— Verba Volant

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Sentido

Asciende y asciende, como un cohete apuntando al cielo. Es un sentimiento con sabor a malta y a ternura y a todo lo imparable. Gira y gira, como un acontecimiento deseado y esperado. Es un corazón suave, con olor a luz y a flotar entre oscuridades poco tenues. Sube y sube, como la libertad tomada de la mano. Es una palabra con sonido susurrante y un caleidoscopio y un destino secreto y compartido. Vuela y vuela, como un cielo que se acerca a la danza de nuestros pies. Es un sueño conseguido y un calor de sudor frío y una manera de estar a salvo. Brilla y brilla, como un sabor poco frecuentado. Es una nube sin tormenta y un asiento en primera fila y un mar que nos mece. Asciende, gira, sube. Y brilla.

(Imagen de Brian Abeling).

 

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Andaba yo pensando el otro día en mis cosas y me di cuenta de algo de lo que no era consciente. Era un cambio importante, sin duda, no buscado, afortunadamente beneficioso. Sin estar nada satisfecho por ello (pero sin darle tampoco la relevancia necesaria), me tenía yo por persona rencorosa y vengativa. Me gustaban dichos del tipo “La venganza es un plato que se sirve frío” o “Si te sientas a la orilla del río el tiempo suficiente, verás pasar a los cadáveres de tus enemigos”. O sea, que me decantaba por un rencor paciente y –quizás por eso mismo– más cruel. El conde de Montecristo era para mí un auténtico manual de supervivencia, aunque ser como el conde de Montecristo es algo imposible porque está por encima de lo humano y, por lo tanto, de la humanidad (y, por lo tanto, de la Humanidad). También es cierto que era la mía una venganza más teórica que práctica, porque no recuerdo nunca poner a afilar los cuchillos ni sentarme a ninguna orilla a esperar nada.

No tenía yo previsto tampoco ningún cambio respecto a rencores y venganzas… hasta llegar a la conclusión de la que hablaba al principio: creo que puedo afirmar que he dejado de ser una persona vengativa. Decir esto no significa que me haya pasado al lado del bienestar pleno con el ser humano y sus circunstancias. Me imagino que tendré enemigos. Desde luego, hay personas en este mundo que me caen como el culo. No son muchas, pero alguna hay. La gran diferencia que encuentro es que antes podía reconcomerme estando pendiente de sus actos y omisiones y ahora lo que piensen y lo que hagan me trae –simplemente– sin cuidado. No busco nada que tenga que ver con esas personas. Si puedo, evito cualquier contacto con ellas, cualquier roce. Intento no saber nada de sus vidas porque todo lo suyo no es mío y, por lo tanto, me es totalmente ajeno.

Y, como decía, nada de esto me hace ser mejor ni peor porque no lo he buscado. Los años y muchas más cosas parecen haberme recubierto de una pintura con propiedades muy especiales que hacen que no me resbale nada de lo que me importan para bien y se deslice sin empapar todo lo que no me importa o lo que me importa para mal.

Así que notaba yo el otro día, dando un paseo, que todo me pesaba menos. Qué alivio…

(Imagen de Henar Domine).

 

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Vuelves a ver Carta de una desconocida. Hacía muchos años que no contemplabas esa magnífica historia, llena de sentimientos, de ternura y realidades que te abofetean sin misericordia, contada con sutil maestría. Ves a Joan Fontaine-Lisa Berndle recorriendo la casa de Louis Jourdan-Stefan Brand: Lisa se desliza, casi vuela en un montaje prodigioso, por todas las estancias, por todos los objetos que le devuelven, en su ausencia, todo lo que ama. Por un momento, ingenuos nosotros, nos creemos la historia de ese amor. Porque dos semanas no es nada, pero pueden ser la barrera que separa las palabras de la incomprensión y la villanía, incluso la barrera que nos separa de la muerte.

Y sientes que la vida, afortunadamente, te atrapa bajo el embrujo de Sherezade. Siempre dispuesto a vivir un día más gracias a una historia que desearías que fuese interminable. En permanente estado de suspense, como ese artificio, el cliffhangerque te mantiene en vilo. Porque te enganchas a las ficciones como si no hubiera otra forma de consuelo. Porque, así, vives en todos los puntos cardinales, en todas las épocas y bajo todas las perspectivas.

Cada vez que sientes que la vida te oprime, cada vez que intentas respirar y parece que no hay aire suficiente, una historia te rescata. La casualidad ha hecho que hayas puesto la televisión y estuviese Joan Fontaine viviendo la historia de un amor. El mismo que le causa la muerte. Y así, ha aparecido otro escalón en la subida al paraíso de las ficciones.

