— Verba volant

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Hoy casi no escribiré palabras mías, porque es mucho mejor dejarse arrastrar por los sentidos y los sentidos de “Why try to change me now” de Fiona Apple (con permiso de Frank Sinatra). Para los días que la música es el reflejo del alma. Así que, si queréis comprender lo que siento, relajaos cinco minutillos y escuchad.

(Transcribo la letra de la canción: I’m sentimental / So I walk in the rain / I’ve got some habits / That I can’t explain / Could start for the corner / Turn up in Spain / Why try to change me now / I sit and daydream / I’ve got daydreams galore / Cigarette ashes / There they go on the floor / I go away weekends / And leave my keys in the door / But why try to change me now / Why can’t I be more conventional / People talk / People stare / So I try / But that’s not for me / Cuz I can’t see / My kind of crazy world / Go passing me by / So let people wonder / Let ‘em laugh / Let ‘em frown / You know I’ll love you / Till the moon’s upside down / Don’t you remember / I was always your clown / Why try to change me now / Don’t you remember / I was always your clown / Why try to change me / Why try to change me now.)

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Y te despistas un poco, y dejas de mirar esos ojos en los que bucean estrellas. Y giras un poco la cara, y ese gesto te impide contemplar una sonrisa. Y dejas, por un momento, que tu despiste nuble tu corazón, y te pierdes en los ritmos que conducen hacia la tierra. Y hablas con palabras voraces. Y callas con silencios persistentes. Y te inclinas a recoger, por una esquina, la alfombra que guarda debajo las sombras del desaliento. Y te pones en pie, y caminas, erguido en el dudoso presente. Y te vuelves a caer. La vida, ya se sabe, es una plaza con el pavimento resbaladizo, inestable. Y caminas con el paso decidido, pero te pierdes. Y te pierdes con la insistencia del que no tiene brújula. Y te paras, y piensas. Y le das la vuelta a todo mil y una veces, como las noches sin sueño del sultán. Y te pones los auriculares. Y cierras los ojos. Y te sumerges en el líquido tibio de las notas fugaces. Y sueñas con dormir hasta el final.

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Tejados

Casa. Tejado. Cara triste. El acento circunflejo es por un lado, el protector de la lluvia de palabras. Visto de otra manera, los dos costados por los que resbala el universo. Sobre la o, se acerca a lo divino. Por su categoría, el acento circunflejo suele decirnos la naturaleza de las vocales. En el francés, la lengua que amo, este acento revela, además, la omisión de una s. Por lo tanto, circunflejo es algo así como un secreto revelado o la omisión deliberada de algo que, en sí, está latente. En los emoticonos, esos ojitos risueños, que ignoran la avalancha del mundo que se les vendrá encima.

El acento circunflejo se protege de las inclemencias, nos acoge y nos conviene. Las vocales, pobres infelices, se han acostumbrado a recogerse debajo, sobre todo cuando llueve. Y, al final, nunca nos enteramos de que el sol ha salido. Porque mira que reluce, el muy jodido.

(Imagen de caravinagre.)

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Lune

Alberto se ha encaramado a un taburete para poner una estrella al árbol de navidad. Del árbol recargado de espumillón de su infancia sólo ha quedado el recuerdo. Alberto ha adoptado una estrategia restrictiva: cada año que pasa le va quitando cosas al abeto artificial. Primero fueron esas guirnaldas refulgentes. Luego los adornos en forma de campana, de trineo, de pipa. También desapareció un bambi, un papá noel pegado con celo para no revelar sus dos mitades. Después, las bolas multicolores fueron cediendo el paso a las rojas. Ahora, la estrella del árbol de navidad es una especie de alegoría de la desaparición, del transcurso de los años. Antes, era el colofón al ritual de la puesta del árbol de la navidad en casa. Ahora, la estrella es lo primero y lo último. Lo único de una especie que desentona y es contradictoria. Alberto siempre ha pensado que la navidad está cargada de significados y el árbol era la corriente eléctrica que los conectaba. Ahora, sólo saca el árbol de la caja por rutina. Alberto siente, sin embargo, que no poner el árbol sería algo así como estar abocado al final de su vida. El restablecimiento de la circularidad de los ciclos naturales. Alberto le da el último retoque a un proceso que dura demasiado. Sin embargo, pese a intentarlo, la estrella se resiste a colgar recta. Cuando parece que se enreda adecuadamente al culmen, cualquier movimiento la hace oscilar y caer hacia abajo. Al final, Alberto ha optado por resignarse. Se ha bajado del taburete y ha dado dos pasos hacia atrás, como el pintor deseoso de ver el panorama que ha intuido desde la cercanía. El resultado no le convence. Tampoco le deja de convencer. Alberto piensa, simplemente, que el resultado es tan soso como el que esperaba, pero tampoco se podían hacer maravillas.

