— Verba volant

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Viajes

URB Punta Cana 2010 057-1

El turista, este año, ha venido preparado. El año pasado se sumergía en el agua de color turquesa con unas escuetas gafas de piscina y dosificaba el aire con la única fuerza de sus pulmones. En esta ocasión, el turista ha cargado desde España con un equipo básico que le ha permitido acechar los vaivenes de las algas y el aleteo de los peces con mayor fortuna.

La inversión ha merecido la pena por varias razones. En primer lugar, porque el turista ha frecuentado el mar con otros ojos, porque ha explorado un fondo poco profundo con exhaustividad, con detalle. En segundo lugar, porque conserva mucho del espíritu infantil que le hace alarmarse ante la serpiente marina que culebrea por la arena, porque le agradan los colores intensos de los peces ente las rocas, porque se asombra ante los bancos formados por cientos de peces. Y, ante todo, porque el buceo es una terapia milagrosa para sus problemas de ansiedad. Bajo el agua, no le queda más remedio que dosificar el aire que le queda y, cuando respira con el tubo, sólo tiene que concentrarse en mirar la maravilla acompansando la respiración.

Este año, el turista ha explorado el mar y no se ha conformado con la vista de superficie. Como dicen, en la superficie marina hay mucha agua, pero debajo hay más. Como en la vida.

(El turista no ha tenido una cámara subacuática, por lo que la foto es, en este caso, un mero adorno.)

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Pulseras todo incluido

Pulseras, todo incluido, castas. El verano, que era el espacio democratizador de la barriga cervecera y las cartucheras y el pecho caído, ha vuelto a la casta de la pulsera. El turista, este año, lleva dos. Eso significa que tiene algún derecho adicional en el ya de por sí inclusivo e incluyente”todo incluido”. El turista ahora, más que mirar cuerpos, mira las muñecas de todo el que pasa. Se da cuenta de que el que tiene una pulsera dorada o plateada tiende a la desfachatez y tiende a tener la mano en alto, mientras que otros pasean por las piscinas con la toalla posada como una toga romana, que no les convierte en patricios, ni siquiera en libertos. La pulsera en un resort es el todo y la nada. La correa de un perro sin más amo que lo que consumes y cuánto pagas y, ante todo, cuánto pagaste.

El turista, por otro lado, ha pasado sus primeros días sin casi ninguna alteración, entre el agua salada y dulce, entre la sombra de la palmera y la sombrilla, entre la verdad y la mentira de todos los paraísos y de todos los cocoteros. Ahora, el turista está tumbado y se cubre del sol con una mano, que vuelve a relucir. Con dos pulseras.

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Amanecer en el Caribe

El turista ha llegado sin sobresaltos a su destino. Ha cenado en el hotel y la cama le ha pillado con todo el desfase horario metido en el cuerpo, con un calor pegajoso del que no ha podido desprenderse siquiera con golpes simultáneos de aire acondicionado y ventilador. Ha dado vueltas y vueltas en la cama y, al final, se ha levantado a las tres y media de la mañana. Ha vagado por la nocturnidad de un hotel que, pese a la hora, estaba sombrío pero no muerto. La exploración ha tenido éxito y ha descubierto un bar abierto justo al lado del mar, que había que adivinar más allá de la arena. La temperatura permite ahora que la brisa, al fin, acaricie sin agobios. En el bar, dos hombres borrachos se meten en una conversación existencial con una mujer con un propósito bastante claro y, a la postre, obsceno. Pero la atención del turista, mientras lee a Dickens bajo una luz endeble, se centra en un hombre solitario que permanece rígido en una silla, de la que no se levanta más que para pedir al camarero otra cerveza. El turista ignora si, como él, el hombre sólo lleva despierto un rato o si, por el contrario, está alargando la noche con sus pensamientos inescrutables mezclados con la espuma de la bebida. Cuando ya lleva contadas cinco, sigue levantándose con firmeza y decisión, sin ninguno de los titubeos propios de la ebriedad, sereno después frente a la mano derecha en contacto permanente con el vaso y sujetando el cigarrillo con la mano izquierda e inhalando después el humo como si fuese su tabla de salvación.

