— Verba volant

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Soledad

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Ana ha dejado su libro en la mesilla, pero no ha seguido el ritual cotidiano de apagar la luz, dar un par de golpes a la almohada, girarse hacia la derecha, suspirar y cerrar los ojos. Ana ha permanecido, apoyada en la almohada doblada y con las piernas ligeramente flexionadas, recordando los tiempos en los que leía con el libro apoyado en su abultada tripa de embarazada. Ana ha proyectado su visión hacia la nada y ha visto, de fondo borroso, un armario doble colmado de ropa. Sin saber cómo, la tenue luz de la lámpara está ayudando a que Ana se transporte de la realidad a su imaginación. Siente que sería deseable colmarse, al fin, de deseo consumado, tras una larga espera dejando el placer de lado y enfocándose hacia unas actividades que hagan su vida ligeramente soportable. Ana, sin saber cómo, ha pensado que su vida ha sido una existencia de sueños mal consumados, de esperanzas perdidas, de idas y venidas tras las paredes verticales que se interponen entre esa sonrisa traviesa con fondo de ojos tristes. Ana hace un recorrido mental por los enseres de su habitación: esas estanterías con libros, con adornos. En un movimiento nada aconsejable para adormecer su sueño, se ha incorporado ligeramente para ver una hilera de zapatos y unas botas altas y anchas con el cuero adormecido sobre el suelo. Ana ha insistido siempre en comprarse unos zapatos que, al final, le hacen daño y, por eso, odia el entretiempo. Las sandalias le producen la libertad del calor, mientras que el horror del frío lo mitiga con botas altas, con las que siempre se siente cómoda.

Ana ha pensado que esos zapatos, que fuera de contexto y de su pie le parecen muy grandes,  son algo así como una manera de pensar en la vida. Iba a desarrollar ese pensamiento cuando le ha distraído el ruido del camión de la basura, que ha estado a punto de destartalar el contenedor con tanto meneo. Con un impulso impropio de la hora, Ana se ha incorporado y ha ido recorriendo toda la calle buscando alguna señal de vida. Han pasado tres coches. Un chico joven pasea a su perro. Un hombre de mediana edad recorre la acera y levanta la vista. Ve a Ana asomada a la ventana y, con gesto descarado, saluda. Ana llega a ver una sonrisa. Sin saber por qué, levanta una mano y, tras dos sacudidas protocolarias, ha agitado la mano con más definición. El hombre alza las manos y las junta con gesto de triunfo. Hace una reverencia y después se parte de risa. Ana piensa que, pese a la escena, que parece forzada y absurda, se esconde más naturalidad de la que parece. Tras contemplar la escena de la que ella ha sido protagonista, desaparece tras las cortinas. El roce de la tela le recuerda que tiene que cambiar muchas cosas en su vida y las cortinas de la cosa son una de esas cosas, y no la menos importante. Ana piensa que las cortinas no son un adorno simple, sino que son los mecanismos que permiten filtrar la realidad del exterior cuando uno se refugia en casa.

Ana ha salido de la habitación y ha girado hacia la cocina. Ha cogido una copa con un poquito de vino y un trozo de chocolate. Pertrechada del avituallamiento, ha vuelto a sentarse en la cama. Ha dejado las cosas en la mesilla y ha vuelto a acomodarse. Ha bebido despacio el poco vino que le quedaba y ha dado el último mordisco a la onza de chocolate. Un pequeño dolor revestido de frío le ha recordado que se tiene que preocupar por su esmalte de dientes.

Ana se ha prometido a sí misma mil y una veces que tiene que enfocar su vida de forma que no duela. Sabe la importancia que tiene tirar un foulard al aire y conoce también las ilusiones y sus consecuencias. Poco a poco, Ana ha ido resbalándose por la sábana y, sin que se haya dado cuenta, la almohada ha cedido en su pliegue. Ahora la cabeza de Ana descansa ya en posición horizontal. En un estado adormilado, Ana ha girado su cuerpo hacia la izquierda. Un poquito después, se ha oído el ritmo más fuerte y acompasado de su respiración, que hace que sus hombros se muevan casi imperceptiblemente.

Ana se ha convertido ahora en el molde de los deseos secretos y su cerebro, cansado de tanta asquerosa realidad, se ha puesto ha soñar con ángeles tiernos.

(«Ana ha soñado con Ángeles» pertenece a la serie de Fragmentos para una teoría del caos.)

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Unas nubes en el cielo, demasiado blancas como para ser amenazantes. Bajo ellas, una esfera de ritmos espasmódicos. Luces y luces. Sonidos electrónicos, mezclados a veces con la dulzura de las palabras no evocadas. Las canciones de amor nunca deberían de acompasarse con latidos más rápidos que los de nuestro corazón, por muy taquicárdicos que permanezcamos frente a las transparencias blancas del verano. Porque los bañistas purgan sus delitos levantando la cabeza hacia el origen de las gotas de agua de la ducha y luego se sumergen en el bautismo del agua azul, clorada, ligeramente impregnada del aceite que rezuma en los cuerpos bronceados. Mudamos nuestras pieles, las permutamos por los atávicos tonos oscuros para contrastarlos con un pantalón muy caro, una camisa muy barata y, sin embargo, perfectamente armonizados. Hacia dónde caminan los pasos oscilantes, hacia dónde las miradas sin unas gafas de sol que mitiguen la refulgencia de los rayos sin filtrar.

