— Verba Volant

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Sentido

Vuelvo después de unos días en los que no he podido contar historias de alumnos, aunque un contacto muy intenso con ellos a través de sus trabajos académicos y tutorías me ha dejado alguna anécdota que será necesario dejar apuntada para el futuro. Dejo aquí alguna palabra evocadora: empatía, desencuentro, revelación, firmeza, (mala) educación, chispa, gracia, ligereza, reflexión.

Hoy voy a escribir sobre el chico que me compraba caramelos Golia venciendo la tentación de hacerlo sobre alguien al que he recordado mientras desayunaba. Se trataba de un alumno crucial en un grupo de los que yo denomino mágicos: de repente, en una clase, hay un conjunto de alumnos con los que se establecen unos lazos estrechos de confianza para trabajar y progresar de maravilla. Tengo que hablar de ellos porque ahí se encuentra el chico que apareció de madrugada desnudo en una piscina, el chico que se apostó conmigo mil morenitos y los perdió, el chico al que dediqué una entrada cuando salió el último libro de la saga de Harry Potter o la chica que lo comprendía y todo lo explicaba con una sonrisa. Pero hablar de ese alumno que, después de unos años de profundidad, colaboración y yo creía que amistad se ha desvinculado por completo de esas conexiones me suscitaba demasiadas preguntas como para intentar abordarlas ahora que un potente rayo de sol entra por mi ventana.

La historia de hoy, en cambio, responde a esa luz potente que vivifica esta mañana de invierno. Los que no sois de Burgos no sois conscientes de que el frío, en nuestra ciudad invernal, se mezcla a veces con unos cielos azules y con unos destellos solares que hacen de las temperaturas bajo cero momentos de alegría. Es un frío que no se soporta, sino que se disfruta. Un momento atmosférico que, en el momento de salir a la calle, te hace inhalar con cautela pequeñas dosis de vida que luego dosificas entre el vaho de tu espiración.

Pero vayamos con Tomás. Tomás fue un chico que llegó al instituto en 3.º de BUP (1.º de bachillerato). Como ya he dicho en alguna otra ocasión, no era infrecuente que, por motivos diversos, recibiésemos en el centro a muchos alumnos en el últimos años de aquel Bachillerato Unificado Polivalente, una vez que se escogía entre “Letras” o “Ciencias”.

Siempre he intentado algún recurso para acoger al “nuevo”. Sin conocerlos todavía, siento lo que pueden sentir, situados en una clase en la que todos se conocen desde hace muchos años y en la que los lazos de unión entre muchos son muy estrechos. Durante todos aquellos años, seguí muchas estrategias, pero siempre había una común: crear un vínculo. No iba a contar uno de esos vínculos porque sé que me vais a poner a parir, pero ahí va: les ponía un mote. No exactamente un mote, sino que les llamaba de cierta manera. En este caso, Tomás se convirtió inmediatamente en Tommy. Sus compañeros enseguida entraban en el juego y, de ser alguien relativamente desconocido para todos, ese nombre nuevo vinculado al antiguo suponía un ritual de “bautizo” en el que alguien “nacía” en esa nueva fe de chicos maravillosos que ya serán, de verdad, sus compañeros. Para los más suspicaces, me veo en la obligación de decir que, al menor atisbo de molestia o sentimiento negativo por parte del afectado, restauraba su nombre de inmediato.

Otros vínculos se forjaban conociendo un poco más las costumbres de los chicos. En este caso, Tommy era un devorador compulsivo de caramelos Golia. Yo solía llevar algún caramelo en el bolsillo para aliviar la castigada garganta de alguien que se tiraba más de veinte horas semanales dando clase, pero un día se me habían olvidado y, como sabía que Tommy tendría recambios en su cazadora, le pedí uno de esos caramelos. La excepción se hizo rutina y, al entrar en su clase, lo primero que hacía Tommy era ofrecerme un caramelo, que yo aceptaba muy agradecido. Luego pasamos a las bromas de los supuestos efectos laxantes que conllevaba, al parecer, un consumo excesivo de esos caramelos, para acabar haciendo encargos a Tommy. Le pedía en muchas ocasiones el favor de que me comprase unos caramelos en la tienda de golosinas de la esquina. No era ninguna obligación, por supuesto, sino un favor que me hacía gustoso y que yo le agradecía ofreciéndole alguno de esos caramelos en clase. En muchas ocasiones, la invitación se hacía extensiva a otros de sus compañeros. Ahora que no nos escucha nadie, diremos que el consumo de “sustancias” tales como caramelos, chicles, regaliz y derivados estaba totalmente prohibido mientras nos encontrábamos dentro del recinto, pero yo tendía a saltarme esa regla un día sí y otro también.

Al poco tiempo, Tommy ya estaba totalmente integrado en clase. Era un tipo encantador, con una voz profunda y un corazón cargado de buenos sentimientos mezclados con una fina ironía, de esas que hacen sonreír un poco de lado. Compartíamos el baloncesto como una afición común y, como además era conocedor del baloncesto de los años en los que yo jugaba, debatíamos sobre jugadores antiguos y nuevos, comparábamos y establecíamos nuestras diferencias, gustos y preferencias.

Como se deduce de todo lo que comento más arriba, siempre tuve una gran simpatía por Tommy. A todo esto se añadía un poso de melancolía, un atisbo de sufrimiento que él escondía, pero que estaba arraigado en un hueco muy profundo que yo notaba y que no sabía identificar. Al margen de su carácter socarrón y sociable, Tommy, en los últimos tiempos, sufría. Al año siguiente, en su último año en el centro, ya avanzada la noche durante la fiesta de despedida que se celebró en una discoteca que ya no existe y que evidencia lo mayores que nos hemos hecho, Tommy me contó cuál era su problema, aquello que le hacía sufrir y que yo, evidentemente, no voy a contar aquí.

