Por Raúl, hace 11 horas y 26 minutos

Ventanas redondas

Ojo de buey

Las cosas son como son y como somos, en matrimonio canónico e indisoluble. No hay nada mejor para ver la realidad que contemplarla por la ventana adecuada. Lo decía con muchísimo ingenio Henry James en el prólogo a Retrato de una dama: en la casa de la ficción no hay una ventana, sino innumerables, con diferentes formas, de colores diversos y situadas a distintas alturas. Miramos por esos resquicios y, recíprocamente, somos observados. Espiamos con descaro la vida y ésta, en injusta reciprocidad, se atreve a meterse en el ambigú de nuestra alma mirando al trasluz del de ese cristal de ida y vuelta («Nos miran», decía un personaje de Los otros -no tiene nada que ver con la película de Amenábar, aunque fueron casi contemporáneas- la inquietante novela de Javier García Sánchez: Ediciones B, 1998). Así que no nos resta sino elegir la altura, la forma y el color del vano por donde miraremos al mundo. Yo, me quedo con la propuesta de Sophie en el capítulo tercero de In Treatment: -que empieza a ser mi  manual vital de supervivencia: «Tienes que hacer una ventana redonda al exterior. Así te podrás sentir como en un barco.» Mola.

 (Para aquellos que no saben cómo pueden ver estas series, algunas no emitidas aún en España, este enlace les va a ser el hilo que unirá la ficción con sus mentes de manera provechosa y fecunda.)

(La imagen es de Bruno Girin)

Por Raúl, hace 2 días

Cuando los ángeles críen sexo

 

Ángeles

Hoy es uno de esos días en los que a uno le apetece protestar contra todo y contra todos. Uno de esos días en que lo más confortable para el cuerpo es el inconformismo del alma. El día de los ángeles y de los demonios. Y de más cosas. Una de mis inspiraciones, lo reconozco, ha sido la visita de los dos sitios web del padre Fortea (1 y 2), sacerdote que exorciza y que me ha dejado entre anonadado y patidifuso. Pero hoy no hablaremos de eso. Decía que es el día de los ángeles y de los demonios, pero también de los fantasmas. Según se nos dice en una página de las web susodichas, los fantasmas son de lo más concurrido entre los exorcistas: se aparecen con forma humana, no dicen nada y tienen un carácter amenazante y terrorífico. Yo -de momento- no tengo nada de padre Karras, pero desde hace cosa de un año a esta parte conozco a unas cuantas personas que cumplen uno por uno todos los requisitos. Por si acaso, tengo que ir haciéndome con alguno de estos libros para documentarme. Y creo que esos fantasmas, demonios y demás son ajenos y no propios, pero ahora me asalta la duda. Mis padres siempre decían que era muy posesivo. Y ahora me encuentro con que hay gente y gente que no para de mirarme. ¿Tendré síntomas? Ira furiosa y pérdida de consciencia y amnesia, segunda personalidad con carácter maligno, músculos faciales en tensión y manos crispadas, voz henchida de odio y rabia... Fuera de esto, parecemos más o menos normales pero vemos sombras, sentimos sensaciones extrañas o crujidos en alguna parte del cuerpo: a mí me pasa mucho con los pies... Total, nada que no pueda confundirse con un desorden disociativo de andar por casa.

Fantasmas a mi alrededor, yo hecho un poco diablo. ¿Dónde queda sitio en esta vida para los ángeles? No sé. Yo llevo todo el día acordándome de unos versos de Lorca: «Asesinado por el cielo. / Entre las formas que van hacia la sierpe / y las formas que buscan el cristal, / dejaré crecer mis cabellos.» Que no intenten los entendidos del universo lorquiano encontrar tras estos versos un más que probable trasfondo homosexual aplicado a mi humilde persona, que no van por ahí los tiros. Otra posible interpretación sería la de la rebeldía obstinada del poeta ante el mundo que le ha tocado vivir, demasiado oscuro o demasiado claro, pero sin muchos matices. Me siento, como Lorca, asesinado por el cielo. Me siento el raro de turno, Pitufo gruñón contra todo lo que existe de estratosfera para abajo (lo de arriba, afortunadamente, lo ignoro. Y no conozco aún Google Sky). Estoy rodeado de gente tan infinitamente buena, tan infinitamente santa y tan infinitamente importante, que su estatura moral se aleja mucho de mi enanismo, que se cobija en las suelas de los zapatos (no sé si de los suyos o de los míos). ¿Fantasma? Con esas características que he mencionado, muy poco. ¿Demonio? Parece que mucho. ¿Ángel? Ni de coña. Por lo menos, hasta que los ángeles críen sexo. Como las ranas (¿o era pelo?).