Y, sin embargo, el corazón es el corazón y la memoria es lábil y, sin embargo, perenne y, sin embargo, perecedera. Las nubes del cielo no amenazan los ritmos de una música que nació para bailar, pero que nunca se compuso para acompasar una triste, pero alegre, tarde de verano.

(La foto de hoy no la ha hecho nadie, porque estaba pintada en el cielo, tras mi ventana.)

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Quiero que toques música para mí. Que el cielo es mucho menos que la estratosfera de los mordiscos de vida que se arrancan a dentelladas. Quiero que toques mi canción favorita, porque el imperio de la noche invade los poros. Que la epidermis es mucho más que las caricias inexistentes. El universo se compone de cuatro acordes fantásticos. Quiero que cantes con voz desgarrada. Que la laringe y las cuerdas vocales son mucho más que los días y sus noches cargados a cuestas. Quiero oír la risa inapagada, los gorjeos de tu guitarra. Que mis pies son mucho más importantes que el camino que todavía queda por andar. Quiero que el silencio escuche al silencio. Que las bonitas aves marean de tanto dibujar trazos en el aire.

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Isla desierta

Me gustan todas las ficciones -libros, películas, series de televisión- que giran en torno a los naufragios y las islas desiertas. Creo que en todas ellas hay profundísimas reflexiones sobre la supervivencia y  la soledad, la autosuperación y la reflexión sobre nuestra existencia. Me gusta concebirlas como grandes metáforas del destino de los seres humanos, con todas nuestras miserias y nuestras grandezas encerradas en un entorno natural y unos cuantos metros cuadrados rodeados por el agua del mar. Parece que la llegada a la isla es el primer momento de una vida dentro de la vida y la salida futurible el momento de redención y salvación. La isla desierta es símbolo, a partes iguales, de nuestros deseos paradisíacos de soledad en contacto con la naturaleza bella y de nuestros miedos cegadores a esa misma soledad con sus privaciones. Todo lo malo y lo bueno del estado salvaje.

La pregunta “¿Qué tres cosas te llevarías a una isla desierta?” es ya un clásico trillado en el género de la entrevista periodística y en las conversaciones relajadas cuando están a punto de ponerse hondas. Cuando me han hecho esa pregunta, no he sabido muy bien qué responder. Admiro y envidio a todos aquellos que dan una respuesta atinada e ingeniosa que les salvaría de todos los males y penurias en sus años de obligada reclusión. Ahora mismo me lo pregunto a mí mismo y vuelvo a no dar con ninguna respuesta que no sea excesivamente chorra.

Reconozco, sin embargo, que se me da muy bien la formulación de la pregunta opuesta: “¿Qué tres cosas no te llevarías a una isla desierta?”. Digo la formulación, no su respuesta, que seguramente sería igual de tontorrona e infantiloide. A estas alturas de la película de nuestras vidas de naufragios, sé que mis deseos poco iban a solucionar la realidad de las cosas. La isla desierta es una imposición y no un abanico de oportunidades. Cuando me hacen la pregunta o yo formulo la contraria, vienen a mi mente nombres concretos de personas. Y cada vez me llevaría menos personas a la isla (aunque cada vez pienso que algunas de ellas se merecerían permanecer allí, por sí solas y sufriendo con su soledad).

Llevo ya muchísimos meses viviendo en una isla desierta. Entre momentos difíciles, momentos de angustia y días y días en los que no sabría si aguantaría más inclemencias del tiempo, sigo vivo, pese a quien le pese. Y me he ido sumergiendo en los divertidos momentos de divagación vital que supone entretenerse con las cosas pequeñas del día a día. He desarrollado mis pequeñas manías, mis pequeños trucos de supervivencia, mis pequeños rituales del día a día. He caído mil veces y me he levantado otras mil. 

Permeneciendo en esta isla vital, he ido rellenando este cuaderno de bitácora. Unas veces, mis entradas han ido penetrando en el diálogo del que manda un mensaje en una botella. Otras veces, mi discurso se ha ido viciando con una permanente y obsesiva divagación, entreteniéndome en el hilo de los discursos y no intentando salir en su resolución.

Y ahora me pregunto y os pregunto: “¿Qué tres cosas no te llevarías a una isla desierta?”, sabiendo que en la respuesta nunca está la salvación.