Poco más tarde, el turista ha dejado de leer y ha levantado el rostro para que el aire ligero le acariciara la cara. Poco después, se ha producido una situación mágica: cuando parecía que la noche todavía era la reina del devenir horario, las luces artificiales del hotel se han apagado y, a los pocos minutos, el amanecer se hacía visible en la línea de un horizonte perfecto. El turista ha sonreído pensando en la cámara de fotos que tiene a su vera, de la que casi nunca se separa. Y se ha dirigido a la playa para disfrutar de uno de los soles nacientes más bellos que ha contemplado.

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Se empieza viajando antes de la partida, con mil proyectos concentrados en una semana, con la ilusoria ilusión de que la vida cambia en esos días, aunque la vida –en el fondo–, acompañe al viajero. Frente a lo que cada día es más frecuente en las sociedades modernas, a nuestro turista le gusta el proceso del viaje. Le agrada llegar al aeropuerto con tiempo, dejar las llaves del coche al encargado de separar la fragmentación en dos mitades y encaminarse a la terminal para dejar pasar el tiempo. El viajero gasta dinero de más en la compra compulsiva de revistas que, al final, terminará por no leer; de galletitas de chocolate y de chicles en el duty free. De momento, el turista todavía está en su localidad de origen. Hoy comprará un botiquín con las medicinas indispensables, aquellas enjundiosas sustancias que le privarán de los posibles dolores del cuerpo y del alma. Entrará en internet para acaparar información con exceso, con sobreabundancia. Y su imaginación proyectará excursiones que le transporten al palacio de sus sueños. El viaje comienza antes de la partida y, pese a todo, nuestro viajero arrastra cierto cansancio anticipado, cierta desgana mezclada con los nervios. De momento, la mayor montaña a la que tiene que enfrentarse es la de la ropa que aguarda pacientemente por lavar y por planchar.

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Captura De Pantalla 2010 08 08 A Las 09 56 50

El inicio del viaje empieza siempre antes, cuando la cabeza está más llena de planes que la maleta de neceseres, camisetas y calcetines. El turista siempre ansía llevar más equipaje del que necesita, por puro principio y por la sobreabundancia que le acompaña a lo largo de su concepción de la vida. La ilusión comienza cuando quita el polvo a los pasaportes y los abre para oír ese crujido característico de hojas mancilladas y otras pendientes de los sellos que avalen el paso por los confines del mundo. El turista se cerciora de que ese sobre de segunda mano en el que guarda los dólares no gastados permanece en estado latente. Los billetes, que no sobreabundan, están lo suficientemente gastados como para avalar sus trasiegos por el mundo. El dinero es el salvoconducto para el ingreso en los paraísos, pero no necesariamente para la felicidad. Las circunstancias y la propia desidia imbuyen al turista en un desánimo endémico para convertir los proyectos en algo fijo y tangible que sea sinónimo de equipaje. Mientras tanto, se ha asegurado de comprar unas aletas, unas gafas y un tubo que lo transporten, como por arte de magia, de sus zozobras cotidianas al azul turquesa del océano infinito. Necesita la sensación de coger aire profundamente, oscilar su cuerpo y sumergirse con aleteos breves e intensos a la búsqueda de la vida más allá de su vida. Pero eso queda todavía a unos días de distancia, porque el turista,–de momento– el único trayecto que ha emprendido es el de la navegación por Internet para bucear con delirios por sus sueños.

(Imagen de Mario Pleitez.)

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URB Punta Cana 132-1

Lo maravilloso de un viaje es ir; lo malo es volver. Empacar de nuevo tus enseres, esta vez con la poca ilusión de ver que se ha acabado, con la inevitable sensación de que todo está más arrugado. Bien mirado, volver es el signo inevitable de la partida: más para un turista. Te has desplazado, has usado una tierra en tu propio beneficio y te vas para contársela a los amigos, quizás para escribir unas entradas en un blog, quizás para guardarla en un recoveco más o menos importante de tu corazón.

Los días transcurridos, los kilómetros viajados, te hacen sentir distinto, pero la rutina te hará olvidar. Te hará ir encajando el día a día con la precisión de las piezas de Lego, para construir no se sabe qué. Para seguir montando el puzle de tu vida, que es infinitamente más pequeño que el mapa de los trenes que has cogido, de los autobuses de perdiste, de los aviones que cogiste por los pelos.

