Y ahora, que puedo escribirte estas líneas, recuerdo cuando llegaste. Tus pasos, callados como el misterio de los sencillos. Tus ojos inquietos. Tu cuerpo altivo. La sonrisa de tus dedos llenó mis palabras, mis acordes, con cada letra y cada nota de tu nombre. Me es muy difícil recordar cuántas páginas y cuántos escenarios han vivido nuestra angustia por el hoy, nuestra alegría por el mañana. Quizá nuestra inquietud por un pasado que no existe. En la soledad o entre nuestros amigos, en la plaza o en un triste exilio más allá de donde el mar habla con las olas, nunca me ha faltado tu aliento. Y, si el azar te lleva lejos, que los dioses guarden tu camino. Que te acompañen los pájaros. Que te acaricien las estrellas. Y en un rincón de esta voz, de esta mano que te escribe, mientras pueda hacerla oír, siempre estará escondido tu sonido. Y tu nombre.
(Canción prosificada, adaptada y traducida con libertad de “Laura”, la maravillosa canción que Lluis Llach dedicó a la mujer que siempre le ha acompañado en los conciertos. Al parecer, un día le entregó la partitura de esta canción unos minutos antes de comenzar la actuación: Laura no sabía que el contenido iba dirigido a ella. Al descubrirlo, dentro de la actuación, dentro del escenario, tocando la música que era un homenaje, rompió a llorar. La imagen es de David Pons.)
Alguna vez habrá que reivindicar de verdad a los grandes.
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