(Imagen a partir de una fotografía de Manel)

Por Raúl, hace 4 días

Aeroembolismo agudo en un lugar que se llamaba alma

pez

Un día, buceando en lo que sería probablemente una apacible y sosegada mañana de una tarde de verano, me encontraba sumergido en el día a día. Buceaba requebrando las dificultades, en lo más hondo de mi vida y con la mirada atenta y pendular del que quiere verlo todo a través de ese cristal. Me había pertrechado con todo el material necesario en una tienda especializada llamada Filosofía, sentido y dimensión existencial. Había otra tienda en frente, mucho más barata, que se llamaba Moralidades vacuas y autoayudas, pero me habían dicho que los productos eran de peor realidad y que, al final, amortizabas tu compra si ponías de tu parte un poco más de sacrificio. Estaba tranquilo viendo un espécimen ignoto, de colores vivos y mirada fija, cuando el manómetro me indicó una presión elevada y el profundímetro atestiguaba que había llegado demasiado lejos. Justo entonces, el regulador vital me empezó a fallar y mi desasosiego e imprudencia me hicieron olvidar todas las tablas de descompresión y ascendí demasiado rápido. Tenía una sensación angustiada y una necesidad imperante de abrir la boca y respirar aire puro.

Cuando llegué a la superficie, me encontraba tan mal que tuve que acudir al especialista urgentemente. El terapeuta se sentó en un sillón, yo me puse en frente, en un cómodo sofá. Él me preguntó por lo que me había pasado y yo le conté con detalle los sucesos, uno a uno. Con un rostro que no quiso revelar nada, sólo dijo una palabra: aeroembolismo. Yo puse una cara muy extrañada, ni siquiera llegué a decir nada: una pequeña arruga torcida en la cara demostró que no llegaba a entender lo que me decía. Entonces, el médico me comentó: «Aeroembolismo. Es una enfermedad tristemente común entre vosotros, los que vais buceando por la vida. A veces, intentáis salir demasiado rápido a la superficie y la sangre se os llena de aire, como la gaseosa». Me preguntó si buceaba demasiado tiempo, o si en un mismo día me zambullía muchas veces. Yo le dije que sí, que me gustaba. Que en las profundidades me sentía feliz porque la presión oprimía el cráneo, pero sólo veía lo que deseaba ver, lo que deseaba entender». Él me dijo: «¿No será esto una manera de escapar?» Ni siquiera le contesté, porque la respuesta era obvia, pero sí hice una apostilla: «Lo extraño es que me gusta sumergirme, pero luego ansío volar. O me gusta bucear en agua gélida, y sigo y sigo hasta el agotamiento». Él entrelazó sus manos, movió la cabeza en un ademán casi imperceptible, puso una sonrisa que no lo era (yo creo que era una manera ambigua de señalar que me encontraba entre el diagnóstico de manual y una manera cariñosa de mostrar empatía), y me dijo: «Lo curioso es que los que padecéis aeroembolismo vital, de tanta agua, os deshidratáis. Vamos a hacer lo siguiente: te vamos a insuflar bien de oxígeno en botellas de a medio litro, te vamos a dibujar a mano alzada y con caricias el movimiento de tu corazón y, si eso no es suficiente, te introduciremos de lleno en una habitación llena de huríes que vaporicen de tus venas las burbujas de infelicidad. Te advierto que hay que ser realistas: este mal sólo se previene si limitas la profundidad de tu buceo, si alternas la inmersión con el ansia de despegar. Y, sobre todo, es fundamental que sigas con el protocolo convencional». Yo le dije que no, que paso, que bucearé lo que me dé la gana, que cuando sienta los síntomas me chuten bien de oxígeno, me invadan de caricias y las mil huríes, que me gusta pasar del frío al calor y del bien al mal, del abismo a lo estratosférico. Y que cuando sienta dolor en el alma mezclado mareos, confusión y tos severa me cure con mi pena o siga viviendo hasta reventar. Será como agitar una botella de gaseosa dentro de un profundo mar.