El viaje se ha acabado. La aventura continúa. Ahora en carne y hueso. En la vida.

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URB Punta Cana 087-1

Fotografías. Vestigios e invenciones de la memoria. El instante más real y el momento que no ha existido. Una manera de ser, una manera de mirar. Una forma de encontrarse y enfrentarse al mundo. Sueño y verdad, a partes iguales. Las fotografías son a los viajes lo que nuestros recuerdos a la infancia. Las fotos alimentan la verdad de lo vivido y engrosan la ficción de lo que nos hemos inventado.

Los álbumes de fotos de nuestros viajes forman parte de nuestra forma de ser y son el martirio de nuestros conocidos. Todo el interés de lo retratado es parcial, incompleto, rellenado necesariamente con el relato, el contexto. No obstante, las fotografías deberían explicarse por sí mismas, con lo retratado y nosotros por dentro; pero no es bueno salirnos de la foto para invadir lo retratado. La mujer que ilustra esta entrada sólo existe en su imagen, impulsada por la gracia del momento. Todo lo demás –nuestros recuerdos, nuestras vivencias– sólo existen, ya, en el fondo de nuestra imaginación.

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URB Punta Cana 047-1

Ayer fue la entrada paradisíaca. Hoy toca la realidad. La realidad nos era devuelta, arrojada a la cara, en los trayectos en autobús. El turismo no quiere oír, no quiere probar, no quiere ver todo aquello que no sea lo que espera. Por eso, ingiere comida como en casa, divisa las estampas, las deglute en su cámara fotográfica y se vuelve a casa contento, dispuesto a enseñarles sus experiencias a los amigos. Yo no me he salido del esquema, pero he tenido ojos atentos, incapaces de mirar para otro lado. A través de la ventanilla del autobús y, por lo tanto, desde arriba. A través de la ventanilla del autobús y, por lo tanto, como una realidad distante de mí mismo. Pero he visto. He visto muchas escuelas e institutos pareados con vertederos. Colegios en los que nosotros no meteríamos ni los trastos viejos. He visto la carne expuesta al clima tropical, muy diferente a la carne refrigerada e impoluta que cenaré ansioso cuando llegue al hotel. Si no fuera un turista, si fuera un viajero, hubiese visto todo esto desde cerca, al ras de las suelas de mis zapatos. Sometiéndolo todo a juicio y a contraste. Como soy un turista, no he sido capaz. Bien es cierto que no he ido en plan madre superiora, fíjate, chica, unos tanto y otros tan poco. Otros tampoco. Desde el ángulo que supone el desconocimiento, intento ensanchar la mirada de lo que veo para abarcar una población de nueve millones de personas. No quiero ni sé comparar la miseria de lo que veo con el paraíso que tengo –que tienen– a la vuelta de la esquina. Intento mirar con los ojos que son míos para comprender y no me siento capaz ni sereno para el juicio. El Caribe: buen sitio para veranear, mal sitio para vivir, oigo en algún momento a algún trabajador que sirve en la excelencia y vive en la miseria.

Tampoco hay que ser hipócritas, no he llorado. He visto, no he vivido. Pero no olvido. No podré hacerlo nunca.

(La fotografía es de Alberto.)

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URB Punta Cana 089-2

Es un día plenamente infantil. De espíritu, naturalmente. Porque, de pecho a espalda, de planta de los pies a coronilla, las vacaciones turísticas son infantiles. Por excelencia. Llegamos al Caribe de facto. Hasta ahora, el Caribe era sólo un espejismo reflejado en unas cálidas agua de un océano atlántico. Pero ahora sí, ahora podemos decir que nuestros pies se bañan en las aguas del Caribe.

Comenzamos con un periplo en autobús del que daremos cuenta en nuestra próxima entrada. Hoy, como decía, es día de fiesta para nuestros espíritus. La aventura comienza en un catamarán que, acompasado por el ritmo del mar y percutido por el ritmo machacón de los altavoces, nos va adentrando por lo que tanto habíamos soñado, de grandes y de pequeños. La cosa comienza mal, porque uno de los hitos en la travesía es ver la isla donde tienen sus lindas chozas los famosos. Esto nos emociona a medias, porque hasta que los famosos no vengan a Burgos en autobús para pasar por enfrente de nuestra casa no estaremos en igualdad de condiciones.

