— Verba Volant

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Sentido

Reconozco que vericuetos es una de mis palabras favoritas. Pocas veces el significado y la forma de una palabra han plasmado todos esos recovecos —otra palabra genial— de forma tan sublime.

La definición de vericueto se mantiene en los diccionarios de la RAE desde el Diccionario de Autoridades en 1739 hasta la actualidad: ” Lugar o sitio áspero, alto y quebrado, por donde no se puede andar sino con dificultad”. Respecto a los vericuetos como palabra, me gustaría reseñar dos cosas: la primera, que el mundo es tan complicado, tan inaccesible o tan encrespado que es una palabra que siempre he visto utilizada en plural. No existe vericueto, porque sería algo único y excepcional, sino que existen los vericuetos. No constantes, pero frecuentes. La segunda, que puede que la acepción de los vericuetos tenga connotaciones negativas (esos áspero, quebrado y dificultad que aparecen en la definición), pero, para mí, los vericuetos tienen algo de reto, de requiebro excepcional, de elevación de lo extraño a categoría de desafío.

El vericueto, obviamente, no es un solamente un lugar, sino también una forma de ser y un estado del alma. Escribí hace ya muchos años una entrada en la que hablaba de Artabán, mi rey mago favorito, que no llegó a Belén porque se perdió por el camino, probablemente embelesado por el proceso y los vericuetos y no por la meta fijada por las estrellas. Y esto pasa constantemente en nuestras vidas, en las que algunos nos negamos a la línea pautada, a la senda fija, y preferimos los meandros —otra gran palabra— que suponen poner al devenir por encima del estar y del ser.

Y todo esto venía a cuento de una anécdota personal sobre vericuetos y a unos vericuetos mostrados en forma de canciones. Pero me temo que, de eso, hablaremos otro día. A veces, es bueno perderse en las palabras. Con las palabras.

 

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Hay obras que te reconcilian con el arte. Es lo que me ha ocurrido recientemente con Muchos hijos, un mono y un castillo, una película documental de Gustavo Salmerón. El que quiera críticas sesudas, dispone muchos lugares para encontrarlas en internet, así como el que quiera conocer detalles de los éxitos y premios que ha obtenido, por lo que me voy a limitar a escribir lo que me apetece (que es lo que suelo hacer siempre).

El arranque de la peli  justifica el título y dice mucho de su recorrido. En un comienzo, lo que se cuenta no nos pertenece: aunque mi familia no era numerosa, conozco a unas cuantas familias con muchos hijos, pero creo que no conocía nunca a ninguna familia que hubiese tenido ni un mono ni un castillo. Esta peculiaridad familiar, que se suma al asunto de unas vértebras sobre el que no me voy a detener para no traicionar la sorpresa de futuros espectadores, se agranda y magnifica con la extraordinaria Julita, la madre de Gustavo Salmerón. Porque esta es una película sobre una familia y una película sobre Julita (o, porque es una película sobre Julita, es una película sobre su familia).

Esta sensación de diferencia y distancia dura solo unos segundos. Casi de inmediato, uno se siente como en (su) casa. Y, no habiendo tenido primates ni castillos, uno aprecia que Salmerón está contando algo muy cercano y que se aproxima mucho a la vida (a nuestra vida, a cualquier vida). Porque la vida es un compendio de sueños que luego se cumplen, un compendio de sueños cumplidos que luego se rompen. Porque los monos y los castillos pueden ser trasuntos de otra cosa en cada familia. Porque la vida tiene que ver con nuestras cosas y con nuestros recuerdos. Con una figura familiar que sirve de anclaje y referente, con todas sus virtudes y todos sus defectos. Porque construimos una vida y llega un momento en que la tenemos que desmontar. Porque la mudanza es parte de nuestro devenir hasta que no sabemos qué hacer con nuestros recuerdos, que tenían sentido en un lugar y, cuando se trasladan a otro, significan otra cosa y pueden servir para que cualquiera los coja y se los lleve.

No puedo decir más: es una película que necesita una conversación después de verla. Solo un detalle: a veces, unas tostadas de pan un poquito quemado con abundante mantequilla y mermelada son el trasunto del mayor de los placeres. Cuando nosotros no nos atrevemos a sucumbir a los placeres, Julita nos enseña otra perspectiva.

