— Verba volant

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Trabajo

[Dedicaré un conjunto de entradas a mi viaje a Argentina con motivo de la participación en un congreso de Retórica. Las entradas irán encabezadas por la denominación El mundo es un pañuelo en recuerdo de la divertidísima novela de David Lodge en la que satiriza el mundo intelectual que gira en torno a estos certámenes académicos. También son entradas que aparecerán bajo la etiqueta Diario de un turista, ya que seguiré narrando al estilo de mis entradas dedicadas a los viajes, en tercera persona (aunque ahora el protagonista será "el viajero" y no "el turista" y describiendo y contando hacia el interior.]

El viajero tiene en la maleta unas cuantas camisas y pantalones pero, sobre todo, un conjunto de deseos a medio hacer. Todavía no sabe discernir lo que es el equipaje de mano y la maleta que va a ser facturada, todavía no sabe los papeles que le faltan y los que le sobran, todavía no ha decidido los artilugios electrónicos que necesitará. Tiene claro que se le olvidarán muchas cosas y le sobrarán otras tantas.

Al viajero le espera su destino después de más de treinta horas de viajes en autobús, aviones y escalas. Sabe que la espera puede desesperar, pero también es consciente de que purifica los pensamientos, los abstrae, los recoge en paquetitos de proyectos de futuro. La espera proporciona observación atenta de los demás, sorprendidos en la intimidad bajo la mirada pública. El viajero es anárquico en sus planes y todavía le esperan, en el trayecto, muchas cosas por decidir antes de llegar a su destino. Es una manera de mezclar la prevención y la cautela con la improvisación y el puntito justo de aventura. Ahora mismo, sus pensamientos oscilan entre la previsión de las horas de batería del ordenador portátil hasta el saberse justo vencedor en la batalla de hacerse con el reposabrazos del avión, tenga el compañero que tenga. Y no sabe cuándo respirará otros aires, que han de ser buenos.

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El principio de Peter

Hoy me han recordado un libro, El principio de Peter, que mi padre tenía en la mesilla como libro de cabecera hace muchísimos años. Medio en serio medio en broma, el autor planteaba una de las claves en la búsqueda de la incompetencia profesional: cuando alguien hacía bien su trabajo, se le promocionaba hacia un puesto alejado de sus dotes laborales convirtiendo a un buen profesional en una persona incompetente. Planteadas las cosas con humor, este libro fue esencial a la hora de valorar la teoría de las competencias en la educación (ahora muy en boga) y en el terreno laboral.

Como me ha hecho gracia recordar ese libro en la mesilla paterna, gastado, subrayado y exprimido, he recordado otros viejos planteamientos que son de gran utilidad para entender la inutilidad de muchas de las cuestiones que nos afectan en nuestras sufridas labores cotidianas. Una de ellas, es de Ley de Parkinson, que se sustenta en tres aseveraciones reales como la vida misma: a) El trabajo crece hasta llenar el tiempo que se dispone para su realización (¡qué bonitas esas madrugadas en la víspera de entrega de trabajos importantes!: yo acabo de entregar uno hace unos minutos); b) los gastos aumentan hasta cubrir los ingresos, y c) El tiempo dedicado a cualquier tema de la agenda es inversamente proporcional a su importancia (¡cómo me recuerda esto a tardes, tardes, tardes y tardes de reuniones sobre naderías!).

El principio de Dilbert, por su parte, es una variante invertida del de Peter, pues afirma que “las compañías tienden a ascender a sus empleados menos competentes a cargos directivos para limitar la cantidad de daño que son capaces de provocar”.

Me gustan estas leyes porque tienen esa consistencia tan sumamente pegada a nuestra realidad que llegan a caer en nuestra experiencia para hacernos más daño que la mismísima manzana de Newton. ¡Empleados del mundo, uníos contra la estulticia de nuestros mandamases en una huelga general (retribuida, por supuesto)! Llenaremos el tiempo con toda nuestra competencia ociosa utilizada al ciento por ciento, con nuestra agenda dedicada a la importancia del beso carnívoro y el abrazo afable, y utilizando todo nuestro tiempo a la inmensa tarea de vivir sin descanso. Y este, aunque hortera, será nuestro himno.

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