Me encuentro mucho con Tommy. Estudió en Salamanca, ahora tiene una niña encantadora, cuenta con un trabajo muy vocacional. Y coincidimos en muchas carreras. Porque Tommy, desde hace años, ha descubierto que correr es el mejor bálsamo para la mente, un momento de escape y un momento para la mejora. Un reto que espera siempre y que sobrevive a las lesiones y a los días en los que nos encontramos un poco más bajos. No son pocas las ocasiones en las que, entrenando, Tommy vuelve y yo voy, y viceversa. Por supuesto, ahora le llamo Tomás.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.. Imagen de Ana Villar.

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Hoy dudada entre publicar: “El chico que acabó desnudo de madrugada en una piscina municipal” o “El chico que contestaba con perfección y elegancia a una pregunta del examen y dejaba las otras cuatro en blanco”, pero me he decantado por esta.

Para contar esta historia, tengo que explicar algo de mi pasado que conecta con lo que cuento hoy. Yo también estudié, como todos estos alumnos de los que hablo, en el instituto protagonista en muchas de estas entradas. Se trata de un centro situado en un barrio de Burgos. Ahora (también cuando daba clase allí) es un instituto normal, lleno de gente de todas las procedencias, en el que caben también los alumnos procedentes de orígenes modestos. Decir que es un centro normal lleno de gente normal quiere decir muchas cosas (creo que todas buenas) cuando hablamos de Burgos.

Pero, cuando llegué a ese centro, el barrio en el que se ubicaba era mucho más conflictivo de lo que es ahora y algunos de los alumnos que estaban en el centro en los primeros cursos de BUP también lo eran. Hoy no toca explicar cómo llegué a estudiar allí, pero sí tengo que decir que era frecuente que mis compañeros fuesen señalando, cuando salíamos del colegio, a unas cuantas personas que vivían en el barrio por su mote y con observaciones tan atemorizantes para un chico de 14 años que había vivido antes en otros mundos: “Este salió de la cárcel hace dos semanas”, “Mira, aquel siempre va con pistola”, “Ese trapichea con heroína. Está enganchado que no veas”. Ninguno de esos angelitos estaba dentro del instituto, pero algunos parecían dignos aspirantes a esos tronos. Quizás el miedo estaba más en mi imaginación que en la realidad, pero, en la primera semana de clase, un compañero me pidió prestado un bolígrafo y yo no me atreví a pedirle que me lo devolviera. Recuerdo también a dos chicas nuevas que se sentaban justo delante, desesperadas porque un tipo de la fila de al lado se volvía durante la clase y adornaba todo tipo de gesticulación lasciva dirigiéndose hacia ellas. Me mantuve durante unas semanas lleno de inquietudes, que se acabaron cuando, en una hora libre que tuvimos porque faltó el profesor, cayó en mis manos un balón de baloncesto. Con una de mis pocas habilidades, me convertí en un pequeño héroe que ayudó al instituto a ganar partidos en la liga escolar. Puedo decir que, con mi dominio de la canasta, se acabaron mis problemas.

La clase que teníamos me parecía de otra década. Acostumbrado como estaba a las mesas individuales, aquí teníamos mesas en las que los dos pupitres estaban unidos. Yo me sentaba en la última fila y a mi compañero le conocía porque los dos procedíamos del mismo colegio. Un día, en el descanso entre clase y clase, yo estaba inclinado hacia la derecha hablando con una chica de la fila de al lado, cuando escuché un grito tremendo de mi amigo. Me di la vuelta y me dijo que le habían clavado una navaja. Se apretaba el muslo con las manos. Llevaba un pantalón de pana y yo no veía nada (el azar había originado que el corte coincidiese con una de las líneas del pantalón). En dos segundos, empezó a brotar la sangre. El pinchazo no era profundo, pero sangraba de forma más que significativa.

Como es habitual, no cabe aquí contar toda esta historia, que precede a la que tiene justo protagonismo hoy, pero sí creo necesario decir que el chico que había clavado la navaja a mi compañero no llegó a ser expulsado ni un solo día del instituto, todavía no llego a entender por qué. No quiero ni pensar que estaban acostumbrados (que no lo era el caso). Tampoco quería pensar que fuese el miedo a las represalias. Y otro apunte: decidió clavar la navaja a mi amigo, simplemente, porque se lo había apostado con un colega a cambio de un cigarrillo. Para que veáis lo sencillas que son las cosas del clavar.

Muchos años después, trasladamos nuestra historia a una clase de 2.º de BUP (3.º de ESO). Cuando el primer día me dispongo a pasar lista, reconozco esos apellidos al instante. Miro la cara del chaval y noto un inconfundible aire de familia. La misma forma de la cabeza, el pelo lacio y con un corte similar. Le pregunto: ¿”Tú eres hermano de…?”. Él me contesta con una sonrisa que, inmediatamente, interpreto como sarcástica. “Sí”, me dice. Al día siguiente, cuando vuelvo a pasar lista, me dice: “Mi hermano te manda recuerdos”. Y yo vuelvo a pensar en películas de miedo y lleno mi cabeza de pájaros de pésimos augurios. En los días siguientes, Alberto, que así se llamaba el hermano del navajero, siempre me mira de reojo y sonríe. Siempre contesta a mis preguntas de manera lacónica.

Mi asociación de Alberto con su hermano y las navajas duró mucho más de lo que cuento aquí. Con el tiempo, sin embargo, descubro que Alberto no tiene nada que ver con su hermano. Su sonrisa no es aviesa ni endiablada. Es, simplemente, una sonrisa. Y su forma lacónica de contestar es, simplemente, una forma de ser. Alejado ya de los prejuicios, nunca vi un mal gesto en Alberto, nunca una mala intención. Es cierto que no era muy buen estudiante y que le gustaba mucho más distraerse durante las clases que aprovecharlas, pero eso no hacía de Alberto deudor de ninguna de las malas mañas que le precedieron. Esto me enseñó lo perjudicial que es montarse una película sobre la enseñanza con un guion preestablecido.