Pero, después de la anécdota, empezamos a divisar Isla Catalina, un maravilloso paraje natural que los turistas como nosotros acabaremos por joder pasando el tiempo. Esto de joder, siempre que sea mutuo, es culpa de dos partes, así que sólo me siento parcialmente culpable. Una isla bautizada por Colón y avispero de piratas que acechaban los barcos que partían de La Española. A los turistas nos gustan los piratas del mismo modo que, como burgueses, nos gusta salir de nuestra monotonía con bañadores de alegres estampados. Los piratas gustan por marginales y todos tenemos un pirata dentro del que sólo sacamos a pasear pequeños guiños, gestos y maneras a lo largo de toda una vida. Pero, cuando bajas de la lancha rápida que te ha acercado a la playa, es inevitable mirar a lo lejos para, después, coger aire profundamente y fijar tus ojos en el cielo. Los dólares que han gastado los has invertido profundamente en un territorio privilegiado, bello como sólo pueden serlo los territorios de nuestros sueños.

El día pasa entre deportes acuáticos tripulados a velocidad de vértigo mezclados con la práctica del snorkel por el coral. Un servidor, que ha sido muy de documentales antes de que ahora le sirvan para mecer su siesta, cuando respira por un tubo mascado por cientos de sus iguales, cuando mira por las gafas que otros tropecientos han usado, se siente único. Ya es bonito, de por sí, escuchar la respiración propia como si fuese ajena, inutilizada la nariz; pero eso no es nada cuando fijas la vista entre las aguas y ves todo lo que has visto en los acuarios allí, ante tus pies. Por un momento, te sientes enajenado de todo lo que no es la contemplación del paraíso mismo.

El día transcurre con toda la placidez del azul turquesa de las aguas, alimentados por langosta a la plancha y mojados por los poros de nuestra ilusión. La vuelta, en un barco de pesca, es más accidentada, con una mar cabreada que provoca que tengamos que rescatar a un muchacho que las pasaba canutas en su lancha. Pero la aventura no acababa, porque nos aguardaban los Altos de Chavón, que para mí no tienen interés alguno: a un millonario le da por hacerle un regalito a su hija y estampa en piedras y edificaciones las ciudades italianas del Medievo.

No obstante, subir a los Altos de Chavón nos permite ver el río Chavón mismo, del que me importa un huevo que fuese escenario para el rodaje de Rambo II. Fue también el lugar de rodaje de Apocalypse Now, y eso sí me llega al corazón de las tinieblas. Es la paradoja viviente de un paraíso del trópico americano que se viste ahora para la guerra de Vietnam. El hombre que se mete en medio de la naturaleza para sufrir todas las consecuencias. Todo lo contrario de nuestra visión, edulcorada por nuestras cámaras digitales y sonriendo, inconscientes de nuestros destinos, que siempre son los mismos.

Un día –el día– en el que llegamos, nadando y ojo avizor, al centro de nosotros mismos.

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Ser turista es una forma de perderse, de ignorar lo de dentro y lo de fuera, de limitarse a seguir estando, casi siempre en posición horizontal, con la vista entornada por el sol. Ajenos a todo, no sabíamos lo que pasaba en España. Ni siquiera podíamos imaginar que un grupo de mangantes peligrosos plantaban kilos a su cobardía en forma de bomba en nuestra ciudad. Con el desfase horario, mientras nosotros paladeábamos la cena, una explosión despertaba a familias que salían vivas de milagro. Es inevitable preguntarse el porqué, pero la mejor respuesta que puede darse es no hacerse la pregunta, por inútil. No puede haber un porqué. En un desliz de la metafísica, de las leyes de la física y de la ética, hay una consecuencia sin un efecto. Por lo menos, la consecuencia es inmensamente desproporcionada con una posible causa, desvaída por la palabrería convertida en metralla. Por el mismo precio, en esa sintonía única que es Internet, nos enteramos a la vez del atentado en Mallorca. Dos vidas más. Dos vidas menos.

Mientras estamos ajenos, no podemos permanecer inmunes. Somos turistas –y a mucha honra–, pero no hemos podido dejar de ser personas. Hoy hemos visto anochecer en un contraste de belleza y tristeza, de emoción y conmoción. Con ganas de que algún día veamos sólo horizontes, huellas de libertad.

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