— Verba volant

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Sentido

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a diferencia del chorizo hay
veces que es mejor mucho mejor no repetirse no
permanecer con los ojos abiertos durante
todas las largas madrugadas en vez de
doblarse hasta la sesuda
introspección
he decidido volverme mayúsculamente superficial si superficial y
no fijarme en el fondo
sino
en la forma sin fondo
sirva
esto como
declaración de principios

(Imagen de Alexandre Duret-Lutz. Esta entrada pertenece a mi poemario Cuestión de principios)

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Globos en la lluvia

Son días sin primavera. Con lluvia incansable, que moja sin contemplaciones. Son días grises, de un frío casi invernal, que anulan todo esperanza. Pero, de pronto, vas caminando por la calle y te encuentras entre los charcos un manojo de color. Y piensas que, en este mundo de sinsabores, todavía hay un pequeño resquicio de calor (de color) para el futuro.

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Sonia está sentada, acumulando horas de trabajo y cansancio delante de su portátil. Cada poco tiempo, se inclina hacia atrás, estira un poco la espalda y mira a la calle, llena de primavera, de luz y de vida. Sonia, cuando mira por la ventana, siente que la vida se encuentra un poco más allá de lo que hace, de todo el trabajo que le espera y que se le amontona: al alcance de la mano pero, ahora mismo, inalcanzable.

Sonia tiene un plazo de diez días para acabar un trabajo amontonado de folios, pesquisas e ilusiones. Todo lo realizado a lo largo de los años se junta ahí, en un espacio delimitado y un tiempo que aparece cerca en el calendario. Lejos de suponer un alivio, esa cercanía genera una sensación de hartazgo en Sonia. En ocasiones, se siente tentada de levantarse, de sublevarse, de mandarlo todo a la mierda. Sonia piensa que su espíritu es volátil, pero ella misma, en su fuero interno, sabe que su trabajo es, más que una necesidad, una muestra de su talento, de una perseverancia que creía no tener.

Superando ese momento que enfoca hacia los árboles y los coches una vista que siente cada día más cansada, Sonia suspira, arrima la silla y, de forma atenta, mira la pantalla y remata de forma cuidadosamente apresurada, un avance más hacia lo que ella creía que era la nada.

(Imagen de Ivana Vasilj. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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El otro día fui a una revisión médica. Tenía 46 pulsaciones por minuto, lo que significa que mi corazón late menos veces que el de una persona normal, pero de manera más intensa. Es el resultado de dedicarme durante años y años al entrenamiento duro, sobre todo en deportes de fondo como la natación o el atletismo.

Salí de la consulta médica reflexionando en lo que siempre había sentido de forma intuitiva: que una parte importante de mi vida ha estado entregada al deporte, que es el que me ha otorgado los únicos momentos en los que me puedo desembarazar de la realidad y, a veces, los únicos momentos en los que puedo colocar las piezas de mi desvivir en su sitio más o menos justo. Y pensaba lo agradable que es sufrir durante unas horas en los entrenamientos para sentir, de alguna manera, que dominas parte de tu mundo.

Le di vueltas a las vueltas que tienen nuestras historias, nuestras vidas. En el final que todos tendremos. Y pensé que, de alguna manera, un corazón con la suficiente capacidad de bombear sangre para que llegue de forma inexorable a todas las partes de su cuerpo puede colaborar a que las pulsaciones, como las teclas de una máquina de escribir o de un ordenador, puedan escribir parte del destino de las historias que se sienten y no se cuentan. Con los ojos cerrados. Porque, a veces, el corazón late menos veces que el de una persona normal. Pero de manera más intensa.

(Imagen de Henar Lanchas.)

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Imagen de Daniela Vladimirova

Cierras los ojos. Firmemente. Mientras, aprietas los párpados y piensas en lo que deseas. Cuidadosamente. Persistes un rato hasta que tu cabeza y tu corazón se iluminan por dentro. Confiadamente. Los abres de nuevo y te preparas para que la realidad sea igual a tus sueños. Inesperada-Mente.

(Imagen de Daniela Vladimirova.)

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Fotografía de El Mundo

De vez en cuando, uno hace una reforma y se encuentra con la sorpresa. Es lo que ocurrió el otro día en Toledo, al descubrir una carta fechada el 29 de octubre de 1700 introducida en una viga de madera. Es la historia de Alfonso y de María. Una historia de un Alfonso que se abrasa en amores. Una historia de correspondencia, quizás en los dos sentidos del término. Una historia de una carta escondida. Lo suficiente para que no fuese manifiesta. Lo suficiente para perdurar. Un Alfonso que escribe por premura y que concluye: “siendo Dios servido, espero la respuesta.”

Y, en la incertidumbre consecuencia del amor, no saber si María respondió. Y un hoy con el mañana dilatado.

(La noticia, de la agencia EFE, apareció en El Mundo el 20 de abril de 2013. La fotografía es la que ilustra la noticia.)

