en la nieve, con la que está cayendo? Es una pregunta habitual que le hacen al corredor que se enfunda la ropa dispuesto a salir a trotar una mañana de invierno, con la nieve cuajada en el suelo y los copos abundantes cayendo del cielo. Lo que no saben muchas personas es que la nieve es uno de los mejores aliados para el corredor asiduo. Cuando se corre sobre la nieve, solo hay que obedecer un par de mandamientos: uno, no pararse (los tejidos del atuendo del corredor conservan muy bien el calor propio, pero aceptan bien pronto el frío que le rodea); dos, prometer una y mil veces que se va a salir a trotar más que a correr, a disfrutar más que a entrenar de forma intensa, a sumar kilómetros más que a apurarlos. A cambio, un suelo mullido (no hay que confundir el correr sobre la nieve que sobre el hielo) que alivia las tensiones en los tobillos, en las rodillas. A cambio, un camino inmaculado que vas inaugurando como si fueses el único ser humano sobre la tierra. En la nieve, todo se magnifica: los sonidos, que son los de la naturaleza; el silencio, que solo es invadido por la respiración a modo de flujo de consciencia; la luz, que ilumina a ciega a partes iguales. A cambio, un encuentro de tú a tú con la naturaleza, con el aire limpio.

¿Correr en la nieve, con la que está cayendo? Sí, avanzar sabiendo que tienes muchos minutos por delante, pero sabiendo, a la vez, que tienes que ir mirando detenidamente los pies. Sí, respirar con ansia pero con prudencia, que el aire tiene que canalizarse, tiene que ser inspirado adecuadamente para que te vivifique y no te rompa. Sí, superar ese momento en el que te quedas atascado, en el que tienes que hacer un esfuerzo adicional, en el que tienes que sacudirte de nuevo las zapatillas para que el agua helada,que ha sido tu compañera, no se convierta en un enemigo peligroso.

Ayer corrí bajo la nieve y, una vez más, volví a casa con la sensación de que merecía la pena, al menos, vivir un poco más para sentir la tierra con unos centímetros de belleza como mediadora del universo.

(Esta entrada es la primera de una serie que se titulará Historias de correr.)

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Y sientes que la vida es difícil de sujetar. Y te dicen lo que es aplicable a otras cosas: que la tienes que sujetar como si fuese un pájaro: tan firmemente como para que no se escape, tan suavemente para que no se aplaste. Y piensas que la teoría nunca fue tan difícil de aplicar a la práctica. Y hace tiempo que llevas haciendo ejercicios. Y lo intentas. Una, dos, tres veces. Y ves que no la estropeas más, pero que tampoco la arreglas. Intuyes que la vida está ahí, pero tú no la ves. Y piensas en que la es algo así como meterse en un jardín, cuando literalmente tú no tienes ninguno, cuando metafóricamente y cognitivamente es así y punto. Y te hablan del alma de las cosas cuando tú solo percibes contornos. Y te aseguran que las cosas tienen muchas dimensiones, muchos matices, muchos ángulos de visión, pero tú le das una vuelta y otra y siempre te quedan las mismas sensaciones. Intentas vencer las nostalgias, procuras no marcarte demasiados objetivos. Vuelves a entrenar y, para practicar, coges un plato, firme y suavemente. Y, cuando te despistas un segundo, lo ves roto en el suelo, con la matemática exactitud de tus intuiciones.

(La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

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Hoy, siguiendo la tradición, he vuelto a ver ¡Qué bello es vivir! Si la película la hubiese dirigido cualquier otro que no fuese Frank Capra, la cosa hubiese tan empalagosa que no hubiese habido quien se la tragase. Pero Capra es el maestro de controlar hasta el límite la emotividad de sus películas. Este filme es un derroche de emociones controladas porque está enmarcado en la forma de un cuento tradicional, con un malo muy malo y un mundo idealizado envuelto en la amenaza del capital. Vista a día de hoy, puede ser muchas cosas, pero una muy obvia: una defensa del ser humano por encima de los intereses y las especulaciones. Obviamente, también contiene altas dosis de la moralina típica de muchas películas del Hollywood de la época. Todo un ejemplo de individuos marcados por un destino siempre positivo, pase lo que pase.

A día de hoy, he escrito ya unas cuantas entradas de Nochebuena. Hoy vamos a dejarlo con esta película, con George Bailey, en Bedford Falls, esa localidad inexistente tan cercana a Buffalo. Dejémoslo anclados a las 22.00 de un 24 de diciembre, conscientes de que los ángeles no existen. Y, si existen, nunca tuvieron alas.

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Mi indiferencia natural, curtida en mil batallas contra la pereza, borra del mapa cualquier muestra de amor y sentimiento de empatía. Porque, en mi vida, todo acaba como empieza. Y en plan travestí radical, le doy la espalda a cualquier muestra de tristeza. ¿Melancolía, decepción?¿Felicidad, tentación? En esta vida, todo podría ir a peor. Mientras tanto, miro la vida pasar. Y no sabes cuánto me cuesta aceptar que no volverás. Por el momento, miro la vida pasar. Pero, sin venir a cuento, alguien te vuelve a nombrar… Pasado el tiempo, sigo igual. A veces, incluso pienso que he perdido la cabeza. A veces pienso que he perdido la cabeza. Y algunos días, sin razón, ya ni siquiera siento latir mi corazón. Siempre he sido fuerte, aunque haya dudado muchas veces si la vida nose ha reído de mí. Mientras tanto, miro la vida pasar. Y cuesta aceptar que no volverás. A veces, sin venir a cuento, alguien te vuelve a nombrar.

Versión prosificada y ligeramente adaptada de la canción “Miro la vida pasar” de Fangoria, todo un himno estoico contemporáneo, con imagen de Pollobarda.)

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