— Verba volant

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Sentido

¿Correr en la nieve, con la que está cayendo? Es una pregunta habitual que le hacen al corredor que se enfunda la ropa dispuesto a salir a trotar una mañana de invierno, con la nieve cuajada en el suelo y los copos abundantes cayendo del cielo. Lo que no saben muchas personas es que la nieve es uno de los mejores aliados para el corredor asiduo. Cuando se corre sobre la nieve, solo hay que obedecer un par de mandamientos: uno, no pararse (los tejidos del atuendo del corredor conservan muy bien el calor propio, pero aceptan bien pronto el frío que le rodea); dos, prometer una y mil veces que se va a salir a trotar más que a correr, a disfrutar más que a entrenar de forma intensa, a sumar kilómetros más que a apurarlos. A cambio, un suelo mullido (no hay que confundir el correr sobre la nieve que sobre el hielo) que alivia las tensiones en los tobillos, en las rodillas. A cambio, un camino inmaculado que vas inaugurando como si fueses el único ser humano sobre la tierra. En la nieve, todo se magnifica: los sonidos, que son los de la naturaleza; el silencio, que solo es invadido por la respiración a modo de flujo de consciencia; la luz, que ilumina a ciega a partes iguales. A cambio, un encuentro de tú a tú con la naturaleza, con el aire limpio.

¿Correr en la nieve, con la que está cayendo? Sí, avanzar sabiendo que tienes muchos minutos por delante, pero sabiendo, a la vez, que tienes que ir mirando detenidamente los pies. Sí, respirar con ansia pero con prudencia, que el aire tiene que canalizarse, tiene que ser inspirado adecuadamente para que te vivifique y no te rompa. Sí, superar ese momento en el que te quedas atascado, en el que tienes que hacer un esfuerzo adicional, en el que tienes que sacudirte de nuevo las zapatillas para que el agua helada,que ha sido tu compañera, no se convierta en un enemigo peligroso.

Ayer corrí bajo la nieve y, una vez más, volví a casa con la sensación de que merecía la pena, al menos, vivir un poco más para sentir la tierra con unos centímetros de belleza como mediadora del universo.

(Esta entrada es la primera de una serie que se titulará Historias de correr.)

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Y sientes que la vida es difícil de sujetar. Y te dicen lo que es aplicable a otras cosas: que la tienes que sujetar como si fuese un pájaro: tan firmemente como para que no se escape, tan suavemente para que no se aplaste. Y piensas que la teoría nunca fue tan difícil de aplicar a la práctica. Y hace tiempo que llevas haciendo ejercicios. Y lo intentas. Una, dos, tres veces. Y ves que no la estropeas más, pero que tampoco la arreglas. Intuyes que la vida está ahí, pero tú no la ves. Y piensas en que la es algo así como meterse en un jardín, cuando literalmente tú no tienes ninguno, cuando metafóricamente y cognitivamente es así y punto. Y te hablan del alma de las cosas cuando tú solo percibes contornos. Y te aseguran que las cosas tienen muchas dimensiones, muchos matices, muchos ángulos de visión, pero tú le das una vuelta y otra y siempre te quedan las mismas sensaciones. Intentas vencer las nostalgias, procuras no marcarte demasiados objetivos. Vuelves a entrenar y, para practicar, coges un plato, firme y suavemente. Y, cuando te despistas un segundo, lo ves roto en el suelo, con la matemática exactitud de tus intuiciones.

(La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

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Hoy, siguiendo la tradición, he vuelto a ver ¡Qué bello es vivir! Si la película la hubiese dirigido cualquier otro que no fuese Frank Capra, la cosa hubiese tan empalagosa que no hubiese habido quien se la tragase. Pero Capra es el maestro de controlar hasta el límite la emotividad de sus películas. Este filme es un derroche de emociones controladas porque está enmarcado en la forma de un cuento tradicional, con un malo muy malo y un mundo idealizado envuelto en la amenaza del capital. Vista a día de hoy, puede ser muchas cosas, pero una muy obvia: una defensa del ser humano por encima de los intereses y las especulaciones. Obviamente, también contiene altas dosis de la moralina típica de muchas películas del Hollywood de la época. Todo un ejemplo de individuos marcados por un destino siempre positivo, pase lo que pase.

A día de hoy, he escrito ya unas cuantas entradas de Nochebuena. Hoy vamos a dejarlo con esta película, con George Bailey, en Bedford Falls, esa localidad inexistente tan cercana a Buffalo. Dejémoslo anclados a las 22.00 de un 24 de diciembre, conscientes de que los ángeles no existen. Y, si existen, nunca tuvieron alas.