En fin, una película, nunca mejor dicho, sobre cuestiones cervicales. Sobre enseres y sobre familia. Y una reflexión sobre la muerte cuando todavía hay vida. A veces, te tienen que pinchar para sentirte vivo.

(Esta entrada pertenece a la serie Sugerencias, que sigo teniendo muy abandonada. Pero tengo propósito de enmienda

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Me decían el otro día que, hace ya algún tiempo, empleé la expresión “perfil bajo” aplicada a alguien de manera negativa. A mí me extrañaba imaginar esas palabras puestas en mi boca, tanto porque esa expresión no me gusta mucho ni en la forma ni en el fondo como por ese contexto negativo de alguien, que por otro lado, no conozco más que de oídas.

Lo primero que hice fue negar la mayor y pensar que era imposible que yo hubiese hablado de “perfil bajo”. Después, me puse en el difícil papel de aceptar algo que no sé si he dicho, pero que seguro que no pienso. Y ahí vinieron docenas de comeduras de coco sobre los perfiles.

Dicen que un neopositivista viajaba en un tren (en los tiempos en los que se viajaba en departamentos frente a frente) y que, no me acuerdo por qué, su acompañante dijo algo así como “Mira qué vaca tan bonita con manchas negras hay en la colina”. El neopositivista se indignó mucho por una afirmación que él consideraba falsa y que le obligó a matizar que lo que realmente creía que su compañero había querido decir es algo parecido a que “Existe algo que la mayor parte de las personas consideran una vaca —y, bajo tu óptica individual y subjetiva estimas bella—, pero de la cual solo has visto una silueta de “vaca” por uno de sus lados ignorando si, realmente, por el lado que no ves existe una correspondencia con tu percepto”. En suma, para el neopositivista su amigo había visto algo, pero, contemplándolo desde una única perspectiva, no podía estar plenamente seguro de que su percepción fuese correcta y ajustada a la realidad.

Y sabemos que Valle-Inclán, en una entrevista justamente famosa, hablaba de que existen tres modos de ver el mundo desde una óptica artística o estética: “de rodillas, en pie o levantado en el aire”. Decía Valle que la mirada de rodillas supone contemplar a los personajes como más que humanos (héroes, dioses o semidioses), como aquellos de los que Homero contaba sus peripecias. La mirada “en pie”, frente a frente, supone contemplar a los personajes como si estuviésemos ante el espejo de nosotros mismos y nuestra condición humana, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Esos personajes son en los que habitan la máxima realidad y la máxima verdad. Por último, la forma de ver el mundo “levantado en el aire” era la que utilizaba nuestro genial escritor  en sus esperpentos para contemplar el mundo desde un plano superior y, no sin ironía, considerar a cualquier personaje, por egregio que fuese desde otra contemplación, como un muñeco.

Pensaréis que estoy dando muchas vueltas para un hecho, aparente de poca importancia, de haber hablado de alguien de “perfil bajo”. Pero no dejo de pensar en que hablar de “perfil” es como considerar a un todo por haber visto una parte, como el amigo del neopositivista con esa vaca que solo podía intuir o conjeturar. Y habla de “bajo” es contemplar a alguien por los suelos, mientras yo estoy “levantado en el aire”. Lo primero lleva a aparejado sesgar y lo segundo cosificar. Cosas que, quizás, hacemos todos en algún momento para hablar de algo de alguien pero con las que nunca conseguiremos un auténtico conocimiento.

Aunque el perfil puede conllevar sutileza o contemplación de lo esencial, es mero contorno que no deja ver sino la mitad. Así que me niego a alguien por lo que no es. Si, además, no conocemos a alguien (en la medida en la que conocer es abarcar y extender hasta lo imposible), todavía peor. En consecuencia, si algún día oías hablar a alguien de una persona de “perfil bajo”, recordadle la historia del neopositivista y la vaca, la historia de la contemplación en el arte según Valle-Inclán.

Imagen de Fernando.

 

 

 

 

 

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Le escuchaba muchas veces decir la misma palabra, rematar, en infinitivo y en varias formas conjugadas. Es una de esas manías que tenemos todos y que, probablemente, ignoramos: esas derivas léxicas consistentes en repetir algo porque nos gusta o yo qué sé. Era escuchar la palabra y perder ya el hilo de todo lo demás. Preguntarme por el origen (¿de dónde procede esa manía, si por oírla en casa, por haberla leído, haberla copiado en un dictado que le determinaría de por vida), indagar en la razón (¿por qué esa palabra y no otra, sinónima, relacionada?).