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No quiero más dramas en mi vida. Desde ahora, solo quiero vivir comedias entretenidas. Así que no, no me vengas con tragedias, llantos y celos. No me llames para lo de siempre, no me molestes, ya no me interesa. Por si no lo entiendes, te lo repito una y mil veces: me cansa, me harta estar triste. Voy a olvidarme de los problemas. Por eso, he decidido enterrar la pena y el dolor. A fin de cuentas, ¿qué más da? ¿Qué más da si todo es mentira? Al menos, deja que me ría. Si todo a a acabar igual, cambiemos la perspectiva. ¿De qué sirven esas quejas continuas, que acaban ya derivando en el más puro aburrimiento? Por muy negro que nos lo pinten, el futuro todavía sigue en blanco. ¿No te das cuenta de que todo está lleno de posibilidades? Así que no, no me vengas con tragedias, llantos y celos. No quiero más dramas en mi vida.

Desde ahora, solo quiero vivir comedias entretenidas.

 

(Versión prosificada y modificada libremente de “Dramas y comedias”, de Fangoria. La imagen es de Joël-Evelyn François.)

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Iba a escribir hoy una entrada sobre otra cosa, retomar una serie que hace muchos meses que no toco. Y, no sé por qué, de repente, me han venido a la cabeza dos ideas, dos recuerdos en forma de chispazo.

Uno, de Pitágoras. Se dice que alguien llamó sabio a Pitágoras y él dijo algo parecido a esto: “No me llames sabio, porque solo la divinidad lo es. Llámame, simplemente, amigo de la sabiduría”. Y de ahí viene la palabra filosofía.

Otro, de San Anselmo de Canterbury. Para demostrar la existencia de Dios, dijo que todos tenemos en la mente la idea de un ser perfecto, sede de todas las perfecciones, mayor que el cual nada puede existir. Y decía que ese ser tiene que existir, además de en la mente, en la realidad. Porque, si solo existiese en la mente, podría concebirse otro ser más perfecto, con todas sus atribuciones y perfecciones y, además existente (lo que le convertiría en algo aún más perfecto). Y así nació el argumento ontológico, no tan importante en cuanto a cuestiones teológicas sino porque contiene, dentro de sí, todas las lecciones importantes de la filosofía analítica.

Y, cuando iba escribiendo, me he acordado de uno de esos filósofos que se inició en la filosofía analítica y que acabó siendo de todo y otras cosas, Ludwig Wittgenstein. Cuando hablaba de la función de la filosofía, de nuestro pensamiento, decía que era muy simple: la labor de la filosofía era enseñar a una mosca a salir de una botella.

Ahora solo queda adivinar quiénes son las moscas. Y si saben que, a su alrededor, nos circunda una botella. He ahí la clave (creo).

(Imagen de Bleu Celt.)

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Imagen de Serge Melki

David ha pasado una mañana ajetreada. En el trabajo, todo se ha complicado: llamadas, correos electrónicos, decenas de gestiones pendientes que tenían que salir adelante. David ha tenido que respirar hondo varias veces, animarse por dentro y en silencio, cerrar los párpados con un impulso violento para luego abrir los ojos e intentar reanimar ese día especialmente difícil. David siente que todo se acumula, que cuando hace una cosa tendría que hacer otra y, cuando hace esta, tendría que haber optado por otra distinta, también pendiente. Su jornada ha acabado con más pena que gloria. Por un momento, han resonado en su cabeza unas palabras: “Non serviam”. Ha salido de su despacho, se ha puesto la cazadora y se ha enrollado al cuello la bufanda. David se siente especialmente a disgusto por tener que abrigarse en un día de primavera, pero su garganta está algo resentida después del último catarro y parece que las nubes y el viento no entienden últimamente de ciclos naturales.

David ha cruzado el semáforo después de esperar un tiempo que le ha parecido demasiado largo hasta que ha llegado el color verde. Ha enfilado el camino de casa intentando ir rápido, ansioso de cobijarse del frío y otras inclemencias personales. De pronto, un hueco de cielo azul se ha abierto entre las nubes. David ha alzado la vista y ha encontrado un destello de luz. Ha tenido un pensamiento intenso y fugaz. David se ha aflojado la bufanda, se ha bajado la cremallera de la cazadora. Ha respirado fuerte un par de veces y ha comprobado que el aire entrada con fluidez a sus pulmones. David ha aflojado el paso, ha sacado los auriculares y ha puesto una de sus canciones favoritas. Con la cabeza ligeramente alzada hacia el cielo, recibiendo toda la claridad de lo que solo es una metáfora, David ha cambiado de rumbo.

(Imagen de Serge Melki. Esta entrada pertenece a la serie Fragmentos para una teoría del caos.)

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Hoy iba a ser un domingo más, lleno de minutos y de vacíos, exento de contenido y continente. Cuando intentaba aportarle algo de cordura, ha llegado Rachmaninov con su Rapsodia sobre un tema de Paganini a rescatarme. Y no hace falta que diga que el alma se me ha subido por las paredes a las cuatro esquinas de la habitación. Que mi cabeza ha dado un paso más hacia los quicios de lo insondable. Que mis mandíbulas, cansadas de tanto atenazar el mundo, se han relajado hasta dejar notar la paz.

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