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Mi indiferencia natural, curtida en mil batallas contra la pereza, borra del mapa cualquier muestra de amor y sentimiento de empatía. Porque, en mi vida, todo acaba como empieza. Y en plan travestí radical, le doy la espalda a cualquier muestra de tristeza. ¿Melancolía, decepción?¿Felicidad, tentación? En esta vida, todo podría ir a peor. Mientras tanto, miro la vida pasar. Y no sabes cuánto me cuesta aceptar que no volverás. Por el momento, miro la vida pasar. Pero, sin venir a cuento, alguien te vuelve a nombrar… Pasado el tiempo, sigo igual. A veces, incluso pienso que he perdido la cabeza. A veces pienso que he perdido la cabeza. Y algunos días, sin razón, ya ni siquiera siento latir mi corazón. Siempre he sido fuerte, aunque haya dudado muchas veces si la vida nose ha reído de mí. Mientras tanto, miro la vida pasar. Y cuesta aceptar que no volverás. A veces, sin venir a cuento, alguien te vuelve a nombrar.

Versión prosificada y ligeramente adaptada de la canción “Miro la vida pasar” de Fangoria, todo un himno estoico contemporáneo, con imagen de Pollobarda.)

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“Todos queremos tener en la vida algún tipo de significado. Parece que, cuanto más lo buscamos, envejecemos más y es más difícil encontrarlo. Y algunos de nosotros buscamos en lugares equivocados. Pero si nuestras vidas no tienen sentido, ¿qué podemos dejar para las personas que nos importan? ¿Qué dejaré yo?” (Dexter, S06E03)

Quitando capas a las cebollas de la vida, te quedaste con las manos vacías y los ojos llenos de lágrimas. Preguntando, te quedaste sin respuestas y, lo peor de todo, de tanto preguntar te quedaste sin preguntas. Te quedaste privado de los quicios de los signos de interrogación y de la facilidad de atribuir los efectos a sus causas. Ahora que se hace tarde y que llegan el viento, las gota de lluvia y el frío, solo pides al cielo que tu interior no se contagie, aun más, de los fenómenos meteorológicos.

(La foto pertenece a mi galería de Flickr.)

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Me gusta esperar a la madrugada atisbando de reojo por la ventana. Me gusta contemplar los giros de los ciclos de la lavadora y compararlos con los interrogantes que nos hacemos sobre el mundo, sobre el destino. Me gusta creer que los pasos de cebra son los intermedios de la calma. Me gusta hacer ejercicio físico hasta sentir que algo se reconstruye por dentro. Me gusta suponer que todos los balcones tienen escondidos, más allá de las cortinas, secretos eternos. Me gusta pensar que las fotos, además de otras muchas cosas, roban un poquito de nuestra alma. Me gusta escribir al ritmo de la música. Me gusta pensar que, quizás, sería bello mantener intactas nuestras esperanzas. Me gusta saborear los sentidos reposados de las palabras.

Me gusta pensar que los infiernos son más horribles sin la presencia de aquellos a los que se ignora. Me gusta alternar la cal con la arena. Me gusta escuchar música con un punto de volumen más elevado de lo que la mayor parte de la humanidad piensa que es normal. Me gusta pensar que los fracasos se puedan saborear como cucharadas de lo que luego serán nuevas experiencias. Me gustan las ciudades, con sus órdenes y sus anarquías, con sus desvaríos y sus excesos. Me gusta pedalear sin pensar en lo que ocurrirá después, cuando vuelva a reinar la calma. Me gustan los paralelismos, las metáforas y los contrastes no tanto por su belleza sino porque son la forma más eficaz de explicar todos los rincones de nuestro mundo. Me gusta pensar que el futuro y el pasado son imposturas que se inventó alguien que nos quiere robar la vida a dentelladas. Me gusta que el verano extienda sus brazos hasta los quicios del otoño. Me gusta intuir que, tras los sueños, se esconden los deseos. Me gusta ir a trabajar en manga corta. Me gusta saber que, tras la calma, vuelven las tempestades.

(Imagen de Marthax.)

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Quería haber comenzado hoy con una canción triste, alegre, bella , una canción en el que nuestro mundo, mires para donde mires, se rompe en pedazos y solo se sustenta por los sueños, la imaginación y sus presencias. Era una canción descubierta al (des)amparo de un capítulo magistral (el duodécimo de la segunda temporada) de The Big C, que me dejó el regusto de haber visto historias que se desconectaban y momentos sublimes. Iba a hacer una entrada triste, melancólica y resabiada, centrada en los momentos en los que el ser humano es vulnerable para lo malo.

Pero hoy ha vuelto Chipirón en forma de música abierta a la alegría. Ha vuelto en la forma desbordante de señalar lo que es evidente y tantas veces se nos olvida. El regalo me lo ha brindado nuestra selección española de baloncesto, que regalaba todos los días un poco de optimismo a Felipe Reyes con una canción para ayudarle a superar la reciente muerte de su padre. Los jugadores hacían un corro y le cantaban “Todos los días sale el sol”. Es una canción de de Bongo Botrako inyectada por el dulce suero de la certeza de que el telón de la noche no hace más que augurar que la función continuará mañana. Y, en la premeditación de la epanadiplosis, nos dice: “Ey, Chipirón, todos los días sale el sol, Chipirón”. Y es una canción que también mira para abajo y para arriba, con noches y días, con sueños tangibles y amaneceres. Dulces amaneceres que, una vez matizados, nos demuestran que las canciones tristes y alegres no son tan diferentes, a veces.