Por cierto, más tarde me enteré de que el hermano de Alberto me mandaba unos saludos sinceros que nada tenían que ver con otra cosa que no fuera con el recuerdo de un compañero al que no se le daba nada mal jugar al baloncesto. Y ahora veo unas cuantas veces a Alberto durante el año. Trabaja en un bar al que voy con cierta frecuencia a comer unos pinchos que me encantan. Me recibe siempre con esa sonrisa que le caracterizaba ya a los 16 años. Y yo se la devuelvo con otra sonrisa, esa con la que tenía que haber recibido a Alberto desde el primer día. Sin ningún tipo de prejuicios.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Guillermo Ruiz.

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Cristina pertenecía a una clase de la que he hablado ya alguna vez en esta serie. Les di clase de Literatura (recuerdo que, antes, la Lengua y de Literatura eran asignaturas distintas) en 3.º de BUP y COU (en el sistema actual, 1.º y 2.º de BACH).

Como clase, funcionaban de una manera fantástica. Apuntaban maneras algunos de ellos en 2.º de BUP (Cristina no estaba aún en mi clase ese primer año), cuando la Literatura era una asignatura común, y despuntaron de forma sobresaliente cuando, en 3.º y en COU, eran asignaturas específicas para la rama de letras. Hablo muchas veces, como sabéis, de la sonrisa como uno de los elementos más característicos de mis recuerdos de las personas. En el caso de Cristina, lo que recuerdo primero es el brillo de sus ojos. Era un brillo colorido en unos ojos preciosos (como soy daltónico, no sé si verdes o color avellana) que procedía de la pasión. Porque la pasión de Cristina era la Literatura.

Ya desde las primeras clases, me asusté de la confianza que ponía Cristina en todo lo que yo decía. Si aconsejaba un libro, se lo leía de un tirón. Si adoraba a un autor o una obra, ella lo colocaba en su balda de propósitos para un estudio calmado y detenido. Si defenestraba a un autor, ella se extrañaba en un principio de esa descalificación para luego entender que, en el mundo de los libros y de la literatura, había que tomar partido, inevitablemente.

El nivel que tenía Cristina para comentar las obras que leíamos sería digno de toda una serie de historias sobre la lectura y las interpretaciones. Se apartaba de lo trivial para centrarse de forma atinada en la esencia. A su edad, ya era capaz de alejarse de las interpretaciones facilonas y ad hoc para dar un paso más, maduro, original y creativo. Tenía la competencia de algunos de sus compañeros, también excelentes, pero Cristina era distinta en su manera de vivir con los textos, de asumirlos, deglutirlos y asimilarlos. En ella, la Literatura era un poso para todo lo demás, el principio y el fin de todas las cosas, el lugar en el que confluían los elementos para entender el mundo.

Se sentaba en la primera fila, justo a mi derecha y no perdía ocasión para detectar un gesto, una afirmación arriesgada por mi parte. Ella se lanzaba en tromba en busca de una verdad que tenía en los libros su esencia y que se vería recompensada mil y una veces.

Yo no fui nunca el tutor de la clase de Cristina, pero hablaba mucho con esa clase de infinidad de cuestiones relacionadas con su presente y su futuro (a veces —también— de su pasado). Llegó el día en el que les pregunté qué les gustaría estudiar y Cristina dijo que Periodismo. Me extrañó en un principio, porque tenía manera de filóloga, pero yo no quería tampoco frustrar una vocación enfocada al mundo de la comunicación y que tenía en la escritura uno de sus puntos fuertes. Por razones que no vienen al caso, volví a plantear la pregunta y, cuando Cristina volvió a decir “Periodismo”, ya no me pude reprimir: “¿Y nunca has pensado en Filología Hispánica?”. Su contestación me dejó pasmado: “Es la carrera que más me gustaría estudiar, pero no me veo capaz”. Cristina tenía en un concepto tan alto aquello que adoraba —y que dominaba— que no se consideraba apta para lo que tendría que ser su destino natural. Creo que no mantuve nunca una conversación privada con Cristina sobre este asunto. Me limitaba a volver a sacar la conversación en clase una y otra vez (si puedo sobresalir en algo sobre los demás, es la de tener una capacidad para ser pesado fuera de todos los límites posibles). Con las valoraciones y el trabajo que Cristina hacía en clase cada día su confianza se fortaleció y sus miedos empezaron a resquebrajarse. A la persistente pregunta ella seguía contestando “Periodismo”, pero lo hacía con esa sonrisa aviesa y malvada de quien tenía ya decidido lo contrario. Era, creo, nuestra broma privada, que era, a fin de cuenta, la más pública de las manifestaciones y declaraciones.

Cristina estudió, afortunadamente, Filología Hispánica y es una filóloga excelente. He tenido ocasión de comprobarlo en carnes muy cercanas a las mías. Cuando mi hijo empezó el bachillerato en el instituto, mi sorpresa fue mayúscula cuando me dijo que su tutora (y profesora de Lengua y Literatura) me conocía. Pero esa sorpresa inicial resistió solo dos nombres (el de otra alumna mía que llevaba ya un par de años en el instituto y de la que hablaré un día cuando en la serie trataré sobre el pensamiento de los pulpos) y el de Cristina. No sabía que ella daba clase en el instituto, pero las pistas que me dio mi hijo eran infalibles. Una persona así solo podía ser Cristina.

Cristina era una profesora maravillosa, una espléndida tutora. Sabía llevar una clase con criterio y con inteligencia, con toda la mano dura que supone saber guiar con una mano blanda, con toda la sorna y retranca que solamente utilizan aquellos que tienen ese algo más que se necesita para ser profesor de vocación infinita. Me acuerdo de mi hijo diciendo: “Es que esta profesora sí que sabe…”.