(Versión totalmente libre de una epifanía vital revelada en el episodio 6 de In Treatment, -otra obra maestra de la HBO- entre Paul y Laura)

Por Raúl, hace 5 días

Fragmentos de una teoría del caos

Caos

El pasado abril, murió Edward N. Lorenz, el padre de la teoría del caos, uno de mis mentores espirituales. No por la teoría global en sí, sino por sus fragmentos. Yo soy muy de cosmos por fuera, pero también un partidario ferviente e inconsciente del caos del epitelio hacia dentro. El caos es mito -y, por lo tanto, real- y es ciencia -lo que lleva aparejada una fuerte dosis de imaginación y literatura. No me extraña que ese lleno de vacíos que inunda los huecos marque nuestras vidas y las complete con sinsentidos. Parece que lo impredecible se puede codificar, acodado por atractores y detractores, por lo continuo y por lo discreto, por la bilis amorfa que emerge desde el hígado hasta nuestro cerebro. Es una parálisis dinamizadora que nos pierde y que nos encuentra, que nos olvida y nos explica. El caos es símbolo de la arruga, pero también de la raya perfecta; del sol que ilumina y ciega, pero también de la noche que todo lo pierde y lo encuentra. Lo bueno de estos Fragmentos para una teoría del caos es que pueden servir de título tanto de un libro de poemas como para un artículo científico. Probablemente, ambos podrían ser el mismo y no seríamos capaces de encontrar la diferencia. Podría resultar bello encontrar predicciones meteorológicas en endecasílabos perfectos y oxímoros brutales cobijados por la curva de la integral indefinida, que no es sino otra expresión bella y caóticamente poética. Qué bello pero qué triste es el caos. Es como los estados hipnagógicos previos al sueño: se relajan los músculos, sueñas con la fatalidad de la caída, tus músculos se contraen... Y, sano y salvo, te despiertas para introducirte, una vez más, en el centro de la pesadilla.

(Imagen de Naccarato)

Por Raúl, hace 10 días

Corazones y titanio

Titanio

Todavía tengo en mi recuerdo el tejido miocárdico apuntado con delicadeza por Blogófago, con la mezcla de la maravillosa composición de Sarah Illenbergen y la dulzura del «corazón coraza» de Benedetti. Pensé durante un instante que ese corazón podía ser el mío, pero un triste suceso acaecido hoy me ha devuelto a la más cruda realidad. Hace ya muchos años se me rompió el pulsómetro, ese aliado digital que atestigua los latidos de tu corazón y que te marca racionalmente la serenidad o el brío de tu correr. En la dicha del inconsciente, salía a corretear buscando la libre sensación de pararme cuando estaba cansado y de acelerar cuando tenía ganas. Pero ayer me compré otro de esos aparatejos, que te atan con cordura al ritmo de tu vida. Y hoy he salido a trotar con este aliado-enemigo buscando que me dijese lo que deseaba, que la falta de entrenamiento, la vagancia y el mucho comer habían ablandado mi corazón, lo habían convertido en humano, lo impulsaban a bombear con fuerza moderada pero ritmo rápido los sabores del devenir. Pero no, parece que sigue latiendo a ritmo pausado y constante, dando un impulso fuerte pero continuo, impetuoso pero lento a este cuerpo cuadriculado. He vivido unos largos minutos en el sinvivir de un trote que no subía de las 138 y en un cuerpo que ronda en su vida en reposo las 50 pulsaciones a ritmo de metrónomo. Esto, que podría ser el piropo adecuado para el cuarentón temeroso del infarto, no deja de ser para mí la constatación del cuerpo duro para la mente débil, el físico cuadrado que busca la cuadratura del círculo de su alma. Sólo me queda una esperanza: que sea como el titanio, resistente pero dúctil, tenaz, pero maleable. Y que, cuando salga el sol, refleje con vigor la fuerza de sus rayos y, nacida la noche, acoja con serenidad el brillo de las estrellas.