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Somos los niños burbuja del fin de la historia. Los que sueñan con tener contratos fijos. Los que sueñan con libélulas. Que anhelan dulces besos, que se esconden tras el brillo de las barras de aquel bar donde nos amamos tiernamente. Ese bar, isla de resistencia, en el que podíamos tallar los futuros y las promesas en cubitos de hielo. Todavía hay quien dice que no es tiempo para hablar de la utopía, que las revoluciones son acciones y conceptos trasnochados. Todavía hay quien afirma que cantarle a la Trova cubana es un anacronismo, que nombrar a Guevara es algo propio del pasado. Mientras, sus palabras y sus babas golpean tu fe, castigan tu futuro en su fragua.

En estos días, el que escribe es consciente del privilegio de nacer en esta orilla, en esta latitud, en este hemisferio. Y cree que aún es posible que este sea el tiempo del ángel temeroso que suspira. El tiempo del átomo que gira en solitario, el tiempo de todos los seres humanos que buscan otro mundo, otro mundo posible.

Mientras tanto, los santos de las causas perdidas discuten  verdades, armados siempre con su piolet, logran confundirse con el enemigo. Mientras tanto, en la calle, un rumor de alas batiendo exige su voz. Exige una voz diferente. Necesita, entre la pregunta y la disidencia, una red de utopias.

En estos días, el que escribe es consciente de habitar en esta orilla. Y cree que aún puede ser el tiempo del hada temerosa que suspira. Esa luciérnaga que abandona el letargo, como Ícaro escapando de una isla. Que busca el sueño, un sueño sublime, de seres humanos que buscan otro mundo. Otro mundo posible.

 

(Versión prosificada y más o menos modificada de la canción “Somos”, de Ismael Serrano, que pertenece a su disco Sueños de un hombre despierto. La foto pertenece a mi galería de Flickr).

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Hablar sin decir verdades como puños: que las verdades son puños de arena. Callar sin llegar a silenciar: que el vacío también tiene contenido. Buscando la exactitud para no omitir y la imprecisión como avalancha. Pensar en que todos los años de trabajo duro no han servido de destrucción, sino sirvieron de pilar esencial sobre el que se erige el presente. No olvidar que los presentes no son sino resquicios sobre los que se resbala el futuro. Estar todo lo feliz que se puede estar en un mundo invadido por las sombras. Relativizar también la llegada de horizontes que no existen, que son falsos, que muestran la salida del sol pero también el nadir, el ocaso. Mirar hacia atrás y comprobar muchas cosas buenas, sin olvidar tampoco los desplantes, las chulerías y el engreimiento de unos pocos. Mirar el futuro con ojos de presente, con ojos de pasado. Con la mirada reversible de el que no sabe lo que le espera, pero sabe que espera, que es sinónimo de esperanza. Contemplar un vestigio de tu futuro soñado y sonreír. Gracias a los hados y a los dados, lo conseguí. Y aquí estoy, soñando una vez más. Sabiendo que mis ojos son miopes. Que no contemplan bien la realidad, que la ven más grande. Desdibujada. Afortunadamente.

(La imagen pertenece a mi galería de Flickr.)

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He recibido varios mensajes desde el cielo, desde el espacio, desde los bits, desde la conversación cara a cara. Y todos los mensajes me dicen que mantenga la calma. Que mantenga la calma. Que la vida, toda ella, es una forma de malgastar el tiempo y que solo de nosotros depende de si lo malgastamos bien o mal. Que es mejor pasar de puntillas por las ofensas. Que, en el fondo, todo es cuestión de tragar la saliva, aunque sea gorda. De beber mucha agua para que pase el mal trago. De levantar un poco más la cabeza para despejar el esófago. Me dicen los mensajes algo de las muchas razones para desviar el enfoque y mirar hacia las cosas que aportan un sentido y no profundizar en las que se lo quitan. Me dicen, sobre todo, que abra el buzón que viene de más arriba, directamente de las personas que más me han querido. Me envían una sonrisa, un trozo de atardecer cálido (que este verano, en esta ciudad, con este temperamento, se convierte en un imposible). Unas palabras, apenas unos susurros que destilan pequeños momentos, retazos menudos de momentos, de melodías y paisajes. Y escribo esto para contestar: mensaje recibido.

(Imagen de Javier Sanjuán, excelente fotógrafo burgalés del que recomiendo visitar su galería en Flickr.)

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