Alberto ha recogido el taburete y lo ha dejado en la despensa. Después, se ha sentado en la alfombra, mirando el árbol bajo la luz difusa de las farolas de la calle. En un momento, girando la cabeza, ha visto que la luna aderezaba el árbol con un adorno inesperado. Alberto lo ha contemplado unos segundos y se ha levantado. Al girarse hacia el cuarto de baño, ha esbozado una sonrisa.

(Imagen de Rodrigo Soldon.)

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Muestrario urbano

De qué me sirve el atronar de los ángeles. De qué la palabra musitada al oído. De qué los utensilios de las historias, herramientas de una vida sin porqué.  De qué los retazos de colores esparcidos por los muros, cuando la elección ya no es posible. A la maquinaria del universo se le embotaron tres ruedas dentadas y la cosa no marcha sino en sobresaltos cíclicos de optimismo. Pero qué hermosos eran los días de infancia, recoletos en la densidad de una memoria afortunada y sin contrastar. La inmortalidad se cobija en cada hueco de luz que entra por las rendijas de las persianas del beso, con los estigmas de unos incisivos que hieren a dentelladas. De qué nos sirve no conocer los destinos de nuestras mapas. De qué la brújula sin aguja no imantada. De qué estar en la higuera, en Babia, en la inopia. De qué el abandono pertinaz de las costumbres, de la rutina de toda la vida segmentada en los hábitos matutinos. De qué gritar en silencio por la luna tejida con la materia de las nubes.

La vida, muestrario breve. Plagado de elecciones y deserciones. La vida. Muestrario breve.

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unknow

No muy lejos, a unas tres o cuatro cervezas, conozco un lugar, un buen lugar para caerse muerto: nada parece malo visto desde allí. Perdimos la cabeza, pero no el sombrero (quizás llegó el momento de quedarse así). Alguien cruzará mi corazón desierto y se perderá. No conozco otra manera de vivir, no voy a ser más complicado que una flor. Sé que, mientras tenga fuerte la raíz, el propio llanto regará mi corazón. Si me quieres dibujar, prefiero el gris; si me quieres olvidar, soy yo el que me marcho. Todo estaba tan negro, tan oscuro y tan profundo que nadie se curó, sino que se ponía enfermo. Es algo extraño, pero frecuente y cotidiano. En cualquier caso, si no puede hacerte daño, no te hará feliz. No conozco otra manera de vivir, no voy a ser más complicado que una flor. Sé que, mientras tenga fuerte la raíz, el propio llanto regará mi corazón. Si me quieres dibujar, prefiero el gris; si me quieres olvidar, el que se marcha soy yo. No muy lejos, a unas tres o cuatro cervezas de aquí,  conozco un buen lugar para caerse muerto.

(Versión prosificada y levemente modificada de “Conozco un lugar”, de Fito y Los Fitipaldis, con ilustración de Frodrig, La canción de la canción es una aportación de Judit)

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Es una chica que, pese a su insultante juventud, parece mayor. Se muestra en escorzo, en una diagonal que va desde su cadera hasta su rostro. Llama la atención su carpeta, abrazada al cuerpo con ambas manos, que recibe una luz privilegiada y en la que aparecen dibujados dos niños pequeños, niño y niña de perfil, ella ofreciéndole una manzana, único objeto en color de la ilustración. La chica es muy mona, con unas facciones muy agradables aunque endurecidas por el baño de color negro de su pelo. Esboza una sonrisa a medias, pero no es una sonrisa forzada. Parece el gesto de una persona inteligente, que sabe ver más allá de la cámara que la enfoca. Lleva un pirsin en la aleta izquierda de la nariz que no resulta demasiado extravagante. Sus ojos son oscuros, almendrados y con un brillo algo apagado por el día, muy nuboso, espeso. Como fondo, unos árboles en la escala multicolor del otoño. Cuando se contempla atentamente, la fotografía produce una sensación extraña, difícil de definir. Se diría que el tiempo, anclado en ella, es mucho más espeso que en las fotografías convencionales. Sin duda, la persona que ha realizado el retrato tiene talento, porque ha sabido acercarse lo justo para no utilizar el zoom y no desvirtuarlo con la mentira de un falso acercamiento. Cuando dejamos de mirar la foto, su mirada nos persigue.