(Imagen de Andrea Micheloni)

Por Raúl, hace 22 días

Fotogramas perdidos

Bugs

La vida (nuestra mi vida) es un lío propio de una madeja enredada a conciencia. Pertenezco a una naturaleza inequívocamente cíclica, en la que yo muero pero nacen otros, del mismo modo que el otoño sopla unas hojas que volverán a crecer, distintas, en primavera. Y aprecio mucho a Pitágoras, pero me niego a pensar que formemos parte de un berenjenal existencial en el que todos los seres vivos estemos tan estrechamente unidos que no podamos comer habas por el miedo de merendarnos a nuestro abuelo. Individualmente, pertenezco a una asquerosa línea recta que va desde mi nacimiento en el alfa a mi óbito en la maldita omega (al final puede que haya una prórroga vitalicia con bucle sorpresa, pero será para mí tan inesperada como llameante). Mi cerebro no acostumbra a ser tan galante como para dejar sueños bonitos en el recuerdo, pero se empecina desde hace unos meses en dejarme espantosas imágenes de muerte. Mi dormir se trastoca en pesadillas en las que me encuentro solo contemplando la muerte silenciosa y plácida de los demás, y el blanco ha dejado de ser para mí un color positivo para desmoronarse en tibios sudarios a la luz apagada de la madrugada. A punto de llegar a la que podría ser, estadísticamente -más o menos-, la mitad de mi esperanza de vida, contemplo a ésta más bien de reojo, con esa desconfianza de quien no se fía de que le vayan a dar una puñalada por la espalda. Y, como no sabía qué hacer, me dediqué ayer a mirar mi línea del tiempo, de pe a pa. Así, en tristes listas de la A a la Z. Cuando mi vista paseaba cansada por la primera, contemplaba un lejano día de abril del que yo no era consciente pero vivido en la primera persona de la reconstrucción de nuestra memoria, hecha a base de retazos, recuerdos, invenciones y rememoraciones. De ayer hasta hoy, una vida construida sobre la ficción de lo que queremos ser, sobre la mentira de lo que nunca seremos y sobre la esperanza de que los dados nos hagan avanzar, casilla a casilla, hasta nuestro destino. La lectura de nombres y más nombres me desvió hacia la segunda lista: personas fallecidas en 1966. Como soy muy dado a lo anecdótico y superficial, no supe dar mucho sentido a mi búsqueda hasta que fui consciente de encontrarlo: ese año desaparecieron Montgomery Clift y Buster Keaton . Y recordando la mirada atormentada pero limpia del primero y rememorando la cara estirada y el ingenio contumaz del segundo, me pregunto qué coño gané naciendo. Y sí, ya sé. Me conozco todos los argumentos, las frases fáciles y todos los consuelos. Pero la vida, nuestra vida, es una puta película que acaba con el The End. Y algunos la hemos llenado con muy malos -malísimos- argumentos. Y no hay que ponerse tristes: no es momento de epitafios. Pero a mí me gusta -mucho- este. ¡Ah, y como alguien me recuerde una de mis películas favoritas, le parto el cuello!

Por Raúl, hace 26 días

El suave y sonoro umami amarillo

amarillo

Como soy un ignorante, creía que mi gusto sólo distinguía lo dulce, lo salado, lo ácido y lo amargo, pero hoy me ha sido revelado el umami. Como soy daltónico, mi cerebro recibe los colores como le viene en gana. Como no soy joven, no alcanzo a oír el silencio de los sonidos y, como no soy viejo, no alcanzo a oír los sonidos del silencio. Como soy escrupuloso y algo tiquismiquis, huelo los malos alientos, los sudores enclaustrados y la fetidez de las extremidades, pero pocas veces me emborracho con el olor adusto de los olores naturales, embadurnados tristemente por los ambientadores y las esencias superpuestas. Como soy tonto, no desarrollo el sentido del tacto todo lo que mi deseo desearía, amoldando mis manos a mis gustos más recurrentes y exquisitos. Todo esto, en sí, ya es una agonía sensorial sin remedio ni salida.