De todas las acepciones del diccionario, nunca la empleaba con sinónimo de ‘matar’. Y, con variantes posibles, creo que, si tuviera que apostar, sin duda lo haría por la que tiene que ver con la costura: “Afianzar la última puntada, dando otra sobre ella parra asegurarla, o haciendo un nudo especial en la hebra”. No es, por lo tanto, solamente dar fin, acabar algo, sino aportarle un colofón especial. Me lo imaginaba, entonces, de pequeño, al lado de su madre —me consta que su padre no era sastre y eran tiempos en los no había posibilidad de que un hombre cogiese una aguja si no formaba parte de un oficio—, embebecido con la destreza con los materiales de costura. Probablemente, una mesa camilla en la que hay una lata de Cola Cao con miles de bobinas de hilo, alfileres, imperdibles, quizás docenas botones esperando una oportunidad. Probablemente, una luz de primera hora de la tarde entrando en el ángulo perfecto sobre la prenda de costura.

Acudí a las fuentes de información para conocer más sobre la palabra. Una aparición temprana en el siglo XIII, una palabra que desvelaba todo de él. Usada casi con la misma frecuencia desde el siglo XVI, descuella sin embargo en el siglo XVII, uno de los siglos sobre los que habla, sobre los que va y vuelve con frecuencia. No una palabra anclada en el pasado (no como, por ejemplo, la palabra fetén, de nacimiento mucho más reciente pero objeto de escarnio entre nietas y abuelas): él nunca se permitiría la licencia de ajarse en el tiempo con la piel de las palabras. Pero sí una palabra con la solera suficiente para brillar antes y permanecer ahora. Mi búsqueda arqueológica me llevó al Diccionario de autoridades, que en 1733 ya deja registro de la palabra relacionada con el pespunte y sus anejos. Y, con la ayuda de internet, comprobé que su definición persiste desde 1780 con muy pocos cambios.

Cuento todo esto como si se tratara de una secuencia lógica, pero es una larga historia, llena de instantes, retazos, momentos y altibajos. Una obsesión de él en su uso y mía en su recepción, benévola, ansiosa y casi obsesiva. O quizás no obsesiva, sino enlazada por el amor mutuo a ciertas palabras, como si se tratase de un murmullo. Consciente de que era un misterio de solución imposible, recordé su afición por los anagramas. Y obtuve tramaré y armarte, que casaban muy bien: la trama en lo que tiene de astucia, pero con los hilos muy presentes; y esas armas que parece que parece que me está dando para esgrimir no tanto un arma como una razón al sinsentido. Escuchándole un remata, llego al al atarme y al aterra, pero también al atraer, al amarre, al ararme y al ararte.

Y me doy cuenta de que las palabras son todo menos casualidades. Son milagros nacidos quién sabe dónde y depositados con cariño en nuestra voz.

(Imagen de Juan Ramón Martos).

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Es un solitario que no quiere estar solo, un raro espécimen de los que solo pueden estar en extinción. Empleado de mantenimiento en una empresa desde hace más de veinte años, se dirige a uno de los despachos de la tercera planta. Los ascensores estaban ocupados y ha ido ascendiendo con los pies pesados y el corazón en vilo por las escaleras: la caja de herramientas tiene un peso específico y su vida la acabará cobrando, a buen seguro, exceso de equipaje. Estira un poco la cremallera del mono azul. Esboza un ¿se puede? simultáneo caso a los nudillos en la puerta. Adelante es la voz cantarina que le abre, de vez en cuando, el paraíso. Que me han pasado una incidencia sobre la calefacción. Sí, que no hay manera, que el radiador no calienta. Pues nada, ahora mismo lo miramos. ¿Hace falta que me vaya? Acabo de escribir una cosa y me voy. No, no, no hace falta. Puedo perfectamente.