Cristina vive cerca de mi casa y suelo encontrarme con ella con cierta frecuencia. Ha logrado a convencer a Julián, su marido para poner a sus dos hijos nombres de escritores que ella adora. Y nada me hace más feliz que sea ella una de las personas dedicadas a enseñar la Literatura por contagio. De eso se trata. Seguro que, cuando ella entra en clase, sigue teniendo ese extraño brillo en los ojos. Seguro que, en algún momento, preguntará más de tres veces a alguno de sus alumnos qué quiere estudiar. Y encontrará a alumnos que le agradezcan eternamente el no haber estudiado otra cosa que no sea Filología. Aunque ellos no sepan esta historia.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Svenwerk.

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La historia de hoy trata de Alfonso. Bueno, mejor vamos a llamarle Fonsi, hipocorístico que ahora se asocia a una canción de consecuencias nefastas para la historia de la música, pero que encaja en esta entrada como anillo al dedo. Porque jamás llamé Alfonso a Fonsi, ni en los momentos relajados ni en los serios. Todavía no sabía la razón, pero la he adivinado cuando he pensado en esta entrada.

Era el segundo curso que impartía clase de Lengua y Literatura Castellana en 3.º de la ESO y esa sección A que me llegaba ahora era famosa ya por su trayectoria. ¿No habéis oído esa expresión de “Es una clase muy buena académica, pero muy revoltosa y habladora”? Pues eso es lo que escuché yo a mis compañeros cuando hablaban de la clase de marras. Siempre he procurado no hacer ni puñetero caso a esas valoraciones del grupo o de los individuos. Son tantas ocasiones con las que me esperaba una cosa y me he encontrado la otra (para mal, para bien), que siempre prefería comprobarlo con mis propios ojos cuando llegase el momento. Eso sí, me acuerdo que una compañera dijo “Y ese Alfonso, qué pesado es, siempre de broma e intentando liarla” y, no sé por qué, me quedé con la copla.

Llegué a clase, me presenté, dije alguna parida —imagino que diría alguna, lo contrario me habría extrañado— y, de inmediato, Fonsi dijo algo a media voz con una sonrisilla que es difícil de olvidar. Y yo contraataqué con un “Fonsi, fuera de clase”.

La cosa, en forma de diálogo, sería más o menos así:

—Fonsi, fuera de clase.
—Pero si no he hecho nada.
—Precisamente por eso, Fonsi. Fuera de clase.
—Es injusto, me has cogido manía y no sé por qué.
—En efecto, Fonsi, te he cogido manía y no sé por qué. Fuera de clase.

Y Fonsi puso rumbo a la puerta cabeceando, rezando en voy baja algo referente a las injusticias de este mundo, pero esbozando esa sonrisa de pillete que le ha caracterizado y todavía le caracteriza. Toda la clase reaccionó con bromas dedicadas a Fonsi, que mientras se iba, tuvo que escuchar: “Te ha calado a la primera”, “Hala, ya tienes la primera anécdota del año para contar en casa” y otras muchas cosas más.

Frente a esa expulsión, hay que decir varias cosas. La primera, que era auténticamente extraño que yo expulsase a un alumno. La segunda, que fue una expulsión que procedió del instinto y no estaba basada en nada racional, ni siquiera en nada mínimamente justificado. Y, ahora que lo pienso, también hay una tercera. Creo recordar que ese año entró un nuevo director en el centro que dijo que no se podía expulsar a nadie, que estaba prohibido. No añadiré nada más, pero sí creo necesario subrayar que Fonsi no fue, de ningún modo, una cabeza de turco que emplease yo contra el sistema. Y fue una expulsión que no figuró nunca en el parte correspondiente.

Di esa clase de forma normal y relajada y, al día siguiente, tocó dar clase de nuevo en 3.º A. Fonsi iba a decir algo a su compañera de atrás, y yo le dije: “Fonsi, no te vuelvas y cállate, anda”. “Que no me llames Fonsi, que me llamo Alfonso. Y no estaba hablando”. A lo que yo le dije: “Vale, Fonsi, lo que tú digas, pero cállate, anda”. Se lo dije en un tono neutro que podía querer decir tanto “Te vas a volver a ir de clase cagando leches” como “¿No ves que te estoy vacilando un poco?”. Fonsi, que de tonto no tenía un pelo, entendió perfectamente que se trataba de la segunda opción y con ella nos movimos de forma relajada hasta que acabó 2.º de BACH.

Pero, por muy gracioso que fuese, la historia de la expulsión de Fonsi no puede alcanzar aquí su grado máximo de explicación. El contexto, la situación, el juego que nos dio a lo largo de todos los años, van mucho más allá de lo que cuento aquí.

Como ya viene siendo frecuente en estas historias, hay muchas cosas más que contar de Fonsi a lo largo de esos años de instituto. Porque Fonsi estaba en una clase muy importante para mí (en la que estaba, por cierto, el chico que llevaba siempre demasiado limpios los zapatos) y otros muchos que tendrán su historia de forma más que merecida.

La historia final que voy a contar de Fonsi tiene que ver con un día de despedida. Antes de la fiesta de despedida de los alumnos en el instituto (esa que yo, siempre que fui coordinador o tutor me negué siempre a llamar “Fiesta de graduación” porque no era tal y porque para mí siempre fue más importante en estos actos lo personal que lo académico), tenía la costumbre durante unos años de llevarles a una zona de campo cercana al centro. En una de las horas de tutoría, ya próximos los exámenes finales, nos sentábamos entre la hierba y les explicaba que, además de ese momento de fiesta en la que iban a estar también sus familiares, en el que se dirían discursos y palabras protocolarias, este, probablemente, iba a ser el último momento que iban a coincidir todos. Que se prometerían mil y una quedadas a las que asistirían unos pocos. Que la vida les haría estar aquí y allá, a veces a miles de kilómetros de distancia. Que las vidas, lo mismo que se encuentran, se separan de forma más o menos inexorable. Aunque algunos de ellos sean amigos de siempre, no siempre iban a estar todos. Así que era el momento de que, el que lo quisiera, hablase de cualquier anécdota, que contase algo divertido que había ocurrido en el transcurso de esos años…