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Soñaba el otro día que lo mandaba todo al carajo. No era una pesadilla, sino un alimento reconfortante. Pensaba y dormía con toda la sensatez que te da ahogar la vigilia con la persistencia y la almohada, la mente libre. Soñaba que me seguía escribiendo mi novela, que avanzaba mientras mi vida iba a ninguna parte. De pronto, en un mundo que no me importa y que me obsequia con su viceversa, el miedo se convertía en calor, la angustia en liberación. Me sentía un pequeño dios capaz de transformarme cambiando unas piezas. Esa mierda de puzle que hace que todo encaje. Soñaba que estaba vivo y respiraba a pleno pulmón (desaparecía esa angustia recurrente de despertarme en medio de la noche sintiendo que me falta el aire). Que podía decidir y priorizar siguiendo las reglas del azar y del capricho.

El futuro no era previsión sino improvisación. La fantasía no era obligación, sino sorpresa. En un plano detalle, me vino la imagen de estar pelando una mandarina, introducir el dedo pulgar en la cáscara, ir avanzando con precisión quirúrgica y, cuando estaba ya la fruta preparada, lanzarla al océano con todas mis fuerzas. Imaginar y pensar en el olor.

Notaba el calor de lo que está cercano y no soy yo, de una sonrisa con miles de colores. Los días pasados son momentos grises que adornamos con colores. Y solo nos queda el futuro para escoger con delicadeza un morado, un color llamativo, un amarillo limón (mejor terapia que el verde lima para los que padecemos acromatopsia). El futuro sería tan bonito que (quizás) dejaría de comprarme de forma recurrente la misma camisa azul una y otra vez. Y el sueño derivaba en escoger escalas de colores, escalas musicales. Y escalas para subir al tejado y contemplar una noche llena de amaneceres.

(Imagen de William Newman).

 

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Subway

Estás ahí, mirando hacia atrás. Y el tiempo pasa a toda velocidad por tu ventana. Intentas ralentizarlo. Mojarlo como las galletas en la leche, siempre de dos en dos, para que empapen y aguanten juntas todas las vicisitudes. El tiempo, sin embargo, va demasiado rápido.

¿Te acuerdas cuando nos dijeron que lo nuestro había surgido demasiado rápido y que, inevitablemente, sería efímero? Miro ahora por la ventana para ver esa cara y esa sonrisa. Intento congelar esa imagen para que no se contagie con la tristeza que te angustia desde hace días (quizás semanas, quizás más tiempo aún). Miras el tiempo pasar a toda velocidad por tu ventana e intentas atraparlo. Porque todo pasa demasiado rápido. Y, si te detienes a pensarlo, se desgaja. Y no quieres perder ni un segundo de un tiempo que se consume a toda velocidad. Por eso, merece detenerse, mojar las galletas en leche. Como siempre, de dos en dos. Para que empapen y aguanten juntas todas las vicisitudes.

(Canción prosificada, traducida, modificada a voluntad y añadiendo lo que me viene en gana de “Fast” de Luke, con imagen de Hernán Piñera).

 

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Estar desaparecido sin contener la respiración sino por haber adquirido la extraña y casi inhumana posibilidad de respirar debajo del agua. Andar de puntillas y con las zapatillas de andar por casa. Alejarse de los fastos (y de los nefastos). Brincar, como Gerardo Diego, “hasta el confín de un nuevo panorama”. Proponerse un retiro muy a lo fray Luis en el que no abunden los testigos, mediadores y mediáticos.

Ignorarlo casi todo de casi todos. Pasar por encima. Leer en diagonal. Escarbar lo mínimo y, por lo tanto, oler poco. Contemplar las burbujas extremas del ahogado, los carrillos hinchados del que está a punto de explotar, los cuerpos inanes flotando a la deriva de sus derivas. Permanecer en un estado de gozo nada extático, sin identificarse con el marinero al que se le enredan las redes ni con el capitán que maneja sin prudencia una barca demasiado grande.

Perderme por los vericuetos, los detalles sin importancia. Y no mirar al sol si no es a través del reflejo de unos ojos que nunca son los míos.

(Imagen de Pulpolux).

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Estamos rodeados del mierda. Hasta el cuello y subiendo peligrosamente, en avance lento pero implacable, hacia la comisura de los labios.

Estamos rodeados de mierda por todas partes y en todos los sentidos. Por donde quiera que uno mire, se acerca una avalancha de mierda dispuesta a inquietarnos. Como esas mareas crecientes que ocurren cuando uno pasea por la playa: caminamos confiados, pero, a veces, el mar puede más que nosotros y la ola, inexorablemente, se acerca para derribarnos.