Abre la caja y despliega una de las bandejas. Coge dos llaves y un destornillador y se pone a la faena. Siente una mezcla de olores, a fresas con nata y un relumbre de colonia. Mientras piensa de dónde procede la extraña combinación, sigue con lo suyo. Es la tercera vez que acude a arreglar ese radiador que se le resiste. O puede que el sea más fuerte que el radiador y esté por encima de las circunstancias. Cualquier excusa es buena para acudir a ese santuario. Maneja otro par de tuercas atronando con un sonido metálico que, por todos los conductos, llega casi hasta el infierno. Pues bueno, creo que ya está. Muchas gracias, a ver si hay suerte, que en esta ala del edificio hace mucho frío. Sí, creo que está solucionado. Se incorpora con un poco de dificultad. Ya de pie, tarda en ponerse totalmente recto todavía unos segundos. Habla de la necesidad de que cambien el sistema, de unas válvulas que no van bien. Antes de salir, se fija en ese póster y en ese calendario de pared que están descuadrados y que rompen la armonía de las fresas con nata en la dulzura solo comparable a vacaciones pagadas durante un mes con el aire de la sierra que tanto le gusta. Un día habrá que poner eso bien, dice. Cuando quiera, le dice. Yo lo intento, pero se caen. Adiós, buenos días, dice mientras sale sonriendo. Ahora puede coger el ascensor.

La imagen es de AleksandraGabriela.

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El pasado 11 de mayo de 2018, moría, a los 87 años, Gérard Genette. Ha muerto uno de los grandes teóricos de la literatura. Decir solamente que es el padre de la narratología es quedarse muy corto. En efecto, algunos de los libros de Genette desentrañan con perfecta maestría el arte de la narrativa. Formado en el estructuralismo, fue uno de los estandartes de la nouvelle critique y aplicó el método formalista con precisión e perspicacia.

He tenido la suerte de bucear con avidez en muchas de sus obras y he pasado tantas horas aprendiendo con su inteligencia que ahora me siento huérfano. Para un devoto de Marcel Proust, que Genette desvelase todos los secretos del arte de narrar a partir de esa obra supuso un descubrimiento placentero. Aquí va un recorrido muy rápido por alguna de las obras de Gérard Genette que más me han influido.

Leí Figures III, gracias a la indicación de un gran profesor de Literatura Universal en la Universidad de Valladolid, Luis Caparrós Esperante. Me acerqué un día a su despacho pidiendo material para aprender más de Proust y me dio la clave de casi todo. La lectura de su Nouveau discurs du récit complementó y agrandó su leyenda.

Interesado por muchos aspectos de la intertextualidad y fenómenos anexos para mi tesis doctoral, por indicación de mi maestro, Tomás Albaladejo, abordé Seuils y, por supuesto, Palimpsestes, obra de extraordinaria agudeza con la que uno se adentra por los vericuetos de las influencias literarias.

Y los aspectos de la enunciación en su vinculación con la pragmática, también para mi tesis doctoral, me abrieron otros caminos de Genette, tremendamente ambiciosos y creo que todavía no suficientemente explorados. Fiction et dictionL’Œuvre d’art (Immanence et transcendance) contienen realizaciones e intuiciones geniales que utilicé, sobre todo con la primera obra, para indagar en el concepto de acto de ficción.

Leer a Genette es un placer y una necesidad para todos los que quieran acercarse a los fenómenos constructivos de las obras literarias y, en general, de las obras artísticas. Así que el mejor homenaje que podemos darle es tenerle siempre presente, con su lucidez, su ironía y su manera sutil de explicar lo complejo. Consiguió crear un sistema conceptual coherente con el que podemos manejarnos de manera fluida en el campo del estudio literario.

(Esta entrada ha aparecido en mi blog académico, ScriptaManent).

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Estoy sentado en un sillón mirando la pared. El color amarillo, que tanto me gustaba, ahora está desgastado por el tiempo y por el hastío. Lo pintaría de blanco, pienso. No por la luz y el vigor, sino por que es mucho más fácil igualarlo con el techo, que también necesita una capa de pintura. Pero quién se pone a pintar ahora. No por pintar, sino por los preparativos. Y porque te arrepientes cuando estás en la primera media pared y estás perdido. No hay vuelta atrás. Tampoco estaba tan mal, seguro que piensas. De momento, se está bien aquí sentado, a una distancia prudente de todo. Sé que tengo que regar la planta, esa que está justo al lado del radiador. Hace falta ser espabilado. Se reseca a la primera de cambio. Esta mañana, he metido el dedo en la tierra y estaba totalmente seca, pero me ha dado una pereza enorme volver y echar agua. Esta tarde, he dicho. Y hasta ahora, que es esta tarde y no lo pienso hacer. Es inaudito, pienso. si no me cuesta nada. Me siento mucho mejor con la fascinación que me produce el vientecillo que entra por el agujero de la cuerda de la persiana. Mi mano está mecida por un fino e intenso viento polar que contrasta con el latido de mi corazón, que siento palpitar en el brazo derecho.