En esas intervenciones, se iba saltando de lo trascendental a lo intrascendente (que, en estos casos, a veces es lo más importante) y, entre bromas y algún ataque de timidez, se iban deshilando palabras preciosas de despedida, de recuerdo de los mejores momentos. Lo teníamos fácil, porque muchos pudimos decir “Siempre nos quedará París”. Fonsi comentó, claro está, ese momento en el que fue expulsado nada más entrar en clase, entre las risas de todos. Porque todos ellos sabían que Fonsi era un tipo fundamental y excepcional, divertido y poco convencional, arisco en su misma calidez no siempre reconocida. Cuando nos levantamos y nos íbamos a marcharnos, Fonsi me dijo unas palabras, entre susurros, que yo nunca podré olvidar.

Ahora Fonsi y yo intercambiamos, de vez en cuando, algún guasap relacionado con algún burgalés que dice que hace rap y hace, simplemente, el payaso. Pero eso, quizás, sea otra historia.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de The Naked Ape.

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Hoy es 14 de febrero, así que la historia que cuento hoy es la más apropiada. Es el día de la banda sonora de “Historias de amor” de OBK, no porque sea una canción que me guste (en realidad, la detesto), sino porque, probablemente, coincida en el tiempo con el hecho que voy a contaros. Si seguimos la letra de esa canción, probablemente podríamos rastrear muchos de los enamoramientos que acontecieron durante aquellos años.

Antes de empezar, es conveniente que diga que, en esta serie de historias, habrá, con toda probabilidad, muchas historias de amor. Llevar más de 25 años entre jóvenes y adolescentes supone haberlo vivido casi todo: parejas perfectas que duran un día, parejas imperfectas a los que veo ahora ya por segunda vez con un carrito de bebé, parejas destinadas a no conocerse que se conocieron (y vaya si se conocieron), parejas de ahora que ellos ni siquiera se pudieron imaginar entonces, rollos de una noche que duraron una noche y rollos de una noche que duraron cuatro años, parejas que no lo fueron y que, años después, se reencontraron y se amaron.

La historia que cuento hoy tiene algo de anécdota previa que narraré a medias, porque la cosa dará más de sí. Diré que conocí a Clara en 1.º de BUP (el actual 3.º de la ESO). Fui, en ese curso, su profesor de Educación Física. Clara era una chica que se alojaba en una residencia de monjas. No sé si exactamente era novicia, pero parece que su destino estaba enfocado a la vida religiosa. Era una estudiante extraordinaria y, como suele ser frecuente, no muy hábil en las cuestiones deportivas. Pero esa formará parte de otra historia (que podría titularse algo así como “La chica que sacó todo sobresalientes y a la que suspendí una evaluación de Educación Física”. Pero vayamos a la historia de hoy.

Me reencontré con Clara en 3.º de BUP (1.º de bachillerato) como profesor de Filosofía. Olvidada ya la Educación Física, Clara era una de esas estudiantes ejemplares. Inteligente sin ser altiva, brillante sin visos de repelencia. Dedicada, en resumen, a aprender mucho, a no dejar nada en el tintero, a esforzarse por alcanzar mucho conocimiento con excelentes resultados. La asignatura de Filosofía ese primer año exigía tener un pensamiento ordenado, que relacionase conceptos para llevarlos siempre un poco más allá, y Clara lo hacía a las mil maravillas. Ese año, como era habitual en ella, sacó unas calificaciones magníficas.

Empezamos el curso de COU (2.º de bachillerato) y yo me estrenaba como tutor en ese curso (sustituía en esa función a uno de los profesores más veteranos, que no se tomó muy bien el cambio, pero eso es —también— otra historia). Asumía una responsabilidad muy grande para haber llegado hacía muy poco a la enseñanza e intentaba gestionar lo mejor posible todas las contingencias de una clase numerosísima.

Como sé que estáis esperando con intriga el episodio romántico y yo estoy, deliberadamente, dando vueltas y vueltas para postergarlo, lleguemos ya a él. Ese año, llegó a clase un chico nuevo. Decía en alguna entrada anterior que había dado clase en secundaria a chicos con una edad muy similar a la que tenía yo en esos años. Juan José (Juanjo) no llegaba a ser como yo, pero no andaba muy lejos. Como siempre en estos casos, había vivido circunstancias algo peculiares. La fundamental, en su caso, era que había pasado unos años viviendo en Irlanda. Había vuelto a España, a Burgos, y decidió finalizar los estudios para acceder a la universidad. Juanjo era un tipo simpático, de pensamiento ágil y maduro. Era un placer dar clase de Historia de la Filosofía a una mente con una persona con una cabeza tan bien asentada.

Juanjo se sentaba en la parte central de la clase, en la última fila. Uno de esos cambios azarosos que realizaba yo como tutor a lo largo del curso para que los alumnos no se anclaran a un sitio motivó que, en la segunda evaluación, Clara, que siempre era alumna de primeras filas por propia iniciativa, recalase en la última fila, a la derecha de Juanjo. Lo que al principio era distancia entre ellos se convirtió en colaboración. Lo que era solo cooperación, después se convirtió en compañerismo. Lo que era una buena relación entre compañeros, se convirtió en sintonía y simpatía. Yo me alegraba porque veía una evolución sana en Clara, que seguía centrada pero estaba más alegre, más madura, y en Juanjo, que, pese a ser “el nuevo” en la clase se interesaba más todavía en integrarse.