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Bodegón carto-acuoso 

La vida resbala por estas primeras tardes de junio como las latas de Coca Cola por las rampas de las máquinas expendedoras hasta que llegan a su destino, que no es sino la mano que ávida y sedienta, intenta en vano sacarla del receptáculo a la primera.

Cada uno compara la suya –la vida, digo– y le parece más alegre o más monótona, más herreriana o más rococó, más empingorotada o más austera. Cada uno mira y remira, y echa miradas hacia los cuatro puntos cardinales, del mismo modo que menudeanos nuestros párpados para ver si nos decidimos por la bebida light o la normal. Al final, da igual el botón que apretemos, porque nunca hay existencias a la primera. Buscamos en la vida las sonrisas y nos topamos con la cabrona rutina del día a día.

Sacamos la lata, tanteamos en busca de las monedas sueltas en la bandeja y nos alejamos bebiendo, pero conscientes de que la sed vuelve, de que nuestro paladar buscará otros sabores. Y de que la garganta que se seca siempre es la nuestra.

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daisy

Hoy he descubierto una herramienta informática sencillísima y que va a cambiar mi vida por completo. Se llama “Universal Decision Maker” y es tan sencilla como transcendente: con un procedimiento tan simple como pulsar un botón, te brinda las posibilidades aleatorias de decir “Sí” o “No”. Un día, te llama un amigo por teléfono y te pregunta que si quieres dar una vuelta y no sabes qué hacer. Entonces, vas y dices: “Espera un poco, que enciendo el ordenador”; ves una arañita que avanza hacia el no y le contestas a tu amigo: “Lo siento, no hay nada que hacer. Tengo que hacer unas albóndigas”. Como conozco a vostros, mis lectores, mejor que si os hubiera parido, sé lo que estáis pensando, que si ya estoy con mis chorradas de siempre. Pero os equivocáis de medio a medio.

Como contrapunto a este mecanismo de respuestas aleatorias, sólo cabrían un par de opciones. Una de ellas sería contestar lo primero que se nos ocurriese, sin más ni más. Contra lo que podría esperarse, los resultados obtenidos por este sistema no serían totalmente aleatorios, tal y como nos explican en Ciencia en el siglo XXI –de donde he sacado la información sobre la aplicación y donde se explica el proceso de manera científica–: por eso muchos especialistas dudan de la validez de los números “aleatorios” establecidos por los notarios en algunos procedimientos selectivos, ya que “lo primero que se nos pasa por la mente” no es equivalente a azar puro y duro. Por lo tanto, no vale. La otra sería optar por dar una respuesta basada en elementos racionales, propias del proceso de toma de decisiones. Desde que William James nos hablara, hacia finales del siglo XX, de las fases del acto voluntario (represesntación de un fin que alcanzar, deliberación, decisión y ejecución), se ha sospechado que el mecanismo de la voluntad era menos racional del que se esperaba. Y que las decisiones no se tomaban paso a paso, sino en una pack. Los psicoanalistas, que tuvieron intuiciones geniales (y llegará el día en que tendrán que ser reconocidos sus destellos puntuales más que el sustento general de sus teorías), ya decían que las deliberaciones no se fundan en elementos racionales, porque primero decidimos y luego “apañamos” los resultados dotándolos de una pátina de racionalidad que no supera ni un milímetro de espesor. De ello nos habla Gerd Gigerenzer en el libro Decisiones instintivas. La inteligencia del inconsciente, demostrando fehacientemente que nunca decidimos de forma totalmente racional, sino que todo proceso deliberativo está enraizado también en pulsiones emocionales.

Así que nada. Cuando queráis decidir algo, le dais al botón y el decidirá por vosotros. “Me quiere”. “No me quiere”. “Me quiere”. “No me quiere”… y así hasta que diga la arañita.

(Imagen de Tassiesim)

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great_little_world

Desde hace ya unos años, tengo la pretensión de dar la vuelta al mundo. Abrigado como estaba en el más puro estilo de burgués adocenado, me conformaba con dar vueltas y vueltas a la cabeza, al plato sopero y a un balón encima de mi dedo. Ahora quiero que las cosas cambien. Quiero utilizar el mundo como medio de vida y de subsistencia, como modo de arraigo y de sustrato. Por eso, tengo ganas de dar la vuelta al mundo. Invertir las escalas de los seres, graduar de forma diferente las isobaras de los afectos y del cariño, atender serena y plácidamente las páginas del libro de mi vida con una música siempre sonora. Eso: tengo ganas de dar la vuelta al mundo. El problema es que el mundo no se deja. ¿Alguien tiene una palanca a mano?

(Imagen de Guiovanni Orlando)

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