Intento reconstruir todo lo que me pasa e intento quitar, como la RAE, todas las letras mayúsculas que sobran por mis resquicios. Sentir para adentro sin sufrir, qué contradicción. Me da miedo que lleguen las ideas en esa avalancha peligrosa que aturde y ciega. Prefiero ideas a pinceladas gruesas para verlas luego de lejos. Se está bien aquí, lejos de multitudes. Hablando alto sin que te oigan. En un ascenso sin cansancio. O ascensión, no sé. Cara a cara con lo otro, con el pasado y una luz que se enciende cuando apago los ojos. Me pesan ahora tanto los párpados, dando por sentado que el océano es demasiado grande. Qué pena que no tenga a mano el móvil para poner música, porque sonaría Gottes Zeit ist die allerbeste Zeit de Bach para mecerme entre la belleza, como hacía cuando vivía en casa de mis padres, en el que me mecía escuchando música, literalmente. Sonreír con gesto bobo y extático. Pero solo me imagino y me falta alguna nota, que confundo con otras composiciones. Con esos párpados pesados, miro de frente y veo chiribitas, no sé, luces, no sé, pequeñas porciones de luz, como amebas, que se van desplazando lentamente por los párpados hasta que se escapan.

Entono ahora un mantra de insensatez. Discuto conmigo mismo, pero me doy la razón para que no enzarzarme en una lucha dialéctica que, seguramente, me da a cansar. Se me ha dormido una pierna, me cago en todo. No me pienso mover. Pero es que no puedo soportar el hormigueo. Ahora mi pierna izquierda es un alma solitaria, abandonada al pantano del riego sanguíneo. Parece que se pasa, me siento mejor. Me muevo un poco y alcanzo a escuchar el rumor de las risas ajenas que resuenan en la calle. Y me pierdo en esa pared amarilla desgastada por el tiempo y por el hastío.

La imagen pertenece a mi galería de Flickr. Que no es la pared amarilla, pero sí la de mi corazón.

 

 

 

 

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Francamente, no sé muy bien lo que soy. En el perfil de una de las redes sociales a las que pertenezco, he escrito que soy profesor de la Universidad de Burgos, corredor y nadador. Por alguna razón, he querido subrayar tres características para definirme. Vaya por delante que no me gustan los reduccionismos. No me gustan los que solo se sienten profesores, los que solo se sienten corredores, los que solo se sienten nadadores. Tampoco me gusta ser solamente esas tres. Hay muchas más rondando y, si lo pienso detenidamente, me siento tan profesor, corredor y nadador como lector, receptor visual de series y películas, padre, amante del queso… y eso en un breve resumen. En la suma de este ser diletante, también podría decir que soy egocéntrico, ríspido, ser difícil de risa fácil, maniático o cabezota.

La definición de uno mismo, por lo tanto, no es tarea sencilla. Pero, salvando todo lo dicho, no me disgusta ser profesor, corredor y nadador. La verdad es que, en esencia, soy lo primero por encima de lo segundo y lo tercero. A fin de cuentas, soy profesor porque es la afición y la devoción con la que tengo la suerte de ganarme la vida. Es el sueño que tuve de adolescente convertido en realidad y, pese a los momentos difíciles, me permite sentirme una persona sumamente afortunada.