Un día, sonaron las señales de alarma. No las había detectado unas semanas antes. Y eso que atisbé en alguna ocasión una mirada rápida, una sonrisa cómplice entre ellos. Las atribuí, simplemente, a esa manera que tenían de ir conociéndose. Algunos profesores se quejaron de que el rendimiento de Clara había bajado sustancialmente. Uno de los profesores, en modo cotilla, murmuró algo como puesesqueyolaveotodoeldíahablandoconJuanjo. Hablé con ella y, con una cara luminosa y resplandenciente, me dijo que no le pasaba nada. Yo le dije que muy bien, que me alegraba de que no le pasase nada, pero que se pusiese las pilas. En definitiva, nada que no diga un tutor preocupado en esas circunstancias.

Unas semanas más tarde, el bajón de resultados se tradujo en un fracaso académico absoluto. Primero hablé con Clara, que me desveló lo que ya era un secreto a voces. Juanjo y ella, simplemente, se habían enamorado. Y yo, como tutor preocupado pero nada habituado a lidiar con esas contingencias, le dije algo así como que muy bien, que me alegraba… pero añadí que si se lo había pensado bien, que meditara… no sé muy bien qué más le dije ni qué más le tenía que decir.

Al día siguiente, hablé con los dos. Comprobé que la cosa iba muy en serio. A mí, por supuesto, no me importaba la historia en sí (es más, me alegraba), sino el hecho de que Clara no la llegaba a compaginar con su vertiente académica. Los años y los sentimientos le habían hecho cambiar de rumbo vital en un ángulo próximo a los 180 grados y yo lo comprendía, pero, como profesor, intentaba también que mantuviese el ritmo habitual para finalizar ese último curso y enfocar ya su vida como ella quisiese, como ellos deseasen.

Clara no aprobó ese curso. Perdí el rastro de Clara y Juanjo y no sé cómo acabó la historia. Pero todavía recuerdo esa sonrisa cómplice, cuando Juanjo y Clara descubrieron el amor.

(Pequeña observación: mientras escribía esta entrada, estaba escuchando una lista de reproducción de canciones románticas. Cuando escribía las últimas líneas —azares de la vida—, sonada “The Power of Love”, de Jennifer Rush. Acordándome de Clara y Juanjo, me han entrado ganas de llorar. ¡Feliz día de San Valentín, Clara, que sé que me estarás leyendo! Feliz día de San Valentín, amigos, ahora que me estáis leyendo).

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Nick.

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Pese a haber pasado lustros, recuerdo ese día como si fuese hoy. Estábamos en clase de Literatura en 2.º de BUP (equivalente a 4.º de la ESO) y creo no engañarme si en el aula reinaba una calma extraña y premonitoria. Andaba yo enredado en la explicación de los aspectos formales y métricos de la poesía del siglo XIV, antes de entrar en harina y leer las Coplas de Jorge Manrique y comentarlas. Estaba acabando ya esos preliminares cuando llamaron a la puerta de la clase. El conserje entró y pregunto: “¿Fernando Rodríguez?”. En ese momento, ese silencio extraño se tensó hasta el infinito y Fernando (todos le llamábamos Fer), que estaba hacia la mitad de la fila que yo tenía a la izquierda, soltó un “¡Joder!”, se levantó, recogió el libro y el cuaderno y puso rumbo al pasillo y siguió al conserje hasta que los perdí de vista al doblar la esquina.

Todos sabíamos lo que significaba ese “¿Fernando Rodríguez”” y ese “Joder”. El padre de Fer estaba muy enfermo y se temía lo peor desde hace días. El momento había llegado y el respeto y el cariño que todos teníamos por el chaval nos hizo mantener unos segundos la clase en vilo, callada y estupefacta. Yo, que era el responsable natural de la clase, era el que tenía que dar el paso. Me recompuse en la silla y dije algo así como que el mejor homenaje que podíamos dar a Fer y a su padre era seguir con la clase. Eso fue lo mejor que se me ocurrió para salir del trance. Carraspeé, continué con una serie de vaguedades rápidas e inconexas sobre los ejes temáticos de las Coplas y llegaba el momento de empezar con la lectura. No quería dejar la responsabilidad de pasar por aquel trago a ninguno de sus compañeros y comencé con el “Recuerde el alma dormida”. No pasé del “Cómo se viene la muerte / tan callando”. Ahí tendría que haber parado la lectura para hablar de ese encabalgamiento tan magistral y significativo, pero me detuve porque no podía contener las lágrimas. Se me escapó un “Que le den por culo, este año no se leen las Coplas de Jorge Manrique” y pasamos a otros textos más livianos que nos liberaron de la congoja.

Cuando he contado esta anécdota, algunos listos me han dicho, a lo largo de los años, que hombre, pues qué mejor momento; que vaya, pero cómo va irse una clase sin ver a Manrique; que jolín, qué pena, qué angustia, podías haber dejado que lo leyera un compañero; que bueno, pues haber continuado cuando Fer volviese a clase pasados esos días. Pero yo no me arrepiento ni un solo minuto de haber dejado que el genial Jorge Manrique se escapase esa clase, ese año, de las vidas de esos chicos de 16 años, de esos compañeros y amigos que habían asistido al anuncio de la noticia fatal para su amigo.

No es difícil imaginar que siempre he tenido un aprecio especial por Fer. Tengo que contar otras historias de Fer y de sus compañeros, hasta llegar al día, muchos años después, en el que, entre compañeros, unas chuletillas y un poco de vino, hablamos de literatura. Otra vez. Pero eso tendrá que esperar para otro momento, en otra historia.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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Durante unos poquitos años, di clase de una asignatura llamada “Introducción a los medios de información y comunicación”. Se trataba de una asignatura de las llamadas “de iniciación profesional” que se impartía en 4.º de ESO. Cualquier alumno podía escogerla, pero era obligatorio que la cursasen todos los alumnos de la denominada “Diversificación curricular” (sin enrollarme mucho —y simplificando mucho también—, diré que era un sistema diseñado por el ministerio para aquellos alumnos que se preveía que no podrían obtener el título por la vía convencional y necesitaban un programa específico de asignaturas junto con otras asignaturas que hacían con el resto de sus compañeros).