Pero ha surgido algo peor. Como soy filólogo, creía que la sinestesia era mentira (y, por lo tanto, arte), y que el dulce mirar o la soledad sonora eran maneras bellas de expresar lo inexistente en su existencia propia y más genuina. Como soy curioso, he descubierto que la sinestesia es verdad (y, por lo tanto, arte), aunque sea una verdad patológica (y, por lo tanto, arte). Y me ha gustado. Así, hay quienes degustan la acidez del amarillo, perciben la rugosidad de la nota musical o huelen el bamboleo de las ramas de las acacias en una plácida tarde de primavera. Así, hay quienes viven en una sinfonía sensorial sin orden, sin concierto y sin fin premeditado y previsto. Como soy ignorante, daltónico, no soy joven ni viejo, escrupuloso y tiquismiquis y tonto, como soy filólogo y soy curioso, vivo en un mundo sin principio, sin fin. Sin orden, ni concierto. Sin confines delimitados por la normalidad y sus secuaces. A veces no entiendo, a veces no oigo, a veces no veo y no degusto ni mastico despacio los instantes irrepetibles que la vida expone en su muestrario a dos palmos de mi deseo. Como soy humano, a veces no lo entiendo. Como soy humano, me apasiona ese sinsentido. Es, lo que llamaré, a partir de ahora, «el suave y sonoro umami amarillo».

(Imagen de Any Manetta

Por Raúl, hace 27 días

Arrogantes, ignorantes

Entro?

Nuestra especie, orgullosa de su pertenencia a la categoría de homo sapiens sapiens, ignora que muchos de sus integrantes se aproximan más a otra especie que los psicólogos sociales denominan homo arrogantis. Uno mira a su izquierda, luego a su derecha, hace un gesto displicente, sonríe levemente y piensa: «Es que soy la bomba». ¿Alguien conoce a un inepto consciente de su inoperancia? ¿Alguien conoce a un bruto que reconozca su ignorancia o que, si la adivina someramente, no se sienta inmediatamente orgulloso de su bruticie? Es este un fenómeno también conocido como el efecto Dunning-Kruger, que tiene mucha miga: si nos valoramos por encima de la media de forma constante, nunca nos daremos cuenta de nuestros errores y, por lo tanto, nunca podremos enmendarlos. Las personas más brillantes, aunque pueda parecer una paradoja, siempre han tenido la percepción en los estudios a los que han sido sometidos de que estaban por debajo de la media. Mientras, los inútiles de sus compañeros estaban totalmente convencidos de que hacían las cosas requetebién. Esto es malo para nosotros, pero también para nuestra visión de los demás: una visión distorsionada de nosotros mismos nos lleva ineludiblemente a distorsionar, hacia abajo, la percepción que tenemos de los otros, rebajándoles en su valía y en su capacidad.

Según Dunnig y Kruger, la única manera de superar este síndrome es confiar también en la opinión de los demás, en contrastarla siempre con la nuestra y en evaluar los aspectos positivos y negativos que se derivan de ella. Erigirse en el puñetero amo de las circunstancias y de las situaciones no es, de hecho, sino una manera de ser el burro que ignora su propia ignorancia. Recuerdo con cariño una expresión que mi padre empleada frecuentemente: «Cuando se es como yo, es imposible ser humilde». Nunca percibí a mi padre como alguien arrogante, porque todo radica en la sonrisa: algunos se ríen en su propia ignorancia y la explotan en la cara de los demás; otros mantienen el ceño fruncido, siempre enfadados y amargados; otros (muy pocos) miran a la vida con una sonrisa esbozada a medias. Conscientes de que todo esto es una broma demasiado seria para tomársela en serio.

(En cualquier caso, esta entrada es muy peligrosa. Pero confío plenamente en mis elevadas capacidades y estoy seguro -segurísimo- de no haber dejado ningún aspecto a medio perfilar. Cuanto más me conozco, más me gusto. ¡Vivan los espejos cóncavos -y los convexos-!)

(Imagen de Pacomi

Por Raúl, hace 28 días

La dignidad y la nada

 Nihil novum sub solem

«Se puede mantener la dignidad en la nada más absoluta». Buceando en entradas antiguas de mis blogs favoritos, rescato esta fantástica expresión de Fran, el autor de referencia cuando voy caminando en el desierto. Y la relaciono con la imagen que encabeza esta entrada, en latín: «Si no hay nada nuevo bajo el sol, ¿por qué continuar?» Nada nuevo hay bajo el sol. Continuamos y caminamos por desiertos y por caminos baldíos. Esperamos un horizonte que nunca llega, esquivamos a la muerte, agazapada en cada bache interpuesto entre el devenir y de nuestro destino. Buscamos algo en ninguna parte. Bajo un sol de justicia injusta, sorteamos la confusión entre el continuar y el continuismo. Todo el calor, toda nuestra inconsistencia soportada con la cabeza muy muy alta. No vaya a ser que, en algún recodo del camino, nos encontremos con las respuestas a todas nuestras preguntas. O, mejor, con una mirada que nos devuelva el brillo de nuestras pupilas cansadas. Bajo el sol no hay nada nuevo, salvo nosotros mismos.