Sin embargo, ser corredor y nadador no son “obligaciones”, sino satisfactorios complementos. Dado que correr es un deporte que me ha acompañado muchísimos años de mi vida, lo tengo ya como algo incorporado y asumido. La natación ha llegado más tarde. Bueno, en realidad es algo difícil de explicar. Leer la entrada que escribí hace ya un tiempo puede servir de complemento a lo que digo en esta. Sentirme nadador (y, especialmente, nadador máster) sería, en principio, una especie de suicidio. Entre mis escasas virtudes no se encuentra la flotabilidad. El agua es, para todos, un medio adverso, pero hay personas que en el agua mejoran: yo empeoro notablemente. Tampoco tengo una técnica depurada. Lo bueno es que antes no tenía ni siquiera técnica. Y ahí es donde quiero (empezar a) llegar. Soy nadador máster porque me gustan los retos difíciles. Vaya por delante que soy nadador y no he añadido adjetivos. Tendría que especificar que soy una nadador muy malo. Pero hay una serie de cosas que antes para mí eran una quimera y ahora son realidad. Y estas cosas, elementales para casi todos los que han tenido contacto con la natación desde pequeños, son para mí pequeños sueños cumplidos. Siempre quise aprender a hacer virajes. Ahora sé hacerlos. Me encantan los de braza (que es, definitivamente, mi peor estilo) y hasta he conseguido nadar en una competición 50 metros espalda haciendo un volteo que para mí resultaba casi imposible. Siempre quise nadar una prueba de estilos. Ya he nadado tres veces los 100 estilos. El tiempo que hago es de risa, pero he mejorado cuatro segundos la última vez que competí en esta prueba. Siempre he querido nadar una prueba de mariposa. Hace pocos días, nade los 50 mariposa. Si a esa prueba le hubiesen añadido un metro más, quizás no hubiese acabado, porque acabé reventado. Pero la hice. En definitiva, ahora compito y, en algunas ocasiones, no soy el último. Y, cuando llego el último, llego mucho antes de aquellos que no lo han intentado. Sé que parece un consuelo fácil, pero no lo es.

Y luego están los entrenamientos. Pertenezco a un club de natación máster en el que en cada entrenamiento es un pequeño (o gran reto). Esos entrenamientos dirigidos hacen que luego vaya a la piscina por mi cuenta y me rompa los cuernos intentando repetir y repetir, por ejemplo, esos ejercicios de pies que son superiores a mí. O eso creía, porque ahora avanzo poco… pero un poco más que antes. Sé que puede parecer de locos, pero el julio pasado, cada vez que me metía a nadar en la piscina, me propuse una mejora necesaria: introducir una patada más y mejorar la posición de las manos en crol. Como esto es una cuestión neurológica más que de otra cosa, tenía que pensarlo cada vez (cada patada, cada largo), dándome cuenta cuando la cosa no funcionaba. Al final, conseguí que fuese algo automático.

Por último, está el que para mí es el colofón de las competiciones: la travesía Guetaria-Zaráuz. Antes de nadarla, solo pensar que mis compañeros hacían una travesía marítima de casi 3.000 metros que salía del puerto de Guetaria para llevar a la plaza de Zaráuz me parecía una cosa de locos. Hace tres años, me apunté con la intención de acabarla. Y la acabé. Hace dos años, me apunté con la intención de mejor mi tiempo y lo  mejoré. El año pasado, con esa mejora técnica que apuntaba en el párrafo anterior, me apunté con el deseo no revelado a nadie de hacerlo mucho mejor. Y lo hice mucho mejor. Si me lo dicen unos meses antes, no me lo hubiese creído. Cuando me enteré del resultado, se me saltaban las lágrimas de alegría La realidad me dice que, en el futuro, ya no pueda mejorar ese tiempo (es probable que lo empeore). Pero me apuntaré este año. Entrenaré a morir para mejorar. Porque asumiré el resultado que sea, pero nunca por adelantado.

Acabo, que estoy escribiendo una entrada interminable. Me considero nadador máster porque es algo que, para mí, no se consigue solo. Soy nadador máster gracias a los entrenadores y compañeros del club. Yo, que tiendo a la misantropía (y, a veces, hasta me enorgullezco de ello), en la natación, solo por mi mismo no soy nadie. Necesito y escucho cada consejo, cada corrección, cada ánimo y cada aliento. Y eso me complementa, me hace mejor. Por eso me considero nadador. Nadador máster. No me digáis que no es bonito ser cosas que antes solo soñabas.

La imagen es de Cristina.

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“La transparencia, Dios, la transparencia”, decía Juan Ramón hablando de su lucha hermosa con lo divino. Después de haber probado todos los moldes, necesitamos librarnos de las constricciones. Nos vanagloriamos primero de ser opacos, luego ansiamos que la luz pase sin desvelarnos. Pero llega un momento en que nos hace falta convertirnos en un cristal disimulado, que permita transmitir la luz, que es mucho más importante que nosotros. ¿En qué queda nuestra existencia? En un filtro que module algunos rayos, pero nada más. ¿Se puede confiar, aún, en nuestra necesidad? ¿No es excesiva nuestra (sobre)exposición? ¿Tan interesantes son los fragmentos de una vida reconstruida como Frankenstein en la visita del cirujano plástico?