Para todo aquel que no esté familiarizado con aquel sistema y para el lector que no conoce los entresijos de la enseñanza, seguro que le viene alguna palabra demasiado fácil y simplista para denominar a ese programa de “Diversificación curricular”. La “Diversificación curricular” acogía una variedad incontable de circunstancias singulares y de particularidades personales y sociales que no se pueden juzgar si no es para equivocarse de medio a medio.

Bueno, a lo que íbamos. Decía que la asignatura de marras se llamaba “Introducción a los medios de información y comunicación”. El diseño de la asignatura acogía contenidos relacionados con los medios de comunicación, con el ámbito de la informática aplicada y con los medios audiovisuales. Como indicaba más arriba, era una asignatura escogida de forma libre por muchos alumnos y obligatoria para los alumnos de Diversificación.

A la hora de dar una asignatura como esta, uno tendría la tentación de hacer las cosas de manera facilona, pero yo me planteé justamente lo contrario. Desde luego, tenía que ser una materia esencialmente práctica en la que los contenidos se asimilasen “haciendo”. Pero eso no significo para mí, en ningún momento, plantear una asignatura de perfil bajo. Los alumnos, por ejemplo, realizaban blogs (en el momento en el que los blogs estaban empezando). Y cuando digo que realizaban me refiero a que no solo los creaban en una plataforma, sino que incluso modificaban las plantillas introduciendo código, por poner un ejemplo.

Pero el bloque en el que yo, como docente, me planteaba un auténtico reto era el dedicado al cine. Hablábamos de cine analizando las breves secuencias de los Lumière, descubriendo todos los trucos (nunca mejor dicho) de Meliès, riendo y llorando con Chaplin… Aprendíamos con ejemplos todo lo referente a planos, angulación de cámara, tipos de montaje y un largo etcétera. Mi reto era que, salvo excepciones, pudiesen descubrir el cine desde sus principios y que no se resignasen a los prejuicios que tenían sobre las películas en blanco y negro. Y he de decir que, pese a la reserva inicial, lo íbamos consiguiendo.

Además de analizar fragmentos breves, todos los años veíamos una película completa. Alguna vez tocó Hitchcock. El año que comento, vimos Con faldas y a lo loco, de Billy Wilder. Era un visionado en el que nos deteníamos para analizar muchos elementos y en el que les llamaba la atención sobre algunos aspectos que no eran muy evidentes si no se atendía a los detalles. Ellos también realizaban observaciones sobre lo que veían. En el caso de esta película, más o menos hacia la mitad, fui dejando, poco a poco, disfrutar de la historia sin pararla demasiado.

Nunca me ha gustado ejercer de profesor vigilante así que yo estaba en primera fila y no podía ver sus reacciones, a excepción de algún comentario en voz alta y, por supuesto, muchas risas. En principio, muchas más de las que esperaba. A veces llegué a tener la duda de si exageraban para dar la nota. Llegamos al “Bueno, nadie es perfecto” y hubo un segundo de silencio en los que me temí lo peor. Tras ese segundo muy tenso para mí, hubo un aplauso espontáneo y prolongado. Estos alumnos, educados en un contexto en el que el cine clásico es algo raro y viejo, valoraban con reverencia y respeto lo que habían descubierto como una obra maestra. Ellos, claro, lo decían con otras palabras: “Cojonuda, tía, vaya peli”. “El tío este era un genio” (subrayo que también hacían menciones al director, a ese ser genial que no se ve, pero que ellos habían descubierto casi por primera vez).

Me levanté de la silla, me puse frente a ellos y me puse a aplaudir también con ellos. Pocas veces he sido más feliz dando clase que en ese momento.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices.

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Antes de empezar con esta historia, tengo que comenzar dando las gracias a todas las personas a las que les gustan estas entradas relacionadas con los alumnos y me han animado a seguir con la serie. Y también pido perdón por el parón de tres días: me he tomado la licencia de seguir el patrón académico de descansar el fin de semana y el día de fiesta de la universidad (28 de enero, santo Tomás de Aquino).

Vayamos a la historia de hoy, que es complicada de contar. Digo que es complicada de contar porque, necesariamente, tengo que omitir más de un dato por razones obvias de privacidad. Si en todas estas entradas procedo con especial cuidado, en esta ocasión la precaución se multiplica.

Lourdes era una chica que, un fin de semana de primavera, decidió poner fin a su vida. No importan mucho los detalles (y, si importan, no los podemos dejar reflejados aquí). El caso es que solamente un reducido grupo de personas conocimos esta circunstancia y yo, que era su tutor, me encontraba entre ellas. Lourdes estudiaba COU (el actual 2.º de Bachillerato) y, a raíz de este problema, del que no salió muy perjudicada físicamente, estuvo ingresada en la planta de Psiquiatría del Divino Vallés.

Como tutor, tuve una larga conversación con la madre sobre lo que podía ser más conveniente para Lourdes. Al parecer, los médicos aconsejaban que, aunque ingresada y medicada, podía ser positivo que retomase, en cierta medida, la rutina académica. Una profesora de ciencias y yo nos íbamos acercando al hospital para ayudarla e ir poniéndole al día de lo que se hacía en clase.

El primer día que llegué a la planta de Psiquiatría reconozco que me sorprendí y asusté. El protocolo de acceso era muy rígido, sin poder acceder al área con ningún objeto punzante y teniendo que cumplir una serie de requisitos totalmente lógicos pero muy severos. La sorpresa dio lugar a la inquietud al ver la planta desde dentro. Lourdes se encontraba, en el momento en el que llegué, en una habitación compartida en la que había camas con abrazaderas para inmovilizar a algunas enfermas. Un grupo de chicas acudía con desgana a la hora de una merienda forzada, aunque también es cierto que se oía también alguna conversación más animada. No obstante, el ambiente era ciertamente opresivo para el visitante. Pero a lo que íbamos: decía que Lourdes estaba en la cama con una gran sonrisa. Era una chica de natural alegre y casi siempre estaba de buen humor. Uno no puede evitar pensar qué procesión llevaría por dentro y qué gran tensión habría entre esa sonrisa vista desde fuera y esa pena interna que atenazaba su mundo interior. Pero, sobre todo, en ese momento, se veía en Lourdes una sonrisa de agradecimiento. Naturalmente, nadie dijo ni una palabra sobre todo lo que había ocurrido: nos limitábamos a hablar con toda naturalidad de lo que quedaba por hacer en clase como si estos días Lourdes hubiese estado en cama por culpa de una gripe.