Miramos hacia abajo y vemos mierda. Hacia arriba, cae mierda de las galerías celestiales. Mierda a diestro y siniestro, para dar y regalar. En ocasiones, hay tanta mierda que daría para repartir con gusto, en un alarde de bondad exquisita y armonía universal. Estamos tan rodeados de mierda que podríamos pensar que la hierba es marrón y marrones los cielos, marrón el aliento de la vida. Pero no.

A día de hoy, me consuela que la piel no sea tan permeable como para que la inmundicia penetre y llegue a los órganos vitales. Y el entrenamiento pertinaz nos enseña a cerrar bien la boca, a contener la respiración lo suficiente para que lleguen momentos espléndidos en los que podamos respirar a pulmón abierto. El azul del cielo gana al marrón por goleada y el color avellana de nuestras miradas es mucho más que un modo de ver: es una manera de estar en un mundo compartido, pero único. Intransferible. El olor fresco y dulce de una vida desgajada en momentos vale más  que toda la porquería rociada por el mundo. Y cuando parece que todo será un desagüe que desembocará en un río que desembocará en un mar, el tiempo se congela en cristales perfectos e infinitos. Y su reflejo vale más que un todo que, como sabe quien sabe, es mucho menos que la suma de las partes.

(Imagen de Brandon Warren).

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Griten de gozo los árboles del bosque

(Salmos, 96: 12)

A veces, los árboles son los únicos seres vivos capaces de contarnos su felicidad. En 2017, yo quiero ser árbol.

Imagen de Jos van Wunnik.

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Soltando un poco la cuerda de las vacaciones, estaba preparando unas cosas del trabajo. Unos textos con sus ejemplos ilustrativos, cosas de palabras, acciones y contextos. Luego me vino un recuerdo. Fui dejando poco a poco el ordenador y

me puse a leer versos

para sentir el frío de una tarde cálida

en la que pisábamos las mismas baldosas

ese día en que, después de la tormenta,

pisaste sobre una losa hueca

y el agua nos invadió las pantorrillas.

Y leía que el alma nos ha cortado a su medida, a solas, sin el testigo de todo lo que no somos. Después, no sé por qué, aparté los libros y los auriculares me devolvieron unas palabras en forma de canción, que, más que notas, eran recuerdos convertidos en fotografías del alma y pensando que

Vivo cerca del paraíso, pero el reino

no es de nuestro mundo:

está cerca de un zumo a la luz de una galleta,

próximo el edén distante,

dormida tú en el sofá tras una noche de perros y pesadillas

y yo desvelando cada pliegue de un trayecto conocido.

Son momentos de ensoñación en los que todo se nubla para vislumbrar una verdad más allá, que traspasa muchos millones de segundos con el suelo en todo lo alto y el cielo brillando por todos los suelos. Unas notas que desvelan y revelan

Que nos sentaremos

frente a frente

para reconocernos

pensando en esa poca habilidad tuya

para reconocer los rostros

en los contextos adecuados

y esa incapacidad mía

para las tareas más cotidianas.

Es una búsqueda de las huellas, un acto reflejo de perderse en todos los laberintos. Tú, que pensabas que la vida era fácil, hasta que cada meandro iba a demostrar que el agua que llega a la mar no podía nunca ser la misma. En un principio, fue un sueño.

La coincidencia de que nos pasen

las mismas cosas por la cabeza

Es una ilusión, dijiste. Demasiado bueno

para ser verdad.

¿Existe el amor o solo consiste

en un proyecto,

en un balance de cuentas,

en una manera de olvidarse en los detalles?

¿La vida era eso?

Revelarse contra la conformidad

y negar que todos los días sean uniformes,

que el horizonte es imposible y no un problema de bulto,

 de no encontrar

la manilla de la puerta.

Pasa todo por unos retazos, como esa aseveración que aún persiste con toda el alma, ese concepto tan bello de estar juntos, que es permanecer y alegrarse y transcender. Una locura equilibrada que se construye con cada fragmento de una historia que se perfila rato a rato.

 

Buscando una emboscada de abrazos sin medida,

un vaho que empañe todos los reflejos

de la mirada de todos los que no pueden ser tú.

Hoy hace frío, lejos del tiempo. Nada más desapacible que una espera a solas, en el portal del dolor. Nos toca ver la noche desde ángulos distantes,

y sentir que es un consuelo

que todo el universo se resuma

en los márgenes,

que, como todo el mundo sabe,

son lo único importante.

 

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