(Imagen de Cloning Girl)

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Exprimir

Esta mañana me he levantado temprano pare exprimir ideas, pero no he sido capaz de sacar ninguna cosa brillante de la mollera. He pensado que no es posible exprimir los sesos sin tenerlos despiertos y alimentados, así que he subido las persianas hasta ese límite en el que se encasquillan, he abierto las ventanas de par en par, he insuflado todo el aire que he podido en mis pulmones hasta el punto de atragantarme -por avaricioso- y he empezado con el ritual del desayuno. Este ha sido el auténtico comienzo: abro el frigorífico y sólo queda una naranja en el habitáculo donde pernoctan frutas y verduras. Maldigo mi mala suerte: las naranjas de zumo sólo se exprimen en la unidad cuando son bien compartidas. En casos como el mío, la naranja necesita compañía. Disecciono con precisión y aprieto con ganas. Exprimida la naranja, soy incapaz de exprimir el cerebro sin exprimir el corazón. Intento apretarlo para sonsacarle toda la soledad que lleva dentro. Parece que se anima. Ahora, pertrechado ya de vitaminas, oligoelementos y palpitaciones vigorosas, paso a intentar exprimir lo que es mi vida.  Y no lo logro. Dejo pasar más de doce horas desde el primer intento. Hasta ahora, que me he dado cuenta de que estaba pensando en francés, recordando tiempos más felices. Y percibo que exprimir ideas no es lo mismo que expresarlas, del mismo modo que no se puede ignorar que expresar es algo que puede confundirse con la urgencia que uno tiene para decir y ser oído -y escuchado-. Pero con las ideas siempre pasa como en el zumo: las gotas más apetitosas se quedan dentro.

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Calendario

Los días ya no corren en su calendario de mesa. Se han quedado anquilosados, blancos y vacíos. Sin ninguna perspectiva de futuro, sin el consuelo de ser habitados por algún plan que llene un vacío que se extiende hacia el abismo. El viajero, cansado, quizá acompañará a esas hojas de calendario en la ruta hacia el sinsentido. Su mirada no alcanza a ver más que el día de mañana, pero no atisba en ese futuro inmediato ningún rayo de luz que instruya su alma. La vida no ha conseguido enseñarle el camino, la alegría no ha logrado perpetuarse en su corazón. Su carne no logra descansar con la dignidad propia del que merece el premio de la meta. El viajero quiere, de una vez por todas, acompañar a esas hojas con los días carentes de destino, que vuelan para no perpetuarse. Es el único paseo que puede dar y la única compañía con la que puede contar. El infinito, como el horizonte, es muy largo de fiar.

(Imagen de Brother O’Mara)

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Maleta

El viajero de las palabras está cansado. Tan cansado como todas las lechuzas del mundo, obligadas a vigilar la noche. Y se siente muy próximo al abismo, sólo que esta vez se encuentra algo enfermo y mucho más solo. Y se niega a caminar. Se siente como el visitante de un museo en aquel relato de Cortázar -el viajero, hoy, se resiste a poner hipervínculos- en el que el visitante en cuestión se niega a pasar a la sala en la que se expone una obra maestra: dice que le vale con lo que ha visto hasta entonces, dice que no quiere ver más. Y también se siente un turista accidental del devenir (libro magnífico de Anne Tyler, película memorable de Lawrence Kasdan), intentando buscar cómo encontrar la fórmula maestra para meter en una maleta todo lo que cabe en una vida. Pero unas veces empuja la maleta para cerrarla y se le queda atascada la manga de la camisa, y otras intenta abrirla y la encuentra totalmente vacía. El viajero de las palabras piensa que Quevedo se quedaba corto, que la vida no es ir muriendo, que la existencia es una sala de despiece en la que oscilan todos los cadáveres hasta que te encajonan en su podredumbre. Y su extenuación es tan grande que llora de sufrimiento. El viajero de las palabra piensa que no pasa nada, que no es nada grave, que la vida -como la juventud- es una enfermedad que se cura con el tiempo. Y que somos tan pequeños, por insignificantes, que nadie notará nuestra ausencia (siempre le ha gustado la descarnada escena de la noria de El tercer hombre, con Orson Welles hablando a Joseph Cotten de las hormigas ). El viajero piensa que basta tan sólo dar un paso para que el viaje se acabe. El viaje y la vida como metáforas. El viajero de las palabras piensa que, en este asqueroso mundo, sólo nos quedan las metáforas. Y no todas son bellas.

 

(Imagen de Toos&TheSea)

 

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Jay Dickman, premio Pulitzer

Hace ya unos cuantos días, publiqué una entrada titulada Desmayo en el cielo en la que mostraba mi voluntad firme y serena de no querer despertarme nunca más en el caso de que volviese a perder el conocimiento. No me pasa lo mismo cuando me meto en la cama, apago la luz e intento dormir. La sensación de que no voy a volver a despertar atenaza el descanso y lo revuelve en un mar de desesperación que acaba frecuentemente en una incorporación súbita y rebelde, con esos ojos completamente abiertos característicos del que teme no volver a ver nunca más. Cada vez es más frecuente que duerma abrazado al teléfono como el único corcho salvador de mi frágil vida y como único nexo de mi unión con el mundo. Ahora que el infierno vuelve a dejar de ser un estado de ánimo para convertirse en algo aterradoramente real, me niego a cerrar mis ojos voluntariamente temiendo lo que puedo encontrarme en el torbellino ígneo que adivino al final.

(La fotografía es de Jay Dickman y pertenece a la serie de instantáneas con las que ganó el Premio Pulitzer de Fotografía en 1983. El cráneo pertenece a una víctima de los Escuadrones de la Muerte en El Salvador)

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