Los días pasaban y Lourdes pudo ir enfrentándose a las pruebas finales de COU desde el hospital. Nada impedía que ella fuese progresando en sus estudios (era buena estudiante) y fuese aprobando. El aprobado en COU dio paso a la gran pregunta: ¿y la Selectividad? Lourdes estaba en condiciones de aprobar la Selectividad en la convocatoria de junio, pero su situación de ingreso hospitalario en un área cerrada parecía imposibilitar que hiciese el examen en la universidad. Yo pregunté a la madre por esta circunstancia y me dijo que los médicos no ponían ninguna pega a que realizase la prueba de acceso a la universidad. La única condición es que alguien se encargase de ir a recogerla al hospital, la vigilase en todo momento y la volviese a acompañar al hospital al finalizar cada jornada. Bastaba, en suma, firmar unos papeles.

Necesariamente tengo que hacer aquí otro paréntesis en la historia. Pertenece a lo más íntimo en las historias de las familias y no voy a ser yo el que se dedique a juzgarlo. Digamos tan solo que sentí el impulso de ayudar a Lourdes y me comprometí a ser quien le sirviese de acompañante y de sombra. Era algo arriesgado, pero no se trataba, a mi juicio, de nada heroico. A fin de cuentas, como he dicho antes, yo era su tutor y era el encargado, como vocal de centro, de estar en las aulas de los exámenes junto con mis alumnos. Nada más natural que iniciar la jornada un poco antes en el hospital y finalizarla por la tarde-noche en el mismo sitio.

No es esta la ocasión para reseñar más detalles. Solamente puedo decir que todo fue como la seda, que Lourdes se adaptó muy bien a las circunstancias, que hizo todos los exámenes sin problemas y que todos cumplimos con los protocolos, tal y como nos habían pedido los médicos. Lourdes aprobó la Selectividad con una nota más que digna, por lo que teníamos muchas razones para estar contentos.

Tengo que decir que jamás recibí un agradecimiento por parte de la familia de Lourdes. Esto me entristeció al principio, porque creo que mi grado de compromiso e implicación fue grande y hubiese sido el responsable si algo hubiese salido mal. Con el tiempo, me he dado cuenta de que tampoco necesitaba ese agradecimiento. Me basta con saber que Lourdes pasó con nota ese momento de su vida. Y eso es mucho más importante que cualquier otra cosa. Me basta con acordarme, en definitiva, de su sonrisa.

Esta entrada pertenece a la serie Historias de alumnos. Para salvaguardar las identidades, los nombres no son los reales y puede que se cambien algunas circunstancias contextuales, si ello es necesario para no revelar el secreto profesional. También es conveniente recordar que, como puede suponerse, las historias se cuentan aquí de una manera resumida y que, en la vida real, tuvieron muchos más matices. Imagen de Thomas Hawk.

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La vida tiene rotos y descosidos, fracturas y desgarros. ¿Quién no tiene el corazón hecho trizas por mil trescientas cuarenta y siete razones? Los adalides del optimismo sin reparos nos invitan al olvido o a la reparación perfecta, a la expiación sublime o a la reforma sin fisuras, pero los expertos en rotos, fracturas y desgarros sabemos que una restauración inmaculada no es posible lejos del país de la utopía.

Por eso, tenemos que tener en cuenta el kintsugi, una bellísima técnica japonesa para reparar los objetos de cerámica que se han roto y que, utilizada como metáfora, nos ha de ser muy útil para todos los aspectos de nuestra vida.

Cuando algo se rompe —cuando algo se nos rompe— tenemos la posibilidad de dejar los pedazos abandonados hasta que un arqueólogo de las cosas o de las almas los catalogue, podemos recoger esos restos y tirarlos a la basura. Habrá quien intente comprar un objeto nuevo. El manitas intentará arreglar el destrozo para que no se noten las consecuencias. Como nada (ni nadie) es ajeno a la segunda ley de la termodinámica, ninguno de estos métodos es perfecto. Porque lo abandonado no se recupera nunca del todo. Porque lo desechado nos persigue en el recuerdo. Porque lo nuevo no sustituye de forma perfecta. Porque no hay quien consiga el arreglo inmaculado.

El kintsugi, decíamos, aprovecha las grietas de las cosas y de la vida. Esta técnica artesanal japonesa consiste en reparar esas grietas y pedazos con un barniz de oro. La cicatriz, de este modo, permanece plenamente visible y manifiesta. Las cosas (y las almas) dejan bien a la vista de todos los destrozos del tiempo y los subliman. En nuestras vidas, lo imperfecto adquiere ahora el rango de perfección gracias al mejor ejemplo de resiliencia.

Como nos dicen en el artículo de El País, lo roto e imperfecto alcanza tal grado de belleza que es más buscado y cotizado que el objeto original, sin mancha pero menos completo. Porque las heridas de la vida y de las cosas quedan a la vista para enseñarnos que la cicatriz significa superación.

Nuestra naturaleza es frágil, nadie lo duda. Somos vulnerables, es evidente. Valorar lo que se (nos) rompe nos ayuda a saber que, en el fondo, somos irreemplazables. Eso sí, el kintsugi requiere un largo proceso para que todo encaje bajo ese nuevo prisma, para que la paciencia se haga sólida y brille. Más allá de lo nuevo, más allá de lo de antes.

La imagen es de Diego Mir.

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