Y la desaparición. No definitiva, no lo sé. No un derrumbe, sino una goma de borrar pautada por la paciencia. Dejando que las frases revoloteen por la cabeza y allí se queden. Ser menos sin aparentar más. Un desvanecimiento simpático, un gozo fundido en negro, un horizonte que quita para poner. Un silencio relativo, matizado. Y una implosión que ojalá revierta –algún día– en algo más grande.

Imagen de Tobi Gaulke.

 

 

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El otro día, en esos intermedios que deja el insomnio en medio de la noche, llegué a un podcast de una emisora de radio. Era un programa de conversaciones pausadas, emitido también en una madrugada de no hace mucho. La locutora enlazaba unas cuantas intervenciones de los oyentes sobre la soledad. Y llamó una mujer. No recuerdo cómo se llamaba. Creo que era Mónica, quizá Sofia… poco importa. O,  mejor dicho, importa mucho para los cercanos a esa Mónica, quizá Sofía. Hablaba de las relaciones de pareja, de los conformismos y acomodaciones, de la soledad o de la vida en compañía. En contra de lo que fue habitual en la conversación anterior (yo no escuché el programa entero, estaba ya empezado), era una voz cálida, sin atisbo de desesperación. Me llamó mucho la atención su postura, que no se podía tildar de resignada, sobre su deseo de no estar sola. No era acomodaticia, no era pragmática. Ni estoica ni escéptica. Es muy difícil de explicar, pero parecía toda una lección aprendida con la sabiduría de los años y de las experiencias. No necesariamente negativas, pero sí aleccionadoras. No dijo su edad, pero daba la impresión de que estaba por la década de los cuarenta. Con esos datos inexactos, hice la media de una voz que aparentaba menos años y unas palabras que aparentaban unos pocos más.

Yo no quiero estar sola, decía. Tengo pareja y no la cambiaría por otra. No pronunció la palabra amor. Tampoco ninguna otra que designase o se refiriese a un hecho que fuera más allá de la complicidad o la compañía. Quizás esas fueran suficientes. ¿Y la felicidad?, dice en un momento la locutora. A estas edades, no conozco a ninguna pareja que sea feliz, dice Mónica, quizá Sofía. De happy flower, solo las fotos en Instagram con una frase bonita. De puertas para adentro, un misterio. Bueno, no un misterio. Un misterio no, el paso del tiempo. ¿Qué haría yo con alguien distinto después de ese boom de enamoramiento súbito y repentino?

Reconozco que me despisté un rato. No sé si se me fue el santo al cielo, si estaba pensando en algo que se dijo o me quedé un rato dormido. Mónica, quizá Sofía, hablaba ahora de su pareja. No recuerdo su nombre, Santi quizá. Dijo su nombre un par de veces. No lo hizo desde la admiración, pero tampoco desde la rutina. Como si todos los que escuchásemos supiésemos y conociésemos, como si fuese algo habitual. Quizás porque todos tengamos algo similar a unos metros. Hablaba ella de la familia: al parecer, la locutora había emprendido otro ángulo para completar la perspectiva. Se mencionó la palabra construcción. Construir una familia, creo que fue. No estoy muy seguro, porque esa tarde había estado viendo un capítulo de la segunda temporada de The Crown y no sé si era la expresión de Mónica, quizá Sofía, o algo que me había montado yo pensando en todo lo que se decía. En la serie, me daba la impresión de que el todo era mayor que las partes a cualquier precio, y no por tratarse de la supervivencia de la monarquía, sino también porque era una manera de sobrevivir persistiendo por parte de la reina Isabel, de esta sí recuerdo el nombre, claro. En los únicos momentos en los que la voz de Mónica, quizá Sofía, se ilumina, habla de los hijos. Me encantan los niños, hubiese tenido muchos más.

La conversación dura unos pocos minutos más. Percibo que la locutora se contamina con las palabras de Mónica, quizá Sofía. No llego a saber si es cosa del oficio, una falsa manera de sintonizar o de lo contrario, pero me da la impresión de que la conversación le afecta de verdad. Son ya las tres de la madrugada, dice (aunque yo estoy escuchando esto no sé muy bien a qué hora de la noche y otro día diferente), amigos oyentes. Esto ha sido todo por hoy. Un programa sobre la soledad con corazones solitarios. Hoy, con varios testimonios para afirmarla o para negarla, para afianzarse o sublevarse. Buenas noches y que tengáis unos sueños dulces. Ellos serán, al menos, los que os acompañen.

Con imagen de Flavio.

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