(La imagen es de Patrick Denker

Por Raúl, hace 1 mes y 3 días

Entelequia

Amor ciego

Entelequia: cosa irreal. Esa es la primera línea del nuevo mensaje de Chipirón negro. Aprovecho la circunstancia y el mensaje para comentar una cosa que me ha ocurrido esta mañana. Algunos de los alumnos que siguen mi blog me han preguntado si Chipirón negro existía de verdad. Les he dicho que sí. También les he dicho que suele comentarme, en privado, entrada por entrada. Se han puesto a especular: que si es mujer o no (han concluido que, obviamente, tenía que ser una comentarista femenina), que si me conoce o no (han concluido que sí, pero han aceptado también que puede ser una persona especialmente perceptiva de las formas de ser y los estados de ánimo de quien escribe). Me han preguntado si yo le contesto a los mensajes y les he dicho que no. Si quiero decirle algo, se lo digo aquí, en primera página. Como ella se merece. Y, entonces, Yago ha comentado algo que me ha parecido importante: «Es que si la contestas, igual desaparece para siempre». Veloz como el rayo, he apuntado esta observación: ya sabemos que los calamares sueltan tinta para huir de sus presas. Chipirón negro quizás haga lo mismo.

En cualquier caso, como si nos hubiera oído, esta tarde he recibido otro mensaje suyo con la definición que abre la entrada. Entelequia. Es una palabra bonita y una palabra con trampa. «Cosa irreal», dice la tía. Una rápida consulta al diccionario os llevará a saber que también es una «realidad plena alcanzada por algo». Yo creía que todas las palabras simples tenían un significado complicado (paz, por ejemplo) y que todas las palabras complicadas tenían un significado muy simple (a bote pronto, se me ocurre esternocleidomastoideo). Pero esta palabra es real e irreal a la vez. Esa sí que es una entelequia. Hace unas semanas, Chipirón negro me mandó un enlace a la foto que encabeza la entrada. Me decía: «¿Quién está más ciego de los dos, garbanzo negro? Uno, con la venda en los ojos, mirando al frente -es decir, a la nada-; la otra, mirando fijamente, complaciente al otro y, por eso, desdibujada. Qué vida, Garbanzo negro. Esto no lo entiendes ni tú, que te las das de listo». Conectando estas palabras con el mensaje de hoy y sabiendo que uno de nuestros temas preferidos en Verba volant es el de la ficción como realidad y la realidad como ficción, descubrimos que todo son entelequias. El amor es real e irreal, el mundo es verdadero y ficticio y la mejor manera de bucear en el sentido último de la vida es alejarse lo más posible de ella para entenderla a través del arte, que lo explica mucho mejor que los documentales de La 2 (no hablemos de los informativos: son el paradigma de la ficción en prime time).

Y Chipirón negro acaba su mensaje de hoy: «¿Emociones o pasiones? ¿Conoces tú la diferencia? Yo te demuestro horizontal y verticalmente que existen las emociones, que todos las tenemos. Seguro que tú eres de los incautos que creen en la existencia de las pasiones. Y las pasiones, Garbanzo negro, son entelequias. Como todo el mundo sabe. Menos tú, que eres tan listo».

Por mi parte, sólo tengo que decirte una cosa, Chipirón negro. Que tienes toda la razón: que las pasiones son entelequias (reales e irreales) que en la foto que encabeza la entrada chocan la realidad con la mentira (siendo la mentira verdad y verdadera la mentira). Y que todo es irreal como la vida misma. Menos tú, Chipirón negro. Y yo también tengo mi corazoncito encerrado en una urna de cristal. Para que las entelequias no lo coman en pedacitos. Y para que no lo ataquen las quimeras.

(Imagen reproducida con el permiso